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​Reseñas desde España

El negocio estaba a la vista: Mabel Lozano regresa al infierno de "El proxeneta"

9/9/2026

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Por Violant Muñoz i Genovés

Hay libros cuya vigencia se mide por su capacidad para resistir el paso del tiempo y otros cuya reaparición resulta inquietante precisamente porque obliga a preguntarse por qué aquello que denunciaron continúa necesitando ser explicado. Casi una década después de su publicación original, El proxeneta, de Mabel Lozano, vuelve a las librerías en una edición especial de Alrevés Editorial coincidiendo con la inminente llegada a Movistar Plus+ de El castillo, la serie inspirada en aquella investigación, y lo hace conservando una cualidad que ya resultaba perturbadora cuando apareció: la capacidad de demostrar que detrás de determinadas palabras —prostitución, trata, explotación sexual— existe una maquinaria económica perfectamente organizada cuyo funcionamiento durante años pudo desarrollarse no en territorios clandestinos e inaccesibles, sino junto a carreteras por las que circulábamos todos.

Lozano tomó una decisión narrativa incómoda desde el principio, porque para explicar aquella maquinaria eligió la voz de quien había formado parte de ella. Miguel, conocido como «El Músico», comenzó trabajando como portero de un club cuando apenas tenía diecisiete años y acabó convertido en uno de los grandes empresarios del sexo de pago en España, propietario junto a sus socios de una red de macroburdeles y participante en un sistema que captó y explotó a más de 1.700 mujeres. Su testimonio constituye la columna vertebral de un libro que obtuvo en 2018 el Premio Rodolfo Walsh de la Semana Negra de Gijón y cuya verdadera potencia no reside únicamente en lo que cuenta, sino en el lugar desde el que decide contarlo.

Hasta entonces, buena parte del trabajo audiovisual de Lozano había situado la mirada sobre las víctimas de trata. El proxeneta cambia deliberadamente el objetivo y pregunta por el verdugo, por su mentalidad y, sobre todo, por la estructura que permite convertir la explotación humana en negocio. El desplazamiento entrañaba un riesgo evidente: conceder al criminal una centralidad narrativa puede acabar produciendo exactamente aquello que se pretendía denunciar, especialmente en una cultura audiovisual fascinada por narcotraficantes, mafiosos y asesinos transformados en protagonistas carismáticos. Lozano evita en buena medida esa trampa porque no está interesada en construir la leyenda de Miguel, sino en utilizar su confesión como una llave capaz de abrir las puertas de una industria.

Y lo que aparece detrás de esas puertas resulta más inquietante que cualquier retrato individual del mal. El proxeneta explica cómo la prostitución española experimentó una transformación decisiva durante los años noventa, cuando determinados clubes dejaron de limitarse a recibir mujeres proporcionadas por terceros y comenzaron a participar en estructuras internacionales de captación. Colombia, Brasil, Venezuela, Paraguay o Rumanía aparecen entonces integradas en una geografía comercial en la que seres humanos podían ser reclutados mediante engaños, desplazados de un país a otro y sometidos posteriormente a deudas que convertían la posibilidad de escapar en una ficción.

El vocabulario empresarial resulta particularmente escalofriante porque permite comprender una de las ideas fundamentales del libro: para que la explotación alcance determinadas dimensiones necesita dejar de parecer excepcional y adquirir procedimientos de empresa. Hay captación, transporte, financiación, alojamiento, rotación, intermediarios, testaferros, blanqueo y clientes; existen costes, beneficios y mecanismos destinados a mantener disponible una mercancía que, en este caso, tiene cuerpo, miedo, familia y nombre. Miguel y sus socios llegaron a controlar doce macroburdeles y por sus redes pasaron más de 1.700 mujeres, una cifra cuya enormidad corre el riesgo de anestesiar hasta que comprendemos que detrás de cada unidad estadística existió una biografía individual atrapada dentro del sistema.

La gran virtud del trabajo de Lozano consiste en no necesitar adornar esa realidad. Su escritura es directa y posee algo de declaración prolongada, de conversación reconstruida y de expediente criminal convertido en relato. La autora sabe que el material que maneja es suficientemente brutal como para no requerir exhibicionismo, y esa contención evita en buena medida lo que ella misma ha denominado la «pornografía del sufrimiento». No hace falta describir minuciosamente una agresión para comprender la violencia de un mecanismo que captura a una mujer, la traslada miles de kilómetros, le comunica que ha contraído una deuda y convierte después su cuerpo en instrumento para amortizarla.

Hay además algo especialmente incómodo en la naturalidad con la que Miguel reconstruye determinados episodios. El monstruo tranquiliza cuando podemos imaginarlo como una anomalía absoluta, alguien situado fuera de nuestras categorías morales y sociales, porque semejante distancia permite pensar que nada nos une a él. El proxeneta elimina ese consuelo. Lo verdaderamente perturbador no es encontrarse con un villano cinematográfico, sino con un hombre capaz de entender la explotación mediante categorías ordinarias de negocio y de reconocerse durante años como un empresario de éxito. La frase que sintetiza la lógica del libro —«Nadie decide un día ser puta; simplemente te dan caza personas como yo»— contiene precisamente esa inversión: obliga a dejar de preguntar exclusivamente por qué una mujer terminó prostituyéndose para empezar a preguntar quién obtuvo beneficios construyendo las circunstancias que la llevaron hasta allí.

Ese cambio de interrogante afecta también al cliente, una presencia que con frecuencia permanece extrañamente fuera de campo cuando se habla de prostitución. Ninguna industria puede comprenderse atendiendo únicamente a la oferta, y ningún negocio multimillonario existiría sin demanda. Lozano obliga así a ampliar el círculo de responsabilidad y a observar no solamente al proxeneta que organiza la explotación, sino el ecosistema social que la hace económicamente posible, la normalización del consumo sexual y esa cómoda ficción según la cual todo lo que sucede dentro de un club pertenece exclusivamente a la esfera privada de dos adultos.

Pero El proxeneta va todavía más lejos porque su radiografía introduce alrededor del negocio una constelación de profesionales, intermediarios e instituciones. Aparecen mecanismos financieros utilizados para lavar dinero, asesoramientos, sociedades, testaferros y diferentes grados de tolerancia o complicidad que permiten comprender por qué determinadas organizaciones pudieron prosperar durante tanto tiempo. El crimen organizado raramente sobrevive gracias al delincuente aislado; necesita zonas grises, personas dispuestas a mirar hacia otro lado y estructuras legales que puedan utilizarse para proporcionar apariencia de normalidad al dinero procedente de actividades criminales.

Esa dimensión convierte el libro en algo más interesante que unas memorias criminales. El verdadero personaje de El proxeneta no es Miguel, sino el sistema que Miguel describe. Su biografía proporciona el hilo conductor, pero aquello que permanece después de la lectura es el mapa de un negocio que evoluciona, se internacionaliza y aprende a utilizar las herramientas de la economía legal. Por eso el libro conserva su capacidad de incomodar tantos años después de su aparición y por eso tiene sentido recuperarlo ahora, cuando una adaptación televisiva amenaza inevitablemente con desplazar la atención desde la investigación original hacia sus personajes de ficción.

La nueva vida de la obra resulta, en este sentido, particularmente significativa. Desde el 1 de septiembre, Audible ofrece una versión íntegra de doce horas y treinta y cuatro minutos narrada por José Coronado y por la propia Mabel Lozano, una combinación especialmente adecuada para un texto cuya fuerza siempre estuvo vinculada a la oralidad del testimonio. La voz grave de Coronado puede proporcionar al relato una dimensión dramática poderosa, mientras la presencia de Lozano recuerda que detrás de cuanto escuchamos existe una investigación y una autora que lleva más de dos décadas utilizando el audiovisual y la escritura para denunciar la trata y la explotación sexual.

El siguiente movimiento llegará el 8 de octubre con El castillo, producción original de Movistar Plus+ realizada junto a Caballo Films y Mafalda Entertainment, que antes habrá pasado por la Sección Oficial del Festival de San Sebastián. Isabel Peña y Eduardo Villanueva han construido a partir del libro un policiaco de seis episodios dirigido por Elena Martín Gimeno y Sandra Romero, con Raúl Arévalo, Valentina Vidal, Omar Ayuso y Laia Marull encabezando un reparto que abordará el fenómeno desde tres espacios diferentes: los empresarios de los clubes, las mujeres captadas y los policías que comienzan a comprender la transformación que está experimentando el negocio.
La estructura resulta prometedora precisamente porque puede corregir el principal peligro inherente a cualquier adaptación de El proxeneta: que la fascinación dramática por los delincuentes termine devorando a sus víctimas. La televisión reciente conoce demasiado bien ese fenómeno; basta un actor carismático, una buena fotografía y cierta épica criminal para que el victimario termine convertido en icono. Lozano, vinculada al desarrollo del proyecto, ha insistido en que no quería que los proxenetas se transformaran en ídolos, una advertencia que resume perfectamente la responsabilidad de trasladar este material a la ficción.

Que El proxeneta vuelva ahora a las librerías permite precisamente regresar al punto anterior a esa transformación. Antes de Suizo y Claudia, antes de los actores, los decorados y la dramaturgia televisiva, estuvieron Miguel y aquellas más de 1.700 mujeres convertidas en mercancía por una organización que entendió que el cuerpo femenino podía administrarse como cualquier otro activo comercial. Y estuvieron también las sentencias, las investigaciones policiales y las pruebas que proporcionaron a Lozano una base documental con la que evitar que el relato dependiera exclusivamente de la memoria interesada de un criminal.

Mabel Lozano ha construido buena parte de su trayectoria posterior alrededor de esa decisión de mirar allí donde resulta más fácil apartar los ojos. Su cine sobre la trata, la explotación sexual y la violencia contra las mujeres alcanzó uno de sus mayores reconocimientos con el Goya por Biografía del cadáver de una mujer, pero El proxeneta ocupa un lugar particular dentro de esa trayectoria porque se atrevió a entrar en la lógica económica y mental del victimario para desmontarla desde dentro.

Quizá por eso esta reedición no transmite la sensación de estar recuperando simplemente un éxito del pasado aprovechando una adaptación televisiva. La llegada simultánea del libro, el audiolibro y El castillo configura tres maneras distintas de aproximarse a la misma realidad, pero es el texto original el que conserva la posición más incómoda porque no dispone de la distancia protectora de la ficción. Podemos cerrar una novela policiaca recordándonos que sus muertos nunca existieron; podemos terminar una serie y admirar la interpretación de quien encarnó al villano. El proxeneta niega esas salidas. Las mujeres existieron, el negocio existió y las sentencias existieron.

Casi una década después, ésa continúa siendo su mayor fuerza. No pretende permitirnos observar tranquilamente un mundo criminal situado en los márgenes, sino recordarnos que aquel mundo funcionaba bajo luces de neón junto a nuestras carreteras, anunciado en vallas publicitarias, integrado en una economía cotidiana y sostenido por clientes que regresaban después a sus casas. El horror que revela Mabel Lozano nunca estuvo escondido del todo. Lo verdaderamente perturbador es comprender que, durante demasiado tiempo, aprendimos a pasar por delante sin verlo.

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El crimen estaba en la lista: cuando leer significa convertirse en detective

9/2/2026

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Por Violant Muñoz i Genovés

Hay libros que comienzan cuando abrimos la primera página y otros que, de una manera bastante más inquietante, parecen estar esperándonos desde antes, como si nuestra llegada formara parte del mecanismo que los mantiene en funcionamiento. El asesino no es Alice, publicado en España por Temas de Hoy, pertenece decididamente a esta segunda categoría, porque no pretende que contemplemos un crimen desde la confortable distancia del lector de novela policiaca, sino que nos coloca delante de una montaña de nombres, nos entrega dieciocho pistas, nos informa de que entre 46.600 posibles sospechosos se encuentra un asesino y, acto seguido, nos abandona ante el problema con una mezcla de crueldad y confianza que resulta difícil de resistir. No hay un Poirot dispuesto a ordenar las evidencias en el salón, ni un Holmes que haya observado aquello que nosotros no supimos ver, ni siquiera un narrador que nos conduzca discretamente hacia la solución; aquí la inteligencia que debe funcionar es la nuestra y el fracaso, si llega, tampoco puede atribuirse a nadie más.

La premisa creada por Iris Starling parece engañosamente sencilla. Alice ha desaparecido y en su apartamento la policía ha encontrado un cadáver, una nota enigmática y una carpeta llena de nombres. Las circunstancias la convierten en sospechosa, pero ella sostiene que no ha cometido el crimen y deja en manos del lector dieciocho pistas capaces, al menos en teoría, de demostrarlo. A partir de ese momento comienza una investigación que consiste en descartar, relacionar, comprobar, regresar sobre nuestros pasos y reducir progresivamente una multitud casi absurda de 46.600 sospechosos hasta encontrar el único nombre que satisface todas las condiciones. La historia, por tanto, no avanza porque alguien nos la cuente, sino porque nosotros conseguimos desmontarla.

