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¿Quién soy cuando escribo?

Almuerzo de viernes

2/20/2020

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Almuerzo de viernes
Varios de los que estuvieron ahí insisten en decir que fue un sábado por la noche, a eso de las nueve, cuando cada uno de los solitarios de siempre se acerca a esa mesa del bar, cercana al piano y entre risas tristes y nostalgias le piden al pianista: "Tócate esa de Billy Joel". Pero yo sé que no. Yo nunca voy al bar los sábados. Sé que era un viernes que nos habíamos sentado, como siempre, a las dos de la tarde para almorzar sin tiempo, de modo que nos daban las cuatro con el bajativo de la casa, las seis con la repetición y a las ocho comenzaba a llegar gente a nuestra mesa con la «Hora Feliz». También llegaba un pianista o un cantante de baladas o boleros. Todos pedían canciones y las repetían con voz arrastrada.

Nosotros hablábamos de nada y de todo, inventando mentiras que divertían a la gente que se iba sentando a nuestra tertulia. Ese día Martín, como si lo estuviera viendo hoy, tenía los dedos manchados de verde vejiga y bermellón, por eso cuando se acomodaba la bufanda árabe lo hacia con un gesto extraño con el dorso de la mano, para no mancharla. Yo imagine que si su boina hubiera sido del color de las manchas en sus dedos y lo hubiéramos maquillado, también con esos colores, podría haber representado un payaso en vez del pintor que era. Así se lo dije. Riendo contestó que la "Mariné" podía representar a la trapecista y a ella le pareció bien. Creo que había jalado bastante a esa hora, porque comenzó a sacarse la ropa para representar su rol y cambiaba de humor con facilidad. Martín era Clavero y la "Mariné" (el papel que solía representar cuando Martín tomaba el rol de galán de fotonovela e imitaba a Gary Cooper) encarnó a una Thereza muy posmoderna. En menos de un par de minutos estaba en sostén y calzón brincando en la mesa entre la alegría, que me pareció triste, de la multitud que se arremolinó a verla y trataba de sujetarla después de cada pirueta.

Mientras ellos jugaban, uno a un Clavero galante y celoso, la otra a una trapecista audaz y toda la comparsa de la mesa aullaba entre público y coristas, compuse, sobre las servilletas de papel, mi propia oda a las candilejas. Therry en esta versión es por supuesto la estrella del trapecio, y aunque no lo ama, es la mujer del director. Tal vez, nadie puede estar seguro, ella ame en secreto al payaso, o quizás sólo siente lástima por este hombre viejo y ya acabado que persiste en actuar de galán y declararle su amor. Cada día reza antes que Therry salga a escena para protegerla de esta manera, pues no tiene otra, del peligro de la audacia que es más y más riesgosa. Clavero sospecha que Corales, el director, y su dueño, le exige ser cada vez más arrojada. De esta manera la ha convertido en la atracción principal del circo.


— Palomita —, le advierte Clavero, — los trapecios están húmedos y puedes perder la coordinación. Corales, hoy, te hace saltar desde el mástil central de la carpa; el más alto. Cualquier vacilación te hará perder la llegada y caerás al vacío. Recuerda que no tienes red de seguridad. No hagas ese salto. ¿Qué sería de mi si caes al vacío?.


La Mariné subió una silla sobre la mesa. Entre los gritos y festejos de los parroquianos sube hasta quedar en equilibrio inestable en el borde superior del respaldo. Semidesnuda, llama la atención del barman, del hombre al piano y de una de las meseras de pelo verde y labios verdes, de ojos de serpiente verdes, que le grita desde la distancia:


— ¡Bájate de ahí, huevona, eso no está permitido!


La Mariné la ignora. Clavero intenta sostenerla para impedir el salto en el que puede partirse la espina. Creo que en ese momento le declara su amor verdadero:


— ¡Therry! — le suplica —: Nunca me dijiste tu nombre real. Dime, al menos, si tal vez me amas.

Yo escribo en mi servilleta de papel:

"Una paloma sin alas
observa, audaz,
la pista desde lo alto.
Piensa que es la heroína
nunca podría pasarle nada
a esta pájara liviana
antes de saber batir sus plumas
que tal vez no tenga.

"Airosa alza un pie
sostiene un equilibrio gracioso
sobre el otro
despliega las alas que no posee
mientras Corales pide aplausos
y Clavero llora.

"¿Quién te cortó las alas
Palomita loca?
¿Por qué te arrojas al vacío
sola?"

La Mariné, vacilante, apura un giro antes que la mujer del pelo verde la alcance. Con manos de uñas verdes ase la silla por las patas y la saca del equilibrio de la paloma, que vuela por los aires y se posa en el barandal del segundo piso, triunfante.
Yo escribo en la servilleta:
"Thereschenka, la artista del trapecio, confiesa:

— Este vuelo mortal lo emprendo porque quisiera, pero no puedo amarte.


"Corales pide aplausos al público
pide redobles y armónicas a Billy Joel
pide risas a los payasos
pide fiesta de las fieras a los domadores
pide llanto de amor imposible a Clavero
y dice:
Despliega tu pasión, alza tu vuelo, confiesa tu amor.
¡Aquí lo espero!"


Alguien agita una fusta, golpea la barra y pide orden. "No hay red" reclama Clavero. La Mariné salta desde la balaustrada donde cada noche lo esperara; Martín se tapa los ojos con la boina, la mancha de verde vejiga y bermellón; la armónica gime la canción del perdedor. La droga sostiene el vuelo de la pájara que rodea el salón intentando escapar por las altas vidrieras donde se estrella. Finalmente se posa en una viga del tejado. Sin descubrir su rostro, Martín solloza: "A lo menos siempre te amé, mariposa de mis noches. No caigas con estrépito ahora".


Escribo en la servilleta:
"Corales alza su látigo de rector
y fustiga al pianista:

— ¡Fanfarria! — exige.
Piano y armónica la ejecutan.
la artista del trapecio salta
desde el alféizar de la alta ventana
y su vuelo termina suave en la balaustrada.
Con las alas desplegadas desciende
las escaleras, triunfante".


Pero no es verdad. La fanfarria del piano y la armónica, los clamores de la gente ocultan la tragedia.

— Se le advirtió — alega Corales manteniendo a raya, con su látigo, al público que quisiera lincharlo.

— Se le advirtió — solloza Martín, — no tenías red.

— Se le advirtió — canta el baladista, — si no hubiera estado atada a la droga, jamás habría sido, del trapecio, una artista.

— Se le advirtió — gime la música de la armónica.

— Se le advirtió — escribe el pianista en su teclado.

— Se le advirtió — brama el público sentado a nuestra tertulia.


Yo me he quedado sin palabras para escribir. Tomo de la cintura a la mujer del pelo verde, de los ojos verdes de serpiente, de la boca pintada de verde, con las uñas verdes y su delantal fosforescente verde y nos vamos del lugar, sin amor, sin compromiso, sin futuro.


El viernes siguiente, y el que sigue, y el que lo siguió, y muchos más, el bar estuvo cerrado. El siguiente verano inauguraron en el lugar la embajada de un país desconocido y lejano.


Me suelo sentar ahí, en el suelo, y escribo como siempre, lo que me viene en gana. Por ejemplo: "Ella tenía clavado un puñal entre los pechos". 


© Kepa Uriberri    

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El fracaso de la Revolución del cincuenta y seis

12/31/2019

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El fracaso de la Revolución del cincuenta y seis

¡Ah! Sí. La revolución del cincuenta y seis. Recuerdo muy bien la revolución del cincuenta y seis y los motivos que la impulsaron. Los conjurados, todos hombres generosos, todos intelectuales preparados, no sólo en los temas de alta política, sino en el combate y la resistencia ante cualquier circunstancia adversa, habían, de manera subrepticia y eficaz, promovido la revolución entre los descontentos. Es que había, por esa época, tanto malestar y una sensación de opresión y falta de expectativas, que sólo necesitábamos un caudillo carismático que aglutinara esa decepción en torno a cualquier idea más o menos viable, a cualquier anhelo alcanzable. Fue entonces que los seis conjurados aprovecharon los clamores ensordecidos para arrastrar a la gente tras un sueño absurdo y engañoso.

Todo comenzaría en la madrugada del dos de julio, a lo largo y ancho del territorio, en forma ordenada y organizada, y sin retroceso. Se proclamaría el comienzo del año uno de la revolución, y cada año estaría, en más, compuesto de trece meses, cada uno de veintiocho días, además, habría un día siempre feriado, para celebrar la revolución, que no pertenecería a mes alguno, el que se llamaría Día del Festejo. De esta manera en el mismo tiempo, la población percibiría trece remuneraciones en vez de doce, tendría más plazos para pagar sus endeudamientos y a la vez se haría merecedora a un día y un cuarto más de vacaciones anuales correspondiente el nuevo mes que se instituía desde ya. El año comenzaría el día del festejo, correspondiente al antiguo dos de julio, día central del viejo calendario, paradigma, éste, del desorden social, donde los meses tan pronto tenían treinta como treinta y un días, organizados de modo arbitrario, y entre este desorden, justo en el verano del hemisferio austral, al que pertenecía la nación, cuando la mayor parte de la población tenía derecho a descanso, se insertaba un mes de veintiocho días, más breve que los demás. Todos los países más pobres estaban sujetos a este oprobio, ya intolerable. Con este nuevo comienzo de año se daría vueltas todo el concepto de explotación del desposeído y se instauraría un calendario igualitario y equitativo. El primer mes del año, en honor a la revolución, se llamaría Revolucionero y como forma de facilitar la nueva utopía y su instauración, todos los demás meses llevarían el mismo nombre de antes, con lo que cada año de la revolución terminaría el veintiocho de julio, equivalente al primero de julio convencional.

Recuerdo que en la madrugada del dos de julio del cincuenta y seis salieron los partidarios de la revolución, de diversos lugares que cubrían los cuatro puntos cardinales, de las principales ciudades del país portando grandes pancartas con el nuevo Calendario Revolucionariano. Se tomó, en paz y con serenidad, las principales avenidas, los edificios públicos, los caminos y los terminales de locomoción, paralizando de este modo al país. A quienes quisieran oponerse a la revolución sólo se les abrazaba y se le deseaba un "Feliz año nuevo revolucionario", con lo que la mayoría pedía explicaciones, y vistas las ventajas de la nueva utopía, se convertían de inmediato, casi todos, en nuevos partidarios de la revolución. Ya antes de salir a las calles, muchos de nosotros sentíamos la alegría del triunfo de una revolución que no podía dejar de interpretarnos a todos, de manera que al escuchar las noticias en las radios (aún no teníamos televisión, que sólo llegó años después, gracias al fútbol) todos cantábamos espontáneamente el himno que tan secretamente murmurábamos en las reuniones clandestinas, como santo y seña para reconocernos. Era tal el optimismo, que en todas las calles, de todo el país se oía, al unísono el "Arriba con un sueño nuevo" y todos sentíamos vibrar en el pecho el corazón de una nueva ilusión. ¡Qué día aquel en que todos nos tomamos este país que nos pertenece!.

El presidente, Erre E. Reboyedo se negó a parlamentar con los caudillos de la revolución. Alegando la voluntad de la mayoría; aun cuando todos sabíamos que la fragmentación del ideario político y la habilidad de la oligarquía para dividir, no sólo a sus enemigos, sino para, incluso, autodividirse en múltiples facciones, le había permitido al Partido de la Restauración Republicana el más recalcitrante y radical de todos los radicales recalcitrantes de entre los veintisiete partidos del espectro político, con el apoyo del P.A.R., elegir con un doce por ciento escaso de los votos, al presidente de la asociación gremial de la industria y la agricultura como presidente de unidad de la república, y reelegirlo ya por cuarto período consecutivo, sin necesidad de fraude alguno, sólo amparado en la debilidad de la constitución; el presidente sacó a las fuerzas armadas a la calle y retiró a las de orden y seguridad.

