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Por Saúl Holguín Cuevas
Leí en tú última crónica, desde Torino, que al viajar recomiendas liberarse del algoritmo y entregarse a la aventura. En efecto, hoy los viajes son al vapor, solo se cambia de lugar. Lejos estamos de un recorrido por tierras exóticas y desconocidas como los viajes de Marcopolo; o de ibn Battuta, se dice que en su azarosa vida visitó todos las regiones musulmanas el s XIV; inclusive, de Margery Kempe que tras parir a 14 muchachillos, le dio por peregrinar a tierras sacras. Considerada loca, acusada de bruja por un pelo se salvó de la hoguera de la Inquisición. Se aventó a pie y a lomo de mula desde Inglaterra hasta Tierra Santa, aparte visitó Santiago de Compostela, Prusia y Roma, allá por 1300, y qué creen, murió en su casa, en camita. Esos viajes fabulosos, hoy, son imposibles. Pero para seguir tu consejo conviene lo recomendado por Balzac, Conocer París con los pies. O lo propuesto por Unamuno, en una de sus novelas cuenta cómo el protagonista, una mañana, parado en la puerta de su hogar, indeciso, medita para donde arrancar. Le da por seguir el rumbo que lleva el primer perro que pasa frente a donde se encuentra. Estoy pasando unos días en Chico, Califas. Nunca me imaginé que tendría tal suerte de pasearme por ahí entre majestuosos cedros rojos, y de disfrutar un asado memorable. A pesar del calor y la humedad no pude rechazar una invitación del cocinero, de mi nuera y de mi nieto, para ir al parque Chapman a preparar una parrilla al carbón y comerla ahí mismo. Acepté con pocas ganas, casi de malagana. Mucho batallé para medio limpiar el asador, para encender el carbón, para espantar las moscas e improvisar pues no contábamos con las herramientas necesarias. Cierto, los bistecs eran buenos, compraros en un ranchito ganadero propiedad de la universidad CSUC, las calabacitas y elotes orgánicos y frescos, abundantes por estos rumbos, pan de Camina, cotizado como el mejor de la región, chimichurri casero. Volví a mi niñez mientras el nieto y otros niños rondaban entre los chorritos de la fuente. Los chiquilines se divirtieron, se mojaron, gritaron, corrieron, fue uno de esos momentos encantados en que se les permite ser niños, al menos por un tiempito. Camino a casa le confesé y agradecí al cocinero por brindarme uno de los mejores asados que he disfrutado en mi vida, y vaya que los he comido por cientos. Cuando tenía veinte años la vida me brindó una memorable parrilla. Fue en el parque Chatsworth, en Los Ángeles. Un diestro chef argentino ofreció a los invitados, al parecer, cortes de casi todas las partes del vacuno, acompañadas de chorizos, morcilla, chinchulín (tripitas)… Para el cumpleaños de una niña asamos en casa un lechón en una caja china: sublime. Y el más extraordinario, un asado yeré en Paraguay, en varas de naranjo se asaron enormes secciones de todo un novillo. Se celebró un aniversario de muchos calendarios. Entonces, te preguntaras, amigo Luis, ¿qué tuvo de extraordinario el churrasco improvisado en Chico? Resulta que en la única mesa disponible estaba descansando su torturada existencia una mujer homeless (indigente, sin techo). Nos sentamos junto a ella y la invitamos a compartir toda nuestra mesa. Quedó un bistec y pan, se los empacamos para que lo disfrutara después. Al recordar tan memorable tarde, mientras esto te escribía, me traicionaron las lágrimas. Agradezco a los olímpicos mi buena fortuna, no me me falta techo, un buen sorbo, un taco de carne tatemada…
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September 2026
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