Esta inversión aparentemente sencilla contiene buena parte del atractivo de un libro que se sitúa en la frontera entre la literatura de misterio, el pasatiempo lógico, la escape room doméstica y el juego de investigación. El asesino no es Alice no es exactamente una novela, aunque utiliza la ficción criminal como combustible; tampoco es una colección convencional de acertijos, porque todos ellos están subordinados a una única investigación; ni puede reducirse a un juego de mesa trasladado al papel, puesto que aprovecha precisamente la materialidad del libro, la posibilidad de avanzar, retroceder, consultar, comparar y convertir las páginas en territorio de pesquisa.

Su aparición se produce, además, en un momento especialmente favorable para esta clase de experimentos. El extraordinario éxito de fenómenos como Murdle y Murdoku ha demostrado que existe un público dispuesto a recuperar el lápiz, el papel y la lógica como formas de entretenimiento capaces de competir con la pantalla. Después de años escuchando que nuestra capacidad de atención se encontraba condenada por el desplazamiento infinito del teléfono móvil, resulta significativo que una parte de la industria editorial haya descubierto un mercado precisamente en la operación contraria: libros que exigen concentración, paciencia, memoria y una participación que no puede resolverse deslizando un dedo durante unos segundos.

Iris Starling, seudónimo tras el que se encuentra el matrimonio británico formado por Liz Blackwell y Kevin Fray, parece comprender especialmente bien esta transformación. Ella, antigua profesora convertida posteriormente en psicóloga y especialista en marketing; él, diseñador y desarrollador web, compartían la afición por los rompecabezas, las escape rooms y los juegos de mesa cuando concibieron un artefacto que acabaría convirtiéndose en un inesperado fenómeno editorial. Antes de incorporarse al circuito tradicional, The Killer Isn’t Alice conoció una vida autopublicada y llegó a situarse entre los títulos más vendidos de Amazon, mientras los derechos de traducción comenzaban a venderse internacionalmente. Lo interesante del recorrido no es únicamente su éxito comercial, sino lo que revela sobre una nueva relación entre libro y juego: el lector ya no busca necesariamente una historia que consumir, sino una estructura dentro de la cual actuar.

La edición internacional revisada y ampliada ha reforzado precisamente esa condición de objeto lúdico, incorporando cambios gráficos, un nuevo culpable y material adicional, lo que confirma algo esencial para comprender la propuesta: estamos ante una experiencia reproducible como concepto, pero cuya satisfacción depende del desconocimiento de la solución. En este sentido, El asesino no es Alice comparte con las escape rooms una paradoja comercial interesante, porque su mayor virtud consiste en proporcionar una experiencia intensa cuya primera resolución nunca podrá repetirse exactamente.

La pregunta inevitable es si todo esto puede considerarse literatura. Probablemente sea una pregunta menos importante de lo que parece. Durante décadas hemos aceptado sin demasiados problemas novelas construidas mediante documentos ficticios, expedientes policiales, cartas, fotografías, recortes periodísticos o narradores contradictorios, y la ficción contemporánea lleva mucho tiempo explorando los límites materiales del libro. Lo que hace Iris Starling es avanzar otro paso y desplazar parte de la responsabilidad narrativa hacia el lector. La historia existe, pero se encuentra descompuesta; el crimen existe, pero carecemos inicialmente de su arquitectura; el culpable está delante de nosotros, aunque escondido dentro de una multitud. Leer equivale entonces a reconstruir.

Ese procedimiento conecta curiosamente con la esencia más antigua del relato detectivesco. Edgar Allan Poe comprendió muy pronto que el placer del género no dependía únicamente del crimen, sino de la competición intelectual entre autor y lector. Conan Doyle perfeccionó después el mecanismo mediante Sherlock Holmes, mientras Agatha Christie convirtió la administración de información en un arte casi matemático. El lector de misterio siempre ha querido adelantarse al detective, descubrir al asesino unas páginas antes, detectar la contradicción que los personajes todavía ignoran. El asesino no es Alice elimina al intermediario. Ya no existe un detective profesional con quien competir porque hemos ocupado su lugar.

De ahí procede también una de las virtudes más curiosas del libro: transforma la sospecha en una operación física. Los nombres dejan de ser personajes en sentido convencional para convertirse en posibilidades que deben ser examinadas y eliminadas. El bolígrafo adquiere entonces una importancia que rara vez posee en la lectura recreativa contemporánea. Hay que marcar, tachar, revisar, regresar y mantener una cierta disciplina, porque un error aparentemente insignificante puede conservar a quien debería haber sido eliminado o, mucho peor, hacer desaparecer al auténtico culpable.

Esta fragilidad introduce una tensión peculiar. En una novela policiaca podemos distraernos durante algunas páginas y recuperar posteriormente el hilo argumental; aquí la distracción tiene consecuencias. Las primeras opiniones de lectores coinciden precisamente en esa capacidad para absorber la atención y en la sensación de que el juego obliga a aislarse momentáneamente de cuanto sucede alrededor. No es una observación menor, porque quizá ahí resida una de las claves de su éxito: El asesino no es Alice, ofrece concentración en una época que ha convertido la concentración en un lujo.

Las 216 páginas de la edición española funcionan así como un espacio de trabajo antes que como una secuencia narrativa tradicional. El lector aprende progresivamente a mirar de otra manera, a desconfiar de las coincidencias, a entender que cada dato posee una función potencial y a resistir la tentación de buscar soluciones intuitivas. La intuición, que tantos detectives literarios utilizan como forma elegante de ocultar la maquinaria del razonamiento, sirve aquí de poco si no puede sostenerse mediante el proceso de eliminación.

Y precisamente porque el mecanismo es tan importante, el libro corre también un riesgo evidente. Quien espere una novela negra convencional, personajes psicológicamente complejos, atmósferas elaboradas o una investigación desarrollada mediante diálogos y escenas puede sentirse desconcertado. Alice funciona fundamentalmente como detonante del dispositivo y el crimen como marco emocional que convierte un problema lógico en una urgencia narrativa. No estamos ante una novela que haya incorporado acertijos, sino ante un gran acertijo que utiliza la gramática del thriller para proporcionar sentido a nuestras operaciones.

La distinción resulta fundamental. El asesinato podría haber sido sustituido por la búsqueda de un tesoro, un espionaje industrial o una desaparición sin cadáver, pero probablemente el resultado habría perdido intensidad. El crimen posee una eficacia cultural inmediata porque activa siglos de convenciones narrativas que todos reconocemos: hay una víctima, una acusada, un culpable oculto y una verdad que debe ser descubierta. Iris Starling utiliza esa estructura como una especie de interfaz emocional. No necesitamos cincuenta páginas para comprender qué está en juego porque conocemos las reglas del asesinato literario antes incluso de empezar.

El título participa inteligentemente de esa economía narrativa. El asesino no es Alice contiene ya una afirmación que debemos aceptar provisionalmente y una duda que tendremos que resolver. Alice no es simplemente un personaje ausente; se convierte en nuestra cliente, aunque nunca hayamos abierto un despacho de detectives. Su inocencia depende de nuestra competencia, de manera que el lector recibe una responsabilidad ficticia suficientemente poderosa para justificar horas de búsqueda entre miles de nombres.

Hay algo deliberadamente desmesurado en esos 46.600 sospechosos, una cifra que funciona tanto como reclamo editorial cuanto como declaración estética. El misterio clásico suele reducir el universo de sospechosos: una mansión, una familia, los pasajeros de un tren, los habitantes de una isla. Iris Starling realiza exactamente el movimiento contrario y nos arroja inicialmente contra una multitud imposible. La satisfacción procede de domesticar ese caos, de comprobar cómo una masa intimidatoria comienza a reducirse conforme las pistas introducen orden.

En ese sentido, el libro posee una dimensión casi matemática que explica su capacidad adictiva. Cada eliminación proporciona una pequeña recompensa y cada pista resuelta reduce la incertidumbre. El progreso puede medirse visualmente, algo que la novela tradicional raramente permite, y esa percepción convierte el avance en estímulo. Un día pueden desaparecer decenas de posibilidades y otro apenas unas pocas, pero la investigación conserva la sensación de estar acercándonos inexorablemente a un punto final.

Resulta tentador relacionar esta mecánica con el lenguaje de los videojuegos, donde la progresión necesita hacerse visible para mantener al jugador comprometido, aunque el mérito de El asesino no es Alice consiste precisamente en conseguirlo sin dispositivo electrónico alguno. Todo ocurre dentro del libro y sobre el libro. La tecnología necesaria es un bolígrafo. En plena cultura de aplicaciones, suscripciones y actualizaciones permanentes, semejante austeridad termina resultando sorprendentemente moderna.

También explica que el fenómeno haya encontrado un público transversal. Los aficionados al true crime reconocen el placer de examinar evidencias; los jugadores de mesa encuentran una lógica familiar; quienes frecuentan escape rooms reconocen la satisfacción de descifrar reglas ocultas; los lectores de novela policiaca reciben la oportunidad de abandonar el papel de espectadores, mientras quienes disfrutan de sudokus y problemas deductivos encuentran una estructura narrativa que proporciona algo más de emoción que una cuadrícula abstracta.

La obra participa así de una tendencia editorial más amplia que está borrando las fronteras entre lectura y juego. No significa que la novela tradicional esté perdiendo terreno, sino que el objeto libro está recordando posibilidades que parecían olvidadas. Durante mucho tiempo la innovación editorial se identificó casi exclusivamente con la digitalización, como si el futuro de la lectura consistiera necesariamente en abandonar el papel. Productos como este sugieren justamente lo contrario: una de las formas más interesantes de innovación puede consistir en explotar aquello que el papel hace mejor que una pantalla.

Existe incluso cierto placer clandestino en escribir sobre el ejemplar. Durante años hemos aprendido a conservar los libros como objetos casi intocables, pero El asesino no es Alice invita a intervenirlo, convertirlo en documento policial y dejar constancia material de nuestra investigación. Cuando termina, el volumen ya no es exactamente el mismo que compramos: contiene nuestros errores, decisiones, tachaduras y avances. Se ha transformado en registro de una experiencia.

Quizá esa sea también la razón por la que resulta difícil juzgarlo mediante los criterios habituales de la crítica literaria. Preguntarse por la belleza de la prosa o la profundidad psicológica de sus personajes sería tan insuficiente como valorar un crucigrama atendiendo únicamente a la elegancia de sus definiciones. Aquí importa la arquitectura, la limpieza de las reglas, la capacidad del dispositivo para generar incertidumbre y la satisfacción derivada de resolverla.

Eso no significa que el componente narrativo carezca de importancia. Sin Alice, sin cadáver y sin acusación, estaríamos simplemente ante un ejercicio lógico gigantesco. La ficción proporciona temperatura humana al sistema, convierte los datos en indicios y transforma una operación combinatoria en investigación criminal. La narración es deliberadamente funcional porque necesita dejar espacio al jugador, pero esa funcionalidad constituye precisamente parte de su inteligencia.

También conviene reconocer que no será un libro para todo el mundo. El lector que necesite personajes con los que convivir durante semanas o una prosa capaz de sostenerse independientemente de la intriga encontrará propuestas mucho más satisfactorias en cualquier buena novela criminal. Tampoco funcionará del mismo modo para quien considere los acertijos una obligación escolar disfrazada de entretenimiento. La experiencia exige aceptar el pacto lúdico y comprender que aquí leer significa trabajar.

Para quienes acepten ese pacto, sin embargo, el resultado puede convertirse en una forma extraordinariamente absorbente de ocio. Hay algo profundamente satisfactorio en enfrentarse a una multitud de posibilidades y comprobar que la razón consigue reducirlas. El crimen proporciona suspense, pero el verdadero protagonista termina siendo nuestro propio pensamiento.

El asesino no es Alice llega así a la temporada editorial 2026-2027 como una rareza perfectamente sincronizada con su época, un libro que responde al cansancio digital sin adoptar ningún discurso nostálgico contra la tecnología y que recupera el placer de concentrarse mediante un dispositivo sorprendentemente elemental. Su éxito internacional previo y la expansión del concepto sugieren que no estamos solamente ante una ocurrencia aislada, sino ante una modalidad de entretenimiento editorial con posibilidades de crecimiento.

Tal vez dentro de algunos años recordemos estos títulos como una moda vinculada a la fiebre de los juegos de lógica, del mismo modo que otras temporadas editoriales quedaron marcadas por determinadas tendencias. O quizá estemos contemplando la consolidación de una nueva familia de libros situada entre la novela, el rompecabezas y el juego de investigación. En cualquiera de los dos casos, Iris Starling ha comprendido algo que muchos relatos policiacos olvidan: descubrir al asesino siempre ha sido únicamente la mitad del placer; la otra mitad consiste en poder decir que llegamos hasta él sin ayuda.

