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<channel><title><![CDATA[Peregrinos y sus letras - Violant Mu&ntilde;oz i Genov&eacute;s]]></title><link><![CDATA[https://www.peregrinosysusletras.net/violant-muntildeoz-i-genoveacutes]]></link><description><![CDATA[Violant Mu&ntilde;oz i Genov&eacute;s]]></description><pubDate>Wed, 07 Oct 2026 18:51:40 -0700</pubDate><generator>Weebly</generator><item><title><![CDATA[El negocio estaba a la vista: Mabel Lozano regresa al infierno de "El proxeneta"]]></title><link><![CDATA[https://www.peregrinosysusletras.net/violant-muntildeoz-i-genoveacutes/el-negocio-estaba-a-la-vista-mabel-lozano-regresa-al-infierno-de-el-proxeneta]]></link><comments><![CDATA[https://www.peregrinosysusletras.net/violant-muntildeoz-i-genoveacutes/el-negocio-estaba-a-la-vista-mabel-lozano-regresa-al-infierno-de-el-proxeneta#comments]]></comments><pubDate>Wed, 09 Sep 2026 18:56:41 GMT</pubDate><category><![CDATA[Uncategorized]]></category><guid isPermaLink="false">https://www.peregrinosysusletras.net/violant-muntildeoz-i-genoveacutes/el-negocio-estaba-a-la-vista-mabel-lozano-regresa-al-infierno-de-el-proxeneta</guid><description><![CDATA[       Por Violant Mu&ntilde;oz i Genov&eacute;sHay libros cuya vigencia se mide por su capacidad para resistir el paso del tiempo y otros cuya reaparici&oacute;n resulta inquietante precisamente porque obliga a preguntarse por qu&eacute; aquello que denunciaron contin&uacute;a necesitando ser explicado. Casi una d&eacute;cada despu&eacute;s de su publicaci&oacute;n original, El proxeneta, de Mabel Lozano, vuelve a las librer&iacute;as en una edici&oacute;n especial de Alrev&eacute;s Editorial c [...] ]]></description><content:encoded><![CDATA[<div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0;margin-right:0;text-align:center"> <a> <img src="https://www.peregrinosysusletras.net/uploads/7/8/6/9/78697460/unnamed-65_orig.jpg" alt="Picture" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%"></div> </div></div>  <div class="paragraph"><strong><font color="#2a2a2a">Por Violant Mu&ntilde;oz i Genov&eacute;s</font></strong><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Hay libros cuya vigencia se mide por su capacidad para resistir el paso del tiempo y otros cuya reaparici&oacute;n resulta inquietante precisamente porque obliga a preguntarse por qu&eacute; aquello que denunciaron contin&uacute;a necesitando ser explicado. Casi una d&eacute;cada despu&eacute;s de su publicaci&oacute;n original, </span><em><span style="color:rgb(0, 0, 0)">El proxeneta</span></em><span style="color:rgb(0, 0, 0)">, de Mabel Lozano, vuelve a las librer&iacute;as en una edici&oacute;n especial de Alrev&eacute;s Editorial coincidiendo con la inminente llegada a Movistar Plus+ de </span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">El castillo</span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">, la serie inspirada en aquella investigaci&oacute;n, y lo hace conservando una cualidad que ya resultaba perturbadora cuando apareci&oacute;: la capacidad de demostrar que detr&aacute;s de determinadas palabras &mdash;prostituci&oacute;n, trata, explotaci&oacute;n sexual&mdash; existe una maquinaria econ&oacute;mica perfectamente organizada cuyo funcionamiento durante a&ntilde;os pudo desarrollarse no en territorios clandestinos e inaccesibles, sino junto a carreteras por las que circul&aacute;bamos todos.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Lozano tom&oacute; una decisi&oacute;n narrativa inc&oacute;moda desde el principio, porque para explicar aquella maquinaria eligi&oacute; la voz de quien hab&iacute;a formado parte de ella. Miguel, conocido como &laquo;El M&uacute;sico&raquo;, comenz&oacute; trabajando como portero de un club cuando apenas ten&iacute;a diecisiete a&ntilde;os y acab&oacute; convertido en uno de los grandes empresarios del sexo de pago en Espa&ntilde;a, propietario junto a sus socios de una red de macroburdeles y participante en un sistema que capt&oacute; y explot&oacute; a m&aacute;s de 1.700 mujeres. Su testimonio constituye la columna vertebral de un libro que obtuvo en 2018 el Premio Rodolfo Walsh de la Semana Negra de Gij&oacute;n y cuya verdadera potencia no reside &uacute;nicamente en lo que cuenta, sino en el lugar desde el que decide contarlo.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Hasta entonces, buena parte del trabajo audiovisual de Lozano hab&iacute;a situado la mirada sobre las v&iacute;ctimas de trata. </span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">El proxeneta</span><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> cambia deliberadamente el objetivo y pregunta por el verdugo, por su mentalidad y, sobre todo, por la estructura que permite convertir la explotaci&oacute;n humana en negocio. El desplazamiento entra&ntilde;aba un riesgo evidente: conceder al criminal una centralidad narrativa puede acabar produciendo exactamente aquello que se pretend&iacute;a denunciar, especialmente en una cultura audiovisual fascinada por narcotraficantes, mafiosos y asesinos transformados en protagonistas carism&aacute;ticos. Lozano evita en buena medida esa trampa porque no est&aacute; interesada en construir la leyenda de Miguel, sino en utilizar su confesi&oacute;n como una llave capaz de abrir las puertas de una industria.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Y lo que aparece detr&aacute;s de esas puertas resulta m&aacute;s inquietante que cualquier retrato individual del mal. </span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">El proxeneta</span><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> explica c&oacute;mo la prostituci&oacute;n espa&ntilde;ola experiment&oacute; una transformaci&oacute;n decisiva durante los a&ntilde;os noventa, cuando determinados clubes dejaron de limitarse a recibir mujeres proporcionadas por terceros y comenzaron a participar en estructuras internacionales de captaci&oacute;n. Colombia, Brasil, Venezuela, Paraguay o Ruman&iacute;a aparecen entonces integradas en una geograf&iacute;a comercial en la que seres humanos pod&iacute;an ser reclutados mediante enga&ntilde;os, desplazados de un pa&iacute;s a otro y sometidos posteriormente a deudas que convert&iacute;an la posibilidad de escapar en una ficci&oacute;n.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">El vocabulario empresarial resulta particularmente escalofriante porque permite comprender una de las ideas fundamentales del libro: para que la explotaci&oacute;n alcance determinadas dimensiones necesita dejar de parecer excepcional y adquirir procedimientos de empresa. Hay captaci&oacute;n, transporte, financiaci&oacute;n, alojamiento, rotaci&oacute;n, intermediarios, testaferros, blanqueo y clientes; existen costes, beneficios y mecanismos destinados a mantener disponible una mercanc&iacute;a que, en este caso, tiene cuerpo, miedo, familia y nombre. Miguel y sus socios llegaron a controlar doce macroburdeles y por sus redes pasaron m&aacute;s de 1.700 mujeres, una cifra cuya enormidad corre el riesgo de anestesiar hasta que comprendemos que detr&aacute;s de cada unidad estad&iacute;stica existi&oacute; una biograf&iacute;a individual atrapada dentro del sistema.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La gran virtud del trabajo de Lozano consiste en no necesitar adornar esa realidad. Su escritura es directa y posee algo de declaraci&oacute;n prolongada, de conversaci&oacute;n reconstruida y de expediente criminal convertido en relato. La autora sabe que el material que maneja es suficientemente brutal como para no requerir exhibicionismo, y esa contenci&oacute;n evita en buena medida lo que ella misma ha denominado la &laquo;pornograf&iacute;a del sufrimiento&raquo;. No hace falta describir minuciosamente una agresi&oacute;n para comprender la violencia de un mecanismo que captura a una mujer, la traslada miles de kil&oacute;metros, le comunica que ha contra&iacute;do una deuda y convierte despu&eacute;s su cuerpo en instrumento para amortizarla.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Hay adem&aacute;s algo especialmente inc&oacute;modo en la naturalidad con la que Miguel reconstruye determinados episodios. El monstruo tranquiliza cuando podemos imaginarlo como una anomal&iacute;a absoluta, alguien situado fuera de nuestras categor&iacute;as morales y sociales, porque semejante distancia permite pensar que nada nos une a &eacute;l. </span><em><span style="color:rgb(0, 0, 0)">El proxeneta</span></em><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> elimina ese consuelo. Lo verdaderamente perturbador no es encontrarse con un villano cinematogr&aacute;fico, sino con un hombre capaz de entender la explotaci&oacute;n mediante categor&iacute;as ordinarias de negocio y de reconocerse durante a&ntilde;os como un empresario de &eacute;xito. La frase que sintetiza la l&oacute;gica del libro &mdash;&laquo;Nadie decide un d&iacute;a ser puta; simplemente te dan caza personas como yo&raquo;&mdash; contiene precisamente esa inversi&oacute;n: obliga a dejar de preguntar exclusivamente por qu&eacute; una mujer termin&oacute; prostituy&eacute;ndose para empezar a preguntar qui&eacute;n obtuvo beneficios construyendo las circunstancias que la llevaron hasta all&iacute;.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Ese cambio de interrogante afecta tambi&eacute;n al cliente, una presencia que con frecuencia permanece extra&ntilde;amente fuera de campo cuando se habla de prostituci&oacute;n. Ninguna industria puede comprenderse atendiendo &uacute;nicamente a la oferta, y ning&uacute;n negocio multimillonario existir&iacute;a sin demanda. Lozano obliga as&iacute; a ampliar el c&iacute;rculo de responsabilidad y a observar no solamente al proxeneta que organiza la explotaci&oacute;n, sino el ecosistema social que la hace econ&oacute;micamente posible, la normalizaci&oacute;n del consumo sexual y esa c&oacute;moda ficci&oacute;n seg&uacute;n la cual todo lo que sucede dentro de un club pertenece exclusivamente a la esfera privada de dos adultos.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Pero </span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">El proxeneta</span><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> va todav&iacute;a m&aacute;s lejos porque su radiograf&iacute;a introduce alrededor del negocio una constelaci&oacute;n de profesionales, intermediarios e instituciones. Aparecen mecanismos financieros utilizados para lavar dinero, asesoramientos, sociedades, testaferros y diferentes grados de tolerancia o complicidad que permiten comprender por qu&eacute; determinadas organizaciones pudieron prosperar durante tanto tiempo. El crimen organizado raramente sobrevive gracias al delincuente aislado; necesita zonas grises, personas dispuestas a mirar hacia otro lado y estructuras legales que puedan utilizarse para proporcionar apariencia de normalidad al dinero procedente de actividades criminales.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Esa dimensi&oacute;n convierte el libro en algo m&aacute;s interesante que unas memorias criminales. El verdadero personaje de </span><em><span style="color:rgb(0, 0, 0)">El proxeneta</span></em><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> no es Miguel, sino el sistema que Miguel describe. Su biograf&iacute;a proporciona el hilo conductor, pero aquello que permanece despu&eacute;s de la lectura es el mapa de un negocio que evoluciona, se internacionaliza y aprende a utilizar las herramientas de la econom&iacute;a legal. Por eso el libro conserva su capacidad de incomodar tantos a&ntilde;os despu&eacute;s de su aparici&oacute;n y por eso tiene sentido recuperarlo ahora, cuando una adaptaci&oacute;n televisiva amenaza inevitablemente con desplazar la atenci&oacute;n desde la investigaci&oacute;n original hacia sus personajes de ficci&oacute;n.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La nueva vida de la obra resulta, en este sentido, particularmente significativa. Desde el 1 de septiembre, Audible ofrece una versi&oacute;n &iacute;ntegra de doce horas y treinta y cuatro minutos narrada por Jos&eacute; Coronado y por la propia Mabel Lozano, una combinaci&oacute;n especialmente adecuada para un texto cuya fuerza siempre estuvo vinculada a la oralidad del testimonio. La voz grave de Coronado puede proporcionar al relato una dimensi&oacute;n dram&aacute;tica poderosa, mientras la presencia de Lozano recuerda que detr&aacute;s de cuanto escuchamos existe una investigaci&oacute;n y una autora que lleva m&aacute;s de dos d&eacute;cadas utilizando el audiovisual y la escritura para denunciar la trata y la explotaci&oacute;n sexual.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">El siguiente movimiento llegar&aacute; el 8 de octubre con </span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">El castillo</span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">, producci&oacute;n original de Movistar Plus+ realizada junto a Caballo Films y Mafalda Entertainment, que antes habr&aacute; pasado por la Secci&oacute;n Oficial del Festival de San Sebasti&aacute;n. Isabel Pe&ntilde;a y Eduardo Villanueva han construido a partir del libro un policiaco de seis episodios dirigido por Elena Mart&iacute;n Gimeno y Sandra Romero, con Ra&uacute;l Ar&eacute;valo, Valentina Vidal, Omar Ayuso y Laia Marull encabezando un reparto que abordar&aacute; el fen&oacute;meno desde tres espacios diferentes: los empresarios de los clubes, las mujeres captadas y los polic&iacute;as que comienzan a comprender la transformaci&oacute;n que est&aacute; experimentando el negocio.</span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La estructura resulta prometedora precisamente porque puede corregir el principal peligro inherente a cualquier adaptaci&oacute;n de </span><em><span style="color:rgb(0, 0, 0)">El proxeneta</span></em><span style="color:rgb(0, 0, 0)">: que la fascinaci&oacute;n dram&aacute;tica por los delincuentes termine devorando a sus v&iacute;ctimas. La televisi&oacute;n reciente conoce demasiado bien ese fen&oacute;meno; basta un actor carism&aacute;tico, una buena fotograf&iacute;a y cierta &eacute;pica criminal para que el victimario termine convertido en icono. Lozano, vinculada al desarrollo del proyecto, ha insistido en que no quer&iacute;a que los proxenetas se transformaran en &iacute;dolos, una advertencia que resume perfectamente la responsabilidad de trasladar este material a la ficci&oacute;n.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Que </span><em><span style="color:rgb(0, 0, 0)">El proxeneta</span></em><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> vuelva ahora a las librer&iacute;as permite precisamente regresar al punto anterior a esa transformaci&oacute;n. Antes de Suizo y Claudia, antes de los actores, los decorados y la dramaturgia televisiva, estuvieron Miguel y aquellas m&aacute;s de 1.700 mujeres convertidas en mercanc&iacute;a por una organizaci&oacute;n que entendi&oacute; que el cuerpo femenino pod&iacute;a administrarse como cualquier otro activo comercial. Y estuvieron tambi&eacute;n las sentencias, las investigaciones policiales y las pruebas que proporcionaron a Lozano una base documental con la que evitar que el relato dependiera exclusivamente de la memoria interesada de un criminal.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Mabel Lozano ha construido buena parte de su trayectoria posterior alrededor de esa decisi&oacute;n de mirar all&iacute; donde resulta m&aacute;s f&aacute;cil apartar los ojos. Su cine sobre la trata, la explotaci&oacute;n sexual y la violencia contra las mujeres alcanz&oacute; uno de sus mayores reconocimientos con el Goya por </span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Biograf&iacute;a del cad&aacute;ver de una mujer</span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">, pero </span><em><span style="color:rgb(0, 0, 0)">El proxeneta</span></em><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> ocupa un lugar particular dentro de esa trayectoria porque se atrevi&oacute; a entrar en la l&oacute;gica econ&oacute;mica y mental del victimario para desmontarla desde dentro.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Quiz&aacute; por eso esta reedici&oacute;n no transmite la sensaci&oacute;n de estar recuperando simplemente un &eacute;xito del pasado aprovechando una adaptaci&oacute;n televisiva. La llegada simult&aacute;nea del libro, el audiolibro y </span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">El castillo</span><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> configura tres maneras distintas de aproximarse a la misma realidad, pero es el texto original el que conserva la posici&oacute;n m&aacute;s inc&oacute;moda porque no dispone de la distancia protectora de la ficci&oacute;n. Podemos cerrar una novela policiaca record&aacute;ndonos que sus muertos nunca existieron; podemos terminar una serie y admirar la interpretaci&oacute;n de quien encarn&oacute; al villano. </span><em><span style="color:rgb(0, 0, 0)">El proxeneta</span></em><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> niega esas salidas. Las mujeres existieron, el negocio existi&oacute; y las sentencias existieron.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Casi una d&eacute;cada despu&eacute;s, &eacute;sa contin&uacute;a siendo su mayor fuerza. No pretende permitirnos observar tranquilamente un mundo criminal situado en los m&aacute;rgenes, sino recordarnos que aquel mundo funcionaba bajo luces de ne&oacute;n junto a nuestras carreteras, anunciado en vallas publicitarias, integrado en una econom&iacute;a cotidiana y sostenido por clientes que regresaban despu&eacute;s a sus casas. El horror que revela Mabel Lozano nunca estuvo escondido del todo. Lo verdaderamente perturbador es comprender que, durante demasiado tiempo, aprendimos a pasar por delante sin verlo.</span></span><br /><br />&#8203;</div>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[El crimen estaba en la lista: cuando leer significa convertirse en detective]]></title><link><![CDATA[https://www.peregrinosysusletras.net/violant-muntildeoz-i-genoveacutes/el-crimen-estaba-en-la-lista-cuando-leer-significa-convertirse-en-detective]]></link><comments><![CDATA[https://www.peregrinosysusletras.net/violant-muntildeoz-i-genoveacutes/el-crimen-estaba-en-la-lista-cuando-leer-significa-convertirse-en-detective#comments]]></comments><pubDate>Wed, 02 Sep 2026 19:48:34 GMT</pubDate><category><![CDATA[Uncategorized]]></category><guid isPermaLink="false">https://www.peregrinosysusletras.net/violant-muntildeoz-i-genoveacutes/el-crimen-estaba-en-la-lista-cuando-leer-significa-convertirse-en-detective</guid><description><![CDATA[       Por Violant Mu&ntilde;oz i Genov&eacute;sHay libros que comienzan cuando abrimos la primera p&aacute;gina y otros que, de una manera bastante m&aacute;s inquietante, parecen estar esper&aacute;ndonos desde antes, como si nuestra llegada formara parte del mecanismo que los mantiene en funcionamiento. El asesino no es Alice, publicado en Espa&ntilde;a por Temas de Hoy, pertenece decididamente a esta segunda categor&iacute;a, porque no pretende que contemplemos un crimen desde la confortable [...] ]]></description><content:encoded><![CDATA[<div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0;margin-right:0;text-align:center"> <a> <img src="https://www.peregrinosysusletras.net/uploads/7/8/6/9/78697460/2000px-el-asesino-no-es-alice_orig.jpg" alt="Picture" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%"></div> </div></div>  <div class="paragraph"><strong><font color="#2a2a2a">Por Violant Mu&ntilde;oz i Genov&eacute;s</font></strong><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Hay libros que comienzan cuando abrimos la primera p&aacute;gina y otros que, de una manera bastante m&aacute;s inquietante, parecen estar esper&aacute;ndonos desde antes, como si nuestra llegada formara parte del mecanismo que los mantiene en funcionamiento. </span><em><span style="color:rgb(0, 0, 0)">El asesino no es Alice</span></em><span style="color:rgb(0, 0, 0)">, publicado en Espa&ntilde;a por Temas de Hoy, pertenece decididamente a esta segunda categor&iacute;a, porque no pretende que contemplemos un crimen desde la confortable distancia del lector de novela policiaca, sino que nos coloca delante de una monta&ntilde;a de nombres, nos entrega dieciocho pistas, nos informa de que entre 46.600 posibles sospechosos se encuentra un asesino y, acto seguido, nos abandona ante el problema con una mezcla de crueldad y confianza que resulta dif&iacute;cil de resistir. No hay un Poirot dispuesto a ordenar las evidencias en el sal&oacute;n, ni un Holmes que haya observado aquello que nosotros no supimos ver, ni siquiera un narrador que nos conduzca discretamente hacia la soluci&oacute;n; aqu&iacute; la inteligencia que debe funcionar es la nuestra y el fracaso, si llega, tampoco puede atribuirse a nadie m&aacute;s.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La premisa creada por Iris Starling parece enga&ntilde;osamente sencilla. Alice ha desaparecido y en su apartamento la polic&iacute;a ha encontrado un cad&aacute;ver, una nota enigm&aacute;tica y una carpeta llena de nombres. Las circunstancias la convierten en sospechosa, pero ella sostiene que no ha cometido el crimen y deja en manos del lector dieciocho pistas capaces, al menos en teor&iacute;a, de demostrarlo. A partir de ese momento comienza una investigaci&oacute;n que consiste en descartar, relacionar, comprobar, regresar sobre nuestros pasos y reducir progresivamente una multitud casi absurda de 46.600 sospechosos hasta encontrar el &uacute;nico nombre que satisface todas las condiciones. La historia, por tanto, no avanza porque alguien nos la cuente, sino porque nosotros conseguimos desmontarla.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Esta inversi&oacute;n aparentemente sencilla contiene buena parte del atractivo de un libro que se sit&uacute;a en la frontera entre la literatura de misterio, el pasatiempo l&oacute;gico, la </span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">escape room</span><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> dom&eacute;stica y el juego de investigaci&oacute;n. </span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">El asesino no es Alice</span><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> no es exactamente una novela, aunque utiliza la ficci&oacute;n criminal como combustible; tampoco es una colecci&oacute;n convencional de acertijos, porque todos ellos est&aacute;n subordinados a una &uacute;nica investigaci&oacute;n; ni puede reducirse a un juego de mesa trasladado al papel, puesto que aprovecha precisamente la materialidad del libro, la posibilidad de avanzar, retroceder, consultar, comparar y convertir las p&aacute;ginas en territorio de pesquisa.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Su aparici&oacute;n se produce, adem&aacute;s, en un momento especialmente favorable para esta clase de experimentos. El extraordinario &eacute;xito de fen&oacute;menos como </span><em><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Murdle</span></em><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> y </span><em><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Murdoku</span></em><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> ha demostrado que existe un p&uacute;blico dispuesto a recuperar el l&aacute;piz, el papel y la l&oacute;gica como formas de entretenimiento capaces de competir con la pantalla. Despu&eacute;s de a&ntilde;os escuchando que nuestra capacidad de atenci&oacute;n se encontraba condenada por el desplazamiento infinito del tel&eacute;fono m&oacute;vil, resulta significativo que una parte de la industria editorial haya descubierto un mercado precisamente en la operaci&oacute;n contraria: libros que exigen concentraci&oacute;n, paciencia, memoria y una participaci&oacute;n que no puede resolverse deslizando un dedo durante unos segundos.