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​Escriviviendo

Pioneros del periodismo en español en Arizona

6/28/2023

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Imagen: portada del libro Mi letra no es en inglés donde se analiza la poesía escrita en español por El Tucsonense, pionero del periodismo hispano en Arizona. Imagen del archivo de la Editorial Orbis Press.
Por Manuel Murrieta Saldívar

Por cortesía del autor:
http://www.manuelmurrietasaldivar.com/poecronicas/pioneros-del-periodismo-en-espanol-en-arizona.html


Carlos I. Velasco luchó contra las invasiones filibusteras en Sonora pero entrada la segunda mitad del siglo XIX y, en busca de paz política, dejó su natal ciudad de Hermosillo y se instaló en Tucsón, Arizona. Ahí nunca renunció a su ciudadanía mexicana, creó fraternidades y grupos culturales y fundó en 1873 uno de los primeros periódicos en español de la frontera: El fronterizo. Esta publicación fue frente de resistencia cultural e ideológica contra la penetración norteamericana, sobre todo después de la venta de La Mesilla en 1853—en la cual el norte de Sonora pasó a formar parte de Arizona.

El fronterizo luchó contra la influencia anglosajona que se adueñaba de tierras y negocios, afianzaba el control político y amenazaba con la conquista cultural. Patriota y romántico, Velasco, además de la noticia, abría las páginas a la literatura regional, mexicana e hispana en general. A través de la difusión de poesía, testimonio histórico, artículo de fondo, cuentos de autores locales y regionales, mantenía la identidad y la continuación del idioma español.

El fronterizo sobrevivió un par de décadas y fue inspiración para otros periódicos que harían huella: en marzo de 1915 aparece El tucsonense, fundado por Francisco S. Moreno (nacido en 1877), quien a los 12 años había dejado también su natal Hermosillo para instalarse en el polvoso Tucsón. Moreno publicaba este periódico dos veces por semana, dirigido al "culto pueblo de habla castellana de Arizona" con el objetivo de "dignificar la raza mexicana; difundir todo lo bueno de que es capaz a fin de que conocido por los americanos se le pueda apreciar en su justo y verdadero precio"(editorial del 15 de marzo de 1919).

La muerte de Francisco S. Moreno, en 1929, no impidió que El tucsonense desapareciera, heredándolo a su esposa e hijos quienes lo sostuvieron hasta 1957. El tucsonense, con casi medio siglo de existencia, conserva aún el récord de permanencia y tradición no superado por ningún medio hispano en la región. Organizó una amplia distribución transfronteriza, manteniendo vivo el contacto con las comunidades y las culturas madres, sonorense, mexicana y latina. Los lectores en español, además del quehacer regional, se informaban de los acontecimientos de Hermosillo, Ciudad de México o Buenos Aires.

El tucsonense, además, irradiaba literatura y temas de arte en general publicando a autores mexicanos o reproducía los escritos de los más famosos escritores de España y Latinoamérica. Este periódico, aún hoy podría ser ejemplo de periodismo cultural en español si se compara con lo que producen las publicaciones hispanas que ahora circulan en Arizona más con la intención comercial que la de informar y educar. Al mismo tiempo que reportaba sobre guerras mundiales, revueltas revolucionarias mexicanas y soviéticas, escribía sobre la vida y la poesía de Rubén Darío, Amado Nervo o Gabriela Mistral.

Mientras el presidente Alvaro Obregón recorría en tren el trayecto Nogales- Tucsón, El tucsonense, reproducía las inspiraciones poéticas del general sonorense. Con grandes titulares y adornados poemas, fue pionero en festejar, desde 1915, las fiestas patrias del 15 de septiembre o la batalla del 5 de mayo. Moreno publicó también a los poetas regionales, aficionados a un lirismo sentimental y romántico, radicados en Nogales, Flagstaff, Tempe o Phoenix. Sabía de la importancia de registrar el sentimiento hispano de la época: la nostalgia por el terruño de los nuevos migrantes, el patriotismo exaltado ante el encuentro con lo norteamericano; el sentimiento religioso como alivio a la soledad y frustración o la fraternidad hacia el trabajador ante la discriminación.

Incluía a su vez todo lo relacionado con lo hispano: cada 12 de octubre, día de Colón, aparecían poemas de peruanos, argentinos, chilenos, caribeños, que se asentaban en el desierto dispuestos a hermanarse con la mayoría mexicana. Además, Moreno captó cómo los mexicanos recibían sin remedio el impacto de la sociedad dominante: no obstante la preferencia por una literatura culta y de respeto a la academia de la lengua española, El tucsonense reconoció la nueva cultura: empezó a imprimir los primeros experimentos bilingües del siglo XX de lo que hoy es la literatura chicana, esa poesía que jugaba con el inglés y el español. Esta sensibilidad literaria es admirable. A pesar de la falta de comunicación de aquel entonces, los editores pudieron mantener el contacto con el resto de América Latina.

El tucsonense y El fronterizo, así, siguen siendo ejemplo de una resistencia por mantener la hispanidad y la mexicanidad en zona norteamericana, vacío que sigue sin ser cubierto por las publicaciones actuales en el área. La historia sobre la poesía en español publicada por El tucsonense, se analiza en nuestra obra Mi letra no es en inglés cuya reseña y síntesis de su contenido se encuentra en este enlace:
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Phoenix Sol

6/21/2023

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PictureImagen: Sol sobre la montaña Picacho Peak, autopista 10, entre Phoenix y Tucson, Arizona. Foto de la colección personal del autor.

Por Manuel Murrieta Saldívar

Con permiso del autor: http://www.manuelmurrietasaldivar.com/poecronicas/phoenix-sol.html


                                                                                    I

El sol de Arizona es una molestia que dificulta cruzar la línea fronteriza, asesina a migrantes o dificulta completar la jornada de trabajo en zona agrícola. En otras ocasiones es la extensión nostálgica de un calorón de Sonora que obliga a instalar, a como dé lugar, un aparato de aire o de pérdida disfrutar atardeceres en el patio o la banqueta de la casa. Sin embargo, para los angloamericanos del estado del gran cañón su sol es otro motivo de orgullo, refrigerado ya todo el desierto. He visto a comerciantes que lo han sabido ofertar en almanaques, postales, camisetas o noticieros como el más incandescente después del Sahara. Para ellos, provoca incendios forestales, suspende pistas o turbinas aéreas, cocina blanquillos a la intemperie cuando se rompe un récord. Y les funciona esta estrategia mercantil porque, atraídos por las candentes promociones, bajan del Este y del centro del país los “snowbirds” o pájaros de la nieve, esos ancianos que parecen jugar con sus cámpers; o se registran avalanchas de estudiantes, cansados de la penumbra de Nueva York o Massachusetts, dispuestos a sudar, perdón, estudiar en las universidades arizonenses mientras adquieren unos muslos, unos bronceados apetitosos. Los más sorprendidos son los europeos y sudamericanos porque confirman lo que habían sospechado en las películas del oeste: realmente vive aquí ese sol, testigo de matanzas de comanches y vaqueros, que achicharra la arena y provoca ocasos con todo el espectro rojo; claro, siempre y cuando se le observe con cautela o desde un espacio refrigerado el cual, si no existiera, ya se hubieran retirado en estampida.

                                                                                     II
Sin embargo, la rutina de la sobrevivencia todo lo uniformiza y arrincona seas del origen que seas. Y aunque el sol aquí no discrimina, como lo hacen muchos rubios asustados, unos lo reciben en exceso precisamente porque su escasez económica les alcanza sólo para comprarse un abanico; muy pocos lo disfrutan porque habría que madrugar y muchos, casi todos, viven sin vivirlo, evitan al sol gracias a la tecnología de enfriar el aire de la cual Arizona fue pionera. Al astro rey se le recuerda para elevar el status con un rápido bronceado si no se pudo en el Caribe o en Cabo San Lucas, se le recibe cuando la refrigeración se descompuso o al salir de un edificio camino al estacionamiento. Se piensa en el sol como fuente alterna de energía pero nunca forma parte de algún festival artístico; sabes de su presencia y amenaza pero a través del reporte meteorológico que lo escuchas a los 20 grados Celsius mientras afuera son más de 45.

