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​Reseñas desde España

Alejandro G. Roemmers y la reencarnación de un objeto: crónica de un violín inmortal

7/29/2025

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Por Violant Muñoz i Genovés

El misterio del último Stradivarius emerge como una rara joya literaria: una obra que vuelve a depositar el alma narrativa en un objeto, un violín legendario que no solo vibra con la música, sino con la historia, la memoria y la muerte. Alejandro G. Roemmers —poeta argentino con ambiciones globales— nos entrega una novela coral y ambiciosa, que hibrida géneros con elegancia y nos recuerda que, si el arte puede salvarnos, su eco se aloja en la madera noble de los instrumentos y en los pliegues más oscuros de la historia.

Inspirada libremente en el brutal asesinato del lutier alemán Bernard Raymond von Bredow y su hija adolescente en Paraguay, la novela da un salto de la crónica negra a la literatura de gran aliento. Roemmers construye así un thriller con vocación trascendente, donde el suspense convive con el realismo mágico y la recreación histórica, en una urdimbre tan compleja como fluida. El lector queda atrapado desde la primera página no solo por el enigma del crimen, sino por el magnetismo casi místico del Stradivarius perdido: el último que construyó el gran Antonio Stradivari en su taller de Cremona.

Un objeto que da voz a la historia

La literatura de objetos, ese fascinante subgénero donde un bien material —una espada, una joya, un manuscrito— se convierte en hilo conductor de distintas épocas y personajes, encuentra aquí un vehículo especialmente idóneo: un violín. El instrumento no solo simboliza la perfección técnica y la belleza artística, sino que en manos de Roemmers adquiere un aura casi sobrenatural. Su sonido cura, protege, transforma. Y su viaje por tres siglos de historia europea y americana funciona como una sinfonía narrativa en cuatro movimientos: el nacimiento en Cremona, el paso por ciudades marcadas por la peste, el fascismo, el nazismo y la modernidad latinoamericana.

El resultado es una novela polifónica que rehúye los caminos fáciles. Su estructura alterna capítulos entre el presente paraguayo —con la investigación de los asesinatos a cargo del comisario Tobosa— y el pasado de la Europa convulsa. Roemmers no solo juega con las convenciones del policial, sino que las expande: el enigma no se reduce al "quién lo hizo", sino al "por qué" y "qué representa".

Cremona, Trieste, Asunción: un mapa del dolor

El autor despliega un verdadero atlas emocional, donde cada ciudad tiene su propia textura narrativa. Cremona, con su catedral de Santa Maria Assunta, es el punto de partida espiritual y estético. Roma resplandece con el desorden de la belleza, mientras Trieste se hunde en el horror de la Risiera di San Sabba, único campo de exterminio nazi en Italia. En cada lugar, el violín es testigo y catalizador de dramas humanos. Su paso por manos judías durante el Holocausto, o por las del líder fascista Aurelio Padovani, no es gratuito: Roemmers se arriesga a tocar los extremos de la condición humana —la luz del arte frente a la sombra del poder y la muerte—.

La ambientación es precisa y envolvente. El lector siente el polvo en las calles de Nápoles, la humedad densa de la Risiera, el silencio espectral de la casa donde yacen los cadáveres del anticuario Von Bulow y su hija. A través de descripciones líricas y detalladas, Roemmers eleva el escenario a personaje, como lo haría un director de ópera al diseñar su escenografía.

El elenco: arquetipos con alma

Entre los muchos personajes que pueblan la novela, hay figuras históricas como Giuseppe Verdi o Giacomo Casanova, y otras ficcionales profundamente delineadas. El comisario Tobosa, por ejemplo, encarna la integridad y la melancolía del buen policía enfrentado a un misterio que escapa a sus categorías racionales. Su contrapunto, el sargento Gutiérrez, ofrece un necesario contraste de brutalidad y pragmatismo. Pero lo verdaderamente fascinante es cómo todos, incluso los más oscuros, están humanizados.

Mención especial merece Mico Edelbach, violinista judío en la Risiera, cuya relación ambigua con el nazi Heiden revela la complejidad de la supervivencia y el arte bajo el terror. El joven Ernst Bechstein, con su sabiduría precoz, encarna la esperanza y la resiliencia en medio del horror. Y el propio Antonio Stradivari, retratado en sus últimos días como un demiurgo lúcido y obsesionado, aporta el componente mítico que completa la estructura simbólica de la novela.

