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Por Saúl Holguín Cuevas
RUDY ACUÑA, PROFESOR Saúl Holguin Cuevas lo recuerda. No olvido los logros de un PENSADOR y ACTIVISTA. En mi larga vida de estudiante, Rudy guió y enriqueció mi existencia y me convidó a reflexionar. Sostenía que la historia de nuestro pueblo no se había escrito, nuestra responsabilidad, hacerlo. Su libro, La América ocupada suma ya 9 ediciones en inglés. También, con entusiasmo recomendó Pedagogía del oprimido. Dos armas que entonces me ayudaron a enfrentar el complejo enigma de la realidad y, punto crucial, a qué dedicar mi vida en un mundo cruel y rapaz. La alternativa, luchar a favor de la justicia social. Como hijo de emigrantes pobres, campesinos, aunque me gradué de la High School, por muy listo que fuera, el futuro me ofrecía ser un obrero matrimoniado con una obrera, padres de dos hijos y medio, pagar impuestos y ver la tele o, marine destinado a matar, enloquecer o morir en Vietnam. Yo ansiaba comerme el mundo, viajar, ver buen cine, leer libros clásicos; se me presentó una oportunidad. Rudy, a la cabeza de unos activistas presionaron a los mandamases de San Fernando Valley State College (CSUN) para que abrieran las puertas de la academia a estudiantes como yo. Esto lo recalco y de rodillas lo agradezco, sin la ayuda de la primera facultad de Chicano Studies, establecida en EE. UU., en gran parte gracias a la visión y astucia de Rudy, gocé de jugosas becas, apoyo constante y vital, y de un medio ambiente renacentista donde mi cultura, nuestra cultura mexochicana se valoraba. Pero llegué casi ciego. Recuerdo mi gigantesca ignorancia cuando oía hablar a mis compañeros norteamericanos de clase, saltaban con soltura por temas para mi desconocidísimos: la música clásica, el jazz, los existencialistas, las grandes novelas rusas. Fueron unos cinco años de intenso aprendizaje. Cualquier inquietud fue apoyada: el estudio del náhuatl, del latín, del pachuco, del barrio language, y desde luego del inglés y el español: algunas de estas materias antes ignoradas por la academia; aparte de la música jarocha, bolero, ranchera, jazz, canto nuevo, el arte, la danza, el canto coral, los murales, periodismo, fotografía, derecho, medicina. A esos dichosos años debo, en gran parte, lo que ahora soy. Mi primer semestre, el otoño de 1970, tomé una clase con Rudy. Se acercaban los exámenes finales y como novato en esos andares, estaba aterrorizado. Para mi buena fortuna, Rudy citó a los alumnos de su clase, un sábado por la mañana, día de descanso. Nos volvió a explicar, hasta que entendimos los temas del ensayo a desarrollar en el ya cercano examen. Me sentí protegido, como un niño que agradece la mano generosa que le ayudó a cruzar un peligroso boulevard. Gracias a maestros como Rudy hoy me corresponde guiar a jóvenes curiosos, tal y como lo hicieron mis maestros y profesoras conmigo. Y lo aprendido, gracias a sus enseñanzas y a las lecturas recomendadas y a las pláticas sabatinas dentro y fuera del aula, lo comparto en charlas comunitarias: de forma gratuita. Así fue, mi maratón académico despegó un ya lejano pero, nunca olvidado, sábado por la mañana. FOTO: agradezco a José Reyes García por permitirme publicar la placa que acompaña este texto. José, mi compañero de generación, también fue alumno de Rudy.
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March 2026
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