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Iris Starling, seud&oacute;nimo tras el que se encuentra el matrimonio brit&aacute;nico formado por Liz Blackwell y Kevin Fray, parece comprender especialmente bien esta transformaci&oacute;n. Ella, antigua profesora convertida posteriormente en psic&oacute;loga y especialista en marketing; &eacute;l, dise&ntilde;ador y desarrollador web, compart&iacute;an la afici&oacute;n por los rompecabezas, las </span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">escape rooms</span><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> y los juegos de mesa cuando concibieron un artefacto que acabar&iacute;a convirti&eacute;ndose en un inesperado fen&oacute;meno editorial. Antes de incorporarse al circuito tradicional, </span><em><span style="color:rgb(0, 0, 0)">The Killer Isn&rsquo;t Alice</span></em><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> conoci&oacute; una vida autopublicada y lleg&oacute; a situarse entre los t&iacute;tulos m&aacute;s vendidos de Amazon, mientras los derechos de traducci&oacute;n comenzaban a venderse internacionalmente. Lo interesante del recorrido no es &uacute;nicamente su &eacute;xito comercial, sino lo que revela sobre una nueva relaci&oacute;n entre libro y juego: el lector ya no busca necesariamente una historia que consumir, sino una estructura dentro de la cual actuar.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La edici&oacute;n internacional revisada y ampliada ha reforzado precisamente esa condici&oacute;n de objeto l&uacute;dico, incorporando cambios gr&aacute;ficos, un nuevo culpable y material adicional, lo que confirma algo esencial para comprender la propuesta: estamos ante una experiencia reproducible como concepto, pero cuya satisfacci&oacute;n depende del desconocimiento de la soluci&oacute;n. En este sentido, </span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">El asesino no es Alice</span><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> comparte con las </span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">escape rooms</span><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> una paradoja comercial interesante, porque su mayor virtud consiste en proporcionar una experiencia intensa cuya primera resoluci&oacute;n nunca podr&aacute; repetirse exactamente.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La pregunta inevitable es si todo esto puede considerarse literatura. Probablemente sea una pregunta menos importante de lo que parece. Durante d&eacute;cadas hemos aceptado sin demasiados problemas novelas construidas mediante documentos ficticios, expedientes policiales, cartas, fotograf&iacute;as, recortes period&iacute;sticos o narradores contradictorios, y la ficci&oacute;n contempor&aacute;nea lleva mucho tiempo explorando los l&iacute;mites materiales del libro. Lo que hace Iris Starling es avanzar otro paso y desplazar parte de la responsabilidad narrativa hacia el lector. La historia existe, pero se encuentra descompuesta; el crimen existe, pero carecemos inicialmente de su arquitectura; el culpable est&aacute; delante de nosotros, aunque escondido dentro de una multitud. Leer equivale entonces a reconstruir.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Ese procedimiento conecta curiosamente con la esencia m&aacute;s antigua del relato detectivesco. Edgar Allan Poe comprendi&oacute; muy pronto que el placer del g&eacute;nero no depend&iacute;a &uacute;nicamente del crimen, sino de la competici&oacute;n intelectual entre autor y lector. Conan Doyle perfeccion&oacute; despu&eacute;s el mecanismo mediante Sherlock Holmes, mientras Agatha Christie convirti&oacute; la administraci&oacute;n de informaci&oacute;n en un arte casi matem&aacute;tico. El lector de misterio siempre ha querido adelantarse al detective, descubrir al asesino unas p&aacute;ginas antes, detectar la contradicci&oacute;n que los personajes todav&iacute;a ignoran. </span><em><span style="color:rgb(0, 0, 0)">El asesino no es Alice</span></em><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> elimina al intermediario. Ya no existe un detective profesional con quien competir porque hemos ocupado su lugar.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">De ah&iacute; procede tambi&eacute;n una de las virtudes m&aacute;s curiosas del libro: transforma la sospecha en una operaci&oacute;n f&iacute;sica. Los nombres dejan de ser personajes en sentido convencional para convertirse en posibilidades que deben ser examinadas y eliminadas. El bol&iacute;grafo adquiere entonces una importancia que rara vez posee en la lectura recreativa contempor&aacute;nea. Hay que marcar, tachar, revisar, regresar y mantener una cierta disciplina, porque un error aparentemente insignificante puede conservar a quien deber&iacute;a haber sido eliminado o, mucho peor, hacer desaparecer al aut&eacute;ntico culpable.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Esta fragilidad introduce una tensi&oacute;n peculiar. En una novela policiaca podemos distraernos durante algunas p&aacute;ginas y recuperar posteriormente el hilo argumental; aqu&iacute; la distracci&oacute;n tiene consecuencias. Las primeras opiniones de lectores coinciden precisamente en esa capacidad para absorber la atenci&oacute;n y en la sensaci&oacute;n de que el juego obliga a aislarse moment&aacute;neamente de cuanto sucede alrededor. No es una observaci&oacute;n menor, porque quiz&aacute; ah&iacute; resida una de las claves de su &eacute;xito: </span><span style="color:rgb(0, 0, 0)"><em>El asesino no es Alice</em>, </span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">ofrece concentraci&oacute;n en una &eacute;poca que ha convertido la concentraci&oacute;n en un lujo.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Las 216 p&aacute;ginas de la edici&oacute;n espa&ntilde;ola funcionan as&iacute; como un espacio de trabajo antes que como una secuencia narrativa tradicional. El lector aprende progresivamente a mirar de otra manera, a desconfiar de las coincidencias, a entender que cada dato posee una funci&oacute;n potencial y a resistir la tentaci&oacute;n de buscar soluciones intuitivas. La intuici&oacute;n, que tantos detectives literarios utilizan como forma elegante de ocultar la maquinaria del razonamiento, sirve aqu&iacute; de poco si no puede sostenerse mediante el proceso de eliminaci&oacute;n.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Y precisamente porque el mecanismo es tan importante, el libro corre tambi&eacute;n un riesgo evidente. Quien espere una novela negra convencional, personajes psicol&oacute;gicamente complejos, atm&oacute;sferas elaboradas o una investigaci&oacute;n desarrollada mediante di&aacute;logos y escenas puede sentirse desconcertado. Alice funciona fundamentalmente como detonante del dispositivo y el crimen como marco emocional que convierte un problema l&oacute;gico en una urgencia narrativa. No estamos ante una novela que haya incorporado acertijos, sino ante un gran acertijo que utiliza la gram&aacute;tica del </span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">thriller</span><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> para proporcionar sentido a nuestras operaciones.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La distinci&oacute;n resulta fundamental. El asesinato podr&iacute;a haber sido sustituido por la b&uacute;squeda de un tesoro, un espionaje industrial o una desaparici&oacute;n sin cad&aacute;ver, pero probablemente el resultado habr&iacute;a perdido intensidad. El crimen posee una eficacia cultural inmediata porque activa siglos de convenciones narrativas que todos reconocemos: hay una v&iacute;ctima, una acusada, un culpable oculto y una verdad que debe ser descubierta. Iris Starling utiliza esa estructura como una especie de interfaz emocional. No necesitamos cincuenta p&aacute;ginas para comprender qu&eacute; est&aacute; en juego porque conocemos las reglas del asesinato literario antes incluso de empezar.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">El t&iacute;tulo participa inteligentemente de esa econom&iacute;a narrativa. </span><em><span style="color:rgb(0, 0, 0)">El asesino no es Alice</span></em><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> contiene ya una afirmaci&oacute;n que debemos aceptar provisionalmente y una duda que tendremos que resolver. Alice no es simplemente un personaje ausente; se convierte en nuestra cliente, aunque nunca hayamos abierto un despacho de detectives. Su inocencia depende de nuestra competencia, de manera que el lector recibe una responsabilidad ficticia suficientemente poderosa para justificar horas de b&uacute;squeda entre miles de nombres.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Hay algo deliberadamente desmesurado en esos 46.600 sospechosos, una cifra que funciona tanto como reclamo editorial cuanto como declaraci&oacute;n est&eacute;tica. El misterio cl&aacute;sico suele reducir el universo de sospechosos: una mansi&oacute;n, una familia, los pasajeros de un tren, los habitantes de una isla. Iris Starling realiza exactamente el movimiento contrario y nos arroja inicialmente contra una multitud imposible. La satisfacci&oacute;n procede de domesticar ese caos, de comprobar c&oacute;mo una masa intimidatoria comienza a reducirse conforme las pistas introducen orden.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">En ese sentido, el libro posee una dimensi&oacute;n casi matem&aacute;tica que explica su capacidad adictiva. Cada eliminaci&oacute;n proporciona una peque&ntilde;a recompensa y cada pista resuelta reduce la incertidumbre. El progreso puede medirse visualmente, algo que la novela tradicional raramente permite, y esa percepci&oacute;n convierte el avance en est&iacute;mulo. Un d&iacute;a pueden desaparecer decenas de posibilidades y otro apenas unas pocas, pero la investigaci&oacute;n conserva la sensaci&oacute;n de estar acerc&aacute;ndonos inexorablemente a un punto final.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Resulta tentador relacionar esta mec&aacute;nica con el lenguaje de los videojuegos, donde la progresi&oacute;n necesita hacerse visible para mantener al jugador comprometido, aunque el m&eacute;rito de </span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">El asesino no es Alice</span><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> consiste precisamente en conseguirlo sin dispositivo electr&oacute;nico alguno. Todo ocurre dentro del libro y sobre el libro. La tecnolog&iacute;a necesaria es un bol&iacute;grafo. En plena cultura de aplicaciones, suscripciones y actualizaciones permanentes, semejante austeridad termina resultando sorprendentemente moderna.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Tambi&eacute;n explica que el fen&oacute;meno haya encontrado un p&uacute;blico transversal. Los aficionados al </span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">true crime</span><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> reconocen el placer de examinar evidencias; los jugadores de mesa encuentran una l&oacute;gica familiar; quienes frecuentan </span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">escape rooms</span><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> reconocen la satisfacci&oacute;n de descifrar reglas ocultas; los lectores de novela policiaca reciben la oportunidad de abandonar el papel de espectadores, mientras quienes disfrutan de sudokus y problemas deductivos encuentran una estructura narrativa que proporciona algo m&aacute;s de emoci&oacute;n que una cuadr&iacute;cula abstracta.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La obra participa as&iacute; de una tendencia editorial m&aacute;s amplia que est&aacute; borrando las fronteras entre lectura y juego. No significa que la novela tradicional est&eacute; perdiendo terreno, sino que el objeto libro est&aacute; recordando posibilidades que parec&iacute;an olvidadas. Durante mucho tiempo la innovaci&oacute;n editorial se identific&oacute; casi exclusivamente con la digitalizaci&oacute;n, como si el futuro de la lectura consistiera necesariamente en abandonar el papel. Productos como este sugieren justamente lo contrario: una de las formas m&aacute;s interesantes de innovaci&oacute;n puede consistir en explotar aquello que el papel hace mejor que una pantalla.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Existe incluso cierto placer clandestino en escribir sobre el ejemplar. Durante a&ntilde;os hemos aprendido a conservar los libros como objetos casi intocables, pero </span><em><span style="color:rgb(0, 0, 0)">El asesino no es Alice</span></em><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> invita a intervenirlo, convertirlo en documento policial y dejar constancia material de nuestra investigaci&oacute;n. Cuando termina, el volumen ya no es exactamente el mismo que compramos: contiene nuestros errores, decisiones, tachaduras y avances. Se ha transformado en registro de una experiencia.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Quiz&aacute; esa sea tambi&eacute;n la raz&oacute;n por la que resulta dif&iacute;cil juzgarlo mediante los criterios habituales de la cr&iacute;tica literaria. Preguntarse por la belleza de la prosa o la profundidad psicol&oacute;gica de sus personajes ser&iacute;a tan insuficiente como valorar un crucigrama atendiendo &uacute;nicamente a la elegancia de sus definiciones. Aqu&iacute; importa la arquitectura, la limpieza de las reglas, la capacidad del dispositivo para generar incertidumbre y la satisfacci&oacute;n derivada de resolverla.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Eso no significa que el componente narrativo carezca de importancia. Sin Alice, sin cad&aacute;ver y sin acusaci&oacute;n, estar&iacute;amos simplemente ante un ejercicio l&oacute;gico gigantesco. La ficci&oacute;n proporciona temperatura humana al sistema, convierte los datos en indicios y transforma una operaci&oacute;n combinatoria en investigaci&oacute;n criminal. La narraci&oacute;n es deliberadamente funcional porque necesita dejar espacio al jugador, pero esa funcionalidad constituye precisamente parte de su inteligencia.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Tambi&eacute;n conviene reconocer que no ser&aacute; un libro para todo el mundo. El lector que necesite personajes con los que convivir durante semanas o una prosa capaz de sostenerse independientemente de la intriga encontrar&aacute; propuestas mucho m&aacute;s satisfactorias en cualquier buena novela criminal. Tampoco funcionar&aacute; del mismo modo para quien considere los acertijos una obligaci&oacute;n escolar disfrazada de entretenimiento. La experiencia exige aceptar el pacto l&uacute;dico y comprender que aqu&iacute; leer significa trabajar.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Para quienes acepten ese pacto, sin embargo, el resultado puede convertirse en una forma extraordinariamente absorbente de ocio. Hay algo profundamente satisfactorio en enfrentarse a una multitud de posibilidades y comprobar que la raz&oacute;n consigue reducirlas. El crimen proporciona suspense, pero el verdadero protagonista termina siendo nuestro propio pensamiento.<br /></span></span><br /><span><em><span style="color:rgb(0, 0, 0)">El asesino no es Alice</span></em><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> llega as&iacute; a la temporada editorial 2026-2027 como una rareza perfectamente sincronizada con su &eacute;poca, un libro que responde al cansancio digital sin adoptar ning&uacute;n discurso nost&aacute;lgico contra la tecnolog&iacute;a y que recupera el placer de concentrarse mediante un dispositivo sorprendentemente elemental. Su &eacute;xito internacional previo y la expansi&oacute;n del concepto sugieren que no estamos solamente ante una ocurrencia aislada, sino ante una modalidad de entretenimiento editorial con posibilidades de crecimiento.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Tal vez dentro de algunos a&ntilde;os recordemos estos t&iacute;tulos como una moda vinculada a la fiebre de los juegos de l&oacute;gica, del mismo modo que otras temporadas editoriales quedaron marcadas por determinadas tendencias. O quiz&aacute; estemos contemplando la consolidaci&oacute;n de una nueva familia de libros situada entre la novela, el rompecabezas y el juego de investigaci&oacute;n. En cualquiera de los dos casos, Iris Starling ha comprendido algo que muchos relatos policiacos olvidan: descubrir al asesino siempre ha sido &uacute;nicamente la mitad del placer; la otra mitad consiste en poder decir que llegamos hasta &eacute;l sin ayuda.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Cuando finalmente la multitud de 46.600 nombres comienza a desvanecerse y queda frente a nosotros la posibilidad de un &uacute;nico culpable, comprendemos que Alice nunca fue el verdadero centro de la historia. Tampoco lo era el cad&aacute;ver. Ni siquiera el asesino. El centro estaba al otro lado de la p&aacute;gina, sosteniendo un bol&iacute;grafo, cometiendo errores, regresando a una pista anterior y aprendiendo poco a poco a desconfiar de cada nombre. Durante unas horas hemos dejado de leer una investigaci&oacute;n para habitarla, y en una industria que publica cada a&ntilde;o innumerables cr&iacute;menes destinados a ser contemplados desde el sof&aacute;, conseguir que el lector vuelva a sentirse responsable de resolver uno no es precisamente un delito menor.</span></span><br /><br /></div>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA["Lluvia de frailes en la selva": evangelizar el infierno]]></title><link><![CDATA[https://www.peregrinosysusletras.net/violant-muntildeoz-i-genoveacutes/lluvia-de-frailes-en-la-selva-evangelizar-el-infierno]]></link><comments><![CDATA[https://www.peregrinosysusletras.net/violant-muntildeoz-i-genoveacutes/lluvia-de-frailes-en-la-selva-evangelizar-el-infierno#comments]]></comments><pubDate>Wed, 26 Aug 2026 17:48:00 GMT</pubDate><category><![CDATA[Uncategorized]]></category><guid isPermaLink="false">https://www.peregrinosysusletras.net/violant-muntildeoz-i-genoveacutes/lluvia-de-frailes-en-la-selva-evangelizar-el-infierno</guid><description><![CDATA[       Por Violant Mu&ntilde;oz i Genov&eacute;sEvelio Rosero convierte una misi&oacute;n religiosa en el coraz&oacute;n de la selva en una f&aacute;bula feroz sobre la conquista interminable de Am&eacute;rica Latina. Frailes, monjas, militares, ind&iacute;genas, petr&oacute;leo, misticismo, deseo y codicia confluyen en una novela deliberadamente excesiva en la que la comicidad grotesca termina desembocando en la barbarie, mientras la naturaleza contempla c&oacute;mo los hombres vuelven a repres [...] ]]></description><content:encoded><![CDATA[<div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0;margin-right:0;text-align:center"> <a> <img src="https://www.peregrinosysusletras.net/uploads/7/8/6/9/78697460/unnamed-63_orig.jpg" alt="Picture" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%"></div> </div></div>  <div class="paragraph"><strong><font color="#2a2a2a">Por Violant Mu&ntilde;oz i Genov&eacute;s</font></strong><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Evelio Rosero convierte una misi&oacute;n religiosa en el coraz&oacute;n de la selva en una f&aacute;bula feroz sobre la conquista interminable de Am&eacute;rica Latina. Frailes, monjas, militares, ind&iacute;genas, petr&oacute;leo, misticismo, deseo y codicia confluyen en una novela deliberadamente excesiva en la que la comicidad grotesca termina desembocando en la barbarie, mientras la naturaleza contempla c&oacute;mo los hombres vuelven a representar, cinco siglos despu&eacute;s, una historia que nunca parece haber terminado.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La conquista de Am&eacute;rica termin&oacute; hace siglos, salvo por el peque&ntilde;o inconveniente de que nunca ha terminado del todo. Cambiaron los barcos por helic&oacute;pteros, las armaduras por uniformes militares, las encomiendas por concesiones empresariales y la obsesi&oacute;n por el oro adquiri&oacute; nombres m&aacute;s contempor&aacute;neos, desde el petr&oacute;leo hasta los minerales estrat&eacute;gicos, pero la convicci&oacute;n de que un territorio puede ser declarado disponible porque quienes lo habitan no responden a la idea de progreso de quienes llegan desde fuera ha demostrado una resistencia hist&oacute;rica extraordinaria. Sobre esa continuidad, mucho m&aacute;s inc&oacute;moda que cualquier conmemoraci&oacute;n del pasado, construye Evelio Rosero </span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Lluvia de frailes en la selva</span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">, una novela que se interna en la tradici&oacute;n literaria de la selva latinoamericana para deformarla mediante el humor negro, la s&aacute;tira pol&iacute;tica, el misticismo y una imaginaci&oacute;n desbordada que convierte una misi&oacute;n evangelizadora en representaci&oacute;n grotesca de cinco siglos de violencia.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La premisa posee ya la suficiente extravagancia como para anunciar el tono de la novela. Mardoqueo Van&iacute;n y otros doce frailes reciben la misi&oacute;n de internarse en el territorio de los indios Uao con el prop&oacute;sito de convertirlos en Hijos de Dios y evitar as&iacute; que sean exterminados por las fuerzas militares. Los acompa&ntilde;an cuatro gu&iacute;as y cuatro monjas novatas en esta clase de expediciones, componiendo una comitiva cuya fragilidad resulta casi c&oacute;mica frente a una selva que Rosero presenta como una presencia inmensa, palpitante e indiferente a las pretensiones de quienes llegan dispuestos a organizarla. Sobre la expedici&oacute;n gravitan, adem&aacute;s, los planes del general M&aacute;ximo Agr&iacute;cola, personaje cuyo nombre contiene ya algo de la grandilocuencia esperp&eacute;ntica que recorre el libro y alrededor del cual la misi&oacute;n espiritual comienza a mostrar las verdaderas dimensiones pol&iacute;ticas y econ&oacute;micas del proyecto que amenaza a los Uao.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">El planteamiento inicial contiene una contradicci&oacute;n moral de una eficacia formidable, porque los religiosos han acudido a salvar a una comunidad ind&iacute;gena, pero esa salvaci&oacute;n exige previamente que quienes deben ser salvados acepten dejar de ser exactamente quienes son. No basta con impedir que los maten: deber&aacute;n convertirse en Hijos de Dios para adquirir el derecho a permanecer vivos. La violencia, por tanto, comienza mucho antes de que aparezcan los fusiles, instalada en la propia gram&aacute;tica de una misi&oacute;n que considera leg&iacute;timo transformar cultural y espiritualmente al otro para protegerlo de una amenaza todav&iacute;a mayor. Rosero encuentra en esta paradoja uno de los motores de la novela y evita que la evangelizaci&oacute;n funcione &uacute;nicamente como decorado hist&oacute;rico, porque la convierte en una pregunta acerca de los mecanismos mediante los cuales el poder transforma una imposici&oacute;n en un supuesto acto de generosidad.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">El procedimiento conecta </span><em><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Lluvia de frailes en la selva</span></em><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> con una de las obsesiones fundamentales de la obra de Rosero, que ha encontrado en la distancia entre los discursos oficiales y la experiencia concreta de los individuos uno de sus territorios literarios m&aacute;s f&eacute;rtiles. En </span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Los ej&eacute;rcitos</span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">, la guerra colombiana perd&iacute;a cualquier ret&oacute;rica heroica cuando era contemplada desde quienes ten&iacute;an que padecerla sin comprender siquiera qu&eacute; bando controlaba moment&aacute;neamente su pueblo; en </span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La carroza de Bol&iacute;var</span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">, la solemnidad de la Historia nacional quedaba sometida a una operaci&oacute;n de desmontaje mediante la s&aacute;tira y la irreverencia. En esta nueva novela confluyen ambos impulsos, porque Rosero vuelve a interesarse por la violencia ejercida sobre quienes quedan atrapados entre poderes superiores y, simult&aacute;neamente, por los relatos que esos poderes fabrican para legitimar sus acciones.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">No es casual que sobre esta expedici&oacute;n contempor&aacute;nea planee la memoria de 1492, porque la novela trabaja la conquista como una especie de palimpsesto donde debajo de cada gesto moderno puede adivinarse otro mucho m&aacute;s antiguo. La Historia no se repite exactamente, pero posee una inquietante capacidad para conservar sus estructuras mientras modifica sus apariencias, y Rosero aprovecha esa persistencia para construir una s&aacute;tira en la que el conquistador no necesita ya declararse conquistador. Puede presentarse como evangelizador, militar, empresario o agente del progreso, siempre que conserve la prerrogativa fundamental que define cualquier empresa colonial: decidir qu&eacute; debe hacerse con una tierra y con las personas que la habitan sin considerar que esas personas posean el mismo derecho a decidir.