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​Reseñas desde España

Ahora que ya no estás: la anatomía del silencio

1/28/2026

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Por Violant Muñoz i Genovés

Hay novelas que se articulan en torno a un crimen y otras que utilizan el crimen como un umbral: un punto de no retorno a partir del cual todo lo que parecía estable comienza a resquebrajarse. Ahora que ya no estás, de Marga Montes Aguilera, pertenece claramente a esta segunda categoría. La aparición del cuerpo de una mujer en una playa —aparentemente tranquila, casi anodina— no es tanto el centro de la historia como el catalizador de una exploración más profunda: la del amor vivido desde la omisión, la culpa acumulada y los silencios que, con el tiempo, se convierten en una forma de violencia pasiva.

La novela se presenta, en una primera lectura, como un thriller íntimo. Hay una muerte, una investigación, una sucesión de recuerdos que buscan ordenar los hechos. Sin embargo, muy pronto queda claro que el verdadero misterio no se encuentra en las circunstancias exactas del fallecimiento, sino en los vínculos que esa muerte deja al descubierto. El crimen no abre una pregunta policial, sino una herida emocional: ¿qué sabemos realmente de quienes han compartido nuestra vida?, ¿qué partes de nosotros mismos hemos decidido no mirar para poder seguir adelante?

Montes Aguilera construye su relato desde la contención. No hay urgencias narrativas ni giros espectaculares; el suspense se genera de manera subterránea, apoyado en una prosa de gran fuerza visual y en un ritmo pausado que refuerza la tensión psicológica. Esta elección formal no es casual: la novela habla precisamente de aquello que se retrasa, de lo que se posterga hasta que ya no puede decirse. La estructura narrativa replica ese movimiento, avanzando con cautela, permitiendo que el pasado emerja poco a poco, nunca de forma definitiva.

Uno de los ejes más sólidos del libro es su concepción del recuerdo. El pasado no aparece como un archivo estable al que se pueda acceder sin consecuencias, sino como un territorio inestable, movedizo, que se transforma según el momento vital desde el que se lo convoca. Cada recuerdo que aflora lo hace con un matiz distinto, cargado ahora de culpa, de sospecha o de melancolía. La novela sugiere, con notable sutileza, que no recordamos lo que ocurrió, sino lo que somos capaces de asumir cuando ya no hay posibilidad de rectificación.

La relación de pareja que articula el núcleo emocional del relato se aleja de cualquier idealización. No se trata de una historia marcada por grandes traiciones o conflictos abiertos, sino por una sucesión de renuncias pequeñas, casi invisibles, que acaban por erosionar el vínculo. El amor, en Ahora que ya no estás, convive con el resentimiento de manera silenciosa; se instala en los gestos cotidianos, en las palabras no dichas, en la aceptación tácita de un equilibrio que nunca termina de ser justo.

Montes Aguilera muestra una comprensión profunda de la psicología de sus personajes. No los juzga ni los absuelve, sino que los observa en su ambigüedad moral. Todos ellos participan, en mayor o menor medida, de esa red de silencios que sostiene la convivencia. La culpa no surge de una acción concreta, sino de la acumulación de decisiones postergadas, de conversaciones evitadas, de verdades aplazadas por miedo a alterar una estabilidad frágil.

La amistad, otro de los grandes temas de la novela, aparece igualmente atravesada por esa ambivalencia emocional. Lejos de presentarse como un refugio moral, se revela como un espacio donde también se filtran el deseo, la rivalidad y la lealtad mal entendida. Montes Aguilera evita cualquier simplificación: los afectos no son puros, y precisamente por eso resultan más verosímiles. La novela sugiere que muchas veces la fidelidad no consiste en decir la verdad, sino en sostener una mentira compartida.

Desde el punto de vista del género, Ahora que ya no estás se inscribe en una línea de thriller emocional que privilegia la introspección frente a la acción. El suspense no se construye a partir de la acumulación de pistas, sino del desvelamiento progresivo de las zonas oscuras de la memoria. La investigación externa funciona como espejo de una investigación interior mucho más incómoda, en la que cada hallazgo obliga a reinterpretar el pasado.