Cuando finalmente la multitud de 46.600 nombres comienza a desvanecerse y queda frente a nosotros la posibilidad de un único culpable, comprendemos que Alice nunca fue el verdadero centro de la historia. Tampoco lo era el cadáver. Ni siquiera el asesino. El centro estaba al otro lado de la página, sosteniendo un bolígrafo, cometiendo errores, regresando a una pista anterior y aprendiendo poco a poco a desconfiar de cada nombre. Durante unas horas hemos dejado de leer una investigación para habitarla, y en una industria que publica cada año innumerables crímenes destinados a ser contemplados desde el sofá, conseguir que el lector vuelva a sentirse responsable de resolver uno no es precisamente un delito menor.

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"Lluvia de frailes en la selva": evangelizar el infierno

8/26/2026

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Por Violant Muñoz i Genovés

Evelio Rosero convierte una misión religiosa en el corazón de la selva en una fábula feroz sobre la conquista interminable de América Latina. Frailes, monjas, militares, indígenas, petróleo, misticismo, deseo y codicia confluyen en una novela deliberadamente excesiva en la que la comicidad grotesca termina desembocando en la barbarie, mientras la naturaleza contempla cómo los hombres vuelven a representar, cinco siglos después, una historia que nunca parece haber terminado.

La conquista de América terminó hace siglos, salvo por el pequeño inconveniente de que nunca ha terminado del todo. Cambiaron los barcos por helicópteros, las armaduras por uniformes militares, las encomiendas por concesiones empresariales y la obsesión por el oro adquirió nombres más contemporáneos, desde el petróleo hasta los minerales estratégicos, pero la convicción de que un territorio puede ser declarado disponible porque quienes lo habitan no responden a la idea de progreso de quienes llegan desde fuera ha demostrado una resistencia histórica extraordinaria. Sobre esa continuidad, mucho más incómoda que cualquier conmemoración del pasado, construye Evelio Rosero Lluvia de frailes en la selva, una novela que se interna en la tradición literaria de la selva latinoamericana para deformarla mediante el humor negro, la sátira política, el misticismo y una imaginación desbordada que convierte una misión evangelizadora en representación grotesca de cinco siglos de violencia.

La premisa posee ya la suficiente extravagancia como para anunciar el tono de la novela. Mardoqueo Vanín y otros doce frailes reciben la misión de internarse en el territorio de los indios Uao con el propósito de convertirlos en Hijos de Dios y evitar así que sean exterminados por las fuerzas militares. Los acompañan cuatro guías y cuatro monjas novatas en esta clase de expediciones, componiendo una comitiva cuya fragilidad resulta casi cómica frente a una selva que Rosero presenta como una presencia inmensa, palpitante e indiferente a las pretensiones de quienes llegan dispuestos a organizarla. Sobre la expedición gravitan, además, los planes del general Máximo Agrícola, personaje cuyo nombre contiene ya algo de la grandilocuencia esperpéntica que recorre el libro y alrededor del cual la misión espiritual comienza a mostrar las verdaderas dimensiones políticas y económicas del proyecto que amenaza a los Uao.

El planteamiento inicial contiene una contradicción moral de una eficacia formidable, porque los religiosos han acudido a salvar a una comunidad indígena, pero esa salvación exige previamente que quienes deben ser salvados acepten dejar de ser exactamente quienes son. No basta con impedir que los maten: deberán convertirse en Hijos de Dios para adquirir el derecho a permanecer vivos. La violencia, por tanto, comienza mucho antes de que aparezcan los fusiles, instalada en la propia gramática de una misión que considera legítimo transformar cultural y espiritualmente al otro para protegerlo de una amenaza todavía mayor. Rosero encuentra en esta paradoja uno de los motores de la novela y evita que la evangelización funcione únicamente como decorado histórico, porque la convierte en una pregunta acerca de los mecanismos mediante los cuales el poder transforma una imposición en un supuesto acto de generosidad.

El procedimiento conecta Lluvia de frailes en la selva con una de las obsesiones fundamentales de la obra de Rosero, que ha encontrado en la distancia entre los discursos oficiales y la experiencia concreta de los individuos uno de sus territorios literarios más fértiles. En Los ejércitos, la guerra colombiana perdía cualquier retórica heroica cuando era contemplada desde quienes tenían que padecerla sin comprender siquiera qué bando controlaba momentáneamente su pueblo; en La carroza de Bolívar, la solemnidad de la Historia nacional quedaba sometida a una operación de desmontaje mediante la sátira y la irreverencia. En esta nueva novela confluyen ambos impulsos, porque Rosero vuelve a interesarse por la violencia ejercida sobre quienes quedan atrapados entre poderes superiores y, simultáneamente, por los relatos que esos poderes fabrican para legitimar sus acciones.

No es casual que sobre esta expedición contemporánea planee la memoria de 1492, porque la novela trabaja la conquista como una especie de palimpsesto donde debajo de cada gesto moderno puede adivinarse otro mucho más antiguo. La Historia no se repite exactamente, pero posee una inquietante capacidad para conservar sus estructuras mientras modifica sus apariencias, y Rosero aprovecha esa persistencia para construir una sátira en la que el conquistador no necesita ya declararse conquistador. Puede presentarse como evangelizador, militar, empresario o agente del progreso, siempre que conserve la prerrogativa fundamental que define cualquier empresa colonial: decidir qué debe hacerse con una tierra y con las personas que la habitan sin considerar que esas personas posean el mismo derecho a decidir.

La selva constituye el espacio ideal para desarrollar esa tensión porque Rosero se incorpora conscientemente a una de las tradiciones más poderosas de la literatura latinoamericana, aunque evita limitarse a reproducir sus convenciones. Desde La vorágine, de José Eustasio Rivera, la selva ha funcionado como escenario donde la presunta superioridad de la civilización empieza a descomponerse y donde el individuo procedente del mundo urbano descubre la precariedad de las categorías con las que pretendía ordenar la realidad. Rosero recoge parte de esa herencia, pero introduce una inversión particularmente significativa: aquí la selva no representa la barbarie que amenaza al hombre civilizado, sino el territorio sobre el que la civilización proyecta su propia barbarie.

Esa inversión constituye una de las ideas más fecundas de Lluvia de frailes en la selva. Los religiosos llegan convencidos de que poseen un conocimiento esencial que deben transmitir, pero apenas saben desenvolverse en el territorio donde pretenden ejercer su autoridad espiritual; los militares representan el orden y terminan asociados a una violencia que convierte ese orden en amenaza; los intereses económicos hablan implícitamente el idioma del desarrollo mientras su avance supone la destrucción de aquello que encuentran. Rosero consigue así que conceptos tradicionalmente presentados como opuestos —civilización y barbarie, salvación y condena, progreso y destrucción— empiecen a intercambiar posiciones hasta que el lector termina desconfiando de cualquiera que pretenda definirlos desde una situación de poder.

La naturaleza participa activamente en ese desplazamiento. No estamos ante una selva utilizada como decorado exótico para proporcionar aventura a unos personajes occidentales, sino ante una presencia narrativa cuya escala reduce a los expedicionarios a la insignificancia. El calor, la humedad, los animales, la espesura, el agua y la vegetación componen un mundo que existía mucho antes de la llegada de los frailes y que no necesita de ellos para adquirir significado. Frente a esa exuberancia, las pretensiones humanas resultan simultáneamente ridículas y peligrosas, porque precisamente quienes menos comprenden el territorio son quienes llegan convencidos de poseer el derecho a administrarlo.

Rosero construye además una selva literaria antes que cartográfica, alimentada por una memoria personal del Amazonas y del Putumayo, pero transformada mediante la ficción hasta adquirir una autonomía que le permite representar muchos territorios a la vez. Esta libertad resulta decisiva para el funcionamiento alegórico del libro, porque evita que los Uao y su espacio queden reducidos a una reconstrucción antropológica concreta y permite que la selva adquiera una dimensión casi mítica. Puede ser un lugar de América y, simultáneamente, la representación de una América sobre la que diferentes poderes han proyectado durante siglos sus fantasías de riqueza, salvación y dominio.

La exuberancia del paisaje encuentra su correspondencia en una prosa que parece negarse a aceptar la contención como virtud absoluta. Rosero escribe desde la acumulación, la deformación, la sensualidad y una potencia visual que convierte determinados episodios en escenas próximas al delirio, como si el lenguaje tuviera que contaminarse de la misma proliferación que gobierna la naturaleza. El resultado se aleja de la sobriedad de otras zonas de su narrativa y abraza una forma de barroquismo que encaja con el carácter excesivo del universo representado. Hay algo carnavalesco en esta expedición de religiosos enfrentados a sus cuerpos, a sus miedos, a sus deseos y a la incapacidad de conservar intacta la dignidad institucional cuando la selva comienza a imponer sus propias reglas.

El humor negro desempeña en ese mecanismo una función mucho más importante que la de proporcionar alivio cómico. Rosero conoce bien la capacidad de la risa para desactivar la solemnidad del poder y utiliza lo grotesco para reducir momentáneamente las instituciones a la escala de los individuos que las representan. Un fraile puede proclamar verdades eternas y, al mismo tiempo, sufrir las necesidades más elementales de cualquier cuerpo; un militar puede envolverse en una retórica grandiosa y seguir siendo un hombre gobernado por la ambición; una misión supuestamente trascendente puede adquirir la apariencia de una comitiva absurda cuando se enfrenta con la realidad física de la selva. El problema, y ahí comienza a oscurecerse progresivamente la novela, es que el ridículo no vuelve inofensivo al poder. Un hombre grotesco puede seguir dando órdenes y un fanático risible puede continuar legitimando la muerte.

De esta convivencia entre comicidad y amenaza surge buena parte de la singularidad tonal del libro. Rosero no permite que el lector se instale cómodamente en la tragedia ni tampoco en la sátira, porque desplaza continuamente la frontera entre ambas. La expedición puede provocar risa mientras todavía parece una aventura protagonizada por religiosos minúsculos ante una naturaleza desmesurada, pero el avance de los planes de Máximo Agrícola modifica progresivamente el significado de esa comicidad. Lo que parecía disparate empieza a revelar una estructura perfectamente racional de intereses económicos y militares, y la risa adquiere entonces una incomodidad retrospectiva, como si hubiéramos descubierto demasiado tarde que detrás de la farsa se preparaba una ejecución.

La presencia del petróleo resulta fundamental para que la alegoría histórica abandone cualquier tentación arqueológica. Rosero no está interesado únicamente en denunciar una conquista sucedida hace quinientos años, porque eso permitiría al lector contemporáneo contemplar la violencia desde una tranquilizadora superioridad moral. La novela señala que el oro ha cambiado de forma, pero no necesariamente la lógica que organiza su búsqueda. Allí donde el subsuelo contiene algo susceptible de convertirse en riqueza, quienes viven sobre él pueden transformarse de repente en un inconveniente administrativo, un obstáculo para el desarrollo o una población cuya presencia debe ser negociada, desplazada o eliminada.

La pregunta que atraviesa el libro resulta entonces tan sencilla como brutal: ¿qué ocurre cuando aquello que existe debajo de una tierra vale más, para quienes poseen el poder, que las personas que viven encima de ella? La respuesta conecta la antigua conquista con las economías extractivas contemporáneas y permite que Lluvia de frailes en la selva establezca una continuidad histórica sin necesidad de afirmar que todas las formas de dominación sean idénticas. Lo que permanece es una determinada relación con el territorio, entendido no como lugar habitado y dotado de significado, sino como depósito de recursos pendientes de apropiación.

La selva representa justamente aquello que esa mentalidad no sabe comprender, porque posee un valor que no depende de su conversión en mercancía. Desde la lógica extractiva, un bosque intacto puede interpretarse como riqueza todavía no utilizada; desde la perspectiva que atraviesa la novela, su existencia constituye precisamente aquello que está siendo destruido. Rosero vincula de este modo la violencia ejercida contra los Uao con la devastación del territorio sin convertir la narración en un manifiesto ecologista, mostrando que ambas proceden de una misma concepción instrumental del mundo, aquella según la cual las vidas, las culturas y los ecosistemas adquieren valor únicamente cuando pueden ser integrados en el proyecto de quienes poseen la fuerza suficiente para imponerlo.

También la religión queda sometida a esa mirada corrosiva, aunque sería simplificador reducir el libro a una sátira anticlerical. Los frailes son personajes atravesados por contradicciones y la novela permite que algunos de ellos crean sinceramente en la necesidad de la misión, circunstancia que vuelve el conflicto moral mucho más interesante. La Historia no necesita estar poblada exclusivamente por individuos perversos para producir atrocidades; con frecuencia le basta con personas convencidas de estar haciendo el bien dentro de estructuras cuyas consecuencias no desean o no saben contemplar. La buena intención puede convivir con el paternalismo, la compasión con la imposición y el deseo de salvar una vida con la incapacidad de aceptar que esa vida posea una concepción del mundo diferente.

