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​Escriviviendo

CARACAS, CRÓNICA DEL RECIÉN LLEGADO

1/14/2026

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Imagen: Panorámica de la ciudad (junio de 2013). (De la colección personal del autor).
Poecrónicas

CARACAS, ANTES DEL BOMBARDEO...
En 2013 visitamos Caracas para atestiguar las transformaciones del chavismo evitando los filtros de los "mass media" de USA y México. No hay como ser testigo directo de los hechos. La crónica que escribimos en ese entonces y las fotos cobran de nuevo vigencia ante la captura del presidente Nicolás Maduro y su esposa por parte de fuerzas estadounidenses el pasado 3 de enero de 2026. Incluso pronosticamos en aquel entonces la necesidad de observar los cambios que se daban en Venezuela, antes, precisamente, de que sucediera una posible invasión norteamericana. A continuación reproducimos la crónica, larga por el impacto de la emoción y las fotos de aquel memorable viaje…
Por Manuel Murrieta Saldívar

     CARACAS, Venezuela. Las despampanantes misses rubias, frescas, ojiazules que engalanan la Primera Feria Internacional del Chocolate de Venezuela, conviven ahora con sus similares mulatas, mestizas o nativas, como lo es la mayoría de la  audiencia.  Resignadas, se adaptan al arcoíris racial como supongo no lo era tanto en épocas pre-chavistas  ni lo proyectaba al mundo su antigua televisión. Si antes estas bellezas de origen europeo, impuestas como modelo universal--y que sigue dando triunfos a los venezolanos—invisibilizaba a todo lo demás, ahora se mueven en igualdad entre los otros tipos de la estética femenina que siempre han existido en esta sociedad mayoritariamente afrodescendiente y mestiza.  Precisamente, una señora mulata me lo confirma al ir charlando entre las salas de exhibición del teatro Teresa Carreño: “nunca se habían organizado ferias de este tipo, enormes, para todo el pueblo, gratuitas y rescatando nuestras raíces nativas y variedad de grupos y costumbres. Se lo debemos a Chávez”, confiesa orgullosa y  sin tapujos, sin nadie preguntarle ni rebatirle.  En tanto, las chicas rubias se muestran dispuestas, accesibles, sonrientes a cualquiera que se acerque quizá sin conocer, por ser casi adolescentes,  el pasado de racismo, discriminación  y ocultamiento contra toda esa masa multicolor que nos rodea.  Han comprendido al fin, espero, que lo suyo no es lo único que existe  ni lo que debe imponerse a los demás como modelo.  Parecen reconocer, como siempre lo había sido, que son minoría y que antes solo acaparaban  los reflectores en favor de una estética, una visión del mundo, dominante.  Yo sigo mi recorrido entre los distintos locales que exhiben la variedad de productos derivados del cacao venezolano, el mejor del mundo, proclaman, debido a las óptimas condiciones para producirlo aquí.  Una de las misiones es rescatarlo para llevar a Venezuela como productor mundial, me informan, mientras encuentro otro espacio para la reflexión. Pero antes una edecán morena me acerca una muestra del ron nacional, en su puesto repleto, orgullosa de presentarlo también como uno de los mejores; algo tendrá de verdad, porque me lo tomo de un sorbo, me resulta sabrosón y además le solicito otro para llevar.   
Sí, decía que voy reflexionando que apenas llevo menos de 24 horas en Caracas y ya confirmo, pasmado,  que no han brotado intensos, grandilocuentes, apasionados debates políticos  de un país dividido, como me lo habían advertido con temor antes de mi salida…tener cuidado con tus palabras y tus símbolos,  no expresar abiertamente tu inclinación, saber con quién o cómo hacerlo.  Pero al contrario, lo que he encontrado es una ciudad en febril movimiento, masas activas,  ocupadísimas estaciones de metro, vagones atestados, personas energéticas, ingeniosas, que también invaden, más que en la ciudad de México,  banquetas, aceras, esquinas ofertando informalmente productos y servicios, sin mencionar ni un ápice el debate ideológico.  Es una  intensa actividad cotidiana de un pueblo al que no observo triste, sino contento, aunque cansado por el trajín normal de la vida urbana, como en cualquier metrópoli. Incluso, se ven felices, sí, están felices, hasta cuando algunos discuten, a veces con seriedad, de la política reconociendo con humor chabacano al pensamiento del contrario. 
