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<channel><title><![CDATA[Peregrinos y sus letras - Kepa Uriberri]]></title><link><![CDATA[http://www.peregrinosysusletras.net/kepa-uriberri]]></link><description><![CDATA[Kepa Uriberri]]></description><pubDate>Thu, 21 May 2026 13:27:40 -0700</pubDate><generator>Weebly</generator><item><title><![CDATA[Amor y música o... en el piano mi amigo Chucho Zarzosa]]></title><link><![CDATA[http://www.peregrinosysusletras.net/kepa-uriberri/amor-y-musica-o-en-el-piano-mi-amigo-chucho-zarzosa]]></link><comments><![CDATA[http://www.peregrinosysusletras.net/kepa-uriberri/amor-y-musica-o-en-el-piano-mi-amigo-chucho-zarzosa#comments]]></comments><pubDate>Wed, 20 May 2026 18:26:08 GMT</pubDate><category><![CDATA[Uncategorized]]></category><guid isPermaLink="false">http://www.peregrinosysusletras.net/kepa-uriberri/amor-y-musica-o-en-el-piano-mi-amigo-chucho-zarzosa</guid><description><![CDATA[       Por Kepa UriberriHay algo m&aacute;gico que une, inseparable, la m&uacute;sica con el amor. Es as&iacute; que el cl&iacute;max del amor se funde, muchas veces con la m&uacute;sica. Al menos yo lo siento as&iacute;, as&iacute; es para m&iacute; y as&iacute; lo vivo, afortunadamente. A modo de ejemplo, invito a quien quiera a tener una mejor experiencia, que haga el amor mientras escucha el concierto para viol&iacute;n de Piotr Ilich Tchaikovsky: &iexcl;Es maravilloso! Si la felicidad total [...] ]]></description><content:encoded><![CDATA[<div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0;margin-right:0;text-align:center"> <a> <img src="http://www.peregrinosysusletras.net/uploads/7/8/6/9/78697460/20260513_orig.png" alt="Picture" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%"></div> </div></div>  <div class="paragraph"><strong><font color="#2a2a2a">Por Kepa Uriberri</font></strong><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Hay algo m&aacute;gico que une, inseparable, la m&uacute;sica con el amor. Es as&iacute; que el cl&iacute;max del amor se funde, muchas veces con la m&uacute;sica. Al menos yo lo siento as&iacute;, as&iacute; es para m&iacute; y as&iacute; lo vivo, afortunadamente. A modo de ejemplo, invito a quien quiera a tener una mejor experiencia, que haga el amor mientras escucha el concierto para viol&iacute;n de Piotr Ilich Tchaikovsky: &iexcl;Es maravilloso! Si la felicidad total existe, si al morir hay una vida feliz, &eacute;ste es, sin duda el camino.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Pero hay otras m&uacute;sicas, m&aacute;s prosaicas, m&aacute;s cotidianas, que se nos vienen, al amar, llenas de sentimiento y nos hacen cantar cuando el amor concluye &iacute;ntimo. Anoche, despu&eacute;s de amarnos, sin saber c&oacute;mo, de pronto me oigo musitar esa vieja canci&oacute;n de Jos&eacute; Alfredo que le aprend&iacute; a Pedro Vargas en el Carneghie Hall: "Atr&aacute;s de la monta&ntilde;a hay una luna para ti, que yo te voy a dar el d&iacute;a que seas feliz; atr&aacute;s de la monta&ntilde;a hay motivos poderosos para querernos siempre, aunque se opongan todos". Ella me pregunta, al o&iacute;rme murmurar: "&iquest;Qu&eacute; dices?".</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">- Muy agradecido, muy agradecido y muy agradecido - digo, replicando al tenor. - Mi amigo Chucho Zarzosa al piano, y su servidor, interpretamos para usted Una luna para ti, de mi amigo Jos&eacute; Alfredo Jim&eacute;nez-. En seguida le canto al o&iacute;do: "El cielo est&aacute; pintado del azul de la ilusi&oacute;n, el mundo en que vivimos es no m&aacute;s para los dos...".</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">- &iquest;Qu&eacute; nombre es ese de "Chucho Zarzosa"? - pregunta extra&ntilde;ada.</span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">- Resulta raro; un chucho, en M&eacute;xico, es un perro, pero un perro despreciable al que se le echa con esa expresi&oacute;n: "&iexcl;&Aacute;ndele chucho!" - le explico sin estar seguro que sea tan cierto lo que digo -; pero tambi&eacute;n es el sobrenombre usual para los Jes&uacute;s. Creo que Chucho Zarzosa se llamaba Jes&uacute;s Mart&iacute;nez Zarzosa.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Le explico, tambi&eacute;n, que Chucho no era mi amigo, sino el pianista que sol&iacute;a acompa&ntilde;ar a Pedro Vargas y que &eacute;ste hab&iacute;a sido un gran cantante mexicano que inici&oacute; su carrera por all&aacute; por los a&ntilde;os cuarenta y tantos del siglo pasado. En esa &eacute;poca no hab&iacute;a televisi&oacute;n y el mundo era m&aacute;s feliz. Mi madre o&iacute;a a Pedro por la radio y amaba esa voz fant&aacute;stica y tan varonil. Lo imaginaba alto y bello, con una mirada firme y poderosa. Mi padre, que no cantaba nada, ten&iacute;a celos de Vargas, y si mi madre lo imaginaba hermoso, mi padre cre&iacute;a que ser&iacute;a tan apuesto, o m&aacute;s, que Cary Grant, m&aacute;s alto y fornido que John Wayne y aborrec&iacute;a su voz s&oacute;lida de tenor con su timbre de recio metal. Pero cuando yo nac&iacute;, mi padre se veng&oacute;. Fue un d&iacute;a de invierno crudo y nevaba en la ciudad, as&iacute; que mi padre se refugi&oacute; en un pasajito techado junto a la florer&iacute;a donde hab&iacute;a comprado un lindo ramo para su mujer que reci&eacute;n hab&iacute;a parido. Hab&iacute;a ah&iacute; una tiendecita de revistas y colgado en la vitrina ten&iacute;an un cancionero que dec&iacute;a "El tenor mexicano que le canta a Mar&iacute;a bonita" y hab&iacute;a una foto de Pedro Vargas, moreno retinto, de ojos aindiados, orejas recias y grandes, grueso y tosco. S&oacute;lo conservaba la virilidad que transparentaba su voz magn&iacute;fica.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Nev&oacute; tres d&iacute;as seguidos cuando nac&iacute;. Aquel tercer d&iacute;a mi padre lleg&oacute; con un ramo de rosas y un sobre en papel de regalo de unos treinta cent&iacute;metros cuadrados. En el interior ven&iacute;a un disco de setenta y ocho revoluciones por minuto que ten&iacute;a por un lado "Amanec&iacute; en tus brazos" y al otro "Mariquita linda", interpretados por Pedro Vargas. Tambi&eacute;n ven&iacute;a el cancionero con la foto del tenor. "Ah&iacute; tienes a tu Pedro Vargas" dice mi madre, que le habr&iacute;a dicho.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">- Muy agradecida de Chucho Zarzosa por la canci&oacute;n y muy agradecida - me dice al o&iacute;do.</span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">- Chucho s&oacute;lo acompa&ntilde;aba al piano - le aclaro -. El que regalaba la luna era Pedro Vargas.</span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">- No importa - dice -, me gusta que me cantes.</span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">- Entonces deber&iacute;as agradecerle a Lucho Gatica - explico.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">De ni&ntilde;o, aunque a mi madre le gustaba Vargas, en la radio se o&iacute;a a Lucho, que estaba de moda. Recuerdo que yo lo escuchaba y quer&iacute;a ser cantante. Ten&iacute;a una peque&ntilde;a radio de mentiras, de baquelita rosada que pon&iacute;a sobre la mesa. Yo me escond&iacute;a debajo e imitaba la voz de Ra&uacute;l Matas: "Ahora canta Lucho Gatica" anunciaba. Y cantaba "No existe un momento del d&iacute;a en que pueda apartarme de ti...".</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">- As&iacute; fue que aprend&iacute; a cantar - le explico -: Yo era Lucho Gatica. Mi hermano, Emilio, era mi auditorio.&nbsp;</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">&Eacute;l aprendi&oacute; a amar a Lucho de esta manera, y tambi&eacute;n cantaba sus canciones. Quiz&aacute;s imitando a Gatica, a Lara, a Jim&eacute;nez y tambi&eacute;n a Vargas, &eacute;l lleg&oacute; a cantar como un verdadero profesional, aunque se dedic&oacute; a otros menesteres; pero ten&iacute;a una voz muy bella. Su &iacute;dolo de siempre, sin embargo, fue Lucho Gatica a quien sigui&oacute; imitando hasta su muerte. Fue tanta su admiraci&oacute;n por el bolerista chileno que al final cuando Lucho hab&iacute;a perdido la voz y no ten&iacute;a casi alcance en las notas, Emilio imitaba hasta los fallos del cantante.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">- La vida lo premi&oacute; por esa admiraci&oacute;n - le cuento -. Cierto d&iacute;a almorzaba en un restor&aacute;n en la Avenida Providencia en la esquina de Francisco Noguera, en las mesas que se instalan bajo los &aacute;rboles en la vereda. A esa hora Lucho Gatica, quiz&aacute;s, volv&iacute;a del banco o de alg&uacute;n otro tr&aacute;mite, hacia su departamento, en Calle Padre Mariano.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Emilio lo vio venir y sinti&oacute; que el coraz&oacute;n le daba un vuelco; lo llam&oacute;: "Lucho... Lucho Gatica...". El cantante mir&oacute; a su alrededor pero entre toda la gente que pasa, que pasea, que almuerza en &eacute;ste y los otros restoranes vecinos, no vio a nadie y continu&oacute; su camino. Emilio se par&oacute; de su asiento y parti&oacute; detr&aacute;s de Lucho cantando como Lucho: "Espera... A&uacute;n la nave del olvido no ha partido; no condenemos al naufragio lo vivido...". Gatica, sorprendido, se oy&oacute; cantar a s&iacute; mismo y tropez&oacute; con una irregularidad de la vereda. Se detuvo y mir&oacute; qui&eacute;n o d&oacute;nde cantaban como &eacute;l. Mi hermano entonces se acerc&oacute; y lo abraz&oacute;. Efusivo le dijo: "&iexcl;Lucho Gatica, por fin te encuentro: Siempre has sido mi &iacute;dolo!" y lo invit&oacute; a su mesa donde Lucho rechaz&oacute; un pisco sour: "S&oacute;lo una copa de vino blanco" dijo. Esa tarde cantaron en el departamento del bolerista y escucharon viejas grabaciones de actuaciones, hasta que se hizo de noche y madrugada.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Al momento de morir, Emilio dijo: "Al menos alcanc&eacute; a conocer a Lucho Gatica", lo que provoc&oacute; la ternura de su hijo mayor, la emoci&oacute;n de sus hijas y la rabia de su mujer que culp&oacute; a Gatica de su muerte.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">- No lo creo - me dijo -, eso no lo podr&iacute;a creer.</span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">- Pero al menos fue cierto - insist&iacute; -. De lo que no estoy del todo seguro es que le haya cantado, como reparaci&oacute;n: "&iquest;Y qu&eacute; hiciste del amor que me juraste? &iquest;Y qu&eacute; has hecho de los besos que te di?...".</span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">- Pero &eacute;sa es de Luis Miguel - dice con seguridad.</span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">- No, no. Esa canci&oacute;n la escribi&oacute; el dominicano Mario de Jes&uacute;s Baez, "el otro Chucho" dec&iacute;a Pedro Vargas, se&ntilde;alando al piano de Zarzosa, para Javier Sol&iacute;s.</span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">- &iquest;Dices que Lucho Gatica le ense&ntilde;&oacute; a cantar a Luis Miguel?</span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">- No, no, no. No digo eso. Lucho no le ense&ntilde;&oacute; a Luis Miguel, como yo no le ense&ntilde;&eacute; a Emilio. Pero <br /><br />Arturo, hermano de Lucho, que canta una bella versi&oacute;n de La Calesita, era diez a&ntilde;os mayor que &eacute;l y fue famoso antes, cuando Lucho a&uacute;n no cantaba. Yo no s&eacute; si le ense&ntilde;&oacute;, pero s&iacute; s&eacute; que lo present&oacute; en Radio Miner&iacute;a y tuvo un &eacute;xito inmediato y avasallador, tanto que r&aacute;pidamente se hizo famoso en el mundo entero y dej&oacute; atr&aacute;s en fama a su hermano mayor.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">- &iquest;Cu&aacute;l es esa canci&oacute;n?</span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">- &iquest;Qu&eacute; canci&oacute;n? - pregunto.</span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">- La Calesita; la de Arturo Gatica.</span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">- &iexcl;Ah! s&iacute;: "Gira la calesita de la esquinita sombr&iacute;a y hace sangrar las cosas que fueron rosas un d&iacute;a..." - entono el tango.<br />&#8203;</span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Me escucha atenta. Cuando termino dice: "Eres un mentiroso. No creo tus cuentos, pero me gusta que me cantes" y se acurruc&oacute; en mi pecho. Yo s&oacute;lo sonr&iacute;o y musito: "Amanec&iacute; otra vez entre tus brazos, t&uacute; me quer&iacute;as decir, no s&eacute; qu&eacute; cosa, pero call&eacute; tu boca con mis besos..." y as&iacute; pasaron muchas, pero muchas horas.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0); font-weight:700">Kepa Uriberri</span></span><br /><br />&#8203;<br /><br /><strong><font color="#2a2a2a">&#8203;</font></strong><br /><br /><br /></div>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[El poder y los derechos]]></title><link><![CDATA[http://www.peregrinosysusletras.net/kepa-uriberri/el-poder-y-los-derechos]]></link><comments><![CDATA[http://www.peregrinosysusletras.net/kepa-uriberri/el-poder-y-los-derechos#comments]]></comments><pubDate>Wed, 04 Feb 2026 05:40:40 GMT</pubDate><category><![CDATA[Uncategorized]]></category><guid isPermaLink="false">http://www.peregrinosysusletras.net/kepa-uriberri/el-poder-y-los-derechos</guid><description><![CDATA[       Por Kepa UriberriEn un principio, cuando s&oacute;lo hab&iacute;a bestias en la tierra, la ley, si as&iacute; se le pude decir, impon&iacute;a una jerarqu&iacute;a entre los seres vivos o inertes que se le ha llamado &laquo;La ley del m&aacute;s fuerte&raquo; o tambi&eacute;n &laquo;La ley de la selva&raquo;. Como sea que se le denomine, &eacute;sta es la ley natural.En el nivel inferior de la jerarqu&iacute;a de esta ley est&aacute;n los entes inertes. Estas entidades ni siquiera se les  [...] ]]></description><content:encoded><![CDATA[<div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0;margin-right:0;text-align:center"> <a> <img src="http://www.peregrinosysusletras.net/uploads/7/8/6/9/78697460/published/a25.png?1770184301" alt="Picture" style="width:593;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%"></div> </div></div>  <div class="paragraph"><strong><font color="#2a2a2a">Por Kepa Uriberri</font></strong><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 96)">En un principio, cuando s&oacute;lo hab&iacute;a bestias en la tierra, la ley, si as&iacute; se le pude decir, impon&iacute;a una jerarqu&iacute;a entre los seres vivos o inertes que se le ha llamado &laquo;La ley del m&aacute;s fuerte&raquo; o tambi&eacute;n &laquo;La ley de la selva&raquo;. Como sea que se le denomine, &eacute;sta es la ley natural.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 96)">En el nivel inferior de la jerarqu&iacute;a de esta ley est&aacute;n los entes inertes. Estas entidades ni siquiera se les reconoce la calidad de seres: Se les considera objetos o cosas y est&aacute;n a disposici&oacute;n de los requerimientos de los seres cuya caracter&iacute;stica base es la vida. Ah&iacute; est&aacute;n el aire que se respira, el agua que se bebe, la piedra fr&iacute;a, el palo de blandir, la fruta del &aacute;rbol, la tierra misma. Los objetos est&aacute;n disponibles para todos, en especial si son abundantes como el aire mismo. Si no lo son, est&aacute;n sujetos a reparto, de acuerdo a la capacidad para tomarlos de cada ser vivo. De esta forma, el fruto del &aacute;rbol que alimenta es tomado de modo libre por qui&eacute;n est&eacute; m&aacute;s cerca, con mayor facilidad o ansiedad en tanto se vaya consumiendo y haciendo escaso.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 96)">Los objetos deseables para los seres, son considerados bienes por su utilidad. Los bienes, de acuerdo a su escasez requieren de habilidades especiales para ser accedidos antes que otros seres que tambi&eacute;n los demanden. Estas habilidades estructuran las jerarqu&iacute;as que conforman la ley del m&aacute;s fuerte, que establecen los privilegios sociales, no s&oacute;lo entre seres de la misma especie, sino entre todos los seres, a&uacute;n cuando de acuerdo a &eacute;stas hay categor&iacute;as de privilegios. As&iacute;, por ejemplo, habr&aacute; especies depredadoras y otras depredadas. Es innegable que la ley natural establece discriminaciones en virtud de las cuales no todos los seres son iguales sino en esencia distintos.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 96)">As&iacute; como la ley natural establece jerarqu&iacute;as entre especies, seg&uacute;n las cuales, por ejemplo, el lobo es m&aacute;s poderoso que la oveja, estableciendo a uno sobre la otra, entre los individuos de cada especie tambi&eacute;n impera la ley natural. De esta manera en la manada del lobo hay un gu&iacute;a que decide por toda ella y el conjunto de los otros se sujeta a su decisi&oacute;n. Esta caracter&iacute;stica ordenadora y discriminadora natural, que organiza la sociedad, no s&oacute;lo dentro de cada especie, sino en la sociedad total de todos los seres es lo que se denomina &laquo;El Poder&raquo;.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 96)">El poder es el elemento ordenador que incide en el caos natural, permitiendo el desarrollo arm&oacute;nico de la naturaleza. El poder, sin embargo, no es algo est&aacute;tico. Cada entidad, ya sea un individuo, un conjunto de ellos, una especie o m&aacute;s, estar&aacute; siempre en competencia con los dem&aacute;s por todos los bienes existentes y por lo tanto por el poder.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 96)">Como cuesti&oacute;n ordenadora el poder establece las relaciones entra cada entidad con las dem&aacute;s, en base a las prohibiciones y permisos de uso y acceso a los bienes, considerando como bienes a todo aquello que sea accesible o denegable por aqu&eacute;l que detenta el poder. De este modo el lobo que tiene poder sobre la oveja la considerar&aacute; un bien, en raz&oacute;n de su conveniencia. De la misma manera el gu&iacute;a de la manada considerar&aacute; un bien a cada miembro de su manada en raz&oacute;n de su utilidad en la caza de la oveja. Por su parte el lobo de la manada podr&aacute;, en raz&oacute;n de su conveniencia, intentar acceder al poder, dentro de ella y obtener privilegios respecto de los otros miembros, incluso aspirando a la posici&oacute;n de gu&iacute;a.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 96)">Si no existiera el poder, no existir&iacute;a cohesi&oacute;n social. Si cada lobo de la manada tuviera tanto poder como otro cualquiera, no podr&iacute;a existir el orden que permite la caza y cada individuo cazar&iacute;a por s&iacute; mismo. Esto sucede en especies individualistas como las de algunos felinos que no establecen v&iacute;nculos sociales y no viven en manadas. As&iacute;, entonces, la igualdad de poder destruye la sociedad ya no s&oacute;lo dentro de las especies, sino en todo el orden natural. Si la oveja tuviera tanto poder como el lobo, &eacute;ste no podr&iacute;a cazar a aquella. Quiz&aacute;s se establecer&iacute;a una contienda insoluble de competencia que s&oacute;lo ser&iacute;a resuelta por la cuesti&oacute;n del poder y as&iacute; se llegar&iacute;a siempre a un orden social a base de &eacute;ste, incluso si la oveja dominara al lobo y &eacute;ste fuera su presa.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 96)">Quiz&aacute;s, en aquel entonces, cuando surgi&oacute; la especie humana, &eacute;sta era depredada. Es probable que su ambici&oacute;n de poder le permitiera prosperar en la jerarqu&iacute;a entre las especies, a&uacute;n cuando en principio pareciera ser m&aacute;s d&eacute;bil. Hubo de seguro bienes disponibles que le permitieron, en su uso, escalar en el poder frente a las otras especies: Quiz&aacute;s el fuego, las herramientas de piedra, de madera y metal, la comprensi&oacute;n, la comunicaci&oacute;n y la aceptaci&oacute;n del poder como motor de prosperidad.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 96)">M&aacute;s tarde, cuando el humano ya estaba en una posici&oacute;n de poder entre las especies de la tierra, Rea Silvia, una vestal, engendr&oacute; los hijos gemelos de Marte, dios de la guerra. Al nacer los gemelos, Amulio temi&oacute; que a futuro &eacute;stos tuvieran el poder de reclamar para s&iacute; el trono que &eacute;l hab&iacute;a usurpado a su abuelo Numitor, de modo que orden&oacute; que los gemelos fueran arrojados al r&iacute;o T&iacute;ber, ahora que el poder era suyo. Los gemelos, R&oacute;mulo y Remo, fueron encontrados en una cesta, encallados en la orilla del r&iacute;o por la loba Luperca. &Eacute;sta los rescat&oacute; y teniendo poder de decidir su destino, les otorg&oacute; derecho a la vida, los amamant&oacute; y cri&oacute;.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 96)">El poder es la fuente, como se deduce aqu&iacute;, del derecho. Amulio ten&iacute;a el poder y en esa posici&oacute;n condena a los gemelos a perecer en el r&iacute;o T&iacute;ber y los priva del derecho a vivir. Luego Luperca, la loba, los encuentra y seg&uacute;n su naturaleza pudo haberlos devorado, pero desde su posici&oacute;n de poder respecto de los gemelos, les otorga el derecho a la vida. Qui&eacute;n tiene el poder otorga el derecho al m&aacute;s d&eacute;bil. Los ejemplos son muchos. El negro no tiene derecho a ser persona debido a que el poder del blanco se lo niega. El animal de trabajo no tiene derechos porque el poder del amo lo condena a su esclavitud. El juez, amparado en su poder, otorga o niega el derecho a la libertad. El due&ntilde;o de la tierra le otorga derecho de uso al siervo y lo grava con un derecho que lo beneficia con parte de su producto.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 96)">Toda sociedad basa su funcionamiento en el juego del poder y el derecho. Estos determinan las jerarqu&iacute;as sociales que establecen la discriminaci&oacute;n ineludible entre cualesquiera dos individuos de ella. Siempre existir&aacute; entre dos individuos una relaci&oacute;n de poder que instaura una jerarqu&iacute;a que instituye el ejercicio del poder y la cesi&oacute;n del derecho. Esta situaci&oacute;n nace de la ley natural. La equidad y la igualdad son utop&iacute;as deseables aunque imposibles.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 96)">R&oacute;mulo y Remo anhelan gobernar y ejercer el poder. As&iacute;, entonces, dejan la ciudad de Numitor, su abuelo, y deciden fundar su propia ciudad. Como son gemelos, creen ser iguales y equivalentes, pero R&oacute;mulo propone crear Roma en el monte Palatino, en tanto que Remo desea llamarle Remoria y fundarla en el monte Aventino. La inequidad produce un conflicto de poder en el cual R&oacute;mulo se hace de &eacute;ste y le resta a Remo el derecho de elegir y como soluci&oacute;n del conflicto le quita el derecho a la vida.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 96)">El conjunto de individuos de una sociedad, sea esta humana o no; pertenezcan ellos todos a una misma especie o a distintas, naturalmente entienden este principio del poder que permite la existencia social. En la hacienda, el hombre tiene el m&aacute;ximo poder y con &eacute;l distribuye los derechos y su contraparte de deberes. El perro recibe el derecho de ejercer poder sobre las ovejas. Entre &eacute;stas habr&aacute; una que sea gu&iacute;a del reba&ntilde;o. El caballo no es igual al buey, aunque ambos son animales de tiro; uno del coche del hacendado y el otro de la carreta de transporte de bienes. Ambos disfrutan del derecho a la vida, al alimento y m&aacute;s, que les otorga el amo, en tanto cumplan sus funciones, de acuerdo a las que pueden perder, tambi&eacute;n, sus derechos.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 96)">Las sociedades animales que viven en completa libertad tambi&eacute;n est&aacute;n sujetas al juego del poder y el derecho. La hiena ejerce poder sobre el felino y lo priva, eventualmente, del derecho a disfrutar de su presa. El le&oacute;n priva al guepardo, no s&oacute;lo de su presa sino tambi&eacute;n devora a sus cr&iacute;as. El le&oacute;n anciano pierde el poder de su manada frente al joven que lo desaf&iacute;a. No existe igualdad en la sociedad animal, ni equidad, s&oacute;lo impera la ley natural. En las sociedades animales como en la humana, el que ostenta el poder tiene el derecho al que aspira el d&eacute;bil. Por eso Luperca, la loba de Roma, le otorga el derecho de la vida a los gemelos, los rescata y alimenta.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 96)">Es indiscutible que el derecho no le pertenece al d&eacute;bil. El derecho es una cesi&oacute;n magn&aacute;nima del poderoso al d&eacute;bil. El esclavo no posee la libertad. La libertad es un derecho que el amo, que tiene el poder, de manera generosa, concede al esclavo. El no nacido no tiene el derecho a sostener su vida, este es un regalo magn&aacute;nimo que le hace la madre, porque ella posee el poder. El ejercicio del aborto voluntario, no se origina en el hecho que el no nacido sea parte del cuerpo de la madre, sino que &eacute;sta tiene el poder y el no nacido es la parte d&eacute;bil que recibe, de modo magn&aacute;nimo, el derecho a mantrener su vida. Es notorio que el nacido no recibe el derecho a la vida, de su madre; ella s&oacute;lo le otorga el derecho a mantener la vida, que por s&iacute; mismo tiene. Nadie puede otorgar el derecho a la vida, porque la vida es anterior al derecho. Quien no tiene vida no puede tener derechos. &iquest;Cu&aacute;l es el derecho de la piedra?, &iquest;y el del aire, o del agua?</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 96)">Como ya se ha visto, el poder determina la jerarqu&iacute;a social. Sin embargo, aunque pareciera deducirse que el poder es una posesi&oacute;n personal, no es as&iacute; siempre. Tampoco es cierto que el poder se adquiera, siempre, por voluntad personal. Es frecuente que en las sociedades exista el poder colectivo y que &eacute;ste sea cedido, para su ejercicio, por el conjunto acumulativo de las fracciones individuales de poder, a un solo gu&iacute;a, o dirigente, o a un grupo org&aacute;nico de individuos. De esta forma las sociedades se institucionalizan. La cesi&oacute;n del derecho colectivo de una sociedad puede originar una tiran&iacute;a cuando el receptor se apropia para s&iacute; todo el poder entregado; o en una dictadura si el receptor del poder hace uso omn&iacute;modo de &eacute;ste sin la aprobaci&oacute;n de los legatarios; o una monarqu&iacute;a cuando todo el poder es entregado a un &uacute;nico gu&iacute;a; o una rep&uacute;blica cuando el poder entregado es elegido por per&iacute;odos determinados y renovables. Esta &uacute;ltima forma es propia de las sociedades humanas institucionalizadas y democr&aacute;ticas, donde el poder se otorga a trav&eacute;s de procesos reglamentados en los que participan los individuos a los que se reconoce tener una cuota de poder legable.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 96)">De cualquier modo u origen, organizaci&oacute;n o desarrollo de cualquier sociedad, como se pudo ver, el elemento estructurante definitivo de ellas es el poder, que puede originarse en la fuerza, la raz&oacute;n incluso el enga&ntilde;o, el reconocimiento por la costumbre, el temor, o m&aacute;s. Su primera derivada es el derecho y la segunda es la ley, que s&oacute;lo se aprecia en las sociedades humanas, para regular el uso del poder y la cesi&oacute;n de derechos.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 96)">El manejo de la ley est&aacute; entregado a la instituci&oacute;n creada para este efecto, a la que se llama &laquo;Justicia&raquo;. La justicia, sin embargo, siempre es administrada por el poder y por lo tanto no es equitativa ni tiene una tendencia a igualar los derechos que los d&eacute;biles reciben como sesi&oacute;n del poder. Por regla general el poder opera de modo vertical en la jerarqu&iacute;a desde el m&aacute;ximo poder que posee una minor&iacute;a, cuando no un solo director, sobre los diferentes niveles jer&aacute;rquicos progresivamente m&aacute;s numerosos en tanto el poder individual de cada uno es menor, hasta ser m&iacute;nimo en la base social. La justicia siempre es proporcional al poder que posee cada individuo en la jerarqu&iacute;a social, siendo m&iacute;nima en la base.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 96)">&laquo;&mdash; &iquest;Qui&eacute;n mat&oacute; al comendador?</span><br /><span style="color:rgb(0, 0, 96)">&raquo;&mdash; &iexcl;Fuenteovejuna, se&ntilde;or!&raquo;<br /></span><br /><span style="color:rgb(0, 0, 96)">Fern&aacute;n G&oacute;mez Guzm&aacute;n es comendador de la orden de Calatrava y autoridad mayor de su pueblo: Fuenteovejuna, en el cual ejerce una tiran&iacute;a abusiva, especialmente sobre las mujeres.</span><br /><br /><span style="color:rgb(0, 0, 96)">Rodrigo T&eacute;llez Gir&oacute;n ha heredado muy joven, casi un ni&ntilde;o, la maestr&iacute;a de la orden de Calatrava, por lo cual es, institucionalmente, el superior jer&aacute;rquico de Fern&aacute;n G&oacute;mez. Sin embargo, el comendador, un hombre mayor, asume el poder sobre el maestre de la orden y lo induce a traicionar a la reina Isabel de Castilla en favor de los intereses del rey de Portugal. Es claro que el poder institucional, que nace de la decisi&oacute;n de la organizaci&oacute;n social, s&oacute;lo es v&aacute;lido en tanto la voluntad de poder de las personas no lo sobrepasen. De hecho la cuesti&oacute;n del poder es un ejercicio de la voluntad en tanto que el poder institucional es nominal y s&oacute;lo se hace real por la voluntad de los individuos.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 96)">En el gobierno de Fuenteovejuna el comendador ejerce el poder de manera desp&oacute;tica y abusiva. Abusa sexualmente de Laurecia, la hija del alcaide, ordena colgar a su esposo, hace azotar a qui&eacute;n intenta protegerla y m&aacute;s.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 96)">La sociedad de Fuenteovejuna reacciona y act&uacute;a oponiendo su poder conjunto al del comendador. No es lo com&uacute;n, pero en situaciones el poder colectivo act&uacute;a, tambi&eacute;n de modo vertical, pero inverso. Fuenteovejuna como sociedad mata al comendador Fern&aacute;n G&oacute;mez.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 96)">Se ve el juego del poder en este situaci&oacute;n, en toda la diversidad de sentidos. El comendador sobrepasa el poder de la reina de Castilla en beneficio del poder del rey de Portugal. A la vez ejerce poder de hecho, a trav&eacute;s del enga&ntilde;o sobre su superior de poder institucional. Tambi&eacute;n abusa de su poder sobre la sociedad de Fuenteovejuna por sobre la institucionalidad. Fuenteovejuna muestra el poder colectivo social que ejerce sobre el comendador. En todos estos casos hay juego de poderes naturales. Las instituciones son sobrepasadas en todos los casos. Tampoco hay, en Fuenteovejuna, un juego de derechos. La venganza social no es un derecho que el poder otorgue a los subordinados. Fuenteovejuna, unida, agrega los poderes individuales y los opone al poder establecido y en uso de aquel poder colectivo le quita el derecho a la vida al comendador.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 96)">Tradicionalmente el poder en las organizaciones sociales es local: El se&ntilde;or de la tierra que adquiri&oacute; en virtud de su poder, ejerce el poder administrativo en la sociedad afincada en su tierra. En esta situaci&oacute;n y de acuerdo a su conveniencia dicta las normas y leyes de su comunidad, a la vez que administra justicia entre las gentes que pertenecen a ella. Tambi&eacute;n ejerce el poder moral y &eacute;tico, el doctrinal, incluso el del saber, de la tradici&oacute;n y m&aacute;s. Dos se&ntilde;ores distintos reglamentar&aacute;n la costumbre social, en su localidad, de manera diferente, de acuerdo a su criterio personal.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 96)">La dificultad de integraci&oacute;n, que solo se va superando en el transcurso del tiempo, hace que el poder sea localizado, a&uacute;n cuando nominalmente, en la medida del desarrollo de las sociedades estas incluyan organizaciones de poder que abarcan varias localidades: El imperio ejerce poder sobre los reinos subordinados y estos sobre los feudos del reino. De esta modo el emperador posee, de manera nominal un enorme poder sobre las diferentes sociedades de los reinos, y los reyes del mismo modo sobre las sociedades locales, donde el poder es ejercido por un se&ntilde;or del lugar. Sin embargo, en la pr&aacute;ctica, la justicia es ejercida de modo independiente por el se&ntilde;or del lugar y las leyes son reglamentadas por &eacute;l. Del mismo modo la obediencia esta sujeta al se&ntilde;or local. El rey o el emperador no tienen forma de ejercer el poder directamente sobre las sociedades lejanas de su asiento.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 96)">En la medida que las estructuras de poder se hacen m&aacute;s complejas, las sociedades generan instituciones que permiten el ejercicio del poder. As&iacute; nacen los estados en las naciones que agrupan sociedades afines. Con todo, las instituciones del poder se multiplican en la diversidad natural de las comunidades en la medida que estas crecen y son mayores.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 96)">No obstante lo dicho, el poder nominal, considerado de origen divino, estaba concentrado en un monarca que no rend&iacute;a cuentas. El poder era, supuestamente absoluto. As&iacute; fue en la Francia del siglo diez y ocho. El &uacute;ltimo monarca de aquel siglo, Luis XVI, empoderado en ese criterio absolutista dilapid&oacute; los fondos del reino apoyando la revoluci&oacute;n de los estados unidos y empobreci&oacute; a la naci&oacute;n, causando la revoluci&oacute;n que estall&oacute; en mil setecientos ochenta y nueve. Para mil setecientos noventa y uno, la Asamblea Nacional Constituyente oblig&oacute; a Luis XVI a aceptar la nueva constituci&oacute;n, que estableci&oacute;, de acuerdo a los criterios de Montesquieu, la separaci&oacute;n de poderes en Ejecutivo, Legislativo y Judicial independientes uno de otros.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 96)">La naturaleza, m&aacute;s sabia que el ser humano, no s&oacute;lo en millones de a&ntilde;os prosper&oacute; desde quiz&aacute;s una explosi&oacute;n de la nada, a la vida, y en ella al propio humano. Con infinita paciencia instal&oacute; como su regla principal la ley natural para asegurar la prosperidad. El ser humano en su infinita soberbia intenta siempre enmendar la lenta sabidur&iacute;a natural, con utop&iacute;as inalcanzables tales como los derechos universales del hombre.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 96)">Los seres humanos no nacen libres e iguales en dignidad y derechos. Los negros en estados unidos no nacen iguales a los blancos, ni a los hispanos, ni a los europeos, tampoco son libres del yugo del poder blanco, del poder del dinero o del poder de la justicia; no tienen la misma dignidad que el resto de los ciudadanos: &laquo;Yo tengo un sue&ntilde;o, un solo sue&ntilde;o, seguir so&ntilde;ando. So&ntilde;ar con la libertad, so&ntilde;ar con la justicia, so&ntilde;ar con la igualdad y ojal&aacute; ya no tuviera necesidad de so&ntilde;arlas.&raquo; Este es el sue&ntilde;o ut&oacute;pico de Martin Luther King. &iexcl;Cu&aacute;ntos sue&ntilde;os irrealizables tiene el ser humano!. Yo mismo sue&ntilde;o que todos esos seres que ser&aacute;n desechados por sus madres alg&uacute;n d&iacute;a puedan tener un sue&ntilde;o; cualquier sue&ntilde;o, aunque sea irreal, aunque sea el sue&ntilde;o real que no son parte del cuerpo de su madre.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 96)">Cu&aacute;ntos son los m&aacute;s d&eacute;biles, los que no nacen libres e iguales, los que nacen sin derechos, los que s&oacute;lo tienen sue&ntilde;os. Cu&aacute;ntos sue&ntilde;an con que el curso incierto de su vida alguna vez los premie con mucho dinero. Cu&aacute;ntos luchan por eso, cu&aacute;ntos en esa lucha eligen el poder de la violencia porque no tienen otro acceso a los bienes que desean y creen que les dar&aacute;n libertad, igualdad, justicia y dignidad.<br />&#8203;</span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 96)">El dinero no te equipara con los otros, no te da libertad ni igualdad, no te asegura la dignidad y si te permite comprar justicia es s&oacute;lo porque la justicia no existe, s&oacute;lo es un reflejo del poder. El dinero es un recurso del poder y la gran ley universal se basa en el poder: es la ley del m&aacute;s fuerte. Mucho dinero puede, tal vez, dar mucho poder, sin embargo el dinero no es el poder. El dinero y la espada no son el poder, el poder est&aacute; en c&oacute;mo usas la espada o el dinero.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 96)">Kepa Uriberri</span></span><br /><br /><br /></div>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Cambiar todo]]></title><link><![CDATA[http://www.peregrinosysusletras.net/kepa-uriberri/cambiar-todo]]></link><comments><![CDATA[http://www.peregrinosysusletras.net/kepa-uriberri/cambiar-todo#comments]]></comments><pubDate>Wed, 14 May 2025 19:20:06 GMT</pubDate><category><![CDATA[Uncategorized]]></category><guid isPermaLink="false">http://www.peregrinosysusletras.net/kepa-uriberri/cambiar-todo</guid><description><![CDATA[    Claudia Cardinale, Paolo Stoppa y Alain Delon en una secuencia de la película "El Gatopardo" (1963).    Por Kepa UriberriHab&iacute;a le&iacute;do la novela de Giuseppe Tomasi hace tanto tiempo, incluso antes que se filmara la pel&iacute;cula que protagonizaron Burt Lancaster como el pr&iacute;ncipe de Salina, Alain Delon como su sobrino Tancredi y Claudia Cardinale como Ang&eacute;lica, hija del alcalde Sedara de Donnafugata. En aquella lejana lectura no percib&iacute; la frase que ha deve [...] ]]></description><content:encoded><![CDATA[<div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0px;margin-right:0px;text-align:center"> <a> <img src="http://www.peregrinosysusletras.net/uploads/7/8/6/9/78697460/a24_orig.png" alt="Picture" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%">Claudia Cardinale, Paolo Stoppa y Alain Delon en una secuencia de la pel&iacute;cula "El Gatopardo" (1963). </div> </div></div>  <div class="paragraph"><strong><font color="#2a2a2a">Por Kepa Uriberri</font></strong><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 96)">Hab&iacute;a le&iacute;do la novela de Giuseppe Tomasi hace tanto tiempo, incluso antes que se filmara la pel&iacute;cula que protagonizaron Burt Lancaster como el pr&iacute;ncipe de Salina, Alain Delon como su sobrino Tancredi y Claudia Cardinale como Ang&eacute;lica, hija del alcalde Sedara de Donnafugata. En aquella lejana lectura no percib&iacute; la frase que ha devenido en s&iacute;mbolo de la novela y que hace creer a muchos que su tema es el af&aacute;n pol&iacute;tico de cambio para mantener todo igual. Tampoco percib&iacute; ese concepto cuando vi esa vieja pel&iacute;cula. En ambas instancias percib&iacute; que el tema era la decadencia de las noblezas, reflejada en la vida del Principe de Salina y su familia. Recuerdo la trama de la novela en tres hitos: El primero lo empuja Garibaldi, personaje ausente, que busca la unificaci&oacute;n italiana; el segundo es la elecci&oacute;n, por deslumbramiento y conveniencia, m&aacute;s que amor, de Tancredi, sobrino del pr&iacute;ncipe de Salina, por la hija del alcalde de Donnafugata, con la consecuencia de la depresi&oacute;n end&eacute;mica de Concetta hija del pr&iacute;ncipe, eterna enamorada de su primo; y el tercero, casi en el final de la novela, cuando las tres hijas solteronas del pr&iacute;ncipe viven solas y aisladas en el palacio familiar y Concetta decide eliminar la vieja piel del perro Bendic&ograve;, que siempre acompa&ntilde;&oacute;, en vida, a don Fabrizio y que se guardaba como reliquia por m&aacute;s de medio siglo.</span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 96)">Reviv&iacute; la pel&iacute;cula y la novela viendo la serie <em>El Gatopardo</em> de Netflix. Esta &uacute;ltima replica a la primera incluso con actores que emulan a los originales que encarnan a don Fabrizio, pr&iacute;ncipe de Salina, a Tancredi Falconeri y a Ang&eacute;lica Sedara. Muy al comienzo de la serie Tancredi decide partir a unirse a las camisas rojas de Garibaldi para derrocar al rey Borb&oacute;n de N&aacute;poles e instalar al rey de Cerde&ntilde;a en el trono de la Italia unificada. Don Fabrizio, su t&iacute;o, intenta disuadirlo y argumenta la inutilidad de los cambios que propone Garibaldi. Tancredi, entonces, replica con la frase que el periodismo y la pol&iacute;tica han adoptado como si fuera el tema global de la obra: &laquo;Si queremos que todo siga igual, es necesario que todo cambie&raquo;. Encontrar este concepto en la obra del pr&iacute;ncipe de Lampedusa me llev&oacute; a ver la serie. Conclu&iacute; que la idea de lo "Gatopardiano" que se esgrime entre pol&iacute;ticos y periodistas o analistas pol&iacute;ticos, al tenor de la novela y sus versiones f&iacute;lmicas no se refleja en el devenir de la narraci&oacute;n. La obra no es pol&iacute;tica, sino que es social. Refleja la decadencia de la familia Corbera de Salina; &eacute;ste es su tema, que muestra el proceso social de la venida a menos de la aristocracia y surgimiento de nuevas elites. Volv&iacute;, para corroborar la idea, a leer la novela de Giuseppi Tomasi de Lampedusa. La frase citada existe y corresponde a la instancia que muestran las versiones filmadas. En el texto es una escena casi al pasar en el primer cap&iacute;tulo. No encuentro, en toda la novela, nada m&aacute;s que complemente o corrobore aquella idea.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 96)">Las versiones f&iacute;lmicas, concluyen, reflejando la decadencia social, en la muerte del Gatopardo, pr&iacute;ncipe de Salina. En el cine se representa de manera simb&oacute;lica y figurada, en la serie se alarga algo m&aacute;s y muere f&iacute;sicamente, rodeado de su familia.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 96)">Pienso que el m&aacute;s literario de los finales resulta ser el de Netflix. En la novela, quiz&aacute;s el final debi&oacute; ser, tambi&eacute;n, la muerte del pr&iacute;ncipe, que redondea bien todo el argumento, a&uacute;n cuando se hace un salto de varios a&ntilde;os para mostrarla; sin embargo Tomasi decide agregar un cap&iacute;tulo, casi como ep&iacute;logo, con un nuevo salto en el tiempo de m&aacute;s de treinta a&ntilde;os, para mostrar a las tres hijas del pr&iacute;ncipe solas y aisladas, convertidas en beatas. A pesar de todo, finalmente, la novela y sus versiones f&iacute;lmicas no son, en absoluto, "Gatopardianas": Nada, finalmente, vuelve a ser igual que al comienzo.<br /><br /><strong>Keppa Uriberri</strong></span></span><br /></div>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Vargas Llosa cavernario]]></title><link><![CDATA[http://www.peregrinosysusletras.net/kepa-uriberri/vargas-llosa-cavernario1616880]]></link><comments><![CDATA[http://www.peregrinosysusletras.net/kepa-uriberri/vargas-llosa-cavernario1616880#comments]]></comments><pubDate>Wed, 16 Apr 2025 16:46:50 GMT</pubDate><category><![CDATA[Uncategorized]]></category><guid isPermaLink="false">http://www.peregrinosysusletras.net/kepa-uriberri/vargas-llosa-cavernario1616880</guid><description><![CDATA[       Por Kepa UriberriRelata Mateo que algunos fariseos se le acercaron y, para ponerlo a prueba, le preguntaron: &iquest;Est&aacute; permitido que un hombre se divorcie de su esposa por cualquier motivo?.&Eacute;l les respondi&oacute; as&iacute;: &laquo;&iquest;No han le&iacute;do que en el principio el Creador los hizo hombre y mujer y dijo: Por eso dejar&aacute; el hombre a su padre y a su madre, y se unir&aacute; a su esposa, y los dos llegar&aacute;n a ser un solo cuerpo?. As&iacute; que  [...] ]]></description><content:encoded><![CDATA[<div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0;margin-right:0;text-align:center"> <a> <img src="http://www.peregrinosysusletras.net/uploads/7/8/6/9/78697460/vc_orig.jpg" alt="Picture" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%"></div> </div></div>  <div class="paragraph"><strong>Por Kepa Uriberri<br /><br /></strong><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Relata Mateo que algunos fariseos se le acercaron y, para ponerlo a prueba, le preguntaron: &iquest;Est&aacute; permitido que un hombre se divorcie de su esposa por cualquier motivo?.</span></span><br /><span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">&Eacute;l les respondi&oacute; as&iacute;: &laquo;&iquest;No han le&iacute;do que en el principio el Creador los hizo hombre y mujer y dijo: Por eso dejar&aacute; el hombre a su padre y a su madre, y se unir&aacute; a su esposa, y los dos llegar&aacute;n a ser un solo cuerpo?. As&iacute; que ya no son dos, sino uno solo. Por tanto, lo que Dios ha unido, no lo separa el hombre&raquo;.</span></span><br /><span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">A partir de este relato la iglesia cat&oacute;lica establece el dogma de la indisolubilidad del matrimonio. No obstante es posible que el significado de la sentencia sea otro. El matrimonio, desde luego es un compromiso entre dos personas, eso no lo hace indisoluble excepto que concurran otros elementos m&aacute;s all&aacute; del mero compromiso: Uno es la seriedad y profundidad de &eacute;ste, otro es la concurrencia de los hijos, que a&uacute;n por el divorcio o la separaci&oacute;n, sostienen un compromiso, que puede resultar indisoluble. Habr&aacute; circunstancias en que el matrimonio est&eacute; bendito por algo superior: afinidad, amor, otra cosa, que lo haga indisoluble. En el criterio de la pregunta y la respuesta del relato, &eacute;ste &uacute;ltimo ha sido unido por Dios, en el concepto de quienes creen que hay uno; los que se disuelven s&oacute;lo habr&aacute;n sido unidos por los hombres. &iquest;Alguien puede sentenciar con certeza que no era &eacute;ste el sentido de la respuesta que Mateo relata?.</span></span><br /><span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Mario Vargas Llosa se cas&oacute; con su prima Patricia Llosa, de lo que podr&iacute;a colegir que siendo, Mario, un hombre pagado de s&iacute; mismo, con un concepto supremo, hasta el narcisismo, de su propia val&iacute;a, quiso que sus hijos fueren tan grandes como &eacute;l, es decir: Vargas Llosa. El fue premiado, a la saga de su adversario y amigo literario, Gabriel Garc&iacute;a M&aacute;rquez, con el Nobel de literatura por su dominio de la narrativa y las bellas letras. Este premio no incluye aval ninguno sobre la moral o la &eacute;tica de quien lo recibe; es decir no eleva a quien lo recibe a ning&uacute;n rango de autoridad del pensamiento filos&oacute;fico o de la &eacute;tica ni la moral.</span></span><br /><span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Hacia fines del siglo XVI y durante el XVII, en nuestra Am&eacute;rica, las colonias necesitaban gran cantidad de mano de obra barata para explotar las riquezas del continente. La soluci&oacute;n result&oacute; obvia. Ya lo hac&iacute;an los pueblos &aacute;rabes: Hab&iacute;a que esclavizar al negro. El ind&iacute;gena americano era persona, se le pod&iacute;a evangelizar, en cambio el negro no ten&iacute;a alma y no era, por lo tanto, una persona, de manera que pod&iacute;a tener un due&ntilde;o y ser considerado un animal de trabajo. As&iacute;, de esa suerte, se lleg&oacute; a esclavizar a m&aacute;s de once millones de desalmados negros.</span></span><br /><span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Los derechos de las personas nacen, como concepto &eacute;tico y moral, que se sistematiza en las legislaciones, a partir de la revoluci&oacute;n francesa. Pero el derecho como un bien social, ha existido siempre entre los seres con conciencia. La dominaci&oacute;n del hombre sobre la mujer, o sobre los hijos, la del patr&oacute;n sobre el trabajador y cualquier jerarqu&iacute;a implica la reserva de un derecho preferente de quien es superior en relaci&oacute;n al de jerarqu&iacute;a inferior. Quien tiene una posici&oacute;n inferior respecto del derecho, s&oacute;lo lo adquiere por la cesi&oacute;n, voluntaria o forzada, de quien lo posee. Suele ser el resultado de largas luchas sociales, m&aacute;s o menos violentas. As&iacute;, por ejemplo, en los estados unidos fue el resultado de una guerra civil.</span></span><br /><span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Una vez abolida la esclavitud en la civilizaci&oacute;n occidental, lentamente se ha afincado el concepto que fue una barbaridad. Mientras esta estuvo vigente el abolicionista era un revolucionario mal mirado.