Ahí aparece uno de los asuntos más delicados del libro: la mirada sobre el otro. Toda narración acerca de comunidades indígenas escrita desde fuera corre el riesgo de reproducir aquello que pretende cuestionar, convirtiendo al indígena en figura exótica, símbolo de pureza o simple instrumento de una alegoría occidental. Rosero intenta desplazar esa mirada haciendo que buena parte de la extrañeza recaiga sobre los invasores. Los seres desubicados son los frailes, las monjas, los militares y los representantes de un mundo que entra en la selva cargado de certezas cuya lógica empieza a resultar absurda cuando se contempla desde un territorio que no las comparte.

Este desplazamiento posee una importancia mayor de la que podría parecer, porque cuestiona la propia idea del descubrimiento sobre la que se edificó durante siglos buena parte del relato colonial. La selva no empieza a existir cuando alguien procedente de la civilización entra en ella, del mismo modo que los Uao no necesitaban ser encontrados para poseer una historia. El explorador descubre únicamente aquello que ignoraba, aunque después la retórica de la conquista transforme su desconocimiento personal en inexistencia previa del territorio descubierto. Rosero juega con esa arrogancia y la proyecta sobre una expedición cuyos integrantes van descubriendo, a medida que avanzan, la dimensión de todo cuanto desconocen.

La dimensión corporal de los religiosos contribuye igualmente a desmontar las jerarquías. En Lluvia de frailes en la selva la espiritualidad convive constantemente con el deseo, el miedo, el hambre y la lujuria, de manera que los representantes de lo trascendente nunca consiguen desprenderse completamente de la carne. La estrategia enlaza con una larga tradición carnavalesca que rebaja aquello que se presenta como sublime hasta devolverlo al cuerpo, aunque Rosero no parece interesado en negar por ello toda posibilidad de misticismo. Lo que cuestiona es la pretensión de determinadas instituciones de poseer el monopolio sobre lo sagrado y, especialmente, de considerar que ese monopolio concede autoridad para intervenir sobre las creencias de otros pueblos.

La pregunta acerca de quién puede nombrar a Dios se confunde entonces con la pregunta acerca de quién puede nombrar la realidad. El colonizador posee poder no solamente porque dispone de armas, sino porque consigue imponer las palabras mediante las cuales será descrito aquello que encuentra. Una religión diferente puede convertirse en superstición, una organización social ajena puede llamarse atraso, una relación no extractiva con el territorio puede interpretarse como improductividad y una resistencia frente a la invasión puede definirse como salvajismo. Antes de transformar materialmente el mundo resulta necesario imponerle un vocabulario, y Rosero entiende que una parte decisiva de la conquista se produce precisamente en ese terreno.

Por eso el general Máximo Agrícola funciona menos como retrato psicológico minucioso que como condensación de una determinada lógica del poder. Su grandilocuencia, su ambición y los planes que gravitan alrededor de la expedición introducen una dimensión casi esperpéntica que permite a Rosero exagerar sin abandonar completamente la realidad. América Latina posee una historia suficientemente abundante en dictadores extravagantes, militares mesiánicos, empresarios visionarios y caudillos convencidos de encarnar el destino nacional como para que la caricatura encuentre siempre algún parentesco inquietante con los hechos. La exageración literaria no necesita inventar demasiado cuando la propia Historia ha competido durante décadas con la imaginación de los novelistas.

En este sentido, Lluvia de frailes en la selva pertenece a una tradición latinoamericana que ha comprendido que determinados excesos del poder se representan mejor mediante la deformación que mediante un realismo estrictamente mimético. Rosero no reproduce el lenguaje del realismo mágico ni parece interesado en regresar nostálgicamente a sus procedimientos, pero comparte con algunas de sus grandes obras la intuición de que la frontera entre lo increíble y lo histórico resulta especialmente frágil en un continente donde lo absurdo ha formado parte habitual de la vida política. Su estrategia consiste en llevar la realidad hasta el límite de la fábula para descubrir que, una vez allí, continúa siendo reconocible.

La novela paga ocasionalmente el precio de esa apuesta por la exuberancia. La acumulación de personajes, episodios y situaciones puede producir una cierta saturación, mientras la vocación alegórica amenaza en determinados momentos con imponerse sobre la complejidad individual de algunas figuras. No estamos ante una narración que busque la precisión minimalista ni la construcción psicológica minuciosa de todos sus integrantes, sino ante una obra que necesita el movimiento de conjunto, el ruido de la comitiva y la proliferación de voces para levantar su carnaval selvático. Esa desmesura podrá resultar fascinante o agotadora según la disposición del lector, pero difícilmente puede considerarse accidental, porque forma parte de una poética que pretende reproducir mediante el lenguaje el mismo exceso que gobierna el espacio narrado.

Cuando la novela alcanza sus mejores momentos, esa exuberancia deja de ser únicamente una característica estilística y adquiere una función moral. La selva rebosa vida mientras los hombres llegan para administrarla; el lenguaje prolifera mientras el poder intenta reducir la realidad a categorías manejables; los cuerpos desean, enferman y temen mientras las instituciones pretenden convertirlos en piezas de proyectos políticos, religiosos o económicos. Frente a las abstracciones de la conquista, Rosero opone una materialidad casi obscena que recuerda constantemente que detrás de palabras como evangelización, desarrollo, seguridad o progreso existen personas concretas sobre las que recaen sus consecuencias.

A medida que la expedición avanza y se hacen visibles los planes ocultos que rodean a los Uao, la selva adquiere además la condición de víctima. La violencia deja de dirigirse exclusivamente contra quienes la habitan y alcanza al propio territorio, mostrando que la destrucción de una comunidad y la destrucción de su ecosistema pueden ser procesos inseparables. Una cultura vinculada durante generaciones a un espacio determinado no sobrevive intacta si ese espacio desaparece, y la explotación económica puede conseguir mediante la transformación ambiental aquello que antes buscaba directamente la violencia militar: volver imposible una forma de vida.

La contemporaneidad de esta cuestión proporciona al libro una resonancia que va mucho más allá de la peripecia. Rosero escribe sobre una América donde las disputas por la tierra, los recursos naturales y los territorios indígenas siguen formando parte del presente, pero evita convertir la novela en una trasposición directa de un conflicto político concreto. Su selva inventada le permite ampliar el foco hasta convertir la historia de los Uao en una interrogación sobre una lógica que atraviesa diferentes países y períodos históricos, aquella que considera determinadas zonas periféricas como espacios disponibles para proyectos concebidos desde centros de poder muy alejados de quienes sufrirán sus consecuencias.

Es aquí donde la aparente extravagancia del título adquiere toda su pertinencia. Esa lluvia de frailes posee algo de invasión absurda, como si el cielo hubiera dejado caer sobre la selva unos cuerpos que no pertenecen a ella y que, sin embargo, llegan investidos de autoridad para transformarla. La imagen resume el carácter tragicómico de una novela donde quienes vienen a salvar pueden convertirse en parte del peligro y donde la salvación misma debe ser sometida a sospecha cada vez que alguien la ofrece sin haber preguntado previamente al supuesto beneficiario si desea recibirla.

Rosero no proporciona una lectura confortable de esa contradicción porque sabe que la literatura pierde buena parte de su fuerza cuando se limita a confirmar aquello que el lector ya estaba dispuesto a pensar. La institución religiosa puede ser objeto de una sátira feroz sin que todos los religiosos sean idénticos; la civilización occidental puede aparecer asociada a la devastación sin que la comunidad indígena tenga que ser convertida por ello en representación idealizada de una inocencia primordial; la naturaleza puede adquirir una dimensión casi sagrada sin transformarse en un paraíso amable. La selva continúa siendo peligrosa, inhóspita y capaz de matar, pero su violencia pertenece a un orden distinto de aquella que los hombres ejercen después de elaborar discursos destinados a justificarla.

Esa diferencia termina siendo fundamental. La naturaleza no necesita explicar moralmente por qué existe, mientras el poder humano produce incesantemente relatos que presentan sus intereses particulares como necesidades universales. Los conquistadores llevaban la verdadera fe, los imperios extendían la civilización, los Estados garantizan el orden y las empresas generan progreso; detrás de esas afirmaciones puede haber convicciones sinceras, pero también existe siempre la posibilidad de que funcionen como una cortina verbal destinada a ocultar quién obtiene finalmente el beneficio y quién paga su precio.

Lluvia de frailes en la selva encuentra su mayor fuerza precisamente cuando consigue que esas preguntas emerjan de la propia ficción sin convertir a los personajes en simples portavoces de una tesis. La aventura, el humor negro, la sensualidad y el delirio sostienen una narración cuya dimensión política se vuelve progresivamente más visible, hasta que aquello que comenzó como una expedición casi carnavalesca revela la maquinaria de violencia que estaba funcionando detrás del escenario. El tránsito desde la risa hacia el espanto está cuidadosamente inscrito en la estructura moral de la novela, porque obliga a reconocer que el absurdo no constituye necesariamente lo contrario de la barbarie y que, en determinadas circunstancias, puede ser una de sus formas más eficaces.

A sus casi siete décadas de vida, Evelio Rosero escribe desde una libertad narrativa que parece poco interesada en obedecer expectativas de género o contención estilística. Hay algo deliberadamente indócil en este libro, una voluntad de mezclar registros, permitir que la imaginación desborde la verosimilitud convencional y aceptar que la sátira pueda convivir con el horror sin que ninguna de las dos dimensiones anule a la otra. Esa libertad produce una novela desigual en el sentido más fértil del término, porque no todas sus páginas buscan exactamente lo mismo ni avanzan con idéntica intensidad, pero también una obra difícil de domesticar dentro de una fórmula reconocible.

Quizá por eso su imagen más persistente no sea la de los religiosos ni la de los militares, sino la de la propia selva observando la llegada de otra expedición convencida de que esta vez sí sabe qué hacer con ella. Durante cinco siglos han desembarcado en América hombres seguros de poseer una explicación definitiva para el territorio y sus habitantes, y cada generación ha encontrado un nuevo vocabulario para presentar como inevitable aquello que respondía a intereses perfectamente concretos. Rosero contempla esa repetición con la mezcla de indignación y humor que caracteriza sus mejores páginas, consciente de que la solemnidad puede convertirse en aliada del poder y de que, en ocasiones, la única manera de mostrar la monstruosidad de una idea consiste en llevar su lógica hasta el ridículo.

De ahí que Lluvia de frailes en la selva termine siendo mucho más que una novela sobre una misión evangelizadora o una nueva incursión literaria en el imaginario amazónico. Es una fábula sobre la arrogancia de quienes confunden poder con razón, sobre la facilidad con que la violencia aprende a presentarse como protección y sobre una concepción del progreso que continúa midiendo el valor de los territorios por aquello que puede extraerse de ellos. También es una novela acerca de la capacidad de la Historia para disfrazarse de novedad mientras reproduce antiguas jerarquías y de la dificultad de distinguir entre salvación y conquista cuando ambas llegan acompañadas por quienes ya han decidido cuál debe ser el futuro de los demás.

Al cerrar el libro queda la impresión de que Rosero no ha escrito tanto sobre una selva amenazada como sobre nuestra incapacidad para contemplar un lugar sin preguntarnos inmediatamente para qué puede servirnos. Los Uao, los frailes, las monjas y los hombres de Máximo Agrícola quedan atrapados en una maquinaria cuyo origen se remonta mucho más atrás que cualquiera de ellos, mientras el bosque permanece como testigo de las sucesivas formas que adopta la codicia. La ironía final es tan amarga como coherente con toda la novela: después de siglos enviando conquistadores, evangelizadores, militares y empresarios para salvar, civilizar o desarrollar aquello que supuestamente no sabía hacerlo por sí mismo, quizá la gran lección que la selva podría ofrecer a quienes llegan hasta ella consista precisamente en demostrarles que nunca fue ella la que necesitaba ser civilizada.

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"Las chicas de ayer": volver a los ochenta para descubrir todo lo que dejamos por el camino

8/19/2026

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Por Violant Muñoz i Genovés

Las chicas de ayer: volver a los ochenta para descubrir todo lo que dejamos por el camino
Hay viajes en el tiempo que sirven para cambiar la Historia y otros, probablemente más difíciles, que obligan a enfrentarse con la persona que uno fue antes de saber en qué acabaría convirtiéndose. Inés Galiano parte en Las chicas de ayer de una premisa inequívocamente fantástica —cuatro amigas de setenta y siete años regresan desde 2045 hasta 1985— para construir una historia que mira menos hacia las paradojas temporales que hacia esa otra clase de paradoja que acompaña a cualquier vida: la distancia entre aquello que imaginábamos ser y aquello que finalmente hemos sido. Con la movida madrileña como paisaje sentimental, la música de los ochenta resonando al fondo y una amistad femenina que ha sobrevivido durante seis décadas, la novela utiliza la ciencia ficción para preguntarse qué haríamos si pudiéramos regresar al pasado sabiendo exactamente cuánto hemos ganado y cuánto hemos perdido desde entonces.

