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Por Manuel Murrieta Saldívar LOS ABRAZOS MÁS PRESUROSOS DEL MUNDIAL Me vino cierta lucidez entre el griterío y los tumultos, una efímera pero necesaria reflexión, como para tomar conciencia: quizá esta sería la última vez que gastaríamos en la compra de boletos. Gastar por última vez; víctimas ya no más, tan solo para disfrutar, con ojos privilegiados, el cruce de un balón mundialista bajo la portería y lanzar a todo pulmón, hermanados con media humanidad, el canto de un solo ¡goooool! I SAN FRANCISCO, CALIFORNIA.-- El único gol de Paraguay contra Turquía cayó en menos de un minuto y medio de juego, y los ojos de mi hija y mi hijo se abrieron asombrados entre el sordo griterío de las gradas del Levi’s Stadium desde donde lo presenciamos sorprendidos… Miré a ellos también anonadado, no solo por la rapidez de la anotación —la más rápida del Mundial—, sino por la realidad que nos envolvía: recibíamos y buscábamos abrazos celebratorios un tanto esperados, no desde la llegada a este coloso de la bahía de San Francisco, sino desde que, años atrás, vi a ambos jugar con sus piernitas en las tumultuosas ligas infantiles del Valle de San Joaquín, California. Creo que se los dije y les prometí en alguna de sus crecientes edades: “Algún día iremos juntos a un Mundial”; se los decía así, como de paso, pero ahora éramos históricos testigos y, sí, gritábamos: “¡Gol, goooool!”. Era real, nítido; lo vimos azorados esa tarde-noche del 19 de junio, recibiendo palmadas y escuchando aplausos y vivas de paraguayos que nos rodeaban entre los cerca de 69 mil aficionados que atascamos el estadio…
Pero al minuto 3 ó 4 llegó cierta calma y, ya reacomodados, presentimos que vendrían más goles y reacciones similares. No fue así, lo que supimos decepcionados al concluir los cerca de 96 minutos del encuentro. Y era una lástima, porque nosotros íbamos por los goles, pero además por el ambiente, el intercambio cultural, por ver los rostros y reacciones de otros seres humanos venidos de otras latitudes. Íbamos por el juego y sus secuelas, sin tener necesariamente un equipo favorito entre estas dos naciones, aunque, como les sugerí a mi familia —mi esposa también nos acompañaba—, debíamos reforzar la unión latinoamericana apoyando a Paraguay. El torneo, el ambiente social estadounidense e incluso la historia así lo indicaban, pues el equipo guaraní había sido dolorosamente goleado por Estados Unidos 4-1 en su partido inaugural. Ya sabes: uno siempre apoyando a los más débiles, como marca la tradición. Irle a los nuestros, claro, dada la vapuleada que nos estaba dando el “trumpismo” a todo lo que fuera latino, sobre todo a los morenos, dentro y fuera de los United States. En este contexto, entonces, una victoria paraguaya, por mínima que fuera, merecía celebrarse por encima de los grandes intereses de la Copa Mundial, en un afán de promover hermandad, paz y esos nobles sentimientos humanistas que todavía nos quedan... Una victoria nuestra, aunque fuese tan efímera como el festejo de un gol, pensé iluso, pues afuera los intimidantes guardias y fuerzas del orden resguardaban el estadio con poderosas metralletas high tech, gatillo en mano, con una mirada telescópica que daba susto. Además, para remachar, vestían uniformes verde olivo. ¡Qué cosa tan extraña!, muy parecidos a los del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, el tan temido ICE, que yo los veía hasta más rubios y fortachones. No obstante, al observar hacia abajo —estábamos apretados en las graderías más altas, en asientos diminutos, donde nos alcanzó el presupuesto— a esos impresionantes jugadores turcos que hacían esfuerzos sobrehumanos por anotar, cuerpos ágiles, torneados, atléticos, modernos gladiadores, sentimos cierto respaldo: todo lo que hacían por anotar quedaba en la nada frente a la poderosa defensa paraguaya y su magistral portero de la suerte. Sí, confraternidad, compadecimiento hacia los aficionados otomanos, pues los vimos ilusionados y entusiasmados desde nuestra llegada en el tren ligero que tomamos en el Transit Center de la ciudad de Milpitas, enorme estación de trenes públicos que da servicio a la bahía. Ya en ruta, y desde las primeras estaciones, aparecían turcos solitarios, en parejas, en pequeños grupos, con sus camisetas rojas y blancas estampadas con la media luna y la estrella de su bandera nacional. El impacto se incrementó cuando, desde las ventanillas, llegando a la estación Great America, contigua al estadio, apreciamos a miles gritando a voz en cuello y en su propio idioma loas a su país: “¡Türkiye, Türkiye!”