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​Reseñas desde España

Una trilogía que retrata el poder: Delito, Castigo y Venganza

10/29/2025

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Por Violant Muñoz i Genovés

Para comprender completamente la magnitud de Venganza, conviene recordar que esta novela es el cierre de una trilogía cuidadosamente articulada por Carme Chaparro. Desde Delito (2023), pasando por Castigo (2024) y culminando ahora con Venganza (2025), la autora ha tejido una narrativa que explora las relaciones entre justicia, moral y manipulación mediática.

En Delito, se nos introduce al universo de Ana Arén, la inspectora de homicidios que marcó la pauta con un caso que, ya entonces, hablaba de silencios sociales y víctimas invisibles. La novela sembraba una crítica soterrada a los medios y a cómo estos construyen —o destruyen— reputaciones con una imagen, un titular, un silencio.

Castigo amplió el enfoque, indagando más en las consecuencias de los actos de poder y en la cultura de la impunidad. El lector comenzaba a atisbar que lo que se juega no es solo la resolución de un crimen, sino el derecho mismo a la verdad.

Finalmente, Venganza no solo cierra tramas, sino que las estalla: la televisión, las redes, la política, los algoritmos, los abusos de poder… todo colapsa en una novela tan frenética como lúcida. Esta progresión de lo íntimo a lo sistémico convierte a la trilogía Delito en una obra mayor: no es solo entretenimiento, sino también una alegoría sobre el poder contemporáneo.

España como escenario: entre la crónica negra y el reality
Chaparro no escribe desde la fantasía. Lo que hay en Venganza es un espejo —quizás deformado, pero reconocible— de la sociedad española actual. Y ese es uno de los grandes aciertos de la novela. Desde la corrupción sistémica hasta el uso del escándalo como mercancía, pasando por la complicidad entre poder mediático y político, la autora disecciona con bisturí un sistema donde la verdad no es un valor, sino un obstáculo.

La escena inicial —Carlos Manso colgado del cartel de Schweppes— tiene algo de performance, de suicidio simbólico en directo. Es como si la novela dijera: “esto no es ficción, esto pasa frente a ti, en prime time”. Esa Gran Vía, ese Madrid mediático, son más que escenarios: son parte activa del crimen. Chaparro convierte los lugares en metáforas. El Museo del Prado, por ejemplo, es descrito como un templo de belleza que contrasta con la podredumbre que esconden los despachos a su alrededor.

Los personajes tampoco son arquetipos: son rostros reconocibles, moldeados con inteligencia para recordarnos a figuras reales de la televisión, la política o el espectáculo. Pero nunca hay una acusación directa. Lo que hay es algo más inquietante: una verdad estructural que no necesita nombres propios para denunciar.

El thriller como denuncia y como propuesta literariaTradicionalmente, el thriller ha sido un género asociado al puro entretenimiento. Sin embargo, en las últimas décadas, muchos autores han encontrado en él un canal privilegiado para hablar de realidades incómodas. Chaparro se inserta con firmeza en esa tradición: su thriller no es evasión, sino confrontación.

Lo que hace de Venganza una novela destacada dentro del panorama español actual es su capacidad de fundir tensión narrativa con discurso crítico. Y lo hace sin perder ritmo. Chaparro escribe con la precisión de quien ha contado muchas veces noticias en directo, con la conciencia de que cada palabra cuenta.

En este sentido, su estilo recuerda a autoras como Rosa Montero en su vertiente más crónica, o incluso a Almudena Grandes en cuanto al afán de retratar una España moralmente fracturada. Pero con una voz propia: más directa, más televisiva, más pegada al nervio del presente.

La narración alterna voces, incorpora flashbacks, intercala informes, mensajes, diálogos tensos y descripciones cargadas de simbolismo. Esa estructura fragmentaria no solo refleja la complejidad del caso, sino también la imposibilidad de acceder a una única verdad en la era del ruido digital.

Inteligencia artificial y el relato póstumo: la gran novedad temáticaUna de las aportaciones más originales de Venganza es la inclusión de la inteligencia artificial como dispositivo narrativo. No hablamos de un futuro lejano ni de ciencia ficción, sino de una tecnología que ya moldea lo que recordamos, lo que creemos y lo que olvidamos.

