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Por Daniel Vargas Minerbi
Tlaxhixikitecóatl viene de las voces en náhuatl tlachixki (observador); tecolotl (pico torcido) y cóatl (serpiente), para denominar a un ser observador que vuela como un tecolote y serpentea como una víbora. Ilustración tomada del Códice Laud, lámina 5. Aquí da inicio esta crónica de Tlaxhixikitecóatl, un observador que puede volar o serpentear a través del tiempo y el espacio. Desde hace cientos de miles de años, patrulla el suroeste desde lo que hoy es California, Baja California, Arizona, Sonora, Nuevo México, Chihuahua, Texas, Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas desde tiempos remotos cuando aún el hombre no había llegado a este planeta. Estaba habitado por el Cerutti Mastodon entre otras especies. Estos mamuts circulaban libremente por el vasto territorio desde el Océano Pacífico hasta el Golfo de México. Ningún nombre de lugares existía, solo eran desiertos, ríos, médanos, montes, volcanes, espacios que Tlaxhixikitecóatl amaba libremente. Lo único que hacía era recorrer estas grandes áreas como lo sabía hacer. Volando y serpenteando, disfrutando de encuentros con todas las especies animales y vegetales que hallaba en sus cruces. Si le ponemos tiempo a este inicio, debería ser alrededor de 130,000 años antes de nuestra era. Tlaxhixikitecóatl gozaba observar la armonía y tranquilidad que reinaba. Los únicos ruidos fuertes eran el sonido de los relámpagos de las tormentas que iluminaban, sobre todo en las noches aquellos territorios. Era espectacular ver y sentir la lluvia en su plumaje especialmente diseñado para no cargar el agua de lluvia que caía. El aceite acicalado en sus plumas más externas hace un efecto impermeable. Así pasó mucho tiempo en ese espacio, patrullando los cielos, las arenas, colinas, ríos y bosques, hasta que un día por allá después de unos 70,000 años, en la era del pleistoceno que advirtió la llegada de unos seres bípedos muy diferentes a lo que Tlaxhixikitecóatl estaba acostumbrado a ver. Cubiertos sus cuerpos y sus pies con pieles y cargando unos artefactos hechos con huesos y piedras cruzaron esos terrenos varias veces, Tlaxhixikitecóatl escuchó sonidos que emitían y observó señas que hacían entre ellos. Había niños, jóvenes y adultos de ambos sexos que caminaban en varias direcciones buscando alimentos de animales y plantas tanto en la tierra, como en el agua de los ríos y mares, así como en el aire. Tlaxhixikitecóatl emitía su ulular desde los aires y su gruñido y silbido desde la tierra así como el sonido de su cascabel para que advirtieran su presencia. Algunos de estos seres hacía ademanes con las manos y los brazos para saludarlo mientras volaba y otros desaparecían con el ruido de su paso por el piso irregular en el cual serpenteaba. Esos eran los encuentros que tenía con ellos. Después de otro gran periodo de tiempo y con el establecimiento de algunas villas de estos seres alrededor del territorio que Tlaxhixikicóatl habitaba, observó como estos empezaron a cultivar las tierras, pudo ver campos sembrados de comida que pudo probar como el maíz, la calabaza, el melón, la sandía, y los roedores que fueron atraídos por estos nuevos alimentos. Tlaxhixikitecóatl podía disfrutar de una dieta variada en carne o plantas con la llegada y desarrollo que estos seres habían traído. Su lenguaje fue evolucionando y podía distinguir grupos de sonidos, ritmos y cantos de ellos. Un día, Tlaxhixikitecóatl vio a un pequeño grupo de hombres que circulaban por un sendero y que venían montados en grandes animales de cuatro patas. Su apariencia era diferente, en vez de solo vestir con pieles y telas, tenían ropas y cubrían su rostro con armazones metálicos. * Esta serie de crónicas seguirá semanalmente a medida que transcurra el tiempo. Tlaxhixikitecóatl continuará siendo testigo de más cruces y voces de toda vida que atraviese este vasto territorio citado arriba. Será testigo de miles de cruces y escuchará las voces y los sonidos que en él se realicen.
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October 2025
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