El arte de Roemmers consiste en dar voz a todos, sin ceder al sentimentalismo ni al juicio moral simplista. Cada personaje es un eco del violín: una caja de resonancia donde se cruzan la historia y la emoción.

Una prosa que vibra como una cuerda

Uno de los mayores aciertos de la novela es su estilo. Roemmers escribe con una prosa lírica pero contenida, que sabe cuándo alzar el vuelo y cuándo volverse invisible. Su lenguaje, rico en imágenes y alusiones, nunca resulta recargado. La alternancia de tiempos narrativos —pasado y presente— está orquestada con precisión, sin fisuras ni disonancias. La novela avanza como una composición musical, donde cada capítulo funciona como un compás, y los leitmotivs reaparecen con nuevas modulaciones.

La influencia del realismo mágico aparece en destellos sutiles: no hay milagros ni criaturas sobrenaturales, pero sí un aura de lo inexplicable, un temblor metafísico que recorre la novela. El violín, por ejemplo, parece poseer una conciencia propia, una especie de voluntad oculta. Su mera presencia transforma los espacios y a quienes lo tocan. Este elemento, lejos de romper la verosimilitud, la potencia: el lector acepta el "pacto mágico" porque el texto lo ha preparado con delicadeza.

¿Es esto una novela negra?

Sí, y no. El misterio del último Stradivarius contiene elementos del género negro —asesinatos, investigación, crimen organizado—, pero los desborda con ambición literaria. Aquí no hay cinismo posmoderno ni violencia gratuita. Hay belleza, duda, dolor y una búsqueda constante de sentido. La novela se emparenta más con autores como Umberto Eco o Arturo Pérez-Reverte que con los bestsellers de consumo rápido. Su lectura exige atención, pero recompensa con creces.

Y sin embargo, Roemmers no renuncia a la tensión narrativa. Los capítulos se suceden con ritmo firme, las revelaciones están bien dosificadas, y el desenlace —que no revelaremos aquí— es tan sorprendente como orgánico. Como en una buena sinfonía, el final recoge todos los temas y los sublima.

La música como redención

El núcleo temático de la novela es, sin duda, el poder redentor del arte. Roemmers no cae en la ingenuidad de pensar que la música puede detener las balas o curar el odio, pero sí sugiere que puede ofrecer sentido, refugio y belleza incluso en los peores momentos. Esa convicción atraviesa toda la novela y le otorga su tono humanista.

Como escribe el propio autor: «He querido resaltar la capacidad del arte y, en particular, de la música para sanar las heridas del alma y elevar al ser humano por encima de las pasiones propias de las bestias». En un mundo donde la brutalidad parece siempre al acecho, esta afirmación no es una consigna ingenua, sino un acto de fe narrativa.

Un autor con vocación universal

Alejandro G. Roemmers, conocido hasta ahora por sus poemarios y novelas de corte espiritual (El regreso del Joven Príncipe), se orienta hacia la novela total. Su doble condición de empresario y humanista, así como su experiencia internacional, se perciben en la amplitud de temas, referencias y escenarios. Lejos de limitarse a un nicho, Roemmers aspira a un público global sin renunciar a su identidad latinoamericana.

La presencia de Mario Vargas Llosa como prologuista es también un guiño significativo. El Nobel peruano destaca el protagonismo del violín y la capacidad del libro para interesar tanto a melómanos como a lectores ajenos a la música clásica. Más allá del respaldo mediático, el prólogo funciona como validación simbólica: El misterio del último Stradivarius no es solo un thriller eficaz, sino una obra con ambiciones literarias genuinas.

La eternidad en cuatro cuerdas

El misterio del último Stradivarius es una novela compleja, bella y emocionante, que ofrece más de lo que promete. Su estructura doble, su estilo cuidado y su profundidad temática la convierten en una de las apuestas literarias más sólidas del año. Es también un homenaje a la música, a la memoria y al arte como salvación.

No es una lectura rápida ni superficial. Exige entrega y sensibilidad, pero devuelve emoción, sabiduría y una experiencia literaria memorable. Como el violín que la protagoniza, esta novela no se olvida: vibra, resuena y permanece.

Recomendable para quienes buscan historias que no solo entretienen, sino que conmueven y hacen pensar. Y para quienes creen que, incluso en tiempos oscuros, un solo acorde puede iluminar la noche.

