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Por Violant Muñoz i Genovés
Reseña de La cruzada, de Florencia Canale En el panorama de la novela histórica en lengua española, Florencia Canale demuestra con La cruzada que su oficio, lejos de agotarse en la mera recreación de épocas pasadas, se reafirma como instrumento para escarbar en las grietas del tiempo y hallar allí figuras que invitan a replantear lo que creíamos inmutable. La obra, publicada por Editorial Planeta, recupera la vida de Catalina de Erauso —más conocida como la “Monja Alférez”—, y la convierte en testigo de una batalla singular: la de un cuerpo que se viste de hombre, entra en la guerra y desafía las categorías de su siglo. La novela inicia su trayecto en San Sebastián, donde Catalina, hija de familia acomodada, es enviada tempranamente al convento dominico. Es en ese espacio clausurado donde germina su rebeldía y se hace evidente que el encierro, lejos de domesticarla, propicia el brote de una identidad que no se resigna. Al huir del convento y adoptar ropas de hombre, la protagonista se lanza a un mundo que parecía reservado para otros: el de las armas, la batalla, la conquista del Nuevo Mundo. Canale articula ese desplazamiento no sólo como cambio de escenario, sino como transformación existencial. La ruta narrativa va trazando cuatro momentos centrales —hija del mar, prófuga de Dios, conquista de América, hora del desvelo— que permiten ver a Catalina desde su primera crisis (el convento) hasta el diálogo final con el Papa en Roma y el retorno al continente americano. La autora construye un relato que intercala la aventura con la introspección, la historia con el mito, y en ese entreespacio encuentra su energía literaria. La vida de Catalina deja de ser mero anecdotario para convertirse en parábola de quienes no se ajustan. Lo que potencia la novela es su manera de entrelazar tres ejes: la guerra (como espacio físico de combate), el género (como categoría de identidad) y el cuerpo (como lugar de conflicto). La frase que aparece en la cubierta –“Catalina de Erauso: la guerra en el cuerpo, su furia en la piel”– anticipa esa conjunción. Canale no evita mostrar que vestir de hombre no era solamente un disfraz: era una decisión de supervivencia, una apuesta de libertad, un salto hacia una zona de riesgo permanente. La guerra es, en este sentido, metáfora y realidad. Catalina entra en combates, enrolada bajo bandera española en América; su experiencia militar le otorga autoridad narrativa para cuestionar los márgenes del poder. Pero al mismo tiempo la verdadera batalla quizá sea la que libra contra las normas que la obligan a ceñirse a un rol impuesto. ¿Qué significa ser mujer en el siglo XVII? ¿Qué implica asumir una identidad masculina? ¿La libertad es solo la ausencia de ataduras o la posibilidad de definirse? Estas preguntas laten en cada pasaje, sin solución fácil, sin concesión a la simplificación. La prosa de Canale muestra lo mejor de su oficio: claridad, ritmo sostenido, capacidad de evocar sin saturar. La ambientación del siglo XVII —desde San Sebastián al virreinato del Perú— es creíble, sensorial: sentimos el tránsito de la bruma oceánica, la presión del hierro en la armadura, el polvo colonial de América. La autora combina escenas de acción con momentos de reflexión: hay marchas, batallas, huidas, pero también silencios en los que Catalina se observa a sí misma, se reconoce extraña y poderosa. La documentación que subyace es notable. Canale se nutre de fuentes históricas –la autobiografía de Catalina, crónicas de la época, paisajes coloniales– e incorpora esos materiales sin que el resultado se convierta en tratado. La ficción se apropia de lo verosímil para convertirlo en narración viva. Y lo hace sin caer en lo efectista: la acción no devora la psicología, sino que la atraviesa. En ese equilibrio se encuentra gran parte de la fuerza del relato. Catalina no es una heroína sin fisuras: lo que la hace consistente es que Canale la muestra con sus contradicciones, con sus impulsos oscuros, con sus agujeros de soledad. Huye del convento, vive como hombre, combate; pero también siente el peso del engaño, la carga de no poder mostrarse plenamente. En la novela, el cuerpo es escenario de fisuras: el cuerpo femenino que se transmuta en masculino, el cuerpo que mata y el cuerpo que llora, el cuerpo que interroga el castillo de la identidad. Ese personaje complejo permite que la novela deje de ser “simple recreación histórica” y se convierta en espejo de preguntas contemporáneas: ¿qué significa pertenecer a un género? ¿qué libertad cabe en un tiempo que define todo por adelanto? ¿la transgresión es solo romper reglas o crear nuevas formas de existir? Canale no impone respuestas. Más bien deja que Catalina —y con ella el lector— habiten la tensión. Si algo distingue a La cruzada es su voluntad de hacer de la historia algo que nos interpela hoy. El siglo XVII, con sus convenios, jerarquías y violencia, se presenta no como espectáculo ajeno sino como terreno común: el mundo diseñado para un género, para un cuerpo, para una obediencia que Catalina decide desobedecer. Porque leerla es también reconocer que los márgenes, las identidades negadas y las luchas olvidadas no pertenecen sólo al pasado: habitan el presente. La escritora argentina no reduce la historia de Catalina a “una definición de género adelantada a su tiempo”, como podrían hacerlo algunos enfoques bienintencionados. En cambio, la complejiza: la vincula