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Por Violant Muñoz i Genovés
Juan José Millás (València, 1946) lleva décadas erigiendo su obra en torno a los bordes del yo: la memoria, el doble, la identidad escindida, el recuerdo de lo que queremos creer que fuimos, y lo que inevitablemente hemos olvidado o deformado. En su nueva novela, Ese imbécil va a escribir una novela (Alfaguara, 2025), esa zona fronteriza ya no es solo el escenario: es el campo de juego. Aquí Millás no se limita a contar historias; se enfrenta, en cada página, con aquello que acecha cuando uno decide mirar de verdad hacia atrás: los vacíos, las fisuras, los espejos que no reflejan lo esperado. Lo interesante es que lo hace con humor, con ironía, pero también con melancolía, con cierta ternura quizá ajena a lo solemne, y simultáneamente, con la pregunta de si el escritor, al fin y al cabo, no es un impostor que fabrica relatos con fragmentos de vida propia y fragmentos de vida imaginada. La trama como búsqueda El eje narrativo es claro en su planteamiento: un escritor llamado Juan José Millás, colaborador de un periódico, recibe el encargo —que él interpreta quizá como el último que hará— de elaborar algo que cierre un arco, “el artista del reportaje definitivo”. Esa búsqueda se convierte en el detonante de una deriva hacia el pasado, hacia recuerdos borrosos, hacia personajes que pudieron haber sido reales, pudieron no haber sido, o simplemente haber sido revelados de otra forma. El autor-personaje investiga, indaga, pero también duda continuamente: ¿qué fue lo que realmente sucedió?... ¿Qué recordamos mal?... ¿Qué omitimos sin saberlo? Aparecen el recuerdo de la madre, una visita a la sucursal del Banco Hispano Americano, la amistad con Alberto en la universidad, escenas que parecieran pequeñas puertas a un pasado que ni siquiera él está seguro de si existe como lo recuerda. Estructura y ritmo La narración no es lineal. Hay saltos temporales, brumas, interrogaciones que interrumpen la marcha de la historia. No hay una cronología limpia: los capítulos o secciones invocan infancia, juventud, y actualidad, y lo hacen como si fueran capas superpuestas que no terminan de despejarse. Esa estructura laberíntica refuerza el tema: el pasado no se vive como algo cerrado, sino que reaparece, se transforma, se finge y se desfigura. Además, Millás juega con la voz narrativa de autor-personaje, con lo que podríamos llamar autoficción modificada: el relato mezcla la voz del Millás real, de quien firmaría columnas o artículos, con el Millás literario, el que imagina, el que husmea en sus propios archivos mentales. Esa mezcla —que en otros autores podría parecer artificiosa o confusa— aquí parece ser deliberada: establece la tensión entre lo que afirmamos saber de nosotros mismos y lo que en realidad solo sospechamos, inventamos o olvidamos. El artificio del cierre o del intento de cierre La idea de cerrar círculos, de hallar un tema que ponga punto final a una carrera, es central. Pero ese cierre, se descubre pronto, no será perfectamente limpio. Los círculos se cierran a medias, algunos se abren, otros giran en espiral y dejan rastros que no se borran. Esa aspiración —y su fracaso parcial— es lo que da densidad emocional al relato. Porque Millás no pretende engañarte con un clímax definitivo; su fuerza está en la honestidad con que presenta el fracaso del orden perfecto. Memoria, identidad y el dobleUno de los puntos más logrados de la novela es cómo Millás trabaja la memoria como algo plástico, siempre en riesgo. No hay recuerdos fiables: hay recuerdos narrados, reconstruidos, a veces omitidos, a veces adornados. La identidad se vuelve múltiple: hay una identidad pública —el escritor, el periodista, la figura reconocida— y otra privada, desvanecida, la que está hecha de huecos, olvidos, de esos amigos que ya no sabemos si existieron, de las visitas en la infancia que la memoria ha desdibujado. El doble, la figura del alter ego o del otro que nos mira desde fuera, aparece con fuerza: ese escritor que escribe “su propio yo” pero también lo duda, que lo revisa, que no está seguro de si lo que escribe le pertenece del todo. Esa dialéctica de yo/otro se convierte en uno de los motores narrativos y emocionales. Tiempo, vejez y el paso del tiempo Millás, con 79 años, ha confesado públicamente que la vejez no lo exime de la inseguridad, que sigue sintiendo el vértigo al enfrentarse al folio en blanco. Esa conciencia del tiempo—el del cuerpo, el del recuerdo, el de la posteridad—informa el relato. Uno lee la novela sabiendo que no es solo sobre lo que fue, sino también sobre lo que queda por contar, lo que se está viviendo, la hora que viene, el paso de los días que uno no sabe si registrará bien, si conservará los fragmentos verdaderos, si podrá contar algo que valga la pena. Ficción vs realidad / límite de la escritura Millás lleva mucho tiempo explorando ese territorio (como en Solo humo o La soledad era esto) donde no está claro dónde termina lo real y dónde comienza la ficción. Aquí, ese límite aparece constantemente cuestionado: ¿es real aquel amigo de infancia? ¿es cierta esa escena de la