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Reseñas

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La poesía y su compromiso social en Infama Moralia de Fernando Oleas

9/30/2026

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Por Mario A. Escobar

El martes 11 de septiembre de 2001, a lo largo de 102 minutos durante la mañana, hora del Este, Estados Unidos sufre un duro golpe. Ese mismo día, a las 8:30 PM, el presidente de Estados Unidos se dirigió a la nación y citó el salmo 23. No como teólogo ni como fiel creyente de la Iglesia, sino como quien busca darle sentido al duelo e iniciar el tejido de una narrativa de buenos y malos. En las semanas entrantes, ese lenguaje fue tomando vida en el colectivo nacional. El 20 de septiembre, ante el Congreso, la “guerra contra el terror” se consagró como política de Estado; en poco tiempo sería vox populi. Ya para el 7 de octubre los bombardeos sobre Afganistán era una realidad; el 26 del mismo mes se firma la Ley Patriota, y en marzo de 2003 llega la invasión de Irak. En poco más de un año la idea de seguridad, las libertades civiles, el orden internacional y la figura misma del enemigo, había cambiado por completo. Ese cambio de paradigma no comenzó con las bombas sobre Kabul. Comenzó con palabras solemnes: justicia, libertad, oración, paz. Las bombas llegarían después, en nombre de esas mismas palabras.

Veinticinco años después, la historia de aquellos días puede rastrearse en informes, memorias y archivos desclasificados. Lo que esos documentos no registran la manera en que un salmo sirvió primero para acompañar el duelo y, poco después, para consagrar una política de guerra. Conocer a fondo el impacto que tuvieron esos discursos al inicio no es el campo de los políticos. Ese es el terreno de la poesía. Y aunque Sartre quiso excluirla del compromiso social porque el poeta, a su juicio, se detiene en las palabras en lugar de servirse de ellas; pero detenerse en las palabras y examinarlas es exactamente lo que exige el tiempo en que el poder habla con la cadencia de un salmo para desatar terror a otros pueblos y confundir a su propia gente. Desde ese lugar un libro de poesía regresa a aquel umbral, no para reconstruir los hechos, que el lector conoce, sino para escuchar otra vez como las palabras sirvieron para manipular a una nación. 

“Porque algunos hombres hablan de paz; / mas sólo hablan”. La interrupción contiene ya una sospecha: pronunciar la palabra no compromete a quien la dice. En Infama Moralia, de Fernando Oleas, publicado por Valparaíso Ediciones, esa distancia entre el lenguaje y la conducta adquiere una forma escénica de esos hechos. Las voces del poder y las de quienes padecen la violencia se escuchan juntas. El poema encuentra en esa proximidad una manera de interrogar el discurso y devuelve las palabras solemnes al contacto con los cuerpos y las circunstancias que pueden desmentirlas.

La estrofa inicial organiza su rima alrededor de “sinrazones” y “razones”, que encierran “paz” y “mordaz”. La semejanza sonora aproxima términos enfrentados y deja bajo sospecha las razones de quienes hablan. Su disposición nos recuerda a la redondilla, aunque los versos citados no mantienen la regularidad octosilábica de esa estrofa. Hay una tensión audible entre la recurrencia de las terminaciones y la extensión variable del verso. Ese rasgo merece atención, pero sería precipitado convertirlo en una declaración ética del autor, ya que la interpretación de su alcance exige observar cómo funciona a lo largo del poema.

En Infama Moralia, la voz poética se mueve entre Washington y Nueva York y permite al lector confrontar dos experiencias de una misma catástrofe. En el Despacho Oval se elaboran explicaciones y se calculan respuestas; en la calle se intenta comprender lo sucedido mientras todavía se vive su espanto. Al atravesar ambos espacios, esa voz hace posible que el lector escuche lo que los personajes de cada escenario no pueden oír. De esa ventaja nace buena parte de la ironía dramática del poema: cada declaración pública llega cargada de las conversaciones privadas que el poema ha puesto antes en boca de sus personajes.

Conviene, sin embargo, no leer esta oposición como una simple inversión del esquema que el poema denuncia. La diferencia entre Washington y la calle no es de virtud, sino de posición, pues unos tienen el poder de nombrar lo ocurrido y otros deben vivir dentro de ese nombre. El poema no absuelve a la calle ni demoniza el despacho; muestra, más bien, cómo el lenguaje circula de arriba hacia abajo hasta volverse sentido común.

Es fundamental conservar aquí la distinción entre la escena satírica y el documento histórico. Los diálogos del despacho pertenecen a la imaginación acusatoria del poema. Su valor literario depende de lo que permiten examinar sobre el poder, sus deseos y sus justificaciones. Leerlos como transcripciones de una intimidad comprobada reduciría la alegoría a una evidencia que no puede ofrecer. Oleas dispone de un escenario y pide al lector que juzgue las relaciones entre lo que allí se dice y lo que ocurre fuera.