al poder, al imperio, al territorio, a la guerra, a la sobrevivencia. Ese entrelazamiento hace que la novela sea tanto epopeya como confesión, tanto biografía novelada como alegoría de la libertad. No obstante, como toda obra de ambición, hay elementos que merecen matiz. Algunos pasajes pueden sentirse acelerados: la transición de la huida del convento a la vida militar en América se resuelve con rapidez en ciertas escenas. Para lectores que buscan una exploración minuciosa de cada entorno histórico, la novela a veces privilegia la aceleración dramática frente a la expansión detallada. Tampoco todos los personajes secundarios alcanzan la profundidad del protagonista, lo que puede dar la sensación de que Catalina, por su densidad, las eclipsa. Pero esos aspectos no restan a la contundencia del conjunto: la novela apuesta por tensión, por pulso, por intensidad. La cruzada resulta ser una de las novelas históricas más estimulantes del año. Con un personaje que se siente urgente, con un escenario que respira las tensiones del siglo XVII y con una escritura que combina impulso y reflexión, Canale entrega algo más que entretenimiento: entrega una exploración del ser que no espera permiso. Para quienes aman la novela histórica, esta obra ofrece una protagonista inolvidable, un tono narrativo que no se aburre y una ambientación sólida. Para quienes se interesan por la identidad, la libertad y la construcción del cuerpo en la historia, este libro es lectura casi obligada. En el nombre de la cruzada interna —la que libra Catalina contra las imposiciones de género, de cuerpo, de historia— Florencia Canale escribe una novela que reverbera. Porque al fin y al cabo, si la historia nos enseña algo, es que los cuerpos que se rebelan no sólo cambian su destino: cambian el relato. Y en La cruzada, ese cambio ocurre sin estridencia, con vértigo, con heroicidad y también con duda. Una novela para quienes creen que el pasado no está cerrado y que la identidad es batalla.
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Por Violant Muñoz i Genovés
(Ático de los Libros, traducción de Marta Rebón) Hay libros que hablan de otros libros, y luego están aquellos que los rescatan de su propio silencio. Enamorarse de Anna Karenina un sábado por la noche pertenece a esta segunda especie rara: un ensayo luminoso y contagioso que devuelve a los clásicos su voz humana, cercana, imperfecta. Guendalina Middei —la autora romana que muchos conocen por su alter ego digital, Professor X, con más de setecientos mil seguidores— ha conseguido algo que pocos ensayistas logran: que Tolstói, Dostoievski, Austen o Kafka suenen a conversación entre amigos, no a lección magistral. Su libro es un canto al placer de leer, pero también una declaración ética sobre lo que significa seguir siendo lectores en un mundo saturado de ruido. Publicada por Ático de los Libros con traducción de Marta Rebón, la obra llega a las librerías españolas el 13 de octubre de 2025 con la discreta elegancia de esos títulos que parecen inofensivos y resultan reveladores. Bajo la apariencia de una guía de iniciación al canon, Enamorarse de Anna Karenina un sábado por la noche es, en realidad, una autobiografía intelectual disfrazada de manual de lectura. Middei no explica los clásicos: los revive. Los convoca como se convoca a los amigos que nos han salvado la vida en más de una ocasión. Y lo hace desde una escritura accesible, cálida, alejada del tono académico, pero sin renunciar al rigor ni a la sutileza del pensamiento. El punto de partida es simple, casi desarmante: ¿puede la literatura ayudarnos a vivir mejor? Middei responde con un “sí” rotundo, pero ese sí no tiene nada de ingenuo. No se trata de una defensa moral de los libros, ni de un alegato didáctico. La autora reivindica la lectura como experiencia de placer, de conciencia y de libertad. En tiempos de algoritmos y consumo rápido, leer un clásico —parece decirnos— es un acto de resistencia íntima. Porque leer a Tolstói o a Kafka no significa entender el siglo XIX, sino reconocerse en su espejo: sentir que los dilemas de Anna Karenina, la culpa de Raskólnikov o la alienación de Gregorio Samsa siguen latiendo en nosotros. “Un clásico te obliga a cuestionarte lo que estás leyendo y, por reflejo, tu propia vida”, escribe Middei, recordando que toda gran novela es, en el fondo, una pregunta que no se agota. La autora estructura el libro en diez capítulos, que funcionan como diez “lecciones breves” —aunque el término lección, en este caso, suene demasiado escolar— sobre el arte de leer a los clásicos. Cada uno es una conversación con un autor o una figura literaria: Anna Karenina, Raskólnikov, Elizabeth Bennet, Thomas Buddenbrook, los seres transformados por Kafka, Winston Smith… Todos reaparecen aquí no como reliquias, sino como contemporáneos. Middei los rescata de la vitrina del museo y los sienta a la mesa del presente. Habla de ellos con humor, con inteligencia y con una familiaridad casi temeraria. Por eso el título del libro no es una boutade: enamorarse de Anna Karenina un sábado por la noche es, para Middei, una forma de vivir la literatura como un gesto cotidiano, doméstico, necesario. Su mirada tiene algo de pedagógica, sí, pero también de confesional. La autora no se oculta tras el texto: se muestra como una lectora apasionada que recuerda su primer encuentro con un clásico —aquel volumen ruso hallado en el desván de su abuelo— y cómo esa lectura le reveló que la literatura podía darle las