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La selva constituye el espacio ideal para desarrollar esa tensi&oacute;n porque Rosero se incorpora conscientemente a una de las tradiciones m&aacute;s poderosas de la literatura latinoamericana, aunque evita limitarse a reproducir sus convenciones. Desde </span><em><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La vor&aacute;gine</span></em><span style="color:rgb(0, 0, 0)">, de Jos&eacute; Eustasio Rivera, la selva ha funcionado como escenario donde la presunta superioridad de la civilizaci&oacute;n empieza a descomponerse y donde el individuo procedente del mundo urbano descubre la precariedad de las categor&iacute;as con las que pretend&iacute;a ordenar la realidad. Rosero recoge parte de esa herencia, pero introduce una inversi&oacute;n particularmente significativa: aqu&iacute; la selva no representa la barbarie que amenaza al hombre civilizado, sino el territorio sobre el que la civilizaci&oacute;n proyecta su propia barbarie.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Esa inversi&oacute;n constituye una de las ideas m&aacute;s fecundas de </span><em><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Lluvia de frailes en la selva</span></em><span style="color:rgb(0, 0, 0)">. Los religiosos llegan convencidos de que poseen un conocimiento esencial que deben transmitir, pero apenas saben desenvolverse en el territorio donde pretenden ejercer su autoridad espiritual; los militares representan el orden y terminan asociados a una violencia que convierte ese orden en amenaza; los intereses econ&oacute;micos hablan impl&iacute;citamente el idioma del desarrollo mientras su avance supone la destrucci&oacute;n de aquello que encuentran. Rosero consigue as&iacute; que conceptos tradicionalmente presentados como opuestos &mdash;civilizaci&oacute;n y barbarie, salvaci&oacute;n y condena, progreso y destrucci&oacute;n&mdash; empiecen a intercambiar posiciones hasta que el lector termina desconfiando de cualquiera que pretenda definirlos desde una situaci&oacute;n de poder.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La naturaleza participa activamente en ese desplazamiento. No estamos ante una selva utilizada como decorado ex&oacute;tico para proporcionar aventura a unos personajes occidentales, sino ante una presencia narrativa cuya escala reduce a los expedicionarios a la insignificancia. El calor, la humedad, los animales, la espesura, el agua y la vegetaci&oacute;n componen un mundo que exist&iacute;a mucho antes de la llegada de los frailes y que no necesita de ellos para adquirir significado. Frente a esa exuberancia, las pretensiones humanas resultan simult&aacute;neamente rid&iacute;culas y peligrosas, porque precisamente quienes menos comprenden el territorio son quienes llegan convencidos de poseer el derecho a administrarlo.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Rosero construye adem&aacute;s una selva literaria antes que cartogr&aacute;fica, alimentada por una memoria personal del Amazonas y del Putumayo, pero transformada mediante la ficci&oacute;n hasta adquirir una autonom&iacute;a que le permite representar muchos territorios a la vez. Esta libertad resulta decisiva para el funcionamiento aleg&oacute;rico del libro, porque evita que los Uao y su espacio queden reducidos a una reconstrucci&oacute;n antropol&oacute;gica concreta y permite que la selva adquiera una dimensi&oacute;n casi m&iacute;tica. Puede ser un lugar de Am&eacute;rica y, simult&aacute;neamente, la representaci&oacute;n de una Am&eacute;rica sobre la que diferentes poderes han proyectado durante siglos sus fantas&iacute;as de riqueza, salvaci&oacute;n y dominio.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La exuberancia del paisaje encuentra su correspondencia en una prosa que parece negarse a aceptar la contenci&oacute;n como virtud absoluta. Rosero escribe desde la acumulaci&oacute;n, la deformaci&oacute;n, la sensualidad y una potencia visual que convierte determinados episodios en escenas pr&oacute;ximas al delirio, como si el lenguaje tuviera que contaminarse de la misma proliferaci&oacute;n que gobierna la naturaleza. El resultado se aleja de la sobriedad de otras zonas de su narrativa y abraza una forma de barroquismo que encaja con el car&aacute;cter excesivo del universo representado. Hay algo carnavalesco en esta expedici&oacute;n de religiosos enfrentados a sus cuerpos, a sus miedos, a sus deseos y a la incapacidad de conservar intacta la dignidad institucional cuando la selva comienza a imponer sus propias reglas.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">El humor negro desempe&ntilde;a en ese mecanismo una funci&oacute;n mucho m&aacute;s importante que la de proporcionar alivio c&oacute;mico. Rosero conoce bien la capacidad de la risa para desactivar la solemnidad del poder y utiliza lo grotesco para reducir moment&aacute;neamente las instituciones a la escala de los individuos que las representan. Un fraile puede proclamar verdades eternas y, al mismo tiempo, sufrir las necesidades m&aacute;s elementales de cualquier cuerpo; un militar puede envolverse en una ret&oacute;rica grandiosa y seguir siendo un hombre gobernado por la ambici&oacute;n; una misi&oacute;n supuestamente trascendente puede adquirir la apariencia de una comitiva absurda cuando se enfrenta con la realidad f&iacute;sica de la selva. El problema, y ah&iacute; comienza a oscurecerse progresivamente la novela, es que el rid&iacute;culo no vuelve inofensivo al poder. Un hombre grotesco puede seguir dando &oacute;rdenes y un fan&aacute;tico risible puede continuar legitimando la muerte.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">De esta convivencia entre comicidad y amenaza surge buena parte de la singularidad tonal del libro. Rosero no permite que el lector se instale c&oacute;modamente en la tragedia ni tampoco en la s&aacute;tira, porque desplaza continuamente la frontera entre ambas. La expedici&oacute;n puede provocar risa mientras todav&iacute;a parece una aventura protagonizada por religiosos min&uacute;sculos ante una naturaleza desmesurada, pero el avance de los planes de M&aacute;ximo Agr&iacute;cola modifica progresivamente el significado de esa comicidad. Lo que parec&iacute;a disparate empieza a revelar una estructura perfectamente racional de intereses econ&oacute;micos y militares, y la risa adquiere entonces una incomodidad retrospectiva, como si hubi&eacute;ramos descubierto demasiado tarde que detr&aacute;s de la farsa se preparaba una ejecuci&oacute;n.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La presencia del petr&oacute;leo resulta fundamental para que la alegor&iacute;a hist&oacute;rica abandone cualquier tentaci&oacute;n arqueol&oacute;gica. Rosero no est&aacute; interesado &uacute;nicamente en denunciar una conquista sucedida hace quinientos a&ntilde;os, porque eso permitir&iacute;a al lector contempor&aacute;neo contemplar la violencia desde una tranquilizadora superioridad moral. La novela se&ntilde;ala que el oro ha cambiado de forma, pero no necesariamente la l&oacute;gica que organiza su b&uacute;squeda. All&iacute; donde el subsuelo contiene algo susceptible de convertirse en riqueza, quienes viven sobre &eacute;l pueden transformarse de repente en un inconveniente administrativo, un obst&aacute;culo para el desarrollo o una poblaci&oacute;n cuya presencia debe ser negociada, desplazada o eliminada.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La pregunta que atraviesa el libro resulta entonces tan sencilla como brutal: &iquest;qu&eacute; ocurre cuando aquello que existe debajo de una tierra vale m&aacute;s, para quienes poseen el poder, que las personas que viven encima de ella? La respuesta conecta la antigua conquista con las econom&iacute;as extractivas contempor&aacute;neas y permite que </span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Lluvia de frailes en la selva</span><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> establezca una continuidad hist&oacute;rica sin necesidad de afirmar que todas las formas de dominaci&oacute;n sean id&eacute;nticas. Lo que permanece es una determinada relaci&oacute;n con el territorio, entendido no como lugar habitado y dotado de significado, sino como dep&oacute;sito de recursos pendientes de apropiaci&oacute;n.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La selva representa justamente aquello que esa mentalidad no sabe comprender, porque posee un valor que no depende de su conversi&oacute;n en mercanc&iacute;a. Desde la l&oacute;gica extractiva, un bosque intacto puede interpretarse como riqueza todav&iacute;a no utilizada; desde la perspectiva que atraviesa la novela, su existencia constituye precisamente aquello que est&aacute; siendo destruido. Rosero vincula de este modo la violencia ejercida contra los Uao con la devastaci&oacute;n del territorio sin convertir la narraci&oacute;n en un manifiesto ecologista, mostrando que ambas proceden de una misma concepci&oacute;n instrumental del mundo, aquella seg&uacute;n la cual las vidas, las culturas y los ecosistemas adquieren valor &uacute;nicamente cuando pueden ser integrados en el proyecto de quienes poseen la fuerza suficiente para imponerlo.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Tambi&eacute;n la religi&oacute;n queda sometida a esa mirada corrosiva, aunque ser&iacute;a simplificador reducir el libro a una s&aacute;tira anticlerical. Los frailes son personajes atravesados por contradicciones y la novela permite que algunos de ellos crean sinceramente en la necesidad de la misi&oacute;n, circunstancia que vuelve el conflicto moral mucho m&aacute;s interesante. La Historia no necesita estar poblada exclusivamente por individuos perversos para producir atrocidades; con frecuencia le basta con personas convencidas de estar haciendo el bien dentro de estructuras cuyas consecuencias no desean o no saben contemplar. La buena intenci&oacute;n puede convivir con el paternalismo, la compasi&oacute;n con la imposici&oacute;n y el deseo de salvar una vida con la incapacidad de aceptar que esa vida posea una concepci&oacute;n del mundo diferente.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Ah&iacute; aparece uno de los asuntos m&aacute;s delicados del libro: la mirada sobre el otro. Toda narraci&oacute;n acerca de comunidades ind&iacute;genas escrita desde fuera corre el riesgo de reproducir aquello que pretende cuestionar, convirtiendo al ind&iacute;gena en figura ex&oacute;tica, s&iacute;mbolo de pureza o simple instrumento de una alegor&iacute;a occidental. Rosero intenta desplazar esa mirada haciendo que buena parte de la extra&ntilde;eza recaiga sobre los invasores. Los seres desubicados son los frailes, las monjas, los militares y los representantes de un mundo que entra en la selva cargado de certezas cuya l&oacute;gica empieza a resultar absurda cuando se contempla desde un territorio que no las comparte.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Este desplazamiento posee una importancia mayor de la que podr&iacute;a parecer, porque cuestiona la propia idea del descubrimiento sobre la que se edific&oacute; durante siglos buena parte del relato colonial. La selva no empieza a existir cuando alguien procedente de la civilizaci&oacute;n entra en ella, del mismo modo que los Uao no necesitaban ser encontrados para poseer una historia. El explorador descubre &uacute;nicamente aquello que ignoraba, aunque despu&eacute;s la ret&oacute;rica de la conquista transforme su desconocimiento personal en inexistencia previa del territorio descubierto. Rosero juega con esa arrogancia y la proyecta sobre una expedici&oacute;n cuyos integrantes van descubriendo, a medida que avanzan, la dimensi&oacute;n de todo cuanto desconocen.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La dimensi&oacute;n corporal de los religiosos contribuye igualmente a desmontar las jerarqu&iacute;as. En </span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Lluvia de frailes en la selva</span><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> la espiritualidad convive constantemente con el deseo, el miedo, el hambre y la lujuria, de manera que los representantes de lo trascendente nunca consiguen desprenderse completamente de la carne. La estrategia enlaza con una larga tradici&oacute;n carnavalesca que rebaja aquello que se presenta como sublime hasta devolverlo al cuerpo, aunque Rosero no parece interesado en negar por ello toda posibilidad de misticismo. Lo que cuestiona es la pretensi&oacute;n de determinadas instituciones de poseer el monopolio sobre lo sagrado y, especialmente, de considerar que ese monopolio concede autoridad para intervenir sobre las creencias de otros pueblos.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La pregunta acerca de qui&eacute;n puede nombrar a Dios se confunde entonces con la pregunta acerca de qui&eacute;n puede nombrar la realidad. El colonizador posee poder no solamente porque dispone de armas, sino porque consigue imponer las palabras mediante las cuales ser&aacute; descrito aquello que encuentra. Una religi&oacute;n diferente puede convertirse en superstici&oacute;n, una organizaci&oacute;n social ajena puede llamarse atraso, una relaci&oacute;n no extractiva con el territorio puede interpretarse como improductividad y una resistencia frente a la invasi&oacute;n puede definirse como salvajismo. Antes de transformar materialmente el mundo resulta necesario imponerle un vocabulario, y Rosero entiende que una parte decisiva de la conquista se produce precisamente en ese terreno.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Por eso el general M&aacute;ximo Agr&iacute;cola funciona menos como retrato psicol&oacute;gico minucioso que como condensaci&oacute;n de una determinada l&oacute;gica del poder. Su grandilocuencia, su ambici&oacute;n y los planes que gravitan alrededor de la expedici&oacute;n introducen una dimensi&oacute;n casi esperp&eacute;ntica que permite a Rosero exagerar sin abandonar completamente la realidad. Am&eacute;rica Latina posee una historia suficientemente abundante en dictadores extravagantes, militares mesi&aacute;nicos, empresarios visionarios y caudillos convencidos de encarnar el destino nacional como para que la caricatura encuentre siempre alg&uacute;n parentesco inquietante con los hechos. La exageraci&oacute;n literaria no necesita inventar demasiado cuando la propia Historia ha competido durante d&eacute;cadas con la imaginaci&oacute;n de los novelistas.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">En este sentido, </span><em><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Lluvia de frailes en la selva</span></em><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> pertenece a una tradici&oacute;n latinoamericana que ha comprendido que determinados excesos del poder se representan mejor mediante la deformaci&oacute;n que mediante un realismo estrictamente mim&eacute;tico. Rosero no reproduce el lenguaje del realismo m&aacute;gico ni parece interesado en regresar nost&aacute;lgicamente a sus procedimientos, pero comparte con algunas de sus grandes obras la intuici&oacute;n de que la frontera entre lo incre&iacute;ble y lo hist&oacute;rico resulta especialmente fr&aacute;gil en un continente donde lo absurdo ha formado parte habitual de la vida pol&iacute;tica. Su estrategia consiste en llevar la realidad hasta el l&iacute;mite de la f&aacute;bula para descubrir que, una vez all&iacute;, contin&uacute;a siendo reconocible.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La novela paga ocasionalmente el precio de esa apuesta por la exuberancia. La acumulaci&oacute;n de personajes, episodios y situaciones puede producir una cierta saturaci&oacute;n, mientras la vocaci&oacute;n aleg&oacute;rica amenaza en determinados momentos con imponerse sobre la complejidad individual de algunas figuras. No estamos ante una narraci&oacute;n que busque la precisi&oacute;n minimalista ni la construcci&oacute;n psicol&oacute;gica minuciosa de todos sus integrantes, sino ante una obra que necesita el movimiento de conjunto, el ruido de la comitiva y la proliferaci&oacute;n de voces para levantar su carnaval selv&aacute;tico. Esa desmesura podr&aacute; resultar fascinante o agotadora seg&uacute;n la disposici&oacute;n del lector, pero dif&iacute;cilmente puede considerarse accidental, porque forma parte de una po&eacute;tica que pretende reproducir mediante el lenguaje el mismo exceso que gobierna el espacio narrado.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Cuando la novela alcanza sus mejores momentos, esa exuberancia deja de ser &uacute;nicamente una caracter&iacute;stica estil&iacute;stica y adquiere una funci&oacute;n moral. La selva rebosa vida mientras los hombres llegan para administrarla; el lenguaje prolifera mientras el poder intenta reducir la realidad a categor&iacute;as manejables; los cuerpos desean, enferman y temen mientras las instituciones pretenden convertirlos en piezas de proyectos pol&iacute;ticos, religiosos o econ&oacute;micos. Frente a las abstracciones de la conquista, Rosero opone una materialidad casi obscena que recuerda constantemente que detr&aacute;s de palabras como evangelizaci&oacute;n, desarrollo, seguridad o progreso existen personas concretas sobre las que recaen sus consecuencias.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">A medida que la expedici&oacute;n avanza y se hacen visibles los planes ocultos que rodean a los Uao, la selva adquiere adem&aacute;s la condici&oacute;n de v&iacute;ctima. La violencia deja de dirigirse exclusivamente contra quienes la habitan y alcanza al propio territorio, mostrando que la destrucci&oacute;n de una comunidad y la destrucci&oacute;n de su ecosistema pueden ser procesos inseparables. Una cultura vinculada durante generaciones a un espacio determinado no sobrevive intacta si ese espacio desaparece, y la explotaci&oacute;n econ&oacute;mica puede conseguir mediante la transformaci&oacute;n ambiental aquello que antes buscaba directamente la violencia militar: volver imposible una forma de vida.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La contemporaneidad de esta cuesti&oacute;n proporciona al libro una resonancia que va mucho m&aacute;s all&aacute; de la peripecia. Rosero escribe sobre una Am&eacute;rica donde las disputas por la tierra, los recursos naturales y los territorios ind&iacute;genas siguen formando parte del presente, pero evita convertir la novela en una trasposici&oacute;n directa de un conflicto pol&iacute;tico concreto. Su selva inventada le permite ampliar el foco hasta convertir la historia de los Uao en una interrogaci&oacute;n sobre una l&oacute;gica que atraviesa diferentes pa&iacute;ses y per&iacute;odos hist&oacute;ricos, aquella que considera determinadas zonas perif&eacute;ricas como espacios disponibles para proyectos concebidos desde centros de poder muy alejados de quienes sufrir&aacute;n sus consecuencias.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Es aqu&iacute; donde la aparente extravagancia del t&iacute;tulo adquiere toda su pertinencia. Esa lluvia de frailes posee algo de invasi&oacute;n absurda, como si el cielo hubiera dejado caer sobre la selva unos cuerpos que no pertenecen a ella y que, sin embargo, llegan investidos de autoridad para transformarla. La imagen resume el car&aacute;cter tragic&oacute;mico de una novela donde quienes vienen a salvar pueden convertirse en parte del peligro y donde la salvaci&oacute;n misma debe ser sometida a sospecha cada vez que alguien la ofrece sin haber preguntado previamente al supuesto beneficiario si desea recibirla.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Rosero no proporciona una lectura confortable de esa contradicci&oacute;n porque sabe que la literatura pierde buena parte de su fuerza cuando se limita a confirmar aquello que el lector ya estaba dispuesto a pensar. La instituci&oacute;n religiosa puede ser objeto de una s&aacute;tira feroz sin que todos los religiosos sean id&eacute;nticos; la civilizaci&oacute;n occidental puede aparecer asociada a la devastaci&oacute;n sin que la comunidad ind&iacute;gena tenga que ser convertida por ello en representaci&oacute;n idealizada de una inocencia primordial; la naturaleza puede adquirir una dimensi&oacute;n casi sagrada sin transformarse en un para&iacute;so amable. La selva contin&uacute;a siendo peligrosa, inh&oacute;spita y capaz de matar, pero su violencia pertenece a un orden distinto de aquella que los hombres ejercen despu&eacute;s de elaborar discursos destinados a justificarla.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Esa diferencia termina siendo fundamental. La naturaleza no necesita explicar moralmente por qu&eacute; existe, mientras el poder humano produce incesantemente relatos que presentan sus intereses particulares como necesidades universales. Los conquistadores llevaban la verdadera fe, los imperios extend&iacute;an la civilizaci&oacute;n, los Estados garantizan el orden y las empresas generan progreso; detr&aacute;s de esas afirmaciones puede haber convicciones sinceras, pero tambi&eacute;n existe siempre la posibilidad de que funcionen como una cortina verbal destinada a ocultar qui&eacute;n obtiene finalmente el beneficio y qui&eacute;n paga su precio.<br /></span></span><br /><span><em><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Lluvia de frailes en la selva</span></em><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> encuentra su mayor fuerza precisamente cuando consigue que esas preguntas emerjan de la propia ficci&oacute;n sin convertir a los personajes en simples portavoces de una tesis. La aventura, el humor negro, la sensualidad y el delirio sostienen una narraci&oacute;n cuya dimensi&oacute;n pol&iacute;tica se vuelve progresivamente m&aacute;s visible, hasta que aquello que comenz&oacute; como una expedici&oacute;n casi carnavalesca revela la maquinaria de violencia que estaba funcionando detr&aacute;s del escenario. El tr&aacute;nsito desde la risa hacia el espanto est&aacute; cuidadosamente inscrito en la estructura moral de la novela, porque obliga a reconocer que el absurdo no constituye necesariamente lo contrario de la barbarie y que, en determinadas circunstancias, puede ser una de sus formas m&aacute;s eficaces.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">A sus casi siete d&eacute;cadas de vida, Evelio Rosero escribe desde una libertad narrativa que parece poco interesada en obedecer expectativas de g&eacute;nero o contenci&oacute;n estil&iacute;stica. Hay algo deliberadamente ind&oacute;cil en este libro, una voluntad de mezclar registros, permitir que la imaginaci&oacute;n desborde la verosimilitud convencional y aceptar que la s&aacute;tira pueda convivir con el horror sin que ninguna de las dos dimensiones anule a la otra. Esa libertad produce una novela desigual en el sentido m&aacute;s f&eacute;rtil del t&eacute;rmino, porque no todas sus p&aacute;ginas buscan exactamente lo mismo ni avanzan con id&eacute;ntica intensidad, pero tambi&eacute;n una obra dif&iacute;cil de domesticar dentro de una f&oacute;rmula reconocible.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Quiz&aacute; por eso su imagen m&aacute;s persistente no sea la de los religiosos ni la de los militares, sino la de la propia selva observando la llegada de otra expedici&oacute;n convencida de que esta vez s&iacute; sabe qu&eacute; hacer con ella. Durante cinco siglos han desembarcado en Am&eacute;rica hombres seguros de poseer una explicaci&oacute;n definitiva para el territorio y sus habitantes, y cada generaci&oacute;n ha encontrado un nuevo vocabulario para presentar como inevitable aquello que respond&iacute;a a intereses perfectamente concretos. Rosero contempla esa repetici&oacute;n con la mezcla de indignaci&oacute;n y humor que caracteriza sus mejores p&aacute;ginas, consciente de que la solemnidad puede convertirse en aliada del poder y de que, en ocasiones, la &uacute;nica manera de mostrar la monstruosidad de una idea consiste en llevar su l&oacute;gica hasta el rid&iacute;culo.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">De ah&iacute; que </span><em><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Lluvia de frailes en la selva</span></em><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> termine siendo mucho m&aacute;s que una novela sobre una misi&oacute;n evangelizadora o una nueva incursi&oacute;n literaria en el imaginario amaz&oacute;nico. Es una f&aacute;bula sobre la arrogancia de quienes confunden poder con raz&oacute;n, sobre la facilidad con que la violencia aprende a presentarse como protecci&oacute;n y sobre una concepci&oacute;n del progreso que contin&uacute;a midiendo el valor de los territorios por aquello que puede extraerse de ellos. Tambi&eacute;n es una novela acerca de la capacidad de la Historia para disfrazarse de novedad mientras reproduce antiguas jerarqu&iacute;as y de la dificultad de distinguir entre salvaci&oacute;n y conquista cuando ambas llegan acompa&ntilde;adas por quienes ya han decidido cu&aacute;l debe ser el futuro de los dem&aacute;s.