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“La víctima perfecta”: el polifónico pulso de un thriller contemporáneo

7/22/2025

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Por Violant Muñoz i Genovés

En su segunda novela—tras el aplaudido debut La noche de arena—Trifón Abad confirma su prometedor paso por el thriller español con La víctima perfecta (Grijalbo, julio de 2025). En apenas unas páginas, esta narración de 352 páginas se articula alrededor de un secuestro tan extraño como angustioso, un rompecabezas psicológico que revela a una voz inédita en la novela negra nacional.
 

La premisa inicial es sencilla pero potente: Gonzalo, un niño adoptado, alumno de altas capacidades, retraído, rodeado de admiradores por su talento —su profesor de ajedrez, su familia adoptiva—, se convierte en la “víctima perfecta”. No por su debilidad, sino justamente por sus características: los abductores lo eligen por ser un objetivo improbable, fuera del radar. El narrador, implícito entre las líneas, lanza una pregunta que late en cada página: ¿quién puede secuestrar a un niño así?

Lo que sigue es una “angustiosa cuenta atrás”, como lo describe la contraportada: una forma de contar la tensión sin arquetipos, sin policía novelado ni héroes simbólicos, sino testigos atrapados entre el miedo y la impotencia.

El principal acierto de Abad está en su decisión estilística: prescindir de policías, detectives o giros rocambolescos. El realismo apenas se bordea; lo que prevalece es la psicología de un niño arrestado del futuro y los ecos de su calvario. Esta ausencia de moralistas o salvadores fortalece la atmósfera de confinamiento: Gonzalo está aislado, asfixiado por las piezas de su propio cerebro, y el lector con él.

El talento narrativo de Abad, periodista y filólogo, se filtra en su prosa: precisa, tersa, evitando la pirotecnia. Apela al vértigo emocional, no al sensacionalismo. Es precisamente esa frialdad lírica la que genera la tensión: la sensación de que las respuestas se alejan mientras los segundos corren.

Es en la estructura temporal donde radica otra de sus fortalezas. Abad diseña una suerte de tablero de ajedrez narrativo: los jugadores se mueven, se enfrentan, pero no se ven. Hay estrategia, hay inteligencia matemática, pero también azar. El lector, como un peón avanzado, asiste sin saber qué movida provocará jaque mate.

Este formato, que mezcla la planificación de un juego mental con la emoción de un thriller, imprime al libro un ritmo increscendo. La información llega fragmentada —una llamada, un mensaje, un cambio de vigilante—, y cada pieza encaja con la precisión de una partida bien pensada. No hay violencias explícitas, pero el suspenso resulta más brutal por su contención.

Los personajes gravitan en torno a Gonzalo sin tomarle protagonismo. La madre adoptiva, el profesor de ajedrez, los servicios sociales… todos se sienten insuficientes. Son siluetas colocadas en un escenario que no les permite actuar con normalidad. No es la investigación policial lo que interesa a Abad, sino el vacío entre lo que se sabe y lo que no, entre el tiempo perdido y el tiempo que no vuelve.

Destaca la ausencia de contexto autoral o de motivaciones triunfalistas. El secuestrador es una voz lejana, nunca humanizada; su planificación, un compendio de lógica y extrañeza. Su rostro no importa. Importa el dilema: ¿cómo rescatar algo que ni siquiera sabemos qué es?                                                     
                                                                               

Publicada a mediados de julio en Grijalbo, La víctima perfecta está diseñada para un consumo eficaz, con su edición en rústica de 352 páginas, muy competitiva en precio (20 € aprox.)  Su edición digital (eBook multimedia) añade capas: enlaces, ambientaciones sonoras, material visual… aunque ninguna desplaza el impacto de la lectura en papel.

La voz literaria de Abad, sustentada en su experiencia docente, da prioridad a la palabra precisa —no a la frase adornada. Esa economía léxica —quizá aprendida de la narrativa breve— construye un pulso narrativo que no se distrae, que no juega al gore, que jamás se adelanta.

La noche de arena presentó la voz íntima de jóvenes al límite, y fue valorada por su atmósfera contenido y tensión próxima. La víctima perfecta amplifica esa tendencia. Ahora, Abad expande el conflicto al relato de secuestro sin brillos, con la mirada fija en los efectos sobre el capturado y no sobre el captor.