Marie, Cati, Isa y Patri son amigas desde la adolescencia, aunque en 2045 aquella intimidad construida durante toda una vida empieza a enfrentarse con los inconvenientes de la edad, las rutinas, las obligaciones y un mundo progresivamente tecnológico en el que incluso las relaciones personales parecen haber delegado una parte de su humanidad en las pantallas. Las cuatro tienen setenta y siete años, llevan vidas muy distintas y no encuentran demasiado tiempo para verse, hasta que Marie las convoca en un laboratorio secreto situado en la huerta murciana y les presenta el proyecto al que ha dedicado buena parte de su existencia: una máquina del tiempo.

Lo que podría convertirse en una demostración científica termina enviándolas a 1985, precisamente al territorio de su juventud, cuando Madrid vivía la explosión cultural y contracultural de una década que acabaría transformándose en uno de los grandes espacios míticos de la memoria reciente española. Regresar allí significa reencontrarse con músicas, lugares y formas de relacionarse desaparecidas, pero también con decisiones que parecían definitivamente enterradas, con antiguos amores y, sobre todo, con las versiones jóvenes de unas mujeres que todavía ignoraban prácticamente todo acerca de sus propias vidas.

Galiano convierte así el viaje temporal en una confrontación con la memoria y evita presentar los años ochenta simplemente como un paraíso perdido. Sus protagonistas saben que el pasado tampoco era perfecto y que en muchos aspectos el mundo ha avanzado, pero eso no impide que aquel regreso accidental les permita recuperar temporalmente una forma de relacionarse y de estar juntas que el futuro parece haber erosionado. Entre humor, melancolía, amistad y ciencia ficción, Las chicas de ayer termina formulando una pregunta tan sencilla como perturbadora: si pudiéramos conocer nuestro futuro, ¿seguiríamos tomando las mismas decisiones?

Entrevista a Inés Galiano
--Las chicas de ayer mezcla ciencia ficción, nostalgia y relato generacional a través de una premisa muy potente: un grupo de amigas de 77 años que viaja de nuevo a 1985. ¿Cómo nació la idea de unir viaje en el tiempo y memoria emocional?

—La historia surge de dos conceptos que me gustan mucho: el primero es el de las amigas de toda la vida que te conocen, que saben todas tus aventuras y desventuras, y que siempre están ahí para apoyarte, incluso cuando lleguemos a ancianas; y el segundo es el de la movida madrileña, una época nostálgica con estética retro y una música divertida, hecha para bailar hasta descoyuntarse, que me parecía el escenario perfecto para llevar en ese último viaje juntas a mi grupo de ancianas amigas. Ellas viven en un futuro próximo, en el 2045, y por una serie de circunstancias, se encuentran de golpe en el 1985, rememorando su juventud.

—Aunque la novela juega con elementos fantásticos, en el fondo habla de cuestiones muy humanas: el paso del tiempo, las decisiones tomadas y las vidas que imaginamos. ¿Qué querías explorar realmente a través de este viaje al pasado?

—Las decisiones vitales de las personas son muy parecidas en todas las épocas, y a veces es necesario reencontrarte con tu yo del pasado o del futuro, para recordar qué era aquello que deseabas. En la novela, la mayoría de los personajes tiene que enfrentarse a lo que fue, mientras que uno de ellos vivirá con la presión constante de lo que será. El desarrollo de personajes se guía por una pregunta en apariencia sencilla: ¿Cambiarían tus decisiones si pudieras saber lo que va a ocurrir en el futuro pero no en los próximos cinco minutos?

—La historia coloca frente a frente dos momentos que parecen hablar idiomas distintos: el 2045 de los avatares y las relaciones a distancia y el 1985 analógico, físico y desordenado de la movida madrileña. ¿Qué buscabas al enfrentar esos dos mundos?

—El punto de partida es un futuro cercano en el que las personas ya no se reúnen en persona, sino que lo hacen por videollamada y avatares digitales. En 2045 se ha perdido el toque humano. Por eso, cuando se ven obligadas a enfrentarse al mundo analógico y rebelde de 1985, las protagonistas vuelven a una época más sencilla en la que se priorizaban más otras cosas para poder recordar lo más importante: su amistad.

—La ficción, y especialmente la ciencia ficción, ha condenado durante mucho tiempo a las mujeres mayores a ocupar los márgenes del relato. Aquí son ellas quienes protagonizan la aventura, toman decisiones y todavía tienen cosas que descubrir sobre sí mismas. ¿Había también una voluntad de discutir esa invisibilidad?

—Creo que es importante reivindicar el papel de las mujeres mayores en nuestra sociedad a través de la ficción. Parece que cuando superas los cuarenta, ya no eres relevante, y que solo pueden vivir aventuras y descubrir cosas sobre sí mismas las jóvenes o incluso adolescentes. Representar un grupo de amigas de otra edad puede mostrarnos que las personas pueden seguir viviendo vidas interesantes en cualquier época vital; y que, además, podemos aprender mucho de ellas.
—La nostalgia atraviesa la novela, pero regresar a 1985 significa también comprobar que la memoria suele seleccionar aquello que quiere conservar y dejar fuera lo que resulta menos amable. ¿Hasta qué punto la nostalgia puede convertirse en refugio y hasta qué punto corre el riesgo de convertirse en una trampa?

—Creo que la nostalgia puede tomarse de forma amarga a través de la añoranza, pero también puede ser dulce a través del recuerdo. Los personajes de mi novela no extrañan ni idealizan los ochenta, porque son conscientes de que se ha avanzado en muchos aspectos, pero eso no les impide ser capaces de disfrutar durante un rato un breve viaje al pasado. Siempre y cuando entendamos que la nostalgia debe ser un sentimiento pasajero, podemos convivir con el pasado y el futuro.

—En Las chicas de ayer, la ciencia ficción parece funcionar menos como una escapatoria de la realidad que como una manera de observarla desde una distancia distinta. ¿Qué encuentras en la ficción especulativa que te permite hablar del presente de una manera que quizá otros géneros no permiten?

—La ficción especulativa sobre épocas futuras o pasadas nos permite reflexionar sobre el presente desde otro punto de vista. Podemos asomarnos a los ochenta durante unos días o podemos imaginarnos un futuro distópico y darnos cuenta de lo afortunados que somos hoy. De la misma forma, también podemos imaginar utopías futuras que nos den ideas para el cambio. La ciencia ficción me permite pensar sobre los cambios sociales y enfrentar a mis personajes con ellos.

Muchas gracias por tu atención, y enhorabuena por esta idea tan rompedora.

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"La venganza del apóstol" la Historia como herencia, botín y condena

8/12/2026

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Por Violant Muñoz i Genovés

Isabel San Sebastián continúa en La venganza del apóstol su recorrido novelístico por la Edad Media peninsular mediante una narración que enlaza la batalla de las Navas de Tolosa, las campañas que condujeron a la conquista de Córdoba y el legendario retorno de las campanas de Santiago de Compostela. Bajo la arquitectura reconocible de la novela histórica de aventuras, la autora construye también el relato de formación de un adolescente obligado a descubrir que la honra puede encontrarse muy lejos de la gloria y que no todos los héroes están destinados a aparecer en las crónicas.

La Historia suele contemplarse desde una distancia que la vuelve limpia. Sobre un mapa, las campañas militares son flechas que avanzan hacia el sur; las batallas se resumen mediante una fecha, dos ejércitos enfrentados y un vencedor; los territorios cambian de color con la facilidad con que se pasa una página, y los hombres que participaron en aquellos acontecimientos terminan reducidos a nombres, cifras o estatuas. La novela histórica tiene la posibilidad de hacer exactamente lo contrario: devolver el barro a los caminos, el hambre a los soldados, el miedo a quienes se preparan para combatir y la incertidumbre a unos personajes que, a diferencia del lector, desconocen cuál será el desenlace de aquello que están viviendo. En La venganza del apóstol, Isabel San Sebastián se instala precisamente en esa distancia entre la Historia que ya conocemos y la experiencia de quienes todavía no saben que están formando parte de ella, y encuentra en esa grieta el espacio desde el que construir una novela de aventuras que, aunque alimentada por grandes acontecimientos medievales, alcanza sus momentos más convincentes cuando abandona los movimientos de los ejércitos para observar el desconcierto de un muchacho incapaz de convertirse en el hombre que esperaba ser.

Beltrán López de Cazorla tiene dieciséis años cuando comienza propiamente su educación en el mundo de los adultos y, como tantos jóvenes antes y después de él, inicia ese tránsito cargando con una identidad que otros han construido en su nombre. Pertenece a la pequeña nobleza castellana, es hijo de un veterano de la batalla de las Navas de Tolosa y ha crecido en una sociedad donde las armas constituyen mucho más que un instrumento de guerra: son el símbolo visible de una condición, de una masculinidad y de una idea de la honra que se transmite de padres a hijos como si formara parte de la sangre. El problema consiste en que Beltrán, por mucho que lo intente, no destaca precisamente como guerrero. Su condición de zurdo, cargada en aquel mundo de connotaciones negativas que pueden oscilar entre la sospecha y el estigma, tampoco favorece el aprendizaje de unas técnicas pensadas para la mano contraria, de modo que su deseo de reproducir las hazañas paternas tropieza continuamente con las limitaciones de un cuerpo que parece negarse a obedecer el destino que le habían reservado.

Esta elección de protagonista contiene ya buena parte del interés de La venganza del apóstol, porque San Sebastián podría haber situado en el centro de la novela a uno de esos hombres excepcionales que parecen concebidos para galopar por las páginas de la Historia, pero prefiere hacerlo con alguien que comienza sintiéndose inadecuado para la época que le ha tocado vivir. Beltrán no carece de valor ni de ambición; lo que le falta es precisamente aquello que su entorno ha decidido considerar la principal medida de ambas cualidades. De ese desajuste surge un relato de formación bastante más atractivo que la simple sucesión de batallas que promete inicialmente la materia histórica, ya que el muchacho tendrá que desprenderse poco a poco de la idea según la cual el honor depende de la exhibición pública del coraje y aceptar que la utilidad, el sacrificio y hasta la heroicidad pueden desarrollarse en lugares donde nadie está mirando.

La acción arranca en la primavera de 1231, durante una campaña cristiana desarrollada en las proximidades de Jerez contra las tropas de Ibn Hud. Beltrán afronta allí su bautismo de fuego esperando encontrar en el combate la confirmación de sí mismo que hasta entonces le ha sido negada. Su imaginación está poblada por las historias que una sociedad guerrera utiliza para educar a sus hijos, por los relatos de quienes combatieron antes que él y por esa mitificación retrospectiva de la violencia que transforma la memoria de una batalla en una jornada gloriosa una vez han desaparecido los cadáveres y se ha secado la sangre. La experiencia real, naturalmente, se muestra mucho menos noble. Isabel San Sebastián conoce bien la eficacia narrativa de enfrentar la imagen heroica de la guerra con la materialidad desagradable de la guerra misma, y por eso en sus páginas la promesa del honor convive con el botín, las grandes invocaciones religiosas con la codicia y el sacrificio caballeresco con la elemental necesidad de regresar vivo a casa.

Esta voluntad de ensuciar la épica constituye uno de los aciertos de la novela. La guerra medieval aparece como una actividad sometida a códigos, ceremonias y convicciones religiosas, pero también como una gigantesca empresa económica cuyos participantes esperan obtener recompensas tangibles. Un cadáver puede ser al mismo tiempo el enemigo derrotado en nombre de la fe y un cuerpo al que conviene arrebatarle cualquier objeto valioso antes de que lo haga otro. Los ejércitos necesitan comer, los caballos necesitan alimento, las campañas dependen de una compleja intendencia y la gloria que después celebrarán los cronistas se encuentra durante su desarrollo mucho más cerca de la suciedad, el agotamiento y la improvisación de lo que sugerirá el relato oficial. San Sebastián no renuncia en absoluto a la épica, porque la necesita y porque forma parte esencial de su concepción de la novela histórica, pero procura colocar debajo de ella una capa de realismo suficiente para que las hazañas no parezcan ocurrir en un decorado sin cuerpos.

El pasado paterno de Beltrán conduce además hacia uno de los grandes núcleos históricos del libro, la batalla de las Navas de Tolosa de 1212, reconstruida mediante un amplio regreso narrativo que sirve para explicar no solo un momento decisivo de las campañas cristianas frente al poder almohade, sino también la naturaleza de la herencia que condiciona al protagonista. La batalla existe para Beltrán antes como memoria que como Historia, porque fue allí donde la generación de su padre adquirió el prestigio con el que ahora son comparados quienes vienen detrás. Al recuperar la marcha hacia el sur, las dificultades del terreno, las tensiones entre los distintos contingentes, las rivalidades nobiliarias, el fervor religioso y la violencia del enfrentamiento, la novela muestra cómo se fabrica posteriormente aquello que llamamos una gesta: primero existen hombres confundidos, cansados y aterrorizados que avanzan hacia un enemigo; después sobreviven unos cuantos y alguien convierte su experiencia en relato.