El tratamiento del duelo es uno de los aspectos más logrados del libro. La pérdida no se vive aquí como un estallido dramático, sino como una ausencia persistente que reconfigura la mirada sobre todo lo vivido. La soledad que deja la muerte no se llena con respuestas, sino con preguntas tardías. ¿Qué habría cambiado si se hubiera hablado antes? ¿Hasta qué punto el silencio fue una forma de protección y cuándo se convirtió en una forma de abandono?

El título de la novela condensa con precisión esta idea. Ahora que ya no estás no es solo una constatación de la ausencia, sino una acusación implícita. La palabra llega tarde, cuando ya no hay posibilidad de réplica. En ese desfase entre el decir y el escuchar se instala buena parte de la tragedia íntima del libro. La novela insiste, sin subrayados, en que muchas verdades solo emergen cuando ya no pueden modificar nada.

Formalmente, la estructura fragmentaria del relato refuerza esta sensación de inestabilidad emocional. El presente narrativo se ve interrumpido por incursiones en el pasado que no siguen un orden lineal. Este vaivén temporal no busca confundir al lector, sino reproducir el funcionamiento mismo de la memoria, que irrumpe de manera caprichosa, activada por un gesto, un objeto o una frase aparentemente insignificante.

El espacio juega también un papel simbólico relevante. La playa donde aparece el cuerpo funciona como un lugar liminal: abierto, luminoso, pero capaz de ocultar lo más perturbador. Ese contraste entre superficie y profundidad se replica en la vida de los personajes. Bajo la apariencia de una cotidianidad ordenada se esconden tensiones no resueltas, deseos silenciados, afectos enquistados.

La prosa de Montes Aguilera destaca por su capacidad para sugerir sin explicar. Hay una atención minuciosa a los detalles, a los gestos mínimos que revelan más que cualquier confesión explícita. Esta escritura contenida evita el melodrama incluso en los momentos de mayor carga emocional. La autora confía en la inteligencia del lector y le exige una lectura atenta, dispuesta a completar los huecos que el texto deja deliberadamente abiertos.

La formación científica de la autora se percibe, de manera indirecta, en la precisión con la que están construidas las escenas y en la economía de recursos narrativos. Cada elemento cumple una función concreta; no hay digresiones gratuitas ni excesos estilísticos. La novela avanza con una lógica interna sólida, apoyada más en la coherencia emocional que en la acumulación de acontecimientos.

En un panorama literario dominado a menudo por el impacto inmediato y la espectacularidad, Ahora que ya no estás apuesta por una intensidad más discreta, pero también más duradera. No busca deslumbrar, sino incomodar de manera persistente. Al cerrar el libro, lo que permanece no es tanto el recuerdo de una trama resuelta como la sensación de haber asistido a algo inquietantemente cercano.

La novela plantea, en última instancia, una reflexión sobre la responsabilidad emocional. Sobre el coste de no decir, de no nombrar, de confiar en que el tiempo resolverá aquello que solo puede afrontarse con palabras. Montes Aguilera sugiere que el silencio, lejos de ser neutral, moldea las relaciones y deja una huella que solo se hace visible cuando ya no hay margen para la reparación.
Ahora que ya no estás es una novela sobre el amor y sus zonas de sombra, sobre la amistad y sus ambigüedades, sobre la pérdida y la soledad que la acompaña. Un thriller emocional que renuncia al efectismo para adentrarse en un territorio más complejo y más honesto: el de las verdades que llegan tarde, cuando ya no queda nadie al otro lado para escucharlas.

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La fragilidad en flor: “Magnolia Blooms” de Selva Palacios, publicado por Suma de Letras

1/21/2026

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Por Violant Muñoz i Genovés

La de Selva Palacios pertenece a una estirpe silenciosa y persistente de libros que no avanzan a golpes de trama, sino a base de capas emocionales, como si cada página fuera un pétalo que se abre con una lentitud deliberada. Es una novela que se instala en el lector con la discreción de lo inevitable y la contundencia de lo verdadero. Aquí, lo íntimo no es un refugio, sino un campo de batalla; y la belleza —como las magnolias que le dan título— florece incluso cuando todo alrededor parece anunciar desgaste.