Carlos Manso, incluso muerto, continúa controlando su legado gracias a herramientas digitales que manipulan su imagen, sepultan escándalos y fabrican homenajes. Esta capacidad de reescribir la memoria plantea una inquietante pregunta:

¿Qué ocurre con la verdad cuando el relato se convierte en producto moldeable?

Chaparro no da respuestas fáciles. Pero plantea un debate crucial: en una sociedad donde los algoritmos seleccionan qué leer, qué ver y qué pensar, ¿es posible saber qué es real? Esa dimensión filosófica convierte a Venganza en mucho más que un thriller. Es, también, una novela de ideas.

Recepción crítica y diálogo con el lector
La crítica literaria ha acogido la trilogía Delito con entusiasmo creciente. Desde No soy un monstruo hasta Castigo, Carme Chaparro ha ido consolidando una voz que, si bien arranca desde el periodismo, ha sabido dotarse de recursos literarios de gran solidez.

Con Venganza, según varios críticos especializados, logra su novela más ambiciosa y afilada. No solo por la tensión del argumento, sino por la madurez de su mirada: hay en ella una comprensión profunda de cómo funciona el poder, y también de cómo se quiebra la resistencia de quienes lo enfrentan.

Para el lector, esto se traduce en una experiencia intensa. La novela obliga a posicionarse, a cuestionar lo que uno consume, comparte, cree. Obliga, también, a mirar con nuevos ojos esos informativos de sobremesa, esas entrevistas complacientes, esos silencios que pesan más que mil palabras.

El lector como cómplice o testigo
Una de las preguntas que atraviesa Venganza —y que la hace especialmente poderosa— es:

¿Qué papel jugamos nosotros, los espectadores?

Porque no basta con indignarse. Chaparro insinúa, sin sermonear, que todos somos parte del engranaje: cuando aceptamos titulares sin preguntar; cuando compartimos rumores sin contrastar; cuando glorificamos a quien controla la narrativa.

La novela, en ese sentido, invita a una lectura crítica, activa, incómoda. Nos convierte en testigos, sí, pero también en cómplices potenciales. No hay escapatoria fácil. Y eso es lo que hace que Venganza trascienda su género y se inscriba como una de las novelas más reveladoras de los últimos años.

Conclusión: una novela necesaria
Venganza no es solo una novela negra. Es una radiografía. Un grito. Un espejo que nos devuelve una imagen distorsionada pero inquietantemente familiar. Es también un homenaje a quienes luchan por contar la verdad en un mundo donde todo puede ser comprado, ocultado o editado.
Carme Chaparro ha demostrado que se puede hacer literatura de calidad desde la urgencia del presente. Que el thriller no tiene por qué ser evasión. Y que, a veces, las historias más verdaderas se esconden precisamente detrás del decorado televisivo.

Para lectores que busquen tensión, inteligencia y compromiso, Venganza es una lectura ineludible. Un cierre perfecto para una trilogía que se quedará, sin duda, entre lo más valioso del thriller contemporáneo español.
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Las cenizas del mito y la ambición histórica

10/14/2025

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Por Violant Muñoz i Genovés

En cierto sentido, Pero el fénix vuela (2025) se erige como un libro de tensiones: tensiones entre historia y ficción, entre exotismo y cercanía, entre el poder y la supervivencia. Con él, Fabián Plaza Miranda —abogado, escritor y estudioso de Asia Oriental— se lanza a un territorio que, para muchos lectores hispanohablantes, resulta lejano: China en el siglo III a. C., en plena era de los Reinos Combatientes. Pero esa lejanía es también una oportunidad, porque el novelista encuentra allí los materiales para explorar temas universales: la identidad, la traición, el destino, el deseo de trascender.

Trama y personajes
La novela se sitúa en el año 263 a. C., cuando los reinos de Zhao y Qin figuran entre los actores centrales de la convulsa etapa conocida como los Reinos Combatientes. Bajo esa atmósfera de guerra crónica y delicados equilibrios de poder, se cruzan las vidas de tres figuras esenciales:
  • Yiren, príncipe de Zhao tomado como rehén en el territorio enemigo. Relegado, humillado, convertido en adicto al alcohol para anestesiar el dolor físico y existencial, Yiren representa la caída, pero también la posibilidad de redención.
  • Fengying, hija de humildes alfareros de Zhao, que termina vendida como concubina al mercader Lü Buwei. Fengying es una pieza inesperada en el gran tablero político: desde su condición aparentemente subalterna, va ganando protagonismo y complejidad.
  • Lü Buwei, astuto comerciante con ambiciones mayores, que mirando hacia el joven príncipe ve una oportunidad: controlar destinos, construir alianzas. En esa relación matriz entre Yiren y Lü late el pulso del poder, la seducción del riesgo y el choque inevitable entre intereses personales y grandes compañías políticas.