. Rodeaban restaurantes, autobuses y árboles; inundaban banquetas y explanadas; ondeaban banderitas, en grandes grupos o en manadas, luciendo rostros verdaderamente esperanzados. Mostraban hambre de un urgente y necesitado triunfo, y ahí es donde nuestro apoyo titubeó, oscilando hacia la solidaridad, mezclada con una fina tristeza si acaso los alcanzara de nuevo la derrota que los eliminaría del torneo para siempre. Al bajar del trenecito, tomé a mi hijo de la mano con una pronta decisión de experto y dirigí mis pasos hacia el tumulto: —¡Para allá no es, papá; la entrada al estadio es por acá! —gritó, seguro de mi equivocación. —Lo sé… Vengan por aquí, síganme —ordené a la familia entera—; vamos a mezclarnos con ellos… Para que experimenten la pasión que produce un Mundial en las calles y entre los aficionados de verdad —no supe si les dije. Avanzamos unos metros hacia el corazón de la masa roja y blanca cuando escuché unos gritos: —Mexican, a Mexican there! —me esperaban, como si nos llamaran e invitaran a unirnos, al detectar mi camiseta verde estampada con el calendario azteca de nuestra selección, que, por algún instinto identitario, me puse como un ritual en el estacionamiento de la estación Milpitas antes de subirnos al tren. Y fue un acierto que provocó el intercambio entre pueblos tan distantes: —My friends are Mexicans; you know how to celebrate! —me informó de sopetón un joven turco, resaltando su sorpresa con sus ojos verdes saltones—. Are you supporting us? —me preguntó, poniéndome en aprietos. Viéndole el rostro expectante, me compadecí y le mentí a la descarada: —Yes, of course! ¡Türkiye, Türkiye! —le respondimos, para luego, de la nada, proponerme: —Can I take a picture with you? ¡Claro, nos la tomamos! Y luego, entre todos, saltamos con un grito combinado: —¡México, Türkiye! ¡México, Türkiye! II Al separarnos no nos dirigimos, como debía ser, hacia los laberínticos senderos que llevan a las entradas, sino que nos pusimos a merodear por las postrimerías de la mole del estadio y, quizá para equilibrar las cosas, a buscar a los simpatizantes paraguayos, que debían aglutinarse en algún lado. “Han de ser pocos —comenté—, viniendo desde Sudamérica; además, no se conoce mucha migración paraguaya a California o a Estados Unidos”, a diferencia de los turcos, que parecen haber tomado el Silicon Valley quizá por su sapiencia matemática y tecnológica, similar a la de los de la India, que también abundan por aquí. Afortunadamente, ¡nos equivocamos!: una ola humana de rostros mestizos como el mío, otros más emblanquecidos y escasos afrodescendientes, se nos empalmó como un río que desembocaba en la entrada 1 del Levi’s. “¡Sí, ahí están!”, pronunció mi hijo, como confirmando: “Ya estamos completos; eso es lo que faltaba”. Habíamos visto a unos tres o cuatro paraguayos más temprano, en nuestro recorrido previo por los alrededores. Entre los solitarios edificios, bloques y cubos llenos de frialdad de las corporaciones tecnológicas y de negocios que dominan el planeta desde aquí, descubrimos pequeños restaurantes asiáticos y mexicanos donde nos topamos con escasos guaraníes, quienes nos miraban como apenados por la contundente derrota sufrida ante USA. Un clímax fue en un complejo hotelero adonde llegaban limusinas, vans y autobuses relucientes; merodeaban periodistas, fotógrafos y camarógrafos internacionales junto con aficionados venidos desde Paraguay, apiñándose en un patio al aire