El sol de Arizona, pues, ha sido derrotado en breve lapso, no es más aquel astro que reinó millones de años, es aquí tan inofensivo que un simple botón hace que duermas con cobertores en pleno verano y a cualquier hora, aunque te asuste el recibo de la electricidad. Y puedes pasar incluso la mañana, el mediodía, toda la tarde entre autos, edificios, tiendas u oficinas con una sudadera, sobre todo en el frío eterno del área de computadoras. Sol domesticado, sabes que está ahí pero no lo ves, no es necesario ni interesa, a menos para evitarlo o promocionarlo, es iluminación secundaria que destaca la escenografía urbana de asfalto y rascacielo.

De tanto combatir su calor, se acabó rechazando al sol por completo, sólo es sentido con termómetros mientras los alrededores proyectan sus rayos sin que se perciba al emisor. Los atardeceres y amaneceres son recuerdos rurales o de épocas antiguas, sólo unos cuantos ciclistas y corredores reciben baños de luz sin que sea el principal propósito preocupados más por la línea de sus cuerpos. En pleno valle o paraíso del sol, traduciendo el slogan, este astro dejó de cautivar, se ataca, combate y se le evita desde el momento de colocarse los lentes oscuros, una necesidad ya elemental, en cualquier puerta que dé al exterior...

                                                                                   III
Hasta que una madrugada decido romper la rutina durante algún desvelo feliz. Entonces percibo una luz azulosa, densa, espesa, una cúpula que empieza a envolver el panorama citadino desde el horizonte. Son los primeros resplandores de un simple amanecer de todos los días que siempre me había negado. Surge el titubeo de si la fiesta regular debe concluir o puede ser el inicio de otra. Es decir, proseguir la rutina establecida por el medio, rota desde el momento de surcar las tres de la mañana, o aprovechar el espectáculo del levantamiento solar a su máximo esplendor, como nadie me lo ha promocionado en un folleto. Y a las cuatro o cinco de la mañana se comprende que es verdad, en plena región desértica, en su hábitat ideal, no me habían dejado ver al astro en su brillantez inicial.

Todo entonces empieza a clarificarse, literalmente, cuerpo, corazón y mente junto con una nueva atmósfera limpia de civilización: porque ya estoy arriba, en la montaña del sur de la ciudad de Phoenix, en su mejor mirador diseñado por la naturaleza especialmente para el caso. Estoy en la madrugada fresca, sin artificios, sobre piedras añejas y el rodeo de ecos, entre saltos de liebres e islas de cactus, confirmo y redescubro que el sol no es sólo un conjunto de rayos a repeler por el aire frío del hombre de abajo, abajo duermen las autopistas, paralizadas las escuelas y otras fábricas, abajo ningún jet despega o aterriza, el smog movilizado por el aire matutino, abajo domina una quietud de gente apaciguada, saciada, satisfecha con la noche del sábado de abajo y el levantarse tarde del domingo con la preocupación de la televisión o el servicio religioso de abajo.

Y arriba, sobre rocas enanas y gigantes, el sol en segundos se levanta con un peso de millones de siglos, arriba recupera su poder estratosférico, arriba ya de cordilleras y de picachos violetas, adquiere por instantes un límpido señorío arriba de la contaminación arizonense, subiendo recupera dignidad y autoridad arriba de todo y todos. Es un sol que ya cruzó el Atlántico, hace nueve horas despertó a Cádiz y Sevilla y aquí hace lo mismo, a la flora y la fauna de las sierras de México, es un sol global más libre que un tratado, inmigrante ilegal sin importarle fronteras. Ilumina a inocentes y asesinos de abajo, hace descender ahora las mareas del Golfo, produce sombras estáticas y acuosas en los muelles de Cuba y de Florida, por él están cantando las guacamayas del trópico. El sol que veo calienta las autopistas desde Guaymas a Las Vegas, levantando recuerdos, ruidos, las voces del mundo antiguo y del presente, gestor de fantasías cósmicas e imágenes terrestres, luz sin edad y sin tiempo pero con futuro… sol que despide a otro amanecer rumbo al mediodía, que reinicia la rutina de 24 horas, sol que ha perdido en Arizona lo que lo hacía divino y que ahora simplemente lo voy abandonando entre las rocas porque todo ya empieza a hervir, todo a evaporarse, a calentarse, arriba y abajo, el infierno de más de 50 grados que provocas...

(*) Del libro La gravedad de la distancia. Historias de otra Norteamérica. Editorial Garabatos. Hermosillo, México, 2009. Más información y para adquirirlo en: 

http://www.manuelmurrietasaldivar.com/libros/la_gravedad_de_la_distancia.html

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En Orihuela: casa del poeta Miguel Hernández

6/14/2023

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Imagen: mural contiguo al museo dedicado al poeta Miguel Hernández, Orihuela, España. Foto de la colección personal del autor.
Por Manuel Murrieta Saldívar

Con permiso del autor: http://www.manuelmurrietasaldivar.com/poecronicas/en-orihuela.html 

“En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como del rayo Ramón Sijé, a quien tanto quería” …escuchábamos estos versos, durante la preparatoria en Hermosillo… desde el “Cobach” llegábamos a casa y mi hermana América, quizá luego de una jornada de protesta en el campus de la universidad de Sonora, sacaba el vinil, lo ponía en el tocadiscos rodeado de sus amigos activistas y surgía la voz de Joan Manuel Serrat cantando “Elegía”, “Para la libertad”, “Las nanas de la cebolla”, poemas todos de Miguel Hernández hechos canción por el músico catalán.

Quizá yo en aquella adolescencia no comprendía del todo esas letras y mensajes denunciativos, pero debían transmitir ideas serias y profundas puesto que la palomilla de mi hermana, y yo ya contagiado, escuchábamos en silencio y con mucha reverencia. Pues bien, estos recuerdos afloran nítidos ahora que visito, lo que jamás concebí en mis sueños más revolucionarios, la casa donde vivió el poeta Miguel Hernández, en su pueblo, hoy ciudad de Orihuela, España. De cómo llegamos a este lugar se explica con una serie de afortunados acontecimientos que tienen que ver con nuestra participación en “Muros”, un encuentro académico literario dedicado exclusivamente a la historia y letras chicanas, mexicoamericanas, cuya sede es la Universidad Miguel Hernández en la ciudad de Elche, cercana a Alicante. El organizador, Armando Miguélez, un amigo y académico español especialista en el tema, habló maravillas turísticas y culturales sobre la región, para recorrer luego del congreso. En efecto, al explorar a los alrededores, descubrí que tan sólo a media hora por carretera se ubica Orihuela…y entonces la voz de Serrat, como si estuviera fresca en la memoria luego de más de cuarenta años, retumbó..”su pueblo y el mío”, etc. Faltaba solamente, pues, organizar una salida hacia allá porque uno cree que jamás habrá un regreso y hay que aprovechar las oportunidades del momento y de la vida.

Al llegar, en efecto, encontramos una Orihuela que recuerda y homenajea a Miguel Hernández cuya casa donde habitó durante su infancia y temprana juventud la han convertido en museo, y enfrente otro recinto similar, con entrada gratuita y guías profesionales que nos atienden con tanta amabilidad que parece que mi amigo Miguélez hubiera llamada para recibir ese trato estilo “vip”. La guía nos acompaña a las salas, da explicaciones con sincero entusiasmo, nos regala posters, poemas y mapas, explica lo que contiene el recorrido, como la higuera y el establo donde el poeta se inspiraba para sus primeros versos surgidos de un origen humilde y popular. La guía ya nos ha contagiado, estamos extasiados, listos para ahora continuar el recorrido en solitario, nos deja a nuestro libre albedrío para descubrir otras maravillas: el dormitorio con su lavatorio y pequeña mesita donde escribía junto a su cama y, en el patio, ¡un gran cactus de apariencia mexicana! mientras en la tapia de arriba nos mira la cara de Hernández desde un inmenso y colorido mural. Y mucho más… placas conmemorativas, otras que informan los nombres de los habitantes de Orihuela víctimas del nazismo, paredes que recuerdan y anuncian peregrinajes anuales desde ahí hasta la tumba del poeta en el Cementerio Municipal Nuestra Señora del Remedio, precisamente en Alicante.