palabras que aún no sabía pronunciar. Ese pasaje, incluido en el dossier de prensa, resume la esencia del libro: la lectura como salvación, como espejo que devuelve al lector la imagen de su propia humanidad. “Era como si ese libro me conociera de siempre”, dice Middei. Pocas frases condensan mejor el milagro de leer. El estilo de Guendalina Middei oscila entre el ensayo divulgativo y la narración personal. Su escritura tiene la cadencia de quien conversa en voz alta, pero también la precisión de quien ha leído mucho y bien. Hay en ella una energía contagiosa, una especie de pedagogía emocional que recuerda, por momentos, a Italo Calvino o a Natalia Ginzburg: la misma mezcla de ternura y lucidez, de ironía y asombro. Cada capítulo podría leerse como una carta de amor a un autor y, al mismo tiempo, como una defensa del pensamiento libre frente a los dogmas culturales. “Leer es la experiencia más democrática”, afirma Middei. Y esa idea atraviesa todo el libro: el deseo de derribar la falsa frontera entre lectores cultos y lectores comunes, entre los que saben y los que se atreven. En este sentido, Enamorarse de Anna Karenina un sábado por la noche es también un manifiesto contra el elitismo literario. Middei se burla con elegancia del prejuicio según el cual los clásicos son inaccesibles o “difíciles”. Su apuesta es clara: los clásicos no se leen para comprenderlos del todo, sino para perderse en ellos. Para sentir el vértigo de una emoción, la inquietud de una pregunta. Así, cuando analiza la ironía de Jane Austen, no lo hace desde la crítica feminista o el análisis histórico, sino desde la experiencia vital: cómo la autora de Orgullo y prejuicio puede ayudarnos hoy a sobrevivir a los jefes autoritarios, a las convenciones sociales, a las expectativas familiares. Austen como brújula irónica ante el absurdo cotidiano. Dostoievski como compañero de tormentas emocionales. Orwell como centinela frente al totalitarismo que acecha bajo las nuevas formas de vigilancia digital. Kafka como recordatorio de que la literatura debe “morder y pinchar”, como él mismo decía. Cada autor ilumina una dimensión distinta de nuestra vida contemporánea. Uno de los aciertos del libro es precisamente esa capacidad para traducir lo clásico en experiencia presente. Middei no se limita a exponer argumentos: los vive. Cuando escribe sobre Crimen y castigo, uno siente que Raskólnikov no es una figura del pasado, sino un joven de hoy, desgarrado entre la culpa y el pensamiento, entre la arrogancia moral y la necesidad de redención. Cuando analiza 1984, elabora una lectura que huye del cliché apocalíptico para rescatar la intención original de Orwell: no predecir el horror, sino advertirnos de él para que nunca ocurra. Esa lucidez práctica —una especie de ética del lector activo— convierte el ensayo en un manual para la vida sin que nunca pierda su belleza literaria. Middei escribe como quien tiende puentes entre generaciones. Los autores que la acompañan no son espectros, sino presencias vivas. En sus páginas, Anna Karenina no muere bajo las ruedas del tren, sino que resucita cada vez que alguien abre el libro y se pregunta por qué una mujer no puede elegir libremente su destino. Raskólnikov sigue buscando sentido en un mundo que premia la frialdad y castiga la compasión. Y Winston Smith continúa resistiendo, en la era del big data, a una maquinaria de control mucho más sutil que la de Orwell. Ese diálogo entre pasado y presente es el corazón del libro. Leer a los clásicos, dice Middei, es aprender a “pensar sin miedo”. La traducción de Marta Rebón merece un elogio aparte. Su versión mantiene intacta la voz cálida y reflexiva de la autora, respetando el tono coloquial sin renunciar al brillo intelectual. Rebón —una de las grandes traductoras españolas de literatura rusa— demuestra aquí su oído fino para el registro ensayístico, su capacidad para preservar la emoción de la palabra sin sacrificar su claridad. Gracias a ella, la prosa de Middei fluye con naturalidad, con ese equilibrio entre elegancia y cercanía que convierte la lectura en un placer continuo. El título, tan aparentemente banal, encierra una declaración de principios. Enamorarse de un personaje literario —y hacerlo “un sábado por la noche”, tiempo reservado al ocio, al presente, a la vida— es una forma de reconciliar el mundo de las letras con el de los afectos. Middei reivindica la lectura como experiencia amorosa: una relación que exige tiempo, entrega, curiosidad. No es casual que hable de “saborear las palabras como haríamos con un buen vino”. Su metáfora gustativa es reveladora: leer no es consumir, sino degustar; no es acumular conocimientos, sino aprender a demorarse. Otro de los ejes del libro es la relación entre literatura y libertad. Middei insiste en que los clásicos no deben leerse por utilidad, ni siquiera por virtud. La lectura es un fin en sí mismo, un espacio donde el pensamiento puede ensayar sin miedo. En un fragmento brillante, recuerda cómo Dostoievski rompe con todos los tabúes sociales al escribir lo que “no puede decirse”. Esa incomodidad es, para la autora, la señal de una literatura viva. “Estamos tan acostumbrados a las convenciones —escribe— que al leer a Dostoievski uno siente que alguien le ha puesto la zancadilla”. En esa zancadilla está la verdadera función del arte: hacernos tropezar con lo que preferimos no ver. La literatura, entonces, no nos enseña lo que está bien o mal, sino que nos obliga a mirar desde otro ángulo. Middei