La recreación de las Navas permite a San Sebastián manejar el tipo de escenario en el que se encuentra particularmente cómoda, combinando personajes históricos con criaturas ficticias y desplazándose desde los centros de decisión política hasta la experiencia inmediata de quienes reciben las consecuencias de esas decisiones. La documentación es abundante y se percibe detrás de los detalles relacionados con el armamento, las jerarquías, el paisaje, los desplazamientos o los códigos sociales, aunque en algunos momentos esta misma necesidad de situar al lector frente a un tablero histórico complejo obliga a detener el movimiento de la novela para explicar antecedentes y relaciones de poder. Es uno de los riesgos habituales de un género que pretende mantener simultáneamente la tensión de la ficción y el deseo de transmitir conocimiento, y La venganza del apóstol no siempre consigue ocultar las costuras entre ambas funciones. Cuando los personajes deben convertirse momentáneamente en transmisores de información histórica, la novela pierde algo de espontaneidad; cuando recuperan sus temores, intereses y contradicciones, el relato vuelve a respirar con mayor libertad.

La concepción del mundo que sostiene esos personajes resulta, en cambio, uno de los elementos que San Sebastián trata con mayor coherencia. La escritora no parece interesada en fabricar una Edad Media confortable para la sensibilidad contemporánea, sino en aproximarse a una sociedad donde la religión determina la percepción de la realidad, el linaje condiciona las oportunidades, la honra constituye un patrimonio tangible y la pertenencia a una comunidad religiosa o familiar puede decidir la suerte de una persona. Dios no representa para aquellos hombres y mujeres una opinión privada que pueda separarse del resto de la existencia, sino el fundamento mediante el cual interpretan el mundo, justifican la guerra, establecen jerarquías y comprenden la muerte. La novela puede contemplar críticamente algunas de esas convicciones, pero evita en general que sus personajes se comporten como ciudadanos contemporáneos accidentalmente vestidos con ropas medievales, un anacronismo psicológico que debilita tantas recreaciones históricas.

Esto resulta particularmente relevante en la representación de la frontera entre los territorios cristianos y musulmanes, que aparece como un espacio de guerra permanente pero también de conocimiento mutuo. La frontera no separa dos civilizaciones que ignoran completamente la existencia de la otra, sino poblaciones acostumbradas durante generaciones al comercio, el enfrentamiento, las treguas, los pactos, las incursiones y las negociaciones. Ese contacto prolongado ha creado códigos compartidos incluso en la violencia, y una de las tensiones interesantes de la novela surge precisamente al confrontar esas costumbres fronterizas con la actitud de algunos cruzados ultramontanos para quienes la guerra religiosa exige una aniquilación mucho menos matizada. La diferencia entre conquistar y exterminar, entre aceptar una rendición y convertirla en carnicería, abre una zona moral donde la novela adquiere una resonancia que trasciende naturalmente el período histórico representado.

No necesita San Sebastián forzar demasiado las analogías con el presente para que aparezca una cuestión reconocible: toda guerra requiere un discurso que permita a quienes participan en ella considerar legítima su violencia, pero ese mismo discurso puede terminar eliminando cualquier límite sobre la conducta de los combatientes. La fe es capaz de movilizar un ejército y proporcionar sentido al sacrificio, pero también puede utilizarse para transformar al enemigo en alguien situado fuera de la humanidad moral. La autora introduce entonces una distinción entre el combate sometido a unas reglas, por precarias que resulten, y la violencia que busca únicamente la destrucción del otro, y esa frontera ética resulta mucho más interesante que una lectura de los acontecimientos basada exclusivamente en quién ocupa finalmente una ciudad.

Es precisamente cuando el destino de Beltrán se aleja de la imagen tradicional del guerrero cuando La venganza del apóstol encuentra su veta narrativa más fértil. El joven que esperaba conseguir reconocimiento mediante la espada termina obligado a desempeñar tareas de espionaje y a infiltrarse en Córdoba, una transformación que dinamita desde dentro todo aquello que había aprendido acerca de la honra. El caballero necesita ser reconocido porque su prestigio depende de los testigos, mientras que el espía debe desaparecer dentro de una identidad ajena; el primero aspira a que su nombre sea recordado, mientras que el segundo habrá cumplido mejor su cometido cuanto menos se sepa acerca de su intervención. De esta contradicción extrae San Sebastián una reflexión muy eficaz sobre la diferencia entre servir y ser admirado, porque Beltrán debe descubrir que una acción decisiva puede no ofrecer ninguna recompensa pública y que el coraje también consiste en callar cuando se desea hablar, disimular cuando se querría desafiar y aceptar que otros reciban la gloria de una empresa a la que uno ha contribuido de manera esencial.

La educación del protagonista pasa así de la destreza militar a una forma bastante más compleja de conocimiento. Para infiltrarse necesita observar, interpretar comportamientos, controlar sus emociones y aprender a mirar a quienes hasta entonces había considerado únicamente adversarios. Ese contacto con el otro desestabiliza las identidades demasiado simples, como ocurre frecuentemente en las buenas novelas de frontera, porque resulta mucho más fácil odiar una categoría que a un individuo concreto. Córdoba se convierte de este modo no solo en escenario de peligro, sino en el territorio donde Beltrán debe comprobar que las divisiones políticas y religiosas que organizan el mundo no eliminan la complejidad humana de quienes habitan al otro lado.

También las mujeres contribuyen a ensanchar el campo de visión de un protagonista educado en la convicción de que la Historia pertenece fundamentalmente a los hombres que llevan armas. Su madre, doña Catalina, antigua dama de Berenguela, encarna una inteligencia práctica que comprende mucho antes que él la diferencia entre prestigio y supervivencia. Si el muchacho considera inicialmente que renunciar al camino de las armas equivale a una degradación, Catalina entiende que insistir en un destino para el cual su hijo no está preparado puede conducirlo sencillamente a la muerte. Su función en la novela no queda limitada a la preocupación materna, porque a través de ella se desarrolla una idea recurrente: el poder político y social no coincide siempre con el poder formal, y muchas mujeres medievales tuvieron que ejercer su autoridad dentro de los estrechos márgenes que les permitía una sociedad organizada jurídicamente alrededor de los hombres.

La figura de Berenguela resulta esencial dentro de esa genealogía femenina. San Sebastián la presenta como ejemplo de una inteligencia política capaz de transformar la aparente renuncia en una forma de gobierno, mostrando cómo la influencia, el consejo, las alianzas familiares y la administración de las relaciones personales pueden resultar tan decisivos como las acciones ejecutadas públicamente por quienes ocupan el trono. Junto con otras figuras femeninas, reales o ficticias, la novela construye una retaguardia que cuestiona silenciosamente la idea de que la Historia sucede únicamente donde chocan las espadas. Mientras los hombres combaten, alguien debe administrar propiedades, garantizar suministros, mantener redes de fidelidad, proteger familias, atender heridos y conservar aquello que hará posible la vida después de la campaña. La batalla ocupa las crónicas, pero la supervivencia suele depender de actividades mucho menos espectaculares.

Hay aquí un paralelismo evidente con el propio aprendizaje de Beltrán. Tanto el espía como las mujeres que actúan desde la retaguardia participan de una Historia que no siempre reconoce a quienes la sostienen, y La venganza del apóstol encuentra una de sus ideas centrales precisamente en esa tensión entre visibilidad e importancia. Ser visto no equivale necesariamente a ser decisivo, y ocupar el centro de la escena puede tener bastante menos importancia que realizar correctamente una tarea de la que nadie dejará constancia. El muchacho que había confundido desde niño el honor con el reconocimiento público empieza a comprender que el segundo puede ser apenas una representación social del primero.

La otra gran columna simbólica de la novela son las campanas de Santiago de Compostela, cuya historia proporciona a San Sebastián una imagen extraordinariamente poderosa para unir épocas distintas dentro de su proyecto narrativo. La tradición relata que, tras la expedición de Almanzor contra Santiago a finales del siglo X, las campanas fueron trasladadas hasta Córdoba a hombros de cautivos cristianos; siglos después, cuando la antigua capital califal cayó en manos cristianas, el trayecto habría de realizarse en sentido inverso y con cautivos musulmanes como porteadores. El círculo narrativo resulta perfecto porque transforma un objeto en depósito de memoria: las campanas dejan de ser únicamente campanas para convertirse en trofeo, humillación, símbolo religioso, demostración de poder y finalmente instrumento de una restitución que contiene inevitablemente el deseo de invertir la afrenta anterior.

La novela aprovecha ese regreso para adoptar la estructura de una larga aventura de camino, una especie de road novel medieval en la que los paisajes, el hambre, las amenazas, el cansancio y los encuentros sucesivos permiten que el gran símbolo vuelva a adquirir materialidad. Las campanas pesan, necesitan ser transportadas y exigen cuerpos capaces de soportarlas, lo que impide que la victoria se vuelva completamente abstracta. En esa imagen se concentra una contradicción incómoda que el libro no necesita resolver para que resulte fecunda: lo que unos interpretan como reparación de una injusticia histórica constituye para quienes cargan el metal una nueva forma de humillación. La Historia puede cerrar círculos, pero casi nunca lo hace sin colocar a alguien debajo.

El propio título de la novela, La venganza del apóstol, remite a esa inversión simbólica y anuncia una concepción de la memoria histórica donde los objetos pueden sobrevivir durante más tiempo que los hombres y acumular sucesivas interpretaciones. Quienes robaron las campanas, quienes las transportaron por primera vez y quienes las devolvieron pertenecen a generaciones distintas, pero el metal permanece, convertido en testimonio de una cadena de conquistas y derrotas que demuestra hasta qué punto los seres humanos heredamos conflictos cuyos protagonistas originales hace mucho que han desaparecido. En este sentido, las campanas funcionan también como metáfora del peso del pasado que soporta Beltrán: ambos reciben una historia anterior y deben transportarla sin haber participado en su origen.

San Sebastián introduce además una cuestión especialmente pertinente para cualquier novela histórica, la de quién construye finalmente el relato que llegará hasta nosotros. Los cronistas seleccionan hechos, los soberanos necesitan versiones favorables de los acontecimientos y las comunidades transforman determinadas experiencias en mitos que proporcionan una explicación de sí mismas. La Historia nunca aparece aquí como una fotografía neutra, porque antes de convertirse en conocimiento ha pasado por las manos de quienes decidieron qué debía recordarse y qué convenía olvidar. La novela participa inevitablemente de esa misma operación, pues toda ficción histórica selecciona una perspectiva desde la que mirar el pasado, pero al menos hace visible el mecanismo mediante el cual unos hombres entran en las crónicas mientras otros, quizá igualmente decisivos, desaparecen de ellas.

En términos estrictamente literarios, La venganza del apóstol pertenece sin complejos a una tradición narrativa de vocación popular que concede prioridad a la peripecia, la ambientación y la capacidad de transportar al lector a otro tiempo. La prosa evita cualquier arqueología lingüística excesiva, incorpora términos medievales sin convertirlos en una exhibición de erudición y busca sobre todo mantener una textura histórica reconocible dentro de un castellano plenamente accesible. La autora posee un sentido visual evidente para las batallas, las cabalgadas, los asedios y los desplazamientos, aunque el interés del libro no permanece constante en todas sus capas: cuanto más obligada se encuentra la narración a explicar el contexto político, más pesado puede resultar el avance; cuanto más cerca permanece de Beltrán y de los conflictos que modifican su percepción del mundo, mayor es la energía de la novela.

Ese desequilibrio no invalida el proyecto, pero sí define sus límites. El lector que busque una experimentación formal, ambigüedad estilística o una revisión radical de las convenciones del género probablemente no encontrará aquí su territorio, porque San Sebastián trabaja deliberadamente dentro de las formas clásicas de la novela histórica de aventuras. Su ambición se dirige hacia otro lugar: conseguir que acontecimientos conocidos de manera fragmentaria recuperen movimiento, que unos personajes reales convivan con figuras ficticias y que el relato individual permita entrar en una época cuya complejidad política y religiosa podría resultar intimidante fuera de la ficción. Cuando esa maquinaria está bien ajustada, la novela consigue aquello que busca: que el conocimiento llegue como consecuencia de la aventura y no como requisito previo para disfrutarla.

Pero lo que finalmente permanece después de las batallas, de la conquista de Córdoba y del largo viaje de las campanas no es tanto la celebración de una victoria como el itinerario de un muchacho obligado a reformular la idea de honor que había recibido de sus mayores. Beltrán comienza la novela creyendo que solo podrá justificarse a sí mismo si reproduce las hazañas de su padre y alcanza una gloria semejante, pero el camino le enseña que la identidad heredada puede convertirse también en una cárcel. Su dificultad con las armas, que inicialmente interpreta como una desgracia, termina abriendo la posibilidad de otra clase de servicio, menos visible y quizá más acorde con sus capacidades. No deja por ello de pertenecer al mundo medieval ni de compartir muchos de sus valores, pero aprende a distinguir entre la apariencia de la valentía y la valentía misma.