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Al cerrar el libro queda la impresi&oacute;n de que Rosero no ha escrito tanto sobre una selva amenazada como sobre nuestra incapacidad para contemplar un lugar sin preguntarnos inmediatamente para qu&eacute; puede servirnos. Los Uao, los frailes, las monjas y los hombres de M&aacute;ximo Agr&iacute;cola quedan atrapados en una maquinaria cuyo origen se remonta mucho m&aacute;s atr&aacute;s que cualquiera de ellos, mientras el bosque permanece como testigo de las sucesivas formas que adopta la codicia. La iron&iacute;a final es tan amarga como coherente con toda la novela: despu&eacute;s de siglos enviando conquistadores, evangelizadores, militares y empresarios para salvar, civilizar o desarrollar aquello que supuestamente no sab&iacute;a hacerlo por s&iacute; mismo, quiz&aacute; la gran lecci&oacute;n que la selva podr&iacute;a ofrecer a quienes llegan hasta ella consista precisamente en demostrarles que nunca fue ella la que necesitaba ser civilizada.</span></span><br /><br />&#8203;<br /><br /><br /></div>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA["Las chicas de ayer": volver a los ochenta para descubrir todo lo que dejamos por el camino]]></title><link><![CDATA[https://www.peregrinosysusletras.net/violant-muntildeoz-i-genoveacutes/las-chicas-de-ayer-volver-a-los-ochenta-para-descubrir-todo-lo-que-dejamos-por-el-camino]]></link><comments><![CDATA[https://www.peregrinosysusletras.net/violant-muntildeoz-i-genoveacutes/las-chicas-de-ayer-volver-a-los-ochenta-para-descubrir-todo-lo-que-dejamos-por-el-camino#comments]]></comments><pubDate>Thu, 20 Aug 2026 02:28:03 GMT</pubDate><category><![CDATA[Uncategorized]]></category><guid isPermaLink="false">https://www.peregrinosysusletras.net/violant-muntildeoz-i-genoveacutes/las-chicas-de-ayer-volver-a-los-ochenta-para-descubrir-todo-lo-que-dejamos-por-el-camino</guid><description><![CDATA[       Por Violant Mu&ntilde;oz i Genov&eacute;sLas chicas de ayer: volver a los ochenta para descubrir todo lo que dejamos por el caminoHay viajes en el tiempo que sirven para cambiar la Historia y otros, probablemente m&aacute;s dif&iacute;ciles, que obligan a enfrentarse con la persona que uno fue antes de saber en qu&eacute; acabar&iacute;a convirti&eacute;ndose. In&eacute;s Galiano parte en Las chicas de ayer de una premisa inequ&iacute;vocamente fant&aacute;stica &mdash;cuatro amigas de se [...] ]]></description><content:encoded><![CDATA[<div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0;margin-right:0;text-align:center"> <a> <img src="https://www.peregrinosysusletras.net/uploads/7/8/6/9/78697460/las-chicas-de-ayer_orig.jpg" alt="Picture" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%"></div> </div></div>  <div class="paragraph"><strong><font color="#2a2a2a">Por Violant Mu&ntilde;oz i Genov&eacute;s</font></strong><br /><br /><span><em><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Las chicas de ayer</span></em><span style="color:rgb(0, 0, 0)">: volver a los ochenta para descubrir todo lo que dejamos por el camino</span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Hay viajes en el tiempo que sirven para cambiar la Historia y otros, probablemente m&aacute;s dif&iacute;ciles, que obligan a enfrentarse con la persona que uno fue antes de saber en qu&eacute; acabar&iacute;a convirti&eacute;ndose. In&eacute;s Galiano parte en </span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Las chicas de ayer</span><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> de una premisa inequ&iacute;vocamente fant&aacute;stica &mdash;cuatro amigas de setenta y siete a&ntilde;os regresan desde 2045 hasta 1985&mdash; para construir una historia que mira menos hacia las paradojas temporales que hacia esa otra clase de paradoja que acompa&ntilde;a a cualquier vida: la distancia entre aquello que imagin&aacute;bamos ser y aquello que finalmente hemos sido. Con la movida madrile&ntilde;a como paisaje sentimental, la m&uacute;sica de los ochenta resonando al fondo y una amistad femenina que ha sobrevivido durante seis d&eacute;cadas, la novela utiliza la ciencia ficci&oacute;n para preguntarse qu&eacute; har&iacute;amos si pudi&eacute;ramos regresar al pasado sabiendo exactamente cu&aacute;nto hemos ganado y cu&aacute;nto hemos perdido desde entonces.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Marie, Cati, Isa y Patri son amigas desde la adolescencia, aunque en 2045 aquella intimidad construida durante toda una vida empieza a enfrentarse con los inconvenientes de la edad, las rutinas, las obligaciones y un mundo progresivamente tecnol&oacute;gico en el que incluso las relaciones personales parecen haber delegado una parte de su humanidad en las pantallas. Las cuatro tienen setenta y siete a&ntilde;os, llevan vidas muy distintas y no encuentran demasiado tiempo para verse, hasta que Marie las convoca en un laboratorio secreto situado en la huerta murciana y les presenta el proyecto al que ha dedicado buena parte de su existencia: una m&aacute;quina del tiempo.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Lo que podr&iacute;a convertirse en una demostraci&oacute;n cient&iacute;fica termina envi&aacute;ndolas a 1985, precisamente al territorio de su juventud, cuando Madrid viv&iacute;a la explosi&oacute;n cultural y contracultural de una d&eacute;cada que acabar&iacute;a transform&aacute;ndose en uno de los grandes espacios m&iacute;ticos de la memoria reciente espa&ntilde;ola. Regresar all&iacute; significa reencontrarse con m&uacute;sicas, lugares y formas de relacionarse desaparecidas, pero tambi&eacute;n con decisiones que parec&iacute;an definitivamente enterradas, con antiguos amores y, sobre todo, con las versiones j&oacute;venes de unas mujeres que todav&iacute;a ignoraban pr&aacute;cticamente todo acerca de sus propias vidas.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Galiano convierte as&iacute; el viaje temporal en una confrontaci&oacute;n con la memoria y evita presentar los a&ntilde;os ochenta simplemente como un para&iacute;so perdido. Sus protagonistas saben que el pasado tampoco era perfecto y que en muchos aspectos el mundo ha avanzado, pero eso no impide que aquel regreso accidental les permita recuperar temporalmente una forma de relacionarse y de estar juntas que el futuro parece haber erosionado. Entre humor, melancol&iacute;a, amistad y ciencia ficci&oacute;n, </span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Las chicas de ayer</span><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> termina formulando una pregunta tan sencilla como perturbadora: si pudi&eacute;ramos conocer nuestro futuro, &iquest;seguir&iacute;amos tomando las mismas decisiones?</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Entrevista a In&eacute;s Galiano</span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0); font-weight:700">--</span><em><span style="color:rgb(0, 0, 0); font-weight:700">Las chicas de ayer</span></em><span style="color:rgb(0, 0, 0); font-weight:700"> mezcla ciencia ficci&oacute;n, nostalgia y relato generacional a trav&eacute;s de una premisa muy potente: un grupo de amigas de 77 a&ntilde;os que viaja de nuevo a 1985. &iquest;C&oacute;mo naci&oacute; la idea de unir viaje en el tiempo y memoria emocional?</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">&mdash;La historia surge de dos conceptos que me gustan mucho: el primero es el de las amigas de toda la vida que te conocen, que saben todas tus aventuras y desventuras, y que siempre est&aacute;n ah&iacute; para apoyarte, incluso cuando lleguemos a ancianas; y el segundo es el de la movida madrile&ntilde;a, una &eacute;poca nost&aacute;lgica con est&eacute;tica retro y una m&uacute;sica divertida, hecha para bailar hasta descoyuntarse, que me parec&iacute;a el escenario perfecto para llevar en ese &uacute;ltimo viaje juntas a mi grupo de ancianas amigas. Ellas viven en un futuro pr&oacute;ximo, en el 2045, y por una serie de circunstancias, se encuentran de golpe en el 1985, rememorando su juventud.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0); font-weight:700">&mdash;Aunque la novela juega con elementos fant&aacute;sticos, en el fondo habla de cuestiones muy humanas: el paso del tiempo, las decisiones tomadas y las vidas que imaginamos. &iquest;Qu&eacute; quer&iacute;as explorar realmente a trav&eacute;s de este viaje al pasado?</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">&mdash;Las decisiones vitales de las personas son muy parecidas en todas las &eacute;pocas, y a veces es necesario reencontrarte con tu yo del pasado o del futuro, para recordar qu&eacute; era aquello que deseabas. En la novela, la mayor&iacute;a de los personajes tiene que enfrentarse a lo que fue, mientras que uno de ellos vivir&aacute; con la presi&oacute;n constante de lo que ser&aacute;. El desarrollo de personajes se gu&iacute;a por una pregunta en apariencia sencilla: &iquest;Cambiar&iacute;an tus decisiones si pudieras saber lo que va a ocurrir en el futuro pero no en los pr&oacute;ximos cinco minutos?</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0); font-weight:700">&mdash;La historia coloca frente a frente dos momentos que parecen hablar idiomas distintos: el 2045 de los avatares y las relaciones a distancia y el 1985 anal&oacute;gico, f&iacute;sico y desordenado de la movida madrile&ntilde;a. &iquest;Qu&eacute; buscabas al enfrentar esos dos mundos?</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">&mdash;El punto de partida es un futuro cercano en el que las personas ya no se re&uacute;nen en persona, sino que lo hacen por videollamada y avatares digitales. En 2045 se ha perdido el toque humano. Por eso, cuando se ven obligadas a enfrentarse al mundo anal&oacute;gico y rebelde de 1985, las protagonistas vuelven a una &eacute;poca m&aacute;s sencilla en la que se priorizaban m&aacute;s otras cosas para poder recordar lo m&aacute;s importante: su amistad.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0); font-weight:700">&mdash;La ficci&oacute;n, y especialmente la ciencia ficci&oacute;n, ha condenado durante mucho tiempo a las mujeres mayores a ocupar los m&aacute;rgenes del relato. Aqu&iacute; son ellas quienes protagonizan la aventura, toman decisiones y todav&iacute;a tienen cosas que descubrir sobre s&iacute; mismas. &iquest;Hab&iacute;a tambi&eacute;n una voluntad de discutir esa invisibilidad?</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">&mdash;Creo que es importante reivindicar el papel de las mujeres mayores en nuestra sociedad a trav&eacute;s de la ficci&oacute;n. Parece que cuando superas los cuarenta, ya no eres relevante, y que solo pueden vivir aventuras y descubrir cosas sobre s&iacute; mismas las j&oacute;venes o incluso adolescentes. Representar un grupo de amigas de otra edad puede mostrarnos que las personas pueden seguir viviendo vidas interesantes en cualquier &eacute;poca vital; y que, adem&aacute;s, podemos aprender mucho de ellas.</span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0); font-weight:700">&mdash;La nostalgia atraviesa la novela, pero regresar a 1985 significa tambi&eacute;n comprobar que la memoria suele seleccionar aquello que quiere conservar y dejar fuera lo que resulta menos amable. &iquest;Hasta qu&eacute; punto la nostalgia puede convertirse en refugio y hasta qu&eacute; punto corre el riesgo de convertirse en una trampa?</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">&mdash;Creo que la nostalgia puede tomarse de forma amarga a trav&eacute;s de la a&ntilde;oranza, pero tambi&eacute;n puede ser dulce a trav&eacute;s del recuerdo. Los personajes de mi novela no extra&ntilde;an ni idealizan los ochenta, porque son conscientes de que se ha avanzado en muchos aspectos, pero eso no les impide ser capaces de disfrutar durante un rato un breve viaje al pasado. Siempre y cuando entendamos que la nostalgia debe ser un sentimiento pasajero, podemos convivir con el pasado y el futuro.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0); font-weight:700">&mdash;En </span><span style="color:rgb(0, 0, 0); font-weight:700">Las chicas de ayer</span><span style="color:rgb(0, 0, 0); font-weight:700">, la ciencia ficci&oacute;n parece funcionar menos como una escapatoria de la realidad que como una manera de observarla desde una distancia distinta. &iquest;Qu&eacute; encuentras en la ficci&oacute;n especulativa que te permite hablar del presente de una manera que quiz&aacute; otros g&eacute;neros no permiten?</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">&mdash;La ficci&oacute;n especulativa sobre &eacute;pocas futuras o pasadas nos permite reflexionar sobre el presente desde otro punto de vista. Podemos asomarnos a los ochenta durante unos d&iacute;as o podemos imaginarnos un futuro dist&oacute;pico y darnos cuenta de lo afortunados que somos hoy. De la misma forma, tambi&eacute;n podemos imaginar utop&iacute;as futuras que nos den ideas para el cambio. La ciencia ficci&oacute;n me permite pensar sobre los cambios sociales y enfrentar a mis personajes con ellos.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Muchas gracias por tu atenci&oacute;n, y enhorabuena por esta idea tan rompedora.</span></span><br /><br />&#8203;<br /><br /><br /></div>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA["La venganza del apóstol" la Historia como herencia, botín y condena]]></title><link><![CDATA[https://www.peregrinosysusletras.net/violant-muntildeoz-i-genoveacutes/la-venganza-del-apostol-la-historia-como-herencia-botin-y-condena]]></link><comments><![CDATA[https://www.peregrinosysusletras.net/violant-muntildeoz-i-genoveacutes/la-venganza-del-apostol-la-historia-como-herencia-botin-y-condena#comments]]></comments><pubDate>Wed, 12 Aug 2026 22:20:35 GMT</pubDate><category><![CDATA[Uncategorized]]></category><guid isPermaLink="false">https://www.peregrinosysusletras.net/violant-muntildeoz-i-genoveacutes/la-venganza-del-apostol-la-historia-como-herencia-botin-y-condena</guid><description><![CDATA[       Por Violant Mu&ntilde;oz i Genov&eacute;sIsabel San Sebasti&aacute;n contin&uacute;a en La venganza del ap&oacute;stol su recorrido novel&iacute;stico por la Edad Media peninsular mediante una narraci&oacute;n que enlaza la batalla de las Navas de Tolosa, las campa&ntilde;as que condujeron a la conquista de C&oacute;rdoba y el legendario retorno de las campanas de Santiago de Compostela. Bajo la arquitectura reconocible de la novela hist&oacute;rica de aventuras, la autora construye tambi [...] ]]></description><content:encoded><![CDATA[<div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0;margin-right:0;text-align:center"> <a> <img src="https://www.peregrinosysusletras.net/uploads/7/8/6/9/78697460/unnamed-61_orig.jpg" alt="Picture" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%"></div> </div></div>  <div class="paragraph"><strong><font color="#2a2a2a">Por Violant Mu&ntilde;oz i Genov&eacute;s</font></strong><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Isabel San Sebasti&aacute;n contin&uacute;a en </span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La venganza del ap&oacute;stol</span><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> su recorrido novel&iacute;stico por la Edad Media peninsular mediante una narraci&oacute;n que enlaza la batalla de las Navas de Tolosa, las campa&ntilde;as que condujeron a la conquista de C&oacute;rdoba y el legendario retorno de las campanas de Santiago de Compostela. Bajo la arquitectura reconocible de la novela hist&oacute;rica de aventuras, la autora construye tambi&eacute;n el relato de formaci&oacute;n de un adolescente obligado a descubrir que la honra puede encontrarse muy lejos de la gloria y que no todos los h&eacute;roes est&aacute;n destinados a aparecer en las cr&oacute;nicas.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La Historia suele contemplarse desde una distancia que la vuelve limpia. Sobre un mapa, las campa&ntilde;as militares son flechas que avanzan hacia el sur; las batallas se resumen mediante una fecha, dos ej&eacute;rcitos enfrentados y un vencedor; los territorios cambian de color con la facilidad con que se pasa una p&aacute;gina, y los hombres que participaron en aquellos acontecimientos terminan reducidos a nombres, cifras o estatuas. La novela hist&oacute;rica tiene la posibilidad de hacer exactamente lo contrario: devolver el barro a los caminos, el hambre a los soldados, el miedo a quienes se preparan para combatir y la incertidumbre a unos personajes que, a diferencia del lector, desconocen cu&aacute;l ser&aacute; el desenlace de aquello que est&aacute;n viviendo. En </span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La venganza del ap&oacute;stol</span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">, Isabel San Sebasti&aacute;n se instala precisamente en esa distancia entre la Historia que ya conocemos y la experiencia de quienes todav&iacute;a no saben que est&aacute;n formando parte de ella, y encuentra en esa grieta el espacio desde el que construir una novela de aventuras que, aunque alimentada por grandes acontecimientos medievales, alcanza sus momentos m&aacute;s convincentes cuando abandona los movimientos de los ej&eacute;rcitos para observar el desconcierto de un muchacho incapaz de convertirse en el hombre que esperaba ser.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Beltr&aacute;n L&oacute;pez de Cazorla tiene diecis&eacute;is a&ntilde;os cuando comienza propiamente su educaci&oacute;n en el mundo de los adultos y, como tantos j&oacute;venes antes y despu&eacute;s de &eacute;l, inicia ese tr&aacute;nsito cargando con una identidad que otros han construido en su nombre. Pertenece a la peque&ntilde;a nobleza castellana, es hijo de un veterano de la batalla de las Navas de Tolosa y ha crecido en una sociedad donde las armas constituyen mucho m&aacute;s que un instrumento de guerra: son el s&iacute;mbolo visible de una condici&oacute;n, de una masculinidad y de una idea de la honra que se transmite de padres a hijos como si formara parte de la sangre. El problema consiste en que Beltr&aacute;n, por mucho que lo intente, no destaca precisamente como guerrero. Su condici&oacute;n de zurdo, cargada en aquel mundo de connotaciones negativas que pueden oscilar entre la sospecha y el estigma, tampoco favorece el aprendizaje de unas t&eacute;cnicas pensadas para la mano contraria, de modo que su deseo de reproducir las haza&ntilde;as paternas tropieza continuamente con las limitaciones de un cuerpo que parece negarse a obedecer el destino que le hab&iacute;an reservado.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Esta elecci&oacute;n de protagonista contiene ya buena parte del inter&eacute;s de </span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La venganza del ap&oacute;stol</span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">, porque San Sebasti&aacute;n podr&iacute;a haber situado en el centro de la novela a uno de esos hombres excepcionales que parecen concebidos para galopar por las p&aacute;ginas de la Historia, pero prefiere hacerlo con alguien que comienza sinti&eacute;ndose inadecuado para la &eacute;poca que le ha tocado vivir. Beltr&aacute;n no carece de valor ni de ambici&oacute;n; lo que le falta es precisamente aquello que su entorno ha decidido considerar la principal medida de ambas cualidades. De ese desajuste surge un relato de formaci&oacute;n bastante m&aacute;s atractivo que la simple sucesi&oacute;n de batallas que promete inicialmente la materia hist&oacute;rica, ya que el muchacho tendr&aacute; que desprenderse poco a poco de la idea seg&uacute;n la cual el honor depende de la exhibici&oacute;n p&uacute;blica del coraje y aceptar que la utilidad, el sacrificio y hasta la heroicidad pueden desarrollarse en lugares donde nadie est&aacute; mirando.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La acci&oacute;n arranca en la primavera de 1231, durante una campa&ntilde;a cristiana desarrollada en las proximidades de Jerez contra las tropas de Ibn Hud. Beltr&aacute;n afronta all&iacute; su bautismo de fuego esperando encontrar en el combate la confirmaci&oacute;n de s&iacute; mismo que hasta entonces le ha sido negada. Su imaginaci&oacute;n est&aacute; poblada por las historias que una sociedad guerrera utiliza para educar a sus hijos, por los relatos de quienes combatieron antes que &eacute;l y por esa mitificaci&oacute;n retrospectiva de la violencia que transforma la memoria de una batalla en una jornada gloriosa una vez han desaparecido los cad&aacute;veres y se ha secado la sangre. La experiencia real, naturalmente, se muestra mucho menos noble. Isabel San Sebasti&aacute;n conoce bien la eficacia narrativa de enfrentar la imagen heroica de la guerra con la materialidad desagradable de la guerra misma, y por eso en sus p&aacute;ginas la promesa del honor convive con el bot&iacute;n, las grandes invocaciones religiosas con la codicia y el sacrificio caballeresco con la elemental necesidad de regresar vivo a casa.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Esta voluntad de ensuciar la &eacute;pica constituye uno de los aciertos de la novela. La guerra medieval aparece como una actividad sometida a c&oacute;digos, ceremonias y convicciones religiosas, pero tambi&eacute;n como una gigantesca empresa econ&oacute;mica cuyos participantes esperan obtener recompensas tangibles. Un cad&aacute;ver puede ser al mismo tiempo el enemigo derrotado en nombre de la fe y un cuerpo al que conviene arrebatarle cualquier objeto valioso antes de que lo haga otro. Los ej&eacute;rcitos necesitan comer, los caballos necesitan alimento, las campa&ntilde;as dependen de una compleja intendencia y la gloria que despu&eacute;s celebrar&aacute;n los cronistas se encuentra durante su desarrollo mucho m&aacute;s cerca de la suciedad, el agotamiento y la improvisaci&oacute;n de lo que sugerir&aacute; el relato oficial. San Sebasti&aacute;n no renuncia en absoluto a la &eacute;pica, porque la necesita y porque forma parte esencial de su concepci&oacute;n de la novela hist&oacute;rica, pero procura colocar debajo de ella una capa de realismo suficiente para que las haza&ntilde;as no parezcan ocurrir en un decorado sin cuerpos.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">El pasado paterno de Beltr&aacute;n conduce adem&aacute;s hacia uno de los grandes n&uacute;cleos hist&oacute;ricos del libro, la batalla de las Navas de Tolosa de 1212, reconstruida mediante un amplio regreso narrativo que sirve para explicar no solo un momento decisivo de las campa&ntilde;as cristianas frente al poder almohade, sino tambi&eacute;n la naturaleza de la herencia que condiciona al protagonista. La batalla existe para Beltr&aacute;n antes como memoria que como Historia, porque fue all&iacute; donde la generaci&oacute;n de su padre adquiri&oacute; el prestigio con el que ahora son comparados quienes vienen detr&aacute;s. Al recuperar la marcha hacia el sur, las dificultades del terreno, las tensiones entre los distintos contingentes, las rivalidades nobiliarias, el fervor religioso y la violencia del enfrentamiento, la novela muestra c&oacute;mo se fabrica posteriormente aquello que llamamos una gesta: primero existen hombres confundidos, cansados y aterrorizados que avanzan hacia un enemigo; despu&eacute;s sobreviven unos cuantos y alguien convierte su experiencia en relato.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La recreaci&oacute;n de las Navas permite a San Sebasti&aacute;n manejar el tipo de escenario en el que se encuentra particularmente c&oacute;moda, combinando personajes hist&oacute;ricos con criaturas ficticias y desplaz&aacute;ndose desde los centros de decisi&oacute;n pol&iacute;tica hasta la experiencia inmediata de quienes reciben las consecuencias de esas decisiones. La documentaci&oacute;n es abundante y se percibe detr&aacute;s de los detalles relacionados con el armamento, las jerarqu&iacute;as, el paisaje, los desplazamientos o los c&oacute;digos sociales, aunque en algunos momentos esta misma necesidad de situar al lector frente a un tablero hist&oacute;rico complejo obliga a detener el movimiento de la novela para explicar antecedentes y relaciones de poder. Es uno de los riesgos habituales de un g&eacute;nero que pretende mantener simult&aacute;neamente la tensi&oacute;n de la ficci&oacute;n y el deseo de transmitir conocimiento, y </span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La venganza del ap&oacute;stol</span><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> no siempre consigue ocultar las costuras entre ambas funciones. Cuando los personajes deben convertirse moment&aacute;neamente en transmisores de informaci&oacute;n hist&oacute;rica, la novela pierde algo de espontaneidad; cuando recuperan sus temores, intereses y contradicciones, el relato vuelve a respirar con mayor libertad.