II
     Vaya, las discusiones ideológicas que dividen al país, ni siquiera brotaron cuando las condiciones estaban dadas y podría haber ocurrido, ya por exagerar, hasta una especie de guerra civil, quizá iniciada por mí.  La noche anterior, al ingresar al casco urbano proveniente del aeropuerto, sufrí el embotellamiento de tráfico más horroroso, a la altura de la Plaza Venezuela rumbo a la avenida Casanova.  Para mi gusto, era para desquiciar a cualquiera y buscar culpables inmediatos, de cómo y por qué un gobierno lleva a su población a experimentar todos los días, esos apretujones y retrasos que producen psicópatas, vida de ratones atrapados por el smog y el ruidajo de las máquinas rodantes de todo tipo. Era tal el tapón, “la cola”, el embotellamiento, que en varias ocasiones observé con miedo cómo se nos venían, con separación de milímetros, las ágiles y enloquecidas motos, en grupos de tres, en parejas y solitarias.  No solo eso, observaba, con cierto pánico, las placas, los radiadores,  las defensas delanteras de autos y camiones cómo  lentamente se pegaban a las ventanillas de mi taxi con la descarada intención de desplazarlo para abrirse camino.  Pero no había histeria, enojo, rabietas, sino más bien, un dejo de costumbre, de resignación, de que esto es así, el precio de vivir en la gran capital.  “Es el tráfico de las 5 a las 8, así es a diario, pero ahora un poco más porque es viernes y además es día de pago”, confesó  tranquilo, con paciencia de faquir, el taxista sin culpar ni acusar a nadie.  Fue admirable su autocontrol y capacidad de adaptación--sobrevive la especie aquella que mejor se adapte, no la más fuerte o superior, recordé a Darwin—mientras, rodeados de acero, de humo y neumáticos lentos, avanzábamos quizá a razón de  un kilómetro por hora!  Ni de él ni de nadie, sino de mí, fue que surgió la idea de una discusión política de por qué ninguna autoridad, del bando que fuese, ha puesto solución al problema que parece ya crónico. “Bueno, se ha hablado de proyectos, pero no pasa de ahí”, alcanzó a balbucear, pero luego se concentró al volante y siguió esquivando preocupado más en llegar a nuestro destino que inmiscuirse en una discusión improductiva.
Existe, pues, una vida cotidiana, un tren rutinario, una entereza por vivir con todos los placeres, incomodidades, ventajas y desventajas que ofrece esta sociedad cuya mitad y un poquito más, según las elecciones, se ha propuesto hacer cambios radicales como no había sucedido en su historia. Y en esta cotidianidad, aparece esporádicamente, pero no como centro, las discusiones políticas, son simplemente parte del panorama social de todos los días.  Por eso el taxista, sin nunca debatir, me ayuda con paciencia a cargar equipaje desde su taxi al hotel,  sensiblemente preocupado más por la seguridad de la clientela, ni me abandona rápido ni histérico a pesar de las dos o tres horas de más que representó nuestro trayecto.  Lo mismo sucede en el hotelito: sin mediar el tema político, el recepcionista solo alcanza a comentarme, una vez enterado de mi origen mexicano fronterizo, que la reforma migratoria avanza en USA para luego confesarme que no hay internet en las habitaciones.  Luego ofrece opciones, como usar el cable del lobby directo a la lap top…aprendida la lección, yo también evito preguntar los por qués y aprendemos a adaptarnos para continuar con nuestra vida y labor, todo, de nuevo, tan tranquilo, sin surgir ningún debate ni culpar a nadie.