</span></span><br /><span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Por estos d&iacute;as se aprob&oacute; aqu&iacute; la ley de aborto que lo despenaliza en tres casos precisos. La discusi&oacute;n fue bastante feroz entre los que se opon&iacute;an y los que lo promovieron. A&uacute;n hab&iacute;a ecos de esa disputa cuando Vargas nos visit&oacute; y calific&oacute;, como no, si &eacute;l se considera un liberal, de "Derecha Cavernaria" a la nuestra que se opuso a la ley. Sostengo, y por lo tanto califico con su propio ep&iacute;teto al Nobel peruano, que el derecho de propiedad sobre otro ser humano, sin importar su estado de desarrollo es &eacute;tica y moralmente cavernario. Los vientos sociales empujaron al hombre del siglo XVI al XIX a la postura cavernaria de esclavizar y negar el alma (la conciencia y la calidad de humano) al hombre negro. Con el tiempo se sali&oacute; de esa caverna y se aboli&oacute; la esclavitud. Tal vez, andando el tiempo en alg&uacute;n futuro Vargas Llosa salga tambi&eacute;n de su caverna y quede deslumbrado por la luz exterior que le muestre su barbaridad. Entretanto, seguir&aacute; Vargas al fondo de su caverna viendo sombras de la conciencia y la &eacute;tica que le ha restado, en el mundo global de hoy, la calidad de persona humana al que a&uacute;n no nace. &iexcl;Plat&oacute;n lo favorezca!.</span></span><br /><span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Kepa Uriberri</span></span><br /><span></span><br />&#8203;<br /></div>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[*¡La última conferencia!]]></title><link><![CDATA[http://www.peregrinosysusletras.net/kepa-uriberri/la-ultima-conferencia]]></link><comments><![CDATA[http://www.peregrinosysusletras.net/kepa-uriberri/la-ultima-conferencia#comments]]></comments><pubDate>Thu, 19 Aug 2021 01:55:35 GMT</pubDate><category><![CDATA[Uncategorized]]></category><guid isPermaLink="false">http://www.peregrinosysusletras.net/kepa-uriberri/la-ultima-conferencia</guid><description><![CDATA[       Por Kepa UriberriLos &uacute;ltimos dos a&ntilde;os, para el mes de marzo, me fui a las Charcas de Bocahue a cazar sapos. Volv&iacute;, cada a&ntilde;o con un sapo, grande, sano, robusto. En cada caso lo amarr&eacute; de pies y manos y lo enterr&eacute; en una caja de lata, dejando s&oacute;lo la cabeza afuera para alimentarlo. Al sapo lo instru&iacute;, en un sahumerio con hierbas arom&aacute;ticas, para que me protegiera de ser enviado otra vez a dictar las ya tradicionales conferencias [...] ]]></description><content:encoded><![CDATA[<div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0;margin-right:0;text-align:center"> <a> <img src="http://www.peregrinosysusletras.net/uploads/7/8/6/9/78697460/c30-1_orig.png" alt="Picture" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%"></div> </div></div>  <div class="paragraph"><strong>Por Kepa Uriberri<br /></strong><br />Los &uacute;ltimos dos a&ntilde;os, para el mes de marzo, me fui a las Charcas de Bocahue a cazar sapos. Volv&iacute;, cada a&ntilde;o con un sapo, grande, sano, robusto. En cada caso lo amarr&eacute; de pies y manos y lo enterr&eacute; en una caja de lata, dejando s&oacute;lo la cabeza afuera para alimentarlo. Al sapo lo instru&iacute;, en un sahumerio con hierbas arom&aacute;ticas, para que me protegiera de ser enviado otra vez a dictar las ya tradicionales conferencias de abril. Cada d&iacute;a aliment&eacute; al sapo con caca de perro, hasta terminar el mes de abril, cuando ya estuve libre del peligro de la conferencia de primavera u oto&ntilde;o. El sapo sab&iacute;a que me ten&iacute;a que cumplir, para conseguir su libertad. As&iacute; fue los &uacute;ltimos dos a&ntilde;os. El primero de mayo saque al sapo de su entierro, lo desat&eacute;, lo limpi&eacute; y le di un banquete de moscas y otros insectos vivos hasta que qued&oacute; ah&iacute;to antes de llevarlo de vuelta a sus noches en las Charcas de Bocahue.<br /><br />Este a&ntilde;o, sin embargo, despu&eacute;s de un par de semanas el sapo se neg&oacute; a comer la caca de perro y comenz&oacute; a languidecer. Para los &uacute;ltimos d&iacute;as de marzo tuve que tomar la decisi&oacute;n de dejar morir al sapo si se negaba y seguir aliment&aacute;ndolo muerto, para librarme de la conferencia, que ya se hablaba, que ser&iacute;a, tal vez, en Par&iacute;s o Cherburgo, Francia, en homenaje a Roland Barthes. En todo caso nada se ve&iacute;a seguro en el horizonte. No sab&iacute;a si, muerto el sapo, morir&iacute;a el conjuro o si lo manten&iacute;a alimentado con caca de perro, sin importar su estado de salud, el conjuro se sostendr&iacute;a. Por otro lado la Agente ya empezaba a tirar l&iacute;neas sobre mi participaci&oacute;n en los festejos del centenario del natalicio de Barthes y me llamaban todos los d&iacute;as para sugerirme material sobre el cr&iacute;tico y fil&oacute;sofo, de modo que sin hacer nada, ni tener inter&eacute;s alguno en Roland, pronto me enter&eacute; que hab&iacute;a asesinado al autor, de cuyas cenizas con su soplo divino y permanente, y quiz&aacute;s algo de su propio escupo, hab&iacute;a creado al lector, en reemplazo. Mirando morir el sapo, producto de mis miedos culturales, comprend&iacute; que quiz&aacute;s Barthes me hab&iacute;a amarrado un sapo a m&iacute;, o mejor dicho a todos los autores, de los cuales los m&aacute;s desconocidos, los m&aacute;s d&eacute;biles, los que est&aacute;bamos en la lucha por llegar a serlo, no s&oacute;lo para nosotros mismos, sino para una cierta cantidad respetable de lectores que cre&iacute;amos que exist&iacute;an, eramos los primeros en morir.<br /><br />Vi la tristeza en la mirada del sapo y cre&iacute; que me dec&iacute;a que &eacute;l, tambi&eacute;n a su propio modo era un autor y yo era su Roland. Le respond&iacute; que no, que si yo ca&iacute;a fulminado por cuenta del semi&oacute;logo franc&eacute;s entonces &eacute;l como sapo quedar&iacute;a muerto en su catafalco de lata. El sapo sonri&oacute; ir&oacute;nico y dijo: &mdash;T&uacute; est&aacute;s muerto como autor desde que te asesin&oacute; Packi en la Taberna del Alabardero. &iquest;Acaso no recuerdas?&mdash;. Lo recordaba. Recordaba cada una de las conferencias a las que hab&iacute;a ido y cada uno de sus nefastos sucesos. Siempre hab&iacute;a sido Packi, o su correspondiente packi, ya fuera que se llamara Violenta Cabral, o no, quien quiz&aacute;s arbitrando, a nombre de Barthes, hab&iacute;a arruinado, a favor de los lectores, cada esfuerzo que hac&iacute;a por conseguir supervivir al autor y su literatura. Le dije, entonces: &mdash;Si as&iacute; fuera, Packi ser&iacute;a s&oacute;lo una met&aacute;fora de Barthes, por mi parte ser&iacute;a, yo, una met&aacute;fora de Packi y t&uacute; ser&iacute;as una met&aacute;fora de m&iacute; mismo. Y si as&iacute; fuera siempre habr&iacute;a una raz&oacute;n ineludible para que estuvieras muerto y esa caja de lata ser&iacute;a tu Taberna del Alabardero. &iquest;O no?&mdash;. El sapo me quit&oacute; la vista de encima, pens&eacute; que con verg&uuml;enza, pero despu&eacute;s supe que s&oacute;lo buscaba inspiraci&oacute;n all&aacute;, en alg&uacute;n lugar al sesgo, quiz&aacute;s su fisiolog&iacute;a de sapo constru&iacute;a las ideas a partir de ciertas im&aacute;genes que se proyectaban en su mente siempre a un costado y abajo. Estuvo mucho rato en esa actitud, hasta que al fin me mir&oacute; otra vez, ya no con iron&iacute;a, sino con inconmensurable tristeza. Dijo: &mdash;Si yo soy tu met&aacute;fora y muero, entonces t&uacute; mueres, pero si t&uacute; mueres entonces muere Packi y Barthes. &iquest;Acaso no te das cuenta que Barthes despu&eacute;s de cien a&ntilde;os y muerto hace treinta y cinco, justo en un d&iacute;a como hoy, a&uacute;n vive?. &iquest;Y sabes por qu&eacute;?. Porque aunque reniegue del autor, &eacute;l vive porque es autor. &Eacute;l vive gracias a su crimen y t&uacute; pretendes sobrevivir gracias al tuyo. Packi, en cambio, quiz&aacute;s s&oacute;lo se divierte con la Boricua porque nunca le ha interesado el autor. Para Packi el autor fue abortado porque ven&iacute;a gravemente enfermo de falta de comercio&mdash;.<br />&mdash;&iquest;Todo eso lo viste all&aacute; abajo, al sesgo?&mdash; le pregunt&eacute;.<br />&mdash;No&mdash; respondi&oacute; intentando encogerse de hombros dentro de su entierro.<br />&mdash;&iquest;Y qu&eacute; ve&iacute;as entonces?&mdash;.<br />&mdash;La esquina de Cerrito y Corrientes, en Buenos Aires. Un moj&oacute;n seco que lleva tres a&ntilde;os en ese lugar&mdash;.<br />&mdash;&iquest;C&oacute;mo puedes ver esa esquina desde aqu&iacute;? &iquest;Y c&oacute;mo puedes saber que ah&iacute; hay un moj&oacute;n?&mdash;. Baj&oacute; la vista. Otra vez cre&iacute; que con verg&uuml;enza, pero no. No era verg&uuml;enza, Era s&oacute;lo humildad, &iquest;o quiz&aacute;s soberbia? Dijo:<br />&mdash;&iquest;Qui&eacute;n soy yo?&mdash;.<br />&mdash;S&oacute;lo un sapo de las Charcas de Bocahue&mdash; respond&iacute;.<br />&mdash;&iquest;S&oacute;lo un sapo?&mdash; retruc&oacute;, &mdash;&iquest;y entonces qu&eacute; hago aqu&iacute; enterrado en una lata?&mdash;.<br />&mdash;Bueno: Cumplir el sortilegio de un sahumerio&mdash;.<br />&mdash;Entonces no soy s&oacute;lo un sapo. Soy un sapo m&aacute;gico. Soy parte de un rito, quiz&aacute;s de un mito. Tal vez est&eacute; dando forma a ese elemento tan profundo y primigenio de la cultura: El arquetipo. &mdash;&iexcl;Ja!&mdash; me re&iacute;. &mdash;Alguien tan atado, tan enterrado, tan prisionero, no es m&aacute;s que una cosa que no deber&iacute;a permitirse tanta soberbia. Eres apenas un artilugio&mdash; le dije con desprecio, pero luego pens&eacute; que "artilugio" era una palabra demasiado bella para esto y correg&iacute;:<br />&mdash;&iexcl;Ja! Un artilugio. Quise decir un artefacto, un aparato&mdash;.<br />&mdash;&iexcl;Sea!, te lo concedo. Pero t&uacute; mismo me convertiste en un aparato m&aacute;gico y me diste poder. Pero si soy despreciable, entonces d&eacute;jame ir y vuela a Francia a encontrarte con tus miedos, con Packi y la Boricua, con Violenta Cabral y Astra Cabagliari. Tal vez ah&iacute;, en medio de tu pobre conferencia, tengas que reconocer la val&iacute;a de Roland Barthes y te veas obligado a suicidarte. Podr&iacute;as dejarme una nota; quiz&aacute;s entonces este aparato m&aacute;gico te resucite como lector. &iexcl;Jajaja!&mdash; se ri&oacute; de su propio ingenio, lo que le rest&oacute; mucho valor.<br /><br />Prefer&iacute; tapar la caja de lata para no seguir oyendo sus sandeces. De la agencia me hab&iacute;an enviado varios tomos del propio Roland y muchas biograf&iacute;as cr&iacute;ticas. Ten&iacute;a mi mesita de lecturas rebalsada de amenazas. Desde luego hab&iacute;an desplazado a todos los rusos, a los latinoamericanos, a Faulkner, Proust, Balzac cuya &uacute;ltima ilusi&oacute;n, "Sarrasine", hab&iacute;a sido ya invadida y destazada por Barthes, ya no era una reflexi&oacute;n del cl&aacute;sico sobre los opuestos y un oculto temor por la ambig&uuml;edad sexual posible, sino un encuentro casi econ&oacute;mico entre el comercio del productor y el consumidor, el cliente y el fabricante. Casi me convenzo, al recordar mi propio juicio sobre Sarrasine, de lo irrelevante que puede ser el autor, frente a los sesgos del lector, o incluso frente a su capacidad de agregar contenido, de acuerdo a su experiencia y cultura personal, pero entonces me dije que si Barthes ten&iacute;a raz&oacute;n, su raz&oacute;n, seg&uacute;n &eacute;l mismo, s&oacute;lo le val&iacute;a en tanto lector que juzga y siendo yo otro lector diferente, su juicio no es nada al lado del m&iacute;o. Entonces levant&eacute; la tapa de lata y le dije al sapo: &mdash;Barthes no ha muerto a&uacute;n porque no puede, bajo su propio concepto, ser un autor. Quiz&aacute;s por eso esboz&oacute; su teor&iacute;a de la muerte del autor: Para llegar a ser inmortal invalid&aacute;ndose a s&iacute; mismo&mdash;. &mdash;&iquest;Y Balzac?&mdash; me respondi&oacute; el sapo, &mdash;&iquest;es Zambinella o Sarrasine?. &iquest;Cu&aacute;l es, ah&iacute;, el autor y cual el sapo?, &iquest;Cu&aacute;l Barthes y cu&aacute;l Packi?&mdash;.<br /><br />Esa madrugada muri&oacute; el sapo, despu&eacute;s de negarse a comer caca de perro durante m&aacute;s de tres semanas. Era el veintis&eacute;is de marzo. Hab&iacute;a sido atropellado por una citroneta azul, hac&iacute;a un mes, conducida por Angulo, a quien, dicen, acompa&ntilde;aba Eleya, la llamada Boricua. &iquest;Qui&eacute;n se har&iacute;a cargo ahora de sostener el movimiento?, &iquest;El elegante Javier Aparecido?, quiz&aacute;s &iquest;Juan Dari&eacute;n Fundador?, &iquest;O su gemelo Jos&eacute; Daniel Fundador?. Con todo, hoy se sabe que Angulo iba acompa&ntilde;ado, en la citroneta azul de la lavander&iacute;a, por la mujer gruesa que lo abord&oacute; la tarde en que muri&oacute; Hern&aacute;n Olagaray, cuyo nombre, se dice, era Angustia Noble. Es decir, que la boricua transitaba, de manera casual la Rue des &Eacute;coles y la sangre en el alfanje en modo alguno era de Barthes, u Olagaray &iquest;o lo era?. &iquest;Ten&iacute;a alg&uacute;n significado la muerte del sapo?<br /><br />El veintiocho de marzo, d&iacute;a del funeral del sapo (&iquest;Y de Roland?) me lleg&oacute; la confirmaci&oacute;n y un comentario que consider&eacute; rid&iacute;culo: El martes siete de abril deb&iacute;a tomar el vuelo para dar una conferencia en el Coll&egrave;ge de France, justo frente al lugar donde hab&iacute;a ca&iacute;do herido para no volver a levantarse, donde quiz&aacute;s si fue rematado con el alfanje de la Boricua, el hombre que con la pluma, no la espada ni un alfanje, hab&iacute;a dado muerte definitiva al autor. El comentario, como una postdata del memorandum dec&iacute;a, textual: &laquo;Puedes decir que fue atropellado por el s&iacute;mbolo ub&eacute;rrimo de la cultura francesa&raquo;.<br /><br />Dediqu&eacute; esos once d&iacute;as, in&uacute;tilmente, a estudiar a Roland Barthes. Todo era ambiguo. Record&eacute; a cierto poeta que escrib&iacute;a versos sobre aviones supers&oacute;nicos y banderitas patrias que ca&iacute;an en picada sobre la estaci&oacute;n de trenes del norte de la capital. Yo era novato en las lides literarias por aquel tiempo, de manera que me atrev&iacute; a preguntar por el significado de su poema. Recuerdo que enrojeci&oacute; como un camar&oacute;n cuando cae al agua hirviendo. Dijo:<br />&mdash;Claramente los aviones representan el amor carnal: &iquest;Qu&eacute; m&aacute;s?&mdash; yo aprob&eacute;, afirmando con la cabeza y con humildad e inter&eacute;s de aprender m&aacute;s, lo qued&eacute; mirando de abajo hacia arriba. &mdash;&iexcl;Eso!&mdash; confirm&oacute; y me fulmin&oacute; con sus ojos potenciados por unos lentes tan gruesos como potos de botella, antes de retirarse a conversar con otros contertulios del taller en que particip&aacute;bamos. Hasta el d&iacute;a de hoy me pregunto si la estaci&oacute;n de trenes del norte, hoy destinada a otros usos, representar&iacute;a a la mujer amante que recibe llena de quejidos y bufidos, pitidos y campanas al avi&oacute;n supers&oacute;nico que la regala con banderitas patrias. &iexcl;No lo s&eacute;!. &iexcl;Son s&iacute;mbolos!. Roland ya no est&aacute;; &iquest;lo sabr&iacute;a &eacute;l?<br /><br />El lunes, antes de la partida, me despidieron con recomendaciones y reconvenciones previas, a modo de admoniciones que evitaran que volviera a meterme en l&iacute;os. Despu&eacute;s conversamos coloquialmente, como si ya me hubiera ido, y quiz&aacute;s por eso se atrevieron a contarme que en Buenos Aires se me unir&iacute;a un poeta argentino, un tal Heraldo Balc&aacute;rcel, cuya poes&iacute;a estaba fuertemente influenciada por Barthes, Lacan y Freud. Iba acompa&ntilde;ado por la agente Violenta Cabral: &mdash;&iquest;Quiz&aacute;s la conozcas? &iquest;No estuviste con ella alguna vez?&mdash;, de manera que &mdash;ir&aacute;s con gente conocida&mdash;.<br /><br />Violenta iba con un peinado moderno que simulaba un nido de cherc&aacute;n, pero te&ntilde;ido de azul. Un ojo maquillado con sombra muy oscura, casi negra; cualquiera dir&iacute;a que el poeta Balc&aacute;rcel la hab&iacute;a golpeado con un soneto en el ojo. El otro, estaba dibujado al estilo g&oacute;tico, a juego con el l&aacute;piz labial verde. Vest&iacute;a un entero de lycra azul fulgurante, surcado por un escote que bajaba hasta el ombligo. Confieso que intent&eacute; descubrir en ese valle las cimas m&aacute;s altas, pero no las alcanc&eacute; jam&aacute;s. Remataba el conjunto unos borcegu&iacute;es verdes de taco alt&iacute;simo. De las u&ntilde;as muy largas nunca llegu&eacute; a saber si eran verdaderas o falsas, bajo el barniz verde moteado de peque&ntilde;os puntos blancos. Pero si me hubieran dicho que aquellos puntos no eran tales sino microsc&oacute;picos dibujos de caballos desbocados como los deseos, lo habr&iacute;a cre&iacute;do, de todos modos.<br /><br />Por su lado el poeta vest&iacute;a de poeta, para hacer el papel de poeta. Cualquiera que lo hubiera encontrado comprando, por ejemplo, en un supermercado, habr&iacute;a dicho de &eacute;l que "ah&iacute; est&aacute; ese poeta comprando un paquete de tallarines n&uacute;mero cinco y un tarro de pomarola". Si uno le hubiera dicho que no, que no era un poeta sino un arquitecto, o un intelectual de izquierda, cualquiera se habr&iacute;a re&iacute;do. Si se le preguntara a ese cualquiera:<br />&mdash;&iquest;De qu&eacute; te r&iacute;es?&mdash;, habr&iacute;a, de seguro contestado que &ldquo;resultaba absurdo ver a un arquitecto que se vistiera y tuviera ademanes de poeta&rdquo;. Adem&aacute;s, cosa rara en un argentino, ten&iacute;a una dulzura y un silencio en extremo po&eacute;tico, aunque aburridor. Me dio, para presentarse, una mano blanda y murmur&oacute; algo ininteligible y confuso entre risitas amables. Violenta casi lo apart&oacute;, entonces, y dijo: &mdash;&iexcl;Na! Viste... este es Balc&aacute;rlcel. &iquest;Me cre&eacute;s que es poeta?&mdash; y se me lanz&oacute; al cogote.<br />&mdash;&iexcl;Est&aacute;s divino, Irizarri! &iquest;Qu&eacute; te hac&eacute;s?&mdash;. Juro que sent&iacute; algo de miedo. Me plant&oacute; un beso en la mejilla que creo que me ha de haber dejado impresos los labios verdes. Despu&eacute;s echo atr&aacute;s la cabeza, para lo que adelant&oacute; la pelvis y el vientre. El miedo se me revolvi&oacute; con la corriente er&oacute;tica y ca&iacute; en un cierto estado de confusi&oacute;n. S&oacute;lo recuerdo cierta sonrisa algo boba de Balc&aacute;rcel. En ese momento llegu&eacute; a pensar que no era argentino, no pod&iacute;a ser, o si lo era, Violenta Cabral se lo hab&iacute;a fumado.<br /><br />Violenta no par&oacute; de hablar, creo que hasta que se le sec&oacute; la boca o el seso. Record&oacute; la &uacute;ltima vez que nos vimos y dijo:<br />&mdash;&iexcl;C&oacute;mo lloraba yo! Es que vos sos muy boludo. Mir&aacute; que meterse con esa mujerzuela y ayudarla a matar a su cafiolo. &iexcl;Y! No sab&eacute;s lo que lament&eacute; no poder despedirme de vos, pero estaba desecha, imaginate, con un crimen pasional entre manos, &iexcl;yo!. Fijate que en la agencia no lo supieron. Nos hubieran despedido a los dos &iexcl;Viste!. Por suerte la chica confes&oacute; que hab&iacute;a sido ella sola, aunque no le creyeron. Tuve que aceptar la invitaci&oacute;n a cenar del Comisario Inspector y convencerlo, no sab&eacute;s c&oacute;mo, de que la chica no ment&iacute;a, pero en fin &iquest;todo sali&oacute; bien?. &iexcl;Me imagino que s&iacute;! Llam&eacute; a tu hotel despu&eacute;s pero dijeron que ya te hab&iacute;as ido. &iexcl;Ah! Y la conferencia, &iquest;Sab&eacute;s? En la agencia creen que la diste y que fue un &eacute;xito. Es que Omar Laur&iacute;a es un cielo. &iquest;Y vos? &iquest;C&oacute;mo has estado? &iquest;Qu&eacute; hac&eacute;s? &iquest;Vas dando conferencias por el mundo? Qu&eacute; has escrito en este tiempo. Tengo ah&iacute; un par de libros tuyos que encontr&eacute; en la agencia, pero no he tenido tiempo de leerlos, &iquest;sab&eacute;s?. Los he le&iacute;do s&oacute;lo muy superficialmente. Pero se ve que sos exitoso &iquest;eh?&mdash;.<br /><br />Al abordar, por fin, Violenta pareci&oacute; cansarse de su propio verbo y cay&oacute; rendida en un sue&ntilde;o profundo. El poeta sonre&iacute;a, pl&aacute;cido, quiz&aacute;s disfrutando de la conversaci&oacute;n monol&oacute;gica de ella. &mdash;Bueno&mdash;, dije &mdash;&iquest;nos quedar&aacute;n unas quince horas?&mdash;.<br />&mdash;&iexcl;Seguro!&mdash; dijo y luego, casi sin pausa, quiz&aacute;s por temor de perder ese m&iacute;nimo contacto y que ya no regresara jam&aacute;s, me pregunt&oacute;:<br />&mdash;&iquest;Vos vas a disertar o a leer alg&uacute;n... qu&eacute; se yo... un ensayo? &iquest;Qu&eacute;?&mdash;.<br />&mdash;Se supone que d&eacute; una conferencia sobre la importancia de Barthes en la nueva literatura latinoamericana&mdash;.<br />&mdash;&iquest;Y c&oacute;mo va eso?&mdash;. Me encog&iacute; de hombros. De verdad no sab&iacute;a c&oacute;mo iba, o tal vez no iba en modo alguno. A m&iacute; me parec&iacute;a que cualquier autor latinoamericano ten&iacute;a tanto ego, que aceptar que el autor no era due&ntilde;o de lo que hab&iacute;a escrito, era cuando menos el grito de audacia de la ignorancia, pero Roland era tan connotado que resultaba dif&iacute;cil reconocerlo. &mdash;Va avanzando, lleno de dudas&mdash; dije, y en ese momento comet&iacute; el gran error de ese viaje por los cielos atl&aacute;nticos; agregu&eacute;:<br />&mdash;&iquest;Y t&uacute;? &iquest;C&oacute;mo vas en esto?&mdash;. Los ojillos como de pajarito de Balc&aacute;rcel brillaron llenos de alegr&iacute;a y sus manitos peque&ntilde;as comenzaron a escarbar los libros y carpetas que llevaba en las faldas, mientras su boca se mov&iacute;a entre la barba y el bigote, como si quisiera largarse, ya, a hablar pero se ten&iacute;a que contener porque a&uacute;n no encontraban sus manos lo que necesitaba leer. &Eacute;stas cada tanto, dejaban su faena y se&ntilde;alaban con un dedo, vibrando, que ya estaban casi a punto de conseguir su cometido. Al fin la boca dijo:<br />&mdash;S&iacute;. S&iacute;. Aqu&iacute; lo tengo, aqu&iacute; lo tengo&mdash;, mientras los ojos tomaban una expresi&oacute;n casi de paroxismo, que le hac&iacute;a vibrar r&iacute;tmicamente la cabeza toda. Se moj&oacute; los labios con la lengua y comenz&oacute; as&iacute;: &laquo;Poema vivo al autor, que vuela en los cielos universales&raquo; Hizo una pausa para mirar el efecto. Hice un esfuerzo, al menos, para parecer alegre.<br />Sigui&oacute;:<br />&laquo;Escapan de m&iacute; estas palabras<br />que no me pertenecen ya&raquo;<br />&mdash;&iquest;Mh?&mdash; murmur&oacute; mirando el efecto que podr&iacute;a haber conseguido y sonri&oacute; pl&aacute;cido antes de continuar: &laquo;Son de Roland, o de Mallarme y de Rimbaud.<br />Son de Cervantes y de Ruy D&iacute;az de Vivar o de cualquier Cristo<br />y son de Plat&oacute;n de Eur&iacute;pides<br />y se cantaron en el monte Sina&iacute;<br />entre ardientes zarzas o en el Parten&oacute;n&raquo;<br />Volvi&oacute; a pedir aprobaci&oacute;n, aunque en silencio, s&oacute;lo con una expresi&oacute;n casi triunfal. Despu&eacute;s continu&oacute; elevando la voz, como si en efecto estuviera invocando a alguien cercano, quiz&aacute;s a otro pasajero, o a una divinidad:<br />&laquo;&iquest;&iexcl;Y t&uacute;! Roland? &iquest;A donde v&aacute;n tus corceles blancos<br />desbocados bajo la rueda torpe de un &iacute;cono de la Francia?&raquo;<br />Violenta se agit&oacute; en su asiento y murmur&oacute; entre sue&ntilde;os:<br />&mdash;&iexcl;Bajale una gotita el volumen! Mir&aacute; que estoy durmiendo&mdash;.<br /><br />Balc&aacute;rcel continuo en un tono bajito, pero con todo el &eacute;nfasis de una declamaci&oacute;n en voz alta, lo que resultaba del todo rid&iacute;culo. Yo a la vez no lo o&iacute;a y su verbo zumb&oacute;n y casi silencioso me arrullaba m&aacute;s en tanto m&aacute;s me esforzaba por parecer atento. A ratos Violenta le daba un manotazo y le dec&iacute;a &mdash;&iexcl;Baj&aacute; una gotita, &iquest;quer&eacute;s? Dejame dormir que el viaje es largo&mdash;. Balc&aacute;rcel me miraba buscando complicidad con una sonrisa tensa. Yo intentaba sonre&iacute;r, pero sent&iacute;a que s&oacute;lo lograba que los p&aacute;rpados cayeran, buscando el sue&ntilde;o.<br /><br />Detr&aacute;s de Balc&aacute;rcel brillaba el sol con una luz intensa que, sin embargo, no hac&iacute;a silueta en su figura, que insist&iacute;a en lanzar jabs de izquierda al rostro de Violenta, que no se defend&iacute;a. Desde mi lugar, con cada golpe de sus guantes rojos, ve&iacute;a agitarse el nido azul de su pelo. Cada tanto, al ritmo de los golpes y de su cabeza, lanzaba un manotazo. Me preguntaba: "&iquest;Por qu&eacute; no tiene puestos sus guantes rojos?" y cerraba los ojos, no s&eacute; si para evitar la resolana detr&aacute;s de Heraldo o para evitar ver la golpiza o quiz&aacute;s para reflexionar. Esta &uacute;ltima idea me acomodaba mejor.<br /><br />Sin duda no fue por m&iacute; que Packi y la Boricua estaban ah&iacute; en el aeropuerto esper&aacute;ndonos. Packi saltaba y hac&iacute;a se&ntilde;as con ambas manos. Supe, de inmediato, que no usaba sostenes porque sus pechos saltaban al mismo ritmo que sus mo&ntilde;os, bajo la blusa liviana, que no alcanzaba a ser transparente. Cuando al fin entramos al &aacute;rea de pasajeros, Packi se abalanz&oacute; sobre Violenta Cabral y ambas se abrazaron con alegr&iacute;a infinita, como si fueran hermanas, en tanto que la Boricua se echaba al cuello de Balc&aacute;rcel y le dec&iacute;a:<br />&mdash;&iexcl;No puedo creer que seas el mismo Barc&aacute;lcel!&mdash;. El poeta le corrigi&oacute; sonriendo con gesto bobo: &mdash;Balc&aacute;rcel&mdash; dijo, pero la Boricua se enred&oacute; en su propia lengua y ni entonces ni nunca logr&oacute; decirle si no "Barc&aacute;lcel". Creo que yo tambi&eacute;n sonre&iacute;a con gesto bobo, pero s&oacute;lo para m&iacute; mismo. Nadie me tom&oacute; en cuenta.<br /><br />M&aacute;s tarde, ya en el tr&aacute;nsfer que nos llevaba al hotel, Packi me dio un golpazo sorpresivo, con el dorso de la mano en el est&oacute;mago y me dijo:<br />&mdash;Supongo que este a&ntilde;o s&iacute; traes preparada tu conferencia&mdash;. Qued&eacute; sorprendido porque siempre hab&iacute;a sido cumplidor, aunque casi todas las veces que nos hab&iacute;amos topado mi presentaci&oacute;n hab&iacute;a resultado ser un fiasco, por razones ajenas a m&iacute;, aunque por entonces no sab&iacute;a que ella y la Boricua eran saboteadoras profesionales.<br />&mdash;&iexcl;Por supuesto!&mdash; respond&iacute;. &mdash;Ya soy un experto en Barthes.<br />&mdash;&iquest;Qu&eacute;?&mdash; se sorprendi&oacute; ella, ahora. &mdash;&iquest;Barthes? Todos van a hablar de &eacute;l, a ti te corresponde disertar sobre El Quijote de Avellaneda de Lope de Vega y su influencia sobre Pierre Menard, seg&uacute;n Jorge Luis Borges&mdash;. Nadie me hab&iacute;a dicho tal cosa, de manera que s&oacute;lo me re&iacute; y dije que &ldquo;es una buena broma&rdquo;. Packi apel&oacute; a la Boricua, que escarb&oacute; en su enorme cartera de c&aacute;&ntilde;amo y dijo:<br />&mdash;Aqu&iacute; est&aacute; el programa, mi hermano&mdash; y me alarg&oacute;, por encima de Violenta, de Heraldo y la propia Packi, una revistita de papel couch&eacute; que dec&iacute;a "Centenario del semi&oacute;logo Roland Barthes". En efecto, ah&iacute; se anunciaba mi conferencia con ese tema: "I&ntilde;aki Irizarri &mdash; El autor colectivo, desde el Quijote de la Mancha, de Avellaneda, de Menard, de Lope de Vega y su aporte en la literatura universal". Qued&eacute; sorprendido y asustado.<br />&mdash;&iexcl;Y! &iquest;Qu&eacute; pasa?&mdash; Pregunt&oacute; Violenta. Le entregu&eacute; el programa de la Boricua, abierto en la p&aacute;gina que anunciaba mi conferencia. Violenta lo ley&oacute; y despu&eacute;s, con el ce&ntilde;o fruncido, me mir&oacute; con sus ojos turnios:<br />&mdash;&iquest;Y qu&eacute; ten&eacute;s con eso?&mdash;.<br />&mdash;Que no es mi conferencia&mdash; alegu&eacute;.<br />&mdash;&iexcl;And&aacute;! Si Juan, desde Barcelona, hab&iacute;a pedido ese tema y se lo negamos porque ya lo ten&iacute;as vos&mdash; dijo elevando las manos al techo y agreg&oacute;:<br />&mdash;&iexcl;Mir&aacute; que sos boludo!&mdash;. Packi sacudi&oacute; la cabeza con un gesto tirante y desagradable: &mdash;Siempre lo mismo&mdash; opin&oacute;. La Boricua miraba por la ventanilla, creo que sonre&iacute;a mientras chupaba un caramelo de esos con palo. Heraldo intentaba parecer abstra&iacute;do en sus poes&iacute;as.<br /><br />Pens&eacute; en el sapo y lo recrimin&eacute; en mis pensamientos por haberse muerto. &mdash;&iquest;Qu&eacute; pod&iacute;a hacer yo, si era veintis&eacute;is de marzo?&mdash; me dijo desde su ata&uacute;d de lata.<br /><br />En el hotel, Balc&aacute;rcel quer&iacute;a que le dijera c&oacute;mo hab&iacute;a encontrado su poema y me pidi&oacute; ayuda para unas correcciones:<br />&mdash;Al fin&mdash; dijo, &mdash;el autor es la cultura&mdash; y me mir&oacute; sonriente, tal vez por ver el efecto de su ingenio. No supe negarme, aunque quer&iacute;a estar solo y revisar si pod&iacute;a hacer algo para cambiar el rumbo de la conferencia que ya ten&iacute;a casi terminada. Le dije:<br />&mdash;Mira Balc&aacute;rcel, comprende que me acabo de quedar sin conferencia. Tengo que hacer una nueva entre ahora y ma&ntilde;ana a las tres. &iquest;Me disculpas?.<br />&mdash;Desde luego, desde luego, s&oacute;lo dos minutos para leerte esta parte que he corregido&mdash; y se sent&oacute; en la cama de mi habitaci&oacute;n, dej&oacute; a un lado un alto de papeles y carpetas que tra&iacute;a y se lanz&oacute; a leer con voz argentina:<br />&mdash; &laquo;Y t&uacute;, Febo intelectual, Rolando<br />las aguas del Sena, pastor de la palabra<br />que no se deten&iacute;a, ni era nube<br />o quer&iacute;a ser helechos ni ruedas amarillas.<br /><br />Habr&aacute; de salir, para ellas,<br />la luna mientras Rolando<br />aquel lugar en que el cielo se tumbe,<br />los ata&uacute;des arrastrar&aacute;n por las aguas intelectuales<br />a todos los poetas&raquo;<br />&mdash;&iquest;Ah? &iquest;Ah? &iexcl;Qu&eacute; me dec&iacute;s! &iquest;Se entiende la idea? &iquest;La entend&eacute;s vos?.<br />&mdash; Eeehmm... s&iacute;... No s&eacute; si me sugiere &ldquo;La peste&rdquo; de Saramago, o la &ldquo;Oda a Ralph Waldo Emerson&rdquo; de Garc&iacute;a Lorca.<br />&mdash;No entiendo. &ldquo;La Peste&rdquo; es de Albert Camus y Garc&iacute;a Lorca no le hizo ninguna oda a Emerson. &mdash;&iexcl;Vaya!&mdash; dije simulando sorpresa, &mdash;&iquest;ser&iacute;a de Neruda entonces?<br />Me qued&oacute; mirando confuso un rato. Al fin dijo:<br />&mdash;S&iacute;, s&iacute;. Esa es la idea, en todo caso: Deconstruir, deconstruir: &iquest;Entend&eacute;s? Creo que s&iacute;... &iexcl;Ah boludo! Me est&aacute;s jodiendo... &iquest;De verdad cre&eacute;s que lo van encontrar pueril?<br />&mdash;&iexcl;Jaja!&mdash; me re&iacute; &mdash;Sos m&aacute;s inteligente de lo que pens&eacute;.<br />&mdash;Est&aacute; bien... est&aacute; bien... te dejo tranquilo. Trabaj&aacute; en lo tuyo. Despu&eacute;s me lo le&eacute;s para cagarte&mdash; y se fue manoteando, contento.<br /><br />Logr&eacute; conectar mi pececito a la corriente el&eacute;ctrica, con suficiente temor de quemar el transformador o el propio artefacto. Entrar en internet y conseguir que en la cuna del franc&eacute;s, el buscador entendiera que quer&iacute;a ver p&aacute;ginas en castellano fue todav&iacute;a m&aacute;s dif&iacute;cil. Con todo, al fin, despu&eacute;s de una lucha larga lo hab&iacute;a conseguido. Ya ten&iacute;a una lista de p&aacute;ginas que proclamaban que Borges y Pierre Menard hab&iacute;an asesinado al autor, a&ntilde;os antes que Barthes. Ten&iacute;a a Barthes hablando y opinando de Cervantes y El Quijote, pero no hab&iacute;a nada que lo relacionara con el de Avellaneda y sobre &eacute;ste s&oacute;lo hab&iacute;a alguna vaga menci&oacute;n que arg&uuml;&iacute;a que su autor podr&iacute;a ser un oscuro p&aacute;rroco de Avellaneda que quiz&aacute;s fuera amigo o apenas conocido de Lope de Vega. Todo muy vago.<br /><br />En este ambiente me rondaba la idea que no ten&iacute;a el tiempo de preparar una nueva disertaci&oacute;n, ni menos prepararme para las conversaciones posteriores, de modo que la angustia crec&iacute;a, mientras trataba de encontrar alguna manera elegante de saltar del Quijote de Avellaneda, a trav&eacute;s de los conceptos Barthesianos a algo tan opuesto como los autores latinoamericanos del boom, que me traer&iacute;an de vuelta a mi texto original. De cualquier manera ve&iacute;a que ten&iacute;a por delante un trabajo que de seguro me obligar&iacute;a a pasar la noche de largo. Entonces sent&iacute; unos golpecitos suaves en la puerta. Sin esperar respuesta, en contra de lo esperable para una llamada tan t&iacute;mida, la puerta se abri&oacute; con alg&uacute;n estr&eacute;pito, de manera que me record&oacute; a Madame Chauchat. Los ojos bizcos vagaron un momento, desorientados, por la habitaci&oacute;n, despu&eacute;s, como dos pu&ntilde;ales verdes se clavaron, sonriendo como el Laughing Cat de Alicia, en m&iacute;. Dijo Violenta:<br />&mdash;&iexcl;Hol&aacute;! &iquest;Estudiando tu conferencia?<br />&mdash;Buscando informaci&oacute;n para rehacerla completa.<br />&mdash;And&aacute;, dejala. Vos sos inteligente y la das vuelta as&iacute;&mdash; hizo un gesto chasqueando los dedos. &mdash;Ahora descans&aacute;. &iexcl;Ven&iacute;!&mdash; y se tir&oacute; de espaldas en la cama, riendo. Se meti&oacute; los dedos en el nido azul de cherc&aacute;n y se sac&oacute; alg&uacute;n sujetador que no alcanc&eacute; a ver, mientras sacud&iacute;a la cabeza. El pelo lanz&oacute; brillos y culebreos azules y el escote que le llegaba al ombligo, m&aacute;s que sus detalles ex&oacute;ticos, me llam&oacute; al impulso irresponsable. Ella dijo:<br />&mdash;Ped&iacute; que nos mandaran quesos y fiambres con un vino franc&eacute;s.<br />&mdash;&iquest;Vino franc&eacute;s? &iquest;Qu&eacute; es eso? &iquest;No te das cuenta que en Francia todos los vinos son franceses? &mdash;&iexcl;Y! Lo mismo me dijo el conserje, &iquest;viste?.<br />&mdash;Bueno &iquest;Y? &iquest;Qu&eacute; vino pediste?<br />&mdash;Le dije: &ldquo;&iexcl;Sorprendeme!&rdquo;<br />&mdash;Sos loca&mdash; le respond&iacute;, imitando su acento, y decid&iacute; serlo tambi&eacute;n. Me lance a la cama al lado de ella. Entre risas y bizqueando los los ojos verdes, a juego con el l&aacute;piz labial dijo:<br />&mdash;&iexcl;Jaja! Creo que entend&iacute; que nos iba a mandar un Syrah Cortes del Ron. &iexcl;Jajajaja!<br />No supe c&oacute;mo, ni en qu&eacute; momento se dio: De repente vi mi mano que buscaba debajo del amplio escote, escalando sus pechos hacia la c&uacute;spide. Pens&eacute; que estar&iacute;a turgente, pero me encontr&eacute; con una roca. La sorpresa me hizo decidir que ya no trabajar&iacute;a en mi conferencia, porque empezaba a anochecer. Con el &uacute;ltimo resto de remordimientos que me quedaba le pregunt&eacute;:<br />&mdash;&iquest;Por qu&eacute;?. &mdash;Siempre quise hacerlo con luna llena en Par&iacute;s...<br />&mdash;&iquest;Y por qu&eacute; no Balc&aacute;rcel que es un poeta laureado?<br />&mdash;Hacerlo con un boludo es no hacerlo&mdash;dijo.<br />&mdash;&iquest;Y qui&eacute;n dijo que yo no soy un boludo en la cama?<br />&mdash;Pero al menos ten&eacute;s las manos grandes...<br />&mdash;&iquest;Y eso qu&eacute;? Tienes los pechos peque&ntilde;itos, cabr&iacute;an casi en las manos de un ni&ntilde;o.<br />&mdash;&iexcl;Sos un boludo! Pero me lo deb&eacute;s desde Buenos Aires, &iquest;viste?<br /><br />El vino era de una marca parecida a lo que Violenta entendi&oacute;. Despu&eacute;s supe que era un Syrah bastante barato, aunque el hotel lo cobr&oacute; casi a tres veces el precio del comercio. Calcul&eacute; que nos hab&iacute;an catalogado como bastante arruinados, pero reconozco que el vino, no s&eacute; si por s&iacute; mismo, o por la situaci&oacute;n se dejaba tomar con agrado, casi de mascar. As&iacute; fue que en los albores de la primavera de Par&iacute;s, viendo aparecer la luna llena, perd&iacute; la conciencia: La de la verg&uuml;enza, la del deber, la del pudor y la del conocimiento.<br /><br />Lo &uacute;ltimo que recuerdo de esa noche de lujurias son los ojos de serpiente, serenos de Violenta, mir&aacute;ndome hipn&oacute;ticos y la boca que ya casi no era verde diciendo con voz arrastrada: &mdash;Vali&oacute; la pena esperar tres meses...&mdash; mientras yo cantaba como un idiota:<br />&mdash;The loveliness of Paris seems somehow a sadly game...<br />No s&eacute; cuando pedimos m&aacute;s vino y quesos. O s&oacute;lo lo so&ntilde;&eacute;. Tambi&eacute;n me parece haber so&ntilde;ado con Packi desnud&aacute;ndose junto a la cama y gritando, mientras sus mo&ntilde;os se agitaban:<br />&mdash;&iexcl;Hazte a un lado ma&ntilde;a! &iexcl;Hazte a un lado!<br /><br />A alguna hora, creo que de amanecida, porque ya no se ve&iacute;a la luna en la ventana, me levant&eacute; a orinar al ba&ntilde;o. El desorden de mi habitaci&oacute;n era monumental. Hab&iacute;a muchas botellas de vino, no todas de C&ocirc;tes du Rh&ocirc;ne, y bandejas y platillos y cuchillitos y tenedores, por todas partes. En alg&uacute;n platillo un pastel de crema a medio comer, que no formaba parte de mis recuerdos. En la cama hab&iacute;a una variedad de piernas y brazos, pelos de colores y m&aacute;s. En el suelo hab&iacute;a ropa de mujer, unas zapatillas de esas gruesas, macizas, que usan los j&oacute;venes para andar en patinetas, pero de una numeraci&oacute;n peque&ntilde;a, quiz&aacute;s treinta y cinco o seis. A los pies de la cama un plato con restos de arroz con huevo, todo ins&oacute;lito, pero en el contexto del posible sue&ntilde;o en el que me mov&iacute;a, era todo aceptable, de manera que orin&eacute; con la luz de la luna y volv&iacute; a la cama. Recuerdo que al hacerme un lugar ah&iacute;, pens&eacute; en gatos: Los gatos se apelmazan unos con otros para mejor dormir, quiz&aacute;s para conservar el calor o por una cuesti&oacute;n de gregariedad. Lo m&iacute;o no era de esa naturaleza. <br /><br />Al otro d&iacute;a despert&eacute; con la cabeza abombada. Abr&iacute; apenas los ojos y la luz era tenue. Me dije que a&uacute;n era de amanecida. Vislumbr&eacute; all&aacute; en un rinc&oacute;n la zapatilla que me hab&iacute;a llamado la atenci&oacute;n, siempre en el &aacute;mbito del umbral, entre el sue&ntilde;o y la vigilia. No recuerdo haber visto el desorden de platos, bandejas, botellas y arroz con huevo, pero todo eso no ten&iacute;a ninguna importancia al amanecer y pensar en ello con dolor de cabeza era absurdo, as&iacute; que cerr&eacute; los ojos para esperar que llegara la ma&ntilde;ana. Cada tanto, no s&eacute; si despu&eacute;s de dos minutos o dos horas, volv&iacute;a a abrir los ojos y siempre me pareci&oacute; que el tiempo transitaba en sentido inverso. Es decir, que en vez de estar cada vez m&aacute;s claro, hab&iacute;a cada vez menos luz. En alg&uacute;n momento esto me alert&oacute;; abr&iacute; los ojos y vi en un rinc&oacute;n de la ventana la luna llena y amarilla, de manera que deduje que a&uacute;n era de noche y volv&iacute; a dormir. Pero algo me dec&iacute;a, de modo insistente, que deb&iacute;a pensar en c&oacute;mo pod&iacute;a ser que el tiempo estuviera retrocediendo, sin embargo todo era parte del sue&ntilde;o en cuya sima volv&iacute;a siempre a caer como en un despe&ntilde;adero. Al fin, en un esfuerzo supremo de voluntad, me sobrepuse al peso enorme de la piedra que ten&iacute;a dentro de la cabeza y me sent&eacute; en la cama. Ahora estaba solo, como si toda la diversi&oacute;n y compa&ntilde;&iacute;a que hab&iacute;a tenido nunca hubieran ocurrido. Lo &uacute;nico que las atestiguaba era esa enorme piedra que me pesaba en la mente y la zapatilla de mujer para patineta que hab&iacute;a junto al silloncito. Por lo dem&aacute;s, todo estaba en orden, incluso mi propia ropa que recordaba haberme quitado de manera precipitada, o al menos desordenada. Tom&eacute; entonces el tel&eacute;fono de la mesita y me comuniqu&eacute; a recepci&oacute;n. No me llam&oacute; la atenci&oacute;n que me saludara con un &ldquo;Bon nuit&rdquo; porque no tengo costumbre del saludo franc&eacute;s, de todas maneras pregunt&eacute;: <br />&mdash;Mmselle, S'il vous plait, quelle heure est il?. <br />&mdash;Son las diez y veinticinco, se&ntilde;or&mdash; me dijo en un castellano mucho mejor que mi franc&eacute;s, que de seguro fue el motivo de su cambio. <br />&mdash;Pero...&mdash; dije desorientado. &mdash;&iquest;Por qu&eacute; est&aacute; oscuro entonces? <br />&mdash;Se&ntilde;or&mdash;, dijo en un tono compasivo, &mdash;son casi las diez y media de la noche. <br />&mdash;&iexcl;Mierda! &iexcl;Mierda! &iexcl;Mierda! No puede ser... <br />&mdash;Lo lamento, se&ntilde;or. &iquest;Desea algo m&aacute;s? <br />&mdash;&iexcl;Mierda!&mdash; repet&iacute; &mdash;Disculpe; no, &iexcl;muchas gracias! <br />Ya no ten&iacute;a sentido ning&uacute;n apuro, as&iacute; es que me met&iacute; debajo de la ducha durante mucho rato, pensando en las consecuencias de haber faltado a la conferencia comprometida. S&oacute;lo me conformaba el hecho que estas conferencias no ten&iacute;an m&aacute;s sentido que promover mi propia figura de autor, as&iacute; que al fin me dije: &ldquo;&iexcl;A la cresta! &iexcl;Mala cueva!&rdquo; y sal&iacute; de la ducha no del todo repuesto ni convencido, pero al menos con un lema y pensando en Barthes me dije &ldquo;Quiz&aacute;s ya sea un autor deconstruido&rdquo;. <br /><br />Me fui a la habitaci&oacute;n de Violenta. Golpe&eacute; la puerta pero no contest&oacute; nadie. Despu&eacute;s de dos veces, abr&iacute; suavemente. Adentro dorm&iacute;a pl&aacute;cida, contradiciendo hasta su nombre. Lo intent&eacute; en la puerta vecina, la de Packi, pero no hab&iacute;a nadie, tampoco en la de la Boricua ni en la de Balc&aacute;rcel. Baj&eacute; entonces al bar a comer algo y ped&iacute; una mineral. <br /><br />&mdash;&iexcl;And&aacute;! Al fin aparec&eacute;s...&mdash; me dijo Heraldo que se hab&iacute;a sentado a mi lado. <br />&mdash;No me digas nada. &iquest;Qu&eacute; pas&oacute;? <br />&mdash;Mir&aacute;, en definitiva no pas&oacute; nada. Packi dijo que vos estabas enfermo y que no pod&iacute;as dar la charla, pero que le hab&iacute;as encargado leerla para ellos. Ley&oacute; no s&eacute; qu&eacute; pavada sacada de la internet, que le tom&oacute; veinte minutos, volvi&oacute; a disculparse por vos, agradeci&oacute; a todos, abraz&oacute; a algunos conocidos y todo fue risas y alegr&iacute;a, &iquest;viste?. <br />&mdash;&iquest;Y Violenta?&mdash;. <br />&mdash;&iexcl;Y! &iexcl;Todav&iacute;a duerme! Parece que le diste duro con el mazo&mdash;. <br />&mdash;&iquest;Y a ti, c&oacute;mo te fue?&mdash; <br />&mdash;&iexcl;Y bueno!&mdash; dijo algo sobrado, encogi&eacute;ndose de hombros. &mdash;Yo dorm&iacute; con la Boricua: &iexcl;Qu&eacute; culo, boludo! &iexcl;Qu&eacute; culo!&mdash; y expres&oacute; con las manos un tama&ntilde;o que juzgo exagerado, y concluy&oacute; &mdash;&iexcl;Y c&oacute;mo lo mov&iacute;a!&mdash;. <br />&mdash;No. &iexcl;Est&uacute;pido!. Me refiero a tu presentaci&oacute;n&mdash;. &mdash;&iexcl;Ah! &iexcl;Eso! Bien... bien... s&iacute;&mdash;. Conclu&iacute; que hab&iacute;a tenido una noche m&aacute;s feliz que su presentaci&oacute;n, as&iacute; es que no insist&iacute; m&aacute;s en ese tema. Para consolarlo, tal vez, le pregunt&eacute;: <br />&mdash;Y la Boricua: &iquest;Qu&eacute;?&mdash;. <br />&mdash;Ten&iacute;an que estar ma&ntilde;ana temprano en Barcelona, as&iacute; que terminando aqu&iacute; se fueron. <br />&mdash;&iquest;No dijeron nada? &iquest;Alg&uacute;n recado?&mdash;. <br />&mdash;Nada. Packi le quit&oacute; importancia, dijo: &ldquo;Ya se sab&iacute;a. Siempre es igual&rdquo;&mdash;. <br />Me desped&iacute; y me fui a caminar por Par&iacute;s de noche. No ten&iacute;a sue&ntilde;o despu&eacute;s de haber dormido casi veinticuatro horas seguidas, gran parte de las cuales estuve bajo el peso de una enorme roca que rodaba dentro de mi cabeza y sobre la que bailaban un paquidermo con un hipop&oacute;tamo. El aire de la oscuridad en primavera ser&iacute;a como un b&aacute;lsamo. Camin&eacute; por el rumbo que cre&iacute; que me llevar&iacute;a al Sena. Imagin&eacute; caminar de noche a sus orillas y me dije que ten&iacute;a que valer la pena. As&iacute; que anduve varias cuadras, pero no llegaba. En alguna parte vi la hora y ya pasaba, largamente la medianoche. &ldquo;Otras tres cuadras&rdquo; me dije y si no llego, me devuelvo. Anduve cinco y no hab&iacute;a Sena ni siquiera en la distancia. Me cruce con otro caminante, que iba en sentido inverso y le pregunt&eacute;: &mdash;&iquest;Falta mucho para el r&iacute;o? (Cre&iacute; haber usado un correcto franc&eacute;s. Dije: &ldquo;il faut beaucoup par arriver a la riviere?&rdquo;)&mdash;. Sin sacar las manos de los bolsillos, ni detener el paso, dijo algo en un tono que cre&iacute; agresivo y que no entend&iacute;: &ldquo;...est ton cochon...&rdquo; o bien &ldquo;...va t on coucher...&rdquo; o quiz&aacute;s &ldquo;... va t on coucher un cochon...&rdquo;, con los labios muy apretados contra los dientes, como cuando uno insulta en castellano. <br />Por si acaso, s&oacute;lo dije: &mdash; Ah, merc&iacute; boc&uacute;&mdash; y segu&iacute; andando. Mas tarde, al llegar al hotel supe que el r&iacute;o estaba hacia el otro lado. Ri&eacute;ndose de mi, el recepcionista me dijo que de haber seguido habr&iacute;a llegado al fin a la &ldquo;rive droit&rdquo;, pero despu&eacute;s de mucho. <br /><br />Al d&iacute;a siguiente part&iacute; solo, porque ten&iacute;a un vuelo diferente que los argentinos. Me cobraron la cuenta de cinco botellas de vinos, cuatro bandejas de quesos y fiambres, dos pasteles de nombre franc&eacute;s de intenso misterio y un plato de arroz con huevo que imagino que se comi&oacute; Packi, si es que estuvo en mi habitaci&oacute;n (no lo recuerdo), porque Violenta dijo que a ella le ca&iacute;a pesado. <br /><br />Balc&aacute;rcel se despidi&oacute; siempre sonriente y me dijo, no s&eacute; por qu&eacute;: <br />&mdash;Sos un caso&mdash; y me abraz&oacute; afectuoso. <br />Violenta tambi&eacute;n. Se apeg&oacute; mucho a m&iacute;, hasta el punto que me turb&eacute;. Me bes&oacute; en la boca con la suya, ahora azul, como el pelo y me dijo: <br />&mdash;&iquest;Y qu&eacute; si nos enamoramos, vos? &mdash;&iexcl;Jajaja!&mdash; me re&iacute; y me fui r&aacute;pido. <br />M&aacute;s tarde, solo en el avi&oacute;n, me sent&iacute; frustrado y maldije al sapo que se muri&oacute;. Al rato me qued&eacute; dormido y el sapo desde su catafalco de lata se asom&oacute; y me dijo: <br />&mdash;No me cobres a m&iacute; la cuenta. Yo s&oacute;lo soy un artefacto, o una superstici&oacute;n. T&uacute; sab&iacute;as a donde ibas y por qu&eacute;. Cuando t&uacute; me sacaste de mi charca yo sab&iacute;a que mi riesgo era morir comiendo caca de perro; los sapos lo sabemos. As&iacute;, tambi&eacute;n, cuando partiste sab&iacute;as que ibas a festejar la muerte del autor. La diferencia es que t&uacute; fuiste voluntariamente. <br />&mdash;No&mdash; le respond&iacute;. &mdash;A m&iacute; tambi&eacute;n me sacaron de mi charca. <br />&mdash;A veces&mdash; dijo &mdash;es tanta la felicidad del sapo&mdash;. <br />Despu&eacute;s no recuerdo nada.<br /><br /><strong>Kepa Uriberri</strong><br /><br /><br /><br /></div>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Rapsodia para un suicidio]]></title><link><![CDATA[http://www.peregrinosysusletras.net/kepa-uriberri/rapsodia-para-un-suicidio]]></link><comments><![CDATA[http://www.peregrinosysusletras.net/kepa-uriberri/rapsodia-para-un-suicidio#comments]]></comments><pubDate>Thu, 01 Jul 2021 03:28:51 GMT</pubDate><category><![CDATA[Uncategorized]]></category><guid isPermaLink="false">http://www.peregrinosysusletras.net/kepa-uriberri/rapsodia-para-un-suicidio</guid><description><![CDATA[       Por Kepa UriberriDesde la carretera que va a la costa, en ese tramo, en el sector m&aacute;s elevado, se divisa el camino rural que va de la Rinconada de Aliaga al Alto del Robledal. El d&iacute;a anterior, hacia el final de la tarde se hab&iacute;a desatado un aguacero que embarr&oacute; los potreros y empap&oacute; la hierba que ya hab&iacute;a nacido, anunciando la primavera. Me detuve en medio de la cuesta a tomar algunas fotograf&iacute;as de dos caballos, uno palomino, el otro alaz& [...] ]]></description><content:encoded><![CDATA[<div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0;margin-right:0;text-align:center"> <a> <img src="http://www.peregrinosysusletras.net/uploads/7/8/6/9/78697460/c26-1_orig.jpg" alt="Picture" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%"></div> </div></div>  <div class="paragraph"><font color="#2a2a2a"><strong>Por Kepa Uriberri</strong></font><br /><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">Desde la carretera que va a la costa, en ese tramo, en el sector m&aacute;s elevado, se divisa el camino rural que va de la Rinconada de Aliaga al Alto del Robledal. El d&iacute;a anterior, hacia el final de la tarde se hab&iacute;a desatado un aguacero que embarr&oacute; los potreros y empap&oacute; la hierba que ya hab&iacute;a nacido, anunciando la primavera. Me detuve en medio de la cuesta a tomar algunas fotograf&iacute;as de dos caballos, uno palomino, el otro alaz&aacute;n, inclinados sobre la hierba, mordisqueando, sumidos en una bella bruma que se elevaba del suelo en forma de vapor. Busqu&eacute; un &aacute;ngulo desde el que los animales se ve&iacute;an enfrentados y sus cuellos cruzados. En esta tarea divis&eacute;, por el camino rural que va al Alto del Robledal a un campesino al trotecito de su caballo, entrando a una propiedad en la que hab&iacute;a un establo y a su vera un furg&oacute;n peque&ntilde;o, con la puerta del chofer abierta.