Por supuesto, yo estoy admirado de esta infraestructura y actividades que se levantan en torno a guardar la memoria de un autor que supo reflejar el momento histórico de su tiempo y las amenazas del fascismo internacional. Quizá sea un magnífico ejemplo, que debería de replicarse entre los nuestros, de cómo una comunidad reconoce, rescata, eterniza a un poeta que luchó por las causas de su pueblo, que produjo una poesía basada en una vida de compromiso social y de lucha contra las fuerzas dictatoriales, al lado republicano durante la guerra civil española.

He de reconocer que nos envuelven escalofríos al ingresar, por ejemplo, a la humilde cocina, la recámara donde dormía y escribía, la higuera donde se inspiraba, el patio rocoso donde cuidaba de sus cabras. O leer en el museo contiguo la decisión de Hernández de tomar las armas y participar en la guerra, su noviazgo conflictivo, la muerte de amistades y familiares por enfermedad o por las balas del conflicto que padeció España a finales de la década de 1930. Esa sensación continúa al enterarse, ya sea en las cartas escritas de su puño y letra o en los afiches y posters que cuelgan enormes, de los conflictos ideológicos entre vecinos, el fallecimiento en la cárcel por tuberculosis después de que Miguel se salvara de ser fusilado por el franquismo.

Después de esta visita de unas cuantas horas, uno desea salir corriendo para leer y releer su poesía y adquirir su obra, como “El rayo que no cesa”, en las mismas librerías de Orihuela para continuar la experiencia poética y vivencial del gran “poeta del pueblo”, como ha sido ya catalogado para la posteridad. En efecto, eso hacemos, traemos a Hernández ya refrescado en nuestro registro emotivo y ahora nos disponemos a apreciar los murales en el barrio San Isidro, inundados de consignas, versos y rostros, no solo de él, sino de otras imágenes que denotan la exigencia de libertad para los pueblos oprimidos, la necesidad de continuar las luchas contra las fuerzas represoras que nos victimizan. Nuestra memoria juvenil no solo ha quedado despertada, sino además reforzada, revitalizada como en aquellos años de 1970 y 1980 cuando después de escuchar a Serrat, leíamos sobre revoluciones populares, pero también salíamos a las calles a participar en protestas, grandes o pequeñas, pero nuestras, en nuestra Orihuela, perdón, nuestro querido Hermosillo…

                                                                                                Orihuela-Alicante, España, mayo 2023




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Primer poemario de Camacho: "Todo es normal"

6/7/2023

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Imagen: portada de Todo es normal/Everything is normal, primer poemario bilingüe del autor chicano Manuel Camacho
Por Manuel Murrieta Saldívar

Con permiso del autor: http://www.manuelmurrietasaldivar.com/poecronicas/todo-es-normal.html

Manuel Camacho, oriundo de la ciudad de México, se graduó de la Universidad Estatal de California en Northridge, donde obtuvo una maestría y otra en la Universidad de Pepperdine. Es profesor de español para nativohablantes en San Joaquín Delta College.

Sus cuentos y poemas se publican en la revista mensual Joaquín de Stockton y del portal Culturadoor.com producido desde California State University-Stanislaus, en el área de Modesto. Es teatrero y contador de historias orales en lo que ha producido su magnífico drama Across the Border con Camacho, representada ya en varios teatros.

Como cuentista es excepcional, así lo muestra su colección de cuentos bilingüe ¿Tienes papeles? …Got Papers? (Editorial Orbis Press, 2020). Y, como poeta, tiene larga trayectoria y una enorme producción tal y como se recopila en este su primer poemario publicado, Todo es normal/Everything is normal, también bilingüe, recién producido igualmente por la Editorial Orbis Press, de Turlock, California, el pasado mes de abril y ya en circulación. El poemario cuenta con 204 páginas y es el número 15 de la “Serie Sentimiento” de esta editorial.

La poesía de Camacho es irreverente, desmitificadora, a veces recordando el mejor estilo de la “antipoesía” del poeta chileno Nicanor Parra, por su realismo, ironía, sátira de los sistemas de control que nos dominan y victimizan a nosotros, los desamparados seres humanos en su vivir cotidiano. Además, rompe con los estilos tradicionales de la rima, la puntuación, la estructuración de estrofas y versos ordenados, lo cual produce sin seguir un patrón armónico y sin métrica aparente.

Camacho nos habla de obreros esclavizados, de exigencias amorosas para limpiar el baño, no coloca puntos al final de cada línea, pero inicia con mayúsculas la siguiente. No nos conmueve con atardeceres en lontananza ni con bellezas femeninas idealizadas, sino que denuncia masacres en el “México lindo y querido” o invita al amor al morder higos eróticos.

De esta manera, Camacho denuncia sin metáforas que tergiversen la realidad social, lo hace sin pena ni contenciones apuntando a los asesinos, así, con esas palabras, asesino, tres o cuatro veces repetida, asesinos de mujeres, dictadores asesinos o asesinos universales. Un ejemplo de ello es el poema “Elegía por Miroslava” en alusión a la periodista mexicana Miroslava Breach, asesinada por sus reportajes de investigación que denuncian la violación a derechos humanos y el tráfico de drogas.

El poema cierra con esta estrofa:
Ella será tu sombra
Ella será tu verdugo
Ella quien te condena
Ella se llama Miroslava


Ella es la palabra
Ella es la voz
Ella es la verdad
Ella es la que te llama


¡ASESINO! ¡ASESINO! ¡ASESINO!
Todo es normal/Everything is normal, pues, es un poemario urgente, necesario y vital que hacía falta en las letras migrantes, chicanas y de los latinos que viven y sobreviven al menos entre dos lenguas y varias culturas dentro de la Unión Americana. Más información y para adquirirlo, consulte este enlace en Amazon:


https://www.amazon.com/Todo-normal-Poes%C3%ADa-Everything-Spanish/dp/1931139857?ref_=ast_author_dp

                                                                                                  Keyes, California, Junio 2023



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Letras chicanas en España, llégale!

5/31/2023

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Imagen: Frente a un castillo y de la típica “Dama de Elche”, símbolo de esta ciudad de Alicante, España. Foto de la colección personal del autor.
Por Manuel Murrieta Saldívar

Con permiso del autor:
http://www.manuelmurrietasaldivar.com/poecronicas/letras-chicanas-en-espana-llegale.html

                                                 Para Tomás Néstor Martínez, presentador de nuestras letras en España.
                                                A Armando Migueles, dínamo del chicanismo en Europa.



Un vuelo desde Califas a Madrid de más de once horas
te ingresa sin contratiempos a la España de tu apellido perdido entre los siglos

Un tren preciso y muy veloz te lleva silencioso
hacia las sequedades, naranjales y playas valencianas

Una oleada de bañistas frente al Mediterráneo
trasluce a mujeres con sus senos al aire amamantando al sol privilegiado

Un malecón tintineando de vino y platos de calamar a más de 20 euros
seduce a los turistas bajando desde la zona nórdica
o de cruceros atracados enfrente

Un tráfico apretado al centro de Alicante
lucha a morir por el único espacio libre del estacionamiento
ya sea sobre las callejuelas o en el subterráneo de miedo

Un vistazo de hoteles playeros y torres de apartamentos
bajo un castillo milenario de origen musulmán vigila el horizonte

Una autopista lisa plagada de redondeles
que indican siempre girar a la derecha hasta llegar a Elche,
ciudad de vates como Pedro Salinas, Luis Cernuda,
el mismísimo Miguel Hernández
nombrando calles, aulas y universidades…

Y, al centro de todo esto,
en sedes académicas o rutas de poetas,
un grupo exclusivo de españoles, franceses e italianos
se unen a nosotros
se unen por nosotros:
americanos texmex, nuevomexicans,
batos y morras californianos,
sonoarizonenes del desierto,
reunidos
por nuestra historia
historias y letras chicanas, bifronterizas,
estudiadas en el origen mismo de nuestra hablar migrante

Estamos aquí, universalizándonos,
como lo expuso el compa y tocayo Hernández, el chicanista de Stanford y la finiquera,
al tú por tú con los peninsulares
los latinoamericanistas,
el spanglish
el español de USA
que llega aquí
recogiendo pedazos de los muros que hemos derrumbado,
reunificando fronteras
saltando el mismo charco del Atlántico
para exclamar, ¡en plena España!,
paisanos de la letra y la palabra,
ya llegué, ya estamos aquí,
después de tantos siglos
léanme, compréndeme,
conoce más de mí,
venga,
¡llégale!...