En el panorama nacional, sus novelas emergen frente a otros lanzamientos más espectacularizados (Zafón, Pérez-Reverte, Vargas Llosa). No buscan epopeya, sino detalle, no escenarios extraordinarios, sino trincheras domésticas. Y esa es su virtud: distinguirse por lo íntimo.

La víctima perfecta es un ejercicio de tensión clínica. Abad no necesita sabueso, no necesita villano, no necesita golpes. Basta su prosa, su estructura, su conciencia del tiempo detenido. Este thriller es un traje hecho a medida del género, un relojero narrativo que plantea preguntas: ¿a quién rescatas cuando no sabes ya a quién buscabas?
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Es, en suma, una confirmación: aquel autor que debutó con poder, vuelve con algo más complejo. Ya no le basta la pista; ahora quiere el silencio. Y en ese silencio, aparece la auténtica víctima.
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Planos del miedo: cuando el horror arquitectónico se vuelve literaturaUna lectura crítica de "Strange Houses", de Uketsu (Reservoir Books)

7/16/2025

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Por Violant Muñoz i Genovés

1. Arquitectura del desconcierto
En los pliegues de la narrativa de terror contemporánea hay autores que, sin necesidad de nombre propio ni rostro visible, consiguen alterar la manera en la que leemos, habitamos e imaginamos. Uketsu —seudónimo enigmático, casi críptico, como corresponde al género que cultiva— es uno de ellos. Su libro Strange Houses, publicado por Reservoir Books, no es simplemente una colección de misterios o relatos de casas encantadas. Es una experiencia literaria en la que la arquitectura, el folclore y la lógica del espacio se convierten en herramientas para desestabilizar al lector.

Lo que comenzó como un fenómeno digital en Japón, donde Uketsu publicaba historias de casas malditas en redes sociales y foros, ha derivado en un libro que ya es objeto de culto. Ilustrado con planos —algunos absurdos, otros aterradoramente plausibles—, cada capítulo de Strange Houses describe una construcción con un diseño inexplicable y una historia siniestra. No hay personajes fijos, ni una voz narrativa reconocible, ni una trama secuencial. Lo que une los textos es la idea de que lo que habitas puede convertirse, de forma súbita, en una amenaza.


2. De lo cotidiano a lo imposible
A diferencia de las convenciones occidentales del género de casas encantadas, Uketsu no necesita fantasmas clásicos ni manifestaciones espectrales para generar inquietud. Su aproximación es más conceptual: es la lógica interna del espacio, su deformación o su indiferencia al sentido humano, lo que provoca el miedo. Así, un baño sin puerta que solo se puede usar cuando el otro inquilino está inconsciente, una habitación que devora lentamente a sus ocupantes o una escalera que no conduce a ningún sitio, son suficientes para activar una sensación de amenaza.

Cada plano incluido en el libro —dibujado con precisión técnica, pero impregnado de un aura pesadillesca— funciona como detonante. El lector se enfrenta primero al dibujo, que ya de por sí resulta desconcertante, y después a la narración, que explica cómo esa anomalía espacial incide en la vida de los habitantes. Es un recurso brillante que Uketsu explota con inteligencia, obligando al lector a reconfigurar su manera de entender el relato de terror.


3. Influencias: de Junji Ito a Mark Z. Danielewski
Si hay un referente inevitable cuando se habla de terror gráfico japonés, es Junji Ito, y aunque Uketsu evita el trazo grotesco o explícito, sí comparte con él la capacidad para insertar lo terrorífico en lo doméstico. Pero a diferencia de Ito, cuya fuerza está en la imagen, Uketsu apuesta por la sugestión, por lo implícito y por el pensamiento lateral.

Fuera del canon japonés, Strange Houses dialoga con obras como La casa de hojas de Mark Z. Danielewski, donde también se cuestiona el espacio como elemento narrativo y psicológico. El libro de Uketsu, sin embargo, es más breve, más directo y —en cierto sentido— más perturbador por su propia economía narrativa. Cada historia dura pocas páginas, pero deja una huella duradera. No necesita desarrollar personajes ni conflictos complejos. Le basta con una premisa absurda que, lentamente, se vuelve verosímil.