El autor construye un triángulo dramático que camina entre el destino histórico y la tensión íntima. Fengying no es un mero objeto de disputa: su mirada, sus decisiones y su resistencia (cuando aparece) aportan al conjunto narrativo una voz menos acostumbrada en la novela histórica: la voz de lo que no debía figurar —el margen femenino— pero que termina gravitante.

Según la sinopsis que ofrece Casa del Libro, en el entorno de intrigas palaciegas, Lü “no dudará en unirse a ese joven caído en desgracia al que todos odian en Zhao”, aun sabiendo que ese compromiso puede erosionar su propio poder; Yiren, en tanto, se convierte en muro entre Fengying y Lü, aunque esa función no esté exenta de ambigüedades. 

La novela no se propone solo como recreación política o bélica, sino como un relato de supervivencia moral: ¿qué queda del hombre cuando todo se ha vuelto adverso? ¿Cómo reconstruirse dentro del fango de la traición? La figura del fénix, evocada en el título, simboliza ese anhelo de resurgir más allá del dolor y el olvido.

Estilo, tono y ambiente
Plaza se mueve con ambición literaria: su prosa aspira –y en muchas ocasiones logra– ser lírica sin caer en lo excesivo, atmosférica sin perder claridad. Las descripciones del paisaje, del clima, del bullicio de palacios o mercados aportan al lector una espacialidad creíble. Que una novela sobre la China antigua conquiste atmósferas sin volverse exótica artificiosa es mérito de oficio.

Ese “oficio narrativo” fue precisamente uno de los elogios del jurado que le otorgó a esta obra el XIV Premio de Novela Histórica Ciudad de Úbeda (valorado en 20.000 €). En la resolución del jurado se subraya: “el rescate literario de un personaje histórico femenino poco conocido… y la cercanía con la que el autor ha recreado hechos históricos que cabalgan entre la realidad y la leyenda”.

Es inevitable advertir también algunas sombras en el tono: la tensión política pesada, el vocabulario cortesano, los giros de poder, pueden en momentos acercarse al pastiche histórico si no se dominasen con rigor. Pero en líneas generales, Plaza evita esos escollos con un pulso narrativo que equilibra las escenas íntimas y los pasajes más amplios.

Otro acierto: la alternancia entre lo íntimo y lo grandioso. El relato no se abandona a las largas batallas (no es su intención describir escenas bélicas con detalle exhaustivo), sino que recurre a momentos señalados, pero siempre anclados en el conflicto personal: una conversación, una decisión, una traición supuesta. Esa medida da ritmo, evita la fatiga del lector y permite que el peso histórico no opaque al personaje.

Temas centrales
El poder y su fragilidad. En Pero el fénix vuela, el poder no es presentado como algo absoluto e inmutable, sino como algo frágil, sujeto a la traición, al azar, a las alianzas más endebles. Yiren, como príncipe prófugo en su propia corte, es prueba viviente de que solo el poder que se funda en alianzas auténticas –o en carismas personales– puede resistir. Lü Buwei ejemplifica la astucia y la ambición, pero también recuerda que incluso el más audaz de los hombres puede convertirse en peón.

La identidad despojada. Yiren, desplazado, arrinconado, condenado socialmente, debe reconstruirse (o destrozarse) interiormente. Esa pérdida de identidad no es solo política, sino espiritual y moral. La novela explora cómo uno puede redefinirse cuando su pasado y su futuro parecen derrumbarse.

El papel de lo femenino. Fengying aparece al principio relegada por su origen humilde y su condición de concubina. Pero su figura evoluciona hacia un símbolo de resistencia: la que sobrevive, la que observa, la que, aunque no detente abiertamente el poder, lo cuestiona y lo mide. Ese rescate de una mujer que se mueve en las sombras políticas y sociales es uno de los atractivos más contemporáneos de la novela.