Ya instalado sobre la avenida Casanova, continúa el embotellamiento pasadas las ocho de la noche. Siguen los cláxones a todo lo que dan, el rugido de motores, los buses públicos atestados,  los escapes de las motocicletas, pero ahora más fluido, seña de que pronto acabará.  La diferencia es que ahora observo el grandioso tráfico desde el puesto de arepas abierto las 24 horas hacia donde llegan, al igual que yo, cuerpos exhaustos que han sobrevivido a la jornada. Ahí matan el tiempo haciendo llamadas, tomando una malta o jugo de guanábana, o simplemente sentados viendo el panorama y, claro, devorando arepas felices de encontrar ahí un oasis para consumir el platillo nacional.  Es aquí que escucho las primeras risas de peatones, las pláticas familiares, los pasos sobre banquetas y observo sus facciones cansadas pero todos gustosos por estar llegando ya a su destino.  Desde esta esquina, consumida  mi primera arepa—gigante, de carne deshebrada-- intento ya sin prisas pero con ansiedad darle cara al tráfico, no para llegar a otra parte, sino para superar el miedo de enfrentar a los venezolanos, chavistas y no chavistas.  Pienso en aventarme de una vez, sin esperar más, recorrerlos, meterme en sus mundos, eliminar el temor hacia esta sociedad aparentemente dividida por las dos ideologías que vienen moviendo al mundo.  La oscuridad de la avenida, la actividad del negocio informal, los vendedores de chicles y cigarrillos, los puestecitos de todo, los alcohólicos bajo umbrales de edificios, parecen ya no ser obstáculo para mí.  Y, sin dudarlo más, me lanzo hacia ellos haciendo la inmersión total perdiendo el temor de la primera vez.  Así, dejo que la noche me lleve, voy detrás y entre la multitud, doy vuelta en otra esquina, ahora muchos son devorados por la estación de un metro, ingreso a una plaza y se me viene la luz.  Se abre un largo corredor en cuyos lados proliferan, estilo zona rosa del DF,  restaurantitos, abarrotes, tiendillas, aunque no hay boutiques de objetos sexuales; también surgen los hombres estatuas, los dibujantes de aerosol con su séquito de  curiosos que no consumen,  monumentos a trabajadores petroleros y juegos infantiles.  Muchos llegan hacia un concierto de rock en vivo con música melosa que despierta el corazón de las fans, sus gritos y hace, a su vez, mover mis piernas como indicando: estás en zona segura, no hay  ladrones ni pugnas políticas que temer, nadie te puede victimizar, así que intégrate al ambiente.  Ya con seguridad, concluyo el recorrido, localizo incluso los atajos, sin importarme los trayectos oscuros, los amontonamientos de basura y me dirijo al hotelillo rodeado de una tranquila soledad, quizá la de la satisfacción, por haber dominado el terror de lo nuevo,  listo para un amanecer caraqueño que ya no será de angustia sino de felicidad...
III
     Definitivamente, la mañana es de felicidad.  Es entender que el caos aparente del tumultuoso metro es fácil de dominar,  revela de inmediato su misterio, como ya lo han hecho antes los metros parisinos o madrileños. Este es de rieles, de vagones anchos, robustos, diríamos toscos, pero muy resistentes y de gran capacidad.   Y ahora, pues, ya aprendo cómo dirigirme desde la terminal Plaza Venezuela a la del Capitolio, sé que saldré en estampida para comprobar que, en efecto, es inevitable, la política está presente con sus dos visiones encontradas.  Al salir del metro, me entero que dos sendas marchas estudiantiles se sucedederán simultáneamente en dos áreas distintas de Caracas: la chavista celebrando el incremento de la matrícula y la apertura de más centros de educación superior populares, y más allá la de las llamadas universidades   autónomas que exigen mejoras salariales y la no intervención estatal.  Pero lo que también me hace feliz es haber confirmado que, en efecto, he sido acreditado por el gobierno bolivariano de Venezuela como enviado especial y que mi credencial está lista. Tenerla implica recibir  información privilegiada, acceso a actos oficiales, lugares de recreo y de turismo y un sin número de beneficios que solamente sabe el que labora en el llamado cuarto poder.