Desde las primeras páginas, Magnolia Blooms deja claro que no aspira a deslumbrar con fuegos artificiales narrativos. Su ambición es otra, más arriesgada: captar los movimientos casi imperceptibles del alma, esos desplazamientos mínimos que, acumulados, acaban por transformar una vida. Selva Palacios construye su relato con una prosa contenida, pulcra, atravesada por una sensibilidad que nunca se vuelve complaciente. Hay en su escritura una elegancia seca, una voluntad clara de no subrayar aquello que ya duele por sí solo.

La novela se articula en torno a una protagonista femenina marcada por la experiencia de la pérdida, aunque Palacios evita cuidadosamente el sentimentalismo fácil. El duelo no aparece como un acontecimiento cerrado ni como un proceso ordenado en fases reconocibles, sino como un estado de fondo, una vibración persistente que contamina la memoria, el presente y las relaciones. El dolor no se exhibe: se filtra. Aparece en los silencios, en los gestos suspendidos, en los objetos cotidianos que de pronto adquieren una densidad simbólica inesperada.

Uno de los grandes aciertos del libro es su manejo del tiempo narrativo. La historia no avanza de forma lineal, sino que se pliega sobre sí misma, regresando una y otra vez a escenas del pasado que no buscan explicar, sino complejizar. Palacios parece entender que la memoria no funciona como un archivo ordenado, sino como un jardín irregular donde ciertas imágenes florecen con insistencia mientras otras se marchitan sin previo aviso. Esta estructura fragmentaria refuerza la sensación de intimidad y convierte la lectura en una experiencia casi confesional.

El título no es un simple adorno poético. Las magnolias funcionan como un símbolo central, pero nunca obvio. Son flores asociadas a la resistencia y a la antigüedad, capaces de sobrevivir a climas adversos, de florecer cuando el invierno aún no ha terminado del todo. En ese sentido, Magnolia Blooms es también una reflexión sobre la persistencia humana, sobre la posibilidad de encontrar belleza incluso en contextos de ruptura. No se trata de una celebración ingenua de la resiliencia, sino de una exploración honesta de sus costes y de sus límites.

Los espacios juegan un papel fundamental en la novela. Las casas, los jardines, las habitaciones cerradas o los paisajes abiertos no funcionan como simples escenarios, sino como extensiones emocionales de los personajes. Palacios presta una atención minuciosa a los detalles: la luz que entra por una ventana, el olor de una estancia, el sonido casi imperceptible de una hoja al caer. Todo contribuye a crear una atmósfera de recogimiento que envuelve al lector y le invita a leer despacio, a detenerse.

Las relaciones humanas —especialmente las familiares— están retratadas con una complejidad que huye de esquemas simples. No hay aquí grandes confrontaciones ni catarsis ruidosas. Las tensiones se enquistan, se desplazan, se manifiestan en diálogos breves, medidos, donde lo importante suele quedar fuera de campo. En el espacio de lo no dicho se concentra buena parte de la intensidad emocional del libro. Palacios entiende que muchas heridas no se abren con gritos, sino con silencios prolongados.

Uno de los ejes más interesantes de Magnolia Blooms es su aproximación a la identidad femenina. La novela aborda esta cuestión desde una perspectiva íntima, alejada de consignas o discursos explícitos. La protagonista no se define únicamente por sus vínculos ni por sus pérdidas, pero tampoco puede desprenderse de ellos. Palacios explora con sutileza las expectativas sociales, las renuncias silenciosas y los deseos postergados, sin convertir la novela en un alegato. El feminismo que atraviesa el texto es implícito, encarnado en la complejidad del personaje y en su derecho a la ambivalencia.