El comandante en jefe de todas las fuerzas armadas, en tiempo de emergencia nacional no era partidario de los revolucionarios, lo mismo que la oficialidad, pues consideraban que un calendario de trece meses podría hacer aún más largo cualquier conflicto bélico, ya fuera una guerra contra algún país fronterizo, o contra el enemigo interno, nunca despreciable. De esta manera, sin piedad alguna, sino con brutal decisión, maniobró en forma tal que logró desalojar las alamedas y empujar y acorralar a los revolucionarios hacia el cerro, donde se encuentra el Parque de la Patria. Entonces se presento donde su excelencia don Erre E. Reboyedo, que almorzaba con los dirigentes del gremio de la industria y el agro, en el Club de la Alianza, donde se bebía la tercera ronda de whiskey, y se fumaba habanos Partagás o Cohiba.

Las noticias que traía el comandante se recibieron con un murmullo de desaprobación: "No podemos permitir que continúe este movimiento absurdo" decían unos, otros calculaban que el costo, para la economía, cuando menos, sería de un diez a un quince por ciento mayor, de manera persistente, si esta revolución llegaba a triunfar. "Mucho más barato es reprimirlos ahora y dar alguna reforma en compensación" opinaba algún dirigente. Otros creyeron ver cierta debilidad en alguna cavilación del presidente. Éste sintió, por ello, herido su orgullo y reaccionó de inmediato: "Haga lo que sea necesario" dijo con la misma voz de gola que en sus discursos, desde los balcones del palacio de gobierno prometía: "¡Habrá vivienda para todo mi querido populacho!". "¿Y qué sería necesario?, su excelencia", preguntó el militar con alguna sorna. "Hay que ser ejemplarizador" dijo el secretario general del partido que a la vez lo era de la asociación y director del Club de la Alianza. "¡Cierto!" dijo otro, mientras Erre E. Reboyedo sentía que se ofuscaba, como muchas veces le ocurría en las contrariedades. "Mucho peor sería echarse encima a toda la industria, sin considerar la reacción del comercio establecido" opinó otro expeliendo una bocanada aromática y espesa. "¡Síííííí!" dijo con voz ronca Stirwing, ya convencido, con su whiskey repleto hasta el tope de hielo cristalino, sentado en su silla recta, debido a los dolores persistentes de espalda, causados por la gordura extrema. Reboyedo pensó que él era quien mandaba y superado por la ofuscación dijo: "¡Mátenlos a todos!".

Si el comandante de las fuerzas hubiera sido más eficiente y hubiera acorralado a los conjurados del dos de julio antes del almuerzo, tal vez hoy los meses serían de veintiocho días y no llevaríamos cincuenta y dos años de gobiernos democráticos de Erre E. Reboyedo. En aquel tiempo éramos tan idealistas y cualquier cosa se convertía en un sueño posible.

© Kepa Uriberri
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Encuentro fortuito

12/10/2019

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Encuentro fortuito
por
Kepa Uriberri
 
— ¿Tú todavía eres Camilo B? — le dije en tono más de confirmación que de consulta. Sólo entonces agucé mi mirada, al notar que los lentes de sus anteojos eran bastante más gruesos que los que recordaba. Al examinarlo así, percibí, también, que el color de su piel era más verdoso y que los pómulos eran, ahora, mucho más prominentes.

— Ah, sí — respondió, casi en un susurro y con una sonrisa feble que parecía robarle todas las energías. Lo había encontrado al bajar del tren y lo había asido, con cierta energía, del antebrazo. Al oír su voz debilitada tomé conciencia que al oprimirlo mi mano se hundió en una masa blanda de ropas en la que muy al fondo hubo un brazo casi insustancial. Entonces me pareció verlo como un pajarito entumido, envuelto en una gruesa chamarra invernal, una camisa de franela y quizás otro par de prendas de abrigo, aún cuando la temperatura del mes de diciembre, a la vista del verano próximo, lo anunciaba caluroso.

— ¿Tú estás bien? — me preguntó, mirándome con tristeza, y sin esperar mi respuesta, como si la pregunta la hubiera hecho yo, continuó: — Yo he tenido ciertos problemas. ¿Y tu familia? ¿Tus hijos ya están grandes? ¿Ya no viven contigo?.

Parecía querer apresurar cualquier conversación y sus preguntas llevaban implícitas las respuestas, como si quisiera evitar los detalles, que por lo demás nunca había conocido: Él no conocía a mi familia y habíamos sido amigos de muy jóvenes, cuando ninguno la tenía.

Al salir del andén, ya en la mezanine, de pronto se detuvo en silencio, como si fuera un autómata al que le habían cortado la energía. Ni siquiera me miró. Sólo se quedó ahí parado, sin decir nada.

Dije:

— ¿Pasa algo?; ¿Qué te pasa?.

No me miró. Mantenía la vista perdida, posiblemente en la escalera mecánica que subía a la salida de la estación. Balbució:

— No puedo... ¿A qué vine?...

Hace doce años estuve aquí por última vez. Todo era tan distinto. Ahí, en ese lugar preciso, saqué la cartuchera con las tarjetas donde tenía la de acceso al andén. Llevaba también las de los bancos, mis documentos y algo de plata, muy poca. Era un tipo bien vestido. Lo había conocido, o lo había visto antes, más de una vez pero no lo recordaba. Podría ser un vecino, o cualquier hombre de bien, de manera que no sospeché nada cuando caminó directo hacia mí. No podría decir qué pensé en ese instante. ¿Tal vez que querría preguntar algo? como por ejemplo ¿Dónde queda tal o cual calle? o ¿Cuál salida es la del norte de la avenida?. ¿O pensé quién es? ¿Viene a saludarme y no recuerdo quién es?. No sé. Fue demasiado rápido.
 
En fin... terminé pagando diez años de cárcel después de un largo juicio de cerca de tres años en el que me dieron, creo que injustamente, una condena de cadena perpetua.
 
Estoy enfermo, tengo un cáncer avanzado. Pensé volver a mi casa. Pero han pasado trece años desde que salí por última vez. Floriana no me visitó más de tres o cuatro veces al principio.

Después, cuando fui condenado por asesinato alevoso y con agravantes, sus visitas se distanciaron y no habrán sido sino tres o cuatro. Sólo una vez la acompañaron los niños. Ni siquiera sé si aún viven en mi casa o si se cambiaron. Tampoco sé si me recibirían o si, al menos por lástima, me dejaría quedarme para morir en una cama limpia.
 
Intentó arrebatarme la cartuchera con mis documentos, pero le sujeté el brazo. Sólo en ese momento vi que en la otra mano tenía una navaja grande, de esas automáticas que tienen una hoja en punta de cuatro o cinco pulgadas. Oí el ¡clac! de la hoja al abrirse y vi el brillo del metal que avanzaba con celeridad hacia mi estómago. Creo que el peligro y la adrenalina aguzaron mi reacción. No sé cómo, de repente yo tenía su cuchillo en mi mano y con la otra sujetaba la que tenía mi cartuchera, pero él me empujaba por sobre la baranda que mira al andén y los rieles, a la vez que apretaba mi garganta. Tuve miedo de caer y para evitarlo tenía que herir. Clavé la daga, instintivamente, en su costado izquierdo y entonces cedió. No recuerdo cómo giramos de modo que ahora mi atacante, herido entre las costillas con su propio cuchillo clavado a la altura del corazón, o al menos con un pulmón reventado, estaba contra la baranda. Un instante después lo vi, desde lo alto, tirado sobre los rieles, mientras oía el bramido del tren que lo arrolló casi de inmediato. Eran las ocho y cuarenta de la mañana y no había nadie en la mezanine de la estación. Tampoco se veía gente en el andén. Nadie habría visto lo que sucedió.
 
El convoy frenó con estrépito. A los pocos segundos los parlantes de la estación anunciaron: "Sigma uno, estación Rodrigo de Triana". Quise irme del lugar. En la boletería le dije a la cajera que alguien había caído a la línea, pero fue un error fatal. Después subí por la escalera mecánica, afuera detuve un taxi y me alejé. Sólo volví al metro algunos días después. Pensé que ya nadie recordaría el incidente. Sin embargo, al pasar frente a la boletería oí que la cajera golpeaba el vidrio que la separa de los pasajeros. Era la misma a la que había informado del accidente. En unos pocos segundos escuché que alguien corría detrás mío; era un guardia de la estación. Me sujetó de un brazo y dijo: "Señor; tiene que acompañarme".

— ¿Qué sucede? — interrogué. — ¿Por qué?.

— El jefe de estación desea hablar con usted.

Me metieron en una oficina con un escritorio verde de metal y dos sillas, donde me dejaron solo. No había, ahí, seña ninguna de que nadie trabajara, nunca, en ese lugar. Era casi un poco más grande que una pequeña bodega, ciega y mal ventilada. Pasaron largos minutos antes que entrara un hombre con una casaca roja que me miró con desconfianza. Se sentó en la silla tras el escritorio de metal verde y sin ofrecerme la otra dijo:

— Usted presenció el suceso del jueves antepasado.

Mostré ambas manos, encogí los hombros, arrugué el ceño y respondí:

— ¿Qué suceso? —. Pensé haber mostrado sorpresa e ignorancia, como si no entendiera de qué se me hablaba, no obstante que sentí cómo la adrenalina me inundaba el pecho.

El hombre ignoró mi reacción, como si tuviera la certeza más absoluta de su sentencia: "Yo había presenciado el hecho". Sin duda se refería a la caída en las líneas y el atropello posterior del hombre que me había atacado.

— Viene la policía para que pueda relatar qué ocurrió ese día y por qué cayó a las líneas un hombre con una navaja clavada en el corazón.

— No entiendo. No sé de qué me habla — dije, manteniendo una mentira inútil, que luego me cerraría las puertas a cualquier relato que pudiera exculparme. Hasta antes de ésto, solo tenía el testimonio, que no podría ser si no vago de una cajera a la que un pasajero había informado de un supuesto accidente o suicidio. Ahora había intentado escabullir mi propio testimonio. El hombre dijo, haciendo un gesto que podía significar que lo que dijera no tenía importancia alguna:

— A mí sólo me corresponde esperar a la policía y confirmar lo que sé y ya declaré ese día —. Sólo entonces, con esa sentencia conclusiva, parece haber creído oportuno ofrecerme asiento.
— Pero, por favor, tome asiento mientas esperamos.

La espera no fue breve. Durante todo ese lapso que me pareció una eternidad, él me observó. Tan pronto me miraba fijo a los ojos, con cierta insolencia, como me miraba las manos o la pose de las piernas, o la actitud de los pies, o parecía juzgar el ritmo de mi respiración, o al menos así me parecía. Como sea que fuera, sin ninguna duda estudiaba mi actitud corporal, quizás confirmando en ella el prejuicio que ya se había formado, o tal vez creyendo que de ese modo podía confirmar la culpa que estaba seguro que yo tenía.

Se detuvo. Me miró como si ahora él juzgara el impacto de su relato. Después de un breve momento dijo:

— ¿Tus hijos ya están grandes? Ya no vivirán contigo. ¿Están bien?.