rechaza las lecturas moralizantes y propone una ética de la curiosidad. El lector ideal no es el que sabe más, sino el que se deja afectar. Su libro, en ese sentido, es profundamente contemporáneo: una defensa del sentir en una época que privilegia el saber técnico. Frente a la ansiedad por la productividad y el rendimiento, Enamorarse de Anna Karenina un sábado por la noche ofrece una pedagogía de la lentitud. Leer, nos recuerda, es una forma de habitar el tiempo con sentido. También hay en este ensayo una reflexión sobre la elección de las lecturas. Middei afirma que cada libro tiene un “sabor inconfundible” y que una lectura solo funciona cuando sintoniza con lo que estamos viviendo. Esa idea —que podría parecer trivial— encierra una sabiduría práctica que conecta con la tradición humanista: los libros no son objetos estáticos, sino experiencias que cambian según nuestras propias mutaciones. Dostoievski, dice, es para los días melancólicos; Conan Doyle, para los de hambre intelectual; Austen, para los de ironía necesaria. Su propuesta no es prescriptiva, sino empática: leer lo que necesitamos, cuando lo necesitamos. Una forma, también, de escucharnos a nosotros mismos. En su dimensión más íntima, el libro es un mapa emocional de la autora. Cada referencia literaria es una huella biográfica. Middei confiesa que, en los momentos difíciles de su vida, la literatura fue una presencia salvadora. Los clásicos se convirtieron en amigos, en voces que la ayudaron a sobrevivir. No hay solemnidad en esa confesión, sino gratitud. “Nos permiten tomarnos la vida con un poco más de ligereza”, escribe. Es una frase sencilla, pero en ella se condensa toda una filosofía: la lectura como arte de resistencia alegre, como acto de compañía frente a la soledad. Guendalina Middei pertenece a una generación de escritores que han hecho de las redes sociales un espacio de mediación cultural, pero su caso es peculiar. Su personaje Professor X —profesora de literatura que explica a Tolstói o Kafka con humor y pasión— no busca banalizar los clásicos, sino devolverles su vitalidad. Lejos del postureo académico, su presencia digital es la de una mediadora que ama sinceramente los libros. En ese sentido, Enamorarse de Anna Karenina un sábado por la noche es la prolongación natural de su trabajo en redes: el intento de tender un puente entre la erudición y la divulgación, entre la lectura íntima y la conversación pública. La suya es una voz que combina el rigor filológico con el entusiasmo pedagógico. En un panorama saturado de cinismo, su entusiasmo resulta refrescante. Hay una fe en la literatura que recuerda a los viejos humanistas, pero filtrada por el lenguaje del siglo XXI. Middei no teme citar a TikTok ni a Instagram, pero lo hace sin frivolidad: como canales posibles de contagio literario. Su gran mérito es demostrar que los clásicos siguen vivos en los nuevos formatos, siempre que se los lea con pasión y respeto. En términos editoriales, el libro se inscribe en una línea que Ático de los Libros ha cultivado con acierto: la de los ensayos literarios que combinan erudición y emoción, como los de Rebecca Solnit o Mary Beard. Enamorarse de Anna Karenina un sábado por la noche encaja en ese catálogo con naturalidad, ofreciendo al lector español una voz italiana joven, vibrante y profundamente conectada con la tradición. Su publicación en castellano amplía el diálogo entre generaciones y geografías lectoras: demuestra que los clásicos, más que patrimonio nacional, son un lenguaje común. El resultado es un texto que se lee con una sonrisa y se recuerda con gratitud. Middei no intenta convencernos de nada: nos invita. Nos recuerda que leer no es una obligación cultural, sino un privilegio afectivo. En tiempos de distracción y desarraigo, su propuesta tiene algo de antídoto. Porque, como ella misma sugiere, los clásicos siguen hablándonos, pero hace falta silencio para escucharlos. Al cerrar el libro, uno siente el impulso de abrir otro. Quizá Anna Karenina, quizá Crimen y castigo, quizá Orgullo y prejuicio. Middei ha logrado lo que parecía imposible: devolver el deseo de leer, no por nostalgia ni por deber, sino por pura curiosidad humana. Su ensayo no es solo una celebración del pasado, sino una reivindicación del presente lector: ese momento en que, en mitad del ruido del mundo, alguien apaga el móvil, abre un libro y se deja arrastrar por una voz que parece conocerle de siempre. Enamorarse de Anna Karenina un sábado por la noche es, en definitiva, un libro sobre la supervivencia de la sensibilidad. Sobre el poder de las palabras para acompañarnos, desafiarnos, consolarnos. Un recordatorio de que, aunque cambien los soportes, los clásicos siguen siendo el lugar donde aprendemos quiénes somos. Y sí, también una invitación a enamorarse de nuevo —de Anna, de Raskólnikov, de Jane, de Winston—, aunque sea un sábado por la noche. Por Violant Muñoz i Genovés