Ahí se encuentra probablemente la dimensión más universal de La venganza del apóstol, porque detrás de una peripecia situada ocho siglos atrás aparece una experiencia reconocible para cualquiera que alguna vez haya sentido que estaba viviendo según el guion escrito por otra persona. El padre heroico, el apellido, las expectativas familiares y la necesidad de demostrar que se merece pertenecer a una determinada tradición forman una red que podría trasladarse a muchas otras épocas. San Sebastián utiliza el siglo XIII para formular una pregunta que no pertenece exclusivamente a aquel mundo: qué sucede cuando aquello para lo que hemos sido educados no coincide con aquello que somos capaces de hacer.

La respuesta de la novela no pasa por rechazar completamente la herencia, sino por aprender a relacionarse con ella de otra manera. Beltrán no necesita destruir el recuerdo paterno para encontrar su propio lugar, del mismo modo que una sociedad no puede construir su identidad ignorando el pasado que la precede. Lo verdaderamente decisivo consiste en evitar que esa memoria se transforme en una obligación de repetir exactamente los mismos gestos. Las campanas regresan a Santiago siguiendo un camino inverso al que realizaron siglos atrás, pero el mundo al que vuelven ya no es el mismo; Beltrán carga con la gloria de su padre, aunque deberá decidir finalmente qué significado tiene para él.

La venganza del apóstol encuentra así su mejor imagen en ese metal transportado durante kilómetros por unos hombres cuyos nombres probablemente no conservará ninguna crónica. Por encima de ellos se alza un símbolo destinado a permanecer; debajo avanzan cuerpos cansados, sustituibles para la Historia pero imprescindibles para que la Historia suceda. Entre ambas dimensiones, la grandeza del acontecimiento y la insignificancia aparente del individuo, Isabel San Sebastián construye una novela que reivindica el placer clásico de la aventura histórica al tiempo que recuerda que la épica siempre necesita unos hombros sobre los que apoyarse. Y acaso su protagonista empiece verdaderamente a convertirse en adulto cuando comprende que el honor no consiste en conseguir que todos miren cómo cargas con el peso, sino en decidir qué estás dispuesto a sostener incluso cuando nadie podrá contarlo después.
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Entrevista a Javier Pérez Bolet

8/5/2026

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Por Violant Muñoz i Genovés

Te envío un cuestionario para que Javier Pérez Bolet responda, y me lo hacéis llegar por mail.
 
1.             Pedro I ha pasado a la historia con dos apodos aparentemente irreconciliables: «el Cruel» y «el Justiciero». Cuando comenzó a escribir la novela, ¿tenía claro cuál era su mirada sobre este personaje o fue cambiando a medida que avanzaba la documentación y la escritura?
 
Prefiero usar “El justo”, más que “el Justiciero”, para así diferenciarlo de su padre Alfonso XI.
Al comenzar la investigación, no, no sabía que se le llamó también de ese modo, sino que en seguida se me venía a la cabeza lo de Pedro “El Cruel”. Desde mi infancia (aunque no es algo que recuerde haber estudiado en la EGB pero sí en una colección de cromos histórica de esa época), así como en el instituto, siempre lo conocí como “El Cruel”. Muchos años más tarde, en mi paso por la Universidad por segunda vez (en este caso, la
UAM, grado de Historia), es cuando, si bien sin incidir mucho en ello, la figura de Pedro “El Cruel” aparece también como “El Justo”, y Enrique “el de las Mercedes” lo hace como “El Fratricida”. Eso me llevó a profundizar en el tema y, por supuesto, mi imagen de Pedro y de Enrique fue cambiando según analizaba los hechos, las motivaciones, la legalidad o no de lo decretado, y, sobre todo, si comparaba las acciones de ambos (y también con las del tercer pilar de la historia, Pedro IV de Aragón El Ceremonioso) para, en justicia, ver el grado de crueldad de cada personaje.
 
2.             En El Fratricida el enfrentamiento entre Pedro y Enrique de Trastámara es mucho más que una guerra sucesoria: parece una lucha entre dos formas de entender el poder y hasta dos maneras de construir el relato histórico. ¿Qué le fascina especialmente de esta rivalidad entre hermanos?
 
En realidad, los dos tienen la misma forma de entender el poder, ya que ambos son hijos de un mismo padre, Alfonso XI “el Justiciero”, que fue uno más de los reyes que, ya desde su bisabuelo Alfonso X “el Sabio”, establecían más medidas y controles para reforzar la autoridad real frente a una poderosísima nobleza (no podemos imaginarnos soberanos absolutos en estas épocas; hasta los Reyes Católicos el poder real no llega a algo ligeramente parecido).
Lo que ocurre es que Enrique pacta con esa nobleza arribista, cede y otorga grandes privilegios, tierras y títulos (de ahí el apodo benigno con el que pasa a la historia como “el de las Mercedes”) para hacerse con el trono. No porque él quiera de verdad ese statu quo entre monarca-nobleza, sino porque es el medio para llegar al trono.
Donde sí que hay una diferencia es en el modo de gestionar la propaganda y cómo construir el relato histórico. Enrique gana esa partida, entre otras cosas porque Pedro no la necesitaba (su legitimidad era clara, por sangre y ungido por la Iglesia y Dios), mientras que su rival ha de justificar un regicidio (que era un delito no solo penal en la época, sino espiritual y religioso, porque el rey es elegido por Dios). Enrique usa todo lo que tiene a su alcance para hacer aparecer a Pedro como un tirano, un amigo de moros y judíos… todo lo que podía levantar la opinión del pueblo en su contra y encajar en las mentes ambiciosas de la nobleza. Un tiranicidio, a diferencia del regicidio, era algo que la Iglesia podía justificar, y ahí dirige todos sus esfuerzos.
Y, si hay algo que me fascina de esa rivalidad entre hermanos, es la evolución de la misma, con un Pedro paciente y clemente al principio, y un Enrique pertinaz y resistente, que desemboca en un odio profundo entre ambos, en un Pedro endurecido por las traiciones, y un Enrique con el corazón de piedra al ver cómo se suceden las ejecuciones de familiares.
 
3.             Solemos imaginar la Edad Media como una época lejana y casi ajena a nosotros, pero leyendo la novela resulta inevitable pensar en cuestiones muy actuales:
propaganda, polarización política, alianzas cambiantes o manipulación de la opinión pública. ¿Ha tenido la sensación de estar escribiendo sobre el siglo XIV y, al mismo tiempo, sobre nuestro presente?
 
Por supuesto que he tenido esa sensación. Al final, el ser humano se comporta según unos patrones, especialmente cuando de la lucha por el poder se trata. Pero no ha sido una sorpresa (el sentir esa sensación de “actualidad”) porque ya aprendí hace mucho tiempo que los que nos gobiernan (o los que aspiran a ello) nos intentan manipular, y, por desgracia, lo consiguen casi siempre.  
 
4.             Una de las ideas más sugerentes del libro es que la historia suele ser escrita por los vencedores. Enrique gana la guerra, funda una dinastía y condiciona la imagen que heredamos de Pedro. ¿Hasta qué punto cree que seguimos siendo víctimas de los relatos construidos por quienes ostentan el poder?
 
¡Estamos haciendo espóiler para los que no conozcan la historia! Sí, Enrique gana y cuenta “su historia”, algo que refuerzan más tarde sus descendientes. Piénsese que es una dinastía que no tiene legitimidad y han de construirla. Lo de “Pedro El Cruel” (que, por cierto, no usa Enrique, sino que es obra de un cronista italiano un siglo más tarde, Lucio Marineo Sículo, que trabajaba para los Trastámara) es lo que nos ha llegado fundamentalmente.
Y esto sigue pasando en la actualidad. ¿Un ejemplo palpable? Las leyes de memoria Histórica y de Memoria Democrática (esta última de 2022, ampliando la primera). Yo he vivido algunas cosas que esa ley aborda, y sé lo que verdaderamente pasó. ¿Me van a decir que los gudaris de ETA no eran unos asesinos sino “luchadores por la libertad” y en plenos “años de plomo”? Yo tenía entonces 11 a 14 años, vivía en Madrid y sabía lo que eran las bombas y atentados de la banda terrorista, pedirle a mi padre que no se acercase mucho a un zeta de la policía o un vehículo de la guardia civil por si acaso tocaba. Para alguien del futuro que estudie esos hechos y se ciñese a esa ley, la historia estaría totalmente distorsionada. Este es solo un ejemplo (quizá el más sangrante) de cómo somos víctimas de los que gobiernan en algo tan delicado como nuestra historia y memoria colectiva.
 
5.     Usted ya había recreado con enorme ambición el mundo de las Cruzadas en la saga Deus Vult, pero aquí se adentra en un episodio quizá menos conocido por el gran público y, sin embargo, decisivo para la historia de Castilla. ¿Por qué eligió precisamente este momento histórico y no otro?
 
Lo primero, porque en “Deus Vult. La Primera Cruzada”, apenas puede encontrar un antepasado hispánico que participase en ella (lo que era algo natural: los papas no querían que castellanos, aragoneses ni navarros descuidasen su deber de reconquista, que también tuvo en muchas ocasiones bula papal de cruzada, aunque a las campañas contra los musulmanes en la Península Ibérica no se las denomine como tales).
Quise acercarme a lo sucedido en nuestra historia como país y aprovechar todo lo que sabía sobre la Edad Media. Cuando me encontré con una guerra civil (porque eso es literalmente lo que ocurre en la pugna, sobre todo al final, entre Pedro y Enrique), me dije: ¿Qué es más español que matarse entre hermanos? Así que este episodio, que no es tan conocido, inmediatamente atrajo mi atención. Y luego, al investigar y ver que la historia “no es como nos la han contado” ya quedé totalmente atrapado.
 
6.     La novela está llena de grandes personajes masculinos, pero también concede un papel decisivo a mujeres como María de Padilla, Leonor de Guzmán, Blanca de Borbón o María de Portugal. ¿Le interesaba reivindicar la influencia política y emocional de estas figuras, a menudo relegadas a un segundo plano por la historiografía tradicional?
 
Cualquiera que lea el libro (que es fiel, sin licencias artísticas, a la historia) apreciará que no hace falta reivindicar nada. Pero en mis presentaciones sí que me gusta dirigir la mirada del futuro lector, por si va con las “orejeras” de fijarse sólo en los personajes masculinos y poderosos. Así que siempre digo que esta no es solo la rivalidad entre dos príncipes hermanos sino la gran pugna entre dos familias: la de la concubina Leonor de Guzmán “La Favorita” y su hijo Enrique, frente a la de la reina María de Portugal y su vástago Pedro I. Y que después de ellas, cuando esos dos adolescentes (pues eso eran a la muerte en 1350 de su padre el rey Alfonso XI) crecen y maduran, su camino tampoco hubiera sido el mismo sin las mujeres que amaron y con las que se casaron. Dos mujeres tan distintas como las madres que tuvieron cada uno. Doña Juana Manuel de Villena, de sangre real, que se casa siendo una niña con Enrique y se revela al madurar como una mujer fuerte, decidida y con el mismo objetivo que su marido: el trono. Y doña María de Padilla, el amor de Pedro I por el que lo arriesga todo, la corona misma, y se enfrenta a todos, con el apoyo calmado y balsámico de su amada.
Otra cosa que siempre destaco al hablar de la novela es algo que se ve ya desde su comienzo: en la partida de ajedrez que se juega, no son los reyes sino las damas (la reina María de Portugal y la poderosa noble Leonor de Guzmán) las que mueven primero. Ellas lo inician todo. Disfruté mucho descubriendo y dando forma a todos esos personajes femeninos más enérgicos e inteligentes que muchos de los masculinos que salen en la historia.  
 
7.     Hay escenas de enorme violencia, pero da la impresión de que la verdadera brutalidad no siempre ocurre en el campo de batalla, sino en los despachos, en las alianzas rotas y en las traiciones familiares. ¿Es la política medieval mucho más despiadada de lo que solemos imaginar?
 
Desde luego que es más despiadada que lo que, a priori, nos imaginamos. En esa época estaban acostumbrados a que, caso de resistirse una villa a un asedio, el vencedor pasase a cuchillo a la población en represalia y vendiese como esclavos a los supervivientes. O que, por delitos que ahora consideramos menores, la pena fuera de mutilación o muerte. Si eso era así en lo que se veía día a día, no es difícil colegir que tras los focos todo era brutal y, en gran medida, pasional (el honor mancillado también impulsa muchas acciones que, hoy en día, veríamos como una reacción excesiva y fuera de lugar).
 