Era raro, porque nunca le había hablado de mi familia. No la conocía. Tal vez por eso no esperó una respuesta. Me quitó la mirada para perderla en algún lugar indeterminado y con un gesto de tristeza inconmensurable continuó:

— ¿Te mencioné que tengo cáncer? Es terminal. Está extendido. No me queda más que unos cuantos meses. ¿Comprendes?. Por eso vengo a ver a mi familia, para que, al menos, sepan que estoy libre y que estoy muriendo.
 
Bueno, la policía demoró casi una eternidad en llegar. Fue muy incómodo estar ahí soportando la culpa que se me imputaba sin justicia, sin conocimiento de los hechos, sin poder defenderme, en un ambiente cínico, un crimen que no había cometido. Si hubiera intentado defenderme, habría sido inútil: El jefe de estación no era un juez de mi causa, a pesar que de hecho se arrogaba la prerrogativa y me retenía ahí, a la espera de la policía. Al fin llegaron dos que me preguntaron directamente si yo había apuñalado al hombre y por qué lo había hecho. De modo estúpido mantuve mi mentira: "No sé de qué me habla. Yo sólo vi como un tren arrollaba a un hombre que había saltado a las vías. Eso es todo". Me esposaron, me entregaron al juez que controló mi detención y me puso a disposición de la fiscalía.
 
La navaja tenía mis huellas y las del muerto: Dijeron que era mía. Dijeron que había intentado evadir la culpa informando a una cajera de un suicidio. Dijeron que el tipo distribuía drogas y que se trataría de un ajuste de cuentas. Dijeron que nadie se suicida de una cuchillada en los pulmones y se arroja a las líneas del metro. Dijeron que lo había apuñalado sin misericordia y que había intentado borrar las evidencias empujando el cadáver al metro. Mi abogado hizo una pésima defensa. Fue negligente. No presentó pruebas de descargo, no solicitó diligencias, perdió los plazos de apelación y creo que nunca estuvo de mi parte. No intentó probar defensa propia porque no me creyó. Me aconsejó declararme culpable, colaborar con la fiscalía e intentar algún acuerdo informando sobre las actividades del tráfico de drogas de la víctima y cualquier otro conocimiento que tuviera en ese sentido.

— Te conviene informar lo que sabes — insistió. — No sigas mintiendo.

Quise cambiar de abogado, pero no tuve apoyo de mi familia. Mi mujer no creía en mí. Mis hijos eran muy niños y el juicio fue muy rápido porque todo me condenaba. Le supliqué a mi abogado que apelara.

— ¿Sobre qué bases? — me respondió burlón.

— Consígueme otro abogado porque tú no crees en mí.

— Sería estúpido. Ya es muy tarde. Tú no quisiste un arreglo. Ahora no tenemos cómo alegar una nulidad del juicio. No teníamos pruebas, ni cómo refutar las de la fiscalía. Tampoco hay vicios de procedimiento... Pero si quieres intentarlo, encuentra otro abogado. Yo no puedo hacer más.
 
Después de nueve años en la cárcel me detectaron este cáncer. Volvió a mirarme con tristeza por apenas un instante. Creo que por eso, solamente, un abogado tomó mi caso y me consiguió un indulto, que no me exculpa como asesino, sólo libera al estado de hacerse cargo de un tratamiento muy costoso. Me robaron mi honra y mi dignidad.
 
— Ahora sólo vengo a pararme aquí, esperando ver pasar, si tengo suerte, a alguno de mis hijos. Ellos no me reconocen, pero si aún viven en mi casa, quizás vea a alguno al pasar.

© Kepa Uriberri


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De puentes y trenes

11/19/2019

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De puentes y trenes

Hablaban de puentes y trenes. Así habían llegado al viaducto sobre el desfiladero del Melhuín, cuya profundidad, desde las líneas del ferrocarril hasta la superficie del agua del río, supera los ciento treinta metros. Esta característica, unida al paso frecuente de trenes de carga que obligan a la acción al participante, han transformado al puente en un lugar predilecto para la práctica del salto con bungee. Esta consiste en saltar desde una altura vertiginosa, atado por los tobillos a una cuerda elástica, de manera que gran parte del salto se realiza en caída libre, cabeza abajo, para luego ser frenado poco a poco por la cuerda elástica. El desafío mayor es llegar a tocar con los dedos de la mano el suelo, o en este caso la superficie del agua, al final de la caída.


Las grandes obras sobre estructuras de fierro y acero, como las dos mayores estaciones ferroviarias de la capital y los puentes que unen los barrios tradicionales y los de la chingana y la bohemia, fueron construidos por la compañía de Gustavo Eiffel, el mismo de la torre que lleva su nombre en París. Mucha gente cree que el viaducto del Melhuín fue, por lo tanto, también, diseñado y construido por él. Según sus hijos, el padre siempre tenía la razón, aún cuando no la tuviera. Quizás por eso se burló cuando sostuvo que el diseño y cálculos del viaducto pertenecían al ingeniero Victoriano Lasarte.

— Mira — sancionó: — Yo trabajo en la empresa de los ferrocarriles y conozco el tema. Además todo el mundo sabe, sin ser experto en nada, que Juan Victoriano Lasarte era abogado y se dedicó a la política. Menos mal que no tuvo relación con el viaducto, porque de trenes y puentes no sabía nada.

— Y si sabes tanto, ¿sabes qué longitud tiene el puente?.

— No estoy seguro, pero me parece que es del orden de los doscientos ochenta metros.

— Trescientos sesenta y siete...

— ¡De ninguna manera! Estás equivocado. El puente tiene cuatro pilares, tendría sobre setenta metros por cada vano: ¡Eso es imposible!.

— Son cinco pilares, además de ambos estribos. Yo no sé de ingeniería, pero sí de documentos. ¡Ah! y Victoriano Lasarte era ingeniero; hijo del político liberal.


También hablaban de negocios, o de mercados y capitales. Estaba sentado en su lugar de descanso, ahí donde reposaba de la presión diaria del trabajo. Él no entendía cómo podía relajarse con el estridente ruido del noticiario de la televisión, con sus crímenes, asaltos, decomiso de drogas, guerras insolutas, conflictos diplomáticos y políticos, y más. Pensaba que quizás su rutina noticiosa fuera un raro sustituto de la música o del ruido ambiente natural al tráfago urbano, o algo así. Tal vez por eso se atrevía a interrumpirlo con estos temas que para él eran casi imprescindibles, aunque para su padre no tenían importancia alguna. Preguntó:

— ¿Será buen negocio traer teléfonos celulares desde China y venderlos aquí, por las redes sociales?

No contestó nada. Quizás no había escuchado, porque, pensó, el volumen de la televisión estaba demasiado alto. Esperó todavía unos segundos y dijo:

— Porque vendiendo a través de internet podría hacerlo en todo el país.

No contestó nada. Ni siquiera desvió la vista de la pantalla del televisor. Después de casi medio minuto, insistió:

— Si vendo en todo el país: ¿Cuánto crees que habrá que recargar del precio para incluir el despacho?.

No contestó nada. A penas, esta vez, desvió algo la vista para mirarlo, con cierto repudio. Entonces, también algo ofuscado dijo:

— Toda esa mierda de noticias las vienen repitiendo hace una semana. ¿Cómo tienes paciencia para oírlas una y otra vez? En la mañana, en la tarde y en la noche, todos los días.

Ahora lo miró. Sin elevar demasiado la voz, pero con un tono de molestia evidente, le dijo:

— ¡Mira!... Hace una semana que intento oír estas mismas noticias, pero tu majadera interrupción, con tus ideas que no me interesan, no me han permitido hacerlo. Cuando logre, por fin, oírlas, tal vez me haga tiempo para hablar del despacho de tus ilusiones de negocio, que nunca concretarás.

Irritado; se levantó y se fue de ahí protestando entre dientes por la falta de empatía. Es posible que se fuera pensando que era un imbécil, falto de sentido social y de interés por su familia. A medida que se alejaba iba mascullando algo parecido a un diálogo áspero, supuesto, entre él mismo y su padre, en el que éste tenía una participación burlesca y absurda.

O incluso hablaban de viajes y de lugares lejanos, a los que imaginaba que se podía llegar en algún tren antiguo, de esos que escupen vapor al aire soleado y azul de una tarde de primavera. Así fue que dijo:

— Por ejemplo, me gustaría recorrer, en el viejo ferrocarril transiberiano, la ruta de Surgut a Tomsk, que hacía Trotski, reclutando soldados para el primer ejército rojo.

— Es raro, porque el ferrocarril transiberiano nunca tuvo una estación en Surgut. Tampoco hay conexión de buses entre estas ciudades. Hasta donde sé, Trotski jamás estuvo en Surgut.

— Bueno... no seas tan riguroso. Que sea de Ekaterinburgo a Tomsk, entonces...

— Está bien. Pero no puedes ir inventando la realidad.

— ¿Por qué no? Eso se llama ficción. Tolstoi relata el suicidio de Ana Karenina en la estación del tren de Nijgorod que no existe.

— Ana, en Tolstoi, se suicida en Moscú.

— Tú, siempre tan seguro. Ella está en Moscú, visita a Dolly que se encuentra con su hermana Kitty, lo que aviva sus celos y cree que la madre de Vronsky le ha buscado una novia. Convencida de la traición de éste, parte a la finca donde está la madre de su amado y en la estación del ferrocarril cercana a su destino, en Nijgorod, se lanza a las ruedas del tren.

— Si tú lo dices... Como sea es ficción y no realidad. Tú siempre enredas tus raciocinios con teorías. Ahora justificas la realidad con una novela y dirás que trabajas en la empresa de ferrocarriles, de modo que en esto tienes la razón.

Hizo un gesto de profunda irritación y se fue a su dormitorio. Mientras se alejaba, iba murmurando entre dientes alguna imitación burda de su padre: «¡Este me salió idiota!... Por qué no será como los otros... Nunca hace nada bien el inútil».


A veces pensaba que su padre sentía aversión por él, por lo que intentaba buscar su simpatía hablando de aquellas cosas que creía que le interesaban.

— ¿Por qué crees que no hicieron un puente colgante sobre el desfiladero del Melhuín? Pienso que un convoy de, por ejemplo, quince carros, más la locomotora, pesarían más o menos dos mil a dos mil trescientas toneladas, con plena carga. Para eso pudieron hacer un puente colgante, mucho más barato y fácil de construir: Liviano, etéreo...

— En este momento, como puedes ver, estoy leyendo el diario. ¿No podrías venir a conversar sobre tus teorías cuando no esté ocupado?.

No comprendía por qué lo rechazaba. A veces, el creía que sólo de vez en cuando, o casi nunca, lograba que lo escuchara y hablaban, por ejemplo, del tren antiguo, ese que llegaba al sur del sur, hasta El Peñón de Monroe: El tren más largo del continente; ese tren que podía competir en longitud con el Transiberiano y en antigüedad con el de Liverpool a Manchester. El nuestro había comenzado a prestar servicios en mil ochocientos treinta y seis con una locomotora de vapor gemela de la Vieja John Bull que sirvió más de treinta y cuatro años en el ferrocarril de Pennsylvania. Todo esto lo transportaba a un mundo mágico y agreste, de infinitos paisajes implantados por el todo el maravilloso globo. "¿Por qué, siendo así, a él no le importa? ¿Por qué, en cambio puede conversar horas de música y autores tan añejos como Beethoven, Mozart, Vivaldi o Palestrina con mi hermano Joseba?". Sentía, por eso, un profundo resentimiento que lo impulsaba a cultivar un rencor insano, alimentado, sin embargo, por las ansias de encontrar algún tema que agradara y sorprendiera a su padre, al que imaginaba siempre instalado hierático y adusto como una estatua en un alto pedestal inalcanzable. En ocasiones creía verlo sentado en un sitial pétreo mirando al horizonte lejano, sumido en pensamientos insondables, como si fuera un Abraham Lincoln, enorme en su basamento a más de seis metros de altura. Entonces soñaba con bajarlo de ahí, de manera estrepitosa y convertirlo en pedazos, haciendo añicos su porte mayestático.