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Hogar perpetuo

5/17/2023

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Imagen: Casa solitaria en un barrio de Hermosillo, Sonora, México. Foto de la colección personal del autor.
Por Manuel Murrieta Saldívar

Con permiso del autor:
http://www.manuelmurrietasaldivar.com/poecronicas/hogar-perpetuo.html 



Recién llegada,
dejando atrás mis logros y desgastes,
busco los rastros de mi madre
al pisar la banqueta…

Atravieso el portal
no hay ningún candado
ingreso a su recinto pero vacía está la sala.

No obstante,
retumban sus palabras
ruegos y peticiones,
aquellos que urgían mi retorno
y que llegaron a mí no supe cómo
mientras que otros chocaron en los muros
o se perdieron
en esas nostálgicas distancias que dividen.

Tanteo las paredes, espejos y pasillos
y no me identifican
pues soy la extraña
que vuelve a lo conocido pero ha sido olvidada…

Sigo, sin embargo,
palpando los vestigios de mi madre,
sus huellas del quehacer en la cocina
la ropa remendada, la maceta reseca,
ella anduvo aquí
esculcando mis penas
cuando yo sobrevivía
en mansiones ajenas
y en las agriculturas de un país extraño.

Es verdad,
mi madre me invocaba,
sus gritos aún impregnan la recámara,
me cuidaba a lo lejos
desde el patio de orquídeas y naranjas,
siempre me atrajo
con su cordón invisible
o visible—ahora ya lo sé,
pues lo vengo deshilando desde el Norte,
me hizo volver en años luz
o en segundos de sombra

hacia ella, siempre hacia ella,
guiando mi regreso hacia el hogar perpetuo…

                                                                                                         Keyes, California, mayo 2023



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San Francisco de Abajo

5/10/2023

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Taquería en Mission St. y 16 St. en San Francisco, California. Foto del archivo personal del autor.
Por Manuel Murrieta Saldívar

Con permiso del autor:
http://manuelmurrietasaldivar.com/poecronicas/san-francisco-de-abajo.html  


Me aposenté en un nicho internet en pleno centro de San Francisco, California, para revisar pendientes cibernéticos y dar los últimos toques a un documento que leería en un congreso literario. Al cruzar hacia la sede, Hotel Park 55, observé las calles hacia abajo, como chupándome, como esperándome…Ya adentro, confirmé el horario de mi intervención, hice cálculos de tiempos y espacios, notando que otros ponentes hacían lo mismo y con los que me identifiqué…simplemente se trataba de cumplir el compromiso para después escabullirse a explorar lo que se pudiera, acompañado o en solitario, y en unas cuantas horas. Entre traductores, editores, escritores y libreros, empaté con estos últimos quizá por la sencillez de su profesión: compran barato y venden más caro, sobre todo si los estudios de mercado señalan que el “boom latino” vende cualquier cosa, incluso libros en español. Así que Andrés, flamante director de una cadena de librerías internacional, supo de mí y de mis planes postcongreso. Diligente, quedamos en salir en su auto rentado, más interesado en mi opinión sobre el mercado de los libros que en recorrer el puerto. “Y si quieres nos vamos hasta San Diego, te enseño nuestro almacén”, me amenazó de inmediato.

           Cumplí con mi participación con el horario encima y salí del Park 55 a tomar un respiro, percatándome que tenía cerca una calle principal, la Market Street…comencé a observar esta ciudad desde otros ángulos: vientos fríos en pleno verano, tercas neblinas sin lluvias y fogosas masas humanas que producían paranoicos simpáticos caminando libremente o conduciendo autobuses sin la menor cortesía. Medio aturdido, recordé el ofrecimiento de Andrés, le llamé a su celular, me paré en esquina estratégica y en media hora ya nos dirigíamos hacia la lasaña en plato hondo, con vino de la casa, en el restaurante Roma del barrio italiano. Lo de Andrés era verdad: no batalló para estacionar el auto, uno de los graves problemas de este sector, porque estuvo dispuesto a pagar otros 30 dólares de estacionamiento. “Para qué andar con cosas”…

           En una hora y algo salimos medio espirituosos, más amigos, más campechanos y ahí mismo iniciamos la caminata por la “Columbus Avenue”. Entre nuestras charlas, le confirmé lo que ya sospechaba:

           —San Francisco es el triunfo de los marginados…aquí abundan y no son tan rechazados, no nos podemos quejar…Aquí deja uno de ser “minoría”, estamos por todas partes, mira…

           Se lo decía frente a unas tiendas porno y bares nudistas en cuya banqueta había afroamericanos bailando rap, unos descaradamente solicitando 50 "cents" y de plano otro, completamente deschavetado, preguntaba:

— ¿No perdieron ustedes su miembro sexual en San Francisco?—y luego soltó la carcajada mostrándonos un pene sintético.

           No le cayó mucha gracia, más bien Andrés quiso hablar de libros mencionando negocio tras negocio, pingües ganancias, mientras seguíamos la marcha.

           —Ya que te interesa el tema—le comenté—por aquí hay una librería…

           Fue cuando le mencioné sobre los poetas “beat”, queriendo profundizar al respecto, pero no mostró mucho interés, definitivamente—me dije—lo suyo es el mercadeo. No obstante, nos metimos a la librería City Light que ya teníamos enfrente, vi las reediciones y los libros antiguos que rodearon al autor Allen Ginsberg, uno de los cabecillas de la generación beatniks; observé el póster del fundador de este templo intelectual jipi, Lawrence Ferlinghetti y su colección de poesía. Andrés, sin perder su línea, lo único que comentó fue que casi no había libros en español, confirmando su teoría del olvido al sector hispano.

           —Es probable que estemos en el lugar equivocado, le sugerí, debe haber un barrio latino, ¿lo buscamos?

           Le brillaron los ojitos…sugirió entonces irnos al estacionamiento. El encargado nos resolvió el problema de inmediato vislumbrándose, dada su cortesía y amabilidad, que era un inmigrante mexicano. Él mismo lo confirmó, claro, hay que aprovechar que San Francisco ha sido declarada santuario para migrantes, “no migra here”, dijo casi en inglés. Le hicimos la platiquita y nos guió:

           —Uff compas, andan muy errados. Si quieren ver mexicanos váyanse hasta la calle 24, entre la Mission y la Potrero, ahí hasta tacos de cabeza hay… escuchó atento mi estómago irreverente.

           Tenía razón, la poca presencia de paisanos en las rutas turísticas contrastó con lo que visualizamos al ingresar al sector, era un hervidero: la raza con sus cantinas, sus ritmos norteños y sus solicitadas taquerías de 24 horas de sabor y grasa nostálgica. Vaya, daba gusto ver señoras felices, comprando paletas La Michoacana o conchitas de pan dulce que quise una para mí. Era tanto el movimiento familiar que hasta vimos mormones convertidores de almas, en bicicleta, con sus camisas blancas y corbatitas enterneciendo al más ateo. Era verdad, esa era la seña inequívoca de que, en efecto, nos encontrábamos en el barrio latinoamericano…Pero lo que motivó más a Andrés, ahora sí, fue la presencia de libros y revistas en español en tienditas de envíos de dinero, en peluquerías, abarrotes y negocios para preparar impuestos o “income tax”. No le dije, aunque debí hacerlo, que el surtido me decepcionaba porque, como lo había visto en otras ciudades, se trataba de obras de autoayuda, de lograr el “éxito rápido y fácil”, de dianética, de horóscopos y hasta de comentaristas de la tv hispana “para los más cultos”. De cualquier manera, nos paramos no sólo para bebernos unas tecates sino también para recoger copias de periódicos en español como El bohemio news o El tecolote con la remota idea de hacer contactos.