</span></strong><br /><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">Dijo que el asiento, la consola y tambi&eacute;n el volante, estaban mojados, por lo que se pod&iacute;a pensar que el furg&oacute;n hab&iacute;a soportado la lluvia de la tarde y noche anterior. Alguien m&aacute;s hab&iacute;a visto llegar al furg&oacute;n desde el alto de la cuesta, a eso de las cinco de la tarde, seguido de un auto americano grande, del que bajaron dos personas vestidas de traje oscuro. Del furg&oacute;n descendieron otras dos: Ambas de traje oscuro y anteojos negros. Uno abri&oacute; la puerta deslizante del furg&oacute;n y pareci&oacute; ayudar a descender a un tercero vestido con una tenida casual. Le rode&oacute; los hombros con su brazo y lo gui&oacute; hacia la entrada del establo. Los otros tres los siguieron detr&aacute;s, como si los estuvieran resguardando. "Despu&eacute;s ya no vi m&aacute;s porque me intern&eacute; en el bosquecito de eucaliptos, para seguir con mi faena" relat&oacute; ese testigo. La tarde hab&iacute;a estado muy oscura, el cielo cubierto de nubarrones negros presagiaba el temporal que se vendr&iacute;a al anochecer. "Por eso, no m&aacute;s tarde de las seis y media, volv&iacute; al camino para irme a mi casa antes del aguacero. El auto americano ya no estaba. S&oacute;lo qued&oacute; el furgoncito blanco con la puerta del chofer abierta. A m&iacute; me pesc&oacute; la tormenta de modo que ya no me ocup&eacute; m&aacute;s del asunto".</span></strong><br /><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">Puedo asegurar que era un tipo sencillo, muy amistoso, amante de la bohemia, de los bares, de la vida nocturna. Recuerdo el d&iacute;a que bati&oacute; el r&eacute;cord de lanzamiento en los panamericanos. Mientras todos los noticiarios de la televisi&oacute;n hablaban de su proeza y la proyecci&oacute;n que le significaba para lograr llegar a los juegos del a&ntilde;o siguiente e intentar validar su registro como r&eacute;cord ol&iacute;mpico, el caminaba a paso lento, por el parque a orillas del r&iacute;o, cantando una canci&oacute;n de moda: "Bajo un mundo lleno de miedo y ambiciones siempre debe haber ese algo que no muere...". Ah&iacute; lo encontr&eacute;. Estaba feliz, pero no euf&oacute;rico. Simplemente me dijo: "&iexcl;Huev&oacute;n, gan&eacute;! Tengo un r&eacute;cord". Tra&iacute;a todav&iacute;a, apoyada en el hombro su jabalina y, colgando, el bolso con su equipo atl&eacute;tico. Lo felicit&eacute; con m&aacute;s efusi&oacute;n que la suya propia. S&oacute;lo me dijo: "Vamos a tomarnos una cerveza. Estoy cagado de sed". Estuvimos hasta las tres de la madrugada en el bar donde se nos fueron uniendo muchos admiradores, amigos de &eacute;l y m&iacute;os y algunos desconocidos. M&aacute;s que una celebraci&oacute;n, fue un encuentro de bar, una tertulia amena. Como era su costumbre, flirte&oacute; con la mesera que nos atendi&oacute;, e incluso en alg&uacute;n momento lo vimos desaparecer detr&aacute;s de ella. Volvi&oacute; sonriente despu&eacute;s de unos veinte minutos, me hizo un gui&ntilde;o, y continu&oacute; conversando como si nunca se hubiera ido.</span></strong><br /><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">El campesino se acerc&oacute; al veh&iacute;culo y se ape&oacute; del caballo. Al acercarse not&oacute; que las llaves estaban a&uacute;n en la chapa de contacto. Los portones del establo estaban algo abiertos; no tanto que se viera el interior, ni tan poco que impidiera el paso. Llevando su caballo de la brida entr&oacute; al establo y mir&oacute; en torno. No se ve&iacute;a a nadie. Meti&oacute; su caballo en uno de los pesebres y llam&oacute; en voz alta:</span></strong><br /><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">&mdash; &iexcl;Al&oacute;! &iexcl;Eeeh! &iquest;Alguien aqu&iacute;?... &mdash; Nadie contest&oacute;. Tampoco hab&iacute;a otros animales en el lugar. El establo se ve&iacute;a muy abandonado y hab&iacute;a muchas se&ntilde;as que estaba ya largo tiempo en desuso, de manera que se pregunt&oacute; que podr&iacute;an estar haciendo ah&iacute; los ocupantes del furgoncito. En alg&uacute;n momento pens&oacute; que encontrar&iacute;a, tal vez, alguna pareja en cierto encuentro &iacute;ntimo.</span></strong><br /><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">Despu&eacute;s de batir la marca panamericana, gracias a alg&uacute;n auspicio, pod&iacute;a dedicar buena parte del tiempo a entrenar y prepararse para las competencias internacionales a las que le invitaban a participar. En algunas, al comienzo, tuvo una actuaci&oacute;n destacada, pero luego un cubano y despu&eacute;s un jamaicano superaron su marca y fue quedando atr&aacute;s. As&iacute; sucedi&oacute; que en aquel tiempo perdi&oacute; buena parte del incentivo y despu&eacute;s de los entrenamientos sol&iacute;a irse de parranda con amigos y fue haci&eacute;ndose asiduo de los bares de moda donde su fama le hac&iacute;a f&aacute;cil conseguir mujeres y sus favores. Tambi&eacute;n amigos, amigos de la far&aacute;ndula y del espect&aacute;culo, donde su simpat&iacute;a le permiti&oacute; entrar en las pantallas y los peque&ntilde;os esc&aacute;ndalos en uso. Sol&iacute;a llegar en su peque&ntilde;o furg&oacute;n hasta las puertas de los bares, de las radios y canales de televisi&oacute;n, donde lo dejaba mal estacionado sin preocupaci&oacute;n alguna. A veces lo multaban pero aprovechando su fama consegu&iacute;a perdones o multas rebajadas.</span></strong><br /><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">Los entrenamientos se hicieron m&aacute;s breves, la preparaci&oacute;n f&iacute;sica menos exigente y cada vez terminaba m&aacute;s temprano las sesiones. Entonces se le ve&iacute;a pasar por la avenida que va del campo de pr&aacute;cticas a la principal, lentamente en su peque&ntilde;o furg&oacute;n observando a las mujeres que caminaban por las veredas y a las que esperaban locomoci&oacute;n en las esquinas. A veces las invitaba a subir, a veces lo reconoc&iacute;an y se iban con &eacute;l, otras lo evad&iacute;an a&uacute;n cuando lo reconoc&iacute;an. De cualquier modo fue haci&eacute;ndose cierta fama de busc&oacute;n y donju&aacute;n que sus amigos de la far&aacute;ndula se esforzaban en ignorar o restarle importancia.</span></strong><br /><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">El campesino fue examinando las pesebreras, s&oacute;lo para encontrar abandono y silencio, entre paja podrida y bostas secas. En alg&uacute;n momento quiz&aacute;s pens&oacute;, como yo mismo lo hice, que los ocupantes del furgoncito hab&iacute;an retrocedido al camino y estar&iacute;an paseando en el bosque del alto, o bien se hab&iacute;an internado por los potreros, para tomar fotograf&iacute;as, como yo mismo, de la belleza de la bruma que se vaporizaba desde la hierba. En ese momento yo no sab&iacute;a que el furg&oacute;n hab&iacute;a llegado seguido de otro auto mayor, tampoco que cualquiera sea la escena, no hab&iacute;a ah&iacute; una pareja en amores, sino alguna situaci&oacute;n que involucraba a cinco sujetos; todos hombres.</span></strong><br /><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">El hombre del vecindario que los vio llegar, asegur&oacute; que al entrar en su casa, a&uacute;n no se desataba la tormenta que durar&iacute;a hasta el amanecer; s&oacute;lo llov&iacute;a con cierta placidez. Apenas hubo entrado en su propia casa, oy&oacute; dos estruendos, que, aunque muy breves, pens&oacute; que ser&iacute;an los primeros truenos de la tormenta, sin embargo el aguacero todav&iacute;a demor&oacute; en comenzar. Recuerda que las explosiones ven&iacute;an de la direcci&oacute;n del establo viejo, donde estacionaron los veh&iacute;culos. "Tal vez eran cazadores y probaban sus escopetas" dice que pens&oacute;. Sin embargo resultaba extra&ntilde;o que estuvieran de cacer&iacute;a en ese lugar y con el clima amenazante del momento, pero no tuvo otra explicaci&oacute;n y lo consider&oacute; poco importante.</span></strong><br /><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">Cuando todav&iacute;a no hab&iacute;a batido la marca panamericana, parec&iacute;a llevar una vida bastante ordenada, no obstante lo cual ya cultivaba amistad con personas del espect&aacute;culo. As&iacute; conoci&oacute; a su pareja, una cantante de relativo &eacute;xito, que luego fue su mujer con la que tuvieron dos o tres hijos (no lo s&eacute; bien). Es probable que el matrimonio no fuera del todo feliz, porque sol&iacute;a flirtear con otras mujeres e incluso enredarse en aventuras clandestinas. Ella pensaba, as&iacute; lo creo, que cualquier esc&aacute;ndalo en este sentido perjudicar&iacute;a su imagen, de manera que jam&aacute;s se quej&oacute; de la conducta impropia de su marido y siempre pareci&oacute; ocultarla y perdonarlo, ya sea cuando le llegaban rumores y chismes o pruebas irredarg&uuml;ibles. Tal vez si solucionaban los problemas en la intimidad de la pareja, para &eacute;l no significaba una enmienda, ni siquiera un esfuerzo. "Es que tengo la sangre demasiado caliente" confesaba, "y no es que no est&eacute; enamorado de ella; es un vicio que no me deja. Es lo mismo que una droga que te atrapa. &iexcl;Qu&eacute; quieres! si yo soy as&iacute;", declar&oacute; un amigo de la bohemia, que le habr&iacute;a dicho.</span></strong><br /><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">Luego se hizo conocido, por su actuaci&oacute;n deportiva y por ser el hombre de una cantante de moda, las mujeres a las que segu&iacute;a lentamente en su furgoncito y las invitaba a subirse: "&iquest;A d&oacute;nde vas?... Te llevo..." o que abordaba en los paraderos de buses: "&iquest;Esperas a alguien?... Vamos a dar un paseo"; comenzaron a reconocerlo y a denunciarlo, pero otras enganchaban o confiaban. Algunas disfrutaban la aventura, otras, inocentes o ingenuas, se sent&iacute;an ultrajadas y quiz&aacute;s algunas lo fueron, incluso con cierta violencia. No s&eacute; si se sentir&iacute;a culpable, o era suficientemente impulsivo, tanto que no alcanzaba a darse cuenta del significado de lo que hac&iacute;a; al menos no en el momento de hacerlo. Quiz&aacute;s m&aacute;s tarde ten&iacute;a remordimientos, pero el impulso y la fuerza de la costumbre, lo hac&iacute;an caer una y otra vez en la misma conducta. Tal vez s&oacute;lo se disculpaba a s&iacute; mismo y se dec&iacute;a: "Yo no las obligu&eacute; a venir y ellas quisieron", a&uacute;n cuando es posible que varias o muchas fueron v&iacute;ctimas del temor a reaccionar, otras se opusieron, pero fueron m&aacute;s d&eacute;biles o fr&aacute;giles. Todo esto son especulaciones, pues no es posible saber c&oacute;mo sucedieron las cosas y tambi&eacute;n es posible que amparado en el secreto y muchas veces en la verg&uuml;enza, sintiera la suficiente impunidad para mantener su conducta sin enjuiciarla.</span></strong><br /><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">En alguna de las &uacute;ltimas pesebreras lo encontr&oacute;. La posici&oacute;n en que hab&iacute;a ca&iacute;do mostraba con claridad que no hab&iacute;a sido de manera violenta, sino con alguna suavidad, casi como si lo hubieran posado ah&iacute;. Una pierna flectada estaba bajo la otra y ambas algo giradas hacia un lado, en tanto que el cuerpo descansaba sobre la espalda y la cabeza estaba giraba en sentido contrario al de las piernas. El brazo de la mano libre se extend&iacute;a hacia el lado de las piernas y &eacute;sta estaba con la palma hacia abajo. La otra, que sosten&iacute;a la pistola, descansaba sobre el pecho. Llamaba la atenci&oacute;n que sostuviera el arma, todav&iacute;a, con bastante firmeza, el dedo &iacute;ndice a&uacute;n rodeaba el gatillo y el resto de los dedos as&iacute;a de modo consistente la empu&ntilde;adura. Resulta extra&ntilde;o que habiendo muerto de manera tan repentina, a causa de un disparo certero contra la sien, la mano que ejecut&oacute; &eacute;ste, no se haya relajado de inmediato, haciendo que el arma cayera separada de aqu&eacute;lla. Por otra parte, la sangre que hab&iacute;a alcanzado a manar, antes de la detenci&oacute;n del coraz&oacute;n, producto de la muerte, hab&iacute;a alcanzado a gotear sobre el pecho despu&eacute;s de fluir sobre el p&oacute;mulo y la mejilla. S&oacute;lo despu&eacute;s se ve&iacute;a el flujo de continuidad que la hac&iacute;a caer en la paja sucia, formando una peque&ntilde;a poza. Los ojos permanec&iacute;an abiertos, mirando paralelos. Al acercarse a observar el cad&aacute;ver con m&aacute;s detenci&oacute;n, not&oacute; una mancha, todav&iacute;a h&uacute;meda que se extend&iacute;a por la pierna del pantal&oacute;n que descansaba sobre la otra. Cuando, m&aacute;s tarde, levantaron el cuerpo, aquella mancha, ya seca, hab&iacute;a dejado una aureola notoria. Su situaci&oacute;n y forma deber&iacute;a haber inducido a la conclusi&oacute;n que el hombre sufri&oacute; una intensa angustia antes de morir, por lo que se habr&iacute;a orinado. Ninguno de todos estos indicios condujo a dudas a los investigadores de este extra&ntilde;o suicidio y el caso fue cerrado judicialmente con esa conclusi&oacute;n.</span></strong><br /><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">Caminaba por la avenida para huir del aburrimiento y la opresi&oacute;n. Hubiera querido desarrollar una actividad que complementara los esfuerzos de conseguir una profesi&oacute;n, pero mi marido me hab&iacute;a coartado esa posibilidad. Sosten&iacute;a que ten&iacute;a todos los medios de darme lo que quisiera, sin la necesidad de trabajar. "T&uacute; ded&iacute;cate a los ni&ntilde;os, a hacer la familia y yo traigo la plata necesaria" dec&iacute;a. Mi vida estaba, de esta manera, reducida a llevar y traer ni&ntilde;os al colegio, a revisar que la empleada dom&eacute;stica hiciera su trabajo, a que no perdiera el tiempo ni se escapara a flirtear con el carabinero que cuidaba la embajada o la casa del diputado, o con el guardia del colegio y m&aacute;s. En resumen mi vida consist&iacute;a en servirlo a &eacute;l y sus bienes, que ni siquiera sent&iacute;a m&iacute;os. As&iacute; hab&iacute;a comenzado a salir a dar largas caminatas bajo la arboleda de la avenida cercana, divagando en la nada, en la ilusi&oacute;n de encontrar una salida al tedio. Cualquier d&iacute;a, eran todos iguales, un furg&oacute;n peque&ntilde;o, de esos a los que la gente llama "pan de molde" por su forma, que avanzaba en el mismo sentido m&iacute;o, disminuy&oacute; la velocidad al pasar a mi lado. En la siguiente calle gir&oacute; y desapareci&oacute;. Al rato lo vi avanzar muy lento por la calzada a mi ritmo. El chofer me sonre&iacute;a como si me conociera y estuviera saludando. Lo mir&eacute; con curiosidad, intentando reconocerlo. Lo hice: &iexcl;As&iacute; fue!. Era ese atleta al que le dec&iacute;an "El Lancero"; yo lo reconoc&iacute;, pero no lo conoc&iacute;a, ni &eacute;l a m&iacute;. Sin embargo, sonre&iacute;a como si fuera un amigo. M&aacute;s a&uacute;n, me hizo se&ntilde;as para que me acercara. Al principio no le hice caso, pero su persistencia, al fin, me arranc&oacute; una sonrisa. No lo recuerdo pero creo que en ese momento hice una evaluaci&oacute;n r&aacute;pida de la situaci&oacute;n y del entorno de mi vida aburrida: &iquest;Qu&eacute; tendr&iacute;a de malo acercarme y conversar?. "&iexcl;Nada!" pens&eacute;. "Pero no debo. Soy una mujer casada, tengo hijos, mi marido, que sepa, jam&aacute;s me ha enga&ntilde;ado y me lo da todo". Me negu&eacute; meneando la cabeza, pero no se fue. Al contrario, baj&oacute; la ventanilla y sonriendo dijo: "Eres tan linda y est&aacute;s sola. Yo tambi&eacute;n estoy solo; &iquest;por que no podr&iacute;amos conversar y dar un paseo juntos?". Muchas veces lo hab&iacute;a visto entrevistado en la televisi&oacute;n, en programas deportivos y tambi&eacute;n de far&aacute;ndula. Era un hombre atractivo y ameno. Ten&iacute;a un humor liviano y una risa agradable. &iquest;Qu&eacute; pod&iacute;a pasar si compart&iacute;a una tarde aburrida con &eacute;l?. Finalmente ced&iacute; y me fui con &eacute;l en su auto. Cuando ya empez&oacute; a oscurecer me fue a dejar. No le permit&iacute; acercarse tanto que supiera d&oacute;nde viv&iacute;a, pero, sin convencimiento, promet&iacute; encontrarlo al d&iacute;a siguiente en la avenida, en esa misma cuadra.</span></strong><br /><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">Al d&iacute;a siguiente, a la hora convenida, ca&iacute;a una lluvia suave que hab&iacute;a despejado las calles. "Vamos a conversar y tomar onces"; propuso un sal&oacute;n de t&eacute; muy conocido. Me negu&eacute;. "Me puede reconocer alguien" argument&eacute;. Me llev&oacute; entonces a una callecita solitaria y ciega detr&aacute;s del campo de entrenamiento, que &eacute;l parec&iacute;a conocer bien. Estacion&oacute; contra un muro de cierre que dejaba ciega la calle. A un lado hab&iacute;a una plaza desierta, al otro un grupo de casitas, todas iguales, reci&eacute;n construidas y desocupadas a&uacute;n: Est&aacute;bamos solos, rodeados de soledad, s&oacute;lo acompa&ntilde;ados de la lluvia que ca&iacute;a pl&aacute;cida. Conversamos un rato. Mientras lo hac&iacute;amos &eacute;l miraba alternativamente mis ojos y mi boca, y sonre&iacute;a. De pronto dijo: "D&eacute;jame besarte". Se lo permit&iacute;. Cuando se apoder&oacute; de mis pechos, sin pedir permiso, me sent&iacute; arrebatada. Despu&eacute;s sucedi&oacute; todo. Hasta ese d&iacute;a, del que no me olvido, tuvimos una intensa aventura que llen&oacute; mi vida antes tan opaca. Conoc&iacute; todos los miradores rom&aacute;nticos al atardecer, los muchos faldeos de los cerros que rodean la ciudad, peque&ntilde;os salones de t&eacute; en los aleda&ntilde;os y me dej&eacute; llevar de la aventura y la lujuria en los asientos del furg&oacute;n, en su piso met&aacute;lico y fr&iacute;o, en la hierba h&uacute;meda de cualquier paraje rural suburbano, en alguna plaza desierta al caer la noche y m&aacute;s. M&aacute;s disfrutaba el peligro de la aventura, de ser vista y reconocida, de ser sorprendida por mi marido por alguna se&ntilde;a descuidada o quiz&aacute;s por alguna imprudencia, que del hecho de tener sexo con este atleta. M&aacute;s me mov&iacute;a la adrenalina que el calor de la pasi&oacute;n, aunque esta tampoco faltaba.</span></strong><br /><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">Ese martes, &iquest;o fue jueves?, no estoy tan segura, al entrar a rodear la plaza que interrumpe la avenida, un auto grande, de color verde oscuro, nos alcanz&oacute; y casi al llegar al final de la plaza nos intercept&oacute;. En un primer momento pens&eacute; que se hab&iacute;a cruzado para alcanzar a virar a la derecha, pero en seguida fren&oacute; bruscamente y bajaron del asiento trasero, dos tipos bien vestidos, de manera elegante, aunque su aspecto f&iacute;sico era notoriamente ordinario. Los anteojos oscuros le daban un aspecto siniestro y su comportamiento fue feroz y grosero. Cada uno se dirigi&oacute; a una puerta del furg&oacute;n y a gritos nos dieron &oacute;rdenes. A m&iacute;, el hombre que abri&oacute; mi puerta, me agarr&oacute; del brazo bajo la axila y me tir&oacute; afuera del furg&oacute;n: "&iexcl;B&aacute;jate puta conchetumadre!" me grit&oacute; y cuando me sac&oacute; afuera del veh&iacute;culo me impuls&oacute; hacia la vereda, haci&eacute;ndome caer de rodillas. Se subi&oacute; a mi asiento y antes de cerrar la puerta me dijo: "&iexcl;T&uacute;, huevona, no estabas aqu&iacute; y no sabes nada! Si hablas o le cuentas a alguien te vamos a ir a buscar". El otro, oblig&oacute; a mi amigo a pasarse a la parte trasera del furg&oacute;n y &eacute;l mismo se sent&oacute; al volante. De inmediato partieron. Volv&iacute; a mi casa en un estado alterado despu&eacute;s de la experiencia. Invent&eacute; que me hab&iacute;a ca&iacute;do en la calle y me sent&iacute;a mal, de modo que me encerr&eacute; en mi dormitorio y me dorm&iacute;. Eran cerca de las tres de la tarde y no despert&eacute; hasta pasada la media noche. Afuera llov&iacute;a y hab&iacute;a tormenta el&eacute;ctrica.</span></strong><br /><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">Al d&iacute;a subsiguiente supe por las noticias que lo hab&iacute;an encontrado muerto en un establo por El Alto del Robledal, cerca de la Rinconada de Aliaga. Se hab&iacute;a suicidado de un tiro en la cabeza. Supe que no. No era posible. Lo hab&iacute;an asesinado pero no pod&iacute;a decir nada por mi seguridad. Tuve temor de la amenaza y miedo de confesar mi traici&oacute;n infiel.</span></strong><br /><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">Mi pap&aacute; fue militar. En ese entonces ten&iacute;a alg&uacute;n cargo altamente confidencial en el ej&eacute;rcito, del que nunca hablaba. Muchas veces lo llamaban a horas raras: mitad de la noche, en medio del almuerzo familiar del domingo, o cuando ten&iacute;a invitados, ya fueran camaradas de armas o relaciones sociales y parientes; entonces sal&iacute;a pidiendo perd&oacute;n y dando explicaciones ambiguas: "Es del comando, tengo que ir urgente" o "Me llaman del edificio de gobierno" o "Es del ministerio", en fin. A m&iacute;, por esa &eacute;poca, no me llamaba la atenci&oacute;n, porque era, apenas, algo m&aacute;s que una adolescente y todo me parec&iacute;a natural: Era mi pap&aacute;.</span></strong><br /><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">El campus donde estudiaba en primer a&ntilde;o de universidad quedaba varias cuadras alejado de la avenida por donde pod&iacute;a tomar alguna locomoci&oacute;n, pero de todos modos era grato caminarlas al caer la tarde, cuando empezaba a oscurecer. Ese d&iacute;a de mediados de abril llegu&eacute; al paradero de buses cuando a&uacute;n no encend&iacute;an las luces de los faroles p&uacute;blicos, a esa hora que todas las cosas parecen de metal, especialmente los vidrios cuando el &uacute;ltimo sol les cae al sesgo. Es el momento en que todo parece vivir un momento m&aacute;gico. Algunos minutos despu&eacute;s de llegar, se detuvo frente a m&iacute; ese furg&oacute;n peque&ntilde;o: Un "pan de molde". Primero no le di importancia y por los reflejos de la luz no pod&iacute;a ver qui&eacute;n iba dentro. Entonces baj&oacute; el vidrio de mi lado y vi un rostro conocido. No supe qui&eacute;n era, ni por qu&eacute; o de d&oacute;nde me era familiar. Sonriendo con una sonrisa de dientes muy grandes y achicando los ojos hasta casi cerrarlos, me dijo en tono conocido y ameno "&iexcl;Sube! Te llevo". Era todo tan cordial, que sin lograr ubicar c&oacute;mo encajaba esta familiaridad con la duda que me recorr&iacute;a m&aacute;s all&aacute; de los sucesos inmediatos, acept&eacute; la oferta y sub&iacute; al auto. Mientras sub&iacute;a, mientras se pon&iacute;a en movimiento, mientras pasaba ese primer momento de silencio entre nosotros, me preguntaba qui&eacute;n era &eacute;l: &iquest;Un primo algo lejano?, &iquest;un compa&ntilde;ero de universidad?, &iquest;qui&eacute;n?, &iquest;qui&eacute;n?. Entonces me dijo: "Voy hasta la Avenida de la Conciliaci&oacute;n y ah&iacute; sigo a la derecha hacia el barrio alto". "Yo tambi&eacute;n voy para ese lado" respond&iacute;, sin sospecha alguna. Me pregunt&oacute; mi nombre, de modo que mi alerta me dijo que &eacute;l no me conoc&iacute;a. Su familiaridad era s&oacute;lo un truco. Le pregunt&eacute; el suyo: Era un desconocido, pero sin embargo su nombre me sonaba conocido de alg&uacute;n modo. "&iquest;Y qu&eacute; haces?" dijo, para entablar alguna conversaci&oacute;n: "&iquest;Estudias? &iquest;Eres universitaria?". Repliqu&eacute; la pregunta despu&eacute;s de responder:"&iquest;Y t&uacute;?". "Por ahora s&oacute;lo soy atleta; me preparo para los juegos ol&iacute;mpicos". En ese momento lo reconoc&iacute;. Supe que era El Lancero; confi&eacute; en &eacute;l. Dobl&oacute; en la Avenida de la Conciliaci&oacute;n. Hablamos de modo ameno hasta que llegamos a la bifurcaci&oacute;n. Una rama enfila hacia la cordillera y el despoblado, en tanto que la otra sube un par de cuadras hasta los terrenos del convento de los curas benedictinos.</span></strong><br /><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">"D&eacute;jame aqu&iacute; en la esquina" dije. "Vivo hacia el lado de los curas". "No", respondi&oacute; asertivo, "Vamos aqu&iacute;, un poco m&aacute;s all&aacute; hay un caf&eacute; y tomamos algo". Insist&iacute; que me dejara bajar, mientras segu&iacute;a avanzando. "&iexcl;Putas que eres pendeja!" aleg&oacute; irritado. "Vamos aqu&iacute; no m&aacute;s y despu&eacute;s te llevo hasta la puerta de tu casa", propuso imperativo y me acarici&oacute; la pierna antes de darme unas palmaditas suaves. "&iexcl;Para! imb&eacute;cil" grit&eacute; asustada. "&iexcl;Ya! ya voy a parar. Si ya estamos llegando". Hab&iacute;a avanzado a lo menos unas cinco o seis cuadras y segu&iacute;a sin hacer ning&uacute;n amago de detenerse. "O me dejas bajar o me tiro para abajo" dije ahora asustada, abriendo la puerta. Vi c&oacute;mo pasaba el pavimento junto al auto y me imagin&eacute; rodando ah&iacute;. Sent&iacute; un escalofr&iacute;o que me ataj&oacute;. &Eacute;l pas&oacute; sobre m&iacute; y cerr&oacute; la puerta, entonces, fuera de control, le grit&eacute; que me dejara y comenc&eacute; a golpearlo en el brazo, el pecho, la cabeza. Se dio vueltas hacia m&iacute; y como si mis golpes no le hicieran nada, me mir&oacute; desencajado y me dio un solo pu&ntilde;etazo,con todas sus fuerzas en la nariz. S&oacute;lo vi una intensa luz blanca que me dej&oacute; ciega, pero no sent&iacute; dolor en ese momento. No vi la maniobra pero percib&iacute; que doblaba hacia la izquierda. Bajamos a un camino de tierra que percib&iacute; por el sonido, no ve&iacute;a nada, como si estuviera encandilada, y a poco andar atravesamos un puente de madera. S&oacute;lo cuando, despu&eacute;s de pasar el puente, hab&iacute;amos avanzado quiz&aacute;s una o dos cuadras por el camino de tierra, comenc&eacute; a recuperar la vista. Est&aacute;bamos en la &uacute;ltima penumbra antes del ocaso. Reci&eacute;n fui consciente de que lloraba y que estaba sometida a mi suerte. No s&eacute; cuanto m&aacute;s entr&oacute; por ese camino, quiz&aacute;s si uno o dos kil&oacute;metros y se detuvo bajo un sauzal. Quedamos semi ocultos por las ramas que chorreaban de los &aacute;rboles. Entonces se gir&oacute; hacia m&iacute; y me abraz&oacute;. Dijo, con voz tierna: "Perd&oacute;name, amorcito, es que estabas muy hist&eacute;rica" y a la vez me acariciaba la cabeza.</span></strong><br /><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">El animal cuando su depredador lo somete, ya no tiene fuerzas para reaccionar y se queda quieto, a merced del enemigo. &Eacute;ste comienza a devorarlo mientras su presa est&aacute; a&uacute;n viva, pero sin reacci&oacute;n ninguna. As&iacute; sent&iacute; el poder del hombre que comenz&oacute;, con delicadeza a acariciar mi pelo, a besar mis labios suavemente. Sus manos se posaron primero con delicadeza en mis senos, despu&eacute;s con ansias y luego con cierta furia, desgarrando mi blusa y apartando mis sostenes. Sent&iacute; con asco y horror el calor de sus bufidos al acercar su boca a mi pecho, mientras sus manos exploraban casi desesperadas bajo mis faldas. Me somet&iacute; a sus &iacute;mpetus, sabiendo que mi debilidad jam&aacute;s lograr&iacute;a sino hacer m&aacute;s penoso el suplicio. Al fin me empap&oacute; con sus fluidos y en seguida cay&oacute; acezando sobre sus espaldas en su asiento.</span></strong><br /><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">Libre, ya, del agobio de su abuso, con las &uacute;ltimas fuerzas lo golpe&eacute; en la cara y le grit&eacute;: "&iexcl;Te odio, maric&oacute;n!". Enfurecido abri&oacute;, pasando por encima m&iacute;o, la puerta y me empuj&oacute; fuera del furg&oacute;n, mientras gritaba: "&iexcl;B&aacute;jate puta! &iexcl;Fuera de aqu&iacute;, infeliz!". La fuerza del impulso me hizo caer sentada al suelo. Sent&iacute; c&oacute;mo arrancaba el motor del veh&iacute;culo y se pon&iacute;a aceleradamente en marcha, haciendo patinar las ruedas en la tierra. En unos segundos desapareci&oacute; en la oscuridad de la noche con las luces apagadas. Se llev&oacute; en su auto mi honra, mi estima personal, mis calzones y mis libros y cuadernos de la universidad. Qued&eacute; ah&iacute; sola, tirada en la oscuridad total, sin saber d&oacute;nde me encontraba.</span></strong><br /><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">Camin&eacute; a tientas en el sentido inverso del furg&oacute;n, durante un tiempo imposible de determinar, que me pareci&oacute; infinito, hasta que de repente surgi&oacute; en la oscuridad la silueta de una mujer con una ni&ntilde;a peque&ntilde;a, seguida de un parro, que se acerc&oacute; gru&ntilde;endo a olerme. "Qu&eacute;dese quetita no mah. No le va a hacer na. Es donde no la conoce". Dio un silbido y dijo: "&iexcl;Juera!". El animal baj&oacute; la cola y se alej&oacute; con un gemido.<br /></span></strong><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">"&iquest;C&oacute;mo salgo de aqu&iacute;?" pregunt&eacute;. "Pa all&aacute; mismo" dijo, a la vez que giraba para hundir la mirada en la oscuridad a sus espaldas. "&iquest;Y hay alg&uacute;n lugar de d&oacute;nde llamar por tel&eacute;fono, por aqu&iacute;?", pregunt&eacute;. Otra vez hundi&oacute; la mirada en la oscuridad y dijo: "Pa all&aacute; mismo en lo de don Flori&aacute;n" y como si ya no hubiera nada m&aacute;s que pudi&eacute;ramos hablar le dio un tir&oacute;n a la ni&ntilde;a y emprendi&oacute; otra vez su camino en la noche ya ca&iacute;da.</span></strong><br /><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">&laquo;Ayer fue encontrado muerto el destacado atleta nacional conocido con el apodo de El Lancero. Su cuerpo fue hallado por un campesino del sector del Alto del Robledal, en una establo del fundo El Sauzal Bajo. El atleta se hab&iacute;a hecho conocido cuando bati&oacute; el r&eacute;cord panamericano de lanzamiento de la jabalina, con el cual superaba la marca ol&iacute;mpica de la disciplina, que esperaba validar en los pr&oacute;ximo juegos&raquo;. Otros medios, en un primer momento dieron la noticia en t&eacute;rminos similares o m&aacute;s escuetos. Con un facilismo extremo y una investigaci&oacute;n negligente, la polic&iacute;a determin&oacute; que la muerte del atleta hab&iacute;a sido un suicidio. El ministro en visita de la corte, que tom&oacute; la causa la cerr&oacute; con el mismo veredicto y bastante premura. Algunos medios, mucha gente, la opini&oacute;n p&uacute;blica guiada por los programas matinales de la televisi&oacute;n de la &eacute;poca tuvieron muchas dudas y comenzaron a hacerse preguntas. Entonces aparecieron testimonios, teor&iacute;as, elucubraciones, conclusiones y m&aacute;s, imposibles de verificar, pero que constituyeron una leyenda, que puede tener mucho o poco de verdad.</span></strong><br /><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">El expediente judicial del caso dice que en la fecha del suceso un vecino del sector del Alto del Robledal encontr&oacute; en el establo del fundo El Sauzal Bajo el cuerpo sin vida del atleta, de lo que hab&iacute;a hecho la necesaria constancia a la polic&iacute;a, la que se hab&iacute;a constituido en el lugar y oficiado al juez del crimen de la jurisdicci&oacute;n pertinente, quien instruy&oacute; las diligencias correspondientes y orden&oacute; la remoci&oacute;n del cad&aacute;ver y la colecci&oacute;n de pruebas para la investigaci&oacute;n de los hechos. La investigaci&oacute;n no fue m&aacute;s all&aacute; de la constataci&oacute;n visual de pruebas que indicaban que la v&iacute;ctima se hab&iacute;a quitado la vida disparando una pistola Taurus TH9 de nueve mil&iacute;metros contra su sien derecha. El arma hab&iacute;a sido disparada una sola vez y el casquillo de la munici&oacute;n hab&iacute;a sido hallado junto al cad&aacute;ver. No se realiz&oacute; pericia bal&iacute;stica. El arma era bastante antigua y hab&iacute;a sido adquirida por su due&ntilde;o original hac&iacute;a m&aacute;s de diez a&ntilde;os. Luego hab&iacute;a sido robada y recuperada en alg&uacute;n procedimiento policial, quedando, entonces, seg&uacute;n la ley, en los arsenales del ej&eacute;rcito.</span></strong><br /><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">El expediente inclu&iacute;a varias fotograf&iacute;as tomadas en el lugar, tanto al cad&aacute;ver como al entorno del establo y al veh&iacute;culo que se comprob&oacute; que pertenec&iacute;a al suicida. Se anexaba el parte de denuncia del campesino que lo hab&iacute;a hallado y el resultado del interrogatorio que le realiz&oacute; luego la polic&iacute;a. La autopsia,aparte de los datos t&eacute;cnicos que aseguraban que el occiso era quien se supon&iacute;a que fuera, indicaba una serie de datos t&eacute;cnicos que descartaban otras causas de muerte que no fueran el disparo, sin salida de proyectil, alojado en el l&oacute;bulo frontal del hemisferio izquierdo, apoyado en el hueso esfenoides, lo que sugiere que el disparo fue realizado en direcci&oacute;n de arriba hacia abajo en un &aacute;ngulo de tres grados y de adelante hacia atras en cinco grados; todo lo cual suger&iacute;a un posible suicidio, a&uacute;n cuando no pod&iacute;a descartarse la acci&oacute;n de un tercero. No obstante que la mano derecha presentaba rastros de p&oacute;lvora quemada y sosten&iacute;a la pistola que habr&iacute;a disparado, el an&aacute;lisis funcional de los miembros suger&iacute;a la posibilidad que el sujeto fuera zurdo.</span></strong><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">Con todos estos antecedentes a la vista, el ministro de la corte cerr&oacute; el caso como un suicidio. No se investig&oacute; si el suicida hab&iacute;a dejado alguna carta que explicara su decisi&oacute;n, antecedente que sugiri&oacute; a la familia que El Lancero pudo haber sido asesinado, a&uacute;n cuando no pudieron proponer una causa plausible: Tampoco la hab&iacute;a para el suicidio. Como sea, su familia parental intent&oacute; investigar la posibilidad de la intervenci&oacute;n de terceros y tal vez fue la causa de que se iniciaran las leyendas y mitos que han perdurado en el tiempo. Su mujer, por otra parte se neg&oacute; a participar en este esfuerzo por esclarecer los hechos, alegando que pod&iacute;a afectar su imagen y perjudicar su carrera como cantante.</span></strong><br /><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">Casi quince a&ntilde;os despu&eacute;s, la familia, que nunca tuvo acceso al expediente judicial o a los partes policiales, logr&oacute; encontrar al campesino que descubri&oacute; el cad&aacute;ver. Este los llev&oacute; a ver el lugar y se&ntilde;al&oacute; los detalles del hallazgo, posici&oacute;n del cuerpo, la extra&ntilde;a torsi&oacute;n de &eacute;ste y m&aacute;s. El campesino habr&iacute;a se&ntilde;alado un lugar en una de las vigas del techo del establo donde &eacute;l cre&iacute;a percibir un agujero de bala. Tambi&eacute;n les dijo que hab&iacute;a conocido a un vecino, ya difunto, que aseguraba haber visto llegar el furg&oacute;n seguido de un auto grande de color verde oscuro, del que bajaron otros hombres que habr&iacute;an acompa&ntilde;ado al atleta al interior del establo. No recordaba si el relato del testigo indicaba que los hubiera visto irse. Lo que s&iacute; relataba era que hab&iacute;a escuchado dos detonaciones, que inicialmente hab&iacute;a confundido con los primeros truenos de la tormenta que se desat&oacute; despu&eacute;s. Al parecer este testigo intent&oacute; entregar su testimonio pero nadie se interes&oacute; por escucharlo.</span></strong><br /><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">Los investigadores encargados por la familia rastrearon la techumbre del galp&oacute;n que alojaba el establo y encontraron una bala de calibre nueve por diez y nueve alojada en el lugar indicado por el campesino. No se pudo explicar el hecho que hubiera este segundo proyectil en un lugar que suger&iacute;a un disparo percutido desde la posici&oacute;n del cad&aacute;ver que no estaba respaldado por un segundo casquillo. El estado de la madera en el agujero dejado por la bala suger&iacute;a una antig&uuml;edad similar a la del suceso investigado o en todo caso mayor. &iquest;Pudo ser, casualmente, un disparo desconectado del suicidio?. No se pudo demostrar ni una ni otra alternativa. El investigador no pudo acceder a la pistola supuestamente utilizada por El Lancero que hab&iacute;a sido dada de baja y entregada a los arsenales del ej&eacute;rcito para ser fundida. Por otra parte el expediente indicaba que el arma s&oacute;lo hab&iacute;a sido disparada una vez. &iquest;C&oacute;mo pod&iacute;a, entonces, explicarse este segundo disparo, que pudo ser escuchado por un testigo?. Desafortunadamente &eacute;ste ya hab&iacute;a fallecido y no se pudo conseguir otros antecedentes en este sentido.</span></strong><br /><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">El investigador rastre&oacute; sin resultados la pista de los autos verde oscuro, de fabricaci&oacute;n americana que hubieran obtenido permiso de circulaci&oacute;n en el a&ntilde;o de los hechos. Busc&oacute; denuncias hechas en la fecha o inmediatamente posteriores, relativas a accidentes de tr&aacute;nsito en las rutas usuales de El Lancero, especialmente en la avenida que va desde el campo deportivo de entrenamiento hasta la avenida principal, sin ning&uacute;n indicio. Pregunt&oacute; en los negocios aleda&ntilde;os si recordaban alg&uacute;n suceso que involucrara a un furg&oacute;n "pan de molde" con un auto grande americano de color verde. Finalmente su empe&ntilde;o dio resultados. Una mujer que trabajaba en una casa del contorno de la plaza que interrump&iacute;a, en aquel tiempo, la avenida, relat&oacute; que antes que la via fuera abierta por el centro del parque, recordaba haber visto "un auto verde, grande, que se cruz&oacute; delante de un furg&oacute;n, como si fuera a doblar a su mano derecha, y se detuvo bien bruscamente, encerrando al furg&oacute;n. Unos hombres se bajaron del auto y sacaron a tirones a una mujer que iba en el furgoncito y se subieron ellos. Despu&eacute;s partieron los dos, el auto verde y el otro, para la izquierda hacia el centro de la ciudad. La mujer qued&oacute; tirada en el suelo, sola. Yo la ayud&eacute; a pararse y despu&eacute;s se fue en sentido contrario al de los autos. Estaba como avergonzada: &iexcl;Ni la gracias dio!".</span></strong><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">El investigador pudo coleccionar un sinn&uacute;mero de testimonios indirectos que apuntaban a que El Lancero levantaba mujeres en la ruta de retorno de sus entrenamientos, o recorr&iacute;a las avenidas concurridas, invitando a mujeres en los paraderos de la locomoci&oacute;n colectiva. Algunos se repet&iacute;an con ligeras diferencias de detalle, como el de la universitaria que habr&iacute;a recogido y llevado con enga&ntilde;os a un lugar despoblado donde la habr&iacute;a violado. Algunas versiones de este caso aseguraban que la joven habr&iacute;a ido con el atleta de manera voluntaria, pero que despu&eacute;s, despechada por un supuesto rechazo, habr&iacute;a intentado aprovecharse de su fama para obtener alg&uacute;n provecho o venganza personal. Otras, que alud&iacute;an al secuestro y abuso, aseguraban que la universitaria era hija de un funcionario policial de alto grado, que habr&iacute;a sido responsable de la muerte de El Lancero. Hubo algunos medios que se hicieron eco de este rumor e investigaron al funcionario policial que podr&iacute;a calzar con el caso. De esta manera, a base de rumores, trascendidos, testimonios de testigos supuestamente bien informados y m&aacute;s, se lleg&oacute; a identificar a un alto oficial al que se entrevist&oacute; y tuvo que confrontar la acusaci&oacute;n period&iacute;stica construida y salir a defender su inocencia ante el tribunal implacable de los medios de prensa que hab&iacute;an comenzado a publicar el caso en el que se le identificaba con nombres rango e instituci&oacute;n.</span></strong><br /><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">El oficial que pertenec&iacute;a a la rama de inteligencia de la polic&iacute;a se defendi&oacute; alegando que "si bien ten&iacute;a una hija universitaria, &eacute;sta estudiaba en la Creighton University en Omaha en los Estados Unidos, por esa &eacute;poca. Por otro lado, yo mismo estaba en comisi&oacute;n de servicio en Italia cuando ocurrieron los hechos, lo que pueden, si lo desean, corroborar en la instituci&oacute;n".</span></strong><br /><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">El abogado de la familia del atleta, recurri&oacute; al tribunal de primera instancia para pedir revisi&oacute;n de la causa que determin&oacute; el suicidio, a pesar que los indicios tenidos a la vista resultaban circunstanciales. De hecho, el &uacute;nico testigo en la causa hab&iacute;a sido el campesino que hall&oacute; el cuerpo del suicida en el establo y lo report&oacute; como suicidio: "Hay un hombre muerto en el establo abandonado que hay a la entrada del camino al Alto del Robledal. Creo que se suicid&oacute;". Los funcionarios policiales redactaron el parte del hallazgo en t&eacute;rminos perentorios: "El occiso de sexo masculino de aproximadamente veinticinco a&ntilde;os se encontraba tendido en posici&oacute;n de haber ca&iacute;do a causa de un disparo en la sien derecha realizado con el arma que se encontraba en su mano". El peritaje m&eacute;dico indic&oacute; que la causa de muerte era un tiro de pistola autoinfligido, con el arma en la mano del suicida, cuyo plomo se encontr&oacute; alojado en su cavidad craneal. Era demasiado claro.</span></strong><br /><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">El proyectil incrustado en la viga del techo del establo pod&iacute;a obedecer a un disparo realizado en otra ocasi&oacute;n, o un tiro realizado de prueba por el propio suicida que no dominaba el uso del arma y que en ning&uacute;n caso era prueba irrefutable de la participaci&oacute;n de terceros. Tampoco era prueba, sino muy circunstancial, el relato de la intercepci&oacute;n de un veh&iacute;culo similar al del suicida en un lugar alejado de los hechos. No se encontr&oacute; pruebas en la escena del suceso que indicaran la presencia de terceras personas. No hab&iacute;a testigos de la presencia del supuesto autom&oacute;vil verde y sus ocupantes. Lo mismo que otros elementos alegados estaban todos basados en rumores, historias y leyendas. Por todo esto el tribunal de primera instancia rechaz&oacute; la petici&oacute;n: "A lo que se solicita resu&eacute;lvese: No ha lugar".</span></strong><br /><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">El abogado recurri&oacute; de apelaci&oacute;n, pero la Corte de Apelaciones confirm&oacute; lo actuado por el tribunal de primera instancia. Finalmente present&oacute; un recurso de casaci&oacute;n en fondo y forma, debido a fallos en la investigaci&oacute;n e interpretaci&oacute;n de las pruebas. La Corte Suprema rechaz&oacute; el recurso por tres votos contra dos, con el voto decisivo del abogado integrante de la sala, que a su vez era abogado del departamento jur&iacute;dico del ej&eacute;rcito. El recurrente aleg&oacute;, por otra parte, que &eacute;ste habr&iacute;a sido llamado de manera irregular, saltando el orden de precedencia debido. La corte no consider&oacute; que estos hechos fueran causa de inhabilidad.</span></strong><br /><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">De este modo la causa fue cerrada definitivamente con la sentencia de suicidio de la v&iacute;ctima, en la justicia penal ordinaria, quedando as&iacute; sujeta a los tribunales de la calle y la opini&oacute;n p&uacute;blica, cuya sentencia se sujetar&iacute;a, no a las pruebas, como sucede en aquella, sino al sensacionalismo, al rumor, a la leyenda y la fantas&iacute;a. La que se dec&iacute;a m&aacute;s seria, se ajustar&iacute;a a las supuestas investigaciones encargadas por la familia de El Lancero, sosten&iacute;a que &eacute;ste, el d&iacute;a de su muerte, regresaba de su entrenamiento diario con una compa&ntilde;era de equipo, conduciendo su veh&iacute;culo por la avenida que va del campo de deportes a la de La Conciliaci&oacute;n cuando fue interceptado por un autom&oacute;vil americano de color verde, perteneciente a la agencia de inteligencia de la polic&iacute;a uniformada, en la plaza del mismo nombre de la avenida. Dos sujetos que viajaban en el veh&iacute;culo americano abordaron el del atleta, obligando a su compa&ntilde;era a descender y lo habr&iacute;an obligado a conducir a la ruta de la costa, desvi&aacute;ndose ambos veh&iacute;culos al sector de la Rinconada de Aliaga. A medio camino entre la Rinconada y el Alto del Robledal habr&iacute;an ingresado el furg&oacute;n y el autom&oacute;vil verde a los establos del sector. En una de sus pesebreras habr&iacute;an asesinado a El Lancero con un tiro en la sien derecha, para luego poner el arma en la mano correspondiente de &eacute;ste y percutir un segundo tiro que habr&iacute;a quedado incrustado en una viga del techo del establo, con el fin que la mano del suicida tuviera rastros de p&oacute;lvora quemada. Los asesinos y tampoco los investigadores forenses habr&iacute;an reparado que el atleta era zurdo. La v&iacute;ctima habr&iacute;a ca&iacute;do sobre su costado izquierdo y habr&iacute;a sido virado hacia la derecha para acomodar el arma en su mano, luego de reponer en el cargador la bala utilizada. De esta manera el cuerpo habr&iacute;a quedado en una posici&oacute;n contorsionada extra&ntilde;a. El crimen ser&iacute;a un encargo en venganza de un supuesto ataque de la v&iacute;ctima a una joven universitaria, hija de un oficial de inteligencia del ej&eacute;rcito.</span></strong><br /><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">La cantante, pareja del atleta, hab&iacute;a desarrollado una carrera exitosa que la hab&iacute;a llevado a triunfar en toda Am&eacute;rica Latina. En el d&iacute;a de los hechos ella se encontraba en gira en M&eacute;xico. Hubiera sido de esperar que la hubiera suspendido y retornado de inmediato. Pero no sucedi&oacute;. Una vez concluida la gira que incluy&oacute; otros dos pa&iacute;ses, al llegar al aeropuerto fue abordada por los periodistas de diversos medios, tanto de far&aacute;ndula como policiales. En sus declaraciones, todas extra&ntilde;amente evasivas, jam&aacute;s mencion&oacute; el nombre de su pareja y s&oacute;lo se refiri&oacute; a &eacute;l como "el padre de mis hijos". Este hecho fue interpretado por muchos como una rara aversi&oacute;n, quiz&aacute;s tangente al odio, que se transform&oacute; en culpa. As&iacute;, una segunda sentencia del tribunal de la calle estableci&oacute; que ella hab&iacute;a contratado a los esbirros que ejecutaron al padre de sus hijos.</span></strong><br /><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">Una tercera sentencia de la justicia popular acogi&oacute; la tesis del suicidio, explicado como una reacci&oacute;n al remordimiento por el abuso cometido con diversas mujeres, agravado por la difusi&oacute;n que ciertos medios sensacionalistas habr&iacute;an hecho de esta informaci&oacute;n.</span></strong><br /><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">Muchas personas alcanzan notoriedad por ciertos logros personales en su vida, que pasado el tiempo son olvidados. As&iacute; sucede en casos como el de El Lancero. Pero la inmortalidad s&oacute;lo se alcanza si, enredado con el logro personal, se muere de manera espectacular.