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La concepci&oacute;n del mundo que sostiene esos personajes resulta, en cambio, uno de los elementos que San Sebasti&aacute;n trata con mayor coherencia. La escritora no parece interesada en fabricar una Edad Media confortable para la sensibilidad contempor&aacute;nea, sino en aproximarse a una sociedad donde la religi&oacute;n determina la percepci&oacute;n de la realidad, el linaje condiciona las oportunidades, la honra constituye un patrimonio tangible y la pertenencia a una comunidad religiosa o familiar puede decidir la suerte de una persona. Dios no representa para aquellos hombres y mujeres una opini&oacute;n privada que pueda separarse del resto de la existencia, sino el fundamento mediante el cual interpretan el mundo, justifican la guerra, establecen jerarqu&iacute;as y comprenden la muerte. La novela puede contemplar cr&iacute;ticamente algunas de esas convicciones, pero evita en general que sus personajes se comporten como ciudadanos contempor&aacute;neos accidentalmente vestidos con ropas medievales, un anacronismo psicol&oacute;gico que debilita tantas recreaciones hist&oacute;ricas.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Esto resulta particularmente relevante en la representaci&oacute;n de la frontera entre los territorios cristianos y musulmanes, que aparece como un espacio de guerra permanente pero tambi&eacute;n de conocimiento mutuo. La frontera no separa dos civilizaciones que ignoran completamente la existencia de la otra, sino poblaciones acostumbradas durante generaciones al comercio, el enfrentamiento, las treguas, los pactos, las incursiones y las negociaciones. Ese contacto prolongado ha creado c&oacute;digos compartidos incluso en la violencia, y una de las tensiones interesantes de la novela surge precisamente al confrontar esas costumbres fronterizas con la actitud de algunos cruzados ultramontanos para quienes la guerra religiosa exige una aniquilaci&oacute;n mucho menos matizada. La diferencia entre conquistar y exterminar, entre aceptar una rendici&oacute;n y convertirla en carnicer&iacute;a, abre una zona moral donde la novela adquiere una resonancia que trasciende naturalmente el per&iacute;odo hist&oacute;rico representado.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">No necesita San Sebasti&aacute;n forzar demasiado las analog&iacute;as con el presente para que aparezca una cuesti&oacute;n reconocible: toda guerra requiere un discurso que permita a quienes participan en ella considerar leg&iacute;tima su violencia, pero ese mismo discurso puede terminar eliminando cualquier l&iacute;mite sobre la conducta de los combatientes. La fe es capaz de movilizar un ej&eacute;rcito y proporcionar sentido al sacrificio, pero tambi&eacute;n puede utilizarse para transformar al enemigo en alguien situado fuera de la humanidad moral. La autora introduce entonces una distinci&oacute;n entre el combate sometido a unas reglas, por precarias que resulten, y la violencia que busca &uacute;nicamente la destrucci&oacute;n del otro, y esa frontera &eacute;tica resulta mucho m&aacute;s interesante que una lectura de los acontecimientos basada exclusivamente en qui&eacute;n ocupa finalmente una ciudad.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Es precisamente cuando el destino de Beltr&aacute;n se aleja de la imagen tradicional del guerrero cuando </span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La venganza del ap&oacute;stol</span><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> encuentra su veta narrativa m&aacute;s f&eacute;rtil. El joven que esperaba conseguir reconocimiento mediante la espada termina obligado a desempe&ntilde;ar tareas de espionaje y a infiltrarse en C&oacute;rdoba, una transformaci&oacute;n que dinamita desde dentro todo aquello que hab&iacute;a aprendido acerca de la honra. El caballero necesita ser reconocido porque su prestigio depende de los testigos, mientras que el esp&iacute;a debe desaparecer dentro de una identidad ajena; el primero aspira a que su nombre sea recordado, mientras que el segundo habr&aacute; cumplido mejor su cometido cuanto menos se sepa acerca de su intervenci&oacute;n. De esta contradicci&oacute;n extrae San Sebasti&aacute;n una reflexi&oacute;n muy eficaz sobre la diferencia entre servir y ser admirado, porque Beltr&aacute;n debe descubrir que una acci&oacute;n decisiva puede no ofrecer ninguna recompensa p&uacute;blica y que el coraje tambi&eacute;n consiste en callar cuando se desea hablar, disimular cuando se querr&iacute;a desafiar y aceptar que otros reciban la gloria de una empresa a la que uno ha contribuido de manera esencial.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La educaci&oacute;n del protagonista pasa as&iacute; de la destreza militar a una forma bastante m&aacute;s compleja de conocimiento. Para infiltrarse necesita observar, interpretar comportamientos, controlar sus emociones y aprender a mirar a quienes hasta entonces hab&iacute;a considerado &uacute;nicamente adversarios. Ese contacto con el otro desestabiliza las identidades demasiado simples, como ocurre frecuentemente en las buenas novelas de frontera, porque resulta mucho m&aacute;s f&aacute;cil odiar una categor&iacute;a que a un individuo concreto. C&oacute;rdoba se convierte de este modo no solo en escenario de peligro, sino en el territorio donde Beltr&aacute;n debe comprobar que las divisiones pol&iacute;ticas y religiosas que organizan el mundo no eliminan la complejidad humana de quienes habitan al otro lado.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Tambi&eacute;n las mujeres contribuyen a ensanchar el campo de visi&oacute;n de un protagonista educado en la convicci&oacute;n de que la Historia pertenece fundamentalmente a los hombres que llevan armas. Su madre, do&ntilde;a Catalina, antigua dama de Berenguela, encarna una inteligencia pr&aacute;ctica que comprende mucho antes que &eacute;l la diferencia entre prestigio y supervivencia. Si el muchacho considera inicialmente que renunciar al camino de las armas equivale a una degradaci&oacute;n, Catalina entiende que insistir en un destino para el cual su hijo no est&aacute; preparado puede conducirlo sencillamente a la muerte. Su funci&oacute;n en la novela no queda limitada a la preocupaci&oacute;n materna, porque a trav&eacute;s de ella se desarrolla una idea recurrente: el poder pol&iacute;tico y social no coincide siempre con el poder formal, y muchas mujeres medievales tuvieron que ejercer su autoridad dentro de los estrechos m&aacute;rgenes que les permit&iacute;a una sociedad organizada jur&iacute;dicamente alrededor de los hombres.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La figura de Berenguela resulta esencial dentro de esa genealog&iacute;a femenina. San Sebasti&aacute;n la presenta como ejemplo de una inteligencia pol&iacute;tica capaz de transformar la aparente renuncia en una forma de gobierno, mostrando c&oacute;mo la influencia, el consejo, las alianzas familiares y la administraci&oacute;n de las relaciones personales pueden resultar tan decisivos como las acciones ejecutadas p&uacute;blicamente por quienes ocupan el trono. Junto con otras figuras femeninas, reales o ficticias, la novela construye una retaguardia que cuestiona silenciosamente la idea de que la Historia sucede &uacute;nicamente donde chocan las espadas. Mientras los hombres combaten, alguien debe administrar propiedades, garantizar suministros, mantener redes de fidelidad, proteger familias, atender heridos y conservar aquello que har&aacute; posible la vida despu&eacute;s de la campa&ntilde;a. La batalla ocupa las cr&oacute;nicas, pero la supervivencia suele depender de actividades mucho menos espectaculares.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Hay aqu&iacute; un paralelismo evidente con el propio aprendizaje de Beltr&aacute;n. Tanto el esp&iacute;a como las mujeres que act&uacute;an desde la retaguardia participan de una Historia que no siempre reconoce a quienes la sostienen, y </span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La venganza del ap&oacute;stol</span><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> encuentra una de sus ideas centrales precisamente en esa tensi&oacute;n entre visibilidad e importancia. Ser visto no equivale necesariamente a ser decisivo, y ocupar el centro de la escena puede tener bastante menos importancia que realizar correctamente una tarea de la que nadie dejar&aacute; constancia. El muchacho que hab&iacute;a confundido desde ni&ntilde;o el honor con el reconocimiento p&uacute;blico empieza a comprender que el segundo puede ser apenas una representaci&oacute;n social del primero.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La otra gran columna simb&oacute;lica de la novela son las campanas de Santiago de Compostela, cuya historia proporciona a San Sebasti&aacute;n una imagen extraordinariamente poderosa para unir &eacute;pocas distintas dentro de su proyecto narrativo. La tradici&oacute;n relata que, tras la expedici&oacute;n de Almanzor contra Santiago a finales del siglo X, las campanas fueron trasladadas hasta C&oacute;rdoba a hombros de cautivos cristianos; siglos despu&eacute;s, cuando la antigua capital califal cay&oacute; en manos cristianas, el trayecto habr&iacute;a de realizarse en sentido inverso y con cautivos musulmanes como porteadores. El c&iacute;rculo narrativo resulta perfecto porque transforma un objeto en dep&oacute;sito de memoria: las campanas dejan de ser &uacute;nicamente campanas para convertirse en trofeo, humillaci&oacute;n, s&iacute;mbolo religioso, demostraci&oacute;n de poder y finalmente instrumento de una restituci&oacute;n que contiene inevitablemente el deseo de invertir la afrenta anterior.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La novela aprovecha ese regreso para adoptar la estructura de una larga aventura de camino, una especie de </span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">road novel</span><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> medieval en la que los paisajes, el hambre, las amenazas, el cansancio y los encuentros sucesivos permiten que el gran s&iacute;mbolo vuelva a adquirir materialidad. Las campanas pesan, necesitan ser transportadas y exigen cuerpos capaces de soportarlas, lo que impide que la victoria se vuelva completamente abstracta. En esa imagen se concentra una contradicci&oacute;n inc&oacute;moda que el libro no necesita resolver para que resulte fecunda: lo que unos interpretan como reparaci&oacute;n de una injusticia hist&oacute;rica constituye para quienes cargan el metal una nueva forma de humillaci&oacute;n. La Historia puede cerrar c&iacute;rculos, pero casi nunca lo hace sin colocar a alguien debajo.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">El propio t&iacute;tulo de la novela, </span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La venganza del ap&oacute;stol</span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">, remite a esa inversi&oacute;n simb&oacute;lica y anuncia una concepci&oacute;n de la memoria hist&oacute;rica donde los objetos pueden sobrevivir durante m&aacute;s tiempo que los hombres y acumular sucesivas interpretaciones. Quienes robaron las campanas, quienes las transportaron por primera vez y quienes las devolvieron pertenecen a generaciones distintas, pero el metal permanece, convertido en testimonio de una cadena de conquistas y derrotas que demuestra hasta qu&eacute; punto los seres humanos heredamos conflictos cuyos protagonistas originales hace mucho que han desaparecido. En este sentido, las campanas funcionan tambi&eacute;n como met&aacute;fora del peso del pasado que soporta Beltr&aacute;n: ambos reciben una historia anterior y deben transportarla sin haber participado en su origen.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">San Sebasti&aacute;n introduce adem&aacute;s una cuesti&oacute;n especialmente pertinente para cualquier novela hist&oacute;rica, la de qui&eacute;n construye finalmente el relato que llegar&aacute; hasta nosotros. Los cronistas seleccionan hechos, los soberanos necesitan versiones favorables de los acontecimientos y las comunidades transforman determinadas experiencias en mitos que proporcionan una explicaci&oacute;n de s&iacute; mismas. La Historia nunca aparece aqu&iacute; como una fotograf&iacute;a neutra, porque antes de convertirse en conocimiento ha pasado por las manos de quienes decidieron qu&eacute; deb&iacute;a recordarse y qu&eacute; conven&iacute;a olvidar. La novela participa inevitablemente de esa misma operaci&oacute;n, pues toda ficci&oacute;n hist&oacute;rica selecciona una perspectiva desde la que mirar el pasado, pero al menos hace visible el mecanismo mediante el cual unos hombres entran en las cr&oacute;nicas mientras otros, quiz&aacute; igualmente decisivos, desaparecen de ellas.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">En t&eacute;rminos estrictamente literarios, </span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La venganza del ap&oacute;stol</span><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> pertenece sin complejos a una tradici&oacute;n narrativa de vocaci&oacute;n popular que concede prioridad a la peripecia, la ambientaci&oacute;n y la capacidad de transportar al lector a otro tiempo. La prosa evita cualquier arqueolog&iacute;a ling&uuml;&iacute;stica excesiva, incorpora t&eacute;rminos medievales sin convertirlos en una exhibici&oacute;n de erudici&oacute;n y busca sobre todo mantener una textura hist&oacute;rica reconocible dentro de un castellano plenamente accesible. La autora posee un sentido visual evidente para las batallas, las cabalgadas, los asedios y los desplazamientos, aunque el inter&eacute;s del libro no permanece constante en todas sus capas: cuanto m&aacute;s obligada se encuentra la narraci&oacute;n a explicar el contexto pol&iacute;tico, m&aacute;s pesado puede resultar el avance; cuanto m&aacute;s cerca permanece de Beltr&aacute;n y de los conflictos que modifican su percepci&oacute;n del mundo, mayor es la energ&iacute;a de la novela.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Ese desequilibrio no invalida el proyecto, pero s&iacute; define sus l&iacute;mites. El lector que busque una experimentaci&oacute;n formal, ambig&uuml;edad estil&iacute;stica o una revisi&oacute;n radical de las convenciones del g&eacute;nero probablemente no encontrar&aacute; aqu&iacute; su territorio, porque San Sebasti&aacute;n trabaja deliberadamente dentro de las formas cl&aacute;sicas de la novela hist&oacute;rica de aventuras. Su ambici&oacute;n se dirige hacia otro lugar: conseguir que acontecimientos conocidos de manera fragmentaria recuperen movimiento, que unos personajes reales convivan con figuras ficticias y que el relato individual permita entrar en una &eacute;poca cuya complejidad pol&iacute;tica y religiosa podr&iacute;a resultar intimidante fuera de la ficci&oacute;n. Cuando esa maquinaria est&aacute; bien ajustada, la novela consigue aquello que busca: que el conocimiento llegue como consecuencia de la aventura y no como requisito previo para disfrutarla.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Pero lo que finalmente permanece despu&eacute;s de las batallas, de la conquista de C&oacute;rdoba y del largo viaje de las campanas no es tanto la celebraci&oacute;n de una victoria como el itinerario de un muchacho obligado a reformular la idea de honor que hab&iacute;a recibido de sus mayores. Beltr&aacute;n comienza la novela creyendo que solo podr&aacute; justificarse a s&iacute; mismo si reproduce las haza&ntilde;as de su padre y alcanza una gloria semejante, pero el camino le ense&ntilde;a que la identidad heredada puede convertirse tambi&eacute;n en una c&aacute;rcel. Su dificultad con las armas, que inicialmente interpreta como una desgracia, termina abriendo la posibilidad de otra clase de servicio, menos visible y quiz&aacute; m&aacute;s acorde con sus capacidades. No deja por ello de pertenecer al mundo medieval ni de compartir muchos de sus valores, pero aprende a distinguir entre la apariencia de la valent&iacute;a y la valent&iacute;a misma.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Ah&iacute; se encuentra probablemente la dimensi&oacute;n m&aacute;s universal de </span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La venganza del ap&oacute;stol</span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">, porque detr&aacute;s de una peripecia situada ocho siglos atr&aacute;s aparece una experiencia reconocible para cualquiera que alguna vez haya sentido que estaba viviendo seg&uacute;n el guion escrito por otra persona. El padre heroico, el apellido, las expectativas familiares y la necesidad de demostrar que se merece pertenecer a una determinada tradici&oacute;n forman una red que podr&iacute;a trasladarse a muchas otras &eacute;pocas. San Sebasti&aacute;n utiliza el siglo XIII para formular una pregunta que no pertenece exclusivamente a aquel mundo: qu&eacute; sucede cuando aquello para lo que hemos sido educados no coincide con aquello que somos capaces de hacer.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La respuesta de la novela no pasa por rechazar completamente la herencia, sino por aprender a relacionarse con ella de otra manera. Beltr&aacute;n no necesita destruir el recuerdo paterno para encontrar su propio lugar, del mismo modo que una sociedad no puede construir su identidad ignorando el pasado que la precede. Lo verdaderamente decisivo consiste en evitar que esa memoria se transforme en una obligaci&oacute;n de repetir exactamente los mismos gestos. Las campanas regresan a Santiago siguiendo un camino inverso al que realizaron siglos atr&aacute;s, pero el mundo al que vuelven ya no es el mismo; Beltr&aacute;n carga con la gloria de su padre, aunque deber&aacute; decidir finalmente qu&eacute; significado tiene para &eacute;l.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La venganza del ap&oacute;stol</span><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> encuentra as&iacute; su mejor imagen en ese metal transportado durante kil&oacute;metros por unos hombres cuyos nombres probablemente no conservar&aacute; ninguna cr&oacute;nica. Por encima de ellos se alza un s&iacute;mbolo destinado a permanecer; debajo avanzan cuerpos cansados, sustituibles para la Historia pero imprescindibles para que la Historia suceda. Entre ambas dimensiones, la grandeza del acontecimiento y la insignificancia aparente del individuo, Isabel San Sebasti&aacute;n construye una novela que reivindica el placer cl&aacute;sico de la aventura hist&oacute;rica al tiempo que recuerda que la &eacute;pica siempre necesita unos hombros sobre los que apoyarse. Y acaso su protagonista empiece verdaderamente a convertirse en adulto cuando comprende que el honor no consiste en conseguir que todos miren c&oacute;mo cargas con el peso, sino en decidir qu&eacute; est&aacute;s dispuesto a sostener incluso cuando nadie podr&aacute; contarlo despu&eacute;s.</span></span><br /></div>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Entrevista a Javier Pérez Bolet]]></title><link><![CDATA[https://www.peregrinosysusletras.net/violant-muntildeoz-i-genoveacutes/entrevista-a-javier-perez-bolet]]></link><comments><![CDATA[https://www.peregrinosysusletras.net/violant-muntildeoz-i-genoveacutes/entrevista-a-javier-perez-bolet#comments]]></comments><pubDate>Wed, 05 Aug 2026 11:38:05 GMT</pubDate><category><![CDATA[Uncategorized]]></category><guid isPermaLink="false">https://www.peregrinosysusletras.net/violant-muntildeoz-i-genoveacutes/entrevista-a-javier-perez-bolet</guid><description><![CDATA[       Por Violant Mu&ntilde;oz i Genov&eacute;sTe env&iacute;o un cuestionario para que Javier P&eacute;rez Bolet responda, y me lo hac&eacute;is llegar por mail.&nbsp;1.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Pedro I ha pasado a la historia con dos apodos aparentemente irreconciliables: &laquo;el Cruel&raquo; y &laquo;el Justiciero&raquo;. Cuando comenz&oacute; a escribir la novela, &iquest;ten&iacute;a claro cu&aacute;l era su mirada sobre este personaje o fue [...] ]]></description><content:encoded><![CDATA[<div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0;margin-right:0;text-align:center"> <a> <img src="https://www.peregrinosysusletras.net/uploads/7/8/6/9/78697460/fratricida-portada_orig.jpg" alt="Picture" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%"></div> </div></div>  <div class="paragraph"><strong><font color="#2a2a2a">Por Violant Mu&ntilde;oz i Genov&eacute;s<br /><br /></font></strong>Te env&iacute;o un cuestionario para que Javier P&eacute;rez Bolet responda, y me lo hac&eacute;is llegar por mail.<br />&nbsp;<br /><strong>1.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; </strong><strong>Pedro I ha pasado a la historia con dos apodos aparentemente irreconciliables: &laquo;el Cruel&raquo; y &laquo;el Justiciero&raquo;. Cuando comenz&oacute; a escribir la novela, &iquest;ten&iacute;a claro cu&aacute;l era su mirada sobre este personaje o fue cambiando a medida que avanzaba la documentaci&oacute;n y la escritura?</strong><br />&nbsp;<br />Prefiero usar &ldquo;El justo&rdquo;, m&aacute;s que &ldquo;el Justiciero&rdquo;, para as&iacute; diferenciarlo de su padre Alfonso XI.<br />Al comenzar la investigaci&oacute;n, no, no sab&iacute;a que se le llam&oacute; tambi&eacute;n de ese modo, sino que en seguida se me ven&iacute;a a la cabeza lo de Pedro &ldquo;El Cruel&rdquo;. Desde mi infancia (aunque no es algo que recuerde haber estudiado en la EGB pero s&iacute; en una colecci&oacute;n de cromos hist&oacute;rica de esa &eacute;poca), as&iacute; como en el instituto, siempre lo conoc&iacute; como &ldquo;El Cruel&rdquo;. Muchos a&ntilde;os m&aacute;s tarde, en mi paso por la Universidad por segunda vez (en este caso, la<br />UAM, grado de Historia), es cuando, si bien sin incidir mucho en ello, la figura de Pedro &ldquo;El Cruel&rdquo; aparece tambi&eacute;n como &ldquo;El Justo&rdquo;, y Enrique &ldquo;el de las Mercedes&rdquo; lo hace como &ldquo;El Fratricida&rdquo;. Eso me llev&oacute; a profundizar en el tema y, por supuesto, mi imagen de Pedro y de Enrique fue cambiando seg&uacute;n analizaba los hechos, las motivaciones, la legalidad o no de lo decretado, y, sobre todo, si comparaba las acciones de ambos (y tambi&eacute;n con las del tercer pilar de la historia, Pedro IV de Arag&oacute;n El Ceremonioso) para, en justicia, ver el grado de crueldad de cada personaje.<br />&nbsp;<br /><strong>2.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; </strong><strong>En <em>El Fratricida</em> el enfrentamiento entre Pedro y Enrique de Trast&aacute;mara es mucho m&aacute;s que una guerra sucesoria: parece una lucha entre dos formas de entender el poder y hasta dos maneras de construir el relato hist&oacute;rico. &iquest;Qu&eacute; le fascina especialmente de esta rivalidad entre hermanos?</strong><br />&nbsp;<br />En realidad, los dos tienen la misma forma de entender el poder, ya que ambos son hijos de un mismo padre, Alfonso XI &ldquo;el Justiciero&rdquo;, que fue uno m&aacute;s de los reyes que, ya desde su bisabuelo Alfonso X &ldquo;el Sabio&rdquo;, establec&iacute;an m&aacute;s medidas y controles para reforzar la autoridad real frente a una poderos&iacute;sima nobleza (no podemos imaginarnos soberanos absolutos en estas &eacute;pocas; hasta los Reyes Cat&oacute;licos el poder real no llega a algo ligeramente parecido).<br />Lo que ocurre es que Enrique pacta con esa nobleza arribista, cede y otorga grandes privilegios, tierras y t&iacute;tulos (de ah&iacute; el apodo benigno con el que pasa a la historia como &ldquo;el de las Mercedes&rdquo;) para hacerse con el trono. No porque &eacute;l quiera de verdad ese statu quo entre monarca-nobleza, sino porque es el medio para llegar al trono.