Es verdad,  las puertas se abren, literalmente, cuando me dirijo al departamento correspondiente, el de Comunicación y la Información, ubicado en un enorme edificio tipo rascacielos al centro de Caracas. Sin importar que fuese sábado, se labora ahí, en el piso 9, con toda intensidad: el guardia recepcionista que me recibe no esconde su chavismo al portar la  chillante chamarra de la bandera venezolana que pusiera de moda el comandante. Luego de consultar la computadora, algo localiza de mí, hace unas llamadas hasta que en cuestión de  minutos otro eficiente empleado aparece sin tanto rodeo: ¡ya trae mi gafete!... con todo y foto y broche, listo para prenderlo en mi camisa.  Satisfecho, abandono el edificio con la credencial   sobre el pecho, con la sensación de estar protegido por todo el aparato estatal, por esos guardias armados que comienzo a ver en las calles, que se muestran amables, pero están ahí para resguardar la marcha y evitar  enfrentamientos.
Sin embargo, asombrosamente, como si uno se transportara a otro sector de la ciudad, la vida fluye normal a los alrededores aunque con la sensación de las marchas en la cabeza. Y ahí  están de nuevo, sin desconcentrarse ni disviarse, luchando por sus goces y superando frustraciones, en torno a la estación Capitolio, el desfile de hombres y mujeres con su trajinar, su trabajar… los puestos de pizzas gigantes, los negociantes de oro, los carritos de jugos naturales, los puestos de periódicos, familias enteras cargando compras, los cibercafés, los mercaditos vendiendo toda la parafernalia chavista, las heladerías, los centros de telefonía celular mientras la sensación de las marchas impregna el aire del centro caraqueño. 
En la espera, aprovecho para adaptarme un poco más, intentar activar mis celulares con chips locales, para mayor comunicación de todo tipo. La dependienta de un negocio atestado los revisa, me indica que es imposible, que hay que desbloquearlos y rápidamente, como en asociación, me instruye acudir a un puesto especializado ubicado ahí cerca.  Estoy ingresando, de nuevo, a otro submundo venido a mí sin buscarlo pero con los beneficios que implica para mi pobre economía dolarizada. Ayer fue en el aeropuerto, cuando, como turista ingenuo y decente, acudí a la casa de cambio y, tras un largo trámite que requirió pasaporte, reconteo de los billetes verdes, recibí los bolívares a 6.30 por dólar, porque “no se aceptan dólares, solo bolívares” en todas partes.  Satisfecho de mi primer logro, ante de salir al torrente caraquense, ahí mismo acudí al restaurante para un buen almuerzo, pero durante el consumo, gracias a la simpatía de Juan, el mesero regordete, me reveló lo inconcebile: el mercado negro, “con mi primo, si quieres le llamo, cuánto quieres, te los da a 24 bolívares por dólar, y aquí mismo lo hacemos”…¡cuatro veces mejor que la casa de cambio!... Era para tentar a cualquiera, como la chica de la mesa de enseguida, tan formal y seguidora de reglas, que también quiso entrarle luego de que brotara la confianza.