</span></strong><br /><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">Fantas&iacute;a y realidad construyen la leyenda. Quiz&aacute;s es s&oacute;lo leyenda o nada m&aacute;s que fantas&iacute;a, pero puede ser parte de la realidad que por lo mismo, no siempre es p&uacute;blica, sino s&oacute;lo cuando es espectacular. En este caso no lleg&oacute; a serlo. Dijo:</span></strong><br /><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">&mdash; Mam&aacute;: Yo mat&eacute; a ese hombre. Deb&iacute; hacerlo porque estaba atado a un pacto; el mismo que ahora ser&aacute; mi condena, porque al fin me toca morir a m&iacute;. Ahora debo entregar mi alma al peso de la gran conciencia universal del mal. Quiz&aacute;s tu quieras llamarla Infierno o Lucifer, quiz&aacute;s Belceb&uacute; o Gehena, el Demonio o el &Aacute;ngel Ca&iacute;do, Bahal Zebub, Satan&aacute;s o el Gran Farsante; &iexcl;no importa!. Ll&aacute;malo del mejor modo que sepas. S&aacute;belo, mam&aacute;, no fue el &uacute;nico; no fue lo &uacute;nico: Me entregue al mal y la perversi&oacute;n y por eso, ahora, al momento de mi muerte te lo pido: &iexcl;Ruega por m&iacute;! &iexcl;Ruega porque reciba conmiseraci&oacute;n y perd&oacute;n!. Quiz&aacute;s si t&uacute; me perdonas, mam&aacute;, all&aacute; en mi destino final, ellos luchen por m&iacute; y rescaten mi alma del gran abismo, para burlar al Gran Burlador Universal. Muchos, lo s&eacute;, mientras perd&iacute;an su alma, la ganaron en el momento de la ca&iacute;da, arrepentidos. Yo ahora estoy cayendo, mam&aacute;. Ah&iacute; veo a los que ya cayeron antes que yo: Est&aacute;n Augusto, Sadham, Pol, Vladimir, Joseph, Adolf con su l&uacute;gubre coro me llaman a ser uno de ellos y yo no. No lo deseo. Ruega por m&iacute;, mam&aacute;. Todav&iacute;a veo al ver hacia arriba a L&aacute;zaro que tuvo consuelo, a Franz que fue traicionado, a Fedor que no logr&oacute; crear al gran h&eacute;roe del peque&ntilde;o Aliosha, a Goethe el profeta de mi destino, a Mann refigurando al Fausto; ruega por m&iacute;, te lo ruego. Entre ellos con su lanza en ristre, venciendo todas sus miserias, lavado de sus ofensas est&aacute; el suicidado. Dile, mam&aacute;, que me perdone, que me extienda su mano, o con ella, el largo de su lanza justiciera para sujetarme y ascender.</span></strong><br /><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">Al fin, ya casi vencido y condenado, con su &uacute;ltimo aliento dijo:</span></strong><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">&mdash; S&oacute;lo rescindo el contrato y entrego mi alma a la misericordia popular.</span></strong><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">Nada m&aacute;s se puede decir. &iquest;Acaso perdonan los pueblos?</span></strong><br /><br /><span style="color:#000000; font-weight:400">Kepa Uriberri</span><br /><br /></div>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Historia]]></title><link><![CDATA[http://www.peregrinosysusletras.net/kepa-uriberri/historia]]></link><comments><![CDATA[http://www.peregrinosysusletras.net/kepa-uriberri/historia#comments]]></comments><pubDate>Thu, 27 Aug 2020 04:51:04 GMT</pubDate><category><![CDATA[Uncategorized]]></category><guid isPermaLink="false">http://www.peregrinosysusletras.net/kepa-uriberri/historia</guid><description><![CDATA[       Por Kepa UriberriHab&iacute;a llovido ya tres d&iacute;as, y no parec&iacute;a que fuera a detenerse el mal tiempo. Cuando Culliman lleg&oacute; al pueblo (si as&iacute; se le pudiera llamar a las trece casas de palo y techo de zinc, a la caseta de detenci&oacute;n del bus rural, y al bar de don Misael al frente de &eacute;sta), se desat&oacute; el temporal: Todos lo culparon aun cuando se defend&iacute;a, ampar&aacute;ndose en la superstici&oacute;n de los lugare&ntilde;os. "Solamente me [...] ]]></description><content:encoded><![CDATA[<div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0;margin-right:0;text-align:center"> <a> <img src="http://www.peregrinosysusletras.net/uploads/7/8/6/9/78697460/historia2_orig.jpg" alt="Picture" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%"></div> </div></div>  <div class="paragraph"><strong><span style="color:#222200; font-weight:700">Por Kepa Uriberri</span></strong><br /><br /><span></span><strong><span style="color:#222200; font-weight:400">Hab&iacute;a llovido ya tres d&iacute;as, y no parec&iacute;a que fuera a detenerse el mal tiempo. Cuando Culliman lleg&oacute; al pueblo (si as&iacute; se le pudiera llamar a las trece casas de palo y techo de zinc, a la caseta de detenci&oacute;n del bus rural, y al bar de don Misael al frente de &eacute;sta), se desat&oacute; el temporal: Todos lo culparon aun cuando se defend&iacute;a, ampar&aacute;ndose en la superstici&oacute;n de los lugare&ntilde;os. "Solamente me ha tocado mala suerte" dec&iacute;a en su mal castellano que tropezaba cuando se sent&iacute;a acosado. Sin embargo el mi&eacute;rcoles, cuando viaj&oacute; a la ciudad, y estuvo ausente, el sol amarillo apareci&oacute; t&iacute;mido por el nororiente, no bien el bus rural se meti&oacute; en la curva del bajo, llev&aacute;ndoselo. La escampada dur&oacute; hasta que volvi&oacute;. Apenas pis&oacute; el barro al bajar de vuelta, el agua se desat&oacute; con m&aacute;s furia, como si el cielo quisiera lavarse de esta infecci&oacute;n del norte. "Vaya, contin&uacute;a lloviendo perros y gatos" dijo, poni&eacute;ndose el peri&oacute;dico en la cabeza para no mojarse.</span></strong><br /><span></span><strong><span style="color:#222200; font-weight:400">Para pasar el mal rato, convid&oacute; al profesor Barquero y al Chico a meterse al bar que estaba al frente de la bajada: "Mejor entramos ah&iacute; mientras este aguacero pasa" propuso. As&iacute; como el pueblo, el bar dif&iacute;cilmente pod&iacute;a llamarse bar, para lo cual el mismo don Misael, su propietario, le llamaba "La parroquia", con lo que proteg&iacute;a a sus clientes de sus exigentes mujeres: "&iexcl;Vengo de la parroquia, mhijita!, es que tenemos una novena por la salud de Bartolito que ha estado muy mal".</span></strong><br /><span></span><strong><span style="color:#222200; font-weight:400">Se sentaron junto a la ventana a mirar la lluvia. Culliman con inocencia, pidi&oacute; un bourbon en las rocas, que fue reemplazado por un ron de mala calidad, con unas gotas de ginger ale, que estaba fr&iacute;o por cuenta del mal tiempo. El Chico era parroquiano fiel, y pidi&oacute;: "Lo mismo de siempre, no m&aacute;s". El profesor orden&oacute; un an&iacute;s ("Mu&eacute;streme la botella, primero, &eacute;so s&iacute;"), en vaso grande "para que me dure toda la lluvia". Don Misael, con su ojo g&uuml;ero, surti&oacute; el pedido observando a Culliman con recelo. Finalmente se atrevi&oacute; y pregunt&oacute; al Chico, haciendo un gesto hacia el gringo: "&iquest;&Eacute;ste es el que trae la lluvia?". El Chico hizo un gesto escondido, de advertencia, evadiendo la pregunta. Culliman respondi&oacute; por &eacute;l: "Eso no es posible. La lluvia estuvo anunciada por meteorolog&iacute;a".</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; Esas s&iacute;, son puras historias &mdash; aleg&oacute; Don Misael, retir&aacute;ndose.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; Al menos en eso tiene raz&oacute;n &mdash; se ri&oacute; Barquero, probando delicadamente el an&iacute;s &mdash;. Burdo pero bueno: &iexcl;Fuerte!.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; &iquest;C&oacute;mo, usted dice que tiene raz&oacute;n?. &iquest;Acaso usted no cree en meteorolog&iacute;a?</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; No, no, no. Me refer&iacute;a a la historia.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; &iexcl;Meh! &mdash; dijo el Chico &mdash; &iquest;Y los analistas pol&iacute;ticos: No predicen la historia?</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">Barquero sonriendo, mir&oacute; al Chico, y levant&oacute; su vaso.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; Cuando era ni&ntilde;o &mdash; dijo en tono tierno &mdash;, y se desataban estas lluvias los domingos, mi padre se sentaba en su sill&oacute;n Morris, junto a su radio, fumando un enorme puro, de aroma intenso y mareador. &iexcl;C&oacute;mo recuerdo esos domingos!. En el brazo de madera del sill&oacute;n Morris posaba una copita de c&aacute;liz c&oacute;nico, y pie azul, llena casi al borde de agua de lluvia, como &eacute;sta &mdash;. Mir&oacute; la lluvia persistente a trav&eacute;s de su vaso de an&iacute;s.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; Esa no es agua de lluvia: Es an&iacute;s.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; Y los analistas pol&iacute;ticos no predicen ni la lluvia, ni la historia &mdash; concluy&oacute; entonces Barquero.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; Es curioso &mdash; intervino Culliman &mdash;, que siendo la historia, tanto m&aacute;s fatal para el hombre que un temporal, nunca se haya tratado de encontrar un m&eacute;todo para predecirla.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; La historia es una ciencia. Ser&iacute;a como predecir la biolog&iacute;a, o la metaf&iacute;sica. &iquest;Entiende usted?</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; Sin embargo su amigo Chico tiene algo de raz&oacute;n entonces. Pues hay analistas que intentan predecir estad&iacute;sticamente los acontecimientos que luego ser&aacute;n la historia.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; Esa es la equivocaci&oacute;n. Los acontecimientos no son la historia. La historia es la ciencia que se ocupa de analizar las formas y modos en que acontecimientos ya sucedidos se interpretan y relatan. La historia podr&iacute;a incluir, pero no lo hace, alguna metodolog&iacute;a predictiva de sucesos, aunque eso desvirtuar&iacute;a la disciplina.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; Lo que usted est&aacute; diciendo es cierto, pero no menos que el hecho que lo que todos entienden por historia son los acontecimientos que suceden.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; Pero desgraciadamente los acontecimientos no son historia hasta que se desvanecen en el pasado. Entonces requieren un relato. Pero el relato no siempre es &uacute;nico. Entonces, amigo Culliman: &iquest;Cu&aacute;l de ellos es la historia?.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; El que cuenta la verdad de lo que pas&oacute;, pues &mdash; se apresur&oacute; a contestar el Chico, antes de secar su vaso &mdash;. &iexcl;Harto honesto este vino! &mdash; agreg&oacute; &mdash; como la historia misma, deb&iacute;a ser.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; &iquest;Ve usted?, su amigo tiene la raz&oacute;n: Esa es la historia, lo otro es ficci&oacute;n.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; Mire: En este pa&iacute;s existe, para cada acontecimiento g&uuml;elfos y gibelinos. Hasta ahora no hay acontecimiento hist&oacute;rico, o mejor dicho, sujeto a estudio hist&oacute;rico, que no tenga partidarios irreconciliables, y todos relatan su propia historia. &iquest;Cu&aacute;l es para usted entonces historia, y cu&aacute;l ficci&oacute;n?.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; F&aacute;cil. Uno y el otro. El otro y el uno. Depende de quien lo mire. Para m&iacute; mismo, que vengo de fuera de este pa&iacute;s: Los dos. O ninguno totalmente.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; Fracas&oacute; el gringo &mdash; coment&oacute; el Chico golpeando, alegre, la mesa con la palma, y volvi&eacute;ndose grit&oacute; a don Misael &mdash;: Don Misael, tr&aacute;igase otro de este tinto de la casa, que de tan blandito no se masca, sino que se traga solo... O mejor traiga una jarrita pa&rsquo; no molestar.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; &iquest;Por qu&eacute; usted dice eso?.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; Porque si uno o el otro o ni uno, o todos a la vez son la historia, entonces tiene raz&oacute;n el profesor. La historia consiste en analizarlos todos, y de ah&iacute; ver qu&eacute; pasa.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; Yo no lo entiendo a &eacute;l &mdash; dijo mirando a Barquero.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; El Chico parece tonto, pero muchas veces sorprende. Cuando los hechos quedan en el pasado, s&oacute;lo existe el relato, no el hecho. Ni siquiera para quien fue testigo, o aun protagonista. Pero cada relato corresponder&aacute; a un punto de vista distinto, a un inter&eacute;s diferente, a un &eacute;nfasis personal seg&uacute;n el compromiso con las posiciones diferentes: &iquest;Me entiende usted, amigo Culliman?. Por ejemplo: Para don Misael usted trajo la lluvia, eso es un hecho. Cuando usted est&aacute;, llueve. Se va, y sale el sol. Vuelve y llueve de nuevo. Entonces: &iquest;Qui&eacute;n trae la lluvia?. Usted dice que no es verdad, pues para usted no lo es. En cinco a&ntilde;os m&aacute;s: &iquest;Cu&aacute;l es el relato oficial?. &iquest;El suyo o el de don Misael?. Esa es la historia: La herramienta que aclara los sucesos que se comprobaron certeros para todos, esto es que llovi&oacute; durante veinte d&iacute;as mientras usted estuvo aqu&iacute;, que el sol sali&oacute; cuando usted se fue, y se larg&oacute; de nuevo cuando volvi&oacute;. La historia es la que relata que don Misael lo culp&oacute; a usted, y si eso era superstici&oacute;n o no, y que usted neg&oacute; que produjera la lluvia, y lo dem&aacute;s y m&aacute;s. &iquest;Comprende usted?: &Eacute;sa es la historia. Es un procedimiento disciplinado.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; Lo que est&aacute; mal es que usted acepta algo falso como un hecho que debe formar parte de la historia. F&iacute;jese usted, Barquero, que es como si usted validara la inocencia del general Carbonell, y dijera que &eacute;l no viol&oacute; los derechos de nadie, ni tortur&oacute; a nadie, y que su dictadura fue democracia, cuando todos saben que no es as&iacute;.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; Habr&iacute;a que preguntar a don Misael: &iquest;Qu&eacute; opina sobre la lluvia?, para llegar a una conclusi&oacute;n definitiva.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; Ese es su truco. Pero los dos sabemos que no resulta, que yo no traje la lluvia, que es superstici&oacute;n.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; &iquest;Entonces usted postula que el error, s&oacute;lo por serlo, queda fuera del an&aacute;lisis hist&oacute;rico?. &iquest;Cree usted, acaso, que don Misael no es real, s&oacute;lo por su equivocaci&oacute;n?. Eso se llama censura sectaria, y es com&uacute;n entre los fanatismos perdedores, durante su revancha.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; &iexcl;Aaahhh! Usted ya est&aacute; tomando partido, apenas yo menciono un ejemplo. As&iacute; no se puede concluir nada, amigo m&iacute;o.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">Culliman se ve&iacute;a acalorado, y ten&iacute;a la vista fija en el bourbon de mentira, al que repetidamente met&iacute;a un dedo, capturando una gota, que luego dejaba caer sobre una miga de pan heredada del parroquiano anterior, que hab&iacute;a ocupado la mesa. El Chico de pensamiento m&aacute;s concreto, tal vez se hab&iacute;a evadido de la discusi&oacute;n, despu&eacute;s de tragarse la mitad de la jarra de vino, y ten&iacute;a la mirada nublada, fija en la lejan&iacute;a tras la ventana, donde pod&iacute;a percibir las l&iacute;neas de la lluvia al caer, componiendo un achurado de agua sobre el cielo de plomo, mientras se iba haciendo de noche.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; &iquest;O sea, que s&iacute; trajo la lluvia? &mdash; pregunt&oacute; don Misael, m&aacute;s que esperando una respuesta, considerando una confirmaci&oacute;n.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">Barquero lo mir&oacute;, arrugando la vista casi con ternura.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; Vamos a decir que para este pueblo: S&iacute;. Aunque no sea cierto. Pero la verdad don Misael, es algo que constituye un acuerdo entre los que la acogen &mdash; y levant&oacute; su an&iacute;s para saludarlo &mdash;, as&iacute; como para mi, esto era agua de lluvia, cuando era ni&ntilde;o.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; Usted est&aacute; reduciendo todo a mera poes&iacute;a, y eso no es apropiado, ni tampoco leal &mdash; intervino Culliman.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; Es s&oacute;lo un sentimiento antiguo, que explica un hecho perenne, a una inquietud nueva &mdash; explic&oacute; Barquero antes de beber un sorbito muy medido de su an&iacute;s. Luego continu&oacute; &mdash;: Retomo, amigo Culliman, el argumento que nos trajo por esta senda, que deriv&oacute; en su molestia, para reparar ese da&ntilde;o. Lo pongo de este modo: Nuestro anfitri&oacute;n, y casi casi, mi amigo Chico, lo mismo que la mayor&iacute;a del pueblo, tal vez por ignorancia creen que usted trae la lluvia...</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; &iexcl;Pero la trae o no la trae, </span><span style="color:#222200; font-weight:400">pueh i&ntilde;or</span><span style="color:#222200; font-weight:400">...! &mdash; insisti&oacute; don Misael, que confiaba casi ciegamente en el profesor Barquero. Hizo como si volviera a trabajar en sus cosas tras el mes&oacute;n del bar, pero meneaba la cabeza molesto.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; D&eacute;jeme llegar a &eacute;so, don Misael, d&eacute;jeme... Para esta gente &eacute;se es el hecho cierto, y puede llegar a ser leyenda en algunos a&ntilde;os, la del gringo que ven&iacute;a con la lluvia a cuestas. De ese modo, el relato hist&oacute;rico, en este pueblo ser&iacute;a en ese tenor. Habr&iacute;a un relato antag&oacute;nico, reputado falso, que establecer&iacute;a que la lluvia lleg&oacute; casualmente sola, y se fue y volvi&oacute; sola, cuando usted lleg&oacute;, cuando se fue, y volvi&oacute;. &iquest;Me comprende?. Para ellos es as&iacute;, y no s&oacute;lo lo creen, sino que es indesmentible, pues corresponde a su observaci&oacute;n.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; &iexcl;</span><span style="color:#222200; font-weight:400">G&uuml;eno</span><span style="color:#222200; font-weight:400">!. Pero lo que yo quer&iacute;a saber: &iquest;Es verdad o es mentira?.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; &iexcl;Mentira, por supuesto! &mdash; se apresur&oacute; a decir Culliman &mdash; y la mentira, Barquero, como usted sabe, jam&aacute;s ser&aacute; parte de la historia, sino todo lo contrario: La historia pretende encontrar la verdad y separarla de la mentira, de modo que el relato de los sucesos corresponda enteramente con ella.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; As&iacute; parecer&iacute;a... as&iacute; parecer&iacute;a, sin embargo la historia est&aacute; llena de mentiras convenientes, especialmente cuando se centra en los momentos de crisis. Es entonces cuando se llena de h&eacute;roes por decreto, de revueltas necesarias, de rebeliones injustas que se sofoc&oacute; gracias a la sangre de m&aacute;rtires convenientes y m&aacute;s y m&aacute;s todav&iacute;a. La historia juzga esos hechos, y a veces resultan dudosos, sin importar lo que la historia llegue a descubrir, pero ya est&aacute;n en el relato, y su tradici&oacute;n los hace verdaderos como la lluvia. El relato hist&oacute;rico lo forja quien gana el poder, y lo hace verdadero hasta que se afinca en el tiempo, o hasta que pierde el poder. El deber de la historia es establecer los antecedentes que permiten enjuiciar el relato hist&oacute;rico mostrando lo objetivo, lo subjetivo, y todas las verdades de todos los que participan de la historia, de manera que en ella quepa toda la realidad del momento relatado. Es que la historia no debe tomar partido ninguno, o si usted prefiere, debe tomar todos los partidos, y creer en todos ellos, hasta tener todas las piezas de los sucesos, que siendo ya ocurridos, s&oacute;lo pueden ser antecedentes o causas que expliquen lo que se est&aacute; fraguando ahora, como la historia de ma&ntilde;ana. Por eso la historia no puede ser parcial, o mentir, o mejor dicho, debe dar cabida a todas las mentiras, y a todas las verdades.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">El Chico pareci&oacute; bajar de su ensue&ntilde;o, enredado en los hilos de lluvia, y volvi&oacute; a llenar su vaso de vino rudo de la casa.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; No tiene para cuando parar &mdash; dijo &mdash;. Si sigue as&iacute; voy a terminar creyendo como don Misael, que el gringo trajo la lluvia.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; &iexcl;Ah! &iexcl;Usted tambi&eacute;n lo cree! &mdash; dijo el cantinero desde detr&aacute;s del mes&oacute;n &mdash;. Vamos a ver cuanto dura esta lluvia, y si escampa antes que se vaya el gringo. Yo en historias no creo, s&oacute;lo creo que son puras historias, pero en lo que veo, en eso s&iacute; creo.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">El Chico hizo con &eacute;l un salud, e iniciaron su propia conversaci&oacute;n sobre la historia, en t&eacute;rminos m&aacute;s coloquiales, y llenos de recuerdos locales, sobre la llegada de las m&aacute;quinas cosechadoras, la reforma agraria que dio origen al pueblo, que antes hab&iacute;a sido el asentamiento de inquilinos de la hacienda de don Ladislao, la llegada al lugar de don Manolo, que al mismo anciano le gustaba tanto relatar: "Yo era estafeta de Primo de Rivera, por esos a&ntilde;os" dec&iacute;a. "Pero cuando me sorprenden sacando mensajes de &eacute;l desde la c&aacute;rcel, me encarcelaron a m&iacute; tambi&eacute;n. Quince a&ntilde;os estuve preso en una mazmorra en Alicante, de los que dorm&iacute; catorce, pues me aburr&iacute;a. Un d&iacute;a despert&eacute;, y como hab&iacute;a dormido tanto, se hab&iacute;an olvidado de m&iacute;, entonces sal&iacute;, y camin&eacute;, camin&eacute;, camin&eacute;, hasta que llegu&eacute; a un puerto cerca de Burdeos que se llamaba algo as&iacute; de Trompa del lobo o yo qu&eacute; s&eacute;. Ah&iacute; me hice pasar por artista, y me embarqu&eacute; en un mercante fletado por un poeta, que nos dej&oacute; en este pa&iacute;s, como dos a&ntilde;os m&aacute;s tarde, despu&eacute;s de navegar por todo el mundo. Como no ten&iacute;a donde ir, me emple&eacute; de portero en el fundo de don Ladislao, y aqu&iacute; me tiene: A pesar de la reforma agraria &iquest;eh?". Como nadie sab&iacute;a de esos sucesos, todos aceptaban su historia, aunque era algo extra&ntilde;a.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">La lluvia no se detuvo durante diez y siete d&iacute;as. Mientras, ah&iacute; sentados, junto a la ventana en el bar de don Misael, cada uno en su nivel, hab&iacute;a tejido una trama del modelo que consideraba justo y cabal a su pensamiento, sobre la historia, y c&oacute;mo se construye. De vez en cuando, don Misael tra&iacute;a un potecito con aceitunas verdes, pan franc&eacute;s hecho en casa, y un pebre picante que hasta Culliman estuvo de acuerdo en darle cabida en la historia de estos hechos. El agua ya hab&iacute;a entrado varias veces al bar, obligando a los parroquianos a poner los pies en alto sobre alg&uacute;n travesa&ntilde;o de la silla, lo que a pesar de todo, no les libr&oacute; de mojarse hasta los calcetines. Cuando as&iacute; suced&iacute;a, don Misael abr&iacute;a la puerta trasera, y baldeaba el agua que iba a caer a la quebrada. La conversaci&oacute;n, si bien pol&eacute;mica, fue tranquila durante los cinco primeros d&iacute;as, como ya se ha relatado. Hasta entonces, hab&iacute;an consumido ya ocho botellas de an&iacute;s, nueve de ron, tres de aguardiente "Quemachercanes", dos de ginger ale, siete barrilitos de tinto de la casa nueve kilos de aceitunas verdes, treinta kilos de pan franc&eacute;s, cuatro de pebre, y un vaso de leche que pidi&oacute; Culliman al tercer d&iacute;a para tomarse un remedio contra la acidez. El sexto d&iacute;a Culliman se durmi&oacute; por primera vez, justo cuando el Chico argumentaba que los sucesos naturales, como temblores de tierra, ventarrones, marejadillas, penaduras, estampidas, o inundaciones, no eran parte de la historia, sino s&oacute;lo cuando hab&iacute;a testigos y damnificados. Cualquiera de estas condiciones que faltare, dec&iacute;a, dejaba al suceso fuera del an&aacute;lisis hist&oacute;rico. Desgraciadamente la cadencia de la voz campesina del Chico, ya muy remojada, no s&oacute;lo por la lluvia sino tambi&eacute;n por el vino tinto de don Misael, fue como un arrullo para Culliman que estaba, tambi&eacute;n, acosado por su propio licor. Desafortunadamente el Chico lo tom&oacute; mal.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; &iexcl;Meh! &mdash; dijo, cabeceando un poco &mdash; se durmi&oacute; el muy Culliman... &iexcl;qu&eacute; indecente! &mdash; y d&aacute;ndole un palmazo en la coronilla lo despert&oacute;. Desde ese momento la voz del Chico tom&oacute; un tono evidentemente ofendido, y algo ofensivo &mdash;: Lo que pasa hu&oacute;n, es que voh como ven&iacute;h de un pa&iacute;h rico, hu&oacute;n, no comprend&iacute;h la manera de pensar de los ind&iacute;genas de aqu&iacute;, que somos losotros...</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">Barquero intent&oacute; ordenar la cosa, y suavizar al Chico, pero fue in&uacute;til.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; Don Jos&eacute;, &iexcl;por favor!, le suplico que comprenda que llevamos casi siete d&iacute;as de lluvia, y todos estamos helados hasta los huesos, y muy cansados, de modo que es comprensible el cansancio de m&iacute;ster Culliman.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; &iexcl;Qu&eacute; m&iacute;ster, ni qu&eacute; m&iacute;ster! &mdash; y se chorre&oacute; involuntariamente el pecho, al tratar de beber un trago &mdash; pero igual lo perdono porque no entiende el idioma, y soy noble. Pero que trajo esta lluvia maldita: &iexcl;La trajo!. Y esa es la historia. &iquest;Me comprende usted profesor?.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">La discusi&oacute;n sigui&oacute; tranquila, aun cuando ya hab&iacute;an comenzado a aparecer los rencores, que por supuesto Culliman negaba, y el Chico utilizaba para hostigar al gringo, a trav&eacute;s de don Misael. Por su parte Barquero, estoicamente hablaba de la incidencia de todo suceso, fuera este real o imaginado, en el curso hist&oacute;rico.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; Por ejemplo &mdash; dec&iacute;a &mdash;: Si realmente todos creyeran que la causa de la lluvia es Culliman, no estar&iacute;amos aqu&iacute; conversando, por lo que mi an&aacute;lisis hist&oacute;rico me dice que esa creencia no es del todo firme, sin embargo ha de subyacer cierta inquietud al respecto que no escapa al examen de los antecedentes.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">Don Misael, para el d&iacute;a duod&eacute;cimo, ya se hab&iacute;a sentado a la mesa, junto a la ventana, con los contertulios, y escup&iacute;a los cuescos de aceituna hacia la entrada del local, por sobre el hombro de Culliman. A ratos trataba de terciar en la conversaci&oacute;n, con opiniones no exentas de admiraci&oacute;n sobre las opiniones de Barquero, aun cuando solidarizaba, del todo, con el Chico.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; Yo tendr&iacute;a que haber grabado esta conversaci&oacute;n, y llevarla a las sesiones del consejo municipal: Todos los corregidores son unos est&uacute;pidos que no saben nada, excepto este Chico, que deber&iacute;a ser alcalde &mdash;. El chico levantaba su vaso, salpicando, y brindaba con el cantinero.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; Por lo menos, la lluvia de Culliman ha puesto de acuerdo a los progresistas con los radicales. &iexcl;Salud compa&ntilde;ero!.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">El d&iacute;a d&eacute;cimo sexto, Culliman mir&oacute; llover durante largo rato, y blasfem&oacute; en ingl&eacute;s. Luego coment&oacute;:</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; Sigue lloviendo perros y gatos.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; Esa hue&aacute; si que ser&iacute;a hist&oacute;rica &mdash; dijo el Chico con sorna.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">Culliman volvi&oacute; a blasfemar en ingl&eacute;s, y don Misael dijo que si quer&iacute;a insultarlo en su propia casa, al menos lo hiciera en castellano. Barquero quiso utilizar la situaci&oacute;n como un ejemplo de la incidencia de las suposiciones en la historia, cosa en la que no estuvo de acuerdo el otro.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; Otra vez intenta usted ejemplificar la historia con hechos cotidianos &mdash; dijo golpeando la mesa, con tal mala suerte, que pas&oacute; a llevar su vaso de aguardiente con gaseosa, manchando los pantalones del Chico &mdash;. Esto no es historia, es un bar de mala muerte solamente, donde esperamos que pare de llover de una buena vez.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; Ahora vamos a hacer historia &mdash; dijo el Chico, lanzando un pu&ntilde;etazo, que no alcanz&oacute; a dar en el rostro de Culliman, pero que ten&iacute;a suficiente impulso como para desequilibrar al propio agresor, que cay&oacute; al suelo cubri&eacute;ndose de barro.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">Don Misael socorri&oacute; al Chico, que se abalanz&oacute; sobre Culliman, &eacute;ste se puso de pie, y comenz&oacute; a brincar, protegi&eacute;ndose el rostro con los pu&ntilde;os, y disparando pu&ntilde;etitos cortos de vez en cuando. Barquero se interpuso, y don Misael ataj&oacute; al otro. El profesor habl&oacute; por Culliman, pidiendo disculpas, &eacute;ste blasfemaba en ingl&eacute;s contra su antagonista, y el cantinero ofrec&iacute;a una ronda gratis si se calmaban.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">No podr&iacute;a decir que amaneci&oacute; el d&iacute;a diez y siete, pues segu&iacute;a tan oscuro como a media noche detr&aacute;s del achurado de aguas que ca&iacute;an diagonalmente sobre el pueblo, cuya calle &uacute;nica se hab&iacute;a transformado en un torrente embravecido. Todos se sentaron, y don Misael sirvi&oacute;, para afirmar los est&oacute;magos, y calmar los &aacute;nimos, una ca&ntilde;a de pipe&ntilde;o con harina tostada, que hizo las veces de desayuno. "&iexcl;Reponedor!, &iexcl;Reponedor!" opin&oacute; el Chico. "Esta harina la tuesta mi se&ntilde;ora esposa, cuando est&aacute; de buenas" dijo don Misael, halagado por la opini&oacute;n del Chico. "&iexcl;Usted s&iacute; que es un buen anfitri&oacute;n!" concluy&oacute; Barquero.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; &iexcl;Qu&eacute; asco! &iquest;Qu&eacute; es esta cochinada? &mdash; pregunt&oacute; Culliman mirando la turbia boca de su vaso, donde aun giraban peque&ntilde;os pelotoncillos de ulpo</span><span style="color:#222200; font-weight:700"><span>1</span></span><span style="color:#222200; font-weight:400">, flotando en el vino pipe&ntilde;o.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; &iexcl;Por favor, Culliman! &mdash; lo increp&oacute; Barquero &mdash; &Eacute;sta es una gentileza de don Misael. Sepa usted ser agradecido, mire que la ignorancia y la incomprensi&oacute;n suelen ser antecedentes hist&oacute;ricos de grandes desastres.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; &iexcl;Putas, don Misael! Este gringo le est&aacute; faltando el respeto &mdash; dijo el Chico, par&aacute;ndose con la mirada tan turbia como el vino pipe&ntilde;o.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; Es un mal educado &mdash; dijo don Misael, incorpor&aacute;ndose tambi&eacute;n &mdash;. Mejor ser&aacute; que se lleve a su amigo de aqu&iacute;, Barquero.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; No, no, no. &iexcl;Por favor! &Eacute;l no quiso ofender a nadie, &iexcl;Cr&eacute;ame!, es que no conoce bien el idioma.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; Yo lo conozco perfectamente &mdash; lo ataj&oacute; Culliman &mdash; pero ya llevo mucho tiempo hablando y hablando de cosas que no saben, y soportando los calcetines mojados. &iexcl;Y ahora...! &iexcl;Ahora me traen este barro de desayuno, despu&eacute;s de echarme la culpa por la lluvia. Yo no tolero m&aacute;s...</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">El Chico se abalanz&oacute; sobre Culliman, Barquero por atajarlo recibi&oacute; un mamporro en la boca, e instintivamente golpe&oacute; al Chico en la oreja. Don Misael tom&oacute; parte en la trifulca, mientras Culliman se escabull&iacute;a hacia el torrente que corr&iacute;a en direcci&oacute;n al bajo.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; &iexcl;Se escapa! &mdash; advirti&oacute; el Chico, sob&aacute;ndose la oreja. Barquero corri&oacute; detr&aacute;s de &eacute;l. Culliman iba bajando por el camino, a tranco largo y firme, murmurando algo que era acallado por el rumor de la lluvia incesante. El otro corri&oacute; para alcanzarlo.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; &iexcl;Culliman, vuelva!: Se va a empapar &mdash;. El Chico lleg&oacute; hasta la puerta, y los mir&oacute; alejarse, sorprendido, mientras don Misael agarrando un paraguas hab&iacute;a saltado al torrente tambi&eacute;n.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">&mdash; &iexcl;Malditos, se escapan! &mdash; gritaba &mdash; &iexcl;Est&aacute;n haciendo perro muerto</span><span style="color:#222200; font-weight:700"><span>2</span></span><span style="color:#222200; font-weight:400">!. &iexcl;Vuelvan, no han pagado la cuenta!.</span><br /><span style="color:#222200; font-weight:400">Culliman no o&iacute;a a Barquero, ni menos a don Misael; mientras Barquero no intentaba o&iacute;r las blasfemias de Culliman, pero la lluvia no lo dejaba tampoco o&iacute;r las quejas y gritos del cantinero. El Chico s&iacute; oy&oacute; a don Misael, y se solidariz&oacute; con &eacute;l, de modo que se trag&oacute; de golpe el pipe&ntilde;o con harina tostada, y lleno de energ&iacute;a emprendi&oacute; la persecuci&oacute;n de los otros. Como no se deten&iacute;an al llamado de los cobradores, &eacute;stos comenzaron a lanzarle piedras. Cuando los otros percibieron los pe&ntilde;ascazos que zumbaban y ca&iacute;an chapoteando, al torrente, cerca de ellos, comenzaron a correr cuesta abajo, atravesando el achurado de la lluvia. Al girar, en el bajo, la &uacute;ltima curva, divisaron la casa de don Manolo, el espa&ntilde;ol que hab&iacute;a escapado de la guerra civil mintiendo, y el antiguo portal de la hacienda, con su cartel de alerce labrado que dec&iacute;a: "En este lugar hist&oacute;rico, naci&oacute;, el 26 Junio del a&ntilde;o 1782, el h&eacute;roe de la independencia, don Jos&eacute; Pedro Santaella e Yrigoit&iacute;a, primer Dictador Supremo de la naci&oacute;n". Unos metros m&aacute;s all&aacute;, un cartel de lat&oacute;n verde, en letras blancas de molde, anunciaba: "Usted est&aacute; abandonando el pueblo hist&oacute;rico de Huincayecan, lugar de nacimiento del Libertador Jos&eacute; P. Santaella. 107 habitantes". Al pasar junto a &eacute;ste, un pe&ntilde;ascazo le dio con fuerza. En ese momento par&oacute; de llover.</span></strong><br /><br /><span></span><strong><span style="color:#222200; font-weight:700">Kepa Uriberri</span></strong><br /><br /><span></span><strong><span style="color:#222200; font-weight:400">[1] Ulpo: Mazamorra hecha con harina tostada, az&uacute;car negra, y agua, de consumo frecuente en los campos en Chile.</span></strong><br /><span></span><strong><span style="color:#222200; font-weight:400">[2] Hacer perro muerto: Fugarse de un restor&aacute;n o expendio sin pagar la cuenta del consumo.</span></strong><br /><br /><span></span></div>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[El gran peregrino]]></title><link><![CDATA[http://www.peregrinosysusletras.net/kepa-uriberri/el-gran-peregrino]]></link><comments><![CDATA[http://www.peregrinosysusletras.net/kepa-uriberri/el-gran-peregrino#comments]]></comments><pubDate>Thu, 09 Jul 2020 04:31:48 GMT</pubDate><category><![CDATA[Uncategorized]]></category><guid isPermaLink="false">http://www.peregrinosysusletras.net/kepa-uriberri/el-gran-peregrino</guid><description><![CDATA[Por Kepa Urriberri         Por Kepa UriberriComo si fuera ayer rele&iacute;, recordando a David, sus mensajes y respuestas en Orbis Press. Universo de palabras. Este que reproduzco es un ejemplo:&laquo;&iexcl;Saludos a todos los orbispresianos!&laquo;Ya ha llegado la fecha. Como lo hago todos los a&ntilde;os estar&eacute; celebrando mi onom&aacute;stico y deseo hacerles una atenta invitaci&oacute;n para que est&eacute;n presentes este s&aacute;bado 23 de septiembre del a&ntilde;o 2006 a las 7:00 [...] ]]></description><content:encoded><![CDATA[<div class="paragraph">Por Kepa Urriberri<br /></div>  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0;margin-right:0;text-align:center"> <a> <img src="http://www.peregrinosysusletras.net/uploads/7/8/6/9/78697460/kepa-uriberri_orig.jpg" alt="Picture" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%"></div> </div></div>  <div class="paragraph"><font color="#2a2a2a">Por Kepa Uriberri</font><br /><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">Como si fuera ayer rele&iacute;, recordando a David, sus mensajes y respuestas en Orbis Press. Universo de palabras. Este que reproduzco es un ejemplo:</span></strong><br /><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">&laquo;&iexcl;Saludos a todos los orbispresianos!<br /></span></strong><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">&laquo;Ya ha llegado la fecha. Como lo hago todos los a&ntilde;os estar&eacute; celebrando mi onom&aacute;stico y deseo hacerles una atenta invitaci&oacute;n para que est&eacute;n presentes este s&aacute;bado 23 de septiembre del a&ntilde;o 2006 a las 7:00 de la noche en su casa localizada en el:<br /></span></strong><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">&laquo;7990 W. Stella Ave.</span><br /><span style="color:#000000; font-weight:400">Glendale, Arizona 85303</span></strong><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">&laquo;Mis tel&eacute;fonos son: (623) 328-7332 y (602) 686-0894<br /></span></strong><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">&laquo;Tendremos m&uacute;sica, lecturas, convivencia, como lo hemos hecho en a&ntilde;os anteriores deseo poder compartir con mis amigos un pedazo de tiempo vivido.</span></strong><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">&laquo;Los espero con los brazos abiertos y pueden venir con quien ustedes lo deseen.<br /></span></strong><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">&laquo;Atentamente,</span><br /><span style="color:#000000; font-weight:400">La Gerencia Mu&ntilde;oz<br /></span></strong><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">&laquo;P.S. Creo que el men&uacute; consistir&aacute; de tamales, pozole y tapas espa&ntilde;olas. Por lo pronto.</span></strong><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">&laquo;De verdad, espero poder verlos a cada uno de ustedes. Un abrazo a todos,<br /></span></strong><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">&laquo;</span><span style="color:#000000; font-weight:700">David</span><span style="color:#000000; font-weight:400">&raquo;</span></strong><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">As&iacute; se repet&iacute;a la invitaci&oacute;n a&ntilde;o a a&ntilde;o en septiembre. En aquel dos mil seis respond&iacute; as&iacute; a su invitaci&oacute;n llena de entusiasmo y afecto por todos:<br /></span></strong><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">&laquo;Hasta ahora mismo he estado buscando quien me lleve pero nadie ha tenido la posibilidad de hacerlo gratis con una familia tan numerosa que tengo, sobre todo por los treinta y dos mil kil&oacute;metros aproximados que nos separan desde Apoquindo con Tom&aacute;s Moro en Las Condes, Santiago de Chile al 7990 W. Stella Ave. en Glendale, Arizona. Sin embargo, como el pensamiento vuela y es a veces veloz como el deseo, ten por seguro que estar&eacute; con ellos ah&iacute;, cant&aacute;ndote felicidades y festejando ese d&iacute;a magn&iacute;fico.<br /></span></strong><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">&laquo;Abrazos c&aacute;lidos, fraternales, y tambi&eacute;n m&aacute;s y m&aacute;s y felicidades;</span><br /><br /><span style="color:#000000; font-weight:700">Kepa</span><span style="color:#000000; font-weight:400">&raquo;</span></strong><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">As&iacute; fue hasta septiembre de dos mil once. Siempre me sent&iacute; invitado al cumplea&ntilde;os magn&iacute;fico de David; nunca pude ir. Por aquel tiempo el foro de Orbis Press ya se bat&iacute;a en retirada. Pero en marzo de dos mil nueve se hab&iacute;a echado a rodar la revista Peregrinos y sus letras.<br /></span></strong><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">As&iacute; agradec&iacute;, por entonces, el privilegio de ser invitado a participar en esta revista:<br /></span></strong><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">&laquo;Estimados amigos;<br /></span></strong><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">&laquo;He tenido el honor de ser invitado por la revista que comienza a publicarse en internet, "Peregrinos y sus letras", de un grupo de escritores que viven errantes al servicio de la cultura y letras, en tierras del norte de la enorme Am&eacute;rica, a formar parte permanente de sus colaboradores.<br /></span></strong><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">&laquo;A mi vez, retribuyo aquella gentileza, invit&aacute;ndolos a todos ustedes a visitar esta publicaci&oacute;n que pueden encontrar en http://www.peregrinosysusletras.com/<br /></span></strong><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">&laquo;Saludos cordiales;</span><br /><br /><span style="color:#000000; font-weight:700">Kepa</span><span style="color:#000000; font-weight:400">&raquo;<br /></span></strong><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">Se dice que si Mahoma no va a la monta&ntilde;a, la monta&ntilde;a viene a Mahoma. El diez de octubre de dos mil diez y siete, ya que nunca pude llegar al cumplea&ntilde;os de David, el vino a Santiago y almorzamos juntos desde las doce del d&iacute;a hasta pasadas las diez de la noche. Hablamos de literatura, de los amigos escritores: Manuel Murrieta, Ra&uacute;l Acevedo (Jeff Durango), Miguel &Aacute;ngel God&iacute;nez, Antonio Leal y otros m&aacute;s; de los Peregrinos y sus letras, hablamos del crecimiento de la revista con gente de todas partes donde se habla castellano, tambi&eacute;n hablamos de boleros, de la m&uacute;sica de M&eacute;xico, de los grandes cantantes y compositores: Luis Alfredo Jim&eacute;nez, Agust&iacute;n Lara, Pedro Vargas y su inseparable "...y al piano mi amigo Chucho Zarzosa", Armando Manzanero y el grande Juan Gabriel. De este &uacute;ltimo cantamos, para sorpresa de los parroquianos del restor&aacute;n, "Probablemente, ya, de m&iacute; te has olvidado y mientras tanto yo te seguir&eacute; esperando...". Despu&eacute;s volvimos caminando lentamente del restor&aacute;n a su hotel, a pocas cuadras, para no exigir las rodillas que le daban problemas.<br /></span></strong><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">Recordando y repasando, con David conversamos frente a frente a penas unas diez horas, pero tuvimos una amistad y colaboraci&oacute;n de m&aacute;s de diez a&ntilde;os que pude aquilatar en el vac&iacute;o, la tristeza y dura sorpresa que me produjo su muerte.<br /></span></strong><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">As&iacute; reaccion&eacute;, espont&aacute;neamente, a la noticia de Manuel Murrieta:<br /></span></strong><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">&laquo;&iexcl;&iexcl;Mierda; la gran puta!!</span><br /><span style="color:#000000; font-weight:400">Se nos fue a peregrinar...&raquo;</span></strong><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">porque hubiera querido que fuera mentira.<br /></span></strong><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">Sent&iacute; una enorme pena y un gran vac&iacute;o, que s&oacute;lo se llen&oacute; con un correo de su mujer, Mireya, que me anunciaba que "Peregrinos y sus letras" seguir&iacute;a vivo. Siempre vislumbre en Mireya a una mujer fuerte: &iexcl;Qu&eacute; menos habr&iacute;a merecido David!. Me explicaba que tomaba la posta de su marido para prolongar la obra que con dedicaci&oacute;n y amor &eacute;l hab&iacute;a creado.<br /></span></strong><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:400">De esta manera David se acerca a una inmortalidad que merece, porque su obra grande lo sostiene y su mujer, muestra un temple fant&aacute;stico que la hace, ahora, m&aacute;s admirable que la imagen que siempre mostr&oacute; junto a David.<br /></span></strong><br /><strong><span style="color:#000000; font-weight:700">Kepa Uriberri</span></strong><br /></div>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Culpable]]></title><link><![CDATA[http://www.peregrinosysusletras.net/kepa-uriberri/culpable]]></link><comments><![CDATA[http://www.peregrinosysusletras.net/kepa-uriberri/culpable#comments]]></comments><pubDate>Thu, 26 Mar 2020 17:39:29 GMT</pubDate><category><![CDATA[Uncategorized]]></category><guid isPermaLink="false">http://www.peregrinosysusletras.net/kepa-uriberri/culpable</guid><description><![CDATA[       CulpableI"&iexcl;Ladr&oacute;n!"; oy&oacute; que alguien gritaba, aunque no se ve&iacute;a a nadie. La tarde, aun iluminada, se iba lentamente estrellando sus &uacute;ltimas luces en su cara, enfrentada al poniente. "&iexcl;Sinverg&uuml;enza!"; vocifer&oacute; una voz distinta, protegida por una celos&iacute;a.&nbsp;Se protegi&oacute; los ojos del ataque del sol poniente con la mano izquierda y escudri&ntilde;&oacute; la vereda y la plaza de enfrente, que estaban vac&iacute;as. Tampoco se [...] ]]></description><content:encoded><![CDATA[<div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0;margin-right:0;text-align:center"> <a> <img src="http://www.peregrinosysusletras.net/uploads/7/8/6/9/78697460/published/culpable.jpg?1585245166" alt="Picture" style="width:569;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%"></div> </div></div>  <div class="paragraph"><strong><font color="#000000" size="5">Culpable</font></strong><br /><br /><font color="#000000">I</font><font color="#000000">"&iexcl;Ladr&oacute;n!"; oy&oacute; que alguien gritaba, aunque no se ve&iacute;a a nadie. La tarde, aun iluminada, se iba lentamente estrellando sus &uacute;ltimas luces en su cara, enfrentada al poniente. "&iexcl;Sinverg&uuml;enza!"; vocifer&oacute; una voz distinta, protegida por una celos&iacute;a.&nbsp;Se protegi&oacute; los ojos del ataque del sol poniente con la mano izquierda y escudri&ntilde;&oacute; la vereda y la plaza de enfrente, que estaban vac&iacute;as. Tampoco se ve&iacute;a venir nadie tras &eacute;l, por el oriente. Se encogi&oacute; de hombros, con una semisonrisa, y sigui&oacute; caminando, delante de su larga sombra tard&iacute;a, cavilando sobre la calumnia y el insulto, hasta que lleg&oacute; frente a la puerta de su propia casa.</font><br /><font color="#000000"><br />Ah&iacute; se detuvo, y meti&oacute; los libros que tra&iacute;a en la mano, bajo su brazo y se palp&oacute; lentamente todos los bolsillos, comenzando por los del pecho, donde sinti&oacute;, a un lado las lapiceras que tanto amaba con sus plumas de oro, siempre limpias y llenas de fina tinta azul, verde y roja. Algo m&aacute;s gruesa, la lapicera trazadora "Enkuli", cargada con tinta china de intenso color azabache, que llegaba a despedir aromas al dibujar. Al otro lado, en el de la mano que palpaba, sinti&oacute; la cartuchera, repleta de documentos, de identidad, de conducir, de diversas pertenencias a clubes e instituciones. Tambi&eacute;n sinti&oacute; el lado de la billetera, con sus tarjetas pl&aacute;sticas, algunos billetes, la chequera ya casi en desuso, y fotos de sus hijos y su mujer. Palp&oacute; el bolsillo de la izquierda de la chaqueta, que cruji&oacute; al arrugar algunos papeles, en el de la derecha sinti&oacute; algo s&oacute;lido, y meti&oacute; la mano. La sac&oacute; apretando un gran n&uacute;mero de papeles de diversos colores y texturas, entre los cuales se asomaba un l&aacute;piz de dos colores: Azul y rojo, muy gastado, otro de palo de color amarillo, con goma, y un tercero de pl&aacute;stico, mordido por detr&aacute;s. Algunos de los papeles cayeron al suelo, junto a una tapa de bebida gaseosa. Lenta, parsimoniosamente, meti&oacute; los papeles al bolsillo nuevamente; despu&eacute;s se inclin&oacute; y tom&oacute; los que hab&iacute;an ca&iacute;do. Poni&eacute;ndose a favor de la luz del sol que se iba, examin&oacute; con cuidado aquellos que recogi&oacute;, y los fue devolviendo al bolsillo de la chaqueta. A su lado pas&oacute; una pareja de edad mediana, tomados del brazo. No oy&oacute; lo que conversaban, pero entre sus murmullos logr&oacute; distinguir: "... grave robo... es un ladr&oacute;n... todos lo saben...". Los mir&oacute; alejarse. Le pareci&oacute; que ella intent&oacute; volverse a mirarlo, y &eacute;l se lo impidi&oacute; de un tir&oacute;n en el brazo.