En términos literarios, la obra se inscribe en una tradición que ha hecho de lo cotidiano un territorio narrativo de primer orden. Magnolia Blooms dialoga con una narrativa contemporánea que ha devuelto centralidad a los conflictos aparentemente menores, a esos gestos mínimos que sostienen la arquitectura emocional de una vida. Palacios se aleja de la novela de gran tesis y apuesta por una literatura del matiz, del desplazamiento casi imperceptible. Aquí, la intensidad no necesita volumen.
La voz de Selva Palacios destaca precisamente por su contención. Es una voz que no se impone al lector, que no reclama atención a base de golpes de efecto, sino que avanza con una seguridad silenciosa. Hay una confianza poco frecuente en su escritura: la confianza en que el lector sabrá acompañarla incluso cuando la narración se ralentiza, incluso cuando el conflicto no se formula de manera explícita. Esta forma de escribir exige paciencia y fe en la inteligencia emocional de quien lee.

Desde el punto de vista estilístico, Palacios trabaja con una sintaxis limpia y bien modulada. Cada palabra parece haber pasado por un proceso de decantación. No hay exceso, pero tampoco sequedad. El lirismo aparece con cuentagotas, siempre al servicio de la emoción y nunca como ornamento gratuito. La autora prefiere el rodeo, la sugerencia, la elipsis. El dolor se deduce; la alegría se insinúa. Esta elección conecta con una tradición literaria que entiende el silencio como una forma de elocuencia.

El duelo, tema central del libro, se aborda desde una perspectiva especialmente honesta. No hay aquí una narrativa de superación ni un cierre tranquilizador. La pérdida no se presenta como algo que deba resolverse, sino como una condición con la que aprender a convivir. El final, coherente con esta mirada, no promete felicidad plena, sino una forma posible de continuidad. En esa resistencia a cerrar en falso reside gran parte de la honestidad de la novela.
La naturaleza, y en particular el motivo floral, se integra en la voz literaria de Palacios como un sistema simbólico discreto pero coherente. Las magnolias no “significan” algo de manera cerrada; su sentido se desplaza, se transforma, acompasa el estado emocional de la protagonista. Esta ambigüedad controlada evita el simbolismo obvio y refuerza la sensación de profundidad.

En el panorama literario actual, dominado a menudo por la urgencia y el efectismo, Magnolia Blooms destaca por su tempo propio. No parece escrita para responder a una moda ni a una consigna generacional concreta. Hay en ella una vocación de permanencia, un deseo de que el texto resista más allá de la coyuntura. Esa aspiración se percibe en la forma en que aborda temas universales —la memoria, el paso del tiempo, la identidad— sin anclarlos a referencias excesivamente circunstanciales.

La novela también propone una ética de la atención. La mirada de Palacios hacia sus personajes es empática, nunca moralizante. Incluso en los momentos de mayor incomunicación o torpeza emocional, la narración se mantiene comprensiva. No hay ironía corrosiva ni distancia cínica. Esta actitud convierte la lectura en una experiencia de acompañamiento más que de juicio.

No es una novela complaciente. Aunque su tono sea delicado, Magnolia Blooms no ofrece soluciones fáciles ni emociones prefabricadas. Exige una lectura atenta, casi silenciosa. Pero esa exigencia tiene recompensa: a medida que avanzan las páginas, el lector se descubre emocionalmente implicado, como si la historia le hablara de algo propio. Esa capacidad de resonancia es una de las grandes virtudes del libro.

Al cerrar la novela, queda una sensación difícil de nombrar, una mezcla de melancolía y serenidad. No hay catarsis estruendosa, sino comprensión. Magnolia Blooms no grita: susurra. Y en ese susurro, tan poco habitual en estos tiempos, reside su fuerza. Selva Palacios ha firmado una obra madura, consciente de sus límites y de sus posibilidades, que reivindica el derecho a la fragilidad y a la lentitud. Una novela que florece despacio —como las magnolias— y que recuerda que incluso en los terrenos más erosionados puede surgir algo digno de ser cuidado.

(c) Violant Muñoz
(c) Mediâtica, agencia cultural

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“Las tres familias” Genealogía de la violencia, anatomía del linaje

1/6/2026

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Por Violant Muñoz i Genovés

Toda novela que se atreve a narrar un origen se enfrenta a un riesgo: el de confundir el mito con la coartada. Las tres familias, de Miguel Ángel González, sortea ese peligro con inteligencia y ambición. No estamos ante un simple relato de los albores de la mafia italiana ni ante una novela histórica de aventuras, sino ante una indagación literaria sobre el nacimiento del poder, la transmisión de la violencia y la familia como estructura moral cerrada.