           Ya entrados en lo marginal, y para completar el cuadro, recordé que muy cerca se debería encontrar el territorio gay, así que nos lanzamos sin titubeos al sector Castro, para confirmar lo confirmado, definitivamente, la ciudad era el triunfo de los minoritarios: el tercer sexo hacía su presencia en toda su magnitud, esplendor y variedad. Varias generaciones de parejas homosexuales se besaban en las calles, caminaban tocándose las manos, con look carismático. En postes y muros estratégicos había carteles de homosexuales fortachones, anuncios de bodas del mismo sexo y volantes previniendo contra enfermedades de transmisión sexual, como en cualquier hospital. Vi muchos cuerpos cuidados con la última dieta, emitiendo un intelecto arriba del promedio y un gusto sofisticado, a juzgar por la cantidad de negocios y galerías de arte y de fotografía. Era una sensación de apertura que invadía al resto de la urbe, se percibía que de ahí brotaba la demanda de tolerancia, de libertad para el empleo sin importar el género, el aprovechamiento de los espacios de expresión. Así la vida y cultura homosexual era parte integral del panorama, para que ni el más macho, fuese de donde fuese, reprodujera aquí sus homofobias causantes de tantas víctimas. El ambiente flexible era tan contagiante que me atreví a hacerle una confesión a Andrés quien me observó con aires de sospecha:

           — Me consta la liberalidad de esta ciudad, fíjate, estoy hospedado en un hotelito cerca de la sede del congreso. Ni te imaginas el decorado, parece para coleccionistas, no hay ningún paisaje californiano o los típicos cuadros del puente, sino fotos en blanco y negro y diminutos dibujos de homosexuales tremendamente eróticos, muy finos, torsos desnudos, muslos protuberantes, con elegancia y gusto que invita a la estética. Pero me hospedé ahí no porque me atraiga lo gay, sino por lo barato y céntrico…Andrés sólo me observó, como exigiendo cambiar de tema y, confirmando su virilidad, me espetó:

           —Bueno, ya, ¿no?...todo eso está muy bien…Ahhh, pero si me pretenden, pues hasta ahí llegamos…que hagan todo lo que quieran, nomás no se metan conmigo.

           Ya para acabar de incomodarlo, le provoqué:

           —¿Ni siquiera en una noche de copas ni en el carnaval de Mazatlán?... Se dice que cada hombre llevamos un pequeño gay adentro…

           Soltó la carcajada, muy seguro de su identidad sexual, mientras pasábamos frente a establecimientos ofreciendo festivales de poesía con micrófono abierto o conciertos de música alternativa en esquinas estratégicas para unos 30 comensales que de lejos la mayoría parecían del mismo sexo.

           En la escapada, Andrés se enteró de mis antecedentes periodísticos y me preguntó si quería conocer una de las creaciones de Randolph Hearst, el magnate de la prensa, nativo de esta ciudad.

           —¿A qué te refieres?
           —Tú cállate y verás…

           Rápido se fue metiendo entre las calles hasta enfilar por la Mission Street, en pleno “downtown”, como ya atardecía, no hubo mucho problema para estacionar y me llevó a un imponente edificio del Estados Unidos clásico. Era medio antiguo con toques dorados al interior, escalera de caracol, tipo mansión, una especie de baúl de los recuerdos. Sin embargo, frente a este conjunto, vendían de manera peculiar el San Francisco Chronicle y el San Francisco Examiner, el periódico del siglo XIX que Hearst recibió como herencia, iniciando su cadena de rotativos e inventando el periodismo amarillista para liquidar la competencia. Todavía le ofrecía dividendos: había un voceador vestido como si fuese botones de hotel, a todo lujo, le dabas el importe de 25 centavos y en un acto prestidigitador, cogía el ejemplar, hacía dos que tres dobleces y te lo entregaba enrollado como si fuese un pergamino, él un juglar medieval y uno un aristócrata respetable. Quedabas seducido, ya querías adquirir otra copia tan sólo para gozar de nuevo el espectáculo. No descarté que el genio de Hearst hubiera ideado esta forma de vender para atrapar más lectores.

           —¿No te gusta la estrategia para los libros?
           —Habrá que inventar unas propias para nuestro lector latino y dejar de imitar….

           Dentro del edificio, y bien acomodados, encontramos además folletos invitándonos a recorridos de lujo. Los rechazamos de inmediato, quizá por los costos, por su complicación o porque recordábamos que ya habíamos hecho antes semejantes paseos: ¿Limusinas? ¿De cuál tamaño?--no dice cuál modelo, todas son del último año. ¿Le incluimos chicas cover girl? ¿Necesita un ferry aerodinámico para rodear Alcatraz o pasar bajo el Golden Gate? ¿A qué horas reservamos su helicóptero para el tour aéreo? ¿Quiere subir hasta el observatorio del edificio Transamerica?...Una pequeña propuesta nos llamó la atención: El banco Wells Fargo, un éxito aquí desde la fiebre del oro de 1848, anunciaba una novedad: tómese un café Starbucks mientras espera hacer su transacción, bueno, o después. Era una vanguardia de servicio que supuse se iba a propagar al mundo entero, cafeterías instaladas adentro de los bancos, habrase visto…el caso es que mientras bebíamos, otro folletito me llamó la atención, por su ternura y su clásico recorrido:
           —Mira Andrés, vamos a subirnos a uno, yo pago…

           Se trataba del tranvía de un solo vagón, cobraba dos dólares, desde el distrito financiero sobre la calle Market, hasta la avenida Van Ness, del este al oeste de la ciudad. Era un recorrido mitológico, fácil y accesible, para mentalidades de alta curiosidad callejera dispuestas al sacrificio. Al abordarlo, después de una larga cola, alcanzamos cupo de pie lo que permitió que el aire nos acariciara, como si participáramos en alguna escena de la serie televisiva “Las calles de San Francisco”. En tanto, oía el ruidajo de palancas y de engranes que mueve el operador para respetar, como cualquier auto común, las señales de tráfico. El pequeño vagón, para nuestra sorpresa, ingresó al China Town, y claro, por supuesto, mandamos todo al diablo y decidimos bajarnos…Nunca había visto tanto ojo rasgado en movimiento ni banderas rojas comunistas ondeando con descaro sobre techos altos y remedos de pagodas, ni plazas atestadas de viejitos chinos, juegos infantiles entre protestas contra el sistema de Mao. Los asiáticos, definitivamente, eran otra gran “minoría” que dominaba la escena mostrando sus contrastes ideológicos y nacionalistas sin pena. El colmo fue un mural que lo sintetizaba todo: bajo una enorme pintura de la bandera de las barras y las estrellas pude captar la leyenda, “God less America”…alguien había borrado “b” del original “bless”…pongámoslo más claro y usted deduzca la confrontación: “God bless America” versus “God less America”…Y todo era silente, uno que otro claxon y el murmullo, entre la cortesía de peatones y tenderos, no sé, uno suponía que habían reproducido lo más fiel posible todos sus mundos allende al océano Pacifico, no para que nosotros los gozáramos, sino para ellos vivir sin tanta melancolía en pleno imperio…

           Ya no quisimos recorrer más…otro folleto anunciaba establecimientos donde vendían los pantalones originales de mezclilla, también inventados aquí sobre todo para los gambusinos. Destacaba la primera fábrica de los “Livais”, esa prenda globalizada mucho antes que la globalidad por su resistencia, comodidad y durabilidad, aguantando faenas, raspadas, navajazos o el peso de pistolas. Levi Strauss, migrante bávaro, diseñador y fabricante de los primeros pantalones para el marginado “working class”, había pasado a la posteridad mucho antes que la era jipi que aquí también los popularizó: en el mapa turístico, su apellido aparecía por lo menos cuatro veces, cada uno señalando una tienda que ofrecía descuentos de hasta siete dólares mostrando el cupón. Le llamaban la “House of Jeans”, jins, jeans, genes, en francés.
           —Ándale vamos—insistía el librero—no es lo mismo comprar un livais aquí que en otra parte…
           — ¿Quieres seguirle…mejor vámonos a lo clásico clásico…por ejemplo cruzar el famoso puente.

