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Por Miguel Ángel Avilés Castro
AUTOCENSURA: EL CENSOR QUE VIVE EN CASA. La autocensura es maravillosa. Es eficiente, silenciosa y económica. No necesita leyes, policías ni comunicados oficiales. Solo necesita miedo bien educado y un poco de costumbre. Eso te lo da los años . Y los daños. El trabajo sucio lo hacemos nosotros mismos, gratis y con entusiasmo. Antes uno pensaba una idea, la decía y luego enfrentaba las consecuencias. Enfrente estaba un Estado represor, persecutor, vigía. Hoy el proceso es más sofisticado: piensas algo, lo revisas mentalmente, lo editas tres veces o cuatro, lo suavizas, lo disculpas, lo conviertes en una versión inofensiva… y finalmente decides no decir nada. Madurez emocional, le llaman. La autocensura es esa voz interna que no te dice “eso está mal”, sino “¿vale la pena el problema?”. Quien sabe y no pienso deshojar una margarita. No te prohíbe hablar, solo te recuerda lo cansado que es explicar un chiste malo , perder amigos, ser malinterpretado o recibir una horda digital con antorchas virtuales. Nadie te calla: tú eliges el silencio.( Risas grabadas) Libertad absoluta. Es tan exitosa que ya no sabemos qué pensamos realmente. Solo sabemos qué versión de nuestras ideas es publicable, compartible y socialmente digerible. Y digitable. El pensamiento original queda archivado en la carpeta de “mejor no”, capaz y a mi también me procesan. Lo genial de la autocensura es que se disfraza de virtud. Prudencia. Empatía. Soy el censurador de mi propio destino (Amados mis nervios). Responsabilidad. Y claro que todo eso es importante, pero curiosamente siempre termina beneficiando al mismo: al que no quiere ser cuestionado. Así, aprendemos a hablar sin decir, a opinar sin molestar y a reír bajito, no vaya a ser que alguien se ofenda del otro lado de la línea telefónica. Nos volvemos expertos en frases neutras, opiniones tibias y silencios elocuentes. ¡Viva la cordura! Muera la asertividad. La autocensura es el triunfo final del sistema: cuando ya no hace falta prohibir, porque el miedo se volvió hábito. Cuando el censor no está afuera, sino cómodamente instalado en nuestra cabeza, tomando café y diciendo: “mejor no, ya no ”. Me doy mas miedo que los que me daban miedo. Pero es que sí hablo, capaz y me tratan como un Instituto del Seguro Social de un país lejano, trató a mi amiga ,la hija de doña Rita Morales López, quien nomas quiere que a esta última se le garantice su derecho a la salud y se le de un trato digno. Por eso tampoco les compartiré la segunda entrega del caso del niño de Guaymas que muriɔ la semana anterior porque me puede castigar Dios y él no se anda con autocensuras. Mejor no diré nada de nada. Que tal si me pasa lo que aquella mamá y tia que acusaron de omisión de cuidado. Al fin y al cabo, lo peor no es callarse. Lo peor es empezar a creer que nunca tuvimos nada que decir. *** TITO Tito tenía un nombre corto para una vida que no fue larga. Vivía donde la ciudad termina y el olvido es una casa. La colonia se llama La Muralla, pero no protege a nadie. Es una muralla de tierra, de basura acumulada, de perros sin nombre y garrapatas sin permiso. Una muralla levantada no para cuidar, sino para separar Y encubrir . Tito enfermó mientras la ciudad era rutina. Mientras los oficios amarillos dormían en retoricas oficinas Que nadie quiso recorrer. La enfermedad de Tito No llegó sola: llegó con la pobreza, con el abandono repetido, con la costumbre de no llegar. Dicen que fue rickettsia. Como si decirlo bastara. Como si el nombre científico limpiara las manos. Pero las bacterias no firman presupuestos, no deciden qué colonias fumigar ni cuáles ignorar. El Estado también tiene cuerpo, y ese cuerpo no estuvo. Faltó en las calles sin servicio, faltó en la prevención prometida, faltó antes de la fiebre y después del silencio. La omisión fue larga, la muerte, breve. Tito no murió solo .Murió acompañado por expedientes cerrados, por acciones “en proceso”, por respuestas que siempre llegan de prisa como un tren cuando ya no sirven. Que no le llamen tragedia. Las tragedias no se repiten con código postal. Esto fue responsabilidad. Esto fue abandono con nombre oficial. Tito tenía derechos y nadie los defendió a tiempo. Hoy su nombre pesa más que todos los informes. Y su ausencia acusa a una ciudad que ya aprendió a vivir con niños que no regresan. Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresión
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Miguel Ángel AvilésMiguel Ángel Avilés Castro (La Paz B.C.S. 1966.). Es abogado por la Universidad de Sonora. Practica el periodismo y la literatura desde 1990. Archives
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