<br />Donde s&iacute; que hay una diferencia es en el modo de gestionar la propaganda y c&oacute;mo construir el relato hist&oacute;rico. Enrique gana esa partida, entre otras cosas porque Pedro no la necesitaba (su legitimidad era clara, por sangre y ungido por la Iglesia y Dios), mientras que su rival ha de justificar un regicidio (que era un delito no solo penal en la &eacute;poca, sino espiritual y religioso, porque el rey es elegido por Dios). Enrique usa todo lo que tiene a su alcance para hacer aparecer a Pedro como un tirano, un amigo de moros y jud&iacute;os&hellip; todo lo que pod&iacute;a levantar la opini&oacute;n del pueblo en su contra y encajar en las mentes ambiciosas de la nobleza. Un tiranicidio, a diferencia del regicidio, era algo que la Iglesia pod&iacute;a justificar, y ah&iacute; dirige todos sus esfuerzos.<br />Y, si hay algo que me fascina de esa rivalidad entre hermanos, es la evoluci&oacute;n de la misma, con un Pedro paciente y clemente al principio, y un Enrique pertinaz y resistente, que desemboca en un odio profundo entre ambos, en un Pedro endurecido por las traiciones, y un Enrique con el coraz&oacute;n de piedra al ver c&oacute;mo se suceden las ejecuciones de familiares.<br />&nbsp;<br /><strong>3.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; </strong><strong>Solemos imaginar la Edad Media como una &eacute;poca lejana y casi ajena a nosotros, pero leyendo la novela resulta inevitable pensar en cuestiones muy actuales:</strong><br /><strong>propaganda, polarizaci&oacute;n pol&iacute;tica, alianzas cambiantes o manipulaci&oacute;n de la opini&oacute;n p&uacute;blica. &iquest;Ha tenido la sensaci&oacute;n de estar escribiendo sobre el siglo XIV y, al mismo tiempo, sobre nuestro presente?</strong><br />&nbsp;<br />Por supuesto que he tenido esa sensaci&oacute;n. Al final, el ser humano se comporta seg&uacute;n unos patrones, especialmente cuando de la lucha por el poder se trata. Pero no ha sido una sorpresa (el sentir esa sensaci&oacute;n de &ldquo;actualidad&rdquo;) porque ya aprend&iacute; hace mucho tiempo que los que nos gobiernan (o los que aspiran a ello) nos intentan manipular, y, por desgracia, lo consiguen casi siempre. &nbsp;<br />&nbsp;<br /><strong>4.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; </strong><strong>Una de las ideas m&aacute;s sugerentes del libro es que la historia suele ser escrita por los vencedores. Enrique gana la guerra, funda una dinast&iacute;a y condiciona la imagen que heredamos de Pedro. &iquest;Hasta qu&eacute; punto cree que seguimos siendo v&iacute;ctimas de los relatos construidos por quienes ostentan el poder?</strong><br />&nbsp;<br />&iexcl;Estamos haciendo esp&oacute;iler para los que no conozcan la historia! S&iacute;, Enrique gana y cuenta &ldquo;su historia&rdquo;, algo que refuerzan m&aacute;s tarde sus descendientes. Pi&eacute;nsese que es una dinast&iacute;a que no tiene legitimidad y han de construirla. Lo de &ldquo;Pedro El Cruel&rdquo; (que, por cierto, no usa Enrique, sino que es obra de un cronista italiano un siglo m&aacute;s tarde, Lucio Marineo S&iacute;culo, que trabajaba para los Trast&aacute;mara) es lo que nos ha llegado fundamentalmente.<br />Y esto sigue pasando en la actualidad. &iquest;Un ejemplo palpable? Las leyes de memoria Hist&oacute;rica y de Memoria Democr&aacute;tica (esta &uacute;ltima de 2022, ampliando la primera). Yo he vivido algunas cosas que esa ley aborda, y s&eacute; lo que verdaderamente pas&oacute;. &iquest;Me van a decir que los gudaris de ETA no eran unos asesinos sino &ldquo;luchadores por la libertad&rdquo; y en plenos &ldquo;a&ntilde;os de plomo&rdquo;? Yo ten&iacute;a entonces 11 a 14 a&ntilde;os, viv&iacute;a en Madrid y sab&iacute;a lo que eran las bombas y atentados de la banda terrorista, pedirle a mi padre que no se acercase mucho a un zeta de la polic&iacute;a o un veh&iacute;culo de la guardia civil por si acaso tocaba. Para alguien del futuro que estudie esos hechos y se ci&ntilde;ese a esa ley, la historia estar&iacute;a totalmente distorsionada. Este es solo un ejemplo (quiz&aacute; el m&aacute;s sangrante) de c&oacute;mo somos v&iacute;ctimas de los que gobiernan en algo tan delicado como nuestra historia y memoria colectiva.<br />&nbsp;<br /><strong>5.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; </strong><strong>Usted ya hab&iacute;a recreado con enorme ambici&oacute;n el mundo de las Cruzadas en la saga <em>Deus Vult</em>, pero aqu&iacute; se adentra en un episodio quiz&aacute; menos conocido por el gran p&uacute;blico y, sin embargo, decisivo para la historia de Castilla. &iquest;Por qu&eacute; eligi&oacute; precisamente este momento hist&oacute;rico y no otro?</strong><br />&nbsp;<br />Lo primero, porque en <em>&ldquo;Deus Vult. La Primera Cruzada&rdquo;</em>, apenas puede encontrar un antepasado hisp&aacute;nico que participase en ella (lo que era algo natural: los papas no quer&iacute;an que castellanos, aragoneses ni navarros descuidasen su deber de reconquista, que tambi&eacute;n tuvo en muchas ocasiones bula papal de cruzada, aunque a las campa&ntilde;as contra los musulmanes en la Pen&iacute;nsula Ib&eacute;rica no se las denomine como tales).<br />Quise acercarme a lo sucedido en nuestra historia como pa&iacute;s y aprovechar todo lo que sab&iacute;a sobre la Edad Media. Cuando me encontr&eacute; con una guerra civil (porque eso es literalmente lo que ocurre en la pugna, sobre todo al final, entre Pedro y Enrique), me dije: &iquest;Qu&eacute; es m&aacute;s espa&ntilde;ol que matarse entre hermanos? As&iacute; que este episodio, que no es tan conocido, inmediatamente atrajo mi atenci&oacute;n. Y luego, al investigar y ver que la historia &ldquo;no es como nos la han contado&rdquo; ya qued&eacute; totalmente atrapado.<br />&nbsp;<br /><strong>6.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; </strong><strong>La novela est&aacute; llena de grandes personajes masculinos, pero tambi&eacute;n concede un papel decisivo a mujeres como Mar&iacute;a de Padilla, Leonor de Guzm&aacute;n, Blanca de Borb&oacute;n o Mar&iacute;a de Portugal. &iquest;Le interesaba reivindicar la influencia pol&iacute;tica y emocional de estas figuras, a menudo relegadas a un segundo plano por la historiograf&iacute;a tradicional?</strong><br />&nbsp;<br />Cualquiera que lea el libro (que es fiel, sin licencias art&iacute;sticas, a la historia) apreciar&aacute; que no hace falta reivindicar nada. Pero en mis presentaciones s&iacute; que me gusta dirigir la mirada del futuro lector, por si va con las &ldquo;orejeras&rdquo; de fijarse s&oacute;lo en los personajes masculinos y poderosos. As&iacute; que siempre digo que esta no es solo la rivalidad entre dos pr&iacute;ncipes hermanos sino la gran pugna entre dos familias: la de la concubina Leonor de Guzm&aacute;n &ldquo;La Favorita&rdquo; y su hijo Enrique, frente a la de la reina Mar&iacute;a de Portugal y su v&aacute;stago Pedro I. Y que despu&eacute;s de ellas, cuando esos dos adolescentes (pues eso eran a la muerte en 1350 de su padre el rey Alfonso XI) crecen y maduran, su camino tampoco hubiera sido el mismo sin las mujeres que amaron y con las que se casaron. Dos mujeres tan distintas como las madres que tuvieron cada uno. Do&ntilde;a Juana Manuel de Villena, de sangre real, que se casa siendo una ni&ntilde;a con Enrique y se revela al madurar como una mujer fuerte, decidida y con el mismo objetivo que su marido: el trono. Y do&ntilde;a Mar&iacute;a de Padilla, el amor de Pedro I por el que lo arriesga todo, la corona misma, y se enfrenta a todos, con el apoyo calmado y bals&aacute;mico de su amada.<br />Otra cosa que siempre destaco al hablar de la novela es algo que se ve ya desde su comienzo: en la partida de ajedrez que se juega, no son los reyes sino las damas (la reina Mar&iacute;a de Portugal y la poderosa noble Leonor de Guzm&aacute;n) las que mueven primero. Ellas lo inician todo. Disfrut&eacute; mucho descubriendo y dando forma a todos esos personajes femeninos m&aacute;s en&eacute;rgicos e inteligentes que muchos de los masculinos que salen en la historia. &nbsp;<br />&nbsp;<br /><strong>7.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; </strong><strong>Hay escenas de enorme violencia, pero da la impresi&oacute;n de que la verdadera brutalidad no siempre ocurre en el campo de batalla, sino en los despachos, en las alianzas rotas y en las traiciones familiares. &iquest;Es la pol&iacute;tica medieval mucho m&aacute;s despiadada de lo que solemos imaginar?</strong><br />&nbsp;<br />Desde luego que es m&aacute;s despiadada que lo que, a priori, nos imaginamos. En esa &eacute;poca estaban acostumbrados a que, caso de resistirse una villa a un asedio, el vencedor pasase a cuchillo a la poblaci&oacute;n en represalia y vendiese como esclavos a los supervivientes. O que, por delitos que ahora consideramos menores, la pena fuera de mutilaci&oacute;n o muerte. Si eso era as&iacute; en lo que se ve&iacute;a d&iacute;a a d&iacute;a, no es dif&iacute;cil colegir que tras los focos todo era brutal y, en gran medida, pasional (el honor mancillado tambi&eacute;n impulsa muchas acciones que, hoy en d&iacute;a, ver&iacute;amos como una reacci&oacute;n excesiva y fuera de lugar).<br />&nbsp;<br /><strong>8.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; </strong><strong>Alfonso XI aparece casi como una sombra que planea sobre toda la novela. Su doble familia, la leg&iacute;tima y la bastarda, acaba provocando una fractura imposible de cerrar. &iquest;Dir&iacute;a que el verdadero origen de la tragedia est&aacute; en las decisiones del padre m&aacute;s que en el odio de los hijos?</strong><br />&nbsp;<br />En una lectura aprior&iacute;stica se podr&iacute;a atribuir esa culpa a Alfonso XI por todo lo que hizo, y no faltar&iacute;a raz&oacute;n en verlo como el gran culpable. Es muy acertada la apreciaci&oacute;n que has hecho sobre que es una sombra que planea sobre toda la novela. Pero tambi&eacute;n podemos preguntarnos sobre el libre albedr&iacute;o que tienen los afectados (tanto la amante como la reina leg&iacute;tima, y tambi&eacute;n cada uno de sus hijos) para haber reaccionado de un modo u otro. No solo el odio entre los hijos sino, como he dicho, entre las madres, es determinante tambi&eacute;n de lo que sucede, y eso viene condicionado por el car&aacute;cter de ambas, tanto de Leonor de Guzm&aacute;n (ambiciosa, orgullosa y segura de que ese era su estatus, el de reinar, aunque fuera de facto) como el de Mar&iacute;a de Portugal (paciente, resistente y tambi&eacute;n orgullosa, consciente del derecho a su posici&oacute;n, para lo que desde peque&ntilde;a la hab&iacute;an criado). Sus hijos son reflejo de las madres. Pero tambi&eacute;n hubiera podido pasar que uno de ellos no hubiera tenido el car&aacute;cter para desencadenar todo. Tenemos un par de ejemplos en la novela: Fadrique (que es gemelo de Enrique, pero solo es igual por fuera) y Tello (el otro hermano) son hijos bastardos tambi&eacute;n de Leonor y por sus acciones a lo largo de la historia no parece que sin Enrique hubieran llevado el reino a la guerra.<br />&nbsp;<br /><strong>9.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; </strong><strong>Usted ha sido abogado, directivo de Recursos Humanos, piloto de helic&oacute;pteros y actualmente cursa estudios de Historia. Es una trayectoria vital poco habitual para un novelista hist&oacute;rico. &iquest;Cree que todas esas vidas anteriores le han ayudado a comprender mejor las pasiones humanas que mueven a sus personajes?</strong><br />&nbsp;<br />S&iacute;, sin ninguna duda. Vivir varias vidas en una, como yo he hecho desde un modo profesional, te da un bagaje muy importante para ponerte en la piel de otro. Adem&aacute;s, he viajado mucho y he vivido bastante tiempo fuera del confort del hogar, de esta c&aacute;lida y bonita Espa&ntilde;a. Por &uacute;ltimo, en el &aacute;mbito personal privado, tambi&eacute;n he sufrido mis avatares: amigos que descubres que no lo eran en realidad, un divorcio no buscado e inesperado, una muy feliz paternidad con la custodia completa de mi hijo desde que &eacute;l no llegaba a los dos a&ntilde;os&hellip; todo eso forma un &ldquo;inconsciente&rdquo; que ayuda, casi sin darte cuenta, al describir situaciones, pasiones y emociones de los personajes.<br />&nbsp;<br />&nbsp;<br /><strong>10.&nbsp; </strong><strong>La guerra entre Pedro y Enrique termina en Montiel, en un enfrentamiento cuerpo a cuerpo que posee una fuerza casi shakespeariana, porque concentra odio, ambici&oacute;n, resentimiento y tragedia familiar en un solo instante. &iquest;Fue esa escena el motor inicial de la novela o la historia fue creciendo alrededor de ella?</strong><br />&nbsp;<br />La escena (que conoc&iacute;a desde ni&ntilde;o con los cromos a los que me refer&iacute; antes) es tan fuerte que es dif&iacute;cil sustraerte a ella al narrar la historia. Pero lo consegu&iacute; y fue exactamente la &uacute;ltima que escrib&iacute;. Y as&iacute; fue mucho mejor porque, como comentas, la novela fue creciendo y dando m&aacute;s fuerza a los personajes (no solo a los dos protagonistas, sino a los presentes, Men de Sanabria y Du Guesclin). Me sali&oacute; del tir&oacute;n, no tuve que retocar nada, porque yo mismo estaba llegando al culmen, precipitado desde los dos cap&iacute;tulos anteriores al ver ya a esos dos poderosos y obstinados hombres viajar por un &uacute;nico carril que desembocaba en ese choque tr&aacute;gico y desgarrado. &iexcl;Qu&eacute; mejor cierre para una novela o pel&iacute;cula se pod&iacute;a haber imaginado! Y, resulta, que la Historia, con may&uacute;sculas, es la que nos lo proporciona. Mi mano ha estado en narrarlo con la fuerza y la pasi&oacute;n necesarias para que al lector se le erice el cabello y se le acelere el coraz&oacute;n mientras contempla el desenlace.<br />&nbsp;<br /><strong>11.&nbsp; </strong><strong>Mientras escrib&iacute;a <em>El Fratricida</em>, &iquest;hubo alg&uacute;n personaje que le sorprendiera especialmente, alguien al que inicialmente juzgaba de una manera y termin&oacute; comprendiendo o incluso admirando?</strong><br />&nbsp;<br />Pedro I ser&iacute;a ese personaje que juzgaba de una manera y, tras escribir su historia, mi imagen ha cambiado por completo. Adem&aacute;s, es un personaje muy hisp&aacute;nico, pues &eacute;l, como la tierra que lo vio nacer y donde rein&oacute;, tiene su propia leyenda negra.<br />En cuanto a personajes que me han sorprendido, hay muchos. Leonor de Guzm&aacute;n me ha parecido fascinante y, de otro modo, la reina Mar&iacute;a de Portugal. Los femeninos en general me han gustado: la desdichada Blanca de Borb&oacute;n (a la que comprendo), la dulce Mar&iacute;a de Padilla (de la que admiro su bondad en medio de todas esas traiciones e intrigas despiadadas). Y, de los masculinos, tendr&iacute;a que nombrar muchos secundarios en los que el honor y la lealtad son su gu&iacute;a sin descanso: el gran caballero don Alfonso Fern&aacute;ndez Coronel, el repostero fiel don Gutierre Fern&aacute;ndez de Toledo, el belicoso conde Fernando Ruiz de Castro, el leal maestre Mart&iacute;n L&oacute;pez de C&oacute;rdoba&hellip;<br />Menci&oacute;n aparte, que merece una novela sola para &eacute;l (igual me animo) ha sido descubrir a Pedro IV de Arag&oacute;n El Ceremonioso. &iexcl;Menudo personaje!<br />&nbsp;<br /><strong>12.&nbsp; </strong><strong>Despu&eacute;s de sumergirse en las Cruzadas y ahora en la Castilla convulsa del siglo XIV, uno tiene la sensaci&oacute;n de que le atraen especialmente los per&iacute;odos en los que todo parece estar a punto de derrumbarse. &iquest;Es ah&iacute;, en los tiempos de crisis y de cambio, donde cree que la novela hist&oacute;rica encuentra sus mejores historias?</strong><br />&nbsp;<br />No lo hab&iacute;a pensado as&iacute;. Al elegir la tem&aacute;tica no tuve conciencia de estar escribiendo sobre un tiempo de crisis, pero, bien mirado, creo que s&iacute;, que es en las &eacute;pocas convulsas, cuando tantas cosas est&aacute;n pasando, donde la novela hist&oacute;rica tiene m&aacute;s f&eacute;rtil campo. &iquest;Te imaginas una novela sobre un convento y su d&iacute;a a d&iacute;a, en una &eacute;poca en la que en el exterior de los muros tampoco sucedan grandes acontecimientos? Seguramente existe esa novela,&nbsp; y tendr&aacute; su autor y su p&uacute;blico, pero, por ahora, no es lo m&iacute;o.<br />&nbsp;<br />&nbsp;<br /><strong>13.&nbsp; </strong><strong>&iquest;Eres un autor ordenado o ca&oacute;tico?</strong><br />En la fase de investigaci&oacute;n, muy ordenado. Primero agrupo todo lo que tengo, me leo los libros m&aacute;s referentes sobre un tema (a ser posible, los m&aacute;s cercanos a los hechos), luego los documentos y art&iacute;culos complementarios (ep&iacute;stolas, cr&oacute;nicas, ensayos, art&iacute;culos arqueol&oacute;gicos, museos, im&aacute;genes de edificios, planos, museos). Y tambi&eacute;n me hago una lista inicial de posibles t&iacute;tulos de los cap&iacute;tulos que quiero abordar. Todo ese material lo ordeno por temas a tratar.<br />Pero luego, a la hora de empezar a novelar, si bien intento seguir el orden cronol&oacute;gico de la propia historia, en cuanto se me ocurre una escena, salto al futuro y empiezo a esbozarla, dejando un borrador con las ideas que se me han ocurrido. Y vuelvo a donde estaba. Tampoco me hago, como otros autores, unas fichas de los personajes: los tengo en mi cabeza a grandes rasgos y van actuando y evolucionando (aunque, al ser hist&oacute;ricos, siempre reviso lo que se ha escrito de ellos, tanto para bien como para mal, para reflejar su car&aacute;cter y acciones de un modo lo m&aacute;s riguroso posible). As&iacute; que en la fase creativa soy m&aacute;s ca&oacute;tico, supongo. Dejo que las palabras fluyan al ritmo de las acciones y los sucesos.<br />&nbsp;<br /><strong>14.&nbsp; </strong><strong>En el eterno debate entre el libro electr&oacute;nico, el libro en papel o el audiolibro, como lector, &iquest;por cu&aacute;l te inclinas?</strong><br />&nbsp;<br />Papel, sin ninguna duda. Entiendo la funci&oacute;n de los otros dos formatos (tengo un amigo que no ve muy bien y en el electr&oacute;nico encuentra el modo de no agotarse con la lectura). Pero, para los que podemos elegir, tener el libro entre las manos, sopesarlo, incluso olerlo, es otro mundo. Seguramente ser&aacute; porque ya tengo una edad, aunque en mi mente siga consider&aacute;ndome joven.<br />&nbsp;<br /><strong>15.&nbsp; </strong><strong>&iquest;Qu&eacute; libro te espera en tu mesita de noche hoy?</strong><br />&nbsp;<br />Pues salt&aacute;ndome mi regla de ir libro a libro, tengo dos. Uno es de novela negra espa&ntilde;ola, <em>&ldquo;T&uacute; bailas y yo disparo&rdquo;</em> (de Manuel Marlasca, Ediciones Destino) que me ha enganchado y sacado del medievo. Y otro, cuya portada me mira con paciencia de soslayo, es <em>&ldquo;Do&ntilde;a Urraca: Emperatriz de Hispania&rdquo; </em>(de Alfonso Sol&iacute;s, Editorial Istor&iacute;a), una mujer que siempre quise llevar a la novela.<br />&nbsp;<br />&nbsp;<br /><strong>JAVIER PEREZ BOLET 22 junio 2026</strong><br />&#8203;<br /></div>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Madrid guarda peor sus secretos que sus edificios]]></title><link><![CDATA[https://www.peregrinosysusletras.net/violant-muntildeoz-i-genoveacutes/madrid-guarda-peor-sus-secretos-que-sus-edificios]]></link><comments><![CDATA[https://www.peregrinosysusletras.net/violant-muntildeoz-i-genoveacutes/madrid-guarda-peor-sus-secretos-que-sus-edificios#comments]]></comments><pubDate>Wed, 29 Jul 2026 17:10:53 GMT</pubDate><category><![CDATA[Uncategorized]]></category><guid isPermaLink="false">https://www.peregrinosysusletras.net/violant-muntildeoz-i-genoveacutes/madrid-guarda-peor-sus-secretos-que-sus-edificios</guid><description><![CDATA[       Por Violant Mu&ntilde;oz i Genov&eacute;sLas ciudades envejecen de maneras muy distintas. Algunas derriban sus cicatrices, otras las exhiben con orgullo y unas pocas, quiz&aacute; las m&aacute;s fascinantes, aprenden a esconderlas bajo una apariencia de normalidad, como si el paso del tiempo hubiera sellado para siempre aquello que ocurri&oacute; entre sus calles. Madrid pertenece a esta &uacute;ltima categor&iacute;a. Uno puede atravesar la Plaza Mayor sin sospechar que all&iacute; convi [...] ]]></description><content:encoded><![CDATA[<div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0;margin-right:0;text-align:center"> <a> <img src="https://www.peregrinosysusletras.net/uploads/7/8/6/9/78697460/portada-libro-de-miguel-25-febrero_orig.jpg" alt="Picture" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%"></div> </div></div>  <div class="paragraph"><strong><font color="#2a2a2a">Por Violant Mu&ntilde;oz i Genov&eacute;s<br /></font></strong><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Las ciudades envejecen de maneras muy distintas. Algunas derriban sus cicatrices, otras las exhiben con orgullo y unas pocas, quiz&aacute; las m&aacute;s fascinantes, aprenden a esconderlas bajo una apariencia de normalidad, como si el paso del tiempo hubiera sellado para siempre aquello que ocurri&oacute; entre sus calles. Madrid pertenece a esta &uacute;ltima categor&iacute;a. Uno puede atravesar la Plaza Mayor sin sospechar que all&iacute; convivieron verdugos y mercaderes, puede pasear por la calle Mayor ignorando las historias que se imprimieron entre sus muros o entrar en la Biblioteca Nacional creyendo que los libros son &uacute;nicamente objetos ordenados sobre estanter&iacute;as, cuando en realidad algunos de ellos parecen conservar todav&iacute;a el eco de quienes los escribieron y de quienes intentaron hacerlos desaparecer. Jaime Rodr&iacute;guez parte de esa intuici&oacute;n, la de una ciudad cuya memoria permanece incompleta y cuyos secretos contin&uacute;an esperando a alguien dispuesto a descifrarlos, para construir en </span><em><span style="color:rgb(0, 0, 0)">El libro de Miguel</span></em><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> una novela que combina la intriga hist&oacute;rica con la pasi&oacute;n por la literatura y que convierte la b&uacute;squeda de un manuscrito perdido en una reflexi&oacute;n sobre el miedo que siempre han inspirado las palabras.</span></span><br /><span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La historia comienza con una escena que posee la contundencia de las grandes aperturas narrativas y la capacidad de instalar una pregunta en la mente del lector desde la primera p&aacute;gina. En la azotea de la Torre de Madrid, un hombre herido y presa de una extra&ntilde;a agitaci&oacute;n se acerca a Jota, un escritor madrile&ntilde;o atrapado en una crisis creativa y emocional, y pronuncia una frase cuyo sentido parece imposible de descifrar: &laquo;Hay un libro antes del libro&raquo;. Instantes despu&eacute;s se arroja al vac&iacute;o y convierte esa declaraci&oacute;n en el punto de partida de una investigaci&oacute;n que pronto desbordar&aacute; cualquier explicaci&oacute;n razonable.</span></span><br /><span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Jota no es un h&eacute;roe al uso. No posee habilidades extraordinarias ni un talento especial para resolver enigmas. Es un hombre cansado, ligeramente ir&oacute;nico, con m&aacute;s dudas que certezas y con una relaci&oacute;n ambigua tanto con la escritura como con la ciudad en la que vive. Quiz&aacute; por eso resulta tan convincente como protagonista, porque el lector reconoce en &eacute;l a alguien que se enfrenta a un misterio sin disponer de las herramientas necesarias para comprenderlo y que, sin embargo, decide seguir adelante movido por una mezcla de curiosidad, miedo y obstinaci&oacute;n.</span></span><br /><span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Esa b&uacute;squeda adquiere una nueva dimensi&oacute;n con la aparici&oacute;n de Clara, bibliotecaria de la Biblioteca Nacional y aut&eacute;ntica br&uacute;jula intelectual de la novela. Jaime Rodr&iacute;guez tiene la inteligencia de no convertirla en un simple inter&eacute;s amoroso ni en una secundaria brillante destinada a complementar al protagonista, sino en una figura decisiva cuya pasi&oacute;n por los libros y cuya capacidad para interpretar s&iacute;mbolos y rastrear conexiones impulsan buena parte de la investigaci&oacute;n. Entre ambos se establece una relaci&oacute;n basada en la admiraci&oacute;n mutua y en la complicidad, una relaci&oacute;n que crece al mismo ritmo que el peligro y que evita los lugares comunes del thriller contempor&aacute;neo.</span></span><br /><span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Sin embargo, aunque Jota y Clara conduzcan la acci&oacute;n, el verdadero protagonista de la novela es Madrid, una ciudad que Jaime Rodr&iacute;guez retrata con un afecto evidente y con un conocimiento que va mucho m&aacute;s all&aacute; de la documentaci&oacute;n. El suyo no es el Madrid monumental de las postales ni el Madrid apresurado de las oficinas, sino un espacio lleno de resonancias hist&oacute;ricas, de rincones olvidados y de edificios que parecen esconder secretos bajo cada piedra.