</font><br /><font color="#000000"><br />Se palp&oacute;, con el ce&ntilde;o fruncido, el bolsillo del pantal&oacute;n, del lado izquierdo y sinti&oacute; tintinear las llaves. Fij&oacute; la vista en la tapa met&aacute;lica de bebida gaseosa que hab&iacute;a ca&iacute;do del bolsillo derecho de su chaqueta, y la empuj&oacute; con la punta del zapato, haci&eacute;ndola caer en el agujero de desag&uuml;e de las lluvias, mientras se repet&iacute;a a s&iacute; mismo: "... todos lo saben...". Cambi&oacute; los libros bajo su brazo, a la mano derecha, y con la izquierda sac&oacute; del bolsillo un grueso manojo de llaves. Volvi&oacute;, luego, los libros bajo el brazo, y con ambas manos comenz&oacute; a juzgar las innumerables llaves, una a una, lentamente, hasta que finalmente, luego de decidirse por una, que examin&oacute; por ambos lados, la palp&oacute; con el pulgar en su borde dentado. Hizo un gesto afirmativo, mientras pensaba: "... un grave robo...". La llave calz&oacute; perfectamente en la cerradura de la puerta, que le franque&oacute; el paso a un zagu&aacute;n de adoquines.</font><br /><font color="#000000"><br />Mientras com&iacute;an, apenas si particip&oacute; en las conversaciones familiares. "&iexcl;Ladr&oacute;n!" pensaba. "&iquest;A quien ir&iacute;a dirigido el calificativo?". De soslayo o&iacute;a las risas familiares, los comentarios cotidianos, mientras trataba in&uacute;tilmente de armar un rompe cabezas del que no ten&iacute;a pieza alguna: "&iexcl;Sinverg&uuml;enza!" o&iacute;a de nuevo, recordando la celos&iacute;a. Con la cabeza agobiada por el calor de la almohada, y el sordo sonido del silencio, demor&oacute; en dormirse, buscando explicaciones a una angustia que, estaba seguro, no deb&iacute;a pertenecerle: "... es un sinverg&uuml;enza... todos lo saben...", o&iacute;a una voz interna que repet&iacute;a, y que no pod&iacute;a dominar.</font><br /><font color="#000000"><br />La ma&ntilde;ana fr&iacute;a y brumosa se ve&iacute;a por la ventana, a cuyo fondo se divisaba los sucios &aacute;lamos, y los techos de calamina de las industrias vecinas. Se sent&oacute; en el escritorio de metal, iluminado por la ampolleta amarilla que colgaba de un largo hilo el&eacute;ctrico, del techo, justo sobre su puesto. Este privilegio exclusivo, le correspond&iacute;a por su cargo de supervisor. Mir&oacute; a sus subordinados, y le pareci&oacute; que algunos de ellos se cuchicheaban, mir&aacute;ndolo de soslayo, como si le criticaran alguna culpa. Carraspe&oacute;, y los mir&oacute;, paseando la vista sobre todos, con el ce&ntilde;o fruncido. Lentamente, todos, cada uno, comenz&oacute; a trabajar en lo suyo, escapando de su vista. Pens&oacute; en la culpa, pero se dijo que no ten&iacute;a sentido pensar en ello, si el no cargaba ninguna. Estaba seguro de no haber hecho nada, y nadie lo hab&iacute;a acusado tampoco. &iquest;Por qu&eacute;, entonces, sent&iacute;a flotar en torno como una especie de bruma, un halo de culpa, que alguien le asignaba?.</font><br /><font color="#000000"><br />Abri&oacute; el primer caj&oacute;n de su escritorio met&aacute;lico. Lo sinti&oacute;, tal vez, m&aacute;s fr&iacute;o que nunca, o quiz&aacute;s nunca hab&iacute;a puesto atenci&oacute;n a lo fr&iacute;o que amanec&iacute;a el metal, y ahora lo notaba debido a que intentaba mantener vac&iacute;a la mente, para no pensar en la culpa. Sac&oacute; los papeles en que trabajaba, y los puso, ordenadamente, frente a s&iacute;. La matriz de productos de alta rotaci&oacute;n al centro. Algo m&aacute;s arriba, y a la derecha los inventarios de productos. A la izquierda, con su esquina inferior derecha, justo bajo la mano izquierda, de modo de manipularlos f&aacute;cilmente con &eacute;sta, los pedidos. Sim&eacute;tricos, a la derecha, las gu&iacute;as de despacho. Sobre estas &uacute;ltimas, el l&aacute;piz de madera de dos colores, para aprobar o rechazar, con azul o rojo seg&uacute;n el caso. Una vez que todo estuvo dispuesto, estir&oacute; los brazos hacia adelante, para acomodar las mangas al trabajo, y comenz&oacute; a revisar. Sinti&oacute; una mirada que golpeaba su cara, desde la izquierda. Se volvi&oacute;, r&aacute;pidamente, hacia ese lado, y alcanz&oacute; a sorprender a un subordinado que lo miraba con gesto a la vez curioso, y atento. Al sentirse sorprendido, el funcionario baj&oacute; r&aacute;pidamente la vista. Record&oacute; la vereda, y la voz an&oacute;nima: "&iexcl;Ladr&oacute;n!" hab&iacute;a dicho, sin que &eacute;l supiera a quien culpaba. Continu&oacute; revisando el pedido que ten&iacute;a en frente, y aprob&oacute; la gu&iacute;a de despacho. Le parec&iacute;a estar viendo, mas all&aacute; de sus pensamientos, la celos&iacute;a, detr&aacute;s de la cual a escondidas le gritaron: "&iexcl;Sinverg&uuml;enza!". Oval&oacute; con rojo la cantidad asignada en la guia de despacho. Levant&oacute; la vista hacia uno de sus subordinados, y chasqueando los dedos, hacia &eacute;l, llam&oacute; su atenci&oacute;n. El subordinado lo mir&oacute; sorprendido, y mir&oacute; a su alrededor, como buscando apoyo para negarse. Le hizo un gesto con la mano, para que se acercara. El subordinado, con expresi&oacute;n de sorpresa, se se&ntilde;al&oacute; a s&iacute; mismo. &Eacute;l le hizo un gesto afirmativo. Todav&iacute;a, el subordinado mir&oacute; alrededor, como buscando amparo. Todos rehuyeron la vista. Con un gesto de desagrado, se levant&oacute; y acudi&oacute; al llamado. "Verifique los productos se&ntilde;alados, en bodega, y que reintegren los inventarios marcados en rojo" le dijo, cuando el subordinado estuvo junto a &eacute;l. De mala gana, el otro tom&oacute; el documento, y se fue murmurando. "... No me har&aacute;n c&oacute;mplice..." alcanz&oacute; a escuchar, o crey&oacute; o&iacute;r. "&iquest;Qu&eacute; dice, Carmona?" interpel&oacute; entonces al que se retiraba. "Nada... nada..." neg&oacute; el otro asustado, mientras varias miradas se le clavaban. Record&oacute; la pareja que pas&oacute; junto a &eacute;l, en la puerta de su casa: "... es un sinverg&uuml;enza... todos lo saben". Se pregunt&oacute; por qu&eacute; se sent&iacute;a perseguido, si nadie lo acusaba directamente. Continu&oacute; trabajando, pero sent&iacute;a a cada instante que hab&iacute;a miradas que se clavaban en &eacute;l como estiletes. Ya no se atrev&iacute;a a desafiarlas, como si en vez de ser el jefe de oficina, fuera el condenado por todos aquellos jueces.</font><br /><br /><br /><font color="#000000">II</font><br /><br /><font color="#000000">Eran las once veintitr&eacute;s. Lo supo, pues sobre la puerta hab&iacute;a un reloj de gran tama&ntilde;o que acusaba el tiempo. Cuando aquella se abri&oacute; no sospech&oacute; que esa era su hora, de manera que en modo alguno mir&oacute; preocupado al subgerente cuando se asom&oacute;, como muchas otras veces lo hac&iacute;a, ni tampoco cuando grit&oacute; su nombre desde la puerta, sin consideraci&oacute;n ninguna, lo que nunca hac&iacute;a. S&oacute;lo pens&oacute; que ser&iacute;a otra de las urgencias que &eacute;l sol&iacute;a solucionar al subgerente, que &eacute;ste luego agradec&iacute;a en el silencio de su oficina, con una conversaci&oacute;n de diez minutos, y un caf&eacute; peque&ntilde;&iacute;simo, que por lo dem&aacute;s nunca alcanzaba a terminar, antes que lo despachara: "&iexcl;Muchas gracias!" le dec&iacute;a, levant&aacute;ndose. "&iexcl;De veras muchas gracias!. Es usted de gran utilidad para mi" insist&iacute;a, palmote&aacute;ndole el hombro, y empuj&aacute;ndolo suavemente, fuera de la oficina. &Eacute;l sal&iacute;a orgulloso, y contento de ser &uacute;til. Incluso a veces impensadamente, por la premura de la despedida, no alcanzaba a dejar la tacita de caf&eacute;, y se daba cuanta que la ten&iacute;a en la mano cuando ya hab&iacute;a salido de la oficina, y el subgerente hab&iacute;a cerrado la puerta, entonces, se la entregaba a la secretaria, que ten&iacute;a su escritorio ah&iacute;, junto a la entrada, como un cancerbero. Ella le sonre&iacute;a, y se la recib&iacute;a, casi con reverencia. Pas&oacute; junto a la secretaria, que esta vez no lo mir&oacute; para saludarlo, como siempre hac&iacute;a, sino que continu&oacute; impert&eacute;rrita en sus quehaceres. El subgerente tampoco esper&oacute; para hacerle pasar, ni a que &eacute;l entrara a la oficina para cerrar la puerta tras &eacute;l, como siempre hac&iacute;a, sino todo lo contrario. Mientras iba a la oficina, el subgerente hab&iacute;a vuelto a su escritorio, donde se hab&iacute;a sentado. Cuando lo vio en el umbral de la puerta le dijo con voz &aacute;spera: "Pase y cierre". Pas&oacute; y cerr&oacute;. Esper&oacute; a que lo invitaran a sentarse, pero la invitaci&oacute;n no lleg&oacute;.</font><br /><font color="#000000">&mdash; Tenemos &mdash; dijo el subgerente &mdash; graves rumores sobre usted. Entender&aacute; que hay que poner fin a esta situaci&oacute;n cuanto antes.<br /><br />El subgerente no le hab&iacute;a preguntado, como sol&iacute;a hacer, por sus hijos, por su mujer, no hab&iacute;a conversado de las cosas vanas y cotidianas que la gente conversa, socialmente, antes de tratar los asuntos serios, y de importancia. Tampoco &eacute;l, de manera alguna, se sorprendi&oacute;. Se dir&iacute;a que esperaba, en todo caso, este comportamiento del subgerente, o en fin, que no le era extra&ntilde;o, dadas las circunstancias.<br /><br />&mdash; Pero &mdash; dijo, manteniendo las manos tomadas tras su espalda &mdash;, yo no he cometido falta ninguna. M&aacute;s a&uacute;n, ni siquiera s&eacute; que me acusen, o de qu&eacute; podr&iacute;an hacerlo, ni menos quien querr&iacute;a acusarme.<br /><br />&mdash; Pues bien. Tampoco yo he dicho tal &mdash; lo interrumpi&oacute; el subgerente &mdash;, ni menos a&uacute;n quisiera llegar a hacerlo, por eso es que usted, desde ya, debe demostrar su inocencia, antes que &eacute;sto pueda llegar a la gerencia, o; Dios no lo quiera jam&aacute;s; al directorio &mdash; aqu&iacute; levanto las manos al cielo, como suplicando.<br /><br />&mdash; No. Por supuesto. No tenga usted cuidado &mdash; dijo &mdash;. Sepa que soy totalmente inocente. Tanto as&iacute;, que ni siquiera s&eacute; de qu&eacute; se me acusa.<br /><br />&mdash; Bueno. Pues enc&aacute;rguese de eso. Enc&aacute;rguese de eso &mdash; repiti&oacute; severo &mdash;. Por ahora, diga a Menadier que tome su puesto, y recuerde que pone nuestro prestigio en entredicho. &iexcl;Puede retirarse! &mdash; concluy&oacute;, e hizo un gesto con la mano como expuls&aacute;ndolo insistentemente &mdash;. &iexcl;Puede retirarse! &mdash; repiti&oacute;.<br /><br />Retrocedi&oacute;, siempre enfrentando al subgerente, pero con la mirada fija en el suelo, hasta llegar a la puerta, que abri&oacute; sin mirarla, y sali&oacute; retrocediendo, no sin golpearse en ella. La secretaria lo ignor&oacute;, mientras se retiraba, pero cuando ya se hab&iacute;a alejado unos pasos y estaba de espaldas a ella, lo mir&oacute; con un moh&iacute;n de desprecio. Meneando la cabeza dijo para s&iacute; misma: "&iexcl;Sinverg&uuml;enza!".</font><br /><font color="#000000">Ya no pudo trabajar durante el resto del d&iacute;a. S&oacute;lo miraba, ausente, los papeles que ten&iacute;a sobre el escritorio. Ve&iacute;a cada letra, cada marca, roja o azul, carente de significado. La vista se paseaba sin m&eacute;todo, ni inter&eacute;s, por toda la superficie verdosa del metal del escritorio. Los l&aacute;pices yac&iacute;an inertes sobre la superficie, abandonados. De cuando en cuando la vista tropezaba con la punta roma de la mina de color, y se quedaba divagando sobre sus brillos m&uacute;ltiples, sin significado ninguno. A ratos, se acercaba Menadier, y dec&iacute;a: "El pedido veintis&eacute;is ciento tres, lo esperan en bodega". Casi sin inter&eacute;s lo buscaba, hac&iacute;a sobre &eacute;l una marca cr&iacute;ptica, y se lo pasaba. Menadier casi se lo arrancaba, con desprecio, de las manos, y se iba sin decir palabra, con un gesto de desagrado.</font><br /><font color="#000000"><br />Esa tarde, al volver a su casa, caminaba cavilando, con m&aacute;s lentitud que nunca, con la mirada clavada en el suelo. S&oacute;lo de vez en cuando levantaba la mirada hacia las copas de las acacias, cuando alg&uacute;n jilguero piaba su canto tradicional. Casi nunca lograba verlo. Cruz&oacute;, cosa que nunca hac&iacute;a, por el centro de la plaza, siguiendo todos los recovecos de los senderillos, entre los macizos de arbustos. A veces, los gorriones que com&iacute;an entre las flores, al verlo venir, escapaban volando, y se refugiaban en las ramas altas de las encinas. Al salir de la plaza, alguien, que se cruz&oacute; con &eacute;l, le dio un empuj&oacute;n en el hombro, casi como si fuera casual. "&iexcl;Sinverg&uuml;enza!" le dijo y sigui&oacute; su camino sin siquiera detenerse. Sorprendido, iba a decirle algo, pero la violencia del golpe, y en especial de la acusaci&oacute;n, lo inhibi&oacute;. S&oacute;lo se qued&oacute; mir&aacute;ndolo, abismado.</font><br /><br /><br /><font color="#000000">III</font><br /><br /><font color="#000000">Mientras se palpaba los bolsillos, a la puerta de su casa, en la ceremonia de b&uacute;squeda de las llaves, alguien, tal vez desde la plaza, cuando tocaba la lapicera m&aacute;s gruesa, la trazadora "Enkuli", grit&oacute;: "&iexcl;Malnacido!". Hizo, un esfuerzo por no responder, pues hubiera querido gritarle, a su vez, que no fuera cobarde, que se mostrara, que dijera quien era, y por qu&eacute; lo acusaba. Continu&oacute; palp&aacute;ndose los bolsillos. El de la izquierda de la chaqueta cruji&oacute;, lleno de papeles, el de la derecha ten&iacute;a algo s&oacute;lido que sac&oacute; enredado en m&uacute;ltiples papeles, alguno de los cuales cay&oacute; al suelo, junto con un corcho de botella de vino. En ese momento, pas&oacute; una pareja joven junto a &eacute;l. Ella coment&oacute; en voz baja al o&iacute;do de su hombre: "&iexcl;Adem&aacute;s es un borracho!". Ofuscado por los sucesos, dijo: "&iexcl;&iquest;Adem&aacute;s de qu&eacute;?!". La pareja apur&oacute; el paso, mientras murmuraban en voz baja. Cuando estuvieron lejos, sac&oacute;, con la mano derecha, el volumen de Obras completas de Rubirosa, que hab&iacute;a metido bajo su bazo izquierdo, y con esa mano extrajo del bolsillo del mismo lado de su pantal&oacute;n, las llaves que ah&iacute; tra&iacute;a. Mientras las examinaba, cada una cuidadosamente, por ambos lados, pensaba en c&oacute;mo podr&iacute;a demostrar su inocencia, si para ello deber&iacute;a destruir las pruebas de su culpabilidad, pero al no ser culpable de nada, ni saber quien lo culpaba, y de qu&eacute;, formalmente; no pod&iacute;a hacer una defensa. Se dijo que era injusto que se le considerara culpable a partir de rumores, y que se le exigiera demostrar su inocencia a partir de una culpa que no ten&iacute;a, ni conoc&iacute;a. Finalmente seleccion&oacute; una llave, palp&oacute; con el dedo pulgar, los dientes de la elegida, y sin expresar ninguna satisfacci&oacute;n, la encaj&oacute; en la chapa, que cedi&oacute; al momento.</font><br /><font color="#000000">Durante la hora de comida, estuvo ausente, cavilando. Lo que hasta entonces no hab&iacute;a sido notado por su familia, se hizo evidente cuando su mujer pregunt&oacute;: "&iquest;Has tenido alg&uacute;n problema con don F&eacute;lember?". Concentrado en sus divagaciones, hundido en su problema, no reaccion&oacute;. M&aacute;s aun, dir&iacute;a que no escuch&oacute;, siquiera, la pregunta.<br /><br />&mdash; &iquest;Qu&eacute; te pasa a ti? &mdash; insisti&oacute; ella, golpe&aacute;ndole el brazo izquierdo.<br /><br />&mdash; &iquest;Ah...? &iquest;Qu&eacute; me dices? &mdash; dijo volviendo de lo profundo de sus pensamientos.<br /><br />&mdash; Que don F&eacute;lember no quiso atenderme.<br /><br />&mdash; &iquest;Quien es don F&eacute;lember?. No conozco a nadie de ese nombre.<br /><br />&mdash; El hombrecito de la fiambrer&iacute;a. Se neg&oacute; a atenderme: "Su plata, aqu&iacute; no vale nada" me dijo, y no me quiso atender. &iquest;Qu&eacute; problema tuviste t&uacute; con &eacute;l?.<br /><br />&mdash; Ni siquiera lo conozco. Compra en otro lado, y se acab&oacute; el problema. Es &eacute;l quien pierde &mdash; dijo ruboriz&aacute;ndose por la culpa. Sab&iacute;a que era parte de lo mismo, pero no quer&iacute;a traer un problema que ve&iacute;a externo, e injusto, al seno de la familia. &Eacute;so no correspond&iacute;a. Ten&iacute;a que proteger a su familia a toda costa. Despu&eacute;s, ya ver&iacute;a como solucionar el problema.<br /><br />&mdash; &iquest;Y entonces, por qu&eacute; me ech&oacute; de su tienda? &mdash; insisti&oacute; ella.<br /><br />&mdash; &iexcl;C&oacute;mo puedo saberlo! &mdash; respondi&oacute; exasperado.<br /><br />&mdash; Es que t&uacute; te peleas con medio mundo, y luego la culpa la pago yo...<br /><br />Aspir&oacute; para responder, pero de inmediato desisti&oacute;. Sab&iacute;a que no tendr&iacute;a caso. S&oacute;lo mene&oacute; la cabeza, con desagrado, y se fue a sentar en el estar a fumar un cigarrillo.<br /><br />&mdash; Siempre lo mismo &mdash; grit&oacute; ella de lejos &mdash; huyes... Huyes de los problemas, nunca enfrentas.<br />"No tiene sentido alguno" pens&oacute;. Entonces tomo el tomo de las obras completas de Rubirosa, y sali&oacute; de la casa. Atraves&oacute; a la plaza, y ah&iacute; se sent&oacute; en un banco a leer, bajo la luz mortecina de un farol, que combat&iacute;a con desventajas la oscuridad de la noche.<br /><br />Hab&iacute;a le&iacute;do casi tres p&aacute;ginas, cuando se dio cuenta que no hab&iacute;a entendido nada, y que cada l&iacute;nea que pasaba iba te&ntilde;ida de sus preocupaciones. Trataba de buscar, en su comportamiento, el equ&iacute;voco que lo hac&iacute;a parecer culpable de algo. &iquest;Pero de qu&eacute;?. Si ni siquiera sab&iacute;a c&oacute;mo hab&iacute;a comenzado todo, ni de qu&eacute; se le acusaba, ni quien era el que planteaba la acusaci&oacute;n. No era F&eacute;lember, el hombre de la fiambrer&iacute;a, ni el subgerente, o un vecino en particular. Era como una enfermedad que le hubiera ca&iacute;do de repente encima, sin saber como. Trataba de pensar una manera de demostrar su inocencia, pero eso resultaba del todo obvio: "Demuestre, alguien, que he hecho algo" se dec&iacute;a, y luego se pon&iacute;a en la posici&oacute;n de sus acusadores, que se expresaban, por ejemplo, a trav&eacute;s del subgerente, y se imaginaba su respuesta: "Es que no es tan f&aacute;cil como decir &iquest;Que hice yo?. Son demasiado severas las acusaciones de impropiedad que pesan sobre usted. M&aacute;s a&uacute;n, hasta en los almacenes de su barrio, ya se niegan a hacer negocios con usted". Se dec&iacute;a, entonces, que deber&iacute;a recurrir a sus amigos. Ellos tendr&iacute;an que dar fe de su correcto comportamiento de siempre. Pero de nuevo, parec&iacute;a que escuchaba la voz del subgerente: "Mire usted, si hasta la gente que pasa por la calle sabe de su culpa, si hasta en esta oficina, donde todos deseamos lo mejor para usted, ya sabemos que se duda, o m&aacute;s bien se le exige que demuestre su honestidad; si sus amigos pudieran defenderlo, o afirmar su inocencia, &iquest;No cree que ya habr&iacute;an venido a apoyarlo?. &iquest;No cree que habr&iacute;an estado con usted desde un principio, cuando le gritan su culpa por las calles?". Trat&oacute; de repasar la lista de sus amigos, pero sinti&oacute; el fr&iacute;o de la noche, y se dijo que si estaba aqu&iacute;, sentado en esta plaza, era porque ni su mujer hab&iacute;a sido capaz de defenderlo con F&eacute;lember, el de la fiambrer&iacute;a. S&oacute;lo se hab&iacute;a retirado avergonzada, y le ped&iacute;a cuentas, igual que hizo el subgerente. "No tiene caso" dijo, como si estuviera realmente con alguien a quien explicara su situaci&oacute;n. "Al menos, por ahora, no tengo la soluci&oacute;n" pens&oacute;. Concluy&oacute; que, siendo falsas las acusaciones, lo mejor era ignorarlas, de modo que se olvidaran de ellas, y entonces no prosperar&iacute;an. "En caso contrario s&oacute;lo lograr&eacute; que sigan pensando en ello, hasta que la gente asociar&aacute; la culpa conmigo, y ya no ser&aacute; posible convencer a nadie de mi inocencia".</font><br /><br /><br /><font color="#000000">IV</font><br /><br /><font color="#000000">Intent&oacute; volver atr&aacute;s y retomar la lectura, desde donde hab&iacute;a dejado de comprenderla del todo. Ley&oacute;: "Mi inocencia qued&oacute; sellada entonces, para siempre: La culpa es un acuerdo social". Reconoci&oacute; la verdad que encerraba esa frase, y cerrando el libro, con la cinta roja, marcadora, en la p&aacute;gina en cuesti&oacute;n, pens&oacute; que su caso era todo lo inverso, pero que se aplicaba ciertamente la misma norma. El acuerdo social, por cualquier circunstancia, sin importar cual fuera, hab&iacute;a llegado a establecer su culpa, y ya no habr&iacute;a salida, salvo que &eacute;l mismo dise&ntilde;ara y estableciera un nuevo acuerdo, en el que &eacute;l mismo era inocente. El problema estaba en que, tal vez, el acuerdo de su culpa se encontraba ya demasiado extendido, entonces, mientras &eacute;l insinuaba un nuevo acuerdo de inocencia con el subgerente, el directorio, al que no pod&iacute;a llegar de manera alguna, pod&iacute;a condenarlo sin remedio y su &uacute;nica v&iacute;a ser&iacute;a el subgerente, que estar&iacute;a, por supuesto, mucho m&aacute;s proclive a la influencia del directorio que a la suya misma. Lo que es peor, si lograba convencer a los directivos de su industria, de todos modos, la opini&oacute;n de su vecindario, as&iacute; como ya hab&iacute;a sucedido, llegar&iacute;a nuevamente a la industria en que trabajaba, antes que tuviera tiempo de acordar aqu&iacute; su inocencia, y viceversa. La tarea era tit&aacute;nica, y ni siquiera sab&iacute;a como comenzar a enfrentarla.<br /><br />Comprendi&oacute; que lo primero que deb&iacute;a hacer, entonces, era convencerse a s&iacute; mismo de su propia probidad y falta de culpa, de manera de destinar el mejor esfuerzo a su causa, y no como le suced&iacute;a ahora, que cualquier circunstancia lo llevaba a estas cavilaciones absurdas. "Apenas he logrado leer esta maldita l&iacute;nea, y me enredo en su sentencia. Mejor har&iacute;a en guardar el concepto, y utilizarlo en tanto cuanto sea necesario, m&aacute;s que comenzar a darle vueltas y vueltas y vueltas, y en fin, enredarme en un laberinto febril, e inconducente". Pens&oacute; que si no era culpable, deb&iacute;a actuar como tal, y en actitud inocente y tranquila, deb&iacute;a seguir leyendo en calma. As&iacute; lo hizo. Cuando hab&iacute;a logrado cierta tranquilidad y comenzaba a comprender los argumentos y el sentido que Rubirosa pon&iacute;a a su novela, oy&oacute; que alguien comentaba, m&aacute;s all&aacute; de un macizo de ligustrinas: "&iexcl;&Eacute;se es!. M&iacute;ralo ah&iacute; sentado tan tranquilo como si no tuviera nada que ocultar". Sin levantar la cabeza, dirigi&oacute; la vista hacia quien hablaba. Eran dos vecinos que viv&iacute;an algo m&aacute;s all&aacute; que &eacute;l, con los que sol&iacute;a conversar amablemente. Qued&oacute; sorprendido de la actitud, sin embargo, decidi&oacute; enfrentar la situaci&oacute;n, sin culpa, e ignorando la acusaci&oacute;n, ya que era falsa.<br /><br />&mdash; Buenas noches &mdash; dijo &mdash; como han estado.<br /><br />Uno mir&oacute; al otro, y &eacute;ste lo mir&oacute; a &eacute;l con desprecio.<br /><br />&mdash; &iquest;C&oacute;mo se atreve usted a saludarnos? &mdash; respondi&oacute;.<br /><br />&mdash; &iquest;A qu&eacute; se refiere?.<br /><br />&mdash; Ya deber&iacute;a saberlo bien. Todo el mundo se ha enterado de lo suyo...<br /><br />&mdash; &iquest;Qu&eacute; ser&iacute;a lo m&iacute;o? &mdash; pregunt&oacute;, fallando en su estrategia, y entrando en la discusi&oacute;n que dejar&iacute;a por supuesto un sabor aversivo en el otro, que s&oacute;lo lo convencer&iacute;a de la realidad de la culpa.<br /><br />&mdash; Es usted muy audaz, al tratar de negar lo que todos ya sabemos &mdash; concluy&oacute; el otro, siguiendo su camino.<br /><br />&mdash; Usted me insulta gratuitamente &mdash; intent&oacute; defenderse.<br /><br />&mdash; La verdad no insulta, es s&oacute;lo verdad.<br /><br />&mdash; &iquest;Y cual ser&iacute;a esa verdad? &mdash; intent&oacute; seguir, levant&aacute;ndose de su asiento, y se&ntilde;alando al agresor con el tomo de Rubirosa.<br /><br />&mdash; La violencia no es un buen argumento &mdash; concluyo uno de ellos, y se retiraron ya sin prestarle m&aacute;s atenci&oacute;n.<br /><br />&Eacute;l continu&oacute; algo m&aacute;s a&uacute;n, elevando la voz, producto de la impotencia, intentando explicar su caso, y defenderse de la injusticia.</font><br /><font color="#000000"><br />De las casas que enfrentaban la plaza, comenzaron a o&iacute;rse voces, detr&aacute;s de las celos&iacute;as y los postigos: "&iexcl;Ahora pretende agredir a los vecinos, adem&aacute;s!" dijo uno. "&iexcl;&Eacute;sos son los m&eacute;todos de esta gente!" contest&oacute; otro. "Deber&iacute;a irse a otro vecindario. &iexcl;Es un desprestigio para el nuestro!" oy&oacute; a un tercero. Entonces &eacute;l mismo, ya ofuscado, grit&oacute;, hacia las ventanas ocultas y sus enemigos escondidos: "&iexcl;Al menos den la cara, para denigrar!. &iquest;Qui&eacute;n es quien ha iniciado estas calumnias?. &iquest;Por qu&eacute; no se muestra, y exhibe sus pruebas?". Otra voz an&oacute;nima grit&oacute;: "&iexcl;No necesitamos m&aacute;s pruebas!". Iba a contestar, por dem&aacute;s in&uacute;tilmente, cuando una piedra pas&oacute; zumbando junto a su oreja izquierda, entonces se retir&oacute; m&aacute;s all&aacute; del alcance de la pobre luz amarillenta, y se intern&oacute; en la oscuridad, mientras ca&iacute;an otras piedras cerca de donde hab&iacute;a estado.</font><br /><font color="#000000"><br />Camin&oacute; en la noche, bastante rato, esquivando a la gente que ve&iacute;a venir, y que a&uacute;n transitaba por la calle a pesar de la hora ya avanzada. Despu&eacute;s de dar un amplio rodeo, lleg&oacute; casi silenciosamente a la puerta de su casa. Bajo la d&eacute;bil luz de la entrada, meti&oacute; el volumen de las Obras Completas de Rubirosa bajo su axila izquierda, y comenz&oacute; a palparse, religiosamente los bolsillos, en busca de las llaves. Con la mano derecha toc&oacute; el bolsillo superior izquierdo de su chaqueta. Sinti&oacute; ah&iacute; sus tres lapiceras, con plumas de oro, de color azul, verde y rojo, y m&aacute;s cerca del coraz&oacute;n, ostensiblemente m&aacute;s maciza, la trazadora "Enkuli" cargada con tinta china "Caim&aacute;n". Palp&oacute; el bolsillo derecho, con la misma mano. Sinti&oacute; la cartuchera, gruesa de documentos, que certificaban su identidad y pertenencia. Palpar esa cartuchera lo hac&iacute;a sentirse seguro: "S&eacute; quien soy" se dijo. Sab&iacute;a que pertenec&iacute;a a este lugar, y que defender&iacute;a lo suyo. Ah&iacute;, sobre su pecho estaba la certificaci&oacute;n de ello. Baj&oacute; la mano y la cruz&oacute; para palpar el bolsillo del costado izquierdo. Sinti&oacute; el fr&aacute;gil crujido de papeles, y supo que ah&iacute; estaba la historia de sus actividades, ah&iacute; se podr&iacute;a leer quien era &eacute;l, y cual era su ruta. Meti&oacute; la mano, ahora, en el bolsillo lateral derecho, de la chaqueta, ah&iacute; donde guardaba trozos de papel con sus apuntes personales, sus pensamientos e ideas, que iba garabateando cuando &eacute;stos saltaban a su mente durante el trabajo, mientras viajaba, o cuando compart&iacute;a con amigos. Cualquiera que organizara esa colecci&oacute;n de papeles, sabr&iacute;a bien, qu&eacute; pensaba sobre todas las cosas. Sinti&oacute; ah&iacute; algo s&oacute;lido. Sujet&oacute; todo el pu&ntilde;ado, y lo extrajo. Algunos papeles planearon al suelo, y entre ellos cayo una lupa cuenta hilos, plegada. Recogi&oacute; uno a uno los papeles, que fue examinando y ponderando. Algunos lo hac&iacute;an sonre&iacute;r, otros los guardaba r&aacute;pidamente, como si lo avergonzaran, o tambi&eacute;n meneaba la cabeza con incredulidad, en fin, m&aacute;s. Por &uacute;ltimo, recogi&oacute; la lupa cuenta hilos, y despleg&aacute;ndola la puso sobre la huella del pulgar izquierdo, y mir&oacute; sus texturas y secretos, aumentados, a trav&eacute;s de la lente. Sinti&oacute; una especie de gozo &iacute;ntimo, casi infantil, y record&oacute; las veces que con ese instrumento hab&iacute;a logrado producir fuego, sobre alg&uacute;n trozo de peri&oacute;dico. Lo pleg&oacute; nuevamente, y lo devolvi&oacute; a su lugar. Tomo el volumen de las Obras completas de Rubirosa, que ten&iacute;a bajo la axila, con la mano derecha, y con la izquierda palp&oacute; el mismo bolsillo del pantal&oacute;n. Oy&oacute; tintinear las llaves. Las sac&oacute;, y comenz&oacute; a examinarlas, pero en ese momento la puerta se abri&oacute;, y una luz mortecina, que escapaba diagonal, desde dentro, ilumin&oacute; su figura, y recort&oacute;, a la vez, en el umbral, la de su mujer.<br /><br />&mdash; &iquest;Qu&eacute; haces ah&iacute;, desde hace rato? &mdash; pregunt&oacute;.<br /><br />&mdash; Acabo de llegar. Buscaba las llaves para abrir. &iexcl;Nada m&aacute;s!.<br /><br />&mdash; O&iacute; como te peleabas con todo el vecindario. Es por eso que despu&eacute;s no me atiende don F&eacute;lember, y nadie me saluda.<br /><br />&mdash; Me acusaban injustamente. S&oacute;lo me defend&iacute;a.<br /><br />&mdash; &iexcl;Vaya defensa!. Agrediendo a todo el mundo...<br /><br />&mdash; No agred&iacute; a nadie. Al contrario. Incluso deb&iacute; huir pues me lanzaban piedras...<br /><br />&mdash; Tambi&eacute;n huiste de aqu&iacute; cuando te pregunt&eacute; si te hab&iacute;as peleado con don F&eacute;lember. &iquest;Acaso tambi&eacute;n te tir&eacute; piedras?.<br /><br />&mdash; &iexcl;Vamos, mujer!. &iexcl;T&uacute;, de parte de quien est&aacute;s!.<br /><br />&mdash; Ya no s&eacute; que pensar. Tal vez tengan razones...<br /><br />&mdash; &iexcl;Ya...!, &iexcl;ya!. &iexcl;C&aacute;llate mejor!. D&eacute;jame pasar que quiero acostarme y olvidar este problema. Ma&ntilde;ana ya ser&aacute; distinto.<br /><br />&mdash; No lo ser&aacute; si te empe&ntilde;as en gritarme as&iacute;.<br /><br />&mdash; No te he gritado, pero me desesperas. Siempre te pones de parte de los dem&aacute;s, como si yo fuera culpable.<br /><br />&mdash; Y si no lo eres: &iquest;Por qu&eacute; huyes?. Demuestra tu inocencia, en vez de huir.<br /><br />&mdash; No tengo nada que demostrar mientras alguien no me acuse.<br /><br />&mdash; Es que ya todos te acusan.<br /><br />&mdash; &iquest;Y de qu&eacute;? &mdash; le grit&oacute; &eacute;l exasperado. Y luego apart&aacute;ndola ingres&oacute; a la casa, dejando la puerta del zagu&aacute;n abierta. Ella lo sigui&oacute;, fustig&aacute;ndolo.<br /><br />&mdash; &iexcl;Adem&aacute;s me agredes! &mdash; dec&iacute;a &mdash;. &iexcl;Ya casi no te soporto!.<br /><br />El se encerr&oacute; en el ba&ntilde;o, y se qued&oacute; largo rato mir&aacute;ndose en el espejo, hasta que el rostro reflejado ah&iacute;, le pareci&oacute; absolutamente extra&ntilde;o. Entonces se dio cuenta que todo estaba en silencio. Cuando sali&oacute; del lugar percibi&oacute; la luz que de la calle entraba por la mampara abierta. Fue a cerrarla, y se qued&oacute; tendido en el sof&aacute;, en la oscuridad.<br /><br />Respondiendo al ruido de la puerta al cerrarse, al poco rato apareci&oacute; la mujer, que abri&oacute; nuevamente, y mir&oacute; buscando en el exterior, la figura que habr&iacute;a salido. Despu&eacute;s de buscar, in&uacute;tilmente, dijo: "&iexcl;Que se vaya a la mierda, si quiere!", y se perdi&oacute; en la oscuridad interior.</font><br /><br /><br /><font color="#000000">V</font><br /><br /><font color="#000000">Entre la bruma de la ma&ntilde;ana, tras los &aacute;lamos del oriente, se asomaba el fr&iacute;o sol matinal, pint&aacute;ndolo todo con una p&aacute;tina difuminada, haciendo parecer el paisaje un cuadro impresionista. &Eacute;l pasaba, viendo como todos los funcionarios esquivaban su vista, sin importar si pasaban cerca o lejos. Los saludaba igual: "&iexcl;Buenos d&iacute;as!", "&iquest;Qu&eacute; tal?". Nadie le respond&iacute;a. Algunos que no alcanzaban a hacerse invisibles, s&oacute;lo lo miraban con desprecio. Otros que pasaban m&aacute;s lejos, los ve&iacute;a darse codazos disimulados, y se&ntilde;alarlo. "Soy inocente" se dec&iacute;a. "No me han probado culpa alguna. Cuando salga de todo &eacute;sto, esa misma gente tendr&aacute; que venir a pedirme disculpas, y tal vez a solicitarme favores. Entonces ser&eacute; yo quien los mire con desprecio. &iquest;T&uacute; quien eres?. No recuerdo tu nombre, &iquest;donde te conoc&iacute;?". Estas cavilaciones no le conduc&iacute;an a ninguna parte, y s&oacute;lo lograban hacerlo sentir un cierto dolorcillo pesado al centro del pecho, y tal vez cierta congoja. A ratos percib&iacute;a esta situaci&oacute;n, y se alarmaba al sentir cierto placer en estas emociones. "Esto no es normal" pensaba entonces. "Debo combatirlo, y hacer ver a esta gente que est&aacute;n equivocados, que soy una buena persona, y no he perjudicado a nadie, que a nadie he robado o estafado". Se torturaba pensando en c&oacute;mo demostrar su causa, como ponerse por sobre sus acusadores, de modo que quisieran, quienes no lo hab&iacute;an juzgado a&uacute;n, ponerse de su parte y as&iacute; salir de esta inc&oacute;moda situaci&oacute;n. "Hablar&eacute; con el gerente" pensaba, pero luego desist&iacute;a. "Es probable que ya le haya llegado el rumor de mi culpa, o que encuentre sospechoso que me acerque a exponer un caso, para &eacute;l completamente desconocido, y que llame al subgerente. &Eacute;ste le dir&aacute; que no he demostrado mi inocencia, que pesan sobre mi graves acusaciones, y entonces ser&aacute; mi palabra contra la del subgerente. Seguramente ser&aacute; m&aacute;s fiable la del subgerente que la m&iacute;a, pues &eacute;l est&aacute; en un cargo de confianza, precisamente porque se le cree". Desisti&oacute; del intento, y se dijo que si no hab&iacute;a hecho nada, no ten&iacute;a por qu&eacute; temer nada. "Todo es s&oacute;lo un mal entendido, y as&iacute; como empez&oacute; ha de terminar. Lo mejor es seguir haciendo mi trabajo y mi vida, honesta, como siempre, y todo se disolver&aacute; como sal en el agua. Debo ignorarlo, as&iacute; todos ver&aacute;n mi tranquilidad, y no podr&aacute;n pensar que alguien que est&aacute; confiado y tranquilo pueda ser culpable de nada. Entonces el subgerente volver&aacute; a tener fe en mi y me restituir&aacute; el trato que siempre me dio. Habr&aacute; pasado todo as&iacute; como esta neblina de la ma&ntilde;ana se diluye hacia el medio d&iacute;a".<br /><br />Se sent&oacute; en su escritorio met&aacute;lico, de color verdoso, y vio desde ah&iacute; los &aacute;lamos sucios de bruma y polvo industrial. Parec&iacute;an enmarcados por los colores sepias del interior de la gran sala de trabajo, pobremente iluminada por unas cuantas ampolletas de baja energ&iacute;a. Abri&oacute; el segundo caj&oacute;n de su derecha, y extrajo un fajo de papeles que puso en la superficie verde, hacia un rinc&oacute;n. Del fajo tom&oacute; el cuadernillo superior, consistente en una car&aacute;tula llenada pulcramente a m&aacute;quina, y los respaldos de esas cifras anexos en papeles de trabajo de diferentes colores, incluso verde, todos manuscritos, detr&aacute;s. Mir&oacute; las cifras del resumen, con atenci&oacute;n. Meti&oacute; la mano bajo su chaqueta, y extrajo del bolsillo superior izquierdo una fina lapicera de color azul. Lentamente, mirando con atenci&oacute;n la maniobra, desatornill&oacute; la tapa. Cuando cedi&oacute;, mir&oacute; con satisfacci&oacute;n la pluma de oro labrado, en cuya parte alta se le&iacute;a en letras caligr&aacute;ficas perfectas: "Shaeffer". Encaj&oacute; la tapa en la parte posterior, y aplicando un cuidado extremo, pos&oacute; la punta de oro en la car&aacute;tula, y rubric&oacute; el documento, aprob&aacute;ndolo. Sopl&oacute; suavemente la r&uacute;brica y dej&oacute; descansar el cuadernillo al otro extremo de la cubierta, perfectamente sim&eacute;trico con el anterior. Tom&oacute; un segundo cuadernillo, con su correspondiente car&aacute;tula. A la mitad del examen de &eacute;ste, frunci&oacute; el ce&ntilde;o, y extrajo del mismo bolsillo, con el mismo cuidado, una lapicera de color verde, que procedi&oacute; a abrir con el mismo cuidado y satisfacci&oacute;n. Este instrumento era, sin ninguna duda posible, id&eacute;ntico al anterior, en todo salvo en el color. Escribi&oacute;, en un recuadro de la parte baja, en que se le&iacute;a la palabra "Observaciones", con letra inclinada, regular, &aacute;gil, acelerada, de cuerpo arm&oacute;nico, de peso leve, de espesor s&oacute;lido, con hampas algo alzadas, y jambas ligeramente sensuales, una frase tal vez ilegible, referida al concepto de gastos expresados en la l&iacute;nea tres del documento. En dicha l&iacute;nea, a su costado derecho dibuj&oacute; un perfecto asterisco. Luego cerr&oacute; la lapicera verde, rubric&oacute;, como el anterior, este documento, con color azul, y procedi&oacute; a soplar los sectores escritos, antes de pasar el cuadernillo al sector de los aprobados. Cuando se aprestaba a revisar un nuevo cuadernillo, la secretaria del subgerente, con voz sensual pero endurecida, grit&oacute; su nombre: "El se&ntilde;or subgerente lo llama a su oficina" dijo despu&eacute;s de un momento, con tono severo, a la vez que despreciativo.</font><br /><font color="#000000"><br />Cerr&oacute; concienzudamente la lapicera azul, que guard&oacute; en el bolsillo izquierdo de su chaqueta, m&aacute;s hacia la izquierda que las otras, luego abri&oacute; el segundo caj&oacute;n de su escritorio, y guard&oacute; el fajo de documentos sin revisar. Los que ya hab&iacute;an sido revisados, los entreg&oacute; a Menadier, con la instrucci&oacute;n de que los procesara. Menadier se esforz&oacute; en ignorarlo. Cuando ya se encaminaba a la oficina de la subgerencia, Menadier murmur&oacute; algo en voz baja. Los funcionarios a su alrededor alcanzaron a o&iacute;rlo, y sonrieron con sorna. Alcanz&oacute; a tomar la manilla de la puerta, cuando la voz, &aacute;spera y autoritaria, a la vez que despreciativa, de la secretaria lo ataj&oacute;: "&iexcl;No entre!. Espere aqu&iacute;" dijo, y pasando delante de &eacute;l entr&oacute; y le cerr&oacute; la puerta en la cara. Pasaron dos minutos en los que le sobraban las manos y los brazos, que pasaron por los bolsillos, se entrelazaron a la espalda, se cruzaron en el pecho, arreglaron el pelo, rascaron una rodilla, sobaron las aletas de la nariz, limpiaron delicadamente la esquina interna del ojo derecho, un me&ntilde;ique rasc&oacute; con suavidad la ceja de su mismo lado, y todo esto bajo la burlona mirada presentida, de todo el personal, aun cuando en momento alguno pudo sorprender a nadie. Una empleada auxiliar, vestida con un delantal azul claro, lo hizo moverse para pasar con una bandeja a retirar una taza vac&iacute;a de caf&eacute; que se encontraba sobre el escritorio de la secretaria. Al retirarse, lo oblig&oacute;, sin solicitarlo siquiera, a repetir la maniobra evasiva. Comenz&oacute; a sentir la sensaci&oacute;n de prisi&oacute;n, del que espera un suceso que no ocurre, pero que no puede dejar de esperar. Inici&oacute; un paseo ante la puerta de la subgerencia, mirando el suelo, o m&aacute;s bien el lugar en que la punta de su zapato hac&iacute;a contacto con &eacute;ste. Cont&oacute; tres pasos y un sobrante peque&ntilde;o desde el estante, junto a la pared, hasta el escritorio de la secretaria. Estim&oacute; que esa distancia equival&iacute;a a dos metros y cincuenta cent&iacute;metros. Compar&oacute;, mentalmente, el espacio que el subgerente requer&iacute;a para ingresar a su oficina a trav&eacute;s de una puerta, afincada en un vano, contra la escasez del pasillo entre escritorios, en un espacio libre, para llegar al propio. Entre su escritorio y los vecinos, no habr&iacute;a m&aacute;s de cincuenta o sesenta cent&iacute;metros. La secretaria sali&oacute;, y sin mirarlo dijo: "Puede pasar". Cuando ya estaba dentro, oy&oacute;, agresiva la voz de la mujer: "&iexcl;Cierre la puerta!".</font><br /><br /><br /><font color="#000000">VI</font><br /><br /><font color="#000000">El subgerente firmaba unas cartas, como si no se percatara de su presencia. Se detuvo a un paso de la puerta, esperando la atenci&oacute;n de su superior, con las manos tomadas en la espalda. El subgerente fing&iacute;a leer y repasar la carta que hab&iacute;a firmado. Despu&eacute;s de mucho rato dej&oacute; caer el l&aacute;piz de material pl&aacute;stico transparente con que hab&iacute;a firmado y que sosten&iacute;a a&uacute;n, y lo mir&oacute; severo.<br /><br />&mdash; Y bien &mdash; dijo, sin saludar &mdash;, veo que no ha hecho nada por demostrar su inocencia. Casi no me deja salida.</font><br /><font color="#000000"><br />Sinti&eacute;ndose ofuscado por el desprecio y la acusaci&oacute;n t&aacute;cita o expl&iacute;cita general, sobre una culpa no definida, que no sent&iacute;a, sino al contrario, pues se cre&iacute;a enormemente m&aacute;s probo que cualquiera de quienes parec&iacute;an acusarlo sin fundamento ninguno; mir&oacute; desafiante al subgerente, tal vez pensando que al menos una actitud de desagrado y enojo mostrar&iacute;an que no sent&iacute;a haber incurrido en falta o pecado alguno. &Eacute;sto por supuesto tampoco era una demostraci&oacute;n de inocencia, por lo que arrastraba el riesgo de resultar antip&aacute;tico al subgerente, que al menos le daba una oportunidad, cosa que otros ni siquiera hab&iacute;an considerado, y tal vez pod&iacute;a significar que perder&iacute;a, si no a su &uacute;nico aliado, al menos al &uacute;nico que condescend&iacute;a a escucharlo, aun cuando no fuera por su propio inter&eacute;s, sino por la presi&oacute;n que sobre &eacute;l ca&iacute;a de la gerencia, que en alguna medida parec&iacute;a hacerlo, de alg&uacute;n modo vago, corresponsable de su falta. De todos modos, mantuvo su actitud desafiante.<br /><br />&mdash; Se&ntilde;or subgerente: El caso es aqu&iacute; todo a la inversa. Si usted me est&aacute; culpando de algo, deber&aacute; decirme de qu&eacute;, y con qu&eacute; pruebas, y asumir mi inocencia hasta que mi culpa, m&aacute;s all&aacute; de mis descargos, quede fehacientemente demostrada sin lugar a caer en duda ninguna.</font><br /><font color="#000000"><br />&mdash; &iexcl;Por favor! &mdash; protest&oacute; el subgerente &mdash;. No soy yo quien lo acusa de nada. Jam&aacute;s lo har&iacute;a, sin embargo su actitud agresiva e insultante, no hacen sino agravar las acusaciones que sobre usted han ca&iacute;do, y que por supuesto no he iniciado yo, sino, por el contrario usted mismo ha contribuido a agravar, llevando su actitud al nivel del conflicto, y la agresi&oacute;n. En cuanto a mi, s&oacute;lo cumplo mi deber de exigir la absoluta limpieza de los antecedentes del personal de mi subgerencia. M&aacute;s a&uacute;n, act&uacute;o presionado por la gerencia, ante la cual su posici&oacute;n nos ha expuesto de modo que si usted adopta esta actitud recalcitrante terminar&aacute; por perjudicar no s&oacute;lo al resto del personal, sino tambi&eacute;n a mi mismo, lo que en modo alguno se puede tolerar. &iquest;Me comprende usted?. &iquest;No es as&iacute;?.<br /><br />&mdash; S&iacute;, por supuesto que lo comprendo, pero exijo que se crea en mi inocencia. &iexcl;Nada m&aacute;s!.<br /><br />&mdash; Lamentablemente &eacute;so no lo hace usted posible &mdash; concluy&oacute; el subgerente, volviendo a tomar el l&aacute;piz pl&aacute;stico que hab&iacute;a dejado caer, en actitud de dar por terminada la conversaci&oacute;n. Para subrayar su actitud tom&oacute; un documento que hab&iacute;a en su escritorio, y comenz&oacute; a leer, siguiendo las l&iacute;neas con el movimiento del l&aacute;piz. Mientras, &eacute;l segu&iacute;a ah&iacute;, petrificado y sudoroso. Tuvo conciencia de la humedad de la palma de sus manos, y del latido de sus sienes.<br /><br />&mdash; En fin &mdash; continu&oacute; el subgerente, volviendo a dejar el documento y el l&aacute;piz sobre la cubierta del escritorio &mdash;, que me veo en la desagradable necesidad de ser dr&aacute;stico en mi decisi&oacute;n, a&uacute;n cuando ser&eacute; excesivamente benevolente con usted, incluso contra la opini&oacute;n de la gerencia, pero la preferencia que con usted he mantenido siempre, me impulsa a hacerlo de este modo. He decidido adelantar sus vacaciones definitivas, para darle oportunidad, que en ese tiempo libre, usted pueda juntar los antecedentes necesarios para sus descargos. En todo caso, comprender&aacute; que durante este per&iacute;odo en que usted no ten&iacute;a derecho a vacaciones, &eacute;stas ser&aacute;n por supuesto, y lamentablemente, sin goce de sueldo &mdash;. Y tom&oacute; otra vez el documento y el l&aacute;piz pl&aacute;stico, y pareci&oacute; concentrarse profundamente en su examen.<br /><br />Se qued&oacute; petrificado, mirando extra&ntilde;amente a esa figura, ah&iacute; sentada, que ya no se ocupaba m&aacute;s de &eacute;l. Se dio cuenta que el subgerente estaba inmerso en un universo enorme, en el que era peque&ntilde;&iacute;simo, y cuyas constelaciones c&oacute;smicas estaban conformadas por infinidad de adornos in&uacute;tiles, hechos de bronce opaco, cristal espejeante, un cenicero que jam&aacute;s hab&iacute;a recibido en su borde brillante ni el m&aacute;s m&iacute;nimo vapor de nicotina, un soporte de pesada base de m&aacute;rmol para dos lapiceras, en el que reposaban dos antiguos instrumentos de madera que no habr&iacute;an sido utilizados, seguramente, en m&aacute;s de veinte a&ntilde;os, un reloj de pantalla de cristal de cuarzo con enormes n&uacute;meros, soportado por un marco de pl&aacute;stico que simulaba metal fino, tratado para dar una terminaci&oacute;n silverina y opaca, un calendario engarzado en un soporte de pl&aacute;stico que simulaba cuero marr&oacute;n, y otros muchos adornos in&uacute;tiles que restaban espacio sobrante. Entre ellos un recipiente in&uacute;til, hecho con palos de paletas de helado, que tal vez le hubo regalado alg&uacute;n hijo. De las paredes colgaban fotos y retratos de personas que sonre&iacute;an, entre diplomas de poca monta, de otros tantos cursos y seminarios realizados por su propietario. Placas met&aacute;licas de cobre, aluminio, y bronce, con distintos reconocimientos, en fin, todos artefactos in&uacute;tiles del todo, y ajenos a la atenci&oacute;n de su propietario, que los hab&iacute;a colocado cada uno de ellos, en ese lugar, como una forma de rodear su espacio para ahuyentar su vac&iacute;o verdadero.</font><br /><font color="#000000"><br />Despu&eacute;s de un tiempo casi infinito, aprisionado en su transcurso y la observaci&oacute;n inane, vio c&oacute;mo el subgerente quit&oacute; la vista, por un momento de sus documentos, y lo mir&oacute; con falsa sorpresa. "Puede retirarse" dijo, como si lo estuviera repitiendo, "y entregue su cargo a Menadier como ya le hab&iacute;a dicho". Hizo una inclinaci&oacute;n est&uacute;pida, a modo de reverencia, y retrocedi&oacute;, sin darse vuelta, como si temiera ser asesinado por la espalda, hasta alcanzar la puerta, y sali&oacute; atontado. Tanto as&iacute; que no oy&oacute; la orden perentoria de la secretaria del subgerente que le dec&iacute;a: "&iexcl;Cierre esa puerta!". Como siguiera andando, sin obedecer, ella se levant&oacute;, furiosa, y farfull&oacute;: "&iexcl;Imb&eacute;cil!". Con gesto obsecuente, luego, cerr&oacute; la puerta con suavidad, sonriendo siempre al se&ntilde;or subgerente.