           Sin pensarlo más enfilamos hacia allá, primero le dimos un flashazo a la callecita cuesta abajo con sus jardines escalonados, la “Lombard Street”, repleta de turistas viendo bajar los autos. Por ese rumbo encontramos la salida hacia la autopista 101 y finalmente nos atrevimos a cruzar el escalofriante Golden Gate. De lejos lo veíamos supermoderno, catártico con el atardecer que avanzaba, pero al ir rodando sobre él ya reflejaba años anaranjados de uso, como los hierros de la torre Eiffel. Cruzando, nos estacionamos en el mirador, para una panorámica del océano, lo largo del puente y la urbe en todo su esplendor…ahí fue cuando recordé la canción de Scott McKenzie, esa que sugiere que te pongas unas flores al llegar a esta ciudad. Me sentí completamente colonizado al descubrir que me sabía varios versos de esa pieza clásica de finales de los ´60s, people in motion, decía, ¡en efecto!, nuestro recorrido había sido el San Francisco de abajo, el de la gente en movimiento. Nosotros, yo mismo, en constante movimiento, tarareando la cancioncita esa, órale bato, canta conmigo Andrés, sácate el feeling, extrae el recuerdo de lo que no hemos vivido aquí por décadas…nostalgia de varias generaciones, people in motion, cantando en pleno mirador, recibiendo sonrisas de identificación de los otros que coinciden, aprobándonos, dando en el clavo… People in motion, que hemos presenciado, experimentado, palpado, como este viento que sacude nuestras ropas, movimiento de piernas y de autos ... If you’re going to San Francisco/Be sure to wear some flowers/In your hair,/People in motion, people in motion…

                                                                           Colofón…

           Cuando Andrés me dejó de nuevo en la sede del congreso, a donde acudí para aprovechar lo que quedara, creí que ahí acabaría el exhausto recorrido. Sin embargo, Teresa, una ex compañera de estudios de Guanajuato que se había convertido en traductora, me reconoció entre las despedidas. Me propuso otro tour algo extraño: me invitaba a su hotel, pero no para pasar la noche. Requería ayuda para encontrar taxi, orientarle la ruta, evitar los temores nocturnos en una ciudad desconocida que se visita por primera vez, como me lo confesó. En su afán de encontrar precios módicos, había reservado una habitación en hotel económico y de buen aspecto en Internet que, a la hora de abandonar la realidad virtual, resultó un problemón: estaba ubicado en una zona relativamente céntrica pero repleta de graffitis, de servidoras sexuales, de distribuidores de drogas, de policías atrapando a peatones alcoholizados y en la onda. Fue entonces que comprendí y acepté su propuesta, te ayudo, te acompaño…La hospedería en realidad valía la pena, tenía su atractivo como para una trama literaria: un lento elevador de rejas, antiguos decorados de oro de imitación, alfombras que habían sido elegantes pero que olían a viejo, un cuarto con lavamanos muy hondo y diminuto y esos toscos aparatos de calefacción cerca de un desvencijado escritorio. Afuera, en efecto, se escuchaba, y se observaba, toda esa vida marginal que a mí también me produjo temorcillo: gritos, corretizas, sirenas, iluminación semioscura con anuncios de neón y las torretas de las patrullas. Tras instalarla y dejarla sana y salva, Teresa supo que dormiría tranquila porque, entre otras cosas, no hice el menor intento de proponerle alguna intimidad ni capté señales para ello. Había de ser así, porque, como me lo confesó, le habían dicho que me buscara, que precisamente me habían recomendado por mi probada tolerancia y respeto hacia los semejantes, por mi compromiso social y mis impulsos de ayudar a los demás sin venir al caso. Así que decidí dejarla dormitar con esa imagen, cuidar mi reputación, regresando en solitario, sin nada y poniéndome en riesgo callejero… pensaba: donde vine a preocuparme del qué dirán, en pleno San Francisco, en esta ciudad con toda su liberalidad que ya había comprobado y que ya no escandalizaba a nadie, a Teresa quizá, vaya, ni siquiera a un tipo tan conservador como mi ahora amigo el librero Andrés…

(*) Del libro: La gravedad de la distancia. Historias de otra Norteamérica.Crónicas y relatos. Primera Edición 2009.Editorial Garabatos. Hermosillo, Sonora, México. Más información en:

http://www.manuelmurrietasaldivar.com/libros/la_gravedad_de_la_distancia.html




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La lectura individualiza, te hace librepensador: Enrique Serna

5/3/2023

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Imagen: Rodeando al novelista mexicano Enrique Serna en University of the Pacific, Stockton, California. Fotografía tomada por David Magallanes.
Por Manuel Murrieta Saldívar

Con permiso del autor:
http://www.manuelmurrietasaldivar.com/poecronicas/lectura-individualiza.html

                                                                                                                              Para David, que estuvo ahí.



STOCKTON, CALIFORNIA. En una amena charla, salpicada de humor y anécdotas personales, el novelista mexicano Enrique Serna hizo un recuento de los libros que cambiaron su vida. Invitado por la University of the Pacific de esta ciudad del norte de California, primero hizo una introducción sobre la importancia de la lectura, dirigiéndose especialmente a los estudiantes que arribaron al auditorio del edificio de biología, invitados por el organizador Dr. Martin Camps. Al respecto, Serna concluyó que leer es tan vital y trascendental porque “te separa de la masa y te conviertes en un individuo, te individualiza y te transformas en un librepensador” fuera de las influencias que le imponen a la mayoría.

Y ahora sí, dijo después de unos quince minutos, “vamos a entrar en materia”, iniciando con la obra Corazón, diario de un niño que trata sobre unos colegiales de un internado en Turín, Italia. Y lo influye, a pesar de lo melodramática de la historia, especie de antítesis de Pinocho, porque le fue leído por su madre. Y fue así, precisamente, como se hizo lector y una especie de buen hijo porque aprendió que, si se trata de hacer determinada actividad y es aprobada por tu madre, “todo estará bien”. Leer, pues, estaba bien, y entonces, gracias ella y por imitación, continuó con la lectura de los clásicos tipo Mark Twain y Julio Verne quienes posteriormente, ya adolescente, lo llevaron a descubrir a Edgar Allan Poe, H. G, Wells, Ray Bradbury. Ellos lo marcaron para escribir sus primeros cuentos de tipo fantástico.

Esa inocencia de adolescente fue trastocada con el descubrimiento de la obra El Rubaiyat, del poeta persa Omar Khayyam, con sus revelaciones y el éxtasis místico profundo. El secreto fue que, al leer y releer esos cuartetos, entendió que en realidad “no existe el más allá”, que todo está aquí y hay que disfrutar la existencia en este plano, incluyendo la embriaguez, no sólo espiritual, sino también la causada por la bebida y placeres terrenales. Leía y releía esos poemas, extasiado, hasta los compartía con quien se dejara, incluyendo a una vecinita que al escucharlo lo atacó a besos comprobando el impacto que produce la poesía y la literatura en general.

Luego salta a lecturas más mundanas y materialistas en su etapa de estudiante de periodismo en la prestigiada UNAM en una época, los ochentas, en las que domina el marxismo-leninismo tanto dentro como fuera de las aulas. Así es que se topa con el clásico El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado de Federico Engels en donde se establece que, entiende, el ser humano es un polígamo por naturaleza y Serna tiende a renegar de la monogamia. Simpatiza, pues, no solo con tener múltiples relaciones sino, además, cómo no ser un padre responsable. Esto porque, según Engels, el matrimonio es contra la natura y es inventado por el hombre para asegurar que los hijos que tanga deben provenir de una sola mujer. De esta manera, el patriarca sabe a quién heredar sus bienes materiales y excedentes que viene acumulando. Sin embargo, al paso de los años, Serna simpatiza con la monogamia… En esta formación marxista, aclara, nunca pudo completar de leer la monumental obra El capital de Carlos Marx no solamente debido a su enorme extensión sino, además, por la serie de fórmulas y cálculos económico que incluye.