</span></span><br /><span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Hay algo profundamente seductor en la manera en que el autor convierte la ciudad en un tablero de juego. La Plaza Mayor deja de ser un lugar tur&iacute;stico para recuperar ecos de su pasado m&aacute;s oscuro; la calle Mayor aparece como una arteria por la que ha circulado la historia de Espa&ntilde;a; San Antonio de los Alemanes y la Casa de los Portugueses se transforman en escenarios casi fantasmales; y la Biblioteca Nacional adquiere una dimensi&oacute;n legendaria, como si cada uno de sus pasillos pudiera conducir a un descubrimiento capaz de alterar nuestra comprensi&oacute;n del pasado.</span></span><br /><span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Ese amor por Madrid constituye una de las grandes virtudes del libro porque no responde a una voluntad exhibicionista ni a un deseo de impresionar al lector con datos hist&oacute;ricos, sino a una convicci&oacute;n mucho m&aacute;s &iacute;ntima: la de que las ciudades son organismos vivos que conservan en silencio las historias de quienes las habitaron y que, en ocasiones, permiten que esas historias regresen.</span></span><br /><span></span><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La investigaci&oacute;n emprendida por Jota y Clara conduce precisamente hacia uno de esos regresos, el de Miguel, joven escribiente del siglo XVI cuya vida ocupa la segunda gran l&iacute;nea argumental de la novela y cuya existencia dota al relato de una profundidad inesperada.</span></span><br /><span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Miguel trabaja en la corte de Felipe II copiando y embelleciendo documentos oficiales, una labor que al principio contempla como una oportunidad y que poco a poco se transforma en una experiencia insoportable cuando descubre la naturaleza de aquello que transcribe. Los papeles que pasan por sus manos contienen confesiones obtenidas mediante tortura, procesos inquisitoriales y testimonios de una violencia ejercida en nombre del orden y de la fe. La escritura, que hasta entonces hab&iacute;a sido para &eacute;l una herramienta de aprendizaje y ascenso social, se convierte en un instrumento al servicio del horror.</span></span><br /><span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Rodr&iacute;guez narra esa transformaci&oacute;n con una sensibilidad especial, evitando el dramatismo excesivo y apostando por un proceso lento, casi doloroso, en el que Miguel toma conciencia de que la neutralidad es imposible y de que copiar una mentira tambi&eacute;n implica participar de ella. El descubrimiento de esa responsabilidad moral constituye uno de los momentos m&aacute;s interesantes de la novela, porque obliga al personaje a elegir entre la obediencia y la verdad, entre la seguridad y la necesidad de denunciar aquello que presencia.</span></span><br /><span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">De esa tensi&oacute;n nace el manuscrito secreto que da origen a toda la trama, una obra escrita clandestinamente para revelar los abusos de la Inquisici&oacute;n y para mostrar aquello que las instituciones desean mantener oculto. Jaime Rodr&iacute;guez imagina as&iacute; la existencia de un libro anterior a ciertos hitos de nuestra literatura, un texto inc&oacute;modo y revolucionario cuya aparici&oacute;n habr&iacute;a alterado el relato oficial sobre el Siglo de Oro y sobre algunos de los episodios m&aacute;s oscuros de la historia espa&ntilde;ola.</span></span><br /><span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La hip&oacute;tesis posee una enorme fuerza literaria porque no pretende competir con la historia real ni corregirla, sino explorar una pregunta mucho m&aacute;s sugestiva: qu&eacute; ocurre cuando una obra amenaza con decir aquello que nadie quiere escuchar. La respuesta atraviesa toda la novela y adopta m&uacute;ltiples formas, desde la persecuci&oacute;n abierta hasta el silencio impuesto, desde la destrucci&oacute;n f&iacute;sica de los textos hasta la manipulaci&oacute;n de la memoria colectiva.</span></span><br /><span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Es aqu&iacute; donde aparece la Custodia, organizaci&oacute;n heredera de la Inquisici&oacute;n cuya misi&oacute;n consiste en impedir que el manuscrito salga a la luz y que representa una idea tan antigua como vigente: la de que el poder necesita controlar los relatos para perpetuarse. Frente a ella se alza la familia Folguera, impresores encargados de custodiar el libro durante generaciones y convertidos, casi sin propon&eacute;rselo, en s&iacute;mbolos de la resistencia cultural.</span></span><br /><span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La oposici&oacute;n entre ambos mundos podr&iacute;a haber derivado hacia el manique&iacute;smo, pero Jaime Rodr&iacute;guez consigue sostenerla gracias a una convicci&oacute;n sincera en el valor de la literatura y en la importancia de quienes la preservan. Hay en estas p&aacute;ginas una fe absoluta en los libros, una confianza casi rom&aacute;ntica en su capacidad para atravesar los siglos y para sobrevivir a las persecuciones, a las guerras y a los fanatismos.</span></span><br /><span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Esa confianza impregna toda la novela y le otorga una dimensi&oacute;n emocional que va mucho m&aacute;s all&aacute; de la intriga. Porque </span><em><span style="color:rgb(0, 0, 0)">El libro de Miguel</span></em><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> no habla &uacute;nicamente de un manuscrito desaparecido ni de una conspiraci&oacute;n centenaria, sino del acto de escribir como forma de resistencia, de la lectura como ejercicio de libertad y de la memoria como territorio en disputa.</span></span><br /><span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">En tiempos dominados por la velocidad y por la fugacidad, Jaime Rodr&iacute;guez reivindica la lentitud del libro, la paciencia de quienes conservan historias y la necesidad de volver la vista hacia aquello que otros intentaron borrar. Lo hace adem&aacute;s sin solemnidad excesiva y sin renunciar al placer del entretenimiento, construyendo una novela &aacute;gil y absorbente que encuentra en el amor por la literatura su principal motor.</span></span><br /><span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Al terminar sus p&aacute;ginas permanece una sensaci&oacute;n extra&ntilde;a y profundamente agradable, la sospecha de que quiz&aacute; las bibliotecas no sean lugares tranquilos sino espacios donde duermen secretos esperando a despertar, de que las ciudades esconden historias que todav&iacute;a no han sido contadas y de que los libros, incluso aquellos que nunca existieron, poseen una capacidad infinita para modificar nuestra mirada sobre el mundo, porque las palabras, cuando nacen de la necesidad de decir la verdad y encuentran a alguien dispuesto a escucharlas, terminan siempre encontrando el camino de regreso.</span></span><br /><span></span><br /><strong></strong><br /><br /><br /></div>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Los monstruos ya no piden permiso]]></title><link><![CDATA[https://www.peregrinosysusletras.net/violant-muntildeoz-i-genoveacutes/los-monstruos-ya-no-piden-permiso]]></link><comments><![CDATA[https://www.peregrinosysusletras.net/violant-muntildeoz-i-genoveacutes/los-monstruos-ya-no-piden-permiso#comments]]></comments><pubDate>Wed, 22 Jul 2026 18:49:23 GMT</pubDate><category><![CDATA[Uncategorized]]></category><guid isPermaLink="false">https://www.peregrinosysusletras.net/violant-muntildeoz-i-genoveacutes/los-monstruos-ya-no-piden-permiso</guid><description><![CDATA[       Por Violant Mu&ntilde;oz i Genov&eacute;sHubo un tiempo en que los vampiros ped&iacute;an permiso para entrar en las casas y en las vidas de los hombres. Eran criaturas de la noche condenadas a esconderse, s&iacute;mbolos del deseo reprimido y del miedo a la muerte, arist&oacute;cratas decadentes cuya mera presencia bastaba para alterar el orden moral de una sociedad convencida de distinguir con claridad entre el bien y el mal. Luego llegaron Anne Rice, la cultura g&oacute;tica, la televi [...] ]]></description><content:encoded><![CDATA[<div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0;margin-right:0;text-align:center"> <a> <img src="https://www.peregrinosysusletras.net/uploads/7/8/6/9/78697460/published/portada-pedimos-sangre.jpg?1784746205" alt="Picture" style="width:399;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%"></div> </div></div>  <div class="paragraph"><strong><font color="#2a2a2a">Por Violant Mu&ntilde;oz i Genov&eacute;s</font></strong><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Hubo un tiempo en que los vampiros ped&iacute;an permiso para entrar en las casas y en las vidas de los hombres. Eran criaturas de la noche condenadas a esconderse, s&iacute;mbolos del deseo reprimido y del miedo a la muerte, arist&oacute;cratas decadentes cuya mera presencia bastaba para alterar el orden moral de una sociedad convencida de distinguir con claridad entre el bien y el mal. Luego llegaron Anne Rice, la cultura g&oacute;tica, la televisi&oacute;n, las sagas juveniles y el mercado editorial, y aquellos monstruos ancestrales fueron transform&aacute;ndose poco a poco hasta convertirse en seres atormentados, incomprendidos o incluso rom&aacute;nticos, criaturas cuya tragedia consist&iacute;a en amar demasiado o en sufrir las consecuencias de una inmortalidad indeseada. El vampiro dej&oacute; de ser una amenaza para convertirse en un objeto de deseo y, quiz&aacute; precisamente por eso, la literatura fant&aacute;stica contempor&aacute;nea parece empe&ntilde;ada en devolverle una parte de la oscuridad que hab&iacute;a perdido.<br /></span></span><br /><span><em><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Pedimos sangre, no perd&oacute;n</span></em><span style="color:rgb(0, 0, 0)"><em>,</em> de Beatrice Greenwood, participa de ese movimiento de recuperaci&oacute;n, aunque lo hace desde una sensibilidad profundamente contempor&aacute;nea, consciente de que los monstruos del siglo XXI ya no necesitan esconder sus colmillos ni justificar sus actos porque viven en un mundo donde la violencia ha dejado de ser una excepci&oacute;n para convertirse en una forma cotidiana de relaci&oacute;n. Lo que la novela propone no es un regreso nost&aacute;lgico al vampiro cl&aacute;sico ni una revisi&oacute;n sentimental del mito, sino una inmersi&oacute;n en un universo moralmente ambiguo donde el amor y la destrucci&oacute;n, la pasi&oacute;n y la crueldad, la supervivencia y la culpa aparecen tan estrechamente ligados que resulta imposible separar unos elementos de otros sin desnaturalizar la historia.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La literatura fant&aacute;stica siempre ha funcionado como un espejo deformante de las preocupaciones de cada &eacute;poca y quiz&aacute; por eso el auge actual del </span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">dark romance</span><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> dice mucho m&aacute;s sobre nuestra sociedad de lo que a menudo estamos dispuestos a reconocer. Durante d&eacute;cadas, las historias rom&aacute;nticas aspiraron a la conciliaci&oacute;n y a la promesa de una felicidad alcanzable; hoy, sin embargo, proliferan relatos donde el amor nace en medio de la violencia, donde los protagonistas arrastran heridas imposibles de cerrar y donde el deseo aparece inevitablemente asociado al peligro. Podr&iacute;a parecer una simple moda editorial alimentada por las redes sociales y por el &eacute;xito de determinadas sagas, pero ser&iacute;a un error interpretarlo &uacute;nicamente en esos t&eacute;rminos, porque toda tendencia literaria masiva acaba revelando, tarde o temprano, las obsesiones y contradicciones de la sociedad que la consume.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">En ese sentido, la novela de Beatrice Greenwood resulta particularmente interesante porque comprende que el atractivo de sus personajes no reside en su ejemplaridad, sino precisamente en sus grietas. Theodore, el protagonista, pertenece a esa larga tradici&oacute;n de h&eacute;roes heridos que la literatura contempor&aacute;nea ha aprendido a mirar con una mezcla de fascinaci&oacute;n y desconfianza. La guerra le ense&ntilde;&oacute; que la supervivencia tiene un precio y que, a veces, la diferencia entre v&iacute;ctima y verdugo depende &uacute;nicamente del punto de vista desde el que se observe una historia. Desde entonces, ha convertido el crimen en su &uacute;nica forma de vida, no porque disfrute ejerciendo la violencia, sino porque ha perdido la capacidad de imaginar una existencia distinta.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Hay algo profundamente tr&aacute;gico en ese personaje y, al mismo tiempo, extraordinariamente actual. Theodore pertenece a esa generaci&oacute;n de protagonistas masculinos que han dejado atr&aacute;s la seguridad arrogante del h&eacute;roe cl&aacute;sico para convertirse en seres emocionalmente devastados, hombres que no buscan salvar el mundo porque apenas consiguen sostener el suyo propio. Greenwood entiende perfectamente esa transformaci&oacute;n y construye un personaje cuya oscuridad no nace del capricho ni de la pose est&eacute;tica, sino de una experiencia traum&aacute;tica que ha modificado radicalmente su forma de relacionarse con los dem&aacute;s.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La aparici&oacute;n de Leah altera ese equilibrio precario y pone en marcha el verdadero conflicto de la novela. Leah no es la vampira atormentada que busca integrarse entre los humanos ni la criatura sensual destinada a redimir al protagonista mediante el amor. Es una enviada de los melhan&auml;is, una raza poderosa y temida, cuyo objetivo consiste precisamente en romper la paz existente entre ambos mundos. En otras palabras, Leah llega para destruir y, sin embargo, Greenwood tiene la inteligencia suficiente para no convertirla en una villana unidimensional ni en una hero&iacute;na maldita.</span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Existe una tendencia bastante extendida dentro de cierta fantas&iacute;a rom&aacute;ntica contempor&aacute;nea a presentar personajes femeninos aparentemente fuertes que terminan subordinados emocionalmente al h&eacute;roe masculino o definidos exclusivamente por la intensidad de sus sentimientos. Leah escapa a esa simplificaci&oacute;n porque conserva hasta el final una autonom&iacute;a moral inc&oacute;moda, una voluntad propia que obliga constantemente al lector a preguntarse cu&aacute;les son sus verdaderas motivaciones y hasta d&oacute;nde est&aacute; dispuesta a llegar para cumplir con su misi&oacute;n.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La relaci&oacute;n entre ambos personajes constituye, sin duda, el eje emocional del libro, aunque reducirla a una historia de amor ser&iacute;a enormemente injusto. Lo que Greenwood explora es algo bastante m&aacute;s complejo: la posibilidad de establecer un v&iacute;nculo aut&eacute;ntico entre dos personas que han aprendido a desconfiar del mundo y de s&iacute; mismas, dos seres moldeados por la violencia que intentan encontrar un espacio de humanidad sin renunciar a aquello que los convierte en monstruos.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Y la palabra monstruo no aparece aqu&iacute; de manera casual.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Porque una de las preguntas m&aacute;s interesantes que plantea la novela tiene que ver precisamente con la naturaleza del mal y con nuestra tendencia a clasificar a las personas seg&uacute;n categor&iacute;as morales demasiado r&iacute;gidas. La fantas&iacute;a contempor&aacute;nea lleva a&ntilde;os cuestionando la separaci&oacute;n tajante entre h&eacute;roes y villanos, pero Greenwood va un paso m&aacute;s all&aacute; al sugerir que, en determinadas circunstancias, la violencia puede convertirse en una forma de supervivencia y que incluso las decisiones m&aacute;s crueles pueden contener una l&oacute;gica emocional comprensible.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Eso no significa justificar los actos de los personajes ni convertir la novela en una apolog&iacute;a del sufrimiento rom&aacute;ntico, un riesgo que acecha a buena parte del </span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">dark romance</span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">. Significa, m&aacute;s bien, aceptar que los seres humanos rara vez actuamos movidos por una sola emoci&oacute;n y que el amor, por s&iacute; mismo, no posee ninguna capacidad m&aacute;gica para borrar el da&ntilde;o acumulado durante a&ntilde;os.</span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La autora demuestra una notable habilidad para construir esa tensi&oacute;n moral y para mantener al lector en un estado de incertidumbre permanente. Nunca sabemos con exactitud qui&eacute;n tiene raz&oacute;n ni cu&aacute;l es el desenlace deseable, porque todos los personajes arrastran contradicciones y todos poseen motivos leg&iacute;timos para actuar como lo hacen. Esa complejidad, lejos de dificultar la lectura, la enriquece y la aleja de ciertas simplificaciones habituales en el g&eacute;nero.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">El mundo de los melhan&auml;is merece tambi&eacute;n una menci&oacute;n especial. Greenwood construye una mitolog&iacute;a propia sin caer en la tentaci&oacute;n de saturar al lector con interminables explicaciones ni con sistemas de reglas excesivamente r&iacute;gidos. La fantas&iacute;a actual ha heredado de Tolkien y de Martin una cierta obsesi&oacute;n por la exhaustividad, como si la calidad de un universo dependiera del n&uacute;mero de mapas, genealog&iacute;as o datos hist&oacute;ricos que el autor sea capaz de proporcionar. Greenwood opta por otro camino, m&aacute;s sugerente y m&aacute;s literario, donde el misterio conserva un papel esencial y donde la informaci&oacute;n aparece dosificada con inteligencia, permitiendo que la imaginaci&oacute;n complete aquello que permanece en las sombras.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Esa elecci&oacute;n resulta especialmente acertada porque la novela se interesa mucho m&aacute;s por las emociones que por la ingenier&iacute;a del mundo fant&aacute;stico. El conflicto pol&iacute;tico entre humanos y melhan&auml;is importa, desde luego, pero importa sobre todo por las consecuencias que tiene sobre quienes se ven atrapados en &eacute;l. La guerra, la traici&oacute;n, las alianzas y las luchas de poder no constituyen un simple tel&oacute;n de fondo, sino el escenario donde los personajes se enfrentan a sus propios l&iacute;mites y descubren hasta qu&eacute; punto est&aacute;n dispuestos a sacrificar aquello que aman.</span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Hay una energ&iacute;a narrativa evidente en la escritura de Greenwood, una capacidad para alternar escenas de gran intensidad emocional con momentos de acci&oacute;n y tensi&oacute;n sin que la historia pierda nunca su cohesi&oacute;n interna. Pero quiz&aacute; su mayor virtud consista en comprender que la fantas&iacute;a, como cualquier otro g&eacute;nero literario, funciona mejor cuando habla del presente aunque sit&uacute;e su acci&oacute;n en mundos imaginarios.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Porque </span><em><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Pedimos sangre, no perd&oacute;n</span></em><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> habla, en realidad, de la dificultad de amar despu&eacute;s del trauma, de la imposibilidad de separar completamente la violencia del deseo y de esa necesidad tan humana de encontrar un lugar al que pertenecer incluso cuando uno sospecha que ya no merece ser salvado.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La novela se inscribe en una corriente literaria que ha hecho del amor oscuro una de las grandes obsesiones de nuestro tiempo, pero consigue distinguirse gracias a unos personajes complejos y a una mirada menos complaciente de lo habitual sobre las relaciones afectivas. Greenwood no promete redenciones f&aacute;ciles ni finales perfectamente felices; prefiere explorar las contradicciones de unos personajes que luchan contra enemigos exteriores mientras intentan sobrevivir a sus propias heridas.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Quiz&aacute; por eso la frase que da t&iacute;tulo a la novela posee una fuerza tan particular. Pedir sangre y no perd&oacute;n implica renunciar a la absoluci&oacute;n, aceptar la propia oscuridad y asumir que ciertas decisiones tienen consecuencias irreversibles. Tambi&eacute;n significa rechazar la idea de que los monstruos necesiten justificarse para existir.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Y esa, probablemente, sea la verdadera revoluci&oacute;n que propone Beatrice Greenwood: recordarnos que los monstruos ya no llaman a la puerta porque hace mucho tiempo que aprendieron a vivir entre nosotros, a parecerse a nosotros y, lo que resulta todav&iacute;a m&aacute;s inquietante, a despertar nuestra compasi&oacute;n mientras muestran los colmillos.</span></span><br /></div>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Las heridas que heredamos]]></title><link><![CDATA[https://www.peregrinosysusletras.net/violant-muntildeoz-i-genoveacutes/las-heridas-que-heredamos]]></link><comments><![CDATA[https://www.peregrinosysusletras.net/violant-muntildeoz-i-genoveacutes/las-heridas-que-heredamos#comments]]></comments><pubDate>Wed, 15 Jul 2026 13:09:13 GMT</pubDate><category><![CDATA[Uncategorized]]></category><guid isPermaLink="false">https://www.peregrinosysusletras.net/violant-muntildeoz-i-genoveacutes/las-heridas-que-heredamos</guid><description><![CDATA[       Por Violant Mu&ntilde;oz i Genov&eacute;sHay &eacute;pocas que sienten una extra&ntilde;a fascinaci&oacute;n por aquello que no pueden explicar racionalmente y que, sin embargo, intuyen que forma parte esencial de la experiencia humana. La nuestra es una de ellas. Despu&eacute;s de haber confiado durante d&eacute;cadas en que la ciencia, la psicolog&iacute;a o la tecnolog&iacute;a ser&iacute;an capaces de ofrecer respuestas a casi todas las preguntas, asistimos a una especie de retorno de [...] ]]></description><content:encoded><![CDATA[<div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0;margin-right:0;text-align:center"> <a> <img src="https://www.peregrinosysusletras.net/uploads/7/8/6/9/78697460/portada-la-consteladora_orig.jpg" alt="Picture" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%"></div> </div></div>  <div class="paragraph"><strong><font color="#2a2a2a">Por Violant Mu&ntilde;oz i Genov&eacute;s</font></strong><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Hay &eacute;pocas que sienten una extra&ntilde;a fascinaci&oacute;n por aquello que no pueden explicar racionalmente y que, sin embargo, intuyen que forma parte esencial de la experiencia humana. La nuestra es una de ellas. Despu&eacute;s de haber confiado durante d&eacute;cadas en que la ciencia, la psicolog&iacute;a o la tecnolog&iacute;a ser&iacute;an capaces de ofrecer respuestas a casi todas las preguntas, asistimos a una especie de retorno de lo invisible, una necesidad de explorar aquellos territorios donde la raz&oacute;n parece insuficiente y donde conceptos como la energ&iacute;a, la memoria emocional o los traumas heredados vuelven a formar parte de la conversaci&oacute;n p&uacute;blica. No se trata necesariamente de un renacimiento espiritual, aunque algo de ello haya, sino de una constataci&oacute;n inc&oacute;moda: el ser humano sigue necesitando relatos capaces de explicar aquello que siente cuando las explicaciones objetivas no bastan.</span></span><br /><br /><span><em><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La consteladora</span></em><span style="color:rgb(0, 0, 0)">, de S&ograve;nia Guill&eacute;n, nace precisamente en esa frontera difusa donde conviven la racionalidad y el misterio, la evidencia y la intuici&oacute;n, el dolor que puede nombrarse y aquel otro que parece transmitirse silenciosamente de generaci&oacute;n en generaci&oacute;n. Pero ser&iacute;a un error pensar que la novela pretende ofrecer respuestas definitivas acerca de las constelaciones familiares o sobre la existencia de v&iacute;nculos invisibles entre las personas. Lo que verdaderamente le interesa a Guill&eacute;n no es demostrar nada, sino explorar una pregunta mucho m&aacute;s perturbadora: hasta qu&eacute; punto somos realmente due&ntilde;os de nuestra vida y cu&aacute;nto de aquello que creemos haber elegido nos viene impuesto por heridas antiguas, por ausencias que no conocimos o por secretos familiares que contin&uacute;an actuando desde la sombra.