Historia vs. leyenda. La novela juega en el terreno intermedio: no pretende hacer una reconstrucción académica rigurosa (no es un ensayo), pero tampoco se rinde al escapismo total. Plaza utiliza nombres y eventos reales (o aludidos) como armazón para su ficción, permitiéndose licencias donde la historia documental no alcanza. Esa tensión aporta al lector la sensación de estar comprando un fragmento de pasado imbricado en ficción, no una fantasía historicista sin anclaje.

La supervivencia como acto heroico. El fénix es, en muchas tradiciones, símbolo de renacimiento tras la destrucción. Aquí, lo heroico no es necesariamente vencer por la espada, sino persistir en medio del desastre, reconstruirse en medio de las ruinas interiores, mantener la esperanza cuando todo conspira contra ti.

Debilidades y desafíosUna novela de estas ambiciones no está exenta de aristas discutibles:
  • En ciertos pasajes, los diálogos políticos resultan algo expositivos: más que conversar, los personajes explican sus estrategias, como si al lector le faltase contexto. Eso puede afectar el ritmo para el lector menos familiarizado con el tejido geopolítico del mundo chino antiguo.
  • En momentos la voz narrativa se siente distante, como si el filtro histórico impusiera una barrera frente a la emoción directa. En esas ocasiones, la tensión emocional queda amortiguada.
  • Algunos personajes secundarios — cortesanos, generales, espías — no logran desarrollar una tridimensionalidad plena: cumplen roles funcionales más que vivir en su propia libertad. En novelas históricas amplias es un riesgo habitual, y Plaza lo esquiva en buena medida, pero no siempre lo elude del todo.
  • Puede haber, para ciertos lectores, una sensación de que el exotismo —la China antigua— funciona como fondo romántico más que como territorio problemático completo. El reto para el lector occidental es que el mundo social, los rituales, las creencias profundas, no siempre quedan del todo esclarecidos. Plaza hace el esfuerzo, pero hay momentos en que ese trasfondo se siente “turístico”.

No obstante, muchas de esas debilidades son comunes al género y no eclipsan los aciertos. Es más: ayudan a calibrar expectativas y a entender que la novela es ambiciosa, no monumental.

Comparaciones y filiaciones literariasPodríamos vincular Pero el fénix vuela con una tradición moderna de novela histórica que mira hacia oriente: paralelismos (más en espíritu que en estilo) puede hallarse con autores como Guy Gavriel Kay o Lian Hearn, en cuanto al uso de una ambientación oriental para explorar conflictos humanos universales. Pero Plaza pertenece también al espacio de literatura histórica española reciente, con un interés creciente en lo exótico (y no europeo) como escenario para tramas de lucha y poder.

Dentro del catálogo de Plaza, esta novela representa un paso más hacia la consolidación de un autor que no teme asumir retos geográficos, culturales y temáticos alejados de la España tradicional. Leerla nos invita a pensar que hay (y habrá) más lectores dispuestos a internarse en mundos lejanos si el pulso narrativo lo recompensa.

Recepción y expectativas
La adjudicación del XIV Premio de Novela Histórica Ciudad de Úbeda coloca a Pero el fénix vuela en un escaparate ventajoso para 2025. Que el jurado lo premiara por “oficio narrativo”, por “rescate de personaje femenino poco conocido” y por la “cercanía” con que se recrean hechos legendarios, revela que la obra ha sido valorada tanto por su ambición como por su ejecución literaria. 

En los catálogos de librerías ya figura como novedad destacada en la sección de novela histórica. Queda por verse cómo responderá el público general: habrá lectores fascinados por la ambientación, otros que critiquen las licencias, algunos que reconozcan en él un buen puente para adentrarse al universo histórico oriental dentro de la narrativa hispana.

Significado cultural
Más allá del placer de la lectura, Pero el fénix vuela ofrece un pequeño pero significativo gesto cultural: la reivindicación de un pasado lejano que puede resonar en nuestra contemporaneidad. Nos recuerda que el mundo no empieza ni termina en los confines europeos. Nos ayuda a imaginar que los dramas del poder, la identidad, la caída y el ascenso no son exclusivos de Occidente.

Además, rescatar una figura femenina como Fengying —aunque novelada— abre un camino para pensar cómo las voces marginadas de la historia pueden ser narradas hoy con dignidad. En ese sentido, Plaza no propone solo un viaje cultural, sino una reflexión ética: ¿qué significa honrar el pasado? ¿Qué responsabilidades conlleva narrarlo?