Pero esta etapa empieza a flaquear con las lecturas del novelista checo Milán Kundera y los ensayos políticos de Octavio Paz que traslucen críticas y decepción por el sistema socialista real, lo que se refuerza con la desaparición de la Unión Soviética. Es ahí, concluye, que seguir una ideología única, es como ser un religioso que adora a un único dios: es mejor seguir la tendencia y la posición de ser un “librepensador” como lo es hasta la fecha.

Su búsqueda y otras opciones estéticas e ideológicas lo lleva a leer al novelista inglés Oscar Wilde al cual descubre, no en las aulas, sino en su trabajo como publicista en la ciudad de México. Rodeado por sus ingeniosos y ocurrentes colegas creando anuncios en general, detectó que el ingenio no se hereda ni es espontáneo, sino que se tiene que ejercer, practicar, trabajar. Y en ello ayudó mucho Wilde, constantemente mencionado en su trabajo, del cual llega a leer sus obras completas y aprende que hay que ser transgresor, ser rebelde, pero no de manera burda y explícita, sino con sutiliza, con inteligencia, con manos de seda. Precisó que el cuento “El ruiseñor y la rosa” lo marcó en definitiva concluyendo que el humor negro transforma el dolor en placer.

De la fina ironía de Wilde, salta al hedonismo de las novelas eróticas de Henry Miller, Trópico de Cáncer, Trópico de Capricornio, de las cuales obtiene la lección de colocar en el mismo plano las necesidades del cuerpo y las del espíritu. Y sobre la vida austera y de necesidades de Miller, sobre todo en París, dedicado más a su producción literaria, deduce que es bueno alejarse del mero objetivo de tener éxito económico, o creer que “sin éxito económico la vida es un fracaso”. Esto lo lleva, a Serna, a una vida de despreocupación material y entra en un periodo de vida de bohemia, sin tanta búsqueda de ingresos, etapa en la que abundan los placeres, más preocupado en recorrer las cantinas de la ciudad de México, a veces en una situación autodestructiva, que en asegurar salarios u honorarios en abundancia.

Sin embargo, Serna se recupera gracias, lo que sorprende a toda la audiencia, a la poesía de Rubén Darío, especie de tabla de salvación. Si la poesía de Omar Khayyam, lo introdujo en la adolescencia a los placeres de la bebida, despreocupado del mundo del más allá, Darío lo hace encontrar “la serenidad en el caos”, ya como adulto. Esto a pesar de que el mismo poeta nicaragüense fue un bebedor empedernido. Serna encuentra en los Cantos de vida y esperanza, no sólo la calma para graduarse de la UNAM con un grado de letras hispanas, sino a encontrar el control, domar al potro sin freno como lo estipula Darío: hay que destilar licor, pero en la poesía, para poder emborrachar, embriagar a los lectores con ella…

Precisamente, eso es lo que Enrique Serna hizo en esta charla, embriagarnos con su sabiduría, con sus lecturas, con su impresionante recorrido como lector. Y para comprobar sus dichos, y gracias al azar, coincidimos en un restaurante japonés en donde únicamente bebió una copa de vino blanco. Así nos siguió, a los colegas profesores y autores Martín Camps, Manuel Camacho y a mí mismo, emborrachando con sus palabras de sabio y exitoso novelista que salió de su refugio de Cuernavaca tan solo para deleitarnos con su arte, privilegiados, en este oasis del español que esa tarde se convirtió Stockton, California…¡Y que ahora nos siga embriagando con su obra, gracias Enrique!...

                                                                                                                  Stockton, California, abril de 2023





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El periodista: Historia de un viaje cíclico

4/26/2023

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Imagen: Mesa de redacción. Foto de la colección personal del autor.
Por Manuel Murrieta Saldívar

Con permiso del autor:
http://www.manuelmurrietasaldivar.com/poecronicas/el-periodista-historia-de-un-viaje-ciclico.html

De nuevo despertó con aliento a cerveza y cansada la garganta por fumar demasiado la precipitada noche anterior. Al colocar el primer pie sobre el piso, instintivamente recordó las notas periodísticas escritas la tarde antes y se iniciaron las preocupaciones. Absorbido por la presión externa rápidamente se vistió, enjuagó sin querer el recuerdo a tabaco y consumió el desayuno con dejo de indiferencia porque su mente no estaba ahí.

Las primeras manifestaciones de nerviosismo lo atraparon levemente cuando avanzaba veloz rumbo a la sala de redacción. Sabía que era inminente el hervir de las teclas y el canto de los cables noticiosos revelando, diariamente, su terrible historia de informaciones mundiales. Entró saludando a las fieles secretarias y ya en su escritorio se dispuso a leer el ejemplar del día. Con cierta intranquilidad revisó sus notas; detectó dos o tres errores de impresión que milagrosamente no trastornaron la verdad, su verdad, del mensaje editado. Y, no obstante, fue imposible encontrar la calma deseada.

Entonces bostezó como de costumbre, reinventó la necesidad del café, preparó la taza y, entre sorbo y sorbo, apareció la ansiedad de expulsar humo por la boca y nariz: no vaciló en abrir la primera cajetilla de cigarrillos para satisfacerse. Aunque los rutinarios nervios disminuyeron, algo le preocupaba todavía. Movido por un impulso inoportuno de la conciencia, se atrevió a diagnosticar su cuerpo y supo seguramente que la desesperación que poseía no era otro efecto de la más reciente desvelada. Otra cosa le preocupaba y aún intentó un gran esfuerzo.

Tampoco se sentía víctima de angustias existenciales porque esporádicamente les prestaba atención y por lo general concluía que no tienen la menor importancia. Además, dotado de un envidiable poder de concentración, cuando le invadían esas sensaciones controlaba las que le martirizaran. Aún menos preocupante era la cuestión del dinero; recibía lo suficiente para comprar subsistencias y distracciones superfluas mientras llegaban las próximas entradas. Incluso sin percibirlo, algo, algo le preocupaba.

Cuando probó el quinto cigarro había analizado ya el contenido de los diarios de la competencia. Fue entonces que supo, siempre con la rutina, cuál estrategia seguir para obtener información que conmoviera al lector. A pesar de haber resuelto así una de las tareas más urgentes de la mañana, sonrió imperceptiblemente con leve satisfacción y se desesperó un poco. Quizá recordó lo cruel de la competencia pero triunfante confirmó que se había adaptado al medio como esos insectos que toman el color verde de los vegetales y así desarrollan vehículos de defensa para no ser atacados.
La desesperación decreció un poco al terminar de elaborar su plan del día y luego enfocó su pensamiento hacia el asfixiante ambiente social. Preparado para enfrentarlo, para la lucha, otro pendiente invadió sus nervios matutinos que fueron olvidándose poco a poco cuando casualmente leyó los últimos despachos informativos del télex. Uno indicaba el balance de muertos del último año en los actuales conflictos mundiales y otro le comprobaba, fríamente, a pesar de un reciente tratado, que todavía los armamentos atómicos que quedan podrían destruirlo, como a cada habitante del planeta, hasta más de 30 veces. Prefirió sus nervios, descartó la sorpresa y salió a la calle...

La preocupación seguía empalagando. A la entrada de un magnífico banco, accidentalmente percibió a un individuo que exigía limosna tocando un triste acordeón; ni siquiera se percató del contenido del recipiente de las monedas ni del mal olor del solicitante porque no estaba incluido dentro del plan. Al rato, extendió la mirada hacia las paredes de la universidad adornadas con consignas políticas pero solo sonrió al leerlas. Sin notar el color encendido del semáforo, cruzó la avenida central y tuvo la oportunidad de asombrarse ante el espectáculo de los camiones públicos atestados de pasajeros; pero no se sorprendió porque en ese momento le invadió una sensación reconfortante al disfrutar el privilegio de no viajar ahí adentro. Fue mejor acelerar el paso y mirar el reloj. Calculó que aún tenía tiempo de reserva…

Quiso tener iniciativa, ir comprendiendo el descontrol fugaz e interminable de sus pasos, pero, robotizado, distrajo la atención cuando miró frente a él a un cuerpo femenino ideal para su gusto deseando irremediablemente poseer. Muerta esa imagen volátil, desapareció en la siguiente esquina, reaccionó y pronto recordó la preocupación de su destino.