</font><br /><br /><br /><font color="#000000">VII</font><br /><br /><font color="#000000">Abri&oacute; el &uacute;ltimo caj&oacute;n de su escritorio, cuyos rieles oy&oacute; sonar con la misma conciencia de la primera vez que los abri&oacute;. Sac&oacute; un diccionario de sin&oacute;nimos, uno de la lengua, y Las Obras Completas de Rubirosa, que amonton&oacute; sobre la cubierta verde. Cerr&oacute; suavemente el caj&oacute;n, como si quisiera dilatar para siempre el tiempo. Mirando los sucios &aacute;lamos, a trav&eacute;s de la ventana, que se elevaban sobre los tejados de calamina de las industrias vecinas, se palp&oacute; el bolsillo superior izquierdo de la chaqueta. Sinti&oacute; ah&iacute; la trazadora "Enkuli", cargada con tinta china Caim&aacute;n negr&iacute;sima. M&aacute;s all&aacute;, justo sobre su coraz&oacute;n, sus tres instrumentos de trabajo, de colores azul, verde y rojo, respectivamente, cargadas con tintas de los mismos colores; se&ntilde;alaban su dedicaci&oacute;n y lealtad, privilegiada por sus finas plumas de oro. Supo al sentirlas ah&iacute;, que era injustamente acusado. Palp&oacute; el otro bolsillo, el de la derecha, y sinti&oacute; la cartuchera con todos sus documentos de identidad, todas sus tarjetas de pl&aacute;stico que lo asociaban a toda su vida cotidiana, y todos los documentos que lo ataban como persona &uacute;nica, y honesta a la sociedad. Ah&iacute; pod&iacute;a saber con claridad quien era &eacute;l. Al palparla se sinti&oacute; en paz consigo mismo, y aliviado, entonces se toc&oacute; el bolsillo izquierdo. Cruji&oacute;, lleno de papeles. Meti&oacute; la mano en &eacute;l, y vaci&oacute; su contenido que fue examinando. Todos eran apuntes y anotaciones de su trabajo, que fue botando en el cesto de papeles, uno a uno. &iexcl;Ya de nada servir&iacute;an!. Ninguno era alg&uacute;n documento oficial, sino s&oacute;lo recordatorios, o ayudas personales. Toc&oacute; el bolsillo lateral derecho, y sinti&oacute; algo s&oacute;lido entre los papeles que guardaba ah&iacute;. Meti&oacute; la mano y saco un pu&ntilde;ado de apuntes de sus lecturas, y otras instancias personales. Algunos papeles cayeron al suelo junto a un peque&ntilde;o trozo de hierro cil&iacute;ndrico y brillante. Los recogi&oacute; uno a uno, los ley&oacute; lentamente, y los devolvi&oacute; a su lugar. Finalmente recogi&oacute; el cilindro met&aacute;lico y lo puso sobre el escritorio, al que se peg&oacute; s&oacute;lidamente con un clac sordo. Palp&oacute; el bolsillo izquierdo del pantal&oacute;n, que tintine&oacute; suavemente. De &eacute;l extrajo un llavero, que examin&oacute; con atenci&oacute;n y devolvi&oacute; luego. Finalmente meti&oacute; la mano a su bolsillo derecho del pantal&oacute;n, y extrajo un manojito peque&ntilde;o de llaves, atado con un cord&oacute;n de pl&aacute;stico verde. Lo dej&oacute; caer sobre el escritorio, tom&oacute; los libros, y despeg&oacute; con un tir&oacute;n el cilindro met&aacute;lico: Estaba libre. Mirando a Menadier que se esforzaba en quitar la vista, le dijo: "H&aacute;gase cargo", y se fue con sus libros en la mano izquierda, mientras examinaba el im&aacute;n que llevaba en la derecha. Cuando desapareci&oacute; en la escalera, al fondo de la sala, Menadier se par&oacute; de su escritorio, y se sent&oacute; en el que fue de su superior. Extendi&oacute; los brazos, y agarr&oacute; la cubierta verde por ambos lados; sonriendo, mir&oacute; los sucios &aacute;lamos y los techos de calamina por la ventana, sonri&oacute; y elev&oacute; la vista al cielo todav&iacute;a brumoso a esa hora y con el pecho agitado dijo: &iexcl;Rrrrrrruuuuuuunnnnn!.</font><br /><font color="#000000"><br />Miraba sin ver. Casi no ten&iacute;a noci&oacute;n del fr&iacute;o que aun no ced&iacute;a al c&iacute;nico sol que intentaba derretirlo. Durante mucho rato camin&oacute; sin pensar, s&oacute;lo algunas sensaciones penetraban sus sentidos y sentimientos: Solo, fracaso, luz de ma&ntilde;ana, gente al pasar, las piernas se mueven, &iquest;culpa de qu&eacute;?, humo de aliento, nariz fr&iacute;a, cabeza plet&oacute;rica, solo. "Mira, deb&iacute; decirle: Vamos juntos a hablar con la gerencia. Es que no tiene pruebas. &iquest;Por qu&eacute; tienes que ser t&uacute; el que demuestre inocencia?. &iquest;Y de qu&eacute;? &iquest;Inocente de todas las culpas?. Dime: &iquest;Quien te acusa?". Llevaba ya caminando casi dos horas o m&aacute;s, cuando se dio cuenta que estaba ya llegando a los alrededores de su casa, porque alguien, al pasar, le dio un fuerte empuj&oacute;n.<br /><br />&mdash; &iexcl;Ap&aacute;rtate sinverg&uuml;enza! &mdash; le dijo. Casi lo bot&oacute; de espaldas.</font><br /><font color="#000000"><br />Lo qued&oacute; mirando. Era un hombre de aspecto fuerte, con un bigote enorme y tupido, ojos peque&ntilde;os y oscuros, clavados en una cara rojiza y surcada de vasitos sangu&iacute;neos. Llevaba puesto un abrigo de color gris sucio, y un sombrero de aspecto pretencioso: No lo conoc&iacute;a, jam&aacute;s lo hab&iacute;a visto. Nada en el agresor le era conocido, ni le recordaba cosa alguna.<br /><br />&mdash; &iquest;Por qu&eacute; me agrede, si no lo conozco? &mdash; dijo sumiso, agobiado por todos los sucesos.<br /><br />&mdash; &iexcl;Yo s&iacute; lo conozco a usted, y s&eacute; bien lo que ha hecho! &mdash; se detuvo y gir&oacute; para encararlo.<br /><br />&mdash; &iquest;Qu&eacute; hice?: &iexcl;D&iacute;galo!.<br /><br />Su voz no le son&oacute; convincente. Hubiera querido volver atr&aacute;s, y decirlo de nuevo, pero en tono desafiante. Pero ya hab&iacute;a perdido la oportunidad. "Es por eso que te pueden acusar impunemente. No tienes convicci&oacute;n de ti mismo" pens&oacute;.<br /><br />&mdash; Usted lo sabe muy bien. No voy a perder el tiempo con usted &mdash;. Le dio un empuj&oacute;n con una mano enorme y ruda, en el hombro, y girando sigui&oacute; su camino.<br /><br />&mdash; &iexcl;No s&eacute; nada!. &iexcl;Vuelva y h&aacute;gase cargo de su calumnia!. &iexcl;Diga, al menos, de qu&eacute; me acusa!.<br /><br />&mdash; No pierdo tiempo con sinverg&uuml;enzas &mdash; dijo sin volverse, y se alej&oacute; a paso firme.</font><br /><font color="#000000"><br />"&iquest;Por qu&eacute; te lo quedas mirando?" se pregunt&oacute;, despu&eacute;s de bastante rato que sigui&oacute; con la vista al hombre que se alejaba. "&iquest;Acaso crees que vas encontrar, mir&aacute;ndolo, cual es tu pecado?". Se dio cuenta que aun ten&iacute;a el im&aacute;n cil&iacute;ndrico en la mano derecha, entonces lo desliz&oacute; en el bolsillo de la chaqueta, y luego se pas&oacute; la mano por la frente, como limpiando la mente de esas in&uacute;tiles ideas. Sigui&oacute;. Se sent&iacute;a desliz&aacute;ndose en un escenario al que no pertenec&iacute;a. No llegaba a comprender claramente como ser&iacute;a su vida en lo sucesivo. "Escribes una carta de descargo, dur&iacute;sima. En ella acusas al subgerente de discriminaci&oacute;n. La haces llegar directamente a la gerencia. &iexcl;Eso es!" Sinti&oacute; alg&uacute;n alivio, pero de inmediato record&oacute; que las acusaciones hab&iacute;an comenzado aqu&iacute;, en su vecindario. "&iquest;Y c&oacute;mo llegaron a la subgerencia, entonces?. &iquest;Es que hubo alguna colusi&oacute;n?. &iquest;Y F&eacute;lember, el de la fiambrer&iacute;a, a quien no recuerdo haber conocido?". A unos treinta pasos vio venir a dos hombres que conversaban con cierta animaci&oacute;n, pero sin quitarle la vista. Prefiri&oacute; atravesar a la otra vereda. Cuando pasaron cerca, uno grit&oacute;, hacia &eacute;l: "&iexcl;Cobarde!. Sigue huyendo...". Supo que nunca le permitir&iacute;an hacer descargos.</font><br /><br /><br /><font color="#000000">VIII</font><br /><br /><font color="#000000">Al llegar a la puerta de su casa, comenz&oacute; a palparse los bolsillos, en busca de las llaves, como siempre hac&iacute;a. De las ventanas vecinas le llegaron insultos, ocultos tras los postigos y las celos&iacute;as. En la plaza de enfrente jugaban unos ni&ntilde;os. Alguno lanz&oacute; un piedra, que dio estrepitosamente sobre la mampara, junto a la peque&ntilde;a placa de bronce con su nombre. Asustado, apur&oacute; su rutina: Palp&oacute; las lapiceras y la trazadora "Enkuli", la cartuchera con la certificaci&oacute;n de su identidad, comprob&oacute; que no ten&iacute;a nada en el bolsillo izquierdo de la chaqueta, sac&oacute; el im&aacute;n, enredado en varios papeles, algunos de los cuales cayeron al suelo junto con aqu&eacute;l. Los recogi&oacute; todos y los guard&oacute; apresuradamente. Extrajo las llaves del bolsillo izquierdo del pantal&oacute;n, luego de cambiar de mano los dos diccionarios y el volumen de la Obras Completas de Rubirosa. Examin&oacute; el manojo con prisa, y seleccion&oacute; con precisi&oacute;n, por su brillo y tacto, la llave que abr&iacute;a la mampara. Alcanz&oacute; a desaparecer tras la puerta en el preciso momento que otra piedra la golpeaba.</font><br /><font color="#000000"><br />Estaba sentado en el estar, cerca de la ventana, leyendo el grueso volumen de las Obras Completas de Rubirosa, cuando entr&oacute; la mujer y los ni&ntilde;os. Ellos corrieron hacia el interior sin saludar. Ella dej&oacute; caer sobre una silla algunas cosas que tra&iacute;a en la mano, y lo mir&oacute; desafiante.<br /><br />&mdash; &iquest;T&uacute;, qu&eacute; haces aqu&iacute;?<br /><br />&mdash; &iquest;Es mi casa, no? &mdash; respondi&oacute; &eacute;l.<br /><br />&mdash; As&iacute; ser&aacute;, pero deber&iacute;as estar trabajando, &iquest;o ya te echaron de ah&iacute; tambi&eacute;n?<br /><br />&mdash; &iquest;Qu&eacute; sabes t&uacute; de &eacute;so?<br /><br />&mdash; S&oacute;lo s&eacute; que a los ni&ntilde;os ya no los reciben en el colegio mientras tu tengas problemas y s&eacute; que me corrieron del supermercado, tambi&eacute;n de la tienda de don F&eacute;lember y m&aacute;s, y que ya estoy aburrida. &iquest;Piensas hacer algo?, o s&oacute;lo te vas a sentar a leer mientras todos te acusan.<br /><br />&mdash; Soy inocente. Nada he hecho. Ya cesar&aacute;n esos rumores.<br /><br />&mdash; Nunca si no haces algo: &iexcl;Defenderte!.<br /><br />&mdash; &iquest;De qu&eacute; me defiendo?. Nadie me ha acusado formalmente.<br /><br />&mdash; T&uacute; sabr&aacute;s qu&eacute; hiciste.<br /><br />&mdash; A nadie he robado, a nadie he calumniado, no he matado, ni estafado, ni mentido, ni dej&eacute; de hacer mi trabajo como se deb&iacute;a. &iquest;A quien he ofendido con &eacute;so?<br /><br />&mdash; T&uacute; sabr&aacute;s lo que hiciste &mdash; insisti&oacute; ella &mdash;. &iquest;C&oacute;mo puedo dudar yo, de lo que todo el mundo afirma?<br /><br />&mdash; &iquest;Qu&eacute; afirma todo el mundo?<br /><br />&mdash; No lo s&eacute;. S&oacute;lo s&eacute; que todos te acusan, y a nosotros, tu familia, nos rechazan.<br /><br />&mdash; Pues mant&eacute;n tu dignidad. Diles que no hice nada, y preg&uacute;ntales de qu&eacute; me acusan.<br /><br />&mdash; Esa es tu obligaci&oacute;n, no la m&iacute;a.<br /><br />&mdash; A mi nadie me hace ning&uacute;n cargo. S&oacute;lo me acusan.<br /><br />&mdash; Pues yo no puedo seguir as&iacute;. Me voy con los ni&ntilde;os hasta que arregles el problema.<br /><br />Algo m&aacute;s tarde los recogi&oacute; un taxi, en el que echaron algunas maletas y bultos. Se fueron sin despedirse. &Eacute;l le&iacute;a a Rubirosa, en el sill&oacute;n junto a la ventana.</font><br /><font color="#000000"><br />Cuando oscureci&oacute;, se asom&oacute; a la puerta de la casa, y mir&oacute; furtivamente que nadie hubiera en las cercan&iacute;as. Todo estaba desierto. Vio la marca del piedrazo junto a la placa con su nombre. Alguien hab&iacute;a tachado con pintura negra y densa la part&iacute;cula "Lic." que preced&iacute;a su nombre, manchando adem&aacute;s la pintura blanca de la puerta. Sali&oacute; con el tomo de las Obras Completas de Rubirosa en la mano izquierda, y se fue caminando, cauteloso, en la oscuridad. Camin&oacute; hasta abandonar, entre sombras, su vecindario. Sigui&oacute; por otros barrios oscuros, que cruz&oacute; evitando a la gente, hasta que lleg&oacute; a la plaza mayor, toda rodeada de gentes, todos an&oacute;nimos como &eacute;l mismo en ese lugar. Entr&oacute; en un restor&aacute;n atestado de personas an&oacute;nimas que casi no se miraban unos a otros, sino s&oacute;lo se hac&iacute;an ausente compa&ntilde;&iacute;a. Pidi&oacute; un plato sencillo, y lo acompa&ntilde;&oacute; con una cerveza grande. Mientras com&iacute;a estuvo leyendo, sin levantar la vista, ni mirar a nadie. Termin&oacute; mucho antes el plato que la cerveza, que se alarg&oacute; casi sempiterna. Las mesas vecinas cambiaron varias veces sus parroquianos sin que lo notara, hasta que el mozo que le hab&iacute;a servido se par&oacute; junto a &eacute;l y carraspe&oacute;.<br /><br />&mdash; Desea algo m&aacute;s el se&ntilde;or &mdash; dijo, mientras con un pa&ntilde;o limpiaba las migas que no hab&iacute;a, y secaba algo derramado que no estaba, para lo que levant&oacute;, casi con insolencia, el vaso de cerveza aun medio lleno.<br /><br />Levant&oacute; la vista hasta el mozo, y lo mir&oacute; ausente, casi como si &eacute;l mismo fuera nada m&aacute;s que otro personaje del libro que le&iacute;a.<br /><br />&mdash; No por ahora. Lo llamar&eacute; si es necesario.<br /><br />&mdash; Disculpe se&ntilde;or: En ese caso le rogar&iacute;a que me cancelara el consumo, ya que mi turno termina. Despu&eacute;s puede pedir lo que desee a mi compa&ntilde;ero, que me sustituya.<br /><br />Se palp&oacute; el bolsillo del lado izquierdo de la chaqueta, que sinti&oacute; completamente vac&iacute;o. Record&oacute; entonces que ya no ten&iacute;a trabajo. Luego meti&oacute; la mano al de la derecha. Entre los papeles sinti&oacute; el im&aacute;n, fr&iacute;o y cil&iacute;ndrico, sin nada que atraer. Record&oacute; que ya no ten&iacute;a familia. Busc&oacute; en el bolsillo izquierdo del pecho. Ah&iacute; estaban sus tres lapiceras finas, de plumas de oro, cargadas con tintas del mismo color que sus cuerpos brillantes, in&uacute;tiles, ya sin raz&oacute;n ninguna. Junto a ellas toc&oacute;, m&aacute;s maciza, m&aacute;s gruesa, la trazadora "Enkuli" llena de tinta china "Caim&aacute;n" muy negra. Quiso sacarla y dibujar, pero no era el momento. Pens&oacute; que tal vez ya no ten&iacute;a un destino. Meti&oacute; la mano izquierda en el bolsillo derecho del pecho de la chaqueta, y extrajo con cuidado extremo la cartuchera que guardaba la certificaci&oacute;n de su identidad, y que lo ataba al universo. Fue extrayendo tarjetas y documentos pl&aacute;sticos, que examinaba atentamente, palp&aacute;ndolos como si s&oacute;lo se les pudiera reconocer por el tacto, y los devolv&iacute;a, luego, con precisi&oacute;n al mismo lugar de donde los hab&iacute;a tomado. Finalmente, una tarjeta pareci&oacute; satisfacerlo. La acerc&oacute; entonces a su nariz, y aspir&oacute; su aroma a ebonita. Se la entreg&oacute; al mozo.<br /><br />&mdash; Saque tambi&eacute;n, dos lucas para usted &mdash; dijo con voz casi ausente.<br /><br />El mozo desapareci&oacute; durante largo rato. Casi se hab&iacute;a olvidado de &eacute;l, y s&oacute;lo la cartuchera, provisionalmente posada sobre el libro, en la p&aacute;gina contraria de la que le&iacute;a, le advert&iacute;a del tr&aacute;mite, todav&iacute;a pendiente. Despu&eacute;s de muchas p&aacute;ginas, y algunos sorbos de cerveza, que se iba entibiando lentamente, volvi&oacute; el mozo con la tarjeta pl&aacute;stica en las manos, a la que le&iacute;a insistentemente el nombre, como si quisiera memorizarlo para siempre.<br /><br />&mdash; Mire usted &mdash; dijo, evitando con toda intenci&oacute;n utilizar el "Se&ntilde;or", necesario para un trato de respeto &mdash;: No podemos recibir su tarjeta. Solamente recibimos efectivo.<br /><br />&mdash; &iquest;Cual es la raz&oacute;n?<br /><br />&mdash; S&oacute;lo efectivo... &mdash; repiti&oacute; el otro, evadiendo la respuesta.<br /><br />&mdash; &iquest;Por qu&eacute;? &mdash; insisti&oacute;, intentando no enojarse por lo ya sabido.<br /><br />&mdash; En este caso, s&oacute;lo recibimos efectivo &mdash; y como no hubiera recibido la tarjeta de vuelta, aun, la dej&oacute; enfrente del parroquiano haciendo un clac ostentoso.<br /><br />&mdash; &iquest;Y si no tengo efectivo?<br /><br />&mdash; Lamentablemente quedar&iacute;a todo confirmado &mdash; mene&oacute; la cabeza el mozo &mdash;, y habr&iacute;a que solicitarle alguna prenda suficiente mientras lo consigue. Tal vez el reloj... y los zapatos &mdash; dijo mientras se golpeaba la palma de la mano izquierda con el pu&ntilde;o, apretado, de la derecha.<br /><br />&mdash; No soy un sinverg&uuml;enza &mdash; respondi&oacute;, guardando pausadamente la tarjeta en su sitio preciso. De otro compartimento extrajo un billete azul, y lo pas&oacute; &mdash; Tr&aacute;igame, tambi&eacute;n otra cerveza. &Eacute;sta ya est&aacute; tibia.<br /><br />&mdash; Eso ser&aacute; imposible &mdash; dijo el mozo, mientras se retiraba. Al volver dej&oacute; sobre la mesa la boleta de consumo, y el vuelto.<br /><br />&mdash; Momento... &mdash; lo ataj&oacute;, cuando ya se retiraba. Mir&oacute; el valor del consumo, lo sum&oacute; al vuelto, clav&oacute; la mirada en la del mozo y dijo &mdash;: Faltan dos lucas.<br /><br />&mdash; Es mi propina...<br /><br />&mdash; En efectivo no doy propinas.<br /><br />&mdash; Pero usted hab&iacute;a dicho...<br /><br />&mdash; En efectivo no doy propinas.<br /><br />El mozo enrojeci&oacute;, y meti&eacute;ndose la mano al bolsillo del pantal&oacute;n, sac&oacute; dos billetes verdes, y se los tir&oacute; sobre la mesa.<br /><br />&mdash; Ahora ret&iacute;rese. Son instrucciones del propietario &mdash; y apartando el vaso a un lado, sac&oacute; el mantel, arrastrando el volumen de las Obras Completas de Rubirosa, la cartuchera, y el vuelto, que el otro tuvo que sujetar con apuro. Lo sacudi&oacute; casi sobre su cara, y comenz&oacute; a ponerlo otra vez en la mesa, casi sin esperar que el parroquiano se levantara.</font><br /><br /><br /><font color="#000000">IX</font><br /><br /><font color="#000000">Al salir al fr&iacute;o de la calle sacudi&oacute; con fuerza la cabeza, y dijo para s&iacute; mismo: "&iexcl;A la cresta! &iexcl;Mala cueva!". Entonces sinti&oacute; que le quemaba la boca del est&oacute;mago, y el es&oacute;fago hasta la garganta misma. En la boca ten&iacute;a un p&eacute;simo gusto.<br /><br />Se fue caminando por un paseo peatonal, que desembocaba en un cerro peque&ntilde;o. A mitad de camino encontr&oacute; a un viejo amigo, que no pudo verlo en ning&uacute;n momento, aun cuando pas&oacute; junto a &eacute;l, y ni siquiera cuando pronunci&oacute; su nombre. Sinti&oacute; que se hab&iacute;a convertido en un ser trasparente y despreciable. "&iexcl;A la cresta! &iexcl;Mala cueva!" se repiti&oacute;, sintiendo que el ardor en el es&oacute;fago se hac&iacute;a intolerable. Se fue caminando por una orilla apartada, y por las faldas del cerro menos concurridas. Volvi&oacute; a su casa por las rutas m&aacute;s escondidas, y oscuras, sintiendo el ardor del tubo digestivo, y el latido de las sienes que parec&iacute;a anunciarle que sus reflexiones confusas, ya no cab&iacute;an casi, en su cabeza. Demor&oacute; varias horas, pues eligi&oacute; el camino que bordea el r&iacute;o, que no frecuenta nadie, salvo los mendigos que dorm&iacute;an tirados en sus riberas, tapados con andrajos y telas pl&aacute;sticas. Cuando lleg&oacute; a su vecindario ya era madrugada, y escasamente vio a un par de personas a las que evadi&oacute; al amparo de la oscuridad.</font><br /><font color="#000000"><br />Para buscar las llaves de la entrada, palp&oacute; el bolsillo del lado izquierdo del pecho de su chaqueta. Sinti&oacute; el cuerpo de sus lapiceras de colores, y meti&oacute; la mano en &eacute;l, sac&oacute; en un s&oacute;lo pu&ntilde;o las tres "Shaeffer" de color, y la trazadora "Enkuli". Abri&oacute; con extremo cuidado, esta &uacute;ltima, y prob&oacute; su tinta negra muy densa, marca "Caim&aacute;n", sobre una l&iacute;nea de su mano izquierda. La observ&oacute; largo rato, y luego, con precisi&oacute;n fue marcando todas las l&iacute;neas de la palma, hasta las m&aacute;s finas. Cuando hubo terminado, trag&oacute; saliva intentando aliviar el ardor del tubo digestivo, y musit&oacute;: "&iexcl;A la cresta, mala cueva!", a la vez que dej&oacute; caer las tres lapiceras de color. Tap&oacute; nuevamente la trazadora "Enkuli" y la devolvi&oacute; al bolsillo del pecho. Palp&oacute; entonces el bolsillo derecho y sinti&oacute; la cartuchera de su identidad. La sac&oacute; con un gesto delicado, y comenz&oacute; a extraer las tarjetas: Primero las comerciales, en las que ley&oacute; con atenci&oacute;n su nombre y n&uacute;meros; luego los diversos permisos y filiaciones, donde observ&oacute; con atenci&oacute;n las distintas fotos, en las que no se parec&iacute;a en nada unas con otras, aun cuando reconoci&oacute;, en cada una de ellas, que era &eacute;l mismo; despu&eacute;s sac&oacute; su c&eacute;dula de identidad, que certificaba que era una persona, que ten&iacute;a un n&uacute;mero propio &uacute;nico, y revelaba su nombre completo y exhaustivo. La observ&oacute; largo rato por el anverso y reverso, hasta que finalmente, despu&eacute;s de dudar, la devolvi&oacute; a su sitio. Al otro lado de la cartuchera ten&iacute;a dinero y cheques: Los retir&oacute; tambi&eacute;n, y junto a lo dem&aacute;s, lo dej&oacute; caer al suelo. Devolvi&oacute; la cartuchera al bolsillo donde hab&iacute;a estado. Se asegur&oacute; que en el bolsillo lateral izquierdo no hubiera nada, arrug&aacute;ndolo desde fuera. Meti&oacute; entonces la mano en el otro bolsillo, el de la derecha, y sac&oacute; un pu&ntilde;ado de papeles, que fue examinando, uno a uno. S&oacute;lo algunos los devolvi&oacute; al bolsillo: Ten&iacute;an pensamientos personales. Los otros los romp&iacute;a en trozos peque&ntilde;os, y los tiraba al suelo. Finalmente le qued&oacute; en la mano s&oacute;lo el im&aacute;n. Intent&oacute; adherirlo a las partes met&aacute;licas de la mampara, pero todo era bronce: Lo devolvi&oacute; al bolsillo. Entonces, cambiando el volumen de las "Obras completas de Rubirosa" a la mano derecha, extrajo del bolsillo izquierdo del pantal&oacute;n el llavero, cuyas llaves examin&oacute; una a una, por ambos lados, hasta que dio con la apropiada, cuyos dientes ponder&oacute; con el dedo pulgar, antes de abrir la puerta. Antes de traspasar el umbral pis&oacute; con fuerza las lapiceras de color, y las tarjetas pl&aacute;sticas, y los trozos de papel, y los revolvi&oacute; con el taco del zapato. Finalmente empuj&oacute; todo por el agujero del desag&uuml;e al pie de la ca&ntilde;er&iacute;a de las aguas de lluvia.</font><br /><font color="#000000"><br />Cuando atraves&oacute; la puerta, una piedra, surgida de la oscuridad de la plaza azot&oacute; una ventana lateral, y quebr&oacute; con estr&eacute;pito el vidrio. Una voz ronca, en tono desagradable, y algo traposo, grit&oacute;: "&iexcl;Vete de nuestro vecindario, bandido, sinverg&uuml;enza!".</font><br /><font color="#000000"><br />No tengo m&aacute;s que a&ntilde;adir a este relato. No volv&iacute; a saber de &eacute;l en mucho tiempo, ni en su casa se volvi&oacute; a ver se&ntilde;ales de vida. En el vecindario poco a poco todos lo olvidaron. No se volvi&oacute;, tampoco a saber de su familia, ni hubo amigos o conocidos que intentaran visitarlos. La casa comenz&oacute; a adquirir aspecto ruinoso. Nunca se le exculp&oacute;, o se le juzg&oacute; formalmente en la industria u otra parte. A la fecha, Menadier aun ocupa su lugar y su cargo, con facultades plenas. Tampoco en su vecindario u otro lugar se dio raz&oacute;n de su culpa, o de las acusaciones que pesaron sobre &eacute;l. S&oacute;lo se esfum&oacute; su recuerdo, y todo lo que de &eacute;l interesaba. Nada m&aacute;s que la casa, sucia, con las paredes rayadas con acusaciones terribles, los vidrios rotos o robados, los postigos ca&iacute;dos, los geranios que fueron rojos y amarillos, que ahora eran nada m&aacute;s que tallos muertos con flores secas, en macetas quebradas, permanec&iacute;an. El jardincillo de flores y pasto bajo las ventanas se hab&iacute;a trocado en matorrales y malezas de espinas y flores burdas y moradas. A la placa con su nombre le hab&iacute;an cortado a la fuerza, y con violencia, el trozo que preced&iacute;a el nombre con la part&iacute;cula "Lic.", y el nombre en s&iacute;, solo, colgaba vertical y abandonado: Vencido. Cuando entr&eacute;, despu&eacute;s de tanto tiempo, en la casa no hab&iacute;a nada. S&oacute;lo polvo, y aroma a cuero reseco. Un sill&oacute;n enfrentaba una ventana con cortinas desgarradas. Cuando me acerqu&eacute; lo vi ah&iacute; sentado. Sobre las rodillas ten&iacute;a el volumen de las "Obras completas de Rubirosa", abierto en la p&aacute;gina setecientos noventa y dos. El parec&iacute;a dormitar con los ojos abiertos, o estar sumido en un ensue&ntilde;o profundo, mirando el infinito gris, a trav&eacute;s de la ventana.</font><br /><font color="#000000"><br />Le quit&eacute; con suavidad, el libro de debajo de las manos, y le&iacute;: "La culpa es un acuerdo social".</font><br /><font color="#000000"><br />&copy;</font>&nbsp;<font color="#000000">Kepa Uriberri</font></div>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Encuentro en la plaza]]></title><link><![CDATA[http://www.peregrinosysusletras.net/kepa-uriberri/encuentro-en-la-plaza]]></link><comments><![CDATA[http://www.peregrinosysusletras.net/kepa-uriberri/encuentro-en-la-plaza#comments]]></comments><pubDate>Wed, 11 Mar 2020 18:02:35 GMT</pubDate><category><![CDATA[Uncategorized]]></category><guid isPermaLink="false">http://www.peregrinosysusletras.net/kepa-uriberri/encuentro-en-la-plaza</guid><description><![CDATA[       Con motivo del D&iacute;a Internacional de la Mujer celebrado el pasado ocho de marzo, les ofrezco esta novela corta sobre una mujer abusada; una historia tantas veces repetida.Encuentro en la plazaLa plaza era apenas un lugar de paso para casi todos los que transitaban por ella. S&oacute;lo algunos nos sent&aacute;bamos ah&iacute; en los banquitos a la sombra de las encinas, a perder el tiempo, que yo a esas alturas ten&iacute;a en exceso como para derrochar. Esa tarde, mientras la luz d [...] ]]></description><content:encoded><![CDATA[<div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0;margin-right:0;text-align:center"> <a> <img src="http://www.peregrinosysusletras.net/uploads/7/8/6/9/78697460/dim_orig.jpg" alt="Picture" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%"></div> </div></div>  <div class="paragraph"><font color="#000000">Con motivo del D&iacute;a Internacional de la Mujer celebrado el pasado ocho de marzo, les ofrezco esta novela corta sobre una mujer abusada; una historia tantas veces repetida.<br /><br /><strong><font size="4">Encuentro en la plaza</font></strong></font><br /><br /><font color="#000000">La plaza era apenas un lugar de paso para casi todos los que transitaban por ella. S&oacute;lo algunos nos sent&aacute;bamos ah&iacute; en los banquitos a la sombra de las encinas, a perder el tiempo, que yo a esas alturas ten&iacute;a en exceso como para derrochar. Esa tarde, mientras la luz del sol se iba escurriendo lenta por las esquinas, s&oacute;lo yo mismo y las palomas que arrullaban a mi alrededor picoteando las migas que les iba tirando, est&aacute;bamos ah&iacute;, quiz&aacute;s porque ah&iacute; no hab&iacute;a nada. Tal vez por eso la recuerdo, porque no hab&iacute;a raz&oacute;n para que llegara y se quedara, vestida con un traje de tela liviana, de ese color que aqu&iacute; llamamos caf&eacute; y en otros lugares es marr&oacute;n. Sin embargo, y lo recuerdo bien, era caf&eacute;; del color del caf&eacute; e incluso ten&iacute;a el jaspeado de la espuma del caf&eacute; reci&eacute;n servido y hasta, a lo mejor, algunas volutas de humo, o de color humo como las del caf&eacute;, que se elevaban hasta uno de los hombros y desaparec&iacute;an bajo su pelo del color de la espuma. El corte, el estilo, la ca&iacute;da del traje eran elegantes. Tambi&eacute;n la cartera que colgaba de uno de sus hombros y quedaba bajo el brazo tostado y desnudo. Esta hac&iacute;a juego con los zapatos de altos tacos, que favorec&iacute;an su aspecto fino y longil&iacute;neo. Se sent&oacute; en un banquito, algo m&aacute;s all&aacute;, desde donde podr&iacute;a vigilar la llegada de casi cada transe&uacute;nte, sin embargo sus ojos casta&ntilde;os no hurgaron los senderos de la plaza, sino que, con precisi&oacute;n serena miraron sus manos de delgados dedos que se metieron en la cartera de donde sac&oacute; "Un sue&ntilde;o americano" de Norman Mailer. Sus ojos abstra&iacute;damente serenos se ocuparon en la lectura, despu&eacute;s de cruzar una pierna esbelta y torneada sobre la otra. Desde donde yo estaba pod&iacute;a imaginarla mejor en un sal&oacute;n que en esta plaza. Por todo esto creo que siempre la recuerdo.</font><br /><font color="#000000"><br />Fue extra&ntilde;o, quiz&aacute;s tanto como la llegada de ella. Ese hombre joven, aunque adulto, regularmente bien vestido, pero de aspecto casual, camin&oacute; desde una esquina de la plaza, con una mano en el bolsillo del pantal&oacute;n, con la decisi&oacute;n de cualquier transe&uacute;nte que cruzara por el camino m&aacute;s corto entre dos esquinas urbanas opuestas. Pas&oacute; delante m&iacute;o y pude ver que su mirada examinaba, a la joven que le&iacute;a a Mailer, con un aire dudoso. No obstante, pas&oacute; junto a ella sin disminuir el ritmo de sus pasos. Al pasar, apenas la mir&oacute; de manera incidental. La joven, por su parte, no levant&oacute; jam&aacute;s la vista del Sue&ntilde;o americano. Al llegar a la esquina opuesta, &eacute;l se detuvo. En ese momento tom&eacute; conciencia que vest&iacute;a una chaqueta de tweed cuadriculada en tonos casta&ntilde;os, un pantal&oacute;n impecablemente planchado de color gris oscuro y zapatos de color rojizo, a juego con la chaqueta. Usaba una camisa que a la distancia parec&iacute;a de color amarillo muy p&aacute;lido y no ten&iacute;a corbata. El corte de pelo impecable denotaba una persona ordenada y met&oacute;dica. Hizo alg&uacute;n amago de volver, pero se arrepinti&oacute; de inmediato. Se qued&oacute; un momento pensativo y luego enfil&oacute;, perdi&eacute;ndose, por la calle lateral a la plaza. Puedo asegurar que en todo ese tiempo la joven no levant&oacute; la vista del libro. Sin embargo cuando el hombre desapareci&oacute; en la esquina, ella, mientras pasaba una hoja del libro, que ten&iacute;a ya le&iacute;do a la mitad, recorri&oacute; la plaza con la vista. Adem&aacute;s de las palomas, est&aacute;bamos ella y yo. Se qued&oacute; un momento observando a las palomas alrededor de mis pies y de pronto, arrugando casi imperceptiblemente el ce&ntilde;o, me mir&oacute; fijamente. La impresionante serenidad de sus ojos me sobrecogi&oacute;. Creo que si hubiera sostenido su mirada sobre mi, otros diez segundos, habr&iacute;a dejado a las palomas y habr&iacute;a ido a compartir mi soledad infinita, por todo el resto de mi tiempo in&uacute;til, con ella; pero termin&oacute; de pasar la hoja del libro y baj&oacute;, otra vez, la vista sobre aquel sue&ntilde;o de Mailer.</font><br /><font color="#000000"><br />Mientras le&iacute;a a Mailer, mientras yo tiraba migas a las palomas, haci&eacute;ndolas correr de un lado a otro, me deleit&eacute; con sus piernas torneadas, con su hombros redondos, con las manos perfectas y largas, y sobre todo, con sus ojos de zorro de mirada tan serena. Al rato, despu&eacute;s de dar un rodeo en U por la manzana, el hombre de la chaqueta de tweed apareci&oacute; por la esquina adyacente de la plaza y volvi&oacute; a cruzarla en diagonal, de manera perpendicular a la forma en que antes lo hiciera. En alg&uacute;n momento sac&oacute; la mano del bolsillo y mir&oacute; la hora. Ahora caminaba m&aacute;s lentamente y salvo cuando consult&oacute; su reloj, mir&oacute; siempre a la joven del traje caf&eacute; y el pelo rubio, color espuma, que nunca pareci&oacute; prestarle atenci&oacute;n. Al llegar, nuevamente, a la esquina de la plaza, se detuvo indeciso. Nervioso dio unos pase&iacute;tos cortos hacia all&aacute; y ac&aacute;. Se detuvo, se meti&oacute; la otra mano al bolsillo del pantal&oacute;n, escudri&ntilde;o la plaza toda, fij&oacute; la vista en la joven, volvi&oacute; a mirar la hora, y dio otros pase&iacute;tos nerviosos. Al fin pareci&oacute; decidirse y atravesando la calle se perdi&oacute; junto con el sol que guardaba su &uacute;ltimo rayo.</font><br /><font color="#000000"><br />Ella no vest&iacute;a una blusa de color verde botella, ni llevaba en la mano una margarita amarilla. Tampoco se ve&iacute;a ansiosa como &eacute;l, sino, por el contrario, si algo de ella me result&oacute; inolvidable, fue su completa serenidad. Por su parte, &eacute;l no iba en mangas de camisa, ni esta era azul marino con gruesas l&iacute;neas blancas. Tampoco llevaba un libro gris, de tapas duras en la mano. Quiz&aacute;s por eso no se reconocieron. Quiz&aacute;s ninguno quer&iacute;a ser reconocido, pero s&iacute; esperaban, ambos, reconocer al otro. Sin embargo la joven nunca levant&oacute; la vista de la novela de Norman Mailer. O bien, creo que nunca lo sabr&eacute;, ninguno de ellos era el otro y ella, incluso, no esperaba a nadie. Mientras cavilaba sobre estas posibilidades u otras, mientras segu&iacute;a haciendo correr a las palomas de uno a otro lado con las &uacute;ltimas migas de pan, mientras el tiempo incansable segu&iacute;a escurriendo in&uacute;til, al menos para mi, y la joven, cada tanto, levantaba apenas sus ojos de zorrito que con tremenda serenidad abarcaban el paisaje, el hombre de la chaqueta de tweed tomaba una decisi&oacute;n definitiva. De repente volvi&oacute; a aparecer por la misma esquina que lo hab&iacute;a ocultado y se detuvo un solo instante para verificar que la mujer del vestido caf&eacute; a&uacute;n estaba sentada, leyendo en su banquito. En ese mismo momento yo fantaseaba con la posibilidad de levantarme y acercarme, para ofrecerle compa&ntilde;&iacute;a. S&oacute;lo la enorme duda del tiempo que nos separaba me hizo perder el instante justo y el hombre aquel emprendi&oacute; otra vez la marcha definitiva. Ella nunca lo mir&oacute;, ni siquiera cuando &eacute;l se sent&oacute;, finalmente, a su lado y le dijo algo que no alcanc&eacute; a escuchar entre el rumor del arrullo de los p&aacute;jaros a mis pies. S&oacute;lo sigui&oacute; leyendo. Sigui&oacute; por un buen rato, mientras crec&iacute;a mi admiraci&oacute;n por su actuar tan sereno. Creo que sigui&oacute; hasta que termin&oacute; el cap&iacute;tulo, mientras el otro la miraba convencido y a ratos esbozaba una especie de sonrisa nerviosa. En alg&uacute;n momento cre&iacute; haber escuchado que dec&iacute;a: "&iexcl;S&eacute; que eres t&uacute;!" y luego soltaba una d&eacute;bil risita nerviosa, pero ella continuaba, como si en ese momento Rojack estuviera asesinando a Deborah y resultara impensable abandonar la lectura. Sin embargo, al terminar el cap&iacute;tulo, o cuando lo consider&oacute; pertinente, quiz&aacute;s al final de un p&aacute;rrafo en p&aacute;gina par, sac&oacute; un marcador de cartulina que hab&iacute;a metido al final del libro y lo insert&oacute; en donde lo hab&iacute;a tenido abierto para la lectura. Cerr&oacute; sin prisa el libro y lo meti&oacute; en su cartera. Cerr&oacute; sin apuro la cartera, la puso al lado contrario del visitante y se tom&oacute; la mano izquierda con la derecha sobre el regazo. Despu&eacute;s lo miro con un gesto tranquilo, pero suavemente burl&oacute;n, subrayado por una m&iacute;nima sonrisa y le dijo algo que hizo sonrojarse al hombre. S&oacute;lo s&eacute; que &eacute;l contest&oacute;: "&iquest;Por qu&eacute;?".</font><br /><font color="#000000"><br />S&oacute;lo pude o&iacute;r frases sueltas que no me permiten reconstruir la conversaci&oacute;n. En alg&uacute;n momento, lleno de curiosidad, quise espantar a las palomas para quedarme a solas con esa escena que hubiera querido acompa&ntilde;ar de las voces. &iquest;Se conoc&iacute;an de alguna manera ese hombre y la joven? &iquest;Se hab&iacute;an hablado o escrito, pero sin llegar a conocerse f&iacute;sicamente? &iquest;Ten&iacute;an una cita concertada?. Quiz&aacute;s no. No lo s&eacute;. Tal vez ella s&oacute;lo hu&iacute;a de la bulla social de su hogar para leer y &eacute;l la hab&iacute;a visto al pasar y se hab&iacute;a enamorado, instant&aacute;neamente, lo mismo que yo, de su serenidad y elegancia natural. Como sea, doy fe que era primera vez que ambos visitaban este parquecito, en el que, desde hace mucho, daba de comer a las palomas y perd&iacute;a el tiempo que ya jam&aacute;s podr&iacute;a encontrar. Es que ya no me pertenec&iacute;a, o puede ser que yo ya no perteneciera al tiempo, sin saberlo. Es posible que s&oacute;lo tuviera la &uacute;ltima misi&oacute;n de ser testigo, y nada m&aacute;s que por eso me encontraba ah&iacute;. Es posible que fuera necesario que conociera aquel entorno desde ya mucho, para atestiguar que ellos se hab&iacute;an citado ah&iacute; s&oacute;lo por azar, o para dar fe que era primera vez que se juntaban en ese lugar. Nunca lo sabr&eacute; y hay tanto que uno no sabe. Ni siquiera s&eacute; si ellos habr&aacute;n reparado nunca en mi. Quiz&aacute;s nunca supieron, siquiera, de mi.</font><br /><font color="#000000"><br />Creo que &eacute;l, en todo momento intentaba acercarse a ella. Estoy seguro que su boca ligeramente gruesa y sensual, en contraste con una nariz muy fina, lo obsesionaba y s&oacute;lo pensaba en acercarse a ella, para llegar a morder, con suavidad y alegr&iacute;a, su labio inferior. Creo que incluso lo imaginaba. S&oacute;lo lo deten&iacute;a su mirada de zorrito. No obstante ella percib&iacute;a sus intenciones y mientras lo congelaba con la serenidad de su mirada, le coqueteaba con el gesto sensual de la boca. Si yo hubiera estado ah&iacute;, frente a ella, ya la habr&iacute;a besado y mordido con avidez. Por lo dem&aacute;s ten&iacute;a, en su vestido un escote que si bien no era profundo ni provocativo, en su corte elegante dejaba ver el perfil de su cuello, largo, hasta la divisi&oacute;n de los pechos que pod&iacute;an adivinarse bajo la l&iacute;nea sutil del g&eacute;nero liviano. Si estuviera ah&iacute;, ya habr&iacute;a tomado, con suavidad y sonrisa, esos pechos exquisitos. Tal vez ella percib&iacute;a mis deseos a la distancia, o los de aquel hombre coincid&iacute;an con los m&iacute;os y ella al notarlo levant&oacute; la mano y toc&oacute; suavemente el v&eacute;rtice de la l&iacute;nea, apenas marcada, que divid&iacute;a sus senos y tomo, delicadamente entre sus dedos una crucecita de plata, que colgaba de una cadena y descansaba ah&iacute;. Mientras regalaba una sonrisa se llev&oacute; la cruz hasta los labios y comprimi&oacute; su vertical con ellos. El alarg&oacute; su mano y tom&oacute; la crucecita de entre sus labios y sus dedos y tirando suavemente acerc&oacute; su boca a la propia, en actitud evidente. Cuando ambas bocas se acercaron, ya llenas de aparente intenci&oacute;n, &eacute;l cerr&oacute; los ojos y soltando la cruz amag&oacute; a rodearla con los brazos. Ella solt&oacute; una risa suave y alegre e interpuso su mano entre ambas bocas, hasta atajar el amago. En alg&uacute;n silencio del arrullo de las palomas la escuch&eacute; decir: "&iexcl;A&uacute;n no!". El abri&oacute; los ojos y volvi&oacute; a enrojecer mientras arrugaba el ce&ntilde;o. "&iquest;Por qu&eacute;?" pregunt&oacute;. "Aqu&iacute;: No" dijo ella y se alej&oacute; mientras las manos de &eacute;l resbalaban, vencidas, sobre sus brazos. Al fin terminaron tomando las de ella y mir&aacute;ndolas dijo, con voz que me pareci&oacute; entrecortada, aunque puede ser debido al ruido que sobrepon&iacute;an las palomas: "Entonces v&aacute;monos a otro sitio". "No" dijo ella. "Creo que no es bueno. Tal vez otro d&iacute;a. Hoy conversemos: &iexcl;Est&aacute; tan agradable!".</font><br /><font color="#000000"><br />Cuando la luz casi se iba, las palomas comenzaron a retirarse. Fueron emprendiendo vuelo hacia alg&uacute;n lugar, hasta que solo qued&oacute; un par rezagado. Entonces, antes que la penumbra ocultara todas las siluetas de la tarde, de pronto, se encendieron los faroles del parque y aquellas &uacute;ltimas palomas volaron. O&iacute; que ella dec&iacute;a que no hab&iacute;a sentido c&oacute;mo hab&iacute;a pasado el tiempo y se hab&iacute;a venido la noche: "Ya es tarde" agreg&oacute; y se levant&oacute; liberando sus manos que el manten&iacute;a entre las suyas. Bes&oacute; la punta de sus dedos y los pos&oacute; sobre la boca de &eacute;l. Despu&eacute;s agreg&oacute;: "Por hoy, no me sigas" y girando camin&oacute; hacia mi. Al pasar a mi lado esboz&oacute; la sombra de una sonrisa que me llen&oacute; de complicidad e inclin&oacute; casi imperceptiblemente la cabeza. Le contest&eacute; con un gui&ntilde;o de ambos ojos. Tal vez s&oacute;lo fue mi deseo, mi ilusi&oacute;n, y no ocurri&oacute; as&iacute;. Pero s&iacute; sucedi&oacute; que el hombre se levant&oacute; despu&eacute;s de un momento, cre&iacute; que con cierta premura y con af&aacute;n de seguirla, a pesar de todo. Tambi&eacute;n pas&oacute; a mi lado, pero con la vista fija en la figura elegante de ella que ya se perd&iacute;a en el &uacute;ltimo recodo de la esquina de la plaza. Lo detuve. Le pregunt&eacute; la hora. Intent&oacute; seguir mientras me lanzaba al aire la respuesta de su reloj. Lo tom&eacute; de un brazo y lo interrogu&eacute;: "&iquest;Est&aacute; seguro?. No puede haberse hecho tan tarde". Fue suficiente para que la joven se perdiera en la noche que se precipitaba por todas las esquinas. "&iexcl;Maldita sea!" me dijo y me dio un empuj&oacute;n liber&aacute;ndose, pero era tarde. Ya no la pudo encontrar. Lo vi all&aacute; en el fondo mirando con desesperaci&oacute;n, sin encontrar la huella de la mujer, hasta que emprendi&oacute; un camino diferente, con ambas manos en los bolsillos del pantal&oacute;n, caminando lentamente.</font><br /><font color="#000000"><br />Ojal&aacute; al impedir que la alcanzara, ese d&iacute;a, hubiera evitado que la volviera a ver otra vez: Pero no fue as&iacute;. Y a pesar de eso, en modo alguno era esa mi intenci&oacute;n, sino s&oacute;lo impedir que ahora la siguiera, como hab&iacute;a pedido ella. Quiz&aacute;s ya hab&iacute;an concertado otra cita, o bien estaban en contacto de alguna manera que les permiti&oacute; volver a verse. Se vieron muchas veces, algunas de las cuales fueron en esta misma plaza y en aquel mismo banco. Ella siempre llegaba antes y le&iacute;a mientras lo esperaba. Conversaban hasta que comenzaba a oscurecer y entonces ella part&iacute;a sola, despu&eacute;s de besarse la punta de los dedos y posarlos en la boca de &eacute;l. &Eacute;l s&oacute;lo la miraba alejarse hasta que se perd&iacute;a en la oscuridad de la esquina y entonces se levantaba y part&iacute;a detr&aacute;s de su rumbo, con las manos en los bolsillos y la mirada baja. Pero alg&uacute;n d&iacute;a ya no volvieron m&aacute;s. Ese d&iacute;a ella le hab&iacute;a dicho: "Ven a buscarme a mi casa". Se quedaron ah&iacute;, en la intimidad y ella acept&oacute; las caricias que hac&iacute;a mucho &eacute;l deseaba hacer. As&iacute; sucedi&oacute; despu&eacute;s, muchas veces, hasta que ella crey&oacute; que &eacute;l la amaba. &Eacute;l siempre asegur&oacute; que lo hac&iacute;a, aunque no s&eacute; si llamarle, a eso, amor, o quiz&aacute;s s&oacute;lo obsesi&oacute;n. No s&eacute;.</font><br /><font color="#000000"><br />Alg&uacute;n d&iacute;a, ya no recuerdo exactamente cu&aacute;ndo sucedi&oacute;, &eacute;l s&oacute;lo se qued&oacute; ah&iacute;. Hasta entonces siempre se iba y ambos ten&iacute;an una vida propia. Ella no lo invit&oacute;, no se lo pidi&oacute;. S&oacute;lo sucedi&oacute;. Ese d&iacute;a cualquiera, s&oacute;lo no se fue. Al d&iacute;a siguiente a&uacute;n estaba ah&iacute; y a ella no le sorprendi&oacute; que as&iacute; fuera, despu&eacute;s de tanto tiempo. Quiz&aacute;s, incluso, ella se sinti&oacute;, ahora, m&aacute;s segura de &eacute;l. No lo s&eacute;. A partir de ese d&iacute;a tuvieron una vida juntos, porque &eacute;l lentamente se traslad&oacute; a la casa de ella, hasta que esta se transform&oacute; en la de ambos. Hay tantas parejas que as&iacute;, de esta manera, casi imperceptiblemente, poco a poco, van formando una vida definitiva y terminan recorriendo juntos un destino com&uacute;n. A veces, en aquella plaza, sentado, viendo corretear a las palomas tras las migas de pan que les voy arrojando, entre sus revuelos y arrullos, veo el paseo de dos viejos, como yo, o en ocasiones m&aacute;s, tomados del brazo, con la vista puesta en la lejan&iacute;a donde se proyectan los sue&ntilde;os, que quiz&aacute;s nunca alcanzaron, sobre el color de plata de los cristales de las ventanas de los edificios que se pierden en el horizonte. &iquest;Cu&aacute;ntas de esas parejas se fueron forjando del mismo modo? &iquest;Cu&aacute;ntas comenzaron en el paseo casual de una plaza? &iquest;O en un encuentro concertado como una aventura de solitarios? &iquest;Cu&aacute;ntas se construyeron sin acuerdo previo, porque un d&iacute;a cualquiera, sin saber por qu&eacute;, no volvieron a separarse m&aacute;s?. A veces, cuando me pregunto estas cosas pienso que soy ese &uacute;ltimo rom&aacute;ntico de la canci&oacute;n, que dice que hasta se emociona al ver a dos palomas que se besan en la plaza, a despecho de la gente que les puede hacer da&ntilde;o, al pasar con tanta prisa. Pero creo que las plazas producen ese romance absurdo y loco, y por eso, siempre, en cada una hay una muchacha y un polic&iacute;a que se enamoran a escondidas y hacen las tardes m&aacute;s tibias y las primaveras m&aacute;s perfumadas.</font><br /><font color="#000000"><br />As&iacute; sucedi&oacute;, pero ellos ya hac&iacute;a mucho que no visitaban ninguna plaza. S&oacute;lo viv&iacute;an, escondidos, o al menos ocultos a muchas y tantas miradas, su amor, quiz&aacute;s lleno de pasiones y arrebatos. Cuando as&iacute; fue, &eacute;l sal&iacute;a por las ma&ntilde;anas a su trabajo y volv&iacute;a por las tardes, sonriendo y con apuro. Ella con su porte elegante y su mirada serena, de ojos casi oblicuos, como de zorro, sab&iacute;a llegar antes a casa, para tener, quiz&aacute;s, el nido preparado o s&oacute;lo para estar antes por que as&iacute; era bueno. Tantas veces as&iacute; lo hacen las mujeres, tal vez en la esperanza que alg&uacute;n d&iacute;a se los vea, ya viejos y dulcemente marchitos, pasar del brazo por las plazas, entre el arrullo de las palomas que corren tras las migas de pan que le voy arrojando. &iquest;Quien no atesora, de alg&uacute;n tonto modo, ese est&uacute;pido sue&ntilde;o?. Sin embargo, a veces, s&oacute;lo basta que aquel jueves, o quiz&aacute;s un martes, ella se atrase y &eacute;l la espere, como ella misma, muchas veces lo hizo, dos horas o a lo mejor s&oacute;lo parezcan dos horas y su explicaci&oacute;n no sea de inmediato clara o satisfactoria. Es posible que nunca tenga importancia una explicaci&oacute;n. S&oacute;lo tiene importancia cuando no se la cree. A veces ni aun es as&iacute;. En ocasiones s&oacute;lo es importante una situaci&oacute;n fortuita, anexa, que altera el &aacute;nimo y es suficiente para mover alg&uacute;n hilo misterioso del raciocinio o de la emoci&oacute;n, que comienza a configurar una red perniciosa de desencuentros.