4. Horror digital, lenguaje analógico
Resulta llamativo que una obra surgida de foros online y plataformas digitales adopte un formato tan clásico como el libro ilustrado. Esta tensión entre origen y forma es uno de los grandes aciertos del proyecto. La edición de Reservoir Books acentúa el efecto con una traducción sobria, un diseño limpio y una cuidada presentación que contrasta con el contenido: un desfile de pesadillas espaciales.

En Japón, Uketsu es parte de una nueva ola de creadores que usan las redes para distribuir literatura breve, imágenes perturbadoras y formatos híbridos. Su paso al libro no diluye esa esencia, sino que la concentra. Strange Houses puede leerse en cualquier orden, detenerse en un plano y luego volver atrás. Es una lectura no lineal, casi modular, que el lector completa en su cabeza, proyectando sus propios miedos en esos espacios vacíos.


5. Filosofía de la perturbación
Más allá de su dimensión estética o narrativa, Strange Houses encierra una reflexión más profunda: ¿qué sucede cuando el entorno que debía protegernos se vuelve incomprensible? ¿Qué ocurre cuando la casa —símbolo ancestral de refugio y pertenencia— se convierte en laberinto, en trampa, en amenaza?

Uketsu no ofrece respuestas. Tampoco moraliza ni interpreta. Se limita a exponer. Sus casas no castigan ni premian, simplemente existen, como si obedecieran a una lógica paralela. En este sentido, la obra se aproxima al horror existencial de autores como Kafka o Ligotti, donde el problema no es la muerte, sino el sinsentido.

El lector, enfrentado a estos espacios deformes, se ve obligado a reexaminar su relación con la seguridad, con lo cotidiano, incluso con la memoria. Algunas casas parecen metáforas del trauma, otras del aislamiento, otras de la locura. Pero ninguna permite una lectura simple.


6. El valor de lo incompleto
Una de las decisiones más acertadas de Strange Houses es su renuncia a la explicación total. El lector nunca sabe por qué ocurre lo que ocurre. Tampoco qué pasa después. Las historias terminan en el momento justo para que la inquietud permanezca, para que la imaginación complete el horror.

Este minimalismo narrativo —que en otros contextos podría parecer pereza o artificio— aquí se convierte en virtud. Uketsu confía en la inteligencia y sensibilidad del lector. No necesita cerrar sus relatos. Solo abrirlos. Solo encender la chispa.


Conclusión
Strange Houses no es una novela, ni una antología convencional, ni un libro de diseño. Es una obra difícil de clasificar, y quizás por eso resulta tan poderosa. Es literatura del disloque, arquitectura del miedo, relato esquemático que funciona como espejo negro del lugar que llamamos hogar.

En una época donde el terror parece necesitar de multiversos, gore o monstruos digitales, Uketsu demuestra que basta una puerta mal situada, una habitación con proporciones erróneas, una escalera sin sentido, para devolvernos al desconcierto esencial. Ese que, sin necesidad de sangre, nos recuerda que no entendemos el mundo. Ni nuestra casa. Ni a nosotros mismos.
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Las vidas robadas de Andrea Tomé:el pulso de la memoria en la posguerra madrileña

7/9/2025

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Por Violant Muñoz i Genovés

Andrea Tomé (Ferrol, 1994) —escritora, editora y filóloga— se adentra con Las vidas robadas en el corazón de Madrid tras la guerra civil, inaugurando con audacia una nueva etapa de su obra centrada en la ficción histórica para adultos. La novela, publicada por Grijalbo, despliega un fresco íntimo y épico de los años de la posguerra y la Segunda Guerra Mundial.

De Ferrol a Madrid: un viaje entre el pasado y la memoria
En el preludio de la novela, conocemos a Ana de la Torre, una joven que regresa a Madrid «recién conquistado por los falangistas» junto a su familia. En esta ciudad devastada por la represión y la escasez, Ana observa la pobreza en las calles, el fervor franquista encarnado en su hermano, y el miedo difundido por la sombra de la represión sobre republicanos y judíos por igual.

Su brújula emocional será Imre, un joven húngaro con quien veraneaba, símbolo de un amor interrumpido por la Historia y el antisemitismo que avanza en Europa. La tensión entre el apego y la lealtad, entre la esperanza y el miedo omnipresente, vertebran la trama desde el inicio.