Hay autoras que se asoman a la realidad con una linterna; Mabel Lozano entra con el foco encendido, la cámara al hombro y una obstinación ética que no tiembla. Su primera novela, Ava (Alrevés), llega con la vitola de los premios —y con la más pesada de las responsabilidades: convertir décadas de investigación sobre trata y prostitución en una ficción que respire, conmueva y haga pensar—. El resultado es un libro que se sitúa en la intersección entre la novela negra y el testimonio, heredero de la tradición europea que usa el crimen para desvelar los engranajes de una sociedad, pero también tributario del cine documental que Lozano ha practicado y que le ha dado un ojo clínico para los detalles que nos negamos a mirar. La narración avanza con pulso de thriller, pero su aspiración —y su logro— es otro: restituir, aunque sea por unas páginas, el nombre y la dignidad de quienes el negocio del sexo convierte en mercancía. La historia arranca con un encuentro casi mínimo y, por eso mismo, decisivo. María, una profesora de Castellón, visita en Colombia a su amiga Carmen, religiosa que dirige un centro de acogida para niñas huérfanas. Allí conoce a Ava, una criatura de “mirada luminosa y heridas invisibles”. El gesto de la niña al llamarla “mamita” bascula el eje de la novela y abre una grieta por la que se cuela todo lo que vendrá después: la promesa de cuidado, la culpa de quien puede irse y se va, la intuición de que la maternidad simbólica —la que se elige— puede ser una forma de resistencia. Desde ese primer fogonazo humano, Lozano empalma un viaje físico y moral que conecta América Latina, África y Europa; una cartografía que sigue, con fidelidad de periodista y vértigo de narradora, los ríos subterráneos por donde circula la esclavitud moderna. No hay en Ava complacencia ni didactismo. Hay, sí, una estrategia: la autora deposita el caudal de su experiencia previa en el género de la intriga para ordenar —y tensar— materiales que, de otro modo, correrían el riesgo de diluirse en una enumeración de horrores. Lo que aparece es un relato coral donde la alternancia de puntos de vista —víctimas, proxenetas, intermediarios de guante blanco, consumidores que prefieren no nombrarse— construye una esfera de complicidad global. El artificio —cambiar de foco— no es caprichoso: obliga al lector a abandonar el cómodo territorio del “ellos” y a sospechar del “nosotros”. En la novela negra clásica, el mal suele localizarse; aquí, Lozano lo dispersa en una red donde las responsabilidades están repartidas y la cuenta de beneficios se cobra en silencio. Es inevitable leer Ava a la luz del itinerario de su autora. Antes que novelista, Lozano ha sido —y es— una investigadora tenaz de la explotación sexual. En El proxeneta (2017) desmontó, desde la voz de un testigo privilegiado, el engranaje económico y cultural de la prostitución contemporánea; el libro, convertido en referencia, devolvía la palabra a quien había lucrado con la deshumanización para, paradójicamente, iluminar el sistema que la sostiene. Esa mirada, que entiende la trata como negocio transnacional con reglas precisas, está presente en Ava y le confiere una densidad de mundo que muchas ficciones sociales envidiarían. No es “un tema”, es un ecosistema criminal con su léxico, su logística, sus rutas y su contabilidad. También pesa —y mucho— su trabajo audiovisual más reciente, esa investigación en torno a la pornografía digital y sus efectos de socialización adolescente. En la novela aparecen, sin gritar, plataformas que venden fantasías de empoderamiento mientras lubrican el tránsito hacia prácticas que ya no distinguimos; el espejo de lo virtual devuelve un rostro normalizado del deseo, y el mercado aplaude. Lozano incorpora ese sustrato con inteligencia: no levanta un panfleto, instala una atmósfera. El scroll infinito es, aquí, una rampa suave hacia lo indecible. Desde el punto de vista estrictamente literario, Ava muestra un oído afinado para el detalle y un gusto por las escenas cortas que recuerdan el découpage del cine. No hay parrafadas explicativas: hay cortes secos, encuadres que cambian, silencios cargados, y una economía de adjetivos que agradecen los lectores poco pacientes con el subrayado. En las mejores páginas, Lozano deja que una acción menor desate una resonancia mayor: una llamada no devuelta, un billete de autobús, un tatuaje mal hecho; cada elemento funciona como indicio —no ya del misterio policial, sino del misterio humano—. Cuando la autora se permite la ternura, lo hace con contención: una mano en el hombro, la textura de una manta, el sonido de un columpio al amanecer. Allí la novela respira y construye su ética sin proclamas. A la trama se le nota la documentación, pero no la ostenta. Por ejemplo, el trazado de rutas que conectan orfanatos, barrios sin Estado, puertos discretos, clubes de carretera y macro-burdeles del Levante español suena verosímil no porque se nos pida fe ciega, sino porque la narración entiende cómo operan los intereses que lubrican el trayecto. Al final de cada línea no hay una moraleja, hay un cobro. Y, como ya sabíamos, casi nunca paga quien compra. Conviene subrayarlo: Ava no confunde la descripción del daño con su exhibición. Hay dolor —cómo negarlo—, pero no hay pornografía del sufrimiento. Lozano evita la tentación del catálogo y prefiere la sugerencia. Podría haber multiplicado escenas explícitas; decide, en cambio, concentrarse en los efectos —esos que el lector carga después de cerrar el libro—. Al no convertir la violencia en espectáculo, la devuelve a su condición de estructura: un mecanismo que genera víctimas con regularidad industrial. En términos de género, la novela se alinea con esa corriente de la noir europea que entiende el crimen como un ruido de fondo permanente. No hay detective brillante ni redención amarrada; hay personas que hacen lo que pueden con lo que tienen, y una ley que llega tarde o mal. El suspense, aun presente, no es un fin: es el motor que mantiene abierta la pregunta por la responsabilidad individual en un mundo