— ¿Sabías que el cuerpo de Abraham Lincoln fue llevado por todos los estados de la unión, en tren, en una procesión apoteósica encabezada por la locomotora Old Nashville?

— Así creo recordarlo...

— Sólo quería comentarlo... ¿y sabías por qué fue asesinado?.

— Estoy revisando unos cálculos para un proyecto. Me distraes con algo tan conocido: Algún actor de cualquier estado sureño, lo asesinó por resentimiento.

— Esa es la explicación oficial, pero hay una versión que dice que John Wilkes Booth conocía íntimamente a Lincoln y había sido su amante. Pero tuvieron desencuentros porque Booth, a pesar de ser de Maryland era simpatizante de la causa confederada. John Wilkes no pudo soportar la separación y asesinó al presidente por despecho.

— ¡Esa versión es totalmente antojadiza!

— ¡Tú nunca me crees! ¿Acaso no es cierto que Lincoln fue paseado en tren por toda la nación, en un funeral que duró más de tres semanas?. El cortejo ferroviario fue conducido por la locomotora Old Nashville, perteneciente al servicio ferroviario de Cleveland y estaba compuesto por ocho coches en los que lo acompañaron en su último viaje las más altas personalidades de la nación y el mundo, y un noveno que se adapto especialmente para llevar el féretro y a Mary Todd, su viuda.

— Lincoln no era homosexual.

— Habría sido agraviante para la Union haberlo reconocido en ese entonces. Pero se sabe; y se conoce a varios de sus amantes, aunque la historia ha querido ignorarlo.

— ¡Cómo ensucias el nombre de un gran hombre!. Ahora déjame tranquilo que estoy ocupado. No voy a participar de esa calumnia.

— ¡Ya estoy acostumbrado a tu rechazo de mierda!

Se alejó murmurando lo que hubiera querido decirle, pero no se atrevía. Es posible que pensara en la estatua de Lincoln, tan alta, el hombre tan adusto como su padre, tan inalcanzable, admirado y venerable, a la vez que odiado, tan inconmovible como la piedra de la que parecía hecho. Anhelaba su aprobación y odiaba su rechazo. "De qué me sirve un padre que me ignora y me hace a un lado. ¿Por qué le irrita que me acerque? ¿Por qué a mí? ¿Cómo a mis hermanos los acoge, habla con ellos y se interesa en sus conversaciones? ¿Acaso yo soy diferente? ¿Me considera un imbécil? ¿Por qué? ¿Que tienen ellos que yo no?". En ocasiones, cuando se sentía discriminado en relación a alguno de sus hermanos pensaba que se desharía de todos ellos con alegría, con ira, con rencor. Luego cavilaba sobre esos sentimientos y pensaba en Caín. ¡Qué solo se quedó, después de su venganza!, aunque debe haber sentido una intensa alegría al lograr eliminar la causa del repudio que recibía de Dios. ¿Habrá creído que faltando su hermano, Dios le daría a él el amor que le había prodigado al otro?. "¡No!. Eso no habría sucedido. Dios montó en cólera y expulsó a Caín. Lo condenó a la soledad eterna. Mi papá haría otro tanto conmigo". Se sentía torturado por esta situación y concluía que no había solución: "¿Cómo eliminar el rechazo sin vengarme de la suerte de mis hermanos?".


— Papá: ¿Tú me odias?.

— ¿De dónde sacas esa idea tan absurda?

— ¡Qué importa de dónde! Sólo dime si me consideras menos que a mis hermanos. Dime si te irrita que te converse, o te pregunte algo... ¿Preferirías que no lo hiciera?.

— ¡No, hijo! Por supuesto que no.

— Pero a ellos los recibes con alegría y pueden pasar una tarde de domingo hablando de nada. Pero si yo me acerco a conversar, tú siempre estás ocupado, nunca es oportuno conversar conmigo: ¿Por qué?.

— Lamento que lo veas de ese modo. Parece que olvidas cuanto hablamos, tantas veces, por ejemplo de trenes, o de los puentes sobre el río que cruzan del centro al barrio de la chingana, de Eiffel...

— ¿Puedo preguntarte algo?

— Sí. Claro.

— ¿Un puente colgante es más espiritual que otro, sobre el mismo accidente, empotrado a tierra?

— Eeeeh... ¿en que sentido un puente puede ser espiritual?

— No sé. Espiritual. Que te eleva el espíritu; ¡eso!.

— Sucede que un puente es algo físico... material. No tiene nada moral.

— Pero un puente colgante es más bello. Eso es moral. Es más romántico; eso también tiene un sentido moral o espiritual, en tanto que un puente empotrado es sólo prosaico, carece de poesía, obviamente.

— ¡Ja! Si crees eso...

Desvió la atención, de manera deliberada y notoria, expresando, tal vez, cierto tedio por un rumbo tan bizarro en la conversación.

— Lo que pasa es que tú eres demasiado prosaico como para entenderlo— dijo irritado al notar su impaciencia.

— Si tú lo dices, no hay más que discutir— respondió, acentuando la falta de interés en seguir en el tema.

La ira naciente se reflejó en la congestión de su cara cuando dijo:

— Sí. Por eso no me explico por qué no hacen puentes colgantes para las vías de trenes, aunque a ti no te interese en absoluto y no seas capaz de comprender la importancia de estos conceptos.


Se fue mascullando algún reclamo, mientras su pensamiento iracundo veía a su padre enorme, sentado en un trono de piedra en las alturas, convertido en Abraham Lincoln. A pesar de su enorme tamaño, él lo destrozaba con sus propios puños, derribándolo de su alto basamento y después se veía a sí mismo castigando la figura marmórea del padre con un combo de acero, hasta reducirlo a polvo de piedra caliza. La cabeza de Lincoln, convertida en la de su padre yacía, en su pensamiento, en medio de un charco de sangre rodeado de polvillo de mármol. Por un momento creyó que esa figura en su pensamiento era inmoral, pero luego reflexionó que la moral debía asociarse a los hechos y cuestiones reales, en tanto que su imagen pertenecía al mundo de las ideas, que en modo alguno podía ser censurado.


En el taller de la maestranza, hacia el fondo, en una pequeña sala ciega, se almacenaba piezas y deshechos, a los que llamaban "scrap". Ahí se aburrían durmientes podridos, trozos de rieles retorcidos, ruedas y ejes de carros y vagones, engranajes y bielas oxidados, viejas estructuras de asientos, sin sus cojines o con restos de ellos y de sus respaldos, resortes, amortiguadores, herrajes y herramientas como palas carboníferas, portañolas carboneras, planchas de acero corroídas, piezas misceláneas de máquinas de vapor, travesaños de catenarias y un sinfín de otras piezas de chatarra que cada tanto se vendían a las fundiciones y otras industrias que las aprovechan. Ahí encontró un trozo retorcido de riel, de unos cuarenta centímetros de largo, que parecía haber sido, por alguna razón incomprensible, sometido a una fuerte torción en torno a su propio eje. Este hecho extraño estimuló su imaginación y lo hizo tomar entre las manos el fragmento. "¿Por qué?" pensó. "Quizás fue una falla del material, que sometido al sol intenso del desierto, produjo esta deformación. O tal vez el frío intenso del sur produjo una rara falla...". Con el riel en las manos, salió del almacén de chatarra, cavilando sobre el proceso que había generado una deformación tan inútil, que nunca podría haber sido hecha de manera intencional. El trozo de riel deformado quedó reposando sobre su escritorio el resto del día. Al terminar la jornada es posible que hubiera olvidado el pedazo de metal, ya que se fue dejándolo abandonado. Sin embargo, alcanzó a bajar unos pocos escalones del atrio del edificio de la maestranza y se detuvo con expresión de olvido y reencuentro durante un breve espacio de tiempo. Entonces volvió sobre sus pasos hasta la oficina y tomó el riel.


Su padre estaba sentado en una silla de lona, a la sombra de la encina, leyendo un libro. Él llevaba el riel torcido sujeto bajo el brazo. Se acercó a su silla y tomó el riel con ambas manos, como quien toma a un niño pequeño y sin reparar en la concentración del otro, lo posó en su regazo, como si de hecho fuera un infante. Dijo, con inmensa alegría, o quizás, si no hubiera sido un trozo de metal, con profunda ternura:

— ¡Mira papá! Es un trozo de riel...

Apartó el libro, manteniendo el dedo índice en el lugar en que interrumpió la lectura. Dijo sin interés:

— Así veo...

— ¡Pero es un riel de una línea de trenes y está torcido!...

— ¿Y?

— ¡Eso...! ¿No te interesa?

— La verdad es que por ahora: No. Estaba leyendo — y levantó el libro con el dedo índice aún entre sus páginas. Observó, sin embargo, el pulido áspero y brillante que deja la rueda metálica en la cara de ataque, que seguía a la torción del riel y el óxido, producto de la humedad en un costado, posiblemente externo del perfil de éste e imaginó que si hubiera estado en su posición, en el terreno, con esa torción, habría seguido un trayecto imposible, hasta quedar casi girado en ciento ochenta grados, pero aún así, pudo formarse esa imagen absurda en su pensamiento. Se preguntó también: "¿Cómo tendría que haberse deformado el riel paralelo para que esto fuera posible?". Pero concluyó que aquél no se habría deformado en absoluto pues habría girado en torno al eje del otro. Sólo el humo del vapor habría dejado ciego al maquinista.

— ¡Ándate a la mierda, entonces! — masculló entre dientes, cuidando de no ser oído y tomando el trozo de metal se fue.


Abrió otra vez el libro donde lo tenía señalado y leyó:

"«Jason». dijo Papá. Oíamos a Jason. «Jason». dijo Papá. «Ven aquí y cállate». Oíamos el tejado y el fuego y a Jason. «Cállate ahora mismo». dijo Papá. «Es que quieres que vuelva a pegarte». Papá subió a Jason a la silla que había a su lado. Jason resopló. Oíamos el fuego y el tejado. Jason resopló un poco más alto."


Dejó el trozo de riel retorcido sobre el mueble frente a su cama y se recostó en ésta, observándolo. Imaginó al tren vomitando vapor a una velocidad inusitada, al entrar a una curva tan cerrada que los rieles debían, con el peralte, compensar la fuerza centrífuga a la que el convoy se vería sometido. Como hubiera sido, el giro al que el convoy se vería sometido, requeriría de amplio espacio por el costado interior de la curva e incluso debajo del plano de avance, por lo que concluyó que el riel debía pertenecer a un puente suspendido; quizás colgante. Pensó: "El papá jamás lo aceptaría. Daría a entender que soy un estúpido y me soltaría alguna ironía para hacerme ver ridículo: «¡Este ingenioso ingeniero!»" concluyó elevando la voz de su pensamiento, que emulaba de modo bizarro la voz del padre. En la imagen interior de su pensamiento, el vapor que escupía el tren seguía la inercia de la trayectoria, formando un espiral que escapaba de la figura del convoy y al disiparse dejaba la imagen de la estatua enorme de Abraham Lincoln, en el foco de la parábola de la curva. Cerró, entonces los ojos, e imagino que se veía a sí mismo trepando el amplio y enorme torso de la estatua, hasta sus hombros. La magia del ensueño le permitió tener, ahora, entre las manos el trozo de riel deformado.