visita al banco? ¿O es un recuerdo deformado? ¿O una invención? La literatura, en su obra, no solo narra; moldea, interviene, reconstruye. Y en esa intervención los lectores estamos implicados: se nos invita a dudar, a desconfiar de las certezas, a aceptar que “lo que vivimos” muchas veces ya fue interpretado, reconstruido, ficcionalizado. Humor, ironía y melancolía Un rasgo definitorio de Millás es su humor: seco, irónico, a veces autocrítico, a veces absurdo. En esta novela no pierde esa veta. El humor sirve para aligerar la gravedad del tema, para no dejarse caer en el dramatismo o la autocompasión. Al mismo tiempo, funciona también como una distancia: la del escritor que mira su vida desde cierta altura, que sabe lo absurdo de muchos de sus recuerdos, de sus ambiciones, de sus dudas. La melancolía sin embargo subyace: no hay nostalgia complaciente sino conciencia de que el tiempo ha pasado, de que lo irreparable existe, de que los círculos no se cerrarán del todo. Esa melancolía le da peso emocional al texto; no es sentimental, pero sí sincera. Estilo, lenguaje y voz narrativa Millás es un autor cuyo estilo es reconocible: precisión, claridad, ironía; frase medida; reflexión constante; humor como textura, no como finalidad. En Ese imbécil va a escribir una novela, esas características están más presentes que nunca, o al menos más entrelazadas con el proyectarse hacia atrás, con la introspección. La prosa no es exuberante ni barroca: no lo necesita. Lo que gana está en la tensión, en el decir lo esencial sin redundancias, en dejar que los silencios cuenten, que los gestos, las dudas, las omisiones, los recuerdos incompletos tengan valor narrativo. También destaca la manera en que Millás articula la narración con metadiscursos sobre la escritura misma: el protagonista se plantea, interroga, duda, no solo sobre su tema, sino sobre qué significa escribir, para qué sirve, qué peso tiene lo que ya no puede contarse con certeza. Esa autoconciencia no debilita la novela sino que la refuerza: la vuelve un acto literario no solo de contar, sino de pensarse. Evolución literaria Comparada con novelas anteriores del autor (como Solo humo, La soledad era esto, Visión del ahogado, El jardín vacío), Ese imbécil... supone un repliegue hacia lo más íntimo, mezclado con lo que ya conocíamos suyo: la reflexión sobre el tiempo, la memoria, la infancia. Pero aquí hay una concentración, un crujido. Menos episodios externos, menos desencuentros sociales explícitos; más interioridad, más vacíos, más interrogaciones. Es decir: no abandona sus obsesiones, pero las prueba bajo otro ángulo: el del cierre, del balance, de lo que persiste cuando el ruido externo ya no es tan urgente. En palabras del propio autor: “... la novela busca un equilibrio entre acción y reflexión...” Ha reconocido la necesidad de la emoción en el relato, incluso cuando la emoción parecería peligrosa por sentimentalista. La emoción y la razón, para él, no han de separarse. También ha hablado de la inseguridad como parte del oficio: incluso con amplia trayectoria, la incertidumbre ante el folio en blanco, ante la pregunta “¿qué contar?”, sigue siendo real. Lo que logra con éxito:
Ese imbécil va a escribir una novela es una novela de Madurez literaria. No en el sentido de estar libre de riesgos —al contrario: se juega mucho—, sino de tener claridad del terreno que pisa, de saber que aún quedan bordes sin cerrar, que la forma de cerrar círculos no será perfecta, pero que el intento importa. Está escrita con la hondura que da la experiencia, con la delicadeza que se adquiere al mirar atrás con honestidad, y con la humildad de quien sabe que no todo lo que uno quiere contar será contado como lo quiso. Para el lector habitual de Millás, es seguramente una de las obras más centradas y elegantes de los últimos tiempos: famosa por su estilo, pero aquí también fuerte en lo interno, en lo reflexivo, en lo que deja resonancia incluso después de cerrar el libro. Para quienes se acercan por primera vez, puede resultar desconcertante, pero también intensamente estimulante, porque pide participación: pide pensar, dudar, recordar, imaginar. En la línea de lo que ha sido la obra de Juan José Millás durante décadas, Ese imbécil va a escribir una novela consolida su lugar como un escritor que no ha dejado de preguntarse lo esencial: ¿qué somos cuando ya no podemos confiar ni del todo en la memoria? ¿Cómo narrar lo que ya no se puede recuperar del todo? ¿Está la identidad cosida de recuerdos verdaderos o falsos? ¿De silencios? Millás no ofrece respuestas definitivas, pero no lo pretende. Lo que ofrece es una escritura confirmada, madura, que sabe de lo que habla, y que quiere que el lector esté allí, en la penumbra entre lo vivido y lo imaginado, entre lo contado y lo olvidado, aceptando la belleza y el riesgo de no tenerlo todo claro. Si te interesa la literatura que no teme lo incierto, que celebra los bordes, que rastrea en las sombras, este libro no lo dejará pasar sin dejar marca. (c) Violant Muñoz i Genovés
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November 2025
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