Memoria, violencia y resiliencia femenina
Tomé perfila un relato que no oculta el dolor ni la injusticia. El contexto histórico —la ciudad observada por “ojos recelosos”— aparece sin filtros, con la crudeza de los registros reales: calles empobrecidas, vigilancia ideológica, persecución de opositores . Pero la autora no se rinde a la nostalgia; destaca, en cambio, la fuerza de la memoria femenina, a través de Ana, que lucha por conservar su libertad interior pese a las opresiones sociales y familiares.

En este sentido, la novela dialoga con sus anteriores incursiones en la historia europea —como Las diurnas (2023) o Tinta y ceniza (2024)—, pero aquí su mirada se dirige con mayor hondura al Madrid de posguerra, combinando documentada ambientación con un relato de supervivencia emocional. Amor entre ruinas: el corazón húngaro

El idilio con Imre destaca por su delicadeza y su carga simbólica. Él encarna el otro lado de la historia: un extranjero —posible víctima del Holocausto— que completa el paisaje colectivo de miedo con la pregunta sobre la identidad, el arraigo y el desplazamiento. Su presencia en la trama dota a la novela de una dimensión transnacional, donde las cicatrices no conocen fronteras y el amor es también resistencia.

Prosa contenida y tensión narrativa
Tomé maneja una prosa elegante, sobria pero concreta. Sus descripciones no se detienen en lo superfluo, prefiriendo delinear los escenarios con pinceladas que evocan el polvo, el hambre y la incertidumbre. El contraste entre lo íntimo (los miedos de Ana) y lo colectivo (la ciudad y su historia) crea una tensión emocional que sostiene el relato.

La narración evita los excesos y los clímax artificiosos. En cambio, confía en el desarrollo lento pero constante de los personajes y sus relaciones, en las pequeñas revelaciones cotidianas y en la tensión moral que atraviesa cada decisión. El resultado es un ritmo narrativo eficaz: elegante sin ser frívolo, emocionante sin ser melodramático.

Una autora en evolución
La trayectoria de Andrea Tomé ha transitado desde la novela juvenil, con preocupaciones sobre salud mental y crecimiento personal, hacia la ficción histórica adulta, cargada de memoria y relevancia social . Las vidas robadas representa su consolidación como autora capaz de asumir una historia colectiva con la voz de un personaje íntimo —Ana— que no interpreta, sino que encarna el devenir.

La ambientación de la posguerra madrileña, rica en detalles y matices, funciona a modo de personaje colectivo. Madrid no es escenario neutro: es una urbe convertida en espacio de vigilancia, silencio, reconstrucción y miedo. Su presencia lo envuelve todo, unilateral pero llena de matices.

Valor testimonial y universal
Aunque se trata de una novela de ficción, su dimensión testimonial es poderosa. Entre el amor furtivo y los secretos familiares, Tomé articula una reflexión sobre la memoria: personal (la de Ana) y colectiva (la de una ciudad aun traumatizada). El título, Las vidas robadas, alude no solo a las trayectorias truncadas —por la guerra, la posguerra, el exilio—, sino también a la capacidad de reconstrucción: la vida que se rehace, discreta, entre los escombros.

Conclusión: una novela que pide ser leída
Las vidas robadas es más que una historia romántica o un drama histórico: es una novela sobre la dignidad en tiempos de coacción, sobre la complicidad de quienes miran sin actuar, y sobre la necesidad de recordar para no repetir la barbarie. Presenta un ejercicio de memoria sensible, riguroso y sutil, donde cada paso de Ana es un acto de réquiem y resistencia.
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Andrea Tomé firma con esta obra una novela madura, de alcance emocional y cultural, que invita a leer nuestro pasado con honestidad y respeto. Una lectura imprescindible para quienes valoran la literatura que indaga el alma histórica y personal, y un testimonio delicado sobre el Madrid que fue y el Madrid que pervive en sus héroes silenciados.

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"Los templarios" de Dan Jones, publicado por Ático de los libros

7/2/2025

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Por Violant Muñoz i Genovés

1. Los templarios de Dan Jones es una obra monumental que se sumerge en la historia de una de las órdenes religiosas y militares más influyentes, fascinantes y mal interpretadas de la Edad Media. Con su estilo narrativo vibrante, el autor reconstruye la vida, auge y caída de los Caballeros del Temple, desde su fundación en Jerusalén en 1119 hasta su trágico desenlace en el infame viernes 13 de octubre de 1312.