Se sumergió en un sueño tormentoso y agobiante. Golpeó la cabeza de la estatua una y otra vez. El sonido del metal contra la carne del mármol casi le hería los oídos, aunque creía que al golpear y romper la cabeza lograría, al fin, detener ese sufrimiento. Veía saltar las rojas astillas de la piedra y esparcirse por el suelo, por los hombros de la estatua, chorrear por su cara, por sus propias manos y su ropa; pero la odiaba tanto que debía seguir hasta lograr, a golpes, arrancar la cabeza o reducirla a astillas. Llegó a sentir las manos cansadas de tanto esfuerzo, hasta el dolor. Jadeaba de cansancio y a la vez de un estúpido placer que confundía con una liberación definitiva, de manera que mientras más agotado se sentía por el esfuerzo de destrozar la estatua, más libre se sentía hasta que llegó al paroxismo del placer. Entonces cayó al suelo y se fundió con los restos masacrados, en una sola masa. Su sueño ahora era plácido; se había liberado.


Al despertar le dolía el cuerpo. Estaba echado en el suelo sobre un gran charco de sangre. Boca abajo embarrado en éste su padre yacía con el cráneo destrozado. Más allá, ensangrentado, estaba el riel torcido. Tomó el libro, que había caído abierto junto al cuerpo y leyó, como si estuviera ausente: "Decían que no se había perdido un solo tren a principio de curso desde hacía cuarenta años, y que a primera vista podía distinguir a los del Sur... Tenía un uniforme especial para esperar los trenes, una especie de disfraz de Tío Tom, con sus remiendos y demás".


​© Kepa Uriberri
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¿Qué hacer?

10/22/2019

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¿Qué hacer?
por
Kepa Uriberri

¿Qué hacer? ¿Será cuestión de evitar el calentamiento global?: ¡Bueno, sí!. Creo que el calentamiento global del ánimo alcanzó su punto de ebullición en Santiago e hizo hervir el de todo el país este viernes, desatando el vandalismo que parte con la destrucción del Metro de la ciudad y continúa con saqueos y destrucción de todo aquello que se relaciona con la ira acumulada.

¿Qué hacer? ¿Cómo enfriar el calentamiento del ánimo de los catalanes? Ahí la temperatura de colapso se alcanzó con una sentencia judicial.

¿Qué hacer? ¿Como evitar que ebulla el Brexit este treinta y uno de octubre?.

¿Qué hacer? ¿De qué manera se detiene el hervor de los chaquetas amarillas en Francia?.

¿Qué hacer? Porque la temperatura ya desbordó a Venezuela y el derrame inunda de inmigrantes a toda América Latina.

¿Qué hacer? ¿Cómo evitar que Evo Morales encienda el fuego en Bolivia?

¿Qué hacer? Argentina viene hirviendo dentro de su olla a Perón y si el agua no llega al río es porque todos son peronistas, aunque de distintos sabores.

¿Qué hacer? La temperatura global de la economía no puede bajar si China y los estados unidos la usan de herramienta en la lucha para llegar a la supremacía global.

¿Qué hacer? preguntaba Bill Clinton, para vencer a George H W Bush. "Es la economía, estúpido" dijo algún asesor cuando otros pedían el cambio, o la salud. De pronto se convirtió en el eslogan que derrotó a Bush.

¿Qué hacer? se pregunta la izquierda ya vacía de ideas. Como el imbécil que saltó a la ronda de los gnomos y gritó "¡Domingo siete!", parafrasean a Clinton y dicen: "¡Es la estúpida economía!" y se han ganado su propia joroba.

¿Qué hacer? Cuando Ángela Merkel tirita en público, ¿quizás por la temperatura?, y anuncia su retiro, mientras en sordina se desata la xenofobia y el racismo. ¿Dejará la elevada temperatura de la inmigración sin solución?

¿Qué hacer? Si los inmigrantes que no entran a Italia terminan todos en España, ¿tendrán los españoles de la calle los brazos abiertos para siempre?

¿Qué hacer? Si la temperatura bélica sigue subiendo en Irán, en Corea del norte, en Ecuador, en Ucrania, en Siria, en Palestina y más.

¿Qué hacer? también se preguntaron Lennon y McCartney cuando el grupo estaba en graves problemas. Entonces Paul soñó con su madre en forma de la Virgen María, que hablando con sabiduría le dijo: "¡Déjalo!, ¡Déjalo!, ¡Déjalo!, ¡Déjalo!", murmurando palabras sabias: "¡Déjalo!".

¿Qué hacer? quizás se habría preguntado Shakespeare, por boca de Macbeth, cuando le anuncian la muerte de Lady Macbeth y dice: "La vida... es un cuento lleno de ruido y de furia, contado por un idiota, que no significa nada".

Y yo mismo me pregunto: ¡¿Qué hacer?! frente a tanto problema que recorre el mundo y se nos viene encima. ¡Y no lo sé! Por eso sólo escribo.

​© Kepa Uriberri


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Surrealismo

9/18/2019

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Surrealismo
por
Kepa Uriberri
 
 
Del libro "Ellos son mis amigos"
 
De pronto, de manera inconsciente, sin importar cuánto lo haya buscado, desaparezco de mí mismo: Dejo de existir. A veces mientras leo, por ejemplo, la escena de la lectura fluye por un derrotero diverso al literal y tomando un desvío, tras breves imágenes que no están en la letra pero la enlazan, constituyendo una aventura extraña y continua, me pierdo a mí mismo en la nada del sueño. Otras veces me sucede en aquella última divagación, en la que se elucubra planes absurdos, las más de las veces imposibles de realizar, que quedo atrapado en un instante vago, parecido a esos juguetes de cuerda que de repente topan con una pared y continúan por un momento su torpe movimiento hasta que agotan la energía que los activa, tal vez a punto de triunfar, o de conquistar a aquella mujer hermosa y más; entonces desaparezco, dormido. No puedo dejar de preguntarme: ¿Es también así la muerte? Sí; es posible que así sea. Quizás esta vida, que se imagina como la realidad, sea sólo una divagación que termina al momento de la muerte, en la que, cuando menos para uno mismo, se desaparece; uno se pierde a sí mismo. Nadie lo sabe; nadie puede saberlo si las cosas son como las he elucubrado hasta aquí, ya que nadie existiría, salvo yo mismo que soy el divagador o soñador de mi propia vida, que al perderla es como perder la conciencia cuando caemos en el sueño. Si los otros existen, desaparecen también conmigo, al menos para mí.

Tal vez sean pensamientos tontos, quizás absurdos y todavía más: Soberbios. ¿Cómo puedo pretender ser yo el gran soñador? ¿Y que hay de quien lee estas elucubraciones? Pues bien: Puede ser que yo sea este que lee y mi divagación esté construida por mí en la forma de estas letras, en tanto termino mi ensoñación y caigo en mi propia muerte al momento de soltar este texto, o caer vencido por estos pensamientos al estrellarme contra ese último obstáculo. Siendo así, por supuesto que es imposible saber nada de lo que sucede al salir por mi muerte ya que hasta ahora jamás lo he hecho, ni yo, que leo este texto, ni el escritor que he creado, para que escriba sólo para mi, esta reflexión.

Quisiera, por un sólo momento, dejarme ir de esta digresión, asumiendo que lo pensado hasta aquí es una visión lúcida de la realidad. Al caer en el sueño, en mi realidad inventada, me desaparezco de mi. Eventualmente vivo, cuando menos, fragmentos de otra realidad: Aquella que sueño. Luego despierto y he resucitado, o reaparecido. ¿Existí mientras dormía? ¿Quién me lo asegura, si es que yo soy el gran divagador que en mi ensueño me he inventado esta vida en la que creo dormir y despertar, y donde, por lo tanto, no hay nadie más? Tal vez he modelado, por la experiencia de gran soñador universal, cómo ha de ser esta vida que sueño, en la que al dormir hay otros que me aseguran que en el intertanto estaba ahí y no había desaparecido. También invento que el despertar inventado me encuentra en el mismo sitio en que me perdí en el sueño. ¿Podrá ser posible que como gran soñador, al caer finalmente en el sueño mayor de la muerte, sólo esté cayendo en el sueño del soñador, que se ha dormido? Quizás éste yo mismo que cae en el sueño de la muerte después despierte y viva otro día de soñador y otro y otro más: Habría entonces vida después de la muerte y otra vida y otra muerte y más.

En fin, aquel que lee y soy yo mismo incluso sin serlo en realidad, es posible que sonría al divagar esto que ha creado en una lectura escrita por otro que no deja de ser él. En esa sonrisa encierra sus dudas, así como cuando sueña, porque esta lectura ya lo ha cansado y duerme, y se ve a sí mismo, aunque ajeno, en una aventura extraña y diversa, donde quizás haya poseído a aquella mujer bella, o haya triunfado en su profesión de psiquiatra o ingeniero, o tal vez escritor o poeta, no pone en duda los sucesos ni su realidad en aquel sueño, sino sólo lo vive, tampoco allá, despierto, pone en duda la realidad que percibe y en la que cree en aquel universo que habita. Y si soñara que es sueño y dudoso que aquella mujer es su mujer y es prójimo y no prolongación de sí mismo, en su sueño lo juzgaría absurdo y lo desecharía. En la vigilia desechamos el sueño por irreal, mientras que en el sueño nunca juzgamos la vigilia: ¿Quizás porque el sueño es la realidad verdadera y no requiere de aquel juicio?

Estoy de vuelta: Ya me he encarnado en mí mismo y dejo las divagaciones. Todo lo anterior quizás sólo lo soñó o lo elucubró en las puertas de una ensoñación Guillaume Apollinaire. Tal vez tímidamente o en medio de una tertulia en la que era maestro y André Breton un discípulo lo entregó como cierta fantasía posible y apenas literaria. Es que la literatura es eso: La eclosión del pensamiento profundo, ese pensamiento que no tiene aún juicio alguno y florece en una ficción o una posibilidad y quizás en una fantasía. Por esos años Freud era un fuerte estímulo literario con sus teorías que se movían cerca de las ciencias. Quizás, a partir de ahí, Breton y otros artistas, que por serlo eran libres, divagando concluyeron que el artista tenía derecho, y más aún el deber, de crear no sólo sobre este mundo real que va del suelo al cielo, sino a todo lo ancho del rango de su vida que se desarrolla sobre y más allá de lo que entendemos por realidad y que quedaba al descubierto que también lo era, cuando se lo vivía en los sueños, pero también en lo onírico y en la fantasía y en todo el rango de lo que se podía pensar cuando se baja las defensas del juicio, de la razón, incluso de la intuición, del sentimiento y la pulsión. Más allá y más allá de aquel más allá continúa para siempre lo surreal que no es otra cosa que lo real que hasta ahora se había negado y de pronto aparece y hace luz en todo su esplendor cuando no comenzamos por negarlo.