Pero ahora estoy aquí, con el hacker mejor recomendado del centro de Caracas, penetro en su bunker, aseguran la puerta, me atienden dos asistentes sin él dar la cara y, tras los acuerdos, me reportan que es cosa fácil.  El deseo de cargar mi teléfono móvil por toda esta región para llamadas, navegar en internet, actualizar status en redes sociales y lo que se presente, me hace tener una paciencia de dos horas mientras escucho, no sin cierta tristeza, cómo los ritmos, gritos y tambores de las marchas estudiantiles retumban sobre las paredes de edificios.  En efecto, me las estoy perdiendo, pero todos aquí, en el pequeño pero vibrante centro comercial, seguimos con nuestra porción de vida, luchando por satisfacer nuestras necesidades e intereses.  Hasta que el hacker, desesperado y decepcionado de sí mismo, por fin da la cara pero solo para revelar que algo va mal, que ayer desbloqueó rápido otros dos de mi mismo modelo, pero que el mío es difícil, se resiste, tiene muchos candados y no registra la banda y sabe qué cosas más.  “Haré un último intento”, dice sin yo creerle un ápice y que no va a poder, porque en ese momento, a la altura de las 3 de la tarde de ese sábado, aparece la esposa con sus hijos, la pizza tamaño familiar, el refresco gigante para luego escuchar lo sospechado: “No puedo desbloquearlo, intentaremos el lunes”, sin nadie mencionar que las marchas de estudiantes chavistas y antichavistas suceden allá afuera. 
IV
Y sin embargo suceden…los restos de una gran movilización, de miles, yacen en la explanada de la gran plaza Caracas y otras aledañas, de que hubo vítores, consignas solidarias, movimiento de banderas rojas y tricolores.  Aún me toca ver grupos de estudiantes de las nuevas universidades, alrededor de 60, creadas desde el chavismo expresando con orgullo que se les ha enseñado el origen de su piel morena, el esclavismo colonial, las independencias bolivarianas, la identidad profunda y “el amor a la patria que nos inculcó Chávez y que nunca nadie lo había hecho”.   Ante mi obvia simpatía, hasta me ofrecen, como si fuera uno más de ellos, sándwiches bien surtidos que por centenas se repartieron entre los estudiantes. Y luego ocurre la última dispersión, es decir, la rápida reintegración a la actividad rutinaria cumplida ya la misión marchista.  Vuelve el juego de dominó en las banquetas con un trago de ron; el concierto en la Plaza Bolívar de la Banda Marcial Caracas, con dos piezas de estreno de tinte nacionalista, “porque estamos en revolución”;  continúa la celebración de un aniversario más de la marina venezolana con sus jóvenes de estricto uniforme de gala; el recorrido del embajador de Surinam por los puestos de chocolate.  Todo siempre, rodeado de un público diverso al aire libre, sin tanta etiqueta, en eventos gratuitos, donde las bellezas de varias razas, no solo la de corte eurocéntrico, acaban por confirmarme que, a pesar de las divisiones ideológicas, los caraqueños han sabido sobrellevar su vida diaria.  La división flota en el aire, sí, pero la saben sostener luchando primero por la existencia, por el trabajo, sin enfrentarse a cada instante o a la menor provocación, no existe siempre ese impulso por demostrar cuál visión del mundo es la mejor. 
Si la consigna es “Chávez vive, la lucha sigue”, diríamos entonces que la división vive, pero la vida sigue, sigue como prioridad, independientemente de la forma de pensar.  En el trajín diario, pues, no todo es chavismo vs. caprilismo, “socialismo del siglo XXI” vs. “capitalismo piti-yanqui”.  Y, por si faltara, los caraqueños hasta se la gozan, lo saben hacer muy bien, entre los placeres que da la arepa, los enormes menús restauranteros, sus “shopping centers” estilo USA  como el de Sabana Grande o El Cachao; disfrutan al máximo y de seguido espectáculos en plazas, parques urbanos, el mejor café y cacao y sus cervezas, cónchale!, como la de marca Zulia, la de botellita verde, la mejor, mientras me alisto para subir al teleférico, el segundo más seguro del mundo, ese de 8 kilómetros de largo que te lleva al cielo pero sin abandonar Caracas que la tienes entera bajo tus pies, rodeada de selva y picos de montañas, ahí está, entera y completa, preciosa, a lo lejos, sin divisiones ideológicas…
                                                                                    ***

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Imagen: Metro de Caracas (junio de 2013). (De la colección personal del autor).
Galería de fotos tomadas por el autor en este enlace, Caracas junio 2013:
Texto en Poecrónicas:
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    Manuel Murrieta Saldivar

      

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