2. En un escenario convulso tras la Primera Cruzada, un reducido grupo de caballeros optó por una forma radical de vida religiosa: defender a los peregrinos cristianos que viajaban a Tierra Santa. Ese gesto devoto y marcial fue la semilla de lo que sería una de las instituciones más poderosas de la cristiandad medieval. Dan Jones detalla con rigor los orígenes humildes de la orden, sin perder de vista su contexto político y religioso.

3. La evolución de los templarios es presentada como una historia épica de ambición, fe y poder. A lo largo de dos siglos, esta orden acumuló inmensas riquezas, influencia política y una red extendida por toda Europa y el Mediterráneo, incluyendo un papel destacado en las cruzadas, no solo en Tierra Santa, sino también en la Península Ibérica. La prosa de Jones captura la intensidad de los acontecimientos y la profundidad del cambio histórico que representan.

4. Uno de los mayores aciertos del libro es cómo combina el rigor historiográfico con una narrativa accesible. Dan Jones es conocido por su capacidad de hacer de la historia un relato emocionante, y en Los templarios, esta habilidad brilla con fuerza. La obra no se limita a la crónica bélica, sino que analiza los aspectos sociales, religiosos y económicos que permitieron a la Orden alcanzar y sostener su poder.

5. A medida que la influencia templaria crece, también lo hace la suspicacia en torno a ellos. La acumulación de bienes y su autonomía frente a otras instituciones eclesiásticas y monárquicas despertaron tanto admiración como envidia. Esta tensión, Jones lo deja claro, es la antesala de la catástrofe que sellaría su destino, más por razones políticas que religiosas.

6. El capítulo final de los templarios, con la persecución impulsada por el rey Felipe IV de Francia, se convierte en uno de los momentos más dramáticos del libro. Acusados de herejía, sodomía y otros crímenes escandalosos, fueron arrestados, torturados y ejecutados. Dan Jones demuestra cómo estas acusaciones fueron más una herramienta política para apoderarse de sus riquezas que el resultado de verdaderas investigaciones doctrinales.

7. El relato del juicio y la supresión de la Orden en 1312 se presenta no solo como una tragedia para los templarios, sino como una ventana al funcionamiento del poder en la Europa medieval. El autor subraya cómo la combinación de intereses monárquicos y papales, la manipulación de la opinión pública y el uso de la tortura marcaron este proceso, dejando una huella indeleble en la historia de la Iglesia y de las órdenes militares.

8. La figura de los templarios ha estado durante siglos envuelta en mitos, teorías de conspiración y reinterpretaciones modernas, desde El código Da Vinci hasta Assassin’s Creed. Dan Jones no evade esta dimensión, pero su propósito es desmitificar, regresar a las fuentes, separar la leyenda de la historia y dar voz a los documentos y testimonios reales. En este sentido, su trabajo es también una crítica a la distorsión histórica en la cultura popular.

9. Además de la historia institucional, el autor se interesa por las personas detrás de la armadura. Describe a los caballeros templarios no solo como soldados de Dios, sino como hombres atrapados en una red de fe, violencia y lealtades cruzadas. El relato se enriquece con detalles humanos que le dan vida a los protagonistas, desde los grandes maestres hasta los hermanos menos conocidos.

10. La obra también ofrece una mirada panorámica al papel de los templarios en distintas regiones. No se limita al relato de Tierra Santa, sino que examina su impacto en España, Francia, Inglaterra y otros lugares donde dejaron su huella. Esta amplitud geográfica es una de las fortalezas del libro, que lo convierte en una referencia esencial para entender el alcance real de la Orden.

11. Con más de 500 páginas, Los templarios no solo es una narración envolvente, sino también un aporte sólido a la divulgación histórica. La traducción de Joan Eloi Roca mantiene la fluidez y precisión del original, y la edición en tapa dura refuerza la sensación de estar ante una obra definitiva. Es un libro tanto para apasionados de la historia como para lectores en busca de una buena historia real con tintes épicos.

12. En conclusión, Dan Jones nos entrega una crónica intensa y reveladora sobre los templarios, desentrañando los hechos que se esconden tras los símbolos y los mitos. Su libro no solo rescata la memoria de una orden trascendental en la historia europea, sino que también invita a reflexionar sobre cómo el poder, la fe y la ambición siguen moldeando nuestro mundo, tal como lo hicieron hace más de setecientos años.
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Peregrinos y sus letras

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