¿Y si no eran sólo admirables artistas locos? ¿Si eran visionarios? ¿Es posible, entonces, que deba comenzar a tomar más seriamente aquella vida que alterno día a día con ésta en la que escribo ésto? Me viene al recuerdo la sospecha de Julio Cortázar, que lo lleva a relatar La noche boca abajo ¿o es boca arriba?; ahí Julio relata la convivencia de ambos mundos posibles, claro que él debe estrellarse en moto para hacerlo. Uno pasa de uno a otro a través de la barrera del sueño, a lo menos. También con cierto ejercicio de liberación lo lograría traspasando a un estado onírico inducido, posiblemente aquello que llaman regresiones. Tal vez entre el mundo real y el surreal haya una suerte de antisimetría. ¿Y cuál es el mundo real? Para Cortázar, finalmente, el mundo real era el soñado y era un sueño absurdo soñado en la realidad onírica. Pienso que es extraño. Nunca antes había visto que los bancos de madera de una iglesia estuvieran tapizados de felpa roja, menos aún de un rojo tan vivo; pero era así, sin duda. También me llama la atención las tachuelas de cabeza dorada que la sujetan a la madera. Me digo, no obstante, que lo más extraño es que al sacerdote que oficia no le importe que ella esté completamente desnuda y su pelo verde, pero, sin embargo no me llama la atención que yo mismo también lo estoy y mi pecho sangra. Él se acerca, entre las manos trae un balde de bronce pequeño y brillante. De su interior saca un hisopo y nos asperja con energía mientras repite algunas fórmulas incomprensibles. Se acerca a ella y le derrama agua verde en el pecho, que fluye entre sus senos y hasta su regazo. Él dice, solemne: "Ya estas pura y limpia. Él estará contigo" y luego dirigiéndose a mí, me la derrama sobre la cabeza, y corre hasta mis hombros y brazos. Está caliente y su flujo es sensual y grato. Me dice, fijando en mí una mirada severa: "La sangre del cordero es tan caliente como esta agua. Bébela porque ella te pertenecerá". Yo no sé si se refería al agua o a la sangre, ¿o a la mujer?.

En el instante en que tuve esa duda, unas gotas de agua cayeron desde mi mano, sobre la felpa roja haciendo una mancha oscura como de sangre. Cuando intento explicar aquella, ella se sienta a horcajadas sobre mis piernas y tomando mi mano se rodeó con mi brazo, como si se abrigara o como si dijera "Tenme". Sentí la avasalladora compulsión del deseo. No obstante, la propuesta de Cortázar, por ejemplo, tiene una cierta simetría de reglas de realidad, en el delirio tanto como en el mundo del accidente en moto, lo mismo que en su alternancia: El accidentado, o perseguido de los aztecas, alterna entre las mismas escenas en distintas transferencias de uno a otro sueño, mientras Aragon amparado en lo erótico creo que cae en lo grosero y luego falla en el acuerdo con el lector. Si el narrador está impedido de comunicarse con su universo narrado, porque es parte de él, lo que le permite ser testigo de la vida erótica de su hija y de su nieta Irene, ¿cómo puede relatar a su lector a través de su impedimento? Pienso en el acuerdo del autor con el lector y me argumento que éste no acepta el acuerdo, no obstante que el lector no es único, lo que hace que el autor tampoco lo sea: Yo sólo propongo, en el análisis, a mi autor personal, propio de mi encarnación de lector. En esa instancia Louis Aragon fracasa. Recuerdo entonces algún artículo en que se asevera que renunció al surrealismo y se hizo comunista. Poeta en Nueva York de García Lorca sí es surrealista; hay ahí una surrealidad que superpone a la realidad, propuesta por el poeta. Aragón aprieta los labios contra los dientes y maldice en francés, de manera que no entiendo lo que dice. Viste de gris y su frente es en exceso amplia. Se parece a Véliz. Sí. Le digo que García Lorca logra, incluso en su Romancero gitano, proyectar la realidad a lo surreal y pone las cosas en su lugar. Estira los labios hacia adelante y pega la barbilla al pescuezo para volver a blasfemar en francés. Le sugiero, creo que lo hago, porque no me oigo decirlo, que lea el Romance sonámbulo. Ahí establece claramente, al comienzo y final: «El barco sobre la mar y el caballo en la montaña» que cada cosa debe estar en su lugar y yo acepto el trato con el autor cuando dice: «Si yo pudiera mocito, este trato se cerraba». García Lorca pone cada elemento en su lugar y monta una realidad sobre otra y otra y sobre ellas la surrealidad onírica. Sobre el verde que te quiero verde, verde viento, verdes ramas y ojos de fría plata pone las cosas en su lugar: El barco sobre la mar y el caballo en la montaña. Véliz protesta y dice con su voz lenta y nasal: "Irene y Victoria son relatadas desde el monólogo interior". Él viste de gris y los ojos de color agua son hipócritas. Un cabeceo me muestra el trazado azul de la huella de un insecto que ramoneó sobre la hoja donde escribo y que termina en la punta de oro de la Sheaffer roja que fue de mi padre. Me la regaló al morir; dijo: "Joseba; durante sesenta años administré mi vida con esta lapicera. Ahora es tuya. Quizás te acompañe en el camino imposible de la fama". No sé por qué me dice Joseba, si mi nombre es otro. "¡Eh bien! ¡Qui est le nom!", dice Aragon, proyectando los labios como una trompilla, a la vez que pega la barbilla al pescuezo; "solemente une interjección" concluye en mal castellano. "Monólogo interior" pienso, y vuelvo a ver la traza azul sobre mi trabajo. La lapicera ha caído ahora de mi mano sobre el papel, dejando una salpicadura finísima ahí donde habrá reventado el insecto que caminó sobre mis letras. Véliz desde el fondo de mi pensamiento repite "Es un monólogo interior: Un soliloquio ¿Comprendes?". "Sí" respondo, "sería lícito si el relato, supuesto monólogo, tuviera un objetivo más allá del afán de mostrarse surreal o erótico". Véliz desde el fondo del pensamiento argumenta que el monólogo es siempre válido y escucho los rezongos de Aragon, quizás con los labios muy apretados contra los dientes. Me pongo de pie como una reacción automática, para conservar la lucidez, rondando en torno al monólogo; entonces se produce la sincronía, en el mil seiscientos treinta y cinco.

«Yo sueño que estoy aquí destas prisiones cargado, y soñé que en otro estado más lisonjero me vi. ¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión...» Es Pedro Calderón de la Barca que viene en mi auxilio, con los monólogos y soliloquios de Segismundo. Con Pedro no llega a ser necesario plantearse el acuerdo del autor con el lector. El último queda de inmediato atrapado por las dos realidades de Segismundo: El prisionero encadenado y la surrealidad, para él, porque duda de ella, como se duda de la de Apollinaire, en la que es el rey que gobierna: «Sueña el rey que es rey y con este sueño vive, mandando, disponiendo y gobernando...» y entonces le pregunto a Véliz: "¿Fue Calderón el primer surrealista o su precursor? ¿Fue un adelantado?". Me responde, casi con desprecio: "El monólogo, el soliloquio ha existido desde siempre. Es el primer recurso de la literatura: Su motor". Por un momento me siento vencido. No alcanzo a pensar que el monólogo nace en voz alta y por lo tanto como una necesidad de diálogo, que a falta de interlocutor, se dialogó con sí mismo para resolver un juicio personal. Así, entonces, ineluctablemente, el soliloquio obedece a una argumentación, a un raciocinio. Con el tiempo, en la literatura moderna se silencia, pero no pierde esta esencia de reflexión. Por su parte, la escritura automática de algunos surrealistas: ¿Cómo podría tener reflexión? Sólo sería un acierto azaroso. Si es así, prefiero quedarme con el surrealismo de García Lorca:

«La noche se puso íntima
como una pequeña plaza.
Guardias civiles borrachos
en la puerta golpeaban.
Verde que te quiero verde,
verde viento, verdes ramas.
El barco sobre la mar.
Y el caballo en la montaña».

​Aquí nada es automático, todo está en su lugar y puede ser traducido en la razón del lector. Véliz, al verme convencido, me grita en mal francés, como si defendiera a Aragon o a sí mismo: "El barco y el caballo sólo representan a la muerte. ¡Éso se sabe!" Alude a interpretaciones del Romance sonámbulo que él sabe que no comparto. "Ya hablaremos de eso" le respondo y trazo una línea azul al final de este texto, con la Sheaffer que su padre regaló a Joseba.
 
© Kepa Uriberri

 
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Conferencia de las Partes

9/4/2019

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Edificio Costanera Center en Santiago, actualmente el más alto de América latina, clavado entre gases de invernadero.

Conferencia de las Partes
Kepa Uriberri

Hace ya muchos años, tuvimos en Chile un presidente de la república que sostenía un curioso lema, no por eso menos cierto. Decía que «En política hay dos clases de problemas, a saber: Los que no tienen solución y los que se solucionan solos». Su gran legado a la nación fue un sándwich que lleva su nombre. Cada medio día a la hora de almuerzo, el presidente salía a la Alameda frente a la Casa de La Moneda, palacio de gobierno, atravesaba la ancha avenida y su parque central para almorzar en la Confitería Torres. Invariablemente pedía el mismo sándwich de queso caliente y carne de vacuno a la plancha y una garza. La garza es una copa cónica de pie alto con una capacidad de más o menos un cuarto de litro que se llena de cerveza liviana y rústica. Este almuerzo del presidente se popularizó de tal manera que el sándwich en cuestión es hoy en día, después de más de ciento veinte años uno de los más consumidos en el país.

Desde hace no tanto tiempo, sólo un cuarto de siglo, la catástrofe climática que amenaza al planeta puso en marcha cierta preocupación, que me recordó a nuestro presidente: «Hay problemas que no tienen solución; los otros se solucionan solos». Diría que el lema que enunció es un paradigma de la preocupación de las altas elites y otras partes que vienen participando de las llamadas "Conferencias de las Partes" para tomar acción sobre la amenaza del cambio climático. Este año, en diciembre, se celebrará en Chile la versión veinticinco de esta conferencia. Posiblemente las altas autoridades, los grandes empresarios de la producción de energía, vehículos y otros industriales propietarios de potentes chimeneas que se elevan al cielo disparando gases carbónicos, podrán probar un exquisito Barros Luco en la Confitería Torres.

Dicen que uno de los mas abundantes gases de invernadero, responsable del cambio climático es el gas metano que liberan los pedos del ganado vacuno, por lo que una de las recomendaciones de las comisiones a propósito, es disminuir drásticamente la ganadería vacuna, lo que afectaría de manera grave el consumo del Barros Luco cuyos ingredientes insignia son productos de este ganado: El queso y la carne. Además ambos son calentados y cocinados al fuego producido por gases de petroleo.

Las grandes economías, las más industrializadas y contaminantes se retiran de las conferencias, las otras no cumplen los compromisos adoptados. Es natural que cada parte considere que la responsabilidad es de los otros y no propia. "America first". "La amazonía es nuestra y nosotros tomamos nuestras decisiones". "Tu mujer es más fea que la mía". "Somos un país pequeño, nuestro aporte a los gases es insignificante". "Este es un típico problema que no tiene solución". "Se va a solucionar solo cuando cambie el ciclo climático". Estas y tantas otras razones similares se escuchará en Chile en diciembre. Finalmente, después de beber mucho pisco sour, comer muchos mariscos, tomar buenos vinos, güisqui escocés legítimo, de muchos años, y más, se brindará, quizás, por don Ramón Barros Luco, un político cazurro y hábil.

Aquí, en el último rincón del mundo, vivimos durante ciento cincuenta años en la miseria de la oligarquía, donde algunos tenían el privilegio del poder y la riqueza y eso les era suficiente. Los demás medrábamos en torno al servicio de los oligarcas. Lo mismo ocurría en el imperio ruso: El Zar y su corte vivían jugando bádminton en los jardines de palacio o bañándose en pelotas en la desembocadura del Nevá en el Báltico, mientras los campesinos y el pueblo que los amaban, vivían en la miseria. Sólo la violencia de la revolución bolchevique, la mano dura y autárquica de Lenin y de Stalin cambiaron las cosas. En nuestro país, tan lejos de todo, un político y poeta, nacido de la oligarquía, abrazó el ideal marxista, y desde la presidencia de la república pretendió llegar el socialismo de manera pacífica y en democracia. Lo traicionaron los suyos. Creían que el marxismo sólo se impondría en una revolución armada y violenta. Entonces triunfó la violencia de la revolución militar. Salvador Allende subió a los pedestales de la izquierda progresista con su hermoso último discurso, mientras el palacio de gobierno era amagado por los golpistas: «Más temprano que tarde volverán a abrirse las anchas Alamedas por donde pase el hombre libre»; fue una pieza poética que ha inspirado a todas las izquierdas del universo.