Publicada por Ediciones B, la novela propone una arquitectura narrativa que se despliega en dos tiempos —la Sicilia de 1957 y la Castilla del siglo XV— unidos por un objeto, un linaje y una herida que no cicatriza. Pero reducir la novela a esa doble línea temporal sería injusto: lo que Miguel Ángel González construye es una tragedia de largo alcance, donde el pasado no explica el presente, sino que lo acecha.

Desde las primeras páginas, el lector percibe que Las tres familias no quiere deslumbrar con artificios, sino instalar una inquietud lenta, persistente, como un rumor que atraviesa siglos. La prosa es contenida, precisa, deliberadamente sobria, y esa elección estilística refuerza el peso moral de lo que se cuenta. Aquí no hay épica glorificadora ni violencia estilizada: hay hechos, consecuencias y silencios.

El huérfano como figura inaugural
Hueso, el protagonista del relato situado en 1957, es un personaje construido desde la ausencia. Huérfano, criado en un hospicio durante los años más duros de la posguerra, su identidad se ha formado a partir de la supervivencia. No posee una historia familiar que lo sostenga ni un relato de origen que le permita comprenderse. Vive en Palermo cómo viven los que no tienen nada que perder: a salto de mata, a base de pequeños engaños, de astucia callejera y de una intuición casi animal para detectar el peligro.

Ese vacío no es solo psicológico: es narrativo. Hueso no sabe quién es, y la novela convierte esa ignorancia en motor dramático. Siempre lleva consigo un camafeo, un objeto encontrado junto a él cuando fue abandonado siendo un bebé. Un talismán, una curiosidad, una superstición. Lo que Hueso ignora —y el lector intuye— es que ese medallón no es un simple vestigio, sino la llave de una genealogía maldita.

La elección de un huérfano como protagonista no es casual. En la tradición literaria, el huérfano encarna la posibilidad de ruptura, de reinvención. Pero Las tres familias subvierte esa expectativa: aquí, la falta de pasado no libera, prepara el terreno para una revelación devastadora. Cuando Hueso descubre que es el último descendiente de una de las tres familias fundadoras de la mafia italiana, no se produce una escena de exaltación identitaria, sino una grieta. Saber quién es no lo completa: lo pone en peligro.

Siglo XV: el pecado fundacional
La segunda línea temporal nos traslada al siglo XV, cuando tres hermanos castellanos llegan a tierra firme tras una travesía desesperada. No huyen por ambición ni por deseo de conquista, sino por necesidad. Han vengado a su hermana, violada y asesinada por un señor feudal. La justicia que ejercen es comprensible, incluso legítima, pero no es gratuita. Los convierte en fugitivos, en proscritos, en cuerpos fuera del orden.

Ese acto inaugural es uno de los grandes aciertos morales de la novela. Miguel Ángel González no plantea el origen de las grandes familias mafiosas como un gesto criminal gratuito, sino como una respuesta extrema a una violencia estructural previa. El mal no nace de la nada: se engendra como reacción, como mecanismo de defensa. Y esa idea atraviesa toda la novela como una pregunta incómoda: ¿dónde empieza realmente la culpa?

Los tres hermanos deciden separarse para evitar ser capturados. Cada uno toma un camino distinto, llevando consigo una forma específica de entender la lealtad, el honor y la supervivencia. Uno de ellos se dirige a Sicilia, portando el medallón de su hermana asesinada. Ese gesto —aparentemente menor— se convierte en acto simbólico fundacional. El objeto no solo recuerda la pérdida: transmite una forma de estar en el mundo.

La leyenda que surge de estos hermanos no se narra como una verdad histórica cerrada, sino como un relato transmitido, deformado, reinterpretado. Y ahí radica su potencia literaria. La novela entiende que los mitos no importan por su exactitud, sino por su capacidad para ordenar el presente.