interconectado. Que Lozano elija una profesora como personaje-puente no es ingenuo: la educación aparece como freno —tardío— a una cultura que erotiza la desigualdad y blanquea la compra de cuerpos. Si el argumento se sostiene, es en buena medida por la construcción de su protagonista titular. Ava no es sólo una víctima: es un enigma que la novela se empeña en no crucificar con etiquetas. Su “mirada luminosa” no borra las cicatrices —que están—, pero impide que el lector la reduzca al rol que el sistema le asignó. Cuando llama “mamita” a María, no es un mero recurso sentimental; es un gesto político que anuda filiaciones donde el mercado pretende cortar. Lozano cuida esa relación con delicadeza y evita la trampa del “salvacionismo” europeo: María no viene a rescatar a nadie, viene —si acaso— a hacerse cargo de su propia implicación. Hay, por supuesto, personajes ominosos. Los proxenetas que encarna la novela eluden el cliché del villano de cartón. Son calculadores, sí; crueles, también; pero sobre todo son pragmáticos. Su sistema de creencias cabe en una hoja de Excel. El retrato evita la fascinación criminal —esa estética que tantas veces glamuriza el mal— y los mantiene en su sitio: gestores de una industria que maximiza beneficios con mano de obra de usar y tirar. Precisamente por eso resultan convincentes; precisamente por eso dan miedo. En varios pasajes, la novela insinúa —sin martillo— el papel de ciertos cómplices “respetables”: empresarios que miran para otro lado, funcionarios que aceptan favores, vecinos que prefieren no escuchar golpes. Aquí Lozano saca partido de su experiencia como analista del fenómeno y señala cómo la trata no funciona sin redes locales que normalizan, absorben o rentabilizan. El lector reconoce el paisaje y, quizá, a alguno de sus habitantes. Esa incomodidad forma parte del proyecto estético de Ava. La escritura, directa y “cinematográfica”, ha sido señalada ya por notas editoriales y comunicados institucionales. Conviene matizar: sí, hay una prosa que busca la eficacia narrativa, pero también hay momentos de respiración lírica que sostienen la emoción sin acaramelar. Lozano no rehúye la belleza: la administra con tacañería consciente, como quien sabe que cierta música puede anestesiar aquello que la historia quiere mantener áspero. Cuando la belleza aparece, lo hace para afirmar vida, no para dulcificar el daño. Resulta significativo que Ava haya sido reconocida en 2025 dentro de un premio con sensibilidad hacia la proyección social y el diálogo mediterráneo. Más allá del brillo protocolario, ese espaldarazo funciona como clave de lectura: la novela entiende el Mediterráneo no sólo como geografía de tránsito —lo es— sino como espacio simbólico donde se negocian identidades, fronteras y silencios. En ese mar, recuerda el libro, naufragan también biografías antes de tocar agua. Uno de los aciertos principales es la manera en que Lozano integra las “plataformas” de la llamada prostitución 2.0 en el trasfondo del relato. No busca explicar su funcionamiento técnico ni sermonear sobre la cultura de la pantalla; lo que hace es mostrar cómo ese ecosistema digital reeduca la mirada y desdibuja la violencia. La novela sugiere que, en esa economía de la imagen, los cuerpos se vuelven contenido y el consentimiento, moneda inestable, se confunde con el rendimiento. Es una operación literaria arriesgada —traer a la ficción lo que solemos leer en informes— y, en general, sale bien: no atasca la lectura y deja preguntas resonando. ¿Tiene fisuras Ava? Alguna, sí. En ciertos tramos, la voluntad de abarcar el mapa entero —de Colombia a la costa levantina, de África a Europa— forcejea con la verosimilitud del azar narrativo. Hay coincidencias que funcionan como atajo y un par de subtramas que se resuelven con premura. También se percibe, aquí y allá, el residuo del reportaje: escenas que parecen querer testimoniar un hecho real antes que servir a la lógica íntima de los personajes. Son peajes menores para una primera novela que, por ambición y oficio, atraviesa sin problemas la frontera entre el dossier y la obra literaria. El libro se mueve con soltura entre dos temporalidades: la del acontecimiento y la de la memoria. Lozano parece saber que lo irreversible del trauma no admite relojes; al mismo tiempo, confía en la potencia de ciertos gestos —cuidar, nombrar, escuchar— para horadar el pasado. En esa tensión, Ava construye su ética. El final —del que conviene no dar detalles— no regala moralejas ni consuelos a la carta, pero tampoco se hunde en el nihilismo. Hay un grado de esperanza que no se confunde con la ingenuidad; la novela cree en vínculos que desafían la contabilidad del daño. Se agradece, asimismo, que la autora evite el “estilo ONG” —ese que reduce a las víctimas a material de campaña—. Aquí cada mujer tiene una biografía, una voz que no suena idéntica a las otras, unos miedos que no son decorado. Lozano escucha —se nota— y escribe desde esa escucha. Incluso cuando el relato acelera, se cuida de no convertir a sus personajes en peones de un discurso. A veces basta una frase o un gesto para situar a una mujer en su mundo: el olor de un champú, el recuerdo de un patio, el temor a una sirena. ¿Dónde situar Ava en el mapa de la literatura española reciente? No es un simple thriller social ni un informe dramatizado. Está más cerca de esa línea que, entre nosotros, han transitado autoras y autores que piensan el género como dispositivo crítico: la violencia no es sólo un