Así como la mano impositiva y violenta de los comunistas soviéticos impuso una dictadura que cambió la historia rusa, en nuestro país la dictadura militar cambió, a sangre y fuego, los destinos de la nación. No sólo intentó exterminar el marxismo, también acabó con los privilegios de la oligarquía y cambió el sistema empresarial protegido, por una economía de mercado abierta que ha sido la semilla de la que germinó el éxito del país.

Sin el impulso de la fuerza autárquica no habría habido marxismo en Rusia y Chile seguiría siendo el país más pobre de entre las viejas colonias españolas de América. Tal vez en algún futuro incierto, se imponga un gobierno global universal que imponga por la violencia y la fuerza, lo que de seguro no logrará la Conferencia de las Partes número veinticinco que se celebrará en Santiago de Chile y logre salvar al planeta del desastre climático, arrasando intereses, avasallando derechos y sacrificando oposiciones. ¿Habrá otra solución? ¿Qué haría don Ramón Barros Luco?.

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Retazos I  El liberal

8/21/2019

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Retazos I
El liberal

Por Kepa Uriberri

— Yo soy un liberal— aseguró. — Por eso creo que cualquier solución debe respetar la visión social de progreso. No podemos plantear a la gente un modelo que se quede pegado en el siglo pasado.

— Hay liberales que me dan miedo— dijo Bolshoy. — Todo sistema ha de ser dinámico. En caso contrario es un muro resistente. Para eso siempre tiene dos fuerzas: Una consolida y la otra proyecta. ¿Entiendes?. Entonces: ¿Qué es un liberal para ti?.

— Bueno, el que se mueve, en el ámbito de las ideas, en el sentido del cambio natural de la sociedad.

— Diría que ese es un flojo, porque se deja llevar por la corriente social, en vez de encauzarla; o bien es un progresista ciego, que no construye un camino sobre la base sólida de lo que ya se ha logrado.

— ¡Ja!— Lutero soltó una breve risita burlona. — Diría que eres un conservador que habla desde su trinchera, construida como una posesión sólida.

— Quizás no. Tal vez te estoy enseñando qué es ser liberal.

— ¿Qué es?— preguntó desafiante, mirando a Bolshoy con cierto desdén.

— El verdadero liberal tiene ideas claras y firmes. En ese sentido es un conservador, porque para sí mismo, no transa sus ideas, pero no las impone, porque respeta las libertades de los demás de pensar de otra manera. El liberal dialoga, propone y convence o acuerda una mirada que satisface a todos. Un liberal entiende que debe consolidar los logros, pero eso no lo hace conservador. Un liberal es, también, hijo de una tradición que considera sólida.

— ¿O sea que tú consideras que un católico pechoño es un liberal porque hace negocios a la salida de misa y encuentra huevón al cura?.

— Ese no es un argumento, es un resentimiento.

— ¿Y alguien que no acepta el derecho de la mujer a abortar, puede ser liberal?

— ¿Por qué no?

— Alguien que niega los derechos a otros no puede llamarse liberal...

— Pero en este caso hay, al menos, dos derechos en conflicto.

— ¿Cuál sería el otro?

— El derecho del no nacido.

— Ese no es una persona. No es sujeto de derecho.

— Pienso distinto...

— Piensas equivocado...

— ¿Crees eso? No respetas mi manera de pensar. ¿Cómo te puedes decir liberal, entonces?

— ... es que la mayoría piensa de este modo...

— ¿O sea que ser liberal es cuestión de mayorías? Deberías plantearte eso con seriedad.

— Ayer me dijiste que el derecho está establecido en la ley. Yo te hablo desde la ley decidida por la mayoría.

— Otra vez interpretas mal. La ley recoge los acuerdos sociales. Así lo que hoy es reconocido como derecho en la ley, y debe ser respetado, mañana puede cambiar y ser recogido de otra manera. Pero siempre hay una cuestión de fondo, sobre la cual debes reflexionar, con la mente abierta, porque habrá quienes consideren otros pensamientos, otras razones, otras creencias. Si no lo haces: No eres un liberal. Sin embargo debes respetar la ley aunque no estés de acuerdo con ella.
 
Dialéctica
Me metí bajo el chorro de la ducha sintiendo que éste me corría por el cuerpo como corrían en mi mente las ideas y recuerdos de la conferencia. Era raro tener que provocar a los posibles adversarios o enemigos para reclutar apoyo. Me acusaron de violentista, de promover la violencia de estado, pero no resisten una confrontación sobre la acusación: 

—¿A quién violenté? y ¿Cuándo?. 

—Pero usted promueve la violencia de genero, porque discrimina a los trans y a los homosexuales... eso es violencia. 

—¿Me podría citar un caso? Porque jamás he discriminado a nadie por su género, ni por su manera de pensar o sentir. 

—Pero está contra el matrimonio homosexual.

—El matrimonio homosexual no existe. Si el congreso aprobara una ley en ese sentido yo la respetaría. Pero no hay una ley.

—Pero usted ¿estaría de acuerdo que las parejas homosexuales pudieran adoptar?

— Si yo fuera parlamentario, votaría en contra de esa ley. Sin embargo si una ley así fuera aprobada, yo la aceptaría. Incluso más: Defendería su aplicación.

—Entonces usted es un homofóbico.

—¿Por qué?

—Porque no tolera a los homosexuales.

—¿Por qué concluye eso?

—Es ovio...

—No lo es. Explíqueme ¿dónde ve usted la intolerancia?

—Porque está contra el matrimonio homosexual.

—No estoy contra las parejas homosexuales, pero creo que el matrimonio tiene un sentido diferente. Sin embargo si se legalizara, no sólo lo aceptaría, sino defendería el derecho que la ley estableciera. Es decir que mi pensamiento es más abierto y liberal que el suyo que refleja no tolerar el mío.

—¡Señor Garcena: Usted es un fascista!

Así escurren las ideas. Así se desata la odiosidad que convence al indeciso y se hace fuerte en favor nuestro.

Era agradable sentir en el cuerpo el flujo tibio del agua. Era sensual. Hubiera querido que estuviera aquí conmigo, Alma, bajo este chorro tibio y estimulante, que a la vez distendía produciendo tantas sensaciones de placer. Pensé que por alguna razón extraña, me era igualmente placentero enfrentar a los adversarios que iban a confrontarme en mis conferencias y charlas. Ellos, de seguro, estaban ahí sintiendo el mismo placer sensual que yo y estaban, antes que nada, por eso, ahí. Sabían tan bien como yo que no me cambiarían, ni yo a ellos. Tal vez, muy eventualmente, lograran sembrar, así como yo mismo podía conseguirlo de manera muy azarosa, una semilla de las ideas que defendía en alguno de los presentes. Sin embargo, no sé si para mi adversario, aunque creo que sí, como lo era para mí, lo importante resultaba ser el vencedor en el debate. A nadie, me parce, le resultaba muy claro qué defendía yo o qué mi adversario. Pero lo mismo que en los combates de guerra, o en los deportivos, había algo en la percepción de quién observaba o de quien hace, luego, el relato histórico que decide para el entorno observador, quién fue el ganador. Ahí juega la idea preconcebida lo mismo que la virtud dialéctica, la belleza del juego o el lance, lo mismo que la razón lógica y así. Hay tantos elementos sutiles, que van atados al talento de manera misteriosa, que inclinan el resultado en favor de uno u otro. Eso lo hace exquisitamente sensual. Eso es lo que envicia y lleva a querer más

Resulta ser tan raro y sorprendente como la sensualidad de un chorro de agua tibia que desciende por el torso bajo la ducha, de manera que lo lleva a uno a permanecer ahí bajo el agua, sintiendo al calor deslizando por el pecho, el estómago, el vientre, las piernas.

​© Kepa Uriberri


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Psicodrama: El escribano, escribiente, escribidor y poeta

7/9/2019

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Psicodrama: El escribano, escribiente, escribidor y poeta
Por Kepa Uriberri
 
¡Ah! el psicodrama. El psicodrama no tiene valor alguno psíquico y tampoco dramático. Sólo es como un escaparate donde luce una propuesta y mueve el pensamiento de manera que incluso, dígase que no se diga no tiene importancia, pero no son palabras, sino que ha de leerse o no. Podría todo ello no contener palabra alguna sino no contenerla o abarcarla y al diablo las palabras que sólo significan lo que y nada más o así.
                                                                                         - * -

Completamente sordo, mudo y orgulloso, jamás desarrolló lenguaje alguno sino sólo emociones. Pensaba, no podía expresarlo por su oposición pertinaz a las palabras, que éstas eran apenas marbetes absurdos que intentaban cazar algo tan elusivo como el rico pensamiento. Se sentaba en la plaza, bajo la sombra de las acacias, sin conocer las palabras, a hacer lo único que podía alguien que no oía ni hablaba. Con una estilográfica de color verde, y tinta verde con pluma de oro puro, escribía poesía de amor a pedido en fino papel de arroz, para quienes no sabían leer ni escribir y necesitaban de algún poema para su amada, o una carta de amor para conquistar, o a veces, incluso, algún reclamo comercial y también un relato de aventuras para quienes estaban lejos.

Era la más hermosa poesía y la prosa más bella que se podía comprar en el lugar por apenas dos monedas grandes, de cuyo valor no se enteraba en absoluto ya que por su condición despreciaba los números y las letras, lo que no era un impedimento para su caligrafía magnífica y un trazo gladiolo, firme, lanzado, sobrealzado, duro, preciso de márgenes amplios y aire libre. Su letra mostraba lo profundo de sus sentimientos y lo preciso y digno de sus emociones, que en modo alguno quedaban reflejadas en las palabras que escribía de las cuales difícilmente existía ninguna. Es que despreciaba el lenguaje y las palabras que no tenían sino sólo un sentido convencional y una rígida precisión que no se ajustaba a su desdén total por el léxico y los signos con su pretensión de exactitud, de manera que cuando el escribía con letra y filigrana hermosa y perfecta algo como "ugsfert" podía ser "amor" o "tal vez nos veremos en Francia" y también "tus ojos me hechizan o bien me chisan" y no tenía importancia alguna. Sólo, pensaba y en ningún caso lo habría de decir por ser mudo, ni a escribir pues toda palabra intentaba atar un concepto y por tanto era despreciable, que al dejar verde sobre papel arroz y filigrana alzada, lanzada de amplio margen y trazo gladiolo la intención era decir "Amada Rosa, por siempre guardaré tus versos en este rincón íntimo" pero sin que ese fuera el concepto sino otro del todo distinto, e inexpresable. Incluso inenarrable, pues al hacerse sujeto de comunicación perdía su encanto, emoción y verdad. Así pues era su arte y casi como gráfico y del todo críptico e indescifrable. Ésto, como sea, no tenía importancia alguna pues quienes pedían sus servicios, si bien no eran ni sordos ni mudos, sino al contrario buscaban la comunicación con inocente ansiedad, lo que los hacía recurrir al bizarro poeta sin lenguaje pero de preciosa escritura bajo las acacias, cuyo sentimiento era puro al no estar contaminado con lenguaje ninguno que desvirtuara la esencia del sentimiento; todos eran iletrados y analfabetos que no tenían capacidad de juzgar lo escrito por el escribano. De no ser así, de modo del todo torpe, escribirían sus propios relatos e intentarían sus versos y poemas personales, plagados de errores por el lenguaje que siempre iría mejorando aunque jamás sería perfecto, en vez de no existir del todo. No se esperará, tampoco, que en tal condición el destinatario de tan bellas poesías fuere capaz de comprenderla o siquiera leerla. El mérito que esta poesía tenía no estaría jamás en las palabras y su destino en la inmaculada hoja de papel arroz trazada y surcada de verde tinta, sino en el hecho de ser poesía y en el amor que conlleva la dedicación al destinatario. Con sólo llegar a destino ya se llenaba de arte y fervor: Esto le otorgaba suficiente mérito y era así que lo pretendía el escribiente poeta y no otra cosa. Sí. El secreto era la dedicación, al escribirla, al enviarla, al recibirla y amar su desconocido y misterioso contenido de seguro amor.