libre donde se instaló una especie de FIFA Fan Fest. Aquí fue el cruce de identidades, los saludos, las nuevas porras de apoyo: a mi hija la tomaron por peruana; a mi esposa, por argentina, quizá por los colores y motivos que casualmente portaban en sus ropas, aunque conmigo y con mi hijo no hubo problemas por portar las camisetas aztecas. Aclaradas las cosas en diálogos rápidos, vinieron las fotos y los vivas hacia su país, pero el gentío no igualó hasta ese momento el tumulto turco. Sin embargo, rápidamente me olvidé de ambos bandos al captar en mi celular una notificación esperada desde hacía meses, enviada por la omnisciente FIFA: nuestros boletos digitales al fin se activaron, a unas dos horas de abrirse las puertas y a cuatro del inicio del juego. Pude observar en la pantalla del iPhone cómo, de repente, aparecieron sendos códigos QR listos para ser escaneados, cuando antes eran solo imágenes borrosas. La activación fue una preocupación que me atosigaba desde que adquirí los boletos, meses atrás, en el sitio web de una empresa revendedora asociada —eso decían— con la FIFA. Cuando nos enteramos, aquel entonces, de que habría juegos mundialistas en la bahía de San Francisco, también territorio de los hackers más hábiles del universo digital, que embaucan sin piedad a inocentes como podría ser yo, gritamos: “¡El Mundial a nuestro alcance!”. Convencido, me dispuse a adquirir sin chistar los cuatro boletos más económicos, sin saber exactamente qué selecciones nacionales jugarían, antes de que aumentaran de precio y los adquirieran solamente esos fifís transnacionales que acaparan el boletaje. Al paso de las semanas, supimos que Paraguay jugaría su segundo partido y, posteriormente, confirmando a cada instante que la compra no era fraudulenta, nos enteramos de que enfrentaría a Turquía, última clasificada entre las más de 40 naciones participantes. Noté que nuestros boletos variaban de precio: desde los 250 dólares originales hasta casi mil un día antes del partido. ¡Hasta pensé en revender los nuestros como experto revendedor!... Pero nos ganó la cordura y la idea original: ser testigos directos de un acontecimiento deportivo de relevancia global sin importar quién jugara. Porque lo teníamos bien claro: nos importaba más el juego, jugara quien jugara, sin exaltar ciegamente las nacionalidades, sabedores de que son constructos sociales que nos imponen. Sí, atestiguar lo que todavía concebíamos, a la brasileña, ese “juego bonito” que nos emocionó, cautivó y nos hizo patear balones callejeros con los amigos del barrio de mi niñez en Hermosillo, México. ¿Cómo no asistir si teníamos un precio relativamente accesible y un majestuoso y moderno coliseo que nos queda a solo una hora y media de casa? ¡Sería una verdadera estupidez no hacerlo! La notificación confirmó, además, que nuestros boletos no eran fraudulentos, pues estaban registrados en el portal de la FIFA; que no había nada impreso, todo digital, protegido incluso contra capturas de pantalla, para decepción de los hackers. Así que, luego de unirnos al torrente paraguayo, pasar laberintos y revisiones de seguridad, observé una larga hilera de pequeños aparatos de alta tecnología, sofisticados escáneres, en los que los boleteros nos indicaron colocar la pantalla del celular con nuestros QR. Al instante se encendieron unas lucecitas verdes y sonó un bip, confirmando que nuestros boletos funcionaron a la perfección, como si fueran leídos por la inteligencia más artificial que existiera, controlada por la FIFA desde quién sabe dónde, para sentir nosotros la impresionante realidad de que ¡estábamos ya dentro del Levi’s Stadium!... III No fue sino hasta las más altas graderías, con numeración 400, que captamos el maremágnum paraguayo en su esplendor, ese que se erizó al caer el único gol. Desde ahí bajaba la algarabía hasta las gradas detrás de alguna de las porterías, retumbando tambores, porras, enormes mantas, banderas y el temblor humano, cimbrando al resto del público con la pasión sudamericana por el