La jornada de ese día, un retrato de los otros desde tiempo inmemorial, incluía entrevistas con personalidades consideradas claves para el curso de la historia. Precavidamente, discutió con los colegas en el recinto de la misma fuente informativa y nunca reveló el cuestionario que propondría en exclusiva al personaje en turno. Sin embargo, habló sobre temas generales y al concluir revivió en él una especie de relajamiento porque sus comentarios fueron tan centrados que la mayoría los aceptó... por lo menos exteriormente.

Con todo y esa reacción, que ratificaba su prestigio periodístico, captó que otra cosa le preocupaba y encontró apoyo artificial en el siguiente cigarrillo. Hizo la entrevista y luego de revisar las respuestas, se transportó de inmediato al cubículo de redacción para iniciar, de nuevo, la jerarquización de revelaciones e ideas que demandaban publicación inmediata. Así, su proyecto del día comenzó a celebrar el necesario éxito de siempre.

Y no se preocupó del pendiente de ingerir los alimentos porque al momento de tocar las primeras teclas, recibió la infaltable invitación al restaurante preferido. Probó los bocados más estimulantes, disfrutó el “glamour” de la hipnótica escenografía, respondía “sí” a las solicitudes del poderoso anfitrión en turno y saboreó la cerveza de la tarde. Mostrando el placer del orgullo, cerró el compromiso y regresó una vez más al ajetreado ambiente oficinal. Fue ahí donde reconoció que una ansiedad aún no descifrada le había estado perturbando. Pero la desplazó ante la premura de escribir su informe noticioso y, aunque padeció tercamente el rumor de un antiguo pendiente, horas más tarde entregó el material casi perfecto.

Apresurado y satisfecho abandonó el despacho encontrándose a la inmensa noche que aún no contenía estrellas importantes. No miró el espacio, las huellas de la tarde, ni una extraña ave que a pesar de su apetecible libertad no sabía qué hacer con el cielo de arriba. Tampoco reaccionó al vislumbrar las risas de los niños del parque de enfrente y jamás conoció a la luna lluviosa blanqueando los vidrios, las torres y edificios. Es que algo seguía preocupándole.

No obstante, probablemente debido al brusco cambio de ambiente, de pie, sobre la banqueta violada, estuvo a punto de preguntarse cuál era la satisfacción más trascendental de la jornada del día. Trabajosamente bosquejó unas dudas y, al intentar responderse, el conductor de un auto gris lo invitó a gastar la noche circulando entre la luz mercurial del bulevar. Qué sonrisa increíble se reflejó en los retrovisores cuando palpó el confort de los asientos y el relax de la velocidad después de haber cumplido con su plan. Lo extraño fue que durante el paseo ignoró al conductor cuando, por un descuido, pudo captar lo tibio de sus dedos expertos en escribir.

Esta inesperada percepción lo reubicó en la temida meditación de preguntarse el porqué de su diaria rutina; sin embargo, imperceptiblemente, ese pequeño instante se convertiría segundos después en un pasado tan remoto cuando el amigo y las seductoras luces danzantes lo hicieron entregarse, otra vez, a la diversión en turno. Y otra noche empezó a distraerlo casi voluntariamente. Fue difícil entender que esas horas agonizantes podrían haber sido el tiempo propicio para iniciar, apenas, la pregunta fundamental de su viaje que cada vez era distinto dentro de la rutina de siempre.

Retornó entonces a su lecho como huyendo de sí mismo. Al cerciorar que de nuevo nadie notó su llegada a la habitación, fue cerrando los ojos simultáneamente a que una lista incalculable de preocupaciones quedaban en el ambiente y se le venían encima. Algo le preocupaba, pensó sin saber cómo. Y luego se durmió o creyó dormir...

De nuevo despertó con aliento a cerveza y cansada la garganta por fumar demasiado la precipitada noche anterior. Al colocar el primer pie sobre el piso, instintivamente recordó las notas periodísticas escritas la tarde antes y se iniciaron las preocupaciones. Absorbido por la presión externa notó que algo le preocupaba, tampoco eran sus sentimientos porque ya no los encuentra…los va dejando siempre para un poco más tarde, no han logrado cabida en ese viaje cíclico que cada día lo aleja de sí mismo...

(*) Texto publicado en: De viaje en Mexamérica. Crónicas y relatos de la frontera. Student Edition // Edición Escolar. Lecturas y ejercicios en español para hispanohablantes en Estados Unidos. 159 páginas. Monterrey Park, California, USA. Izote Press, 2014.

Más información:
http://manuelmurrietasaldivar.com/libros/De_Viaje_en_Mexamerica.html 






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Viviéndola de nuevo (otra vez)

4/19/2023

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Imagen: Ambiente cotidiano en el centro de Santa Bárbara, California. Foto de la colección personal del autor.
Manuel Murrieta Saldívar

                                                                                                   El amor es un banquete (José Luis López).

Con permiso del autor:
http://www.manuelmurrietasaldivar.com/poecronicas/viviendola-de-nuevo.html


Sucedió hace muchos sueños cuando cantaban los rostros luminosos en las calles. Sucedió una tarde cuando las miradas abandonaron este mundo y se posaron en claveles. Aconteció en la oscuridad del día cuando los caballos descansan esperando al jinete hambriento.
Y ocurrió que caminé acompañado sin la sombra, cubriéndome del frío nebuloso y del vendedor amenazante. Y entonces avancé sin escuchar los ruidos citadinos, rodeado de turistas en aquel heterogéneo pueblo. Y me topé con unos ojos, una gitana falda negra, un pelo suelto como solar cascada y una soledad como la mía. Y como en las cofradías, silenciosamente acompañado, así estuve yo con el fugaz tropiezo mientras el ocaso húmedo invadía al quebradizo río.
Y me tomó del brazo y la seguí junto al humeante viento que jugaba con su falda llamando al movimiento. Saltamos entre las callejuelas con un andar veloz, ella robando tiempo a la jornada, y yo escondiendo mi futuro en los paralizados días que me olvidé del mundo.
Lindos andares redescubriendo la maravilla de Ias flores entre las estructuras oxidadas y su voz, su voz, esculpía cuentos extranjeros y hacían ecos, ecos de arco iris bajo rocosos puentes que miraron goteando historias sin sol, y allá, a lo lejos, el follaje ribereño cansado de verdear cada verano.

Y al trote del carruaje gestador de asfaltos deglutimos las horas como un reloj que se derrite porque la cuerda muera para olvidar el tiempo, y así, nadie supo por dónde el nacimiento de la luz, hasta que la cantarina noche sin estrellada atmósfera comió nuestras tenues sombras y se tornó aún más negra. Noche oscura porque bebes sombras.
Y el mestizo espacio nocturnal paladeó nuestro aventurero amor llorando soledades sin astros… y con lágrimas inventamos estrellas, las lanzamos al cosmopolita cielo del hogar y formaron nubes y aires y nieves de cristales y acuíferos collares resbalaron por los ventanales mirando nuestras tibias manos.
¿Olvidaré su superficie evaporada entre mis cobrizos poros? ¿Fallará la hidráulica ciudad negando su cansada mano? ¿Volverán los amigos a esperar y yo escarbando el pavimento aguardando la avanzada de otro tren? ¿Rodaré otra vez sin el desierto topándome con la metálica esmeralda de sus ojos y de las azoteas? ...
Y una mañana bajamos. Nuestros inventos los guardé entre la chamarra mientras la nube aún no despertaba. Ella apretó las correas del trabajo y me acordé del mundo al sentir hambre. Y las guerras aún no fallecían y unos jóvenes drogados en las calles o las gentes viviendo por el oro en tanto otra familia se rompía. Y los hermanos del sur flotando en armas allá observando de la liberación de sexos.
Y nos miramos como en el origen, borrándole su lágrima invisible. Ella, jinete en la carreta turistas, tomó las 17 horas de jornada señalándome el camino, y yo, esperando por la espera, usé el ferrocarril de la mañana…

(*)NOTA DEL AUTOR: Texto originalmente publicado en noviembre de 1983 en el periódico Información de Hermosillo, Sonora, México, rescatado de la versión impresa original.

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    Manuel Murrieta Saldivar

      

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