</font><br /><font color="#000000"><br />Ese d&iacute;a jueves, o quiz&aacute;s martes, sin raz&oacute;n alguna, &eacute;l se adelant&oacute; y lleg&oacute; como siempre, sonriente, asumiendo que era ya esperado y que todo en casa estar&iacute;a preparado, como era menester, para &eacute;l. Salud&oacute;, seguramente, como siempre desde la puerta reci&eacute;n abierta: "&iexcl;Hola! &iexcl;Aqu&iacute; est&aacute; el Papo!". Esper&oacute;, detenido en el umbral, el eco de siempre, que contestaba desde la cocina: "&iexcl;Hola! Est&aacute; listo el tecito y tengo pan tostado". Pero el eco no llego, como estaba escrito que ten&iacute;a que ser cualquier martes o alg&uacute;n jueves. Alg&uacute;n d&iacute;a ten&iacute;a que suceder por primera vez. Cerr&oacute;, con cierta inquietud, la puerta de mampara y busc&oacute; detr&aacute;s de cada una de las otras que hab&iacute;a en el lugar, in&uacute;tilmente. Entonces se sent&oacute; en el estar, en silencio; en inquieto silencio. El silencio inquieto se fue haciendo agobiante en la medida del paso del tiempo. Tal vez s&oacute;lo por eso, porque jam&aacute;s le&iacute;a libros, y s&oacute;lo por agotar el tiempo que se hac&iacute;a infinito por delante, a&uacute;n cuando no era m&aacute;s largo que el de siempre, se acerc&oacute; a ese estante que para &eacute;l fue, hasta entonces, un rinc&oacute;n inerte y arranc&oacute; con impaciencia un tomo delgado de los muchos que ella ten&iacute;a ah&iacute;. Pas&oacute;, aceleradamente las p&aacute;ginas, quiz&aacute;s esperando en alg&uacute;n absurdo rinc&oacute;n de su mente que de ellas saltare cualquier idea rara, que disolviera su ansiedad. Como no fue as&iacute;, se sent&oacute; en el sill&oacute;n de la esquina, cruz&oacute; una pierna sobre la otra, y eligi&oacute; una p&aacute;gina cualquiera donde ley&oacute; c&oacute;mo Stephen Rojack, con torpe y refinada violencia le romp&iacute;a el cuello a su mujer. Algo en la lectura le produjo asco y repulsi&oacute;n. Cerr&oacute; el libro, manteniendo su dedo &iacute;ndice metido en la p&aacute;gina del asesinato y recorri&oacute; lentamente la tapa de colores: "Norman Mailer; Un sue&ntilde;o americano". Record&oacute; vagamente, entonces, que ella le&iacute;a ese libro cuando la conoci&oacute;. Crey&oacute; que eso hab&iacute;a acentuado la repulsi&oacute;n que hab&iacute;a sentido al leer el asesinato y reflexion&oacute; que extra&ntilde;amente su asco no se refer&iacute;a al hecho del crimen, sino a la culpa de aquella est&uacute;pida mujer, elegante y rica, que la hab&iacute;a llevado a ser asesinada. "Nunca una mujer puede ser as&iacute;" se dijo a s&iacute; mismo. Se levant&oacute; entonces, con el libro en la mano, marcado con su dedo &iacute;ndice en la escena del crimen, y se asom&oacute; a una ventana que daba a la calle. En ese momento un taxi, detenido frente a la puerta, dejaba a su mujer. Ella pareci&oacute; mirar al interior del veh&iacute;culo y decir algo, mientras sonre&iacute;a; algo que &eacute;l jam&aacute;s podr&iacute;a haber escuchado y nunca llegar&iacute;a a saber. Cerr&oacute; la puerta del taxi y este emprendi&oacute; la marcha. Ella mir&oacute;, quiz&aacute;s eventualmente, como se alejaba. &Eacute;l no alcanz&oacute; a ver si al interior del autom&oacute;vil iba otro pasajero, o s&oacute;lo el chofer. Tampoco supo por qu&eacute; construy&oacute; en su propia mente la idea que alguien iba sentado atr&aacute;s y esbozaba una se&ntilde;a mientras el veh&iacute;culo se alejaba, porque en ning&uacute;n caso vio a nadie. Pero entonces: &iquest;Por qu&eacute; ella sonri&oacute; hacia el interior, al bajarse? &iquest;Y por qu&eacute; se qued&oacute; mirando c&oacute;mo se alejaba? S&iacute;. Era seguro que alguien iba en el asiento trasero y le hab&iacute;a hecho se&ntilde;as al irse. &iquest;Qui&eacute;n era? &iquest;Por qu&eacute; iba con &eacute;l?. Tir&oacute; el libro sobre el estante y se volvi&oacute; a sentar, hosco, en el sill&oacute;n de la esquina. No pod&iacute;a quitarse la idea de la mujer asesinada y su culpa, de la cabeza. Conjug&oacute;, creo que sin saberlo, ambas culpas. La de Deborah y la que endilg&oacute; a su propia mujer. Ambas dieron realidad y condena a la traici&oacute;n que sinti&oacute; que se le hab&iacute;a hecho.</font><br /><font color="#000000"><br />Ella abri&oacute; la puerta y lo vio ah&iacute; sentado, r&iacute;gido y serio, y se sorprendi&oacute;. Dijo: "&iexcl;Hola! &iexcl;Llegaste temprano!" y mir&oacute; su relojito, casi distra&iacute;da. No era mucho m&aacute;s tarde que de costumbre, sino por el contrario, s&oacute;lo era algo temprano para que &eacute;l ya estuviera aqu&iacute;. "&iexcl;Bah!" agreg&oacute;, "&iquest;Parece que me atras&eacute; un poco?". A la vez pens&oacute; vagamente que no era cierto, casi siempre llegaba a esta hora, sin embargo, como hab&iacute;a estado algo atrasada hab&iacute;a tomado un taxi para llegar antes que &eacute;l. "&iquest;C&oacute;mo es que llegaste tan temprano?" concluy&oacute;. El sinti&oacute; que algo le herv&iacute;a al interior del pecho, especialmente porque ella fing&iacute;a, a pesar que &eacute;l hab&iacute;a visto que alguien la acompa&ntilde;aba. Prefiri&oacute; no decir nada, sino darle la oportunidad que ella sola confesara, aunque sent&iacute;a, en ese momento, que la odiaba con intensidad. Ella era culpable y por eso, Rojack la hab&iacute;an asesinado. "&iquest;Donde andabas?" pregunt&oacute; perentorio. Se encogi&oacute; de hombros y mene&oacute; la cabeza, como si no comprendiera la pregunta: "En el trabajo" dijo con sorpresa que a &eacute;l le pareci&oacute; sospechosa. Ella se acerc&oacute; a saludarlo y &eacute;l volvi&oacute; a interrogar: "&iquest;Y por qu&eacute; andas tan elegante?". Se mir&oacute; a s&iacute; misma. Ten&iacute;a puesto el mismo vestido caf&eacute; con visos color espuma que cuando lo conoci&oacute;. Sonri&oacute; mientras se besaba la punta de los dedos, los acerc&oacute;, despu&eacute;s, a los labios de &eacute;l y dijo: "&iquest;T&uacute; crees?". &Eacute;l apart&oacute; la mano que le tra&iacute;a el saludo, con cierta violencia. "&iquest;Qui&eacute;n te vino a dejar?" pregunt&oacute; a su vez. "Nadie" respondi&oacute; sorprendida y ahora molesta por la sospecha que present&iacute;a.<br /><br />- Llegaste en taxi - asegur&oacute;, molesto -, &iquest;qui&eacute;n ven&iacute;a contigo?.<br /><br />- &iexcl;Nadie!. &iquest;Qu&eacute; te pasa?.<br /><br />- Vi que te desped&iacute;as de alguien. Alguien te hac&iacute;a se&ntilde;as desde ese taxi.<br /><br />- &iexcl;Est&aacute;s loco! Ven&iacute;a algo tarde y tom&eacute; un taxi: &iexcl;Sola!.<br /><br />- Y entonces: &iquest;Por qu&eacute; te pusiste ese vestido?<br /><br />- &iquest;Qu&eacute; tiene este vestido? Muchas veces lo uso.<br /><br />- No lo usabas desde que te conoc&iacute;. Lo usaste para conocerme. &iquest;Por qu&eacute; te lo pones ahora? Fuiste a encontrarte con alguien. Por eso llegas tarde y vestida para salir.<br /><br />Ella retrocedi&oacute;, como si la agresi&oacute;n verbal la empujara, mientras sent&iacute;a que se le pon&iacute;an r&iacute;gidos los m&uacute;sculos del cuello y los hombros. Como una luz fugaz, tuvo la sensaci&oacute;n de un pensamiento, sin siquiera llegar a verbalizarlo: "Esta es mi casa, el se meti&oacute; y se qued&oacute; sin que lo invitara y yo lo acept&eacute;. Pero jam&aacute;s ser&aacute; el due&ntilde;o aqu&iacute;". Entonces dijo:<br /><br />- Mira; no eres nada m&iacute;o y estas en mi casa. Si te gusta lo que hay: &iexcl;Bien! En caso contrario te vas &iquest;Lo entiendes?.<br /><br />&Eacute;l sinti&oacute; que no ten&iacute;a una respuesta racional a eso, pero la rabia lo envolv&iacute;a. "&iquest;Qu&eacute; se cree?" le dijo su ira: "&iexcl;Aqu&iacute; se va a hacer lo que yo diga!". A la vez la raz&oacute;n bloqueaba esa respuesta aumentando su ofuscaci&oacute;n. Se puso de pie y avanz&oacute; hacia ella crispando los pu&ntilde;os: Quer&iacute;a golpearla. "No le permitir&eacute; que me humille. Ninguna mujer me va a humillar" le repet&iacute;a su ira. Estir&oacute; con extrema tensi&oacute;n el dedo &iacute;ndice y le golpe&oacute; el pecho, sobre la cruz plateada que brillaba justo encima de la divisi&oacute;n de sus senos, mientras dijo con los dientes apretados:<br /><br />- Si me voy, &iexcl;enti&eacute;ndelo!, no vuelvo m&aacute;s. Jam&aacute;s cruzar&eacute; esa puerta - la se&ntilde;al&oacute; con el &iacute;ndice de la otra mano, sin dejar de darle golpecitos en el pecho - como un perdedor: &iquest;Te queda claro?.<br /><br />La agresi&oacute;n, ya f&iacute;sica, la hizo retroceder hasta que tropez&oacute; con un sill&oacute;n, en el que cay&oacute; desordenadamente sentada. Tuvo miedo que la desventaja en que quedaba, ahora, a una altura inferior y atrapada en el sill&oacute;n, lo animara a golpearla en el rostro, de modo que gimiendo se cubri&oacute; con los brazos doblados a la altura del codo para quedar plenamente protegida. &Eacute;l la vio, ahora, tan fr&aacute;gil y sometida, que un impulso interior le dijo: "&iexcl;P&eacute;gale!", pero alg&uacute;n rinc&oacute;n afortunado de su raciocinio se opuso. Hab&iacute;a alcanzado a levantar la mano empu&ntilde;ada. Hab&iacute;a prefigurado el golpe, cayendo en su rostro y el llanto posterior, d&eacute;bil, sumiso, que la sujetaba a su poder, todo en una fracci&oacute;n infinitesimal de tiempo. Hab&iacute;a sentido toda la adrenalina que le permitir&iacute;a descargar el golpe y el abuso; pero se retuvo tembloroso. Dijo:<br /><br />- No soy un maldito maric&oacute;n que le pega a las mujeres -. Y bajando los brazos camin&oacute; hasta la puerta y sali&oacute;, dej&aacute;ndola abierta.<br /><br />Ella solloz&oacute; un largo rato acurrucada en el sill&oacute;n, sin corregir la posici&oacute;n, inc&oacute;moda, en que hab&iacute;a ca&iacute;do. Despu&eacute;s de mucho rato mir&oacute; la puerta abierta y sinti&oacute; un terror irracional. Se levant&oacute; corriendo y la cerr&oacute;. Busc&oacute; su cartera, sac&oacute; las llaves y le dio dos vueltas a la chapa de seguridad. Cuando volvi&oacute; a dejar la cartera sobre el estante de libros vio el Sue&ntilde;o Americano de Norman Mailer, abierto boca abajo. Lo tom&oacute; y ley&oacute; la escena en que Stephen Rojack le parte el cuello a su ex esposa, Deborah. Sinti&oacute; que una corriente se deslizaba por su espalda y lo cerr&oacute; de golpe, como si de esa manera exorcizara la violencia que sent&iacute;a escapar de las p&aacute;ginas.</font><br /><font color="#000000"><br />Acostumbraba dormir de espaldas. Y desde que &eacute;l dorm&iacute;a en su cama, lo hac&iacute;a semicruzado sobre ella. Ahora sent&iacute;a el agobio de las sensaciones enredadas de ausencia y temor, de alivio y angustia, que no la dejaban conciliar el sue&ntilde;o. Pensamientos breves, casi como im&aacute;genes instant&aacute;neas, la acosaban mientras manten&iacute;a la vista fija en la penumbra tras las cortinas de su ventana y los brazos cruzados, con las manos metidas en las axilas. Percib&iacute;a una tensi&oacute;n de todos los m&uacute;sculos casi dolorosa y sent&iacute;a un raro fr&iacute;o, como si estuviera recostada sobre hielo. S&oacute;lo una tibia desaz&oacute;n le revolv&iacute;a el pecho. As&iacute; estuvo un tiempo infinito, hasta que la venci&oacute; el sue&ntilde;o en alg&uacute;n momento imperceptible. En sue&ntilde;os ve&iacute;a su cara amenazadora, acercarse con el dedo &iacute;ndice adelantado, que la golpeaba, hiri&eacute;ndola como un estilete: "&iexcl;Jam&aacute;s!" le gritaba ese rostro desencajado. Entonces se revolv&iacute;a y se escond&iacute;a al interior de s&iacute; misma, enrosc&aacute;ndose como un feto, mientras proteg&iacute;a su cabeza con las manos. As&iacute;, de alguna manera esa cara y el dedo amenazante se convert&iacute;an en una agresi&oacute;n audible: Alguien golpeaba con fuerza inusitada, de modo r&iacute;tmico, una, dos, tres veces y luego ven&iacute;a un silencio breve y cargado de amenazas. Despu&eacute;s volv&iacute;an los golpes: Uno, dos, tres violentos golpes detr&aacute;s de los cuales una voz poderosa pero confusa parec&iacute;a decir: "&iexcl;Soy yo! &iexcl;Soy yo!". De repente sinti&oacute; terror: La puerta se abrir&iacute;a en cualquier momento. Oy&oacute; por tercera vez los golpes: Un golpe, dos tres y detr&aacute;s la voz n&iacute;tida: "&iexcl;&Aacute;breme!". Despert&oacute; enroscada sobre s&iacute; misma y empapada de transpiraci&oacute;n, no por los golpes ni por la voz, sino por escapar de aquella horrible pesadilla. La noche estaba silenciosa y sinti&oacute; fr&iacute;o en la espalda mojada de sudor. De repente alguien golpe&oacute; con esc&aacute;ndalo los vidrios de la ventana que estaba detr&aacute;s de ella: "&iexcl;&Aacute;breme la puerta! &iexcl;Soy yo!". Ella no se movi&oacute;: Simulaba dormir, con los ojos muy apretados y en su sue&ntilde;o falso daba gracias por los barrotes que proteg&iacute;an la ventana. &Eacute;l volvi&oacute; a golpear los vidrios, a&uacute;n m&aacute;s fuerte de modo insistente: "&iexcl;Perd&oacute;name!" dec&iacute;a. "Estaba muy ofuscado. Por favor perd&oacute;name. No me dejes afuera, te lo suplico". Ella no se mov&iacute;a. Ten&iacute;a miedo que, a pesar de las espesas cortinas que hab&iacute;a tras el vidrio, &eacute;l pudiera verla moverse y supiera que estaba despierta. Si as&iacute; fuera, tendr&iacute;a que abrirle. No podr&iacute;a, entonces, dejarlo afuera y ten&iacute;a mucho miedo. Recordaba la escena, que le parec&iacute;a ver, de Stephen Rojack descoyuntando las v&eacute;rtebras del cuello de Deborah. Al fin los golpes cesaron y la noche se llen&oacute; de silencio; de ese silencio pleno de suaves crujidos, de tenues murmullos, donde el umbral entre lo o&iacute;do y el miedo es tan amplio y tan fino, que se cree estar rodeado de amenazas y a merced del enemigo. No pod&iacute;a moverse, paralizada por el miedo a delatarse. Cre&iacute;a o&iacute;r que la puerta se abr&iacute;a sigilosa y que alguien se deslizaba, amenazante. Su &aacute;nimo hab&iacute;a retrocedido hasta esa ni&ntilde;a que no es capaz de distinguir entre la realidad y la fantas&iacute;a que nace del terror; hasta esa ni&ntilde;a que llena de p&aacute;nico, indefensa, cierra y aprieta los ojos para hacerse invisible; para desaparecer. As&iacute; estuvo durante la eternidad que limita en el cansancio que vence, y una vez vencida, los sue&ntilde;os llenos de presagios y amenazas aceleran el coraz&oacute;n llenando los m&uacute;sculos de fatiga, hasta el amanecer.</font><br /><font color="#000000"><br />No quer&iacute;a salir. Aunque el d&iacute;a estaba luminoso y la llegada de la primavera lo inundaba de aromas y colores, percib&iacute;a cierta tristeza en el ambiente y un profundo temor, todo lo cual unido al cansancio de la noche llena de pesadillas la cargaba con una vaga sensaci&oacute;n de inercia y dejadez en el pecho. Pero era necesario. Estuvo largo rato bajo el chorro de la ducha, despu&eacute;s se mir&oacute;, casi eternamente, detr&aacute;s del vapor que empa&ntilde;aba el espejo, hasta que este se fue disipando y aclar&oacute; su propio rostro y cuerpo como si fueran de cera que se va derritiendo con dejadez. En algo, cre&iacute;a, se ocupaba su pensamiento, pero ella misma s&oacute;lo alcanzaba a captar ciertas ideas sueltas: "No quiero", por ejemplo, pero no alcanzaba a comprender qu&eacute; era lo que no quer&iacute;a. De repente, como un p&aacute;jaro perdido, que atraviesa el cielo gris del atardecer, pasaba aleteando, no la palabra, sino el sentimiento: "Fracaso". S&iacute;. Sab&iacute;a cu&aacute;l era ese fracaso, como cuando se sabe el nombre del pajarote que atraviesa, solitario y agorero, el cielo, pero no se sabe por qu&eacute; lo hace, ni por qu&eacute; va solo. En esa tonalidad del &aacute;nimo se visti&oacute;, como si las ropas resbalaran est&uacute;pidamente por su torso, por sus piernas, guiadas por un peso lev&iacute;simo pero inexorable. As&iacute; transcurri&oacute; ese trozo de ma&ntilde;ana que siempre parec&iacute;a previo, casi, a la existencia del d&iacute;a, como si fuera, apenas, un breve anuncio y ahora quisiera que fuera todo y para siempre o nunca. Inevitable lleg&oacute; el momento de salir.</font><br /><font color="#000000"><br />Sent&iacute;a circular por su pecho los fluidos de la urgencia y el miedo, en una alerta casi dolorosa, que la hac&iacute;a temer la aparici&oacute;n de amenazas desde cualquier direcci&oacute;n. Apresur&oacute; el paso casi hasta correr. Finalmente lleg&oacute; a la avenida principal donde abord&oacute; cualquier veh&iacute;culo que la sacara del &aacute;rea de amenaza. Se sent&oacute; exhausta y con la respiraci&oacute;n agitada. Le parec&iacute;a que todos pod&iacute;an ver su miedo y casi percib&iacute;a el roce de las miradas que enjuiciaban su huida. Se sent&iacute;a una pr&oacute;fuga e irracionalmente pensaba que cualquiera de todos esos ojos que la miraban pod&iacute;an ser sus delatores, aunque sab&iacute;a que era absurdo; pero todos la miraban. Por fin lleg&oacute; a su destino, pero ah&iacute; no pudo abstraerse del temor de ser agredida que la asaltaba en todo momento y no le permit&iacute;a concentrarse en su trabajo. Ese d&iacute;a fue el m&aacute;s largo que jam&aacute;s viviera y sin embargo no quer&iacute;a verlo concluir. Cuando al fin termin&oacute;, sinti&oacute; p&aacute;nico de volver a enfrentar la calle, donde cualquier persona pod&iacute;a ser la amenaza temida, cualquier esquina pod&iacute;a tener detr&aacute;s, agazapado a su agresor. Subi&oacute; a un bus y recorri&oacute; el trayecto arrinconada en un asiento del fondo, sin mirar a los otros pasajeros y sin atreverse a mirar la calle por la ventanilla, como si de este modo quedara oculta de las amenazas. Mientras tanto, todos los ojos la miraban y si se cruzaban con los suyos, al menos descubr&iacute;an, de inmediato, que era culpable, que hu&iacute;a de algo, que estaba atrozmente amenazada. Baj&oacute; del bus y corri&oacute; las cuadras que la separaban de su casa mirando el suelo para hacerse invisible. Tal vez quienes se cruzaron con ella la quedaron mirando. "De seguro lo hacen" se dijo. Alcanz&oacute; su destino y aceler&oacute;, entonces, su premura: Era el momento m&aacute;s peligroso. Si abr&iacute;a la puerta y era sorprendida, &eacute;l entrar&iacute;a tras ella y quedar&iacute;a, por fin, a su merced. Entr&oacute; sin mirar y sin girar para ver lo que hac&iacute;a empuj&oacute; la puerta y la cerr&oacute; de golpe: Ya estaba a salvo, hasta el d&iacute;a siguiente. As&iacute; transcurrieron dos, cuatro, diez d&iacute;as en los cuales fue volviendo la calma.</font><br /><font color="#000000">Aquel mi&eacute;rcoles, &iquest;o pudo ser el martes?, lleg&oacute; a su casa casi tranquila. A&uacute;n miraba alrededor, todav&iacute;a a veces sent&iacute;a una mirada clavada, que se desviaba apenas la buscaba, a&uacute;n recordaba con temor, por las noches, los golpes en su ventana; pero tambi&eacute;n, cuando se quedaba pensando en ello, recordaba la s&uacute;plica que entonces s&oacute;lo le produjo temor: "&iexcl;Por favor perd&oacute;name!. No me dejes afuera, te lo suplico". S&iacute;. A veces en los largos viajes en bus hacia el trabajo o de vuelta a su casa, sentada, mirando, distra&iacute;da, c&oacute;mo pasaba la gente por las veredas, la mayor&iacute;a solos, la mayor&iacute;a apurados, grises, ausentes, neutros, mientras unos pocos parec&iacute;an felices, en pareja, tomados de las manos o abrazados. Algunos sonre&iacute;an y conversaban, detenidos en una esquina. En algunos lugares se ve&iacute;a mesas en las veredas, donde hab&iacute;a gente que parec&iacute;a disfrutar, alegre, de la compa&ntilde;&iacute;a de los otros. Entonces se sent&iacute;a sola, aislada, y lo echaba de menos. "A lo mejor s&oacute;lo se equivoc&oacute;" pensaba entonces. "Nunca hab&iacute;a sido as&iacute;" se dec&iacute;a y se quedaba cavilando en si no habr&iacute;a sido injusta. En fin, no importa si era martes o viernes, igual que cada d&iacute;a, busc&oacute; en su cartera las llaves de la casa antes de bajar del bus, de manera de llevarlas en la mano. Se hab&iacute;a acostumbrado a hacerlo as&iacute; para no demorarse en abrir la puerta, entrar en la casa y cerrar r&aacute;pidamente con dos vueltas de llave la chapa de seguridad y echar la aldaba. A mitad de camino entre el bus y su casa sinti&oacute; una sensaci&oacute;n extra&ntilde;a, como si alguien invisible la vigilara desde alg&uacute;n rinc&oacute;n. Mir&oacute; en todas direcciones. Desde una casa a su derecha unos ojos la miraban detr&aacute;s de una cortina levemente apartada. Apenas los descubri&oacute;, la cortina se cerr&oacute; ocult&aacute;ndolos. No significaba nada, pero sinti&oacute; miedo; un miedo irracional, y apur&oacute; el paso. La callecita, angosta, flanqueada de aromos ten&iacute;a un perfume pesado, como si las flores de los &aacute;rboles insistieran en su primavera, hasta hacerla demasiado dulce y amenazante. Quiz&aacute;s por eso estaba tan solitaria. Tal vez tantas flores peque&ntilde;itas y amarillas, colgando de las ramas y alfombrando el suelo, escond&iacute;an a la gente. El atardecer con sus primeros rayos tan oblicuos extend&iacute;a sombras melanc&oacute;licas que hac&iacute;an esa soledad m&aacute;s ominosa. Cuanto m&aacute;s apretaba el paso, m&aacute;s sola se sent&iacute;a, m&aacute;s aumentaba el temor y m&aacute;s absurdo le parec&iacute;a sentir que la distancia hasta la seguridad de su casa era m&aacute;s y m&aacute;s larga. Al fin lleg&oacute; al umbral promisorio de su puerta. Entonces mir&oacute; alrededor y ahora se alegr&oacute; de la soledad. Meti&oacute; la llave en la puerta, gir&oacute; dos veces la chapa de seguridad, encaj&oacute; la segunda llave, abri&oacute; la puerta y una voz detr&aacute;s de ella dijo "&iexcl;Hola!", nada m&aacute;s. La mano que ven&iacute;a desde esa voz pas&oacute; sobre su hombro y empuj&oacute; la puerta, abri&eacute;ndola de par en par. El coraz&oacute;n se le recogi&oacute; y comenz&oacute; a palpitarle en la garganta, como si quisiera volar.</font><br /><font color="#000000"><br />Recogi&oacute; ambas manos bajo la barbilla y hundi&oacute; el cuello en los hombros a la vez que giraba, como si esperara que le cayera un mazazo sobre la cabeza. El la mir&oacute; con una sonrisa, tal vez despectiva, o quiz&aacute;s condescendiente. "&iexcl;Hola!" repiti&oacute;. "&iquest;Puedo pasar?". Ella dijo:<br /><br />- &iquest;Para qu&eacute;? - y su voz se o&iacute;a tan peque&ntilde;a.<br /><br />- No tengas miedo - respondi&oacute; seguro -. No te voy a hacer nada - y al verla tan encogida y temerosa, se acerc&oacute; a ella y la abraz&oacute;: - &iexcl;Perd&oacute;name! &iquest;Podemos conversar? -. Ella permaneci&oacute; r&iacute;gida, con los brazos y el cuello encogido, estrechada en su abrazo, inm&oacute;vil. As&iacute; estuvieron mucho rato, mientras su temor se fund&iacute;a, lentamente, en la quietud. Al fin, cuando su respiraci&oacute;n dej&oacute; de estar agitada, cuando su coraz&oacute;n volvi&oacute; a bajar al pecho y su ritmo fue tranquilo, dijo:<br /><br />- &iquest;Qu&eacute; quieres? &iquest;A qu&eacute; viniste?.<br /><br />- A conversar. No podemos dejar las cosas as&iacute;. Yo te necesito.<br /><br />- Me agrediste. No sabes cuanto miedo te tengo.<br /><br />- Nunca me lo tengas. Al menos: No.<br /><br />- &iquest;Qu&eacute; te hice para que me agredieras?<br /><br />- Fui un loco; me equivoqu&eacute;. Perd&oacute;name.<br /><br />- Pero: &iquest;Qu&eacute; te hice? &iquest;Por qu&eacute; me agrediste?. Me das mucho miedo.<br /><br />- Estaba loco. Cre&iacute; que ten&iacute;as otro hombre. Pero no me tengas miedo; s&oacute;lo me equivoqu&eacute;.<br /><br />- Me di cuenta que no te conozco. No s&eacute; qui&eacute;n eres y no me diste tiempo de saberlo. S&oacute;lo eres un hombre que conoc&iacute; en una plaza. Apuraste las cosas, me buscaste, me seguiste, entraste en mi casa y te quedaste. Confi&eacute; en ti sin conocerte: La loca fui yo. &iquest;C&oacute;mo llegu&eacute; a creer que pod&iacute;a conocer a alguien de manera tan precaria?. &iquest;Me comprendes?. He pensado que no s&eacute; nada de ti, ni donde vives, ni quien eres, nada. S&oacute;lo s&eacute; que te dej&eacute; entrar en mi casa y apenas pudiste te quedaste dentro. Nada m&aacute;s s&eacute; que no confiaste en mi y por nada me agrediste violentamente. S&oacute;lo s&eacute; que lograste que te tuviera miedo. &iquest;De qu&eacute; puedo perdonarte? y &iquest;Por qu&eacute; te podr&iacute;a perdonar? -. Mientras hablaba sent&iacute;a el abrazo de &eacute;l y pensaba que quer&iacute;a que la convenciera. Sus ojos casi oblicuos, de zorro, parec&iacute;an los de ese animal cuando se lo atrapa. Pero se vio como esas parejas felices que miraba por la ventanilla del bus, riendo tomada de su brazo, o sentados en las mesitas de los restoranes en el atardecer, conversando de nada y de todo, o mir&aacute;ndose sencillamente a los ojos. Reconoci&oacute; que siempre hab&iacute;a tenido ese sue&ntilde;o, ese anhelo y quer&iacute;a que este hombre la convenciera que &eacute;l era el otro, el que se sentar&iacute;a frente a ella a mirarla en los ojos, el que la tomar&iacute;a de la mano y dir&iacute;a "Yo te voy a proteger para siempre. &iexcl;Cr&eacute;elo!" y ella quer&iacute;a creerlo, pero a la vez sab&iacute;a que no pod&iacute;a.<br /><br />- &iquest;Podemos entrar y conversar? - dijo &eacute;l, aflojando el abrazo, a la vez que la miraba, sincero.<br /><br />Ella hubiera querido decir que s&iacute;, pero baj&oacute; los brazos y mene&oacute; la cabeza:<br /><br />- Preferir&iacute;a no hacerlo - y sus ojos de zorro reflejaban el temor de ese animal al cazador.<br /><br />- Y yo, entonces, &iquest;Qu&eacute; puedo hacer? - dijo.<br /><br />- Preferir&iacute;a no hacerlo - insisti&oacute; ella, aunque en el fondo de su coraz&oacute;n quer&iacute;a que &eacute;l insistiera hasta que la convenciera, cuesti&oacute;n que sab&iacute;a que jam&aacute;s suceder&iacute;a. "No puede ser" pens&oacute; y entonces sus ojos reflejaron la serenidad de siempre.<br /><br />La qued&oacute; mirando con honda tristeza y retrocediendo dijo:<br /><br />- Tal vez alg&uacute;n d&iacute;a, cualquier d&iacute;a, quieras buscarme, as&iacute; como ahora me niegas, y entonces yo no estar&eacute; ah&iacute; - y, dando media vuelta se fue caminando entre los aromos cargados de amarillo y de perfume de primaveras podridas. Ella, por un instante, quiso atajarlo y decirle: "... pero, ahora, sigamos conversando". No lo hizo. S&oacute;lo lo mir&oacute; alejarse, perdido entre los &aacute;rboles que insist&iacute;an en tragarse su figura.</font><br /><font color="#000000"><br />Cuando ya no lo pudo ver m&aacute;s, entr&oacute; a la casa, dejando la puerta abierta, y se sent&oacute; abatida en el sill&oacute;n mirando al vano de la puerta, como si ah&iacute; pudiera ver proyectada la escena reciente. Sent&iacute;a, en el pecho, un vac&iacute;o doloroso y triste, y se pregunt&oacute;: "&iquest;Por qu&eacute;?". La raz&oacute;n le dec&iacute;a que no hab&iacute;a motivo para esa tristeza y ese dolor, pero, quiz&aacute;s su cuerpo, su emoci&oacute;n, o no sab&iacute;a bien qu&eacute;, encontraba un vago placer en esos sentimientos y se solazaba en ellos. Se dijo: "&iexcl;Est&uacute;pida! No puedes sentir placer de estar triste: Es aberrante. Menos a&uacute;n puedes entristecerte por librarte de una amenaza". Aspir&oacute; profundo y luego exhal&oacute; con fuerza el aire, apretando los pu&ntilde;os, como si quisiera botar todo el contenido de su cuerpo, incluidas las tristezas y todas las emociones. "&iexcl;No!" dijo en voz alta; "&iexcl;No quiero!". Sin embargo, se sent&iacute;a llena de emociones como p&aacute;jaros que pasaban volando, desaparec&iacute;an, y volv&iacute;an a pasar, transformados en pensamientos fugaces y sueltos: "Est&aacute; arrepentido", "Fui muy dura", "&iquest;Por qu&eacute; no perdonarlo?", "Lo volver&iacute;a a hacer. Me volver&iacute;a a agredir", "Tambi&eacute;n fue mi culpa. Nunca el culpable es uno s&oacute;lo". "Son necesarios dos para bailar tango". "Y ahora quiz&aacute;s nunca lo vuelva a ver". Y se volvi&oacute; a llenar de desaz&oacute;n y tristeza, y volvi&oacute; a sentir que era absurdo este raro placer de estar triste.</font><br /><font color="#000000"><br />Algunos d&iacute;as despu&eacute;s, quiz&aacute;s dos o cuatro, no s&eacute; bien, ya hab&iacute;a comenzado a olvidar el encuentro y sus detalles comenzaban a ser difusos y s&oacute;lo los evocaba eventualmente, de tarde en tarde. Cuando se par&oacute; del asiento del bus, despu&eacute;s de sacar, ya de manera mec&aacute;nica, las llaves de la casa, quiz&aacute;s por este mismo hecho, record&oacute; esa mano sorpresiva que sujet&oacute; la puerta, ese abrazo no querido y sin embargo grato, y las palabras de despedida: "... tal vez un d&iacute;a vayas tras de mi, pero yo ya no estar&eacute; ah&iacute;". &iquest;Lo hab&iacute;a dicho as&iacute;?. No estaba segura, pero la misma idea la hizo rechazarla. El bus se detuvo, bajo, y como si el mundo s&oacute;lo estuviera hecho de absurdas sincron&iacute;as, &eacute;l estaba ah&iacute;, sentado, esperando. La primera sorpresa, quiz&aacute;s chocante, dio paso a un sentimiento de alegr&iacute;a, tal vez producto de la sensaci&oacute;n de poder que significaba el ser buscada. El primer impulso empuj&oacute; una sonrisa a sus labios, que ataj&oacute; justo a tiempo, antes que asomara y con un peque&ntilde;o respingo, justo desde&ntilde;oso, gir&oacute; y emprendi&oacute; su camino como si no lo hubiera visto. &Eacute;l dio dos saltos y la alcanz&oacute;. La tom&oacute; del brazo para atajarla y dijo:<br /><br />- Espera. D&eacute;jame acompa&ntilde;arte. S&oacute;lo quiero acompa&ntilde;arte hasta tu puerta.<br /><br />- &iquest;Para qu&eacute;? - respondi&oacute; con alg&uacute;n desd&eacute;n, pero en su interior una voz le reproch&oacute;: "&iexcl;Mientes! No quieres rechazarlo", sin embargo dijo: - &iquest;Por qu&eacute; tendr&iacute;a que perdonarte?.<br /><br />- Porque me equivoqu&eacute;, porque comet&iacute; un error y no lo volver&eacute; a hacer - dijo contrito, y despu&eacute;s de un silencio agreg&oacute;: - Mira: S&oacute;lo quisiera que me dejaras empezar de nuevo, desde el principio. S&oacute;lo no me rechaces. No quiero obligarte a nada. Nada m&aacute;s dame una oportunidad y si con el tiempo me perdonas, ser&aacute; maravilloso para los dos: &iquest;No lo crees?.</font><br /><font color="#000000"><br />Ella lo mir&oacute;, &eacute;l ten&iacute;a la mirada baja, y crey&oacute; ver alguna emoci&oacute;n en su semblante. De alguna manera se sinti&oacute; dominando la situaci&oacute;n y ese poder sutil le produjo cierto halago y alegr&iacute;a: &iquest;Hab&iacute;a ganado?. Se dej&oacute; acompa&ntilde;ar las dos cuadras de aromos por la callecita de su casa y aspir&oacute;, pl&aacute;cida, el perfume de la primavera amarilla que colgaba de los &aacute;rboles y alfombraba la vereda. Hablaron de nada y de cualquier cosa. Al llegar a la puerta de la casa dijo s&oacute;lo: "&iexcl;Gracias!" y la beso en la mejilla, como se besa a una amiga, y se fue. De alg&uacute;n modo ella pens&oacute; que aquellas dos cuadras hab&iacute;an sido en extremo breves y se qued&oacute; mirando c&oacute;mo se alejaba. Desde ese d&iacute;a, cada d&iacute;a estaba ah&iacute;, esperando. La acompa&ntilde;aba esas dos cuadras cada d&iacute;a m&aacute;s c&aacute;lidas, cada d&iacute;a menos perfumadas, m&aacute;s llena de pajaritos veraniegos y cada d&iacute;a m&aacute;s lentas. En ocasiones se deten&iacute;an a la sombra de un aromo por varios minutos, enredados en conversaciones superficiales y alegres, o se quedaban en silencio, mir&aacute;ndose, tomados de las manos. Pero &eacute;l llegaba hasta la puerta de la casa y se desped&iacute;a con un beso de amigos, en la mejilla y se iba. Ella nunca, tampoco, lo invit&oacute; a entrar.</font><br /><font color="#000000"><br />Cada d&iacute;a ese tiempo muerto, que miraba pasar surtido de gente, por la ventanilla del bus, ven&iacute;a pensando en el momento de bajarse. Ahora ve&iacute;a a las parejas en las mesas de las veredas, frente a los peque&ntilde;os restoranes, conversando alegres y cre&iacute;a verse a s&iacute; misma, lo mismo que en las parejas que iban tomados de la mano, caminando lentamente y en las que se deten&iacute;an a conversar en las esquinas sin inter&eacute;s de ir a ninguna parte, como si la esquina fuera su lugar permanente. Descendi&oacute; del bus, pero &eacute;l no estaba ah&iacute;. Mir&oacute; alrededor, pero no estaba. Camin&oacute; despacio por la avenida de aromos, como si esperara que apareciera, en cualquier momento, pero no lo hizo. Desde la puerta de su casa mir&oacute; el camino recorrido y hurg&oacute; entre los aromos, cuyas sombras se alargaban lentamente dibujando texturas en la calzada, pero nadie hab&iacute;a. Entr&oacute; a la casa y sinti&oacute; que su vida era vac&iacute;a. Esto la llen&oacute; de desaz&oacute;n y tristeza. Pens&oacute; que finalmente se hab&iacute;a cansado de ser s&oacute;lo el compa&ntilde;ero de dos cuadras y se reproch&oacute; no haberlo invitado a quedarse, al menos un rato. Como una imagen fugaz pas&oacute; por su pensamiento el dedo &iacute;ndice que como un estilete le golpeara el pecho y los ojos que llameaban furias y esa boca que se contra&iacute;a llena de ira y escup&iacute;a espuma de saliva mientras dec&iacute;a: "&iexcl;Te odio y al menos jam&aacute;s volver&eacute; a atravesar esa puerta!". En seguida reflexion&oacute; que no hab&iacute;an sido esas las palabras precisas. Pero, &iquest;hab&iacute;a sido eso lo que hab&iacute;a querido decir?. Y si era as&iacute;, &iquest;por qu&eacute; esperarla cada d&iacute;a?, &iquest;por qu&eacute; acompa&ntilde;arla hasta su casa? y &iquest;por qu&eacute; no hab&iacute;a venido hoy?. Esa noche volvieron las pesadillas: Alguien golpeaba el vidrio de su ventana con fuerza. Ella sab&iacute;a quien era y por qu&eacute; estaba ah&iacute;, pero cuando abr&iacute;a los ojos, sobresaltada, &eacute;l ya no estaba, pero alguien, desde la oscuridad le gritaba, en tono burl&oacute;n: "Al menos nunca volver&eacute; a atravesar esa puerta".</font><br /><font color="#000000"><br />Al d&iacute;a siguiente, sin embargo, estaba ah&iacute;. Aunque ella se tortur&oacute; durante todo el recorrido del bus intentando adivinar una raz&oacute;n para que estuviera o dejara de estar. No dio ninguna explicaci&oacute;n, ni ella la pidi&oacute;. Pens&oacute; que si lo hac&iacute;a perder&iacute;a la batalla que hasta ahora, excepto por esta escaramuza, hab&iacute;a ido ganando. En muchos momentos estuvo a punto de decir algo que le permitiera o lo urgiera a explicar su ausencia, pero no lo hizo. Al llegar a la puerta de su casa se dijo, fugazmente, que era el momento de invitarlo a pasar, que de no hacerlo quiz&aacute;s estar&iacute;a perdiendo para siempre la oportunidad. Pero se retuvo y no lo hizo. Una semana despu&eacute;s, tal vez el jueves, o pudo ser el mi&eacute;rcoles, volvi&oacute; a faltar, pero luego fue el martes y tambi&eacute;n el viernes, a veces los lunes y de repente, alguna semana falt&oacute; dos d&iacute;as o quiz&aacute;s tres. Entonces ella crey&oacute; que en cualquier momento pod&iacute;a perderlo para siempre y la sola sospecha de su ausencia definitiva la llen&oacute; de tristeza, hasta que un viernes cualquiera crey&oacute; que el s&aacute;bado y domingo ser&iacute;an agobiantes por la sola duda de que el lunes tal vez no viniera y dijo: "&iquest;Por qu&eacute; no entras y nos tomamos un caf&eacute;?".</font><br /><font color="#000000"><br />Ya no recuerdo; pudo ser martes o tambi&eacute;n s&aacute;bado. Para mi los d&iacute;as no tienen significado, sin importar que sea lunes o no. S&oacute;lo recuerdo que ese d&iacute;a hab&iacute;a llegado aquella paloma coja, que hab&iacute;a perdido un pie. Muchas de las p&aacute;jaras de la parvada estaban baldadas y les faltaban dedos de las patas o los ten&iacute;an deformes, quiz&aacute;s producto de los cables el&eacute;ctricos de alta tensi&oacute;n donde descuidadamente se posaban y se quemaban las extremidades hasta la mutilaci&oacute;n; pero nunca hab&iacute;a tenido alguna que hubiera perdido un pie completo. A esta le costaba seguir al resto cuando las hac&iacute;a moverse de uno a otro lado y siempre se quedaba atr&aacute;s. As&iacute;, no alcanzaba a comer nada, de modo que yo intentaba enga&ntilde;arlas haciendo correr a todas a un lado y luego soltaba un pu&ntilde;ado de migas cerca de ella. Pero entonces llegaba un macho grande, entero, poderoso y brillante, arrullando furioso y la correteaba a picotazos. No s&eacute; desde cuando ellos hab&iacute;an comenzado, otra vez, a vivir juntos, pero ese d&iacute;a, que recuerdo bien, por la llegada de aquella paloma mutilada, aparecieron al atardecer. Fue extra&ntilde;o: Ambos vest&iacute;an igual que aquel d&iacute;a cuando se encontraron aqu&iacute; mismo. Ven&iacute;an caminando tomados de la mano, aunque me pareci&oacute; que &eacute;l la arrastraba suavemente, como si ella no quisiera hacer este paseo, pero no tuviera fuerzas para oponerse. Si bien ella llevaba el mismo vestido de color caf&eacute;, con jaspeados, que le diera un aire tan sensual en aquella ocasi&oacute;n, hoy parec&iacute;a como si le quedara desordenado, como si lo vistiera con descuido o desgano. Tra&iacute;a puestos unos enormes anteojos oscuros que ocultaban buena parte del rostro y su mirada serena de zorro, que ahora se clavaba en el suelo. No obstante, al pasar a mi lado, me pareci&oacute; que aprovechaba el revuelo de las palomas para mirarme con un gesto de s&uacute;plica, o pudo ser s&oacute;lo una impresi&oacute;n m&iacute;a. Se sentaron en el mismo banquito y &eacute;l le hablaba con ademanes enf&aacute;ticos pero preocupado de no elevar la voz, como si no quisiera ser escuchado. Ella parec&iacute;a distra&iacute;da y manten&iacute;a la vista baja. En todo momento cre&iacute; que se sent&iacute;a, de alg&uacute;n modo, obligada a escuchar y a estar ah&iacute;. Recuerdo que en alg&uacute;n momento pens&eacute; que tal vez tuviera fr&iacute;o, porque el vestido que tra&iacute;a puesto era muy liviano y como casi siempre, a fines de marzo, el d&iacute;a estaba muy gris y corr&iacute;a ya una brisa helada. Entonces no pens&eacute; que fuera absurdo que llevara esos anteojos tan oscuros y enormes, pero ahora, a la luz de los hechos conocidos, creo entenderlo; no obstante las dudas que me asaltan, ya que si hubiera sido raro, como cuando alguien los usa de noche, lo habr&iacute;a juzgado absurdo en aquel momento y no ahora. En todo caso debo aclarar que no quisiera inclinar el juicio de nadie, en sentido alguno, sino s&oacute;lo establecer un hecho que, s&iacute;, es claro: Ella llevaba anteojos oscuros y eso era una diferencia notoria respecto de aquella vez cuando fui testigo de su encuentro. En esta segunda ocasi&oacute;n ven&iacute;an juntos, pero se sentaron en el mismo lugar, como si festejaran aquel primer encuentro, aunque ella ahora, en algo indefinible y sutil, parec&iacute;a otra; como si antes hubiera sido libre y feliz y ahora, en cambio, me pareci&oacute; mustia, descuidada, d&eacute;bil y hasta sometida. Incluso, recuerdo, que llegu&eacute; a pensar que este era el festejo de &eacute;l, no de ella. Ella s&oacute;lo parec&iacute;a ser el trofeo, la pieza de caza, el animalito silvestre sometido. Estuvieron ah&iacute; bastante rato y &eacute;l persist&iacute;a en tomarle las manos y sujet&aacute;rselas, aunque me parec&iacute;a que ella, sin fuerzas para oponerse, hac&iacute;a, en todo caso, esfuerzos por liberarlas, como si no le fuera agradable su acoso. Finalmente, en alg&uacute;n momento, ella cruz&oacute; los brazos y se meti&oacute; las manos bajo las axilas, como si tuviera fr&iacute;o. &Eacute;l, entonces, descansaba las manos sobre las rodillas de ella, entre gestos enf&aacute;ticos que parec&iacute;an imponerle alguna regla a la que ella s&oacute;lo se somet&iacute;a, vencida. En alg&uacute;n momento se levant&oacute;, hastiada, e hizo amago de irse, pero &eacute;l la sujet&oacute; y me pareci&oacute; que la obligaba a quedarse. Tuve la impresi&oacute;n que la relaci&oacute;n, a pesar de la ofuscaci&oacute;n que notaba que crec&iacute;a en &eacute;l, no llegaba al conflicto violento porque ella se somet&iacute;a pasivamente, no obstante que &eacute;l parec&iacute;a argumentar con &eacute;nfasis sobre algo que ella insist&iacute;a en ignorar. La vi hacer un segundo amago de levantarse, que fue de inmediato impedido, quiz&aacute;s con cierta rabia, pero despu&eacute;s de un breve tiempo, &eacute;l mismo, con cierta impaciencia, se levant&oacute; y la oblig&oacute; a levantarse para retirarse. Ella siempre manten&iacute;a la vista en el suelo. Al pasar junto a mi, cre&iacute; que ella me miraba, detr&aacute;s de los enormes anteojos negros, con cierta s&uacute;plica, como si buscara a alguien a quien denunciar su desgracia. El rostro de &eacute;l reflejaba frustraci&oacute;n y rabia. Las palomas que se arremolinaban en torno a mi, luchando por las migas de pan, volaron para evitar el paso de ellos. Pero aquella baldada, quiz&aacute;s por su pie cojo, no alcanz&oacute; a alzar el vuelo a tiempo y el hombre al verla al alcance, descarg&oacute; su rabia en un puntapi&eacute; que lanz&oacute; al momento en que la p&aacute;jara brincaba para alzar el vuelo, arroj&aacute;ndola de costado, aparatosamente. En un segundo ponder&eacute; la juventud de &eacute;l, su estado de &aacute;nimo y el mucho tiempo que ya cargo sobre la espalda, o quiz&aacute;s mi enorme cobard&iacute;a, y con dolor y verg&uuml;enza no hice nada, no dije nada. S&oacute;lo los vi alejarse y abordar un auto peque&ntilde;o y antiguo, de color gris met&aacute;lico, que hab&iacute;an estacionado en un rinc&oacute;n de la plaza. Al subir ella, otra vez cre&iacute; ver una mirada de s&uacute;plica en sus ojos escondidos, o s&oacute;lo la imagin&eacute;. Tambi&eacute;n pens&eacute; en ese momento en mi cobard&iacute;a y en el amparo precario que yo podr&iacute;a significar.</font><br /><br /><font color="#000000">El auto se detuvo bajo el aromo oto&ntilde;al, cuyas ramazones secas parec&iacute;an mirar con tristeza al suelo donde yac&iacute;an, aplastadas, las flores cuyo perfume llenara la callecita en primavera casi como si fueran, apenas, una mancha de color naranja oscuro. Las puertas se abrieron como si hubieran sido compelidas por la fuerza del silencio interior, acumulado durante el viaje. Baj&oacute; del autom&oacute;vil y sin esperar nada se encamin&oacute; a la puerta, con la mirada perdida tras los anteojos, negros tanto como el &aacute;nimo.<br /><br />- &iquest;Por qu&eacute; te empe&ntilde;as en echar todo a perder, siempre? - dijo &eacute;l, desde atr&aacute;s.<br /><br />- &iexcl;Sabes que no quer&iacute;a...!<br /><br />La impotencia volv&iacute;a a ponerlo furioso. Crisp&oacute; los pu&ntilde;os y volvi&oacute; a sentir ese impulso que en la medida de la rabia sab&iacute;a que se hac&iacute;a indominable. Pens&oacute; en patearle el culo: "Ese culo tan redondo y fino que menea por las calles y todos le miran". Con esfuerzo conten&iacute;a la furia. Dijo:<br /><br />- Pero con esos otros que te miran y te hacen ojos, y les coqueteas, con esos s&iacute; querr&iacute;as: &iquest;No?.<br /><br />- No es cierto. No coqueteo con nadie: Lo sabes bien - respondi&oacute; y cerr&oacute; la puerta de golpe, casi en sus narices. &Eacute;l descarg&oacute; su furia dando una patada en la madera.<br /><br />- &iexcl;Mierda! &iexcl;Huevona est&uacute;pida! - grit&oacute;. - &iexcl;Abre esta huev&aacute; o la echo abajo! -. La puerta cedi&oacute; apenas. El la empuj&oacute; y entr&oacute;. La vio sentada ah&iacute;, en el sill&oacute;n, vencida, como si ya estuviera vac&iacute;a, como si nada importara. Le enervaba esta actitud, pero ten&iacute;a, quiz&aacute;s, el m&eacute;rito de calmarlo, tal vez por la imagen de poder que produc&iacute;a de s&iacute; mismo. Se qued&oacute; mirando a esa mujer que ten&iacute;a a su disposici&oacute;n, dome&ntilde;ada. Sinti&oacute; l&aacute;stima y pena, pero a la vez lo invadi&oacute; una rara sensaci&oacute;n de triunfo y de rabia, porque no era ese el triunfo que deseaba. El quer&iacute;a una sumisi&oacute;n amorosa, una sumisi&oacute;n agradecida y alegre. &iquest;Por qu&eacute; no lo entend&iacute;a?.&iquest;Por qu&eacute; no se entregaba entera a &eacute;l, como &eacute;l mismo lo hac&iacute;a con ella? &iquest;Por qu&eacute; lo obligaba a maltratarla para conseguirlo?: S&iacute;; no quer&iacute;a pegarle, no quer&iacute;a ser vencido por esa furia incontenible, pero ella la provocaba y sab&iacute;a que cuando andaba por ah&iacute; otros la miraban y tal vez pensaran en su cuerpo desnudo, como &eacute;l mismo pensaba y ella no hac&iacute;a nada por evitarlo: "De seguro le gusta" pens&oacute;. Cuando pensaba as&iacute;, sent&iacute;a el impulso de pegarle, quer&iacute;a destrozar esa belleza que no quer&iacute;a que fuera de nadie m&aacute;s. "Si va a ser de otros, prefiero que no sea de nadie, ni siquiera m&iacute;a" pens&oacute;. No obstante, ahora, al verla vencida y laxa, como un trapo sin vida, sinti&oacute; l&aacute;stima y se apacigu&oacute;. Se acerc&oacute; a ella y le acarici&oacute; la cabeza. Pens&oacute; que era tan peque&ntilde;a al tacto y que era tan grato sentir los dedos enredados en su pelo casta&ntilde;o claro.<br /><br />- Perdona - dijo -, t&uacute; sabes que yo no quisiera hacerte da&ntilde;o, pero a veces no puedo contenerme -. Ella se quit&oacute; los anteojos oscuros, dejando al descubierto los rastros de un golpe cuyo color amoratado iba cediendo con lentitud. Se pas&oacute; el dorso de las manos por los ojos h&uacute;medos y pens&oacute; que lo amaba: "&iquest;Por qu&eacute; no lo puedo hacer feliz?" se dijo y se sinti&oacute; culpable de la desgracia de ambos. &Eacute;l se inclin&oacute; sobre ella y la bes&oacute;, suavemente en la boca. El contacto con sus labios arranc&oacute;, a la mujer, un sollozo involuntario. &Eacute;l sinti&oacute; una mezcla rara de sentimientos: Conmiseraci&oacute;n, ternura quiz&aacute;s, deseo y rabia. La bes&oacute;, entonces, con pasi&oacute;n, con intensidad y se encaj&oacute;, como pudo, en el peque&ntilde;o espacio que dejaba el sill&oacute;n, para abrazarla y acariciar su cuerpo todo.<br /><br />- &iexcl;Te amo! &iexcl;Te amo! - farfull&oacute;, aunque se sinti&oacute; falso. Agreg&oacute; entonces: - &iexcl;No sabes cu&aacute;nto te deseo! -. Sent&iacute;a su propia respiraci&oacute;n agitada y la intensidad de sus ansias en el bajo vientre.<br /><br />- No. Por favor - alcanz&oacute; a decir, pero despu&eacute;s call&oacute;, sometida, mientras la arrastraba hacia la alfombra. Percibi&oacute; con quieta tristeza c&oacute;mo sus manos la desnudaban, llenas de deseo. Cerr&oacute; los ojos y dej&oacute; caer la cabeza a un lado mientras sent&iacute;a la premura del otro por desnudarse. Sinti&oacute; c&oacute;mo se posaba sobre ella y se apropiaba de su carne, mientras lo dejaba hacer. Trataba de decirse: "Est&aacute; bien. As&iacute; tiene que ser".</font><br /><font color="#000000"><br />La paloma coja arrastr&oacute; el ala en que le hab&iacute;a ca&iacute;do el puntapi&eacute;, durante todo el resto del d&iacute;a. Cuando ya comenz&oacute; a oscurecer la parvada se refugi&oacute; en &aacute;rboles, faroles y estatuas. La paloma coja, con el ala herida, con esfuerzo se escondi&oacute; en el follaje de un arbusto, pues no pudo emprender el vuelo. Ah&iacute; la dej&eacute; al recogerme yo mismo.</font><br /><font color="#000000"><br />Sin apuro, como siempre, con la cabeza despejada de reflexiones y llena de esos peque&ntilde;os detalles que hacen nuevo cada d&iacute;a, cuando todos los d&iacute;as ya son iguales, llegu&eacute; a mi asiento del parque. La brisa suave del oto&ntilde;o arrastraba hojas secas y plumas. Plumas que se elevaban, como para alcanzar alg&uacute;n cielo inexistente o inmerecido, giraban, evolucionaban y ca&iacute;an blandas, dispers&aacute;ndose. La parvada aterriz&oacute; rode&aacute;ndome, como llamada por sus propios arrullos, en la medida que se multiplicaban. Ech&eacute; de menos a mi paloma coja. "Tal vez, estando baldada, le cueste m&aacute;s llegar" pens&eacute;. Sin embargo no lleg&oacute; con el pasar de la ma&ntilde;ana. Entonces la busqu&eacute;, primero con la vista, despu&eacute;s caminando por el entorno. Entonces la encontr&eacute;. A la vera de un sendero yac&iacute;a de espaldas, con la cabeza ca&iacute;da a un costado. Le hab&iacute;an arrancado los ojos, quiz&aacute;s a picotazos, y las plumas de las alas, que revoloteaban, jugando en el viento que las dispersaba lentas. Ten&iacute;a muchas heridas en el cuello y el pecho, que jaspeaban el plumaje gris. &iquest;La hab&iacute;an matado las otras al verla d&eacute;bil? &iquest;La hab&iacute;a atacado un animal y hab&iacute;a jugado cruelmente con ella, hasta que ya no tuvo vida?. Hab&iacute;a visto al macho dominante apartarla e impedirle comer. Entonces sent&iacute; odio contra &eacute;l, a la vez que le cargu&eacute; la culpa. Despu&eacute;s me calm&eacute;, no ten&iacute;a pruebas y pens&eacute;: "Estos animalitos son as&iacute;. No pueden ir contra su naturaleza". Durante el resto de ese d&iacute;a sent&iacute; un peso acongojante en el alma.</font><br /><font color="#000000"><br />- Estoy embarazada - dijo sin entusiasmo, con el mismo inter&eacute;s que pudo anunciar que hab&iacute;a cocinado arroz para la comida.<br /><br />- &iquest;Por qu&eacute;? - pregunt&oacute; &eacute;l, extra&ntilde;ado.<br /><br />- Porque las mujeres nos embarazamos.<br /><br />- Pero yo no quiero un hijo, &iquest;te das cuenta?. &iquest;Qu&eacute; vas a hacer, entonces?.<br /><br />- Me da lo mismo: Estoy embarazada.<br /><br />- Vas a tener que abortar.<br /><br />- &iquest;Por qu&eacute;?<br /><br />- Porque ya te dije que no quiero un hijo. &iquest;Es que no me escuchas? - dijo evidentemente irritado.<br /><br />- Pero yo s&iacute; quiero este hijo.<br /><br />Se puso de pie y el aspecto de su cara era del todo amenazante. Sinti&oacute; las u&ntilde;as clavadas en las palmas de las manos por la fuerza de la crispaci&oacute;n de los pu&ntilde;os. "Esta est&uacute;pida otra vez me va a obligar a sacarle la cresta" pens&oacute;, "pero no quiero. No quiero pegarle de nuevo. S&oacute;lo quiero que me haga caso". Grit&oacute;:<br /><br />- &iexcl;Enti&eacute;ndelo claramente: Te vas a hacer un aborto porque yo no quiero ning&uacute;n hijo! - su cara hab&iacute;a enrojecido y de su boca saltaron gotas de saliva espumosa.<br /><br />Ella se protegi&oacute; el rostro con ambas manos, por temor que al grito siguiera un golpe.<br />- Entonces: &iexcl;&aacute;ndate de mi casa! &iexcl;No quiero verte m&aacute;s! - respondi&oacute; entre sollozos, protegiendo siempre su rostro con ambas manos, segura que en cualquier momento le caer&iacute;a el golpe.