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La literatura siempre ha estado obsesionada con esta cuesti&oacute;n. Desde las tragedias griegas hasta las sagas familiares del siglo XIX, pasando por las novelas de Faulkner o las historias latinoamericanas atravesadas por maldiciones y fantasmas, el ser humano ha sospechado que el pasado posee una capacidad extraordinaria para infiltrarse en el presente. Cambian las &eacute;pocas y cambian las explicaciones, pero permanece intacta la intuici&oacute;n de que nadie nace completamente libre, de que todos heredamos algo m&aacute;s que rasgos f&iacute;sicos o patrimonio material y de que ciertas heridas parecen transmitirse con la misma facilidad que el color de los ojos.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">S&ograve;nia Guill&eacute;n recoge esa vieja obsesi&oacute;n y la traslada a un terreno contempor&aacute;neo, construyendo una novela que utiliza las constelaciones familiares no como una doctrina ni como una verdad revelada, sino como una poderosa met&aacute;fora narrativa sobre la culpa, el duelo y la necesidad humana de encontrar sentido al sufrimiento. Porque, en el fondo, las constelaciones familiares funcionan aqu&iacute; del mismo modo que funcionaron anta&ntilde;o los sue&ntilde;os prof&eacute;ticos, las cartas del tarot o las apariciones fantasmales: como un lenguaje simb&oacute;lico que permite hablar de aquello que resulta demasiado doloroso o demasiado complejo para ser expresado de otra manera.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La protagonista, Candela, llega a la novela marcada por una p&eacute;rdida que ha fracturado su existencia. La desaparici&oacute;n de su hija Alba no es &uacute;nicamente un acontecimiento traum&aacute;tico, sino el centro gravitatorio alrededor del cual gira toda su vida. Guill&eacute;n evita conscientemente el melodrama y prefiere explorar las consecuencias silenciosas del dolor, esas peque&ntilde;as alteraciones que transforman la cotidianidad hasta volverla irreconocible y que convierten la ausencia en una presencia constante, una compa&ntilde;&iacute;a involuntaria que se instala en cada gesto, en cada recuerdo y en cada decisi&oacute;n.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Hay una extraordinaria honestidad en la manera en que la autora describe ese proceso. Candela no atraviesa etapas perfectamente definidas del duelo ni experimenta revelaciones que le permitan superar su sufrimiento de manera ejemplar. Muy al contrario, avanza a trompicones, atrapada entre la esperanza y la resignaci&oacute;n, entre el deseo de seguir adelante y la incapacidad para imaginar una vida que no est&eacute; determinada por la p&eacute;rdida. Esa contradicci&oacute;n, lejos de debilitar al personaje, le otorga una humanidad conmovedora, porque Guill&eacute;n entiende algo esencial: el dolor raramente sigue una l&oacute;gica narrativa y casi nunca conduce a una transformaci&oacute;n luminosa.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La aparici&oacute;n de la consteladora introduce en la historia un elemento de incertidumbre que la autora maneja con notable inteligencia. Habr&iacute;a sido sencillo convertir a este personaje en una gur&uacute; iluminada o, por el contrario, en una impostora destinada a ser desenmascarada. Guill&eacute;n elige un camino mucho m&aacute;s interesante y, tambi&eacute;n, mucho m&aacute;s literario. Nunca termina de revelar qui&eacute;n es realmente esa mujer ni qu&eacute; grado de verdad contienen sus m&eacute;todos. Prefiere dejar que el lector habite la duda y que se pregunte, junto a Candela, si existen conexiones invisibles capaces de atravesar el tiempo o si todo responde a una necesidad desesperada de encontrar explicaciones.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Esa ambig&uuml;edad constituye uno de los mayores aciertos de la novela. Vivimos en una &eacute;poca extraordinariamente polarizada, donde parece obligatorio tomar partido y donde cualquier fen&oacute;meno debe clasificarse inmediatamente como verdadero o falso, cient&iacute;fico o supersticioso, racional o absurdo. </span><em><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La consteladora</span></em><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> se rebela contra esa necesidad de certezas y reivindica el derecho a la incertidumbre, a esa zona gris donde las personas intentan comprenderse a s&iacute; mismas utilizando todas las herramientas a su alcance, incluso aquellas cuya eficacia no puede demostrarse.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Hay algo profundamente contempor&aacute;neo en esa actitud. Quiz&aacute; porque el siglo XXI, pese a todos sus avances, contin&uacute;a siendo una &eacute;poca marcada por la fragilidad emocional y por la sensaci&oacute;n de que las respuestas tradicionales ya no resultan suficientes. La ansiedad, la depresi&oacute;n, los conflictos familiares y la b&uacute;squeda de sentido forman parte de la experiencia cotidiana de millones de personas, y no resulta extra&ntilde;o que muchas de ellas busquen nuevas narrativas capaces de explicar aquello que sienten.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Guill&eacute;n observa ese fen&oacute;meno sin iron&iacute;a y sin condescendencia. No juzga a sus personajes por creer o por dudar. Se limita a acompa&ntilde;arlos en su b&uacute;squeda, consciente de que las preguntas importantes rara vez admiten una &uacute;nica respuesta.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">A medida que la novela avanza, el lector comprende que la verdadera investigaci&oacute;n no consiste en descubrir qu&eacute; ocurri&oacute; con Alba ni en desentra&ntilde;ar el funcionamiento de las constelaciones familiares. La aut&eacute;ntica b&uacute;squeda tiene que ver con la identidad, con la manera en que construimos el relato de nuestra propia vida y con la posibilidad de reconciliarnos con aquello que no podemos cambiar.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Esta dimensi&oacute;n existencial acerca la novela a una tradici&oacute;n literaria mucho m&aacute;s amplia de lo que podr&iacute;a sugerir su argumento. Porque </span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La consteladora</span><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> no habla &uacute;nicamente de maternidad ni de terapias alternativas; habla, sobre todo, de la dificultad de aceptar que existen preguntas sin respuesta y de la tendencia humana a seguir busc&aacute;ndolas aun sabiendo que quiz&aacute; nunca lleguemos a resolverlas.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Hay autores que utilizan el misterio como una promesa de revelaci&oacute;n final y otros que lo entienden como una condici&oacute;n inevitable de la existencia. Guill&eacute;n pertenece claramente a este segundo grupo. Su novela no pretende disipar todas las sombras. Al contrario, parece sugerir que cierta dosis de incertidumbre resulta imprescindible para seguir viviendo y que las personas necesitamos creer en algo, aunque ese algo no pueda demostrarse.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La escritura acompa&ntilde;a perfectamente esta intenci&oacute;n. Guill&eacute;n posee una prosa elegante, fluida y profundamente emocional, capaz de alternar momentos de gran intensidad &iacute;ntima con otros en los que el misterio y la tensi&oacute;n narrativa adquieren protagonismo sin que la novela pierda nunca su equilibrio. Hay una sensibilidad especial en su manera de describir las emociones, una voluntad constante de comprender a los personajes antes que de juzgarlos, y eso confiere al relato una calidez poco frecuente en las novelas que abordan temas tan delicados.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Resulta especialmente interesante la manera en que la autora evita cualquier tentaci&oacute;n dogm&aacute;tica. No escribe para convencer al lector de las bondades de las constelaciones familiares ni para desacreditarlas. Escribe para hablar del dolor y de las estrategias, a veces racionales y a veces no tanto, que los seres humanos desarrollamos para convivir con &eacute;l. Y esa decisi&oacute;n convierte la novela en algo mucho m&aacute;s universal.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Porque todos, en alg&uacute;n momento de nuestra vida, hemos sospechado que arrastramos cargas que no nos pertenecen del todo, que ciertos miedos proceden de lugares desconocidos y que las heridas familiares poseen una capacidad extraordinaria para prolongarse en el tiempo. Todos hemos intentado, tambi&eacute;n, encontrar un relato que explique esas sensaciones y nos permita seguir adelante.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La consteladora</span><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> habla precisamente de esa necesidad de sentido. De esa obstinaci&oacute;n humana por buscar conexiones incluso all&iacute; donde quiz&aacute; no existan. Y lo hace sin burlarse de quienes creen ni despreciar a quienes dudan, consciente de que ambas posiciones nacen de la misma fragilidad y del mismo deseo de comprender.<br />&#8203;</span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Al cerrar la novela, permanece una sensaci&oacute;n extra&ntilde;a y hermosa, la impresi&oacute;n de haber acompa&ntilde;ado a unos personajes que no buscan alcanzar la felicidad ni descubrir una verdad absoluta, sino aprender a convivir con sus p&eacute;rdidas y con sus incertidumbres. Quiz&aacute; esa sea la mayor virtud del libro: recordarnos que la vida rara vez ofrece respuestas definitivas y que, en ocasiones, la &uacute;nica forma posible de seguir adelante consiste en aceptar que algunas heridas nunca terminan de cerrarse, aunque aprendamos a mirarlas desde un lugar menos doloroso.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">S&ograve;nia Guill&eacute;n ha escrito una novela sobre los v&iacute;nculos invisibles que unen a las personas, pero tambi&eacute;n sobre el valor de las preguntas y sobre esa necesidad profundamente humana de encontrar significado all&iacute; donde la raz&oacute;n se detiene. Y en tiempos tan obsesionados con las certezas como los nuestros, no deja de ser una forma muy hermosa de rebeld&iacute;a.</span></span><br /><br />&#8203;<br /><br /><br /></div>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Reseña: "Soñarán en el jardín" de Gabriela Damián Miravete]]></title><link><![CDATA[https://www.peregrinosysusletras.net/violant-muntildeoz-i-genoveacutes/resena-sonaran-en-el-jardin-de-gabriela-damian-miravete]]></link><comments><![CDATA[https://www.peregrinosysusletras.net/violant-muntildeoz-i-genoveacutes/resena-sonaran-en-el-jardin-de-gabriela-damian-miravete#comments]]></comments><pubDate>Wed, 08 Jul 2026 17:04:59 GMT</pubDate><category><![CDATA[Uncategorized]]></category><guid isPermaLink="false">https://www.peregrinosysusletras.net/violant-muntildeoz-i-genoveacutes/resena-sonaran-en-el-jardin-de-gabriela-damian-miravete</guid><description><![CDATA[       Por Violant Mu&ntilde;oz i Genov&eacute;sHubo un tiempo en que la ciencia ficci&oacute;n imaginaba el futuro como una promesa. Despu&eacute;s lleg&oacute; otro en que empez&oacute; a contemplarlo como una amenaza. Gabriela Dami&aacute;n Miravete parece escribir desde un lugar distinto y mucho m&aacute;s inc&oacute;modo, porque en So&ntilde;ar&aacute;n en el jard&iacute;n el porvenir no es ninguna de esas dos cosas sino un territorio en disputa, un espacio todav&iacute;a abierto donde la i [...] ]]></description><content:encoded><![CDATA[<div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0;margin-right:0;text-align:center"> <a> <img src="https://www.peregrinosysusletras.net/uploads/7/8/6/9/78697460/unnamed-60_orig.jpg" alt="Picture" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%"></div> </div></div>  <div class="paragraph"><strong><font color="#2a2a2a">Por Violant Mu&ntilde;oz i Genov&eacute;s</font></strong><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Hubo un tiempo en que la ciencia ficci&oacute;n imaginaba el futuro como una promesa. Despu&eacute;s lleg&oacute; otro en que empez&oacute; a contemplarlo como una amenaza. Gabriela Dami&aacute;n Miravete parece escribir desde un lugar distinto y mucho m&aacute;s inc&oacute;modo, porque en </span><em><span style="color:rgb(0, 0, 0)">So&ntilde;ar&aacute;n en el jard&iacute;n</span></em><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> el porvenir no es ninguna de esas dos cosas sino un territorio en disputa, un espacio todav&iacute;a abierto donde la imaginaci&oacute;n se convierte en la &uacute;ltima herramienta pol&iacute;tica y donde recordar puede resultar m&aacute;s revolucionario que inventar una m&aacute;quina imposible.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">No es casualidad que estos doce relatos est&eacute;n atravesados por la violencia y, al mismo tiempo, por una extra&ntilde;a esperanza. La autora conoce demasiado bien el pa&iacute;s del que escribe para permitirse ingenuidades. M&eacute;xico aparece aqu&iacute; no como una geograf&iacute;a concreta sino como una herida abierta, un lugar donde las mujeres desaparecen, donde la injusticia se transmite como una enfermedad hereditaria y donde las estructuras de poder han aprendido a convivir con el horror sin experimentar la menor incomodidad moral. Sin embargo, Gabriela Dami&aacute;n Miravete se niega a concederle la &uacute;ltima palabra a la desesperaci&oacute;n y convierte cada uno de sus cuentos en una peque&ntilde;a insurrecci&oacute;n contra la idea de que el futuro est&aacute; condenado a parecerse al presente.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Hay escritores que utilizan lo fant&aacute;stico para escapar del mundo y otros que lo emplean para entenderlo mejor. Gabriela Dami&aacute;n Miravete pertenece a esta segunda tradici&oacute;n y quiz&aacute; por ello sus relatos producen una sensaci&oacute;n tan extra&ntilde;a: mientras leemos sobre tecnolog&iacute;as improbables, conjuros, animales que parecen custodiar secretos ancestrales o sociedades apenas esbozadas, tenemos la impresi&oacute;n de estar leyendo sobre nosotros mismos y sobre nuestros miedos m&aacute;s inmediatos. Esa es, probablemente, la mayor virtud de </span><em><span style="color:rgb(0, 0, 0)">So&ntilde;ar&aacute;n en el jard&iacute;n</span></em><span style="color:rgb(0, 0, 0)">: su capacidad para hacernos sentir que el ma&ntilde;ana ya est&aacute; aqu&iacute;, que los monstruos no habitan otros planetas y que las utop&iacute;as, si existen, deber&aacute;n construirse con los materiales imperfectos del presente.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Durante a&ntilde;os, la ciencia ficci&oacute;n latinoamericana fue tratada como una rareza, como un ap&eacute;ndice ex&oacute;tico de una tradici&oacute;n dominada por nombres anglosajones y preocupaciones ajenas. Mientras Europa imaginaba futuros tecnol&oacute;gicos y Estados Unidos so&ntilde;aba con colonizar galaxias lejanas, Am&eacute;rica Latina parec&iacute;a condenada a escribir sobre su pasado, sobre sus revoluciones fracasadas o sobre las cicatrices del colonialismo. Pero bast&oacute; que una generaci&oacute;n de escritoras decidiera apropiarse del g&eacute;nero para demostrar hasta qu&eacute; punto aquella divisi&oacute;n era absurda. Gabriela Dami&aacute;n Miravete forma parte de esa corriente que ha entendido que la especulaci&oacute;n es tambi&eacute;n una forma de memoria y que imaginar otros mundos implica necesariamente cuestionar el que habitamos.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Lo extraordinario es que lo hace sin grandilocuencia y sin necesidad de levantar la voz. Sus cuentos poseen una delicadeza enga&ntilde;osa. Bajo la aparente sencillez de la prosa late una maquinaria narrativa extraordinariamente precisa, capaz de deslizarse del realismo al horror, de la ciencia ficci&oacute;n al relato hist&oacute;rico o de la distop&iacute;a al cuento de hadas sin que el lector perciba el momento exacto en el que ha abandonado un territorio para entrar en otro. Esa fluidez no es fruto del azar sino de una comprensi&oacute;n profunda de los g&eacute;neros, a los que la autora se acerca sin reverencia y sin complejos, como quien utiliza distintas herramientas para desmontar una misma estructura de poder.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Porque todos los relatos, de una manera u otra, hablan de eso: del poder y de quienes quedan fuera de &eacute;l. Hablan de mujeres que se organizan para sobrevivir en un mundo hostil, de cuerpos convertidos en territorio pol&iacute;tico, de comunidades que intentan reconstruirse despu&eacute;s de la cat&aacute;strofe y de seres que se niegan a aceptar el papel secundario que la historia les ha reservado. Pero ser&iacute;a injusto reducir el libro a una lectura militante, porque la autora nunca convierte a sus personajes en portavoces de una tesis ni a sus historias en meros artefactos ideol&oacute;gicos. Hay ideas, muchas y poderosas, pero antes que eso hay literatura, hay personajes vivos y hay una imaginaci&oacute;n capaz de encontrar belleza incluso en medio del desastre.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Resulta fascinante observar c&oacute;mo Gabriela Dami&aacute;n Miravete subvierte algunas de las convenciones m&aacute;s arraigadas del g&eacute;nero fant&aacute;stico. All&iacute; donde otros escritores describen paisajes arrasados, ella planta jardines. Donde otros levantan imperios tecnol&oacute;gicos, ella imagina redes de cuidados. Donde otros sit&uacute;an al ser humano en el centro del universo, ella desplaza la mirada hacia los animales, las plantas o los ecosistemas enteros, como si quisiera recordarnos que nuestra especie no es la culminaci&oacute;n de nada y que quiz&aacute; haya llegado el momento de abandonar esa arrogancia que nos ha acompa&ntilde;ado durante siglos.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Las flores aparecen una y otra vez en estos cuentos, pero no como adornos ni como s&iacute;mbolos de fragilidad. Son organismos resistentes, formas de vida capaces de abrirse paso entre las ruinas y de reclamar su espacio all&iacute; donde parec&iacute;a imposible que sobreviviera algo. Los gatos, el agua, las monta&ntilde;as o los &aacute;rboles desempe&ntilde;an una funci&oacute;n semejante. No son elementos decorativos del paisaje sino presencias activas, personajes silenciosos que participan de la trama y cuestionan la antigua jerarqu&iacute;a que situaba al hombre por encima de todo cuanto le rodeaba.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Hay una profunda conciencia ecol&oacute;gica en el libro, aunque ser&iacute;a un error entenderla como una simple preocupaci&oacute;n medioambiental. La autora no escribe sobre la naturaleza desde la nostalgia de un para&iacute;so perdido ni desde el miedo al colapso, sino desde la convicci&oacute;n de que necesitamos imaginar una forma distinta de relacionarnos con el mundo. En ese sentido, </span><em><span style="color:rgb(0, 0, 0)">So&ntilde;ar&aacute;n en el jard&iacute;n</span></em><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> no es un libro pesimista. Todo lo contrario. Es un libro que se rebela contra la desesperanza y que se atreve a formular una pregunta que la literatura contempor&aacute;nea parece haber olvidado: &iquest;y si todav&iacute;a fuera posible construir un futuro mejor?</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La cuesti&oacute;n puede parecer ingenua, pero quiz&aacute; lo verdaderamente ingenuo sea pensar que la imaginaci&oacute;n no tiene consecuencias pol&iacute;ticas. Gabriela Dami&aacute;n Miravete lo sabe y por eso escribe como escribe. Sus cuentos no pretenden predecir el porvenir sino ampliarlo, abrir grietas en la realidad y permitir que por ellas se cuele la posibilidad de otra vida. Frente a la distop&iacute;a convertida en moda y frente a la fascinaci&oacute;n contempor&aacute;nea por los finales apocal&iacute;pticos, la autora reivindica el derecho a la esperanza sin caer nunca en la complacencia.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Esa esperanza, sin embargo, no es luminosa ni sencilla. Est&aacute; hecha de p&eacute;rdidas, de ausencias y de cicatrices. M&eacute;xico atraviesa el libro entero como una sombra persistente. No aparece &uacute;nicamente en las referencias culturales o en los escenarios, sino en la textura misma de las historias, en la sensaci&oacute;n de vulnerabilidad que acompa&ntilde;a a muchos personajes y en esa conciencia permanente de que la violencia puede irrumpir en cualquier momento. Pero incluso ah&iacute;, en ese territorio donde tantas veces parece imposible imaginar algo distinto, la autora encuentra espacios para la ternura, para la solidaridad y para la resistencia.<br /></span></span><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Quiz&aacute; por eso sus personajes femeninos resultan tan memorables. No son hero&iacute;nas invulnerables ni m&aacute;rtires ejemplares. Son mujeres cansadas, inteligentes, obstinadas y profundamente humanas, capaces de equivocarse y de volver a empezar, de sentir miedo y de actuar a pesar de &eacute;l. Algunas inventan m&aacute;quinas imposibles. Otras crean comunidades secretas. Otras simplemente cuidan de quienes tienen cerca. Pero todas comparten la certeza de que la supervivencia nunca es un acto individual y de que el futuro, si llega, ser&aacute; necesariamente colectivo.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Hay en esta forma de entender la literatura una dimensi&oacute;n &eacute;tica que resulta particularmente estimulante. Gabriela Dami&aacute;n Miravete no escribe para tranquilizar al lector ni para ofrecer respuestas f&aacute;ciles. Escribe para incomodar ciertas certezas y para recordarnos que toda visi&oacute;n del futuro implica una toma de posici&oacute;n sobre el presente. Cada cuento se convierte as&iacute; en un laboratorio de posibilidades, en una peque&ntilde;a m&aacute;quina narrativa destinada a explorar aquello que podr&iacute;a suceder si nos atrevi&eacute;ramos a vivir de otra manera.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">La prosa acompa&ntilde;a admirablemente esta ambici&oacute;n. Es precisa, elegante y extraordinariamente evocadora, capaz de sugerir mundos enteros con apenas unas l&iacute;neas y de construir atm&oacute;sferas densas sin caer en el exceso descriptivo. La autora posee adem&aacute;s una rara habilidad para encontrar la imagen exacta, aquella que permanece en la memoria mucho despu&eacute;s de haber cerrado el libro y que contin&uacute;a creciendo en la imaginaci&oacute;n del lector.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">No es extra&ntilde;o que </span><em><span style="color:rgb(0, 0, 0)">So&ntilde;ar&aacute;n en el jard&iacute;n</span></em><span style="color:rgb(0, 0, 0)"> haya sido recibido como una de las obras m&aacute;s significativas de la nueva literatura fant&aacute;stica latinoamericana, porque en sus p&aacute;ginas confluyen algunas de las preocupaciones m&aacute;s urgentes de nuestro tiempo: la violencia estructural, la desigualdad, la crisis ecol&oacute;gica, la memoria y la necesidad de imaginar formas de convivencia m&aacute;s justas. Pero lo verdaderamente admirable es que todas esas cuestiones aparezcan integradas en relatos llenos de vida, de emoci&oacute;n y de una belleza extra&ntilde;a que nunca se impone al lector, sino que lo acompa&ntilde;a silenciosamente hasta la &uacute;ltima p&aacute;gina.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Al terminar el libro queda una sensaci&oacute;n dif&iacute;cil de explicar, algo parecido a la esperanza, aunque una esperanza m&aacute;s compleja y menos ingenua que la habitual. La sensaci&oacute;n de que incluso en los tiempos m&aacute;s oscuros todav&iacute;a existen jardines capaces de florecer, de que la imaginaci&oacute;n sigue siendo una forma de resistencia y de que quiz&aacute; el futuro no pertenezca a quienes poseen m&aacute;s poder, sino a quienes conservan intacta la capacidad de so&ntilde;ar.</span></span><br /><br /><span><span style="color:rgb(0, 0, 0)">Y pocas cosas resultan hoy m&aacute;s revolucionarias que eso.</span></span><br /></div>]]></content:encoded></item></channel></rss>