Conclusión
Pero el fénix vuela es, en mi opinión, una de las apuestas más estimulantes del panorama de la novela histórica española reciente. No solo por su ambición de ambientación y su voluntad de geografía exótica, sino por su apuesta por el personaje humano en medio de la marcha inexorable de los reinados, las traiciones y las alianzas. Que un príncipe caído, una mujer aparentemente insignificante y un mercader audaz confluyan en una trama de poder y destino nos recuerda que la historia —como la literatura— está hecha de encuentros inesperados.

Quizás no todos los momentos funcionen con igual vigor, quizás algunos pasajes requieran paciencia, pero el impulso general de la novela es el de quien toma riesgos: arriesgarse a construir un pasado en palabras, a introducir una mitología reinventada en la trama de lo humano, a invitar al lector a volar junto al fénix.
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El evangelio del caos: Jaume Clotet y la alquimia del thriller histórico

10/8/2025

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Por Violant Muñoz i Genovés

En un tiempo en que las literaturas de género luchan por obtener la legitimidad crítica que el mercado ya les ha concedido, Jaume Clotet se alza con una propuesta de dos cabezas --La Hermandad del Ángel Caído y La calavera del apóstol— que une, con sorprendente eficacia, el pulso de la novela de acción con la densidad simbólica de los mitos religiosos. Con el éxito arrollador en lengua catalana y la distinción del Premi Josep Pla 2024, Clotet reafirma que el thriller histórico no ha muerto: ha mutado.

1. Génesis de una hermandad literaria
Desde su presentación al premio Josep Pla, La Hermandad del Ángel Caído no fue una apuesta menor: su autor, Jaume Clotet, ya había cosechado reconocimiento con El càtar proscrit (Premio Néstor Luján de Novela Histórica). Periodista, historiador, estratega de comunicación, Clotet representa al autor del siglo XXI que no se circunscribe al perfil romántico del escritor encerrado en su torre de marfil, sino al constructor de relatos con una comprensión profunda del lenguaje mediático y del impacto cultural.

La trilogía que ahora se presenta en castellano (los dos primeros volúmenes ya disponibles y el tercero en camino) responde no solo a una ambición narrativa, sino también a una planificación estructural, como si se tratase de una serie televisiva internacional: hay cliffhangers, subtramas, guiños intertextuales, fragmentos de acción y una profunda reflexión sobre el mal.

2. Ejes temáticos: el mal como arquitectura del mundo
El eje temático sobre el que Clotet vertebra su universo no es nuevo, pero sí profundamente contemporáneo: la naturaleza del mal. En La Hermandad del Ángel Caído, el lector se enfrenta a un misterio teológico disfrazado de aventura: ¿qué sucede cuando el secreto mejor guardado de la cristiandad —un ser cautivo en un arca— amenaza con liberarse? ¿Qué ocurre cuando el equilibrio espiritual entre el bien y el mal está en peligro? La propuesta no es solamente una persecución de códigos o reliquias; es un juego metafísico con las estructuras del mundo.

Desde la caída de Acre en 1291 hasta los laberintos del Vaticano moderno, pasando por Montserrat y Jerusalén, la novela traza una geografía espiritual que encadena enclaves sagrados y maldiciones ancestrales. Si El código Da Vinci fue un thriller de superficie religiosa, La Hermandad del Ángel Caído se propone (y a menudo logra) ir más allá: explorar la mitología cristiana desde dentro, con citas de demonología, exégesis bíblica y un conocimiento real del simbolismo eclesiástico.

3. Una pareja inesperada: Bernat y Berta
Uno de los grandes aciertos de Clotet es la creación de su dúo protagonista: Bernat Balaguer, monje benedictino, y Berta Bosch, mossa d’esquadra y subinspectora especializada en fenómenos extraños. Él es introspectivo, erudito, cargado de dudas; ella, escéptica, impulsiva, con una inteligencia fría y aguda. Su dinámica recuerda a la de Mulder y Scully en Expediente X, pero trasladada a la iconografía cristiana y los escenarios de Europa mediterránea.

La relación entre ambos se aleja de los tópicos románticos al uso y profundiza en una complicidad intelectual y afectiva que evoluciona en paralelo a los descubrimientos que realizan. Clotet no cae en la trampa de un amor forzado; su apuesta es más interesante: la complicidad como fe mutua, en medio del caos sobrenatural.