fútbol. El esfuerzo y la insistencia turca por anotar, y la poderosa defensa paraguaya resistiendo incansable, fueron, digamos, la tónica del partido, con sus altas y bajas de emociones por ambos bandos, lo que, junto con la pausa del primer tiempo, nos hizo descubrir otro negociazo de la FIFA. Basta anotar que un vaso de cerveza ¡costó 26 dólares! Aguas, refrescos, botanas antidietéticas y prodiabéticas, destacando tacos, burritos, hamburguesas y pizzas, anunciados con llamativos letreros, se expendían a precios similares, es decir, estratosféricos, en los pasillos y puestos, jamás con vendedores entre las gradas, quizá para no trastocar el apretado orden de los asientos. Recordé que un sitio web nos advirtió sobre las precauciones a tomar: “Lleve su propia agua y botanas; adentro le cuestan un brazo y una pierna, cost an arm and a leg, y ponga todo en bolsas de plástico transparentes”. Así lo hicimos en su momento, pero los inhumanos empleados de la entrada nos hicieron vaciar aguas, fried rolls y spring rolls vietnamitas adquiridos afuera, que iban a servir para ahorrar y para soportar la jornada que duraría unas cinco horas, hasta la medianoche. Fueron impecables: debíamos adquirir únicamente lo de adentro, como parte de una inmensa y bien planeada estrategia extractora de billetes en lo que convirtieron el fútbol... y nosotros éramos las víctimas. Sobre todo durante el medio tiempo, cuando, a pesar de las enormes colas, no pudimos controlarnos y quisimos disfrutar el resto del partido con algún placer gastronómico: una cerveza, un refresco en lata y una botellita de agua costaron la friolera de 46 dólares, y casi el doble las papas fritas, los chicken nuggets y las quesadillas. Ante los altos precios, expliqué como consuelo que el verdadero negocio son las concesiones de transmisión de la televisión al mundo entero; ahí no son millones, sino billones. A eso también contribuíamos nosotros, pues contratamos el servicio de streaming de Telemundo solamente por el Mundial. No obstante, creo que supimos contenernos, porque no adquirimos nada de la infinita parafernalia oficial ni otros productos futboleros que seducían al máximo. Y eso que no existieron puestos de pantalones vaqueros, camisas y chaquetas Levi’s porque no se llegó a un acuerdo con la FIFA. Para nuestro asombro, habían sido cubiertos los grandes logos de esta empresa con sede en San Francisco en todas las marquesinas del estadio. Claro, pensé que había sido una decisión muy pendeja, pues todos supimos que detrás de las lonas y plásticos protectores decía Levi’s y que quizá, por eso, la marca se volvió aún más popular. Sin embargo, la taquilla, la venta interna y las transmisiones globales, al parecer, fueron un éxito, y la prueba más contundente éramos nosotros, los miles y miles que estábamos ahí, disfrutando de un gol, uno solo, veloz y repentino. De inmediato enviamos selfies a familiares y contactos en redes, junto con las jugadas claves y el insistir de la pelota empujada tercamente por los turcos, pero sin anotación alguna, formando también parte del entretenimiento. No obstante, me vino cierta lucidez entre el griterío y los tumultos, una efímera pero necesaria reflexión, como para tomar conciencia: quizá esta sería la última vez, la última en gastar en boletos, bebidas, botanas, trenes y estacionamientos, a pesar de nuestro anticonsumismo y nuestra frugalidad económica. Gastar por última vez; víctimas ya no más, tan solo para regocijarse, con ojos privilegiados, el cruce de un balón mundialista bajo la portería y lanzar a todo pulmón, hermanados con media humanidad, el canto de un gol, uno solo, ¡goooool!, un gol raudo, veloz y solitario, anotado de manera inolvidable por los paraguayos en menos de dos minutos del inicio de todo… San Francisco, California, junio-julio de 2026 Contacte al autor: [email protected] Web: https://manuelmurrietasaldivar.com/index.php
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Manuel Murrieta Saldivar
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