Fue así que por ese entonces sólo llegó a ser importante la belleza del trazo, o la extensión, el material que llevara o el color de la letra y todo ello tampoco reflejaba, y había en esto extremo cuidado del artista, idea ninguna sino sólo el trasiego de los sentimientos.

Una bella poesía podría ser entonces, y sólo puede emularse pero nunca igualarse pues en la verdadera poesía no había en ningún caso letras, que de suyo son deleznables y proscritas en la poesía verdadera; algo como así:

Ebhgdu kcjdija lsmchuse,jh
mjsxxjuywu
lkmmwo kfpow,{tiin wi3
+MSÑKCISW ñkkde hp
llor meru nsgfppú
knciuhhd
wkjihemkqu727q,xow
jshx eñp
,jce wlwp
Sgfrt

Donde faltaría el color y sostén de las letras y considerar a estas sin forma ninguna y nunca coincidentes unas con otra. Sólo sería permitido "Sgfrt" que en caso alguno sería el nombre verdadero del escribano poeta o su contratante sino sólo un lejano reflejo de ello. Es que decir "tienen tus ojos un raro encanto" sería tan apreciable, si no interesa el lenguaje o los signos que lo ennoblecen, como "siensen sus mojos flacos favorsos". Lo importante era, para el excribano poeta hacerlo o nestamente.

Adquirió cierta fama, también fue aplaudido y luego oscureció. Dicen que aún se le ve en las pequeñas plazas de los pequeños pueblos escribiendo para los que no leen y son de suyo muy verdaderos en sus sentimientos. Nada más. Su arte es apreciado por todos los que lo aprecian y saben que sumo o mumo son igualmente distinto y no importa sino nada y entonces deconstruyen y patean los y también queman o desprecian andando en el más puro o pero de modo ninguno como se precie de en estipendio bien ganado. ¡Felidisad!. Otros primero dominan la madera y después hacen de ella su deseo. Arepdner.

© Kepa Uriberri
 
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La elegancia de la utopía y la realidad vulgar

6/26/2019

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La elegancia de la utopía y la realidad vulgar
por
Kepa Uriberri

Se ofuscaba con cierta facilidad. Y cuando conversaban, por alguna razón que el otro no llegaba a comprender, insistía, o no podía evitar, caer en esos temas siempre conflictivos que se refieren a los valores básicos del ser humano: ¿Existe Dios?, ¿Qué es la democracia?, ¿Hay democracia en Cuba?, ¿Se puede conciliar la religión con la política?, ¿Es moral el aborto?, ¿Tiene la mujer derecho sobre su cuerpo?, ¿Y el sujeto abortado es parte de éste?, ¿La vida es un derecho, o está por sobre él?, ¿Es condenable y discriminatorio referirse a una persona por alguna característica distintiva? ¿Se puede hablar de negro en relación a un negro o se le debe mencionar como "persona de raza distinta"? ¿Es discriminador decir ciego? ¿Debemos decir persona no vidente? ¿O la sola mención de las características discriminan? ¿Y es lícito discriminar, cuando hay diferencias, o estas deben ignorarse del todo?. Parecía disfrutar de su propia rabia, cuando entraba en estos temas espinudos, en los que no podía coincidir con el otro.

En cierta ocasión almorzaban en un restorán rápido, en el que había un televisor encendido. De pronto, ilustrando una noticia cuyo contenido no reparó, se mostró a una persona que acuchillaba a otra, que caía herida de muerte. Todo el público presente soltó una exclamación. Los que no vieron la escena, preguntaban qué había ocurrido. Le preguntó:

— ¿Qué pasó?

— Ese tipo asesinó al otro de una cuchillada— dijo.

— ¿Cuál? ¿A quién...?

— A ése— aclaró, — Al negro que está tirado en el suelo.

Con evidente molestia respondió:

— ¿A esa persona de color, te refieres?

Se rio, sabiendo que venía otra discusión absurda. Contestó:

— ¿De qué color?

— El de raza...

— Todos son de raza. El mestizo sacó un cuchillo y asesinó al otro.

— ¡Putas que eres discriminador!— le gritó.

— Si no discrimináramos, todos, incluso tú cuando dices "El de raza...", no podríamos distinguir las cosas diferentes: Un hombre de un perro, un animal de un palo, el bueno del malo, el rico del pobre y más. ¿Te das cuenta?. La fuerza de tu doctrina esta en que es inalcanzable: es una utopía.

— Eso es un absurdo — contestó, casi riendo, el otro. — Nadie estaría dispuesto a seguir a un guía que lo conduce a la nada. Todos queremos ver algo tangible; que se pueda tocar y medir. O al menos que nos pueda pertenecer. El respeto por el otro es posible.

— Te equivocas —, insistió este. — Ofrécele un pan al hambriento y verás que se lo come por necesidad, pero no te amará, sino por el contrario, su odio aumentará, porque tú puedes tener un pan e incluso regalarlo. El hambriento no quiere saciar su hambre, quiere saber dónde se consigue el pan.

— Entonces para que querrías distribuir el pan, por igual, entre todos. ¿No habría que enseñarle a hacer pan?

— En modo alguno. Si tu enseñas a hacer pan, te haces sospechoso de querer obtener provecho del pan que el otro hará. Siempre habrá alguien que se apropie del pan y otro que será despojado de éste.

— ¿Y cuál sería tu solución? — preguntó el otro.

— No la hay — afirmó, taxativo, este. — Siempre habrá un motivo de desconfianza, una posibilidad de engaño o abuso. La solución es siempre ilusoria. La diferencia entre el conservador y el progresista está ahí, precisamente. El conservador posee una realidad y busca lo bueno, porque sabe que lo mejor es imposible. De ese modo se queda en lo prosaico, en la rabia del despojado, porque sabe que no puede haber satisfacción total. Por eso el conservador nunca triunfa, siempre va a la saga. El progresista, en cambio, construye un faro de intensa luz azul, al final del camino, en el horizonte inalcanzable y le da la mano al desposeído, al hambriento y los conduce en busca de esa luz, donde todo está dado: Ahí está la leche y la miel, la casa y el hogar, la justicia y la equidad. La belleza de la luz al final del camino, mantiene la esperanza y la ilusión. Ahí no hay discriminación; todos son iguales. Así se avanza en pos de un imposible, pero se avanza. El premio existe y se alcanza allá. El único obstáculo es la realidad vulgar que le impone el conservador que sabe que no hay metas y destruye sus ilusiones: De ahí nace la rabia y el odio.

— Pero eso es un engaño.

— No. Esa es la utopía. Es el sol de Ícaro que lo impele a volar siempre más alto. A conseguir lo imposible — concluyo este, con aire de triunfo.

— Entiendo. Pero Ícaro jamás logro volar hasta el sol, hasta la última luz azul. Mucho antes se derritió la cera de sus alas y cayó al vacío destrozándose contra las peñas de las isla de Ikaría.

— Nadie puede alcanzar la Utopía sin ser fulminado por su luz infinita.

— Entonces: ¿De qué sirve la Utopía si es imposible llegar a ella?

— La Utopía es elegante: Mira la belleza de la muerte de Ícaro. La realidad, en cambio, es vulgar, es pobre, es prosaica, no tiene poesía ninguna. Compara la caída de Ícaro con la muerte en una mañana helada, de un mendigo que duerme en la calle, sobre unos cartones.

— Está bien; no te comprendo del todo, pero ¿qué es, para ti, la utopía?.

— Podría decirte que es el sueño de los sueños, que es la ilusión inalcanzable. Pero, en vez, te diré que es un hombre vestido de frac, con una camisa muy blanca, que lleva colleras de oro, una flor blanca en el ojal, un sombrero de copa alta, un corbatín de seda gris en papillón, zapatos de charol y un bastón de caoba. Alguien que lo vio recuerda que tiene las sienes plateadas e imagina que por las tarde pasea sus dos grandes mastines por la orilla del mar. Sale de un bar elegante y sube a su limousina negra, donde lo recibe una mujer de piel tostada y tersa, ojos claros, el pelo le cae sobre los hombros sedoso y dócil. Viste de color rojo como guindas secas, un vestido largo y escotado, calza zapatos de tacos altos. Sólo una cadenita de oro, con una larga aguja, del mismo metal, que nace de un pequeño diamante, adorna su cuello y señala hacia su vientre, el final del escote. El auto, lujoso y rápido, se dirige por avenidas anchas e iluminadas a una casa en un suburbio exclusivo, de mansiones enormes. En un salón muy amplio beben los mejores licores de colores traslúcidos y se aman con lujuria junto al fuego de la chimenea, sobre una alfombra de lana persa de ciento veinte nudos. Todos los hombres vivirían ese sueño; así es una utopía.

Después de un silencio preguntó, a su vez:

— Y para ti: ¿Qué es la realidad?.

— ¿La realidad?... Bueno... El hombre no tiene las sienes de plata ni las cumbres nevadas. Tiene la piel oscura, no porque se haya bronceado paseando junto al mar, sólo es muy moreno. Su perro es un térrier manchado, al que pasea por la vereda hasta que, por fin, hace caca. Una mujer rubia de ojos claros, un palmo más alta que él, le exige que recoja la caca del perro y él no se atreve a oponerse, sólo murmura muy bajito: "Si mi amor". La mujer lo acusa de acoso, lo apabulla y se va. Él vuelve a su casa, mas pequeña que la sala donde tu personaje bebe y fornica, llevando las sobras del perro. Su mujer, también rubia, pero teñida, monta en cólera y le grita: "¡Y con esa mano llena de mierda de perro quieres hacerme cariño, después! ¡Ni te pienses que me voy a acostar contigo!". Sumiso, él se enjuaga las manos en el chorro de agua del lavaplatos de la cocina busca una lata de cerveza en el refrigerador. Cree, sin embargo, que algún día quizás no tenga ya más deudas y tal vez pueda comprar un auto usado, para no tener que volver a casa apretado en un carro del metro. Pero sabe que son sólo sueños, entonces anhela, al menos, encontrar ese camino largo donde, al final, se dice que lo espera una luminosa realidad que no es vulgar como cada día.

© Kepa Uriberri


 
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    Kepa Uriberri

    A mediados del siglo pasado, justo al centro de algún año, más frío que de costumbre, en medio de una nevazón inmisericorde, se dice que nació con un nombre cualquiera. Nunca fue nadie, ni ganó nada. Quizás sólo fue un soñador hasta comienzos de este siglo. Fue entonces cuando decidió llamarse Kepa Uriberri y escribir, también, para los demás. Hoy en día, sigue siendo un soñador y aún no ganó nada. Sólo siembra letras en el aire.

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