4. Montserrat, epicentro del misterio
Si hay un espacio que se convierte en personaje dentro de La Hermandad del Ángel Caído, es el monasterio de Montserrat. Lejos de usarlo solo como decorado turístico, Clotet lo convierte en núcleo narrativo y simbólico. La montaña catalana, con su magnetismo telúrico y su historia milenaria, se erige como bastión espiritual contra las fuerzas del mal, un lugar donde la resonancia sagrada disuade a los demonios.

La elección de Montserrat no es casual: combina mística popular, tradición benedictina y una iconografía única. Si en la novela el Vaticano actúa como el centro político del cristianismo, Montserrat lo es del alma: un espacio de resistencia espiritual, cargado de silencio, donde las fuerzas oscuras parecen tambalearse.

5. Un bestiario demoníaco bien documentado
Lejos de caricaturizar el mal con figuras grotescas o apocalípticas, Clotet construye un bestiario demoníaco preciso y literario. Beelzebub, Satanás, y una cohorte de duques y legiones del averno aparecen nombrados con rigor simbólico, tomando prestado de grimorios medievales, tratados de demonología y teología escolástica. El infierno en La calavera del apóstol no es un territorio de fuego simplista, sino un reino con jerarquías, leyes y pasiones.

Este nivel de documentación —y su integración fluida en la trama— aporta verosimilitud a lo fantástico y eleva el tono literario. El lector puede seguir la acción sin sentir que asiste a una clase de historia eclesiástica, pero sale con la impresión de haber aprendido algo real.

6. La calavera como reliquia y símbolo
En el segundo volumen, La calavera del apóstol, la acción se traslada a nuevos escenarios: el monasterio de Sant Pere de Rodes, la Biblioteca Nacional de Francia, Jerusalén. La trama gira en torno al robo de restos arqueológicos —entre ellos, una supuesta calavera de San Pedro— y una antigua Biblia escrita con tinta milagrosa (mezclada con la sangre de Cristo). Clotet se adentra aquí en el terreno de las reliquias falsas, las herejías medievales y las luchas por el control del relato sagrado.

El tono se vuelve más oscuro, incluso más conspirativo. Las escenas del infierno se multiplican y la figura de Bernat es puesta a prueba: los demonios intentan pactar con él, seducirlo, corromperlo. El conflicto ya no es solo exterior (proteger el arca), sino interior: resistir al mal sin negarse a sí mismo.

7. Ritmo narrativo y estructura cinematográfica
Clotet escribe con un ritmo de guion televisivo, heredero de la narrativa transmedia. Capítulos breves, saltos de escenario, cliffhangers, fragmentos epistolares y diálogos dinámicos permiten que la lectura avance con fluidez, sin sacrificar profundidad. Es una fórmula conocida en el thriller contemporáneo, pero en sus manos gana un aire de respeto literario: no es solo “page-turner”, sino un artefacto de significados.

La estructura recuerda a las sagas de Umberto Eco (sin su densidad filosófica) o al Nombre de la Rosa, pero con una voluntad más popular. No pretende reescribir la historia, sino iluminar sus huecos oscuros con narrativas posibles.

8. Conspiraciones y herejías: la lucha por el relato
Uno de los grandes temas que subyace a toda la saga es la lucha por el control de la verdad. En La calavera del apóstol, aparece un detenido que habla arameo y se proclama miembro de la extinta Orden de San Lázaro. A través de su voz delirante, Clotet construye una herejía posible: una Iglesia paralela, enemiga del Vaticano, que busca instalar un nuevo mesías y edificar una nueva cristiandad.

¿Y si el verdadero cristianismo fue suprimido por la Iglesia oficial? ¿Y si las reliquias, los textos, las verdades incómodas fueron silenciadas? Esta es la premisa que articula muchas teorías de la conspiración modernas, pero Clotet la trata con respeto y profundidad, sin caer en la paranoia pseudohistórica.

9. Lenguaje y estilo: entre la crónica y la liturgia
El lenguaje de Clotet es limpio, eficaz, sin barroquismos, pero salpicado de destellos líricos en momentos clave. Sabe usar el registro litúrgico sin exagerarlo, y es capaz de insertar citas bíblicas, fórmulas rituales y expresiones demoníacas sin que suenen impostadas. Hay una elegancia contenida en su estilo, como si supiera que el exceso arruinaría el verosímil.