Otro punto que vale observar es la alusión cervantina en el libro en la forma de crear distancia. “Sé que una Casa Blanca es, / “Castillo es, diría Don Quijote. El edificio queda sometido a una segunda mirada, capaz de transformarlo mediante un nombre. La referencia permite preguntarse qué imaginarios acompañan a la autoridad y cuánto depende su prestigio de las ficciones con que se representa. También introduce una inflexión burlona al mencionar que la sede del poder puede contemplarse desde la desproporción quijotesca. El pasaje basta para abrir esa lectura sin necesidad de convertirlo en demostración de una filosofía completa.

El libro contiene un numero de registro que dan espesor al contraste entre los escenarios. Por ejemplo, “Disfracemos bien su conocer”, dicho registro hace del ocultamiento una acción verbal expresa. Otro registro dice: “Beberemos sangre en finos vasos”, y aquí Oleas nos obliga abandonar cualquier discreción y ofrece una imagen grotesca de refinamiento y crueldad. La violencia se sirve en un recipiente distinguido. El verso tiene una eficacia inmediata, aunque también deja ver un riesgo de esta escritura, cuando la condena aparece enteramente formulada en la imagen, disminuye el espacio para que el lector la descubra por sí mismo.

Mientras tanto, las voces de la calle recurren, por su parte, a la exclamación, la pregunta y la invocación religiosa. Son maneras de hablar desde una experiencia que desborda la explicación. Ahora bien, la diferencia con el despacho no reside únicamente en el vocabulario, sino en la relación de cada voz con su incertidumbre. Quienes sufren preguntan; quienes administran el acontecimiento procuran fijar su significado. Al reunir esos registros, el poema muestra una disputa por las palabras con que una comunidad podrá recordar lo ocurrido.

Por otra parte, los nombres de los personajes participan de esa distribución. Infame y los demás apodos orientan la lectura hacia la sátira, mientras Hombre, Mujer y Vieja presentan figuras de alcance colectivo. El procedimiento vuelve reconocible las posiciones morales, pero introduce una dificultad, y es que los testigos pueden quedar reducidos a simples portadores del dolor. La pregunta crítica es cuánto consigue diferenciarlos su habla. La universalidad de una figura resulta más persuasiva cuando deja percibir una experiencia singular que cuando se limita a representar una condición.

Si retomamos la presencia del salmo, advertimos que el discurso religioso plantea un problema especialmente fértil. Una oración puede sostener a quien atraviesa el duelo y, pronunciada desde una tribuna, acompañar la interpretación oficial de ese mismo duelo. La diferencia depende de la situación, de quién habla y de la autoridad que reclama. Oleas pone el Salmo 23 en boca de su personaje:

“Yo no tengo suficientes razones 
a enseñaros la simiente, 
mas los Salmos que al alma no miente 
nos revela en el veinte y tres, 
las verdades que hoy día acogemos: 
“aunque en valle de sombra 
ande muerte, no temeré ninguno; 
porque siempre estás conmigo” 
y tú pueblo que eres mi amigo 
sabrás que al pecho me uno, 
en los hechos que al mundo asombra, 
para que hoy juntos roguemos   
suplicándoles con piedad a los tres, 
ya que yo rezo y le canto, 
padre, hijo y espíritu santo 
que no nos venga tanta maldad.”

​El pasaje produce una extrañeza deliberada. En la versión de Reina Valera, el creyente anda “en valle de sombra de muerte” y no teme “mal alguno”. Aquí, el encabalgamiento convierte a la muerte en quien anda, y la desaparición de “mal” deja un “ninguno” sin referente, que puede leerse como “nadie”. El verso oscila entre el consuelo y la bravata, entre el duelo que se confía a Dios y el desafío que se dirige a un enemigo. La promesa futura del salmo, “estarás conmigo”, se vuelve además certeza presente: “siempre estás conmigo”. Y el personaje que proclama no temer termina suplicando “que no nos venga tanta maldad”. En esa distancia entre lo que se recita y lo que se teme, el poema deja ver la operación que este ensayo describe: la oración convertida en tribuna.

Conviene, entonces, regresar a aquellos hombres que “hablan de paz”. Oleas conoce su obligación como poeta y nos deja una tarea: escuchar qué compromisos sostiene cada palabra y qué acciones la vacían. Entre el despacho y la calle, la paz cambia de entonación, de destinatario y de propósito. Después del duelo, ya no basta con que el poder pronuncie la palabra para que le concedamos su sentido.

Oleas, Fernando. Infama Moralia. Valparaíso Ediciones, 2025. Colección Valparaíso de Poesía 545.

​Mario Angel Escobar es poeta, traductor y profesor salvadoreño radicado en Los Ángeles. Es profesor asociado de español en Los Angeles Mission College, donde enseña lengua y literatura. Su trabajo creativo y académico examina la historia centroamericana, la migración y la identidad diaspórica. Actualmente traduce al inglés Infama Moralia, de Fernando Oleas.   


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    Ángel Luna (Tijuana, 1986). Psicoanalista, doctor en migración y escritor. Sus escritos aparecen en revistas como El comité 1973, Erizo Media, Espiral. Su próxima publicación aparecerá en la compilación de cuentos Letras peregrinas, coordinado por Rosina Conde en colaboración con la Universidad de Arizona y Peregrinos y sus letras.

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