hecho que se investiga, es un diagnóstico que compromete. Lozano añade a esa corriente una sensibilidad que viene del cine: su dominio del ritmo y su precisión visual la apartan de lo declamatorio, tan frecuente cuando la novela decide “denunciar”. Aquí lo político sucede en la escena, no en el atril. Si miramos más allá del libro, la publicación de Ava parece una consecuencia natural —y a la vez un salto— en la trayectoria de su autora. Las investigaciones previas, el trabajo de campo, la interpelación constante a los cimientos culturales que sostienen la explotación sexual —sí, también la pornografía aparentemente consentida, también el consumo que nos formatea sin que lo notemos— han ido disponiendo, pieza a pieza, un archivo de realidades que la ficción puede metabolizar de otro modo. En ese sentido, la novela no es un “giro” sino un ensanchamiento: otra herramienta para empujar una conversación que España lleva demasiado tiempo aplazando. Queda la pregunta que tal vez interesa más a quien no tenga a Lozano en su radar: ¿funciona Ava si el lector desconoce la trastienda? Sí. La novela se sostiene por sus propios medios, y su mejor carta es la capacidad de conmover sin chantaje emocional. El mundo que muestra se parece demasiado al nuestro como para atribuirle una función meramente “concienciadora”. Hay escenas que, por su potencia visual, reclaman adaptaciones; no sería extraño ver a Ava recorrer pantallas en un futuro cercano. Pero más allá de esa posibilidad, lo que queda es un tono: la voz de una narradora que se sabe deudora de muchas mujeres escuchadas y que asume el riesgo de hablar por ellas sin sustituirlas. La edición, cuidada y sin aspavientos, acompaña bien el proyecto. La prosa encuentra un hogar acorde con su linealidad y su voluntad de perdurar. No sorprendería que Ava siga sumando lectores más allá de la coyuntura del premio y de la conversación pública que —ojalá— desate. Al fin y al cabo, pocas cosas hay más urgentes que aprender a mirar de frente lo que preferimos mantener fuera de campo. En definitiva, Ava es una novela negra con conciencia —y, sobre todo, con mirada—. Su ambición de contar “verdades incómodas” no naufraga en la lección moral ni se hunde en el morbo. Mabel Lozano ha encontrado una forma narrativa que traduce su experiencia previa en una maquinaria de relato eficaz y humana. Con personajes que se encarnan y un mundo que se reconoce, el libro se instala en ese territorio raro donde lo literario y lo necesario se cruzan sin ahogarse. Y nos recuerda, con una contundencia serena, que la ficción, cuando se atreve a nombrar, también puede reparar. Posdata para quienes siguen los rastros de la actualidad cultural: el reconocimiento institucional de 2025 no es una anécdota; señala la voluntad, cada vez más nítida, de considerar la novela negra como herramienta crítica y no sólo como entretenimiento. Ava entra en esa conversación con autoridad, y lo hace desde un lugar poco frecuente: el de quien conoce de primera mano la materia inflamable que maneja. A partir de ahora, cuando discutamos sobre violencia, consentimiento, educación sexual y mercado, habrá que contar con la literatura. Y con esta novela. Por Violant Muñoz i Genovés
El mar como imperio: Kublai Kan y el giro oceánico de Asia según Jack Weatherford En El emperador de los mares, el historiador Jack Weatherford emprende una fascinante travesía intelectual que trasciende los límites del ensayo histórico convencional. Con una prosa clara y una mirada ambiciosa, el autor norteamericano nos sumerge en uno de los capítulos menos transitados pero cruciales de la historia mundial: el paso del poder terrestre al dominio marítimo en Asia bajo la égida de Kublai Kan, nieto de Gengis Kan y artífice de la dinastía Yuan. Lejos de repetir el viejo relato de los mongoles como hordas guerreras que cabalgaron desde las estepas hacia Europa, Weatherford reconstruye con detalle cómo ese mismo linaje transformó a China en una superpotencia naval y abrió la puerta a una primera forma de globalización. Este libro no solo enriquece el panorama historiográfico; lo expande. Es, en cierto modo, una respuesta ilustrada y reposada a los historiadores occidentales que han narrado la historia de los imperios desde el punto de vista europeo, minimizando o ignorando el papel de Asia como centro político, económico y cultural. Si en obras anteriores como Genghis Khan and the Making of the Modern World (2004), Weatherford ya había sorprendido al mundo anglosajón al presentar a los mongoles como organizadores sistemáticos del comercio y la diplomacia intercontinental, ahora eleva esa premisa a nuevas profundidades oceánicas. El nieto del conquistador, el arquitecto del imperio Kublai Kan, figura a menudo oscurecida por el aura mítica de su abuelo, es retratado aquí como un estratega moderno, hábil político y constructor cultural. Weatherford huye del cliché del déspota oriental y nos presenta a un gobernante que supo amalgamar la brutal eficacia de la tradición nómada con el refinamiento administrativo de la civilización china. El resultado no fue solo una conquista: fue una mutación. En este sentido, el título del libro es elocuente. El emperador de los mares no es un simple calificativo poético, sino una declaración de intenciones. Kublai no se conformó con dominar la vasta tierra firme del continente euroasiático; quiso también conquistar los mares, reorganizar las rutas del comercio marítimo, y proyectar el poder chino más allá