Sicilia como espacio moral
La Sicilia que aparece en Las tres familias no es un decorado exótico ni una postal folclórica. Es un espacio moral. Una tierra donde la ausencia del Estado, la pobreza estructural y la memoria de la violencia configuran una ética propia. La mafia, en este contexto, no surge como espectáculo criminal, sino como sistema alternativo de organización, nacido de la necesidad y sostenido por la familia.

Miguel Ángel González evita cuidadosamente cualquier tentación de glorificación. La mafia que retrata es opresiva, claustrofóbica, profundamente jerárquica. Protege, sí, pero exige obediencia absoluta. Ofrece identidad, pero a cambio de libertad. Y castiga la traición con una severidad que no admite matices.

Hueso, al ser introducido en este mundo, no se convierte en héroe ni en antihéroe. Se convierte en pieza. Y esa toma de conciencia es uno de los momentos más poderosos de la novela. Porque la verdadera tragedia no es descubrir que se pertenece a una familia poderosa, sino comprender que no hay salida limpia.

La familia como estructura cerrada
Si hay un eje que vertebra toda la novela es la familia. Pero no la familia sentimentalizada, sino la familia como institución de poder, como maquinaria de transmisión de la violencia y del silencio. En Las tres familias, la familia es refugio y amenaza a la vez. Protege de un mundo hostil, pero exige una lealtad que anula al individuo.

Los vínculos familiares no se basan en el afecto, sino en la deuda. Se pertenece porque se debe. Se obedece porque se hereda. La sangre no une: obliga. Y esa concepción atraviesa tanto el relato histórico como el contemporáneo.

Hueso, que ha crecido sin ese entramado, descubre que la pertenencia tiene un precio más alto que la intemperie. La novela plantea entonces una de sus preguntas centrales: ¿es preferible la soledad o una identidad impuesta? ¿Puede alguien romper con su linaje sin destruirse en el intento?

Una prosa al servicio del sentido
Desde el punto de vista estilístico, Las tres familias destaca por una prosa limpia, controlada, sin exceso retórico. Miguel Ángel González escribe con conciencia del ritmo y del peso de cada escena. No hay capítulos superfluos ni digresiones ornamentales. Todo está al servicio de una progresión narrativa que avanza con firmeza.

Especialmente notable es el manejo de los saltos temporales. Lejos de fragmentar el relato, refuerzan su cohesión. El lector comprende pronto que ambas historias avanzan hacia un punto de colisión, y esa certeza genera una tensión constante. El pasado no es explicación: es amenaza.
La violencia, cuando aparece, se narra sin énfasis, casi con sequedad. No hay recreación ni espectáculo. Esa contención hace que cada acto brutal resulte más perturbador, porque se presenta como inevitable, como parte de un engranaje que nadie controla del todo.

Identidad, destino y responsabilidad
En su tramo final, Las tres familias abandona cualquier apariencia de novela de género para convertirse en una meditación sobre el destino. Hueso se enfrenta no solo a enemigos externos, sino a una pregunta que no admite respuestas simples: ¿hasta qué punto somos responsables de lo que heredamos?

La novela no propone una redención fácil ni una ruptura heroica. Entiende que el pasado no se borra. Se arrastra, se negocia, se resiste. Y a veces, simplemente, se repite. La tragedia no reside en la violencia heredada, sino en la imposibilidad de escapar completamente de ella.

Con esta novela, Miguel Ángel González confirma una madurez literaria notable. Las tres familias es una obra ambiciosa, sólida, escrita con pulso y con una clara vocación de perdurabilidad. Una novela que se lee como un relato de orígenes, pero que resuena como una tragedia contemporánea, porque nos recuerda que la familia —esa palabra que invocamos como refugio— puede ser también la más férrea de las jaulas.

Una novela, en definitiva, con vocación de clásico, que no busca deslumbrar con artificios, sino dejar una huella lenta, profunda y persistente. De esas que obligan al lector a preguntarse, una vez cerrado el libro, cuánto de su propia historia está escrita antes de nacer.
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