Además, sus descripciones —especialmente de espacios sagrados como Montserrat, Jerusalén o la cripta vaticana— muestran sensibilidad casi poética. Los lugares no son meros escenarios: están vivos, vibran, condicionan las decisiones de los personajes.

10. Una lectura para creyentes y escépticos
Quizás lo más interesante de la saga es que funciona tanto para lectores creyentes como para escépticos. Para los primeros, ofrece una exploración sincera y respetuosa de los misterios de la fe. Para los segundos, representa una investigación narrativa sobre las formas del poder religioso, las contradicciones del dogma y las pulsiones humanas detrás del mito.

La idea de que el bien y el mal se necesitan mutuamente —como dos polos de una misma libertad— es recurrente en los diálogos de los personajes. La novela no busca catequizar, sino problematizar: ¿y si el equilibrio cósmico dependiera de la existencia misma del demonio?


Epílogo: entre el éxito comercial y el legado literario
La trilogía de La Hermandad del Ángel Caído se perfila como uno de los fenómenos literarios del thriller en lengua española. Ha logrado —sin renunciar a la profundidad temática— colocarse en las listas de más vendidos, convertirse en lectura de clubes, e incluso despertar el interés por adaptaciones audiovisuales.

Jaume Clotet ha construido un mundo en el que historia, religión, thriller y misticismo se entrelazan con naturalidad. Lo ha hecho con documentación, oficio y una ambición que no busca solo entretener, sino reivindicar el valor literario del thriller como exploración simbólica del mal.

En tiempos donde la banalidad reina en muchos bestsellers, la apuesta de Clotet es valiente: volver al mito, al misterio y al texto sagrado como fuentes de literatura.

Quizá ese sea su verdadero secreto mejor guardado.
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"Amigos de paso", de Christopher Isherwood, publicada por Acantilado

10/1/2025

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Por Violant Muñoz i Genovés

Turistas sentimentales: la memoria que viaja y el deseo que observa:
Christopher Isherwood, uno de los grandes cronistas del siglo XX, regresa a las estanterías españolas con una nueva edición de Amigos de paso, publicada por la editorial Acantilado y traducida con sensibilidad y pulso literario por María Belmonte. No se trata de una novedad, sino de una obra largamente reclamada, considerada por muchos —como ha apuntado The New York Times— como su mejor novela. Quizá no sea tan popular como Adiós a Berlín o Un hombre soltero, pero es sin duda su obra más introspectiva, más compleja y probablemente la más madura.

En esta novela, Isherwood despliega con elegancia y crudeza una mirada fragmentada sobre sí mismo: un autor que se convierte en personaje, un narrador que escribe desde la escisión entre la experiencia vivida y la mirada que observa con el filtro del tiempo. La novela se estructura como una sucesión de episodios, distribuidos en cuatro escenarios geográficos y temporales que abarcan doce años de vida: la Berlín de 1928, una isla griega en 1933, el Londres de 1938 y la California de 1940.

Cada uno de estos episodios gira en torno a una figura central —casi siempre masculina— que actúa como catalizador del deseo, espejo de conflicto interno o faro emocional. Pero no se trata de una sucesión de amores perdidos ni de memorias sentimentales al uso: lo que hace de Amigos de paso una obra singular es el modo en que Isherwood teje su narración desde un lugar intermedio entre la autobiografía ficcionalizada y la novela psicológica. En ese espacio ambiguo, emerge la voz del autor como un testigo lúcido de su tiempo, de sus contradicciones, y sobre todo, de la difícil existencia de quienes, como él, se vieron obligados a vivir su afectividad desde los márgenes.

Retrato de una generación sin patria emocional:
Los personajes que pueblan la novela son “amigos de paso”, pero también figuras simbólicas de una generación desplazada. El primero, el señor Lancaster, un hombre rígido, moralista, cuya presencia en la Berlín libertina de los cabarets parece fuera de lugar, sirve como contraste para que el joven Christopher descubra, paradójicamente, su despertar erótico. La contraposición entre el puritanismo británico y la efervescencia sexual de la República de Weimar es tratada aquí no desde el escándalo, sino desde la inteligente observación de la hipocresía social.