del litoral. En sus años de gobierno se desarrollaron expediciones navales que apuntaban hacia Japón, Vietnam, Java y hasta las costas del Índico. Aunque muchas de ellas fracasaron en lo militar, su impacto económico, político y tecnológico fue duradero. La gran aportación de Weatherford es subrayar este giro naval como una verdadera revolución geopolítica que anticipó la era moderna. Antes de que las carabelas portuguesas bordearan África y los galeones españoles surcaran el Pacífico, la corte Yuan ya había comprendido que el futuro del poder global no residía solo en la tierra sino en el control del mar. Un relato de imperios: entre la estepa y la corte La estructura del libro alterna sabiamente entre crónica política, análisis cultural y narración aventurera. Weatherford demuestra una habilidad notable para combinar datos arqueológicos, fuentes chinas y mongolas, y crónicas extranjeras (incluido Marco Polo) sin perder la fluidez narrativa. Su estilo —didáctico sin ser condescendiente, apasionado pero no panfletario— logra hacer accesible un periodo complejo sin simplificarlo. El lector asiste así a la transformación de la corte Yuan en una plataforma multicultural donde convivían mongoles, chinos han, tibetanos, musulmanes de Asia Central e incluso europeos. Weatherford destaca cómo este imperio no impuso una única visión del mundo, sino que favoreció la circulación de saberes, mercancías y tecnologías: desde la imprenta al papel moneda, pasando por la cartografía avanzada, los astrolabios árabes o las rutas de la seda reconvertidas en arterias comerciales marítimas. Un acierto del autor es insistir en que esta apertura no fue meramente económica. Fue también una cosmovisión: Kublai entendía que el imperio debía sostenerse sobre el conocimiento, la administración racional y el entendimiento entre pueblos. En esto, su gobierno anticipó elementos que hoy consideraríamos propios de un Estado moderno. La sombra de los fracasos Ahora bien, El emperador de los mares no idealiza a Kublai. Weatherford no rehúye los episodios oscuros ni las contradicciones. Las campañas militares hacia Japón, por ejemplo, resultaron desastrosas y costosas. La famosa “armada de los 4000 barcos” que naufragó en las costas niponas debido a un tifón —el célebre kamikaze o “viento divino”— es relatada aquí con sobriedad y atención al detalle logístico. Lejos de convertir el fracaso en épica, el autor lo analiza como un momento clave de inflexión: la conciencia de que el dominio del mar no podía sostenerse solo por la fuerza. Otro tema clave es la creciente burocratización del imperio Yuan, que en sus últimos años comenzó a alejarse del dinamismo inicial y cayó presa de la corrupción, las luchas internas y el resentimiento étnico. El imperio mongol-chino no fue eterno. Pero su legado —según Weatherford— perdura en la manera en que entendemos hoy el poder marítimo, la geopolítica y el comercio internacional. Una advertencia para el presente El libro, aunque centrado en el siglo XIII, tiene ecos muy contemporáneos. La ambición oceánica de Kublai resuena hoy en la llamada “Nueva Ruta de la Seda” china, en el auge de la marina del Ejército Popular de Liberación, y en la disputa estratégica por el mar de China Meridional. Weatherford no lo dice de forma explícita, pero el lector atento percibe que hay una línea invisible que une a aquel emperador que miró hacia el mar con el actual proyecto de hegemonía global de Pekín. En ese sentido, El emperador de los mares es más que una biografía o un estudio de época: es una reflexión sobre el ciclo histórico del poder, sobre cómo los imperios se construyen, se adaptan y se proyectan más allá de sus fronteras geográficas. Valor historiográfico y estilo literario Desde un punto de vista académico, el libro no aporta necesariamente descubrimientos inéditos, pero sí una síntesis novedosa y vigorosa de materiales dispersos. Lo que lo distingue es la capacidad narrativa de Weatherford, su habilidad para construir escenas memorables, retratar personajes secundarios con viveza (como los almirantes de las flotas Yuan o los sabios musulmanes de la corte) y trazar conexiones entre hechos que a menudo se estudian por separado. En su estilo se nota la influencia de la gran tradición del ensayo anglosajón: riguroso pero narrativo, erudito pero con alma de cronista. No faltan momentos casi novelescos, pero siempre al servicio de una tesis clara: que la historia de Asia y del mundo no se entiende sin mirar al mar, y sin reconocer el papel de figuras como Kublai Kan, cuya ambición no conocía orillas. Una lectura necesaria El emperador de los mares es una obra necesaria, no solo para quienes se interesan por la historia de China, los mongoles o las rutas comerciales, sino para todos los lectores que quieran comprender el origen de ciertos equilibrios (y desequilibrios) del mundo actual. En tiempos de tensiones geopolíticas, resurgimientos imperiales y pugnas por el control del espacio marítimo, este libro nos recuerda que la historia, como el mar, tiene mareas largas, y que los mapas del poder siempre están en movimiento. Weatherford ha escrito un libro importante. Pero, sobre todo, ha contado una historia olvidada que ahora regresa con fuerza. Leerla es no solo un placer intelectual, sino una invitación a mirar el presente con la profundidad del pasado. |
Violant Muñoz i Genovés
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November 2025
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