<br /><br />Sinti&oacute; que sobre la tensi&oacute;n de la furia que lo invad&iacute;a ca&iacute;a un fantasma m&aacute;s poderoso que su oposici&oacute;n al embarazo: "No es hijo m&iacute;o" pens&oacute;, "y si no: &iquest;Por qu&eacute; me quiere echar?". Un golpe intenso de adrenalina subi&oacute; hasta su pecho. Sinti&oacute; que una corriente, casi dolorosa, recorr&iacute;a su espalda, los brazos las piernas y el pelo de la cabeza. Su pensamiento qued&oacute; en blanco y autom&aacute;ticamente golpe&oacute;. Le dio un golpe feroz en el vientre. Ella se dobl&oacute; y trat&oacute; de protegerse, dejando al descubierto el rostro y la cabeza. Entonces descarg&oacute; un segundo golpe con todas sus fuerzas con toda su ira desenfrenada, en el rostro. Grit&oacute;:<br /><br />- &iexcl;No es m&iacute;o! &iexcl;Est&uacute;pida! &iexcl;Me enga&ntilde;aste! - y descarg&oacute; un tercer golpe y un cuarto y otro, hasta que cay&oacute; al suelo, enroscada sobre s&iacute; misma. El continuaba dando gritos furiosos: - &iexcl;B&oacute;talo! &iexcl;B&oacute;talo ya! &iexcl;No es m&iacute;o! &iexcl;Ese renacuajo no es mi hijo! - mientras la pateaba con el rostro desencajado y los ojos enrojecidos por la presi&oacute;n de la ira. Los golpes ca&iacute;an en los brazos, las piernas, el vientre y la cabeza sin tiento ninguno. Continuaron hasta que ella ya no reaccion&oacute; m&aacute;s. Entonces se dej&oacute; caer sobre el sill&oacute;n, agotado. Agotado del ejercicio de golpear y del esfuerzo de la ira que aceler&oacute; toda la econom&iacute;a de su cuerpo. "Cu&aacute;ntas veces se habr&aacute; acostado con otros" pens&oacute;. "No hay duda que no es mi hijo" concluy&oacute;, y luego justific&oacute; su reflexi&oacute;n: "A mi me conoci&oacute; en la calle. &iquest;A cuantos habr&aacute; conocido en la calle?. &iexcl;Puta! &iexcl;Se acost&oacute; con todos!. &iexcl;Le gustaba con todos menos conmigo!. Conmigo era como una mujer de trapo. Estoy seguro que no le gustaba: Por eso se acostaba con otros. &iexcl;No es mi hijo! &iexcl;No le voy a aguantar que lo tenga!". Sinti&oacute; que la ira volv&iacute;a a invadirle el cuerpo. Sinti&oacute; la tensi&oacute;n en los pu&ntilde;os crispados, en los dientes apretados que rechinaban y pens&oacute;: "La voy a matar. No puedo pegarle m&aacute;s: La voy a matar". Entonces se par&oacute; y sali&oacute; de la casa dando un portazo.</font><br /><font color="#000000"><br />- &iquest;Su n&uacute;mero de c&eacute;dula de identidad? - interrog&oacute; el polic&iacute;a. Ella se lo dio, casi con resignaci&oacute;n.<br /><br />- &iquest;Domicilio? - dijo despu&eacute;s de teclear con lentitud infinita y revisar con acuciosa atenci&oacute;n el n&uacute;mero de identidad. Se lo dict&oacute; con paciencia. El polic&iacute;a anot&oacute;, tecla a tecla, en la pantalla, mientras murmuraba cada letra y n&uacute;mero. Finalmente ley&oacute; lo que hab&iacute;a escrito y la mir&oacute;, para pedir confirmaci&oacute;n. Casi no escuch&oacute;: S&oacute;lo dijo que s&iacute;. Pensaba que quiz&aacute;s podr&iacute;a llegar a perder a su hijo.<br /><br />- &iquest;En qu&eacute; circunstancias fue atacada? - pregunt&oacute;. Ella comenz&oacute; a relatar los hechos, pero el polic&iacute;a la detuvo - No - dijo -, &iquest;Qu&eacute; hac&iacute;a usted en ese momento? &iquest;Fue sorpresivo? &iquest;Se dio cuenta que la iba a atacar? &iquest;Usted lo provoc&oacute;?.<br /><br />- No. Le dije que estaba embarazada.<br /><br />- &iquest;Son casados? - quiso saber.<br /><br />- No. Convivientes.<br /><br />- Su hijo &iquest;es de &eacute;l? -. Ella sinti&oacute; que el polic&iacute;a hab&iacute;a tomado partido, pero se dijo que no era posible. No ten&iacute;a ning&uacute;n antecedente para hacerlo. Respondi&oacute; que s&iacute;.<br /><br />- S&iacute;. Es hijo de &eacute;l.<br /><br />- &iquest;Est&aacute; segura? &iquest;No hab&iacute;a motivos para que dudara? &iquest;No ten&iacute;a celos de alg&uacute;n vecino? - Ella pens&oacute; que, quiz&aacute;s, el polic&iacute;a buscaba motivos para trasladarle la culpa. "Muchos hombres me miran en la calle, en el bus, o cuando voy de compras", pens&oacute;. "Incluso algunos me sonr&iacute;en o me dicen alguna cosa. Yo no s&eacute; c&oacute;mo evitarlo. Trato de no pintarme, de no maquillarme demasiado, de no usar vestidos con escotes o muy cortos, pero de todos modos me miran. Tal vez hago algo mal. Tal vez por eso lo hago dudar. Siempre los hombres son amables conmigo, aunque me esfuerce en ser fr&iacute;a y ni siquiera sonre&iacute;r. Hasta este polic&iacute;a se da cuenta, aunque estoy toda golpeada".<br /><br />- Yo no hago nada para que tenga celos, pero &eacute;l dijo que no era el padre -. El polic&iacute;a, con infinita lentitud fue tecleando su propio relato, que iba murmurando s&iacute;laba a s&iacute;laba y letra a letra mientras lo ingresaba en la pantalla. Finalmente interrog&oacute;:<br /><br />- &iquest;Constat&oacute; lesiones?<br /><br />- No - dijo con cierta tristeza culpable. El polic&iacute;a escribi&oacute;, con parsimoniosa lentitud, mientras murmuraba lo que escrib&iacute;a: "Sin constatar lesiones". Despu&eacute;s tom&oacute; un papel amarillo engomado y escribi&oacute; con letra filiforme, recta, lenta, aguzada, y cargada una direcci&oacute;n que le extendi&oacute;.<br /><br />- En esta direcci&oacute;n tiene que ir a constatar lesiones -. Despu&eacute;s imprimi&oacute; su informe y se lo acerc&oacute;. Con un dedo moreno y grueso, de u&ntilde;as cuadradas, le se&ntilde;al&oacute; la parte inferior y agreg&oacute;: - Tiene que firmar ah&iacute; -. Ella tom&oacute; el l&aacute;piz que estaba sobre el escritorio y mientras firmaba not&oacute; que el l&aacute;piz estaba ro&iacute;do en su parte trasera, donde hab&iacute;a una banda el&aacute;stica enroscada varias veces. En el interior del cuerpo transparente, un trocito de papel dec&iacute;a con letra imprenta, escrita con el mismo l&aacute;piz y trazos que el papel engomado amarillo: "C. VANDERA". Ella devolvi&oacute; el papel firmado, del que el carabinero desprendi&oacute; una copia donde apenas se le&iacute;a lo escrito, que le facilit&oacute;, mientras conclu&iacute;a: - Dentro de quince a treinta d&iacute;as le va a llegar una citaci&oacute;n al tribunal para ambos. Llev&eacute; el certificado m&eacute;dico de lesiones.<br /><br />- Pero yo no quiero que vuelva a la casa - dijo ella - y quisiera que alguien me protegiera: &iquest;Ustedes no van a hacer nada?<br /><br />- Todo eso tiene que pedirlo en el tribunal.<br /><br />- Pero puede matarme mientras tanto - dijo asustada y por un momento pens&oacute; que esa idea que casi era, apenas, como una forma de expresar la amenaza, se le presentaba como una realidad tan cercana y cierta. El polic&iacute;a s&oacute;lo se encogi&oacute; de hombros y tamborile&oacute; con los dedos en la visera de la gorra verde de su uniforme, que estaba en un rinc&oacute;n.</font><br /><font color="#000000"><br />Sin ninguna duda era viernes. Lo s&eacute; porque la espera fue agobiante, no s&oacute;lo por larga sino por las escenas que tuvo que ver: Hab&iacute;a gente destrozada en accidentes, como esa mujer que ya se quejaba en silencio, sin fuerzas, tirada en una banqueta con un brazo rajado desde el hombro hasta la mu&ntilde;eca, tan profundamente que se le ve&iacute;a los huesos. Otro estaba sentado en un rinc&oacute;n con un estoque clavado en el vientre, que no se atrev&iacute;a a sacar, por temor a que se le vaciaran las tripas. Lo sujetaba con una mano y lo miraba a ratos para asegurarse que la herida no se hab&iacute;a abierto m&aacute;s. Un &oacute;valo rojo amarillento manchaba la camisa y el pantal&oacute;n en torno a la herida. Por un momento crey&oacute; que lo suyo no val&iacute;a la pena y pens&oacute; en irse: "No tengo nada. S&oacute;lo moretones. &iquest;Qu&eacute; hago aqu&iacute;?" se dijo y sinti&oacute; verg&uuml;enza. "Nada m&aacute;s vengo por acusarlo, casi es s&oacute;lo una venganza". Se sinti&oacute; ego&iacute;sta y se sonroj&oacute;.<br /><br />- Tiene que sacar un n&uacute;mero para que la atiendan -, le dijo una mujer que ten&iacute;a una venda enorme y bastante sucia en un costado de la cara.<br /><br />- No s&eacute;... es que no s&eacute; si vale la pena - respondi&oacute;.<br /><br />- &iexcl;Den&uacute;ncielo! - sentenci&oacute; la otra. - No se deje abusar. Si no hace nada es peor: Despu&eacute;s la mata y todos se escandalizan por televisi&oacute;n. Y una: &iexcl;Tiesa y fr&iacute;a!. Una es la &uacute;nica que puede hacer algo.<br /><br />Su caso no era una urgencia real, de manera que aunque despu&eacute;s de varias horas alcanz&oacute; el n&uacute;mero de su turno, s&oacute;lo la pasaron a una segunda sala de espera, repleta de camillas y quejas in&uacute;tiles, como si el viernes en la noche se estuviera en guerra; "o tal vez siempre sea as&iacute;" pens&oacute;. Ah&iacute; la interrogaron sobre sus datos personales y le llenaron una ficha. Le dijeron que deb&iacute;a esperar turno. Como no ten&iacute;a heridas notorias y sus lesiones s&oacute;lo ser&iacute;an cuesti&oacute;n de estudio, ni siquiera obtuvo un lugar para sentarse, de modo que pase&oacute; su cuerpo y alma adoloridos y avergonzados entre la sangre visible de heridos de apariencia m&aacute;s meritoria. Despu&eacute;s de varias horas in&uacute;tiles, que promet&iacute;an s&oacute;lo la eternidad, ya que en la medida que atend&iacute;an a alg&uacute;n paciente de urgencia, parec&iacute;an llegar dos, decidi&oacute; atajar a una enfermera que a ratos pasaba con lentitud urgente de un lado a otro.<br /><br />- Vengo a constatar lesiones, antes que mejoren - le dijo.<br /><br />- &iquest;Accidente? - pregunt&oacute; mirando con ojos que le recordaron a un vacuno.<br /><br />- Me peg&oacute; mi pareja.<br /><br />- &iquest;Trae el parte de la polic&iacute;a? -. Le entreg&oacute; el parte que le hab&iacute;an hecho en la unidad policial. La enfermera lo ley&oacute; y sigui&oacute; su camino sin decir nada. Pas&oacute; dos o tres veces, sin prisa, pero con urgencia de un lado a otro, sin siquiera mirarla. Despu&eacute;s de un rato comenz&oacute; a arrepentirse de haber entregado el parte: Ahora no ten&iacute;a nada. "Por &uacute;ltimo, tal vez consiga en el ret&eacute;n que me hagan otra copia" se oblig&oacute; a pensar como consuelo. Cuando la enfermera volvi&oacute; a pasar, la detuvo otra vez. Dijo:<br /><br />- &iquest;Faltar&aacute; mucho?<br /><br />- &iquest;Mucho para qu&eacute;?<br /><br />- Vengo a constatar lesiones. Le entregu&eacute;... - No la dej&oacute; terminar. Pregunt&oacute;:<br /><br />- &iquest;Accidente?<br /><br />- Me peg&oacute; mi pareja. Ya le entregu&eacute;... - No la dej&oacute; terminar. Volvi&oacute; a preguntar lo mismo:<br /><br />- &iquest;Trae el parte de la polic&iacute;a?<br /><br />- Ya se lo entregu&eacute;, hace un rato.<br /><br />- Ah -. Respondi&oacute; sin inter&eacute;s. - Tiene que esperar a que la llamen.</font><br /><font color="#000000"><br />Pudo haber pasado una hora o diez minutos, pero sent&iacute;a que hab&iacute;a transcurrido una eternidad. No hab&iacute;a ventanas que miraran al exterior, de modo que s&oacute;lo imaginaba que estar&iacute;a aclarando afuera. Del mismo modo, imagin&oacute; el dulce despertar, de tres notas melanc&oacute;licas, de los zorzales. Se hab&iacute;a apoyado contra una pared en un resquicio entre una camilla donde una vieja respiraba con dificultad y unas sillas donde un hombre con un ojo destrozado dormitaba sobre el hombro de una gorda que sollozaba continuamente. Intentaba dormir, aunque s&oacute;lo cerraba in&uacute;tilmente los ojos. Al hacerlo percib&iacute;a que ten&iacute;a inflamado uno de los p&aacute;rpados. En alg&uacute;n momento, con suavidad, la cabeza se le derrumb&oacute; sobre el pecho. Tal vez pas&oacute; un minuto o una hora y de repente se despert&oacute;, al o&iacute;r su nombre. Lo voceaba la misma mujer que se hab&iacute;a llevado su parte policial.<br /><br />- &iexcl;Yo! - dijo - &iexcl;Aqu&iacute;! -. La enfermera no dijo nada. S&oacute;lo dio media vuelta y entr&oacute; por una puerta met&aacute;lica que comenz&oacute; a cerrarse como empujada por un resorte. Se apur&oacute; para alcanzarla y lleg&oacute; junto a la puerta en el momento en que se cerraba. La empuj&oacute; pero ya estaba trabada. Golpe&oacute;. Volvi&oacute; a golpear. A la tercera vez la puerta se abri&oacute; y la mujer apareci&oacute;. La mir&oacute; sin inter&eacute;s ninguno. Dijo:<br /><br />- Por aqu&iacute; - y se echo a andar con lenta prisa por pasillos y pasillos mientras dejaban atr&aacute;s puertas y puertas, hasta que no supo donde estaba en relaci&oacute;n a la sala de espera. Entraron en una recinto dividido en varios espacios individuales por cortinas de lona muy ajada, de color amarillento. Le indic&oacute; un espacio de aquellos, vac&iacute;o, y le instruy&oacute;: - &iexcl;Desn&uacute;dese! - y se retir&oacute;.</font><br /><font color="#000000"><br />Se quit&oacute; el vestido y se qued&oacute; parada ah&iacute;, en ropa interior, sola, con las prendas colgadas de una mano y un sentimiento de abandono inconmensurable. El tiempo apenas transcurr&iacute;a, con la misma parsimonia que la enfermera. Esta pas&oacute; varias veces delante del espacio donde ella permanec&iacute;a abandonada, sin mirarla. Cuando al fin lo hizo, la mir&oacute; inexpresiva y dijo:<br /><br />- Qu&iacute;tese toda la ropa y la cuelga ah&iacute; -. Indic&oacute; un gancho adherido a la estructura de fierro que soportaba las lonas amarillentas que separaban los espacios unitarios. Se qued&oacute; mirando, como si quisiera certificar que se desnudaba completamente. Se retir&oacute;, siempre parsimoniosa, despu&eacute;s de agregar: - El m&eacute;dico viene en seguida -. El tiempo retom&oacute; su tr&aacute;nsito eterno. A cada instante que pasaba le parec&iacute;a que ese espacio, separado del resto del universo por unas precarias lonas amarillentas se hac&iacute;a m&aacute;s y m&aacute;s grande o ella se hac&iacute;a m&aacute;s y m&aacute;s peque&ntilde;a. Quiz&aacute;s s&oacute;lo se sent&iacute;a infinitamente abandonada. Pas&oacute; un hombre frente a su espacio, con una cotona azul y un estropajo, fregando el suelo. La mir&oacute; inexpresivo y continu&oacute; su trabajo. Al poco rato pas&oacute; en sentido inverso. A la tercera vez, siempre inexpresivo y de aspecto triste, comenz&oacute; a fregar el piso del interior del espacio en que ella estaba, completamente desnuda, parada al centro de la nada. Se refugi&oacute; junto a la cortina de lona y se cubri&oacute; con las manos, como pudo, sus partes &iacute;ntimas. El hombre continu&oacute; su trabajo, como si ella no estuviera. S&oacute;lo la miraba de soslayo cada tanto, hasta que por fin, satisfecho, se fue, as&iacute; como entran y revolotean, molestosos, esos enormes moscardones negros que de pronto vuelan por una rendija y desaparecen. Finalmente, despu&eacute;s de un tiempo casi infinito, apareci&oacute; un m&eacute;dico arrastrando su propia camilla. Sin decir palabra la instal&oacute; junto a la cortina. Tom&oacute; un sujetador de madera que tra&iacute;a encima y ley&oacute; un papel. Sin mirarla pregunt&oacute;:<br /><br />- &iquest;Espasmos? &iquest;Dolores abdominales? &iquest;V&oacute;mito?<br /><br />- &iquest;Qu&eacute;? - dijo sin comprender. - No.<br /><br />- &iquest;Llobana? - interrog&oacute;, levantando s&oacute;lo los ojos hacia ella.<br /><br />- No.<br /><br />El m&eacute;dico chasque&oacute; la lengua y movi&oacute; la cabeza de un lado a otro con desagrado. Sin agregar palabra se fue. Volvi&oacute; con el sujetador de palo en la mano, despu&eacute;s de otra eternidad de abandono y verg&uuml;enza, desnuda como un animal en exhibici&oacute;n. Ahora la mir&oacute; sonriente, de arriba a abajo, como si la ponderara. Dijo:<br /><br />- Lesiones: &iquest;No? - Ella confirm&oacute; con la cabeza. El m&eacute;dico dej&oacute; el sujetador de palo sobre la camilla y se acerc&oacute;. Palp&oacute; el ojo amoratado, tambi&eacute;n bajo las orejas y la mand&iacute;bula. Sac&oacute; una lucecita peque&ntilde;a y le ilumin&oacute; el interior de los ojos. Le baj&oacute; los p&aacute;rpados inferiores y le dijo: - Est&aacute;s an&eacute;mica chiquilla, no te est&aacute;s alimentando bien - y continu&oacute; palpando los diversos moretones del cuello, los hombros, el torso. Volvi&oacute; a tomar el sujetador de palo y en un formato donde hab&iacute;a dibujada una persona de frente y espalda, comenz&oacute; a marcar cruces donde ella presentaba golpes visibles. - Gira, chiquilla - orden&oacute;. Toc&oacute; con su dedo cordial varios puntos y marc&oacute; en el formulario. Encontr&oacute; un lunar de medio cent&iacute;metro de di&aacute;metro, muy negro. Lo comprimi&oacute; y pregunt&oacute;: - &iquest;Pica?.<br /><br />- No doctor.<br /><br />- Igual ser&iacute;a bueno extirparlo, chiquilla -. Ella pens&oacute; que su voz era c&aacute;lida y acogedora, a la vez que adormecedora. Se pregunt&oacute;: "&iquest;Por qu&eacute; todos los m&eacute;dicos tienen esa voz tan relajante?". Casi hab&iacute;a olvidado que estaba desnuda y expuesta a la mirada de cualquiera que pasara. El m&eacute;dico tom&oacute; un rollo de papel que hab&iacute;a a un costado de la camilla y extendi&oacute; una larga tira sobre la colchoneta de hule azul que la cubr&iacute;a. Ella observ&oacute; que la colchoneta ten&iacute;a un tajo de cuchillo a la altura del vientre y estaba quebrada y despellejada en la cabeza. - Recu&eacute;stese de espaldas -. Mientras lo hac&iacute;a, el m&eacute;dico se puso unos guantes de polietileno transparentes. Le examin&oacute; de alg&uacute;n modo el interior de los o&iacute;dos, la hizo abrir la boca, le manipul&oacute; los labios, ilumin&oacute; con su lamparilla el interior, e hizo notas. Volvi&oacute; a examinar el torso, las caderas y las piernas y tom&oacute; notas. Finalmente, poniendo su mano enguantada sobre el pubis, pregunt&oacute;: - &iquest;Hubo violaci&oacute;n?.<br /><br />- No - respondi&oacute;, a la vez que la invad&iacute;a el rubor. El emiti&oacute; algo como un murmullo que pareci&oacute; significar: "Bien", pero de todos modos la abri&oacute; "como si fuera una fruta" pens&oacute; ella y le examin&oacute; su interior.<br /><br />- Date vuelta chiquilla - le instruy&oacute; al terminar el examen. Tambi&eacute;n la abri&oacute; atr&aacute;s como si fuera un damasco e interrog&oacute;: - &iquest;Penetraci&oacute;n anal?.<br /><br />- &iexcl;No! - respondi&oacute;. Ahora algo exasperada y roja de verg&uuml;enza. Se sent&iacute;a ultrajada in&uacute;tilmente y protest&oacute;.<br /><br />- Es el protocolo, chiquilla - dijo el m&eacute;dico con su voz sedante -, tenemos que hacerlo. Puedes ponerte de espaldas, de nuevo - complet&oacute; sin intermedio, como si lo dicho no tuviera importancia alguna. Cuando estuvo de espaldas otra vez pregunt&oacute;: - &iquest;Est&aacute;s embarazada, chiquilla?.<br /><br />Ella sinti&oacute; una s&uacute;bita congoja y dej&oacute; escapar un sollozo involuntario, que le dio un sentido nuevo a su verg&uuml;enza. Afirm&oacute; con la cabeza.<br /><br />- &iquest;Es de &eacute;l?<br /><br />Afirm&oacute; con la cabeza.<br /><br />- Lo m&aacute;s apropiado ser&iacute;a hacer un raspaje de inmediato - concluy&oacute; con su voz adormecedora y segura.<br /><br />- &iquest;Por qu&eacute;? - pregunt&oacute;, terminando de cambiar su verg&uuml;enza en congoja. - No he tenido hemorragia ni dolores - asegur&oacute;.<br /><br />- &iquest;Para qu&eacute; quieres tener un hijo de esa bestia, chiquilla? - dijo, suavizando su voz m&eacute;dica, m&aacute;s que nunca.<br /><br />- No es un motivo - dijo y se levant&oacute; de la camilla.<br /><br />- Cierto. Pero es mejor solucionarlo &iexcl;ya!, a que te venga una hemorragia cuando est&eacute;s sola. &iquest;Vives con &eacute;l?.<br /><br />- S&iacute; -. La respuesta le produjo terror. Tal vez la estuviera esperando. Quiz&aacute;s la volver&iacute;a a golpear. <br /><br />Se repiti&oacute; la frase sedante del m&eacute;dico: "&iquest;Para qu&eacute; quieres tener un hijo de esa bestia?". Se dijo: "Si me hago un aborto, puede ser que me perdone; que todo vuelva a ser como antes".<br /><br />- Pi&eacute;nsalo - dijo el m&eacute;dico, interrumpiendo sus cavilaciones.<br /><br />Se qued&oacute; en silencio. Se mir&oacute; ah&iacute;, totalmente desnuda y se sinti&oacute; rid&iacute;cula decidiendo el futuro, sin nada m&aacute;s que s&iacute; misma, y el hijo que ten&iacute;a en el vientre. Mir&oacute; al m&eacute;dico. Era quiz&aacute;s demasiado joven. Pens&oacute; que al terminar el turno se ir&iacute;a a su casa, donde tendr&iacute;a una mujer y dos ni&ntilde;os, con los que gastar&iacute;a un fin de semana en una plaza con juegos de colores y pajaritos; tomar&iacute;an t&eacute; y helados en una terraza llena de alegres familias que no conoc&iacute;an la tristeza y el abandono, ni los amores tormentosos e insolubles. &Eacute;l pertenec&iacute;a a un mundo que jam&aacute;s comprender&iacute;a que hab&iacute;a gente que luchaba por tres gramos de compa&ntilde;&iacute;a, como ella lo hac&iacute;a. Dijo:<br /><br />- Yo, en cambio, no tengo nada. Lo &uacute;nico que tengo es este hijo que es una promesa, apenas. Y &eacute;l no tiene nada. S&oacute;lo amenazas -. No pudo decir m&aacute;s. Se qued&oacute; en silencio mucho rato, hasta que se disolvi&oacute; el nudo que le apretaba la garganta. entonces concluy&oacute;:<br /><br />- No. No me voy a hacer un aborto. Yo me arriesgo.<br /><br />- &iexcl;Punkto guedondo, entonces! - dijo el m&eacute;dico y estamp&oacute; su firma en el formulario que ten&iacute;a en el sujetador de palo. Despu&eacute;s la mir&oacute; con los ojos y brazos muy abiertos y agreg&oacute;: - Estamos listos. &iexcl;Puede vestirse! - y sali&oacute; arrastrando su camilla hacia otro espacio separado por tenues cortinas de lona, que quiz&aacute;s dejaban pasar todas las miserias de un cub&iacute;culo a otro, contagiando desgracias.</font><br /><font color="#000000">Apenas el m&eacute;dico desapareci&oacute;, se sinti&oacute; llena de verg&uuml;enza como si de pronto se diera cuenta de su desnudez, como si tuviera que apurarse antes que aparecieran miles de ojos y la vieran, no solo desnuda, sino golpeada, disminuida y avergonzada, en un lugar que ya no le correspond&iacute;a. Descolg&oacute; su ropa y se cubri&oacute; con ella, mientras iba buscando una a una las prendas que se iba poniendo con premura. Cuando estuvo vestida, sali&oacute; del recinto de atenci&oacute;n, al pasillo, sin saber a donde ir. Camin&oacute; intentando desandar los vericuetos que hab&iacute;a hecho para llegar, pero s&oacute;lo lleg&oacute; a un pasillo ciego, terminado en una enorme puerta vidriada, de vidrios granulados que dejaban pasar la luz pero no la imagen. Un cartel advert&iacute;a: "Prohibida la entrada a personas no autorizadas". Pens&oacute; que era absurdo un cartel as&iacute;. Era redundante prohibir a quienes no ten&iacute;an autorizaci&oacute;n. Imagin&oacute; un tumulto de personas no autorizadas pechando por entrar, que insist&iacute;an, a pesar de no estar autorizadas, en su derecho de paso, a las cuales en una segunda instancia se les aseguraba que por no estar autorizadas y s&oacute;lo por eso, se les prohib&iacute;a el paso. Se dijo que la leyenda estaba dise&ntilde;ada de un modo tal que parec&iacute;a que en principio cualquiera pod&iacute;a pasar, pero algunos, ca&iacute;dos en desgracia, quedar&iacute;an impedidos. "Mi caso es parecido a eso" pens&oacute;, "me convert&iacute; en algo como una paria, o marginada". Se devolvi&oacute; en busca de otro camino de salida y se detuvo en la encrucijada de dos pasillos, que le pareci&oacute; no haber visto antes. Se divisaba puertas vidriadas en ambos pasillos, todas cerradas. En el interior hab&iacute;a mesones e implementos, como si se tratara de laboratorios. Se qued&oacute; ah&iacute; un rato, indecisa. Entonces vio a lo lejos a la enfermera que la hab&iacute;a conducido antes. Esta la mir&oacute; y sigui&oacute; su camino, como si fuera un artefacto mec&aacute;nico. La sigui&oacute;, apretando el paso. Cuando la alcanz&oacute; la enfermera la mir&oacute; sin sorpresa, en silencio y sigui&oacute; caminando. Entonces ella le dijo:<br /><br />- Estoy lista. &iquest;Por donde salgo?.<br /><br />- Es por el otro lado - respondi&oacute;, como si s&oacute;lo hubiera un camino y dos sentidos.<br /><br />- &iquest;Cu&aacute;l es el otro lado?.<br /><br />S&oacute;lo la mir&oacute;, sin expresi&oacute;n ninguna, como si fuera un aparato que s&oacute;lo espera ciertas preguntas a las que sabe responder. Sin el est&iacute;mulo apropiado, en cambio, contin&uacute;a su inercia natural. Intento otra f&oacute;rmula. Dijo:<br /><br />- &iquest;Me puede llevar?.<br /><br />La enfermera se encogi&oacute; de hombros y continu&oacute; su camino. Decidi&oacute; seguirla. Llegaron a la puerta por donde hab&iacute;an entrado, la abri&oacute; y grit&oacute; un nombre. Ella quiso aprovechar de salir, pero la enfermera la ataj&oacute;.<br /><br />- Esta no es la salida. El alta se la dan en la salida.<br /><br />-&iquest;Me va a llevar? - volvi&oacute; a preguntar y de nuevo la otra se encogi&oacute; de hombros, como si responder fuera absurdo. Entre una mujer gorda y un hombre que parec&iacute;a ser su hijo, entraron a un viejecillo de ojos llorosos y aspecto est&uacute;pido, sentado en una silla que ellos tra&iacute;an en andas. La silla si inclinaba hacia atr&aacute;s de modo que el viejo no cayera al suelo. Ven&iacute;a sentado con las manos metidas entre las piernas. El rostro de facciones porosas e hinchadas parec&iacute;an se&ntilde;alar a un alcoh&oacute;lico irredento. Quiz&aacute;s por lo acuoso y peque&ntilde;os, los ojos daban la impresi&oacute;n de ser claros, sin embargo el viejo ten&iacute;a la tez rojiza y el pelo entrecano, dejando ver que en su juventud hab&iacute;a sido negro. A pesar de ser muy peque&ntilde;o, como si la vida lo hubiera encogido con sus desgracias, la gorda y su hijo parec&iacute;an desplazarse con tanta dificultad como si el hombrecito hubiera pesado trescientos kilos, de manera que a pesar de la lenta parsimonia de la enfermera, ellos se iban quedando atr&aacute;s. Sinti&oacute; conmiseraci&oacute;n y los esperaba para que no se perdieran, se&ntilde;alando el curso y apurando a ratos el paso para ver por donde segu&iacute;a la enfermera que los guiaba. Por fin llegaron al recinto de atenci&oacute;n y tras ellas, penosamente despu&eacute;s de un rato, arribaron la gorda y su hijo con el viejo de los ojos llorosos y azules. La enfermera les dio algunas indicaciones y sali&oacute; sin decir palabra. S&oacute;lo tuvo fe que la conduc&iacute;a a la salida porque hab&iacute;a enfilado por el otro rumbo que aquel por el que hab&iacute;an llegado. Despu&eacute;s de un rato y de atravesar varios pasillos y encrucijadas pens&oacute; que jam&aacute;s habr&iacute;a llegado sola a la salida. Finalmente enfrentaron una puerta, al fondo de un pasillo, que ten&iacute;a un letrero en cartulina, pintado a mano que dec&iacute;a "ALTA". La enfermera se detuvo apenas vieron el cartel y dijo:<br /><br />- Por ah&iacute; - y sin esperar se devolvi&oacute; por donde hab&iacute;an venido, con su andar mec&aacute;nico. Sali&oacute; a una sala como un gran zagu&aacute;n. Tras unas enormes puertas vidrieras se ve&iacute;a la calle. A&uacute;n era de noche, aunque ella hab&iacute;a tenido la sensaci&oacute;n que ya ser&iacute;a de madrugada. Se encamin&oacute; a la puerta y la empuj&oacute; para salir, con una sensaci&oacute;n de ausencia extra&ntilde;a, quiz&aacute;s como si despertara a destiempo de un sue&ntilde;o extravagante. Una mujer de aspecto humilde, pero de rara belleza la ataj&oacute; tom&aacute;ndola de un brazo. Le dijo:<br /><br />- Tiene que esperar a que la llamen para que le den sus papeles con el alta -. Reci&eacute;n entonces se dio cuenta que el zagu&aacute;n estaba lleno de gente, tan lleno como la recepci&oacute;n, aunque en general aqu&iacute; la gente no presentaba un aspecto tan calamitoso como a la entrada. Por un momento pens&oacute; que la atenci&oacute;n ser&iacute;a muy efectiva, a juzgar por este hecho, pero luego se corrigi&oacute;: "Los casos graves son internados en alguna parte". Pens&oacute; en el viejo de los ojos azules y se pregunt&oacute;: "&iquest;Por qu&eacute; no lo habr&iacute;an entrado en una camilla?" y despu&eacute;s: "&iquest;Lo habr&aacute;n tra&iacute;do as&iacute;, en esa misma silla, desde su casa?".</font><br /><font color="#000000"><br />Afuera ya se ve&iacute;an las primeras sospechas de la aurora cuando finalmente la llamaron. Detr&aacute;s de las ventanillas de los funcionarios que atend&iacute;an, casi junto al techo, hab&iacute;a un enorme cartel, pintado a mano, donde tambi&eacute;n se le&iacute;a "ALTA". Pens&oacute; que era ir&oacute;nico que estuviera ah&iacute;, como si se&ntilde;alara que la pared que lo sustentaba lo era. El funcionario tras la ventanilla no pronunci&oacute; palabra alguna. Revis&oacute; un grueso fajo de papeles, entre los cuales alcanz&oacute; a divisar el formato donde se se&ntilde;alaba gr&aacute;ficamente sus lesiones sobre una persona con manos y piernas abiertas, dibujada de frente y espaldas, que tambi&eacute;n fue timbrado y firmado, certificando su paso ef&iacute;mero por esta estaci&oacute;n de trabajo. El parte de la polic&iacute;a tambi&eacute;n estaba ah&iacute;. Todo caratulado con la ficha que le hab&iacute;an abierto al entrar. Se pregunt&oacute;: "&iquest;C&oacute;mo de un tr&aacute;mite tan ef&iacute;mero, aunque demoroso, puede resultar una cantidad tan abultada de papeles?". El funcionario termin&oacute; de timbrarlos todos y firmarlos, uno a uno y luego los separ&oacute; en varios lotes, que sujet&oacute; con sendos corchetes. Clasific&oacute; cada lote en distintas canastillas que ten&iacute;a detr&aacute;s, excepto uno que conten&iacute;a el parte policial, al que al margen hab&iacute;an anotado ciertos n&uacute;meros, la fecha y hora un timbre y una firma, una receta m&eacute;dica, un parte de licencia de reposo m&eacute;dico y una copia de la ficha que le hab&iacute;an llenado al entrar. El funcionario le pidi&oacute; firmar esta copia y anotar su n&uacute;mero de c&eacute;dula de identidad. Cuando lo hubo hecho le cedi&oacute; el resto de los documentos y dijo:<br /><br />- Debe consultar a su m&eacute;dico de cabecera y a su ginec&oacute;logo en seis d&iacute;as -. Despu&eacute;s de eso se desentendi&oacute; de ella, tom&oacute; un nuevo fajo de papeles y llam&oacute; a otra persona. Ella estudi&oacute; los que hab&iacute;a recibido y no hab&iacute;a entre ellos ninguno que certificara las lesiones. Volvi&oacute; a la ventanilla y dijo:<br /><br />- &iexcl;Oiga!: Aqu&iacute; falta el certificado de lesiones -. El funcionario la mir&oacute; indiferente y se encogi&oacute; de hombros. Insisti&oacute;: - Falta el certificado.<br /><br />- Se manda directamente a la fiscal&iacute;a y al tribunal - respondi&oacute; el funcionario mientras revisaba los papeles del siguiente turno.<br /><br />- &iquest;Y yo no puedo saber mis lesiones?<br /><br />Se encogi&oacute; de hombros otra vez, sin mirarla. Dijo:<br /><br />- Usted las lleva puestas.<br /><br />Sinti&oacute; rabia y el primer impulso fue volver a contestar y promover una discusi&oacute;n in&uacute;til. Se sent&iacute;a vejada nuevamente. Entonces, por un momento, brev&iacute;simo, pens&oacute; pedir hablar con el jefe del funcionario. Alcanz&oacute; a preparar la frase, pero el jefe de &eacute;ste ser&iacute;a otro funcionario administrativo acostumbrado al mismo protocolo interno anquilosado en la costumbre de a&ntilde;os y se dijo: "Ser&iacute;a in&uacute;til", habr&iacute;a que cambiar todo el sistema y la norma consuetudinaria establecida, sobre la que nadie sabr&iacute;a, siquiera, quien era responsable, o cual ser&iacute;a la raz&oacute;n de obrar de este modo y no de otro. Prefiri&oacute; darse por vencida. "Ya hice todo lo que deb&iacute;a. No hay m&aacute;s que se pueda hacer: S&oacute;lo esperar" concluy&oacute;; entonces se encogi&oacute; de hombros a su vez y dando media vuelta sali&oacute; al aire fr&iacute;o y a la &uacute;ltima oscuridad de la noche que se escapaba por las esquinas.</font><br /><font color="#000000"><br />Al llegar a su casa vio con alivio que el viejo auto gris no estaba ah&iacute;, estacionado bajo el aromo junto a la entrada. Sin embargo, le pidi&oacute; al chofer del taxi que no se fuera hasta que ella hubiera entrado. Apenas estuvo dentro dio dos vueltas a la chapa de seguridad y pas&oacute; el pestillo de protecci&oacute;n. La sospecha de un posible peligro le hab&iacute;a acelerado el coraz&oacute;n. Se sent&oacute; en el sill&oacute;n de la esquina y desde ah&iacute; vio el pedazo de papel desgarrado, encima de la mesita. Con letras grandes y repasadas, escritas en tipo imprenta dec&iacute;a: "&iexcl;PERD&Oacute;NAME! NO QUISE HACERLO. DE VERDAD QUE NO. TE QUIERO Y TE NECESITO, &iexcl;POR FAVOR HABLEMOS!". El pecho se le llen&oacute; de congoja y se le escap&oacute; un sollozo. No sab&iacute;a si la emoci&oacute;n proced&iacute;a del arrepentimiento de su agresor, o de la pena que sent&iacute;a por s&iacute; misma, o s&oacute;lo era la sublimaci&oacute;n de su rabia. "&iexcl;Desgraciado! &iexcl;infeliz! &iexcl;hijo de puta!" dijo en voz alta, con los dientes apretados y arrugando el papel lo lanz&oacute; lejos. "Nunca quiero perdonarte" pens&oacute;.</font><br /><font color="#000000"><br />Es posible que haya sido al mi&eacute;rcoles siguiente, aunque no tiene importancia alguna, igual hab&iacute;a oscurecido temprano y la monoton&iacute;a de la soledad y el temor arreciaban justo a esta hora, cuando ca&iacute;a un manto negro sobre los aromos de la calle. El interior hab&iacute;a que combatirlo con las l&aacute;mparas que s&oacute;lo iluminaban tristezas y ausencias. Fue entonces que llamaron a la puerta. Se sobrecogi&oacute;, y a pesar que pod&iacute;a mirar por la ventana para saber quien era, tuvo temor. S&oacute;lo pregunt&oacute;, desde detr&aacute;s de la puerta:<br /><br />- &iquest;Qui&eacute;n es? -. Sab&iacute;a que era in&uacute;til preguntar. Sab&iacute;a que era &eacute;l y el desamparo le pes&oacute; m&aacute;s que nunca.<br /><br />- D&eacute;jame entrar. Quiero hablar contigo. Quiero que me entiendas; que me perdones. Yo s&eacute; que me quieres. &Aacute;breme por favor: No voy a hacerte da&ntilde;o.<br /><br />- &iexcl;&Aacute;ndate! No quiero saber nada.<br /><br />- &iexcl;Por favor! - suplic&oacute;.<br /><br />- &iexcl;No! No quiero nada m&aacute;s contigo. &iexcl;&Aacute;ndate o llamo a carabineros!<br /><br />- &iexcl;Perd&oacute;name! &iexcl;Por favor! No sabes lo arrepentido que estoy... &iexcl;De verdad! -. Le pareci&oacute; que lloriqueaba y pens&oacute;: "&iexcl;Mentiroso!". No respondi&oacute; nada. S&oacute;lo se qued&oacute; ah&iacute; en silencio, escuchando. &Eacute;l suplic&oacute; m&aacute;s, su voz estaba quebrada y en su &aacute;nimo sent&iacute;a la p&eacute;rdida y reconoc&iacute;a la culpa. Se sent&oacute; en el umbral y solloz&oacute; con la cara entre las manos. No quer&iacute;a hacerlo, pero le era inevitable. "La perd&iacute;" pens&oacute;. "La perd&iacute; para siempre. &iquest;Por qu&eacute; lo hice? si yo no quer&iacute;a, pero me oblig&oacute;. Tengo que explicarle, tiene que entenderlo: Ella me obliga con su manera de responder". Sigui&oacute; lloriqueando ah&iacute; sentado, mientras una cantidad inconmensurable de pensamientos se superpon&iacute;an unos con otros sin orden ni concierto: "No quiero llorar", "Se lo merec&iacute;a, tiene que darse cuenta", "Quiero irme, pero no quiero que nadie me vea llorar". "Si ella me ve no importa, as&iacute; se dar&aacute; cuenta que me cag&oacute;". "Ella me hace ver como si fuera un malvado, pero me provoca". "&iquest;C&oacute;mo tantas veces antes le pegu&eacute; un poco y justo ahora me echa?". "Es que ese renacuajo no es m&iacute;o. &iexcl;No es m&iacute;o! &iquest;Entonces c&oacute;mo quiere que no le pegue?".<br /><br />Crey&oacute; o&iacute;rlo llorar apoyado en la puerta y se asom&oacute; por la ventana, con temor y cuidado: Era cierto. Ah&iacute; estaba como un ni&ntilde;o castigado. Sinti&oacute; pena y quiso consolarlo, abrazarlo y decirle que no llorara. Sinti&oacute; verg&uuml;enza por &eacute;l y por s&iacute; misma. Por un instante pens&oacute; en abrir la puerta y hacerlo entrar, para que no lo viera la gente ah&iacute;, arrasado, llorando, disminuido. Sinti&oacute; que a la vez la disminu&iacute;a a ella frente a quienes lo vieran al pasar. "&iquest;Qu&eacute; van a pensar?" se dijo. Se qued&oacute; ah&iacute;, en la duda, mucho rato y llor&oacute; tambi&eacute;n. Es posible que si no hubiera existido el muro f&iacute;sico que los separaba, se hubieran abrazado a llorar, juntos, aunque cada cual por motivos tan diversos. Finalmente dijo:<br /><br />- Es mejor que te vayas. Otro d&iacute;a hablamos -; y concluy&oacute; con voz tranquila y una serenidad que hac&iacute;a mucho tiempo cre&iacute;a perdida: - Al menos hoy, no te voy a abrir.<br /><br />El sigui&oacute; llorando ah&iacute;, todav&iacute;a un buen rato, pero al fin se fue, vencido.</font><br /><font color="#000000"><br />No volvi&oacute; el jueves ni el viernes, pero s&iacute; el domingo, tambi&eacute;n el siguiente martes y luego no se supo de &eacute;l hasta el lunes y as&iacute;. A veces no aparec&iacute;a en semanas, pero despu&eacute;s se sentaba a llorar en la puerta y a pedir perd&oacute;n varios d&iacute;as consecutivos. Con el tiempo comenz&oacute; a traer regalos y flores que dejaba engarzadas en las rejas de las ventanas, o animalitos de peluche, a veces peque&ntilde;os y otras enormes que dejaba junto a la puerta. Tambi&eacute;n dejaba tarjetas impresas con mensajes a los que a&ntilde;ad&iacute;a alguna frase como: "Alg&uacute;n d&iacute;a comprender&aacute;s cu&aacute;nto te amo". En ocasiones dejaba mu&ntilde;equitos de hule o trapo de diversos tama&ntilde;os. En una ocasi&oacute;n dej&oacute; dos micos en un bols&oacute;n de cartulina satinada que se besaban y dec&iacute;an: "&iexcl;Ailavyu!". Todos eran echados a la basura: Flores, mu&ntilde;ecos, animales, cartas de amor y perd&oacute;n, tarjetas, frutas olorosas, discos con canciones rom&aacute;nticas, joyitas de fantas&iacute;a, monos que hablan, chiches y adornos, sobres con alg&uacute;n dinero "para ayudar" y lo que fuera.</font><br /><font color="#000000"><br />Nunca lleg&oacute; la citaci&oacute;n del tribunal ni de la fiscal&iacute;a. Ella, por consejo de alguien que dijo haber sabido de otras mujeres en situaciones similares, se present&oacute; en la fiscal&iacute;a de su sector, despu&eacute;s de dos meses de los hechos. Se abri&oacute; entonces, reci&eacute;n, un rol para la causa y se pidi&oacute; a la polic&iacute;a copia del parte, al hospital el certificado de lesiones y le dieron un nuevo formulario, corcheteado a los papeles que llevaba, con un n&uacute;mero de rol para la causa, las especificaciones t&eacute;cnicas, una firma y un sello certificados bajo una fecha de ingreso. Se le inform&oacute; que se abrir&iacute;a un caso en el tribunal competente, por agresi&oacute;n de hecho. No se le pod&iacute;a caratular como violencia intrafamiliar ni de genero, porque la v&iacute;ctima no era c&oacute;nyuge del victimario. Quince d&iacute;as despu&eacute;s se present&oacute; a consultar por la causa y le dijeron que el tribunal hab&iacute;a emitido una precautoria de oficio prohibiendo al supuesto agresor acercarse a menos de doscientos metros del domicilio de la agredida, pero que sin embargo la precautoria no iba dirigida a nadie en particular porque el agresor no hab&iacute;a comparecido. A la vez, le dijeron que a falta de mayores antecedentes, sin perjuicio de la orden de investigar que persist&iacute;a, el caso quedaba temporalmente cerrado. Todo esto fue explicado en t&eacute;rminos y conceptos jur&iacute;dicos que no comprendi&oacute; del todo, de manera que podr&iacute;a ser completamente diferente de lo expresado aqu&iacute;, o incluso del mismo modo pero por razones muy distintas. La prohibici&oacute;n supuesta no tuvo efecto ninguno y ella recibi&oacute; cientos de notas, cartas, mu&ntilde;ecos, flores y visitas de horas junto a su puerta en que el hombre lloraba pidiendo disculpas y explicando sus razones, mientras ella dentro de la casa permanec&iacute;a, al principio, aterrada, mas tarde sobrecogida, despu&eacute;s con conmiseraci&oacute;n y por fin hastiada. Varias veces hizo venir patrullas policiales que lo desalojaron por la fuerza y tuvieron que escuchar las razones que no les interesaban y que de seguro hab&iacute;an o&iacute;do cientos de veces de cientos de otros hombres y mujeres desavenidos.</font><br /><font color="#000000"><br />Fue un lunes de fines de septiembre. Algo tienen los lunes para muchos que resultan ser una especie de compendio de los fracasos que no se logra superar. Entonces, aun cuando septiembre es primavera y al terminar el mes los cielos est&aacute;n llenos de volantines, como si fueran los sue&ntilde;os nuevos y livianos que se echan a volar, aun cuando las mujeres desnudan sus hombros y muestran la curva de sus escotes, a&uacute;n cuando parece que todo florece, incluso los amores nuevos; hay quienes sienten que el lunes es el negro recordatorio de alg&uacute;n fracaso que no los deja mirar los colores nuevos del cielo y de los &aacute;rboles, ni disfrutar de los dulces aromas del aire m&aacute;s tibio, o del canto de los p&aacute;jaros y el revoloteo de las palomas, alzadas, en las plazas. Para otra, ocho meses y medio de embarazo, a fines de septiembre eran una promesa tan esperada, a punto de cumplirse. Era algo que llenaba de una rara emoci&oacute;n esa primavera, que hac&iacute;a olvidar los contratiempos y presagios, las amenazas y los momentos oscuros. As&iacute; habr&aacute; caminado lenta por la callecita repleta de amarillo y perfumes densos de los aromos, mientras el sol de la tarde emprend&iacute;a su lenta retirada. A veces los lunes, si son pl&aacute;cidos para otros, activan con mayor fuerza las frustraciones, los fracasos y tambi&eacute;n los rencores. Quiz&aacute;s por eso los lunes est&aacute;n llenos de planes y resoluciones temerarias. Ella habr&aacute; o&iacute;do el ruido del motor que parec&iacute;a acelerar con desesperaci&oacute;n, como si fuera la &uacute;ltima oportunidad de alcanzar su meta. Tal vez habr&aacute; alcanzado a pensar en el contrapunto entre la placidez de su paseo y la premura del autom&oacute;vil, antes que este frenara, chirriando los neum&aacute;ticos a su vera. El chofer se habr&aacute; bajado y quiz&aacute;s la tom&oacute; firmemente del brazo antes que llegara a sentir temor. Tal vez dijo:<br /><br />- &iexcl;Vamos! &iexcl;Sube! Ahora vamos a conversar.<br /><br />Intentar&iacute;a desasirse, pero &eacute;l fue demasiado fuerte y tuvo temor, m&aacute;s que por si misma, por el hijo que esperaba.<br /><br />- Est&aacute; bien - respondi&oacute; -, pero no me hagas da&ntilde;o. &iexcl;Por favor! - y se habr&aacute; dejado arrastrar al viejo auto gris. Tal vez emprendieron una loca carrera hacia el parque del cerro, al que subieron por el camino del mirador. - &iquest;Qu&eacute; quieres? &iquest;A d&oacute;nde me llevas? - habr&aacute; preguntado asustada al ver que tomaban ese rumbo solitario, a donde s&oacute;lo iban parejas a ver ponerse el sol y nacer las luces urbanas de la noche, los fines de semana. "Sin embargo", pensar&iacute;a, "un lunes es seguro que no habr&aacute; nadie". Habr&aacute; conducido sin decir nada, mientras su alarma aumentaba. El mirador debe haber estado vac&iacute;o. La vista en las primeras penumbras, cuando la luz declina de rojo a gris estalla en mil reflejos de oro que se incendia en edificios de cristal. M&aacute;s atr&aacute;s la cordillera, a&uacute;n nevada mostrar&iacute;a un tel&oacute;n sobrecogedor. Detuvo el auto junto al despe&ntilde;adero que hace de balc&oacute;n colgante. Habr&aacute; dicho:<br /><br />- No sabes cu&aacute;nto da&ntilde;o me haces. &iexcl;Cu&aacute;nto me has hecho!<br /><br />Ella habr&aacute; visto un brillo extra&ntilde;o, distinto, que nunca not&oacute; antes, en sus ojos. &Eacute;l sentir&iacute;a la fuerza de su coraz&oacute;n estallando en cada latido, en el pecho, en la garganta, en los o&iacute;dos. Habr&aacute; sentido ese raro placer que produce alcanzar una meta tan anhelada: "Por fin la tengo para m&iacute;" habr&aacute; pensado. Quiz&aacute;s, haya dicho:<br /><br />- &iexcl;Confiesa que no es m&iacute;o! &iexcl;Dilo! &iexcl;Dilo!<br /><br />Equivocada, o tal vez ya nada importaba, pero intentando ganar tiempo o complacerlo, o ambas a la vez habr&aacute; respondido:<br /><br />- &iexcl;No! &iexcl;No es tuyo! &iexcl;Es m&iacute;a es s&oacute;lo m&iacute;a!<br /><br />- &iexcl;Mentira! &iexcl;Puta! &iexcl;Puta! &iexcl;Mil veces puta! &iexcl;Dime de qui&eacute;n es! &iexcl;Lo voy a matar. Los voy a matar a los tres! &iquest;Entiendes? - Ella habr&aacute; intentado bajar del auto, pero los cerrojos estar&iacute;an bloqueados -. Dime quien es el padre del renacuajo, confiesa que no es m&iacute;o y te dejo salir - habr&aacute; dicho. Quiz&aacute;s ella habr&aacute; intentado calmarlo, tal vez le habr&aacute; dicho:<br /><br />- No me hagas da&ntilde;o. Es una ni&ntilde;a, es tu hija. &iexcl;Te lo juro! &iexcl;Es tu hija!<br /><br />- No me importa lo que sea. Si hubiera sido m&iacute;a, nunca me la hubieras quitado: &iquest;Es que no puedes entender que te amo? &iquest;No entiendes que te necesito? Me la quitaste porque no era m&iacute;a y si no es m&iacute;a no ser&aacute; de nadie: &iquest;Entiendes? &iexcl;De nadie! - habr&aacute; gritado, salpicando espuma.<br /><br />El brillo de los ojos quiz&aacute;s le habr&aacute; anunciado la amenaza. Tal vez haya alcanzado a ver como alzaba la mano con algo oscuro y redondo. Por un momento un rinc&oacute;n de su pensamiento habr&aacute; vuelto a esta plaza y quiz&aacute;s se haya visto a s&iacute; misma, sola, sentada en ese banquito, al atardecer, leyendo "Un sue&ntilde;o americano" de Norman Mailer, mientras &eacute;l se acercaba y se sentaba a su lado por primera vez, en aquel tiempo ido. En ese momento preciso habr&aacute; descargado el golpe sobre su rostro. Las luces del impacto se habr&aacute;n alcanzado a confundir en su cerebro con los reflejos del sol en los cristales de los edificios urbanos. Despu&eacute;s todo habr&aacute; desaparecido. Dos, tres golpes habr&aacute; descargado, todav&iacute;a, sobre la cabeza ca&iacute;da a un lado sobre la ventanilla y se habr&aacute; detenido exhausto sin poder atajar el ritmo de su respiraci&oacute;n ni el golpe de su coraz&oacute;n en los o&iacute;dos.</font><br /><font color="#000000"><br />Se baj&oacute; del auto y arroj&oacute; la piedra, que hab&iacute;a tenido guardada y ahora estaba llena de sangre, por el despe&ntilde;adero del mirador, luego sac&oacute; de la maleta del veh&iacute;culo un bid&oacute;n con parafina. La empap&oacute; con el l&iacute;quido; verti&oacute; m&aacute;s en los asientos y termin&oacute; de vaciar el contenido en el exterior de la carrocer&iacute;a. Puso la llave en la chapa de contacto, asegur&oacute; los cerrojos, ech&oacute; un f&oacute;sforo encendido al interior y cerr&oacute; la puerta. El fuego ardi&oacute; con rapidez.</font><br /><font color="#000000"><br />Desde los pies del cerro alguien divis&oacute; el fuego en la incipiente oscuridad y avis&oacute; a bomberos. Cuando llegaron al lugar, el auto se hab&iacute;a consumido casi por completo. Sentado en el suelo a un lado un hombre sollozaba:<br /><br />- &iexcl;Perd&oacute;name! &iexcl;No quise hacerlo! Pero t&uacute; me obligaste. &iquest;Por qu&eacute; me obligaste? &iquest;Por qu&eacute; no lo abortaste? &iexcl;No es hijo m&iacute;o! &iexcl;No lo es! -. Asegur&oacute; que hab&iacute;a tratado de sacarla: - Pero las puertas estaban con cerrojo y las llaves en el contacto. No pude sacarla.<br /><br />Los bomberos rescataron del interior del auto, el cuerpo sin vida de la mujer. Alguno sinti&oacute;, al examinarla, que el ni&ntilde;o se mov&iacute;a en su vientre. "Est&aacute; embarazada" grit&oacute;. "El ni&ntilde;o todav&iacute;a se mueve". En el mismo carro de bomberos la llevaron de urgencia al hospital m&aacute;s cercano, donde practicaron una operaci&oacute;n ces&aacute;rea al cad&aacute;ver que ten&iacute;a cerca del ochenta por ciento del cuerpo y las v&iacute;as respiratorias quemadas, pero la ni&ntilde;a sobrevivi&oacute; milagrosamente.</font><br /><font color="#000000"><br />M&aacute;s tarde, cuando le informaron que su hija se hab&iacute;a salvado y estaba fuera de peligro, se encogi&oacute; de hombros con desd&eacute;n y dijo:<br /><br />- No es mi hija, me enga&ntilde;&oacute; y por eso tuve que matarla, pero ella hubiera querido que se llamara "Paloma Dellab&uacute;": P&oacute;nganle ese nombre.</font><br /><br /><font color="#000000">&copy; Kepa Uriberri</font></div>]]></content:encoded></item></channel></rss>