El segundo episodio transcurre en una isla griega, en 1933, donde conoce a Ambrose, un rico británico hastiado de la mojigatería de su país y resignado a llevar una vida donde podrá satisfacer su deseo, pero difícilmente hallar el amor. Ambrose representa el desencanto, la belleza crepuscular de quienes aceptan su condena con elegancia pero sin esperanza. Hay aquí un tono elegíaco, de tragedia sutil, que recuerda a los personajes de Forster o incluso a los de Henry James.

En el tercer acto aparece Waldemar, un oportunista que pretende utilizar a una joven inglesa heredera para escapar de la Alemania nazi. Su ambigüedad moral, su uso del deseo como herramienta de supervivencia, introduce una capa política en la narración: ya no se trata solo de vivir como extranjero en una cultura hostil, sino de resistir como sujeto deseante en un mundo en colapso.

Finalmente, en California, surge Paul, un gigoló estadounidense que se mueve con soltura entre los ricos y decadentes personajes de Hollywood. Paul es encantador, pero también superficial, efímero. Su relación con Isherwood encarna el conflicto entre el deseo físico y el hambre de sentido: el cuerpo que se entrega no siempre viene acompañado de una conexión real. El afecto, como el propio título sugiere, es un tránsito sin destino fijo.

El estilo como resistencia, la mirada que no juzga:
El mayor logro de Isherwood en esta novela no es solo el retrato social, sino la radical honestidad de su mirada. No hay victimismo, ni alarde, ni sentimentalismo. El narrador se muestra vulnerable sin volverse patético, reflexivo sin resultar didáctico. Hay una claridad estilística que recuerda a la mejor prosa inglesa de entreguerras: directa, contenida, a veces irónica, siempre precisa.

La traducción de María Belmonte mantiene esa transparencia formal, trasladando con acierto los matices del original sin traicionar su espíritu. Su trabajo se alinea con el cuidado que Acantilado ha demostrado en otras ediciones del autor, como El señor Norris cambia de tren o La violeta del Prater.

Es importante subrayar que Amigos de paso no es una novela lineal ni convencional, y eso puede desconcertar a algunos lectores. Su estructura episódica, casi como una serie de relatos interconectados, permite captar el paso del tiempo y la evolución del personaje narrador con una riqueza emocional que se asemeja más a la memoria que a la ficción pura.

Una política del deseo, vivir fuera del centro:
Resulta inevitable leer Amigos de paso desde una perspectiva queer, no solo por la orientación sexual del autor, sino por la manera en que la novela plantea la marginalidad como una forma de existencia estética y ética. El deseo homosexual aparece en la obra como una fuerza a la vez reveladora y peligrosa: permite descubrir el mundo y a uno mismo, pero también expone al rechazo, al exilio, a la soledad.

Isherwood, como otros escritores de su generación (piénsese en Jean Genet, en Tennessee Williams, en Edward Carpenter), escribe desde un lugar de dislocación identitaria. No se trata de una militancia explícita, sino de una apuesta por la representación honesta de experiencias afectivas que, en su época, apenas tenían espacio en la narrativa dominante.

En este sentido, la novela también puede leerse como un diario de formación, una suerte de bildungsroman queer, donde el protagonista va entendiendo que el amor, el cuerpo, la pertenencia, son lugares negociados, nunca seguros. No hay épica, pero sí una dignidad silenciosa en la manera en que el narrador asume su rareza como un hecho poético.

Conclusión: una obra mayor, por fin recuperada: 
Con esta edición de Amigos de paso, Acantilado continúa su labor encomiable de rescate y difusión del legado isherwoodiano, en un momento en que su voz resuena con una fuerza renovada. En tiempos de repliegue identitario, de discursos excluyentes y de banalización de la experiencia íntima, leer a Isherwood se convierte en un acto de resistencia cultural.

Esta novela, compleja y conmovedora, debería situarse entre las grandes obras del siglo XX por su capacidad de retratar la fragilidad de los afectos en tiempos de violencia y desplazamiento, y por su valentía al nombrar lo invisible. No se trata de una obra complaciente, pero sí de una lectura profundamente gratificante para quien se acerque a ella con la disposición a dejarse interpelar.

Amigos de paso no es solo un título sugerente: es una metáfora existencial. En la vida, como en la literatura, todos somos visitantes fugaces en las emociones ajenas. Isherwood lo supo decir como pocos. Y en estas páginas, nos lo recuerda con una belleza que aún deslumbra.

(c) Violant Muñoz i Genovés

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