8.     Alfonso XI aparece casi como una sombra que planea sobre toda la novela. Su doble familia, la legítima y la bastarda, acaba provocando una fractura imposible de cerrar. ¿Diría que el verdadero origen de la tragedia está en las decisiones del padre más que en el odio de los hijos?
 
En una lectura apriorística se podría atribuir esa culpa a Alfonso XI por todo lo que hizo, y no faltaría razón en verlo como el gran culpable. Es muy acertada la apreciación que has hecho sobre que es una sombra que planea sobre toda la novela. Pero también podemos preguntarnos sobre el libre albedrío que tienen los afectados (tanto la amante como la reina legítima, y también cada uno de sus hijos) para haber reaccionado de un modo u otro. No solo el odio entre los hijos sino, como he dicho, entre las madres, es determinante también de lo que sucede, y eso viene condicionado por el carácter de ambas, tanto de Leonor de Guzmán (ambiciosa, orgullosa y segura de que ese era su estatus, el de reinar, aunque fuera de facto) como el de María de Portugal (paciente, resistente y también orgullosa, consciente del derecho a su posición, para lo que desde pequeña la habían criado). Sus hijos son reflejo de las madres. Pero también hubiera podido pasar que uno de ellos no hubiera tenido el carácter para desencadenar todo. Tenemos un par de ejemplos en la novela: Fadrique (que es gemelo de Enrique, pero solo es igual por fuera) y Tello (el otro hermano) son hijos bastardos también de Leonor y por sus acciones a lo largo de la historia no parece que sin Enrique hubieran llevado el reino a la guerra.
 
9.     Usted ha sido abogado, directivo de Recursos Humanos, piloto de helicópteros y actualmente cursa estudios de Historia. Es una trayectoria vital poco habitual para un novelista histórico. ¿Cree que todas esas vidas anteriores le han ayudado a comprender mejor las pasiones humanas que mueven a sus personajes?
 
Sí, sin ninguna duda. Vivir varias vidas en una, como yo he hecho desde un modo profesional, te da un bagaje muy importante para ponerte en la piel de otro. Además, he viajado mucho y he vivido bastante tiempo fuera del confort del hogar, de esta cálida y bonita España. Por último, en el ámbito personal privado, también he sufrido mis avatares: amigos que descubres que no lo eran en realidad, un divorcio no buscado e inesperado, una muy feliz paternidad con la custodia completa de mi hijo desde que él no llegaba a los dos años… todo eso forma un “inconsciente” que ayuda, casi sin darte cuenta, al describir situaciones, pasiones y emociones de los personajes.
 
 
10.  La guerra entre Pedro y Enrique termina en Montiel, en un enfrentamiento cuerpo a cuerpo que posee una fuerza casi shakespeariana, porque concentra odio, ambición, resentimiento y tragedia familiar en un solo instante. ¿Fue esa escena el motor inicial de la novela o la historia fue creciendo alrededor de ella?
 
La escena (que conocía desde niño con los cromos a los que me referí antes) es tan fuerte que es difícil sustraerte a ella al narrar la historia. Pero lo conseguí y fue exactamente la última que escribí. Y así fue mucho mejor porque, como comentas, la novela fue creciendo y dando más fuerza a los personajes (no solo a los dos protagonistas, sino a los presentes, Men de Sanabria y Du Guesclin). Me salió del tirón, no tuve que retocar nada, porque yo mismo estaba llegando al culmen, precipitado desde los dos capítulos anteriores al ver ya a esos dos poderosos y obstinados hombres viajar por un único carril que desembocaba en ese choque trágico y desgarrado. ¡Qué mejor cierre para una novela o película se podía haber imaginado! Y, resulta, que la Historia, con mayúsculas, es la que nos lo proporciona. Mi mano ha estado en narrarlo con la fuerza y la pasión necesarias para que al lector se le erice el cabello y se le acelere el corazón mientras contempla el desenlace.
 
11.  Mientras escribía El Fratricida, ¿hubo algún personaje que le sorprendiera especialmente, alguien al que inicialmente juzgaba de una manera y terminó comprendiendo o incluso admirando?
 
Pedro I sería ese personaje que juzgaba de una manera y, tras escribir su historia, mi imagen ha cambiado por completo. Además, es un personaje muy hispánico, pues él, como la tierra que lo vio nacer y donde reinó, tiene su propia leyenda negra.
En cuanto a personajes que me han sorprendido, hay muchos. Leonor de Guzmán me ha parecido fascinante y, de otro modo, la reina María de Portugal. Los femeninos en general me han gustado: la desdichada Blanca de Borbón (a la que comprendo), la dulce María de Padilla (de la que admiro su bondad en medio de todas esas traiciones e intrigas despiadadas). Y, de los masculinos, tendría que nombrar muchos secundarios en los que el honor y la lealtad son su guía sin descanso: el gran caballero don Alfonso Fernández Coronel, el repostero fiel don Gutierre Fernández de Toledo, el belicoso conde Fernando Ruiz de Castro, el leal maestre Martín López de Córdoba…
Mención aparte, que merece una novela sola para él (igual me animo) ha sido descubrir a Pedro IV de Aragón El Ceremonioso. ¡Menudo personaje!
 
12.  Después de sumergirse en las Cruzadas y ahora en la Castilla convulsa del siglo XIV, uno tiene la sensación de que le atraen especialmente los períodos en los que todo parece estar a punto de derrumbarse. ¿Es ahí, en los tiempos de crisis y de cambio, donde cree que la novela histórica encuentra sus mejores historias?
 
No lo había pensado así. Al elegir la temática no tuve conciencia de estar escribiendo sobre un tiempo de crisis, pero, bien mirado, creo que sí, que es en las épocas convulsas, cuando tantas cosas están pasando, donde la novela histórica tiene más fértil campo. ¿Te imaginas una novela sobre un convento y su día a día, en una época en la que en el exterior de los muros tampoco sucedan grandes acontecimientos? Seguramente existe esa novela,  y tendrá su autor y su público, pero, por ahora, no es lo mío.
 
 
13.  ¿Eres un autor ordenado o caótico?
En la fase de investigación, muy ordenado. Primero agrupo todo lo que tengo, me leo los libros más referentes sobre un tema (a ser posible, los más cercanos a los hechos), luego los documentos y artículos complementarios (epístolas, crónicas, ensayos, artículos arqueológicos, museos, imágenes de edificios, planos, museos). Y también me hago una lista inicial de posibles títulos de los capítulos que quiero abordar. Todo ese material lo ordeno por temas a tratar.
Pero luego, a la hora de empezar a novelar, si bien intento seguir el orden cronológico de la propia historia, en cuanto se me ocurre una escena, salto al futuro y empiezo a esbozarla, dejando un borrador con las ideas que se me han ocurrido. Y vuelvo a donde estaba. Tampoco me hago, como otros autores, unas fichas de los personajes: los tengo en mi cabeza a grandes rasgos y van actuando y evolucionando (aunque, al ser históricos, siempre reviso lo que se ha escrito de ellos, tanto para bien como para mal, para reflejar su carácter y acciones de un modo lo más riguroso posible). Así que en la fase creativa soy más caótico, supongo. Dejo que las palabras fluyan al ritmo de las acciones y los sucesos.
 
14.  En el eterno debate entre el libro electrónico, el libro en papel o el audiolibro, como lector, ¿por cuál te inclinas?
 
Papel, sin ninguna duda. Entiendo la función de los otros dos formatos (tengo un amigo que no ve muy bien y en el electrónico encuentra el modo de no agotarse con la lectura). Pero, para los que podemos elegir, tener el libro entre las manos, sopesarlo, incluso olerlo, es otro mundo. Seguramente será porque ya tengo una edad, aunque en mi mente siga considerándome joven.
 
15.  ¿Qué libro te espera en tu mesita de noche hoy?
 
Pues saltándome mi regla de ir libro a libro, tengo dos. Uno es de novela negra española, “Tú bailas y yo disparo” (de Manuel Marlasca, Ediciones Destino) que me ha enganchado y sacado del medievo. Y otro, cuya portada me mira con paciencia de soslayo, es “Doña Urraca: Emperatriz de Hispania” (de Alfonso Solís, Editorial Istoría), una mujer que siempre quise llevar a la novela.
 
 
JAVIER PEREZ BOLET 22 junio 2026
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Madrid guarda peor sus secretos que sus edificios

7/29/2026

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Por Violant Muñoz i Genovés

Las ciudades envejecen de maneras muy distintas. Algunas derriban sus cicatrices, otras las exhiben con orgullo y unas pocas, quizá las más fascinantes, aprenden a esconderlas bajo una apariencia de normalidad, como si el paso del tiempo hubiera sellado para siempre aquello que ocurrió entre sus calles. Madrid pertenece a esta última categoría. Uno puede atravesar la Plaza Mayor sin sospechar que allí convivieron verdugos y mercaderes, puede pasear por la calle Mayor ignorando las historias que se imprimieron entre sus muros o entrar en la Biblioteca Nacional creyendo que los libros son únicamente objetos ordenados sobre estanterías, cuando en realidad algunos de ellos parecen conservar todavía el eco de quienes los escribieron y de quienes intentaron hacerlos desaparecer. Jaime Rodríguez parte de esa intuición, la de una ciudad cuya memoria permanece incompleta y cuyos secretos continúan esperando a alguien dispuesto a descifrarlos, para construir en El libro de Miguel una novela que combina la intriga histórica con la pasión por la literatura y que convierte la búsqueda de un manuscrito perdido en una reflexión sobre el miedo que siempre han inspirado las palabras.

La historia comienza con una escena que posee la contundencia de las grandes aperturas narrativas y la capacidad de instalar una pregunta en la mente del lector desde la primera página. En la azotea de la Torre de Madrid, un hombre herido y presa de una extraña agitación se acerca a Jota, un escritor madrileño atrapado en una crisis creativa y emocional, y pronuncia una frase cuyo sentido parece imposible de descifrar: «Hay un libro antes del libro». Instantes después se arroja al vacío y convierte esa declaración en el punto de partida de una investigación que pronto desbordará cualquier explicación razonable.

Jota no es un héroe al uso. No posee habilidades extraordinarias ni un talento especial para resolver enigmas. Es un hombre cansado, ligeramente irónico, con más dudas que certezas y con una relación ambigua tanto con la escritura como con la ciudad en la que vive. Quizá por eso resulta tan convincente como protagonista, porque el lector reconoce en él a alguien que se enfrenta a un misterio sin disponer de las herramientas necesarias para comprenderlo y que, sin embargo, decide seguir adelante movido por una mezcla de curiosidad, miedo y obstinación.

Esa búsqueda adquiere una nueva dimensión con la aparición de Clara, bibliotecaria de la Biblioteca Nacional y auténtica brújula intelectual de la novela. Jaime Rodríguez tiene la inteligencia de no convertirla en un simple interés amoroso ni en una secundaria brillante destinada a complementar al protagonista, sino en una figura decisiva cuya pasión por los libros y cuya capacidad para interpretar símbolos y rastrear conexiones impulsan buena parte de la investigación. Entre ambos se establece una relación basada en la admiración mutua y en la complicidad, una relación que crece al mismo ritmo que el peligro y que evita los lugares comunes del thriller contemporáneo.

Sin embargo, aunque Jota y Clara conduzcan la acción, el verdadero protagonista de la novela es Madrid, una ciudad que Jaime Rodríguez retrata con un afecto evidente y con un conocimiento que va mucho más allá de la documentación. El suyo no es el Madrid monumental de las postales ni el Madrid apresurado de las oficinas, sino un espacio lleno de resonancias históricas, de rincones olvidados y de edificios que parecen esconder secretos bajo cada piedra.

Hay algo profundamente seductor en la manera en que el autor convierte la ciudad en un tablero de juego. La Plaza Mayor deja de ser un lugar turístico para recuperar ecos de su pasado más oscuro; la calle Mayor aparece como una arteria por la que ha circulado la historia de España; San Antonio de los Alemanes y la Casa de los Portugueses se transforman en escenarios casi fantasmales; y la Biblioteca Nacional adquiere una dimensión legendaria, como si cada uno de sus pasillos pudiera conducir a un descubrimiento capaz de alterar nuestra comprensión del pasado.

Ese amor por Madrid constituye una de las grandes virtudes del libro porque no responde a una voluntad exhibicionista ni a un deseo de impresionar al lector con datos históricos, sino a una convicción mucho más íntima: la de que las ciudades son organismos vivos que conservan en silencio las historias de quienes las habitaron y que, en ocasiones, permiten que esas historias regresen.
La investigación emprendida por Jota y Clara conduce precisamente hacia uno de esos regresos, el de Miguel, joven escribiente del siglo XVI cuya vida ocupa la segunda gran línea argumental de la novela y cuya existencia dota al relato de una profundidad inesperada.

Miguel trabaja en la corte de Felipe II copiando y embelleciendo documentos oficiales, una labor que al principio contempla como una oportunidad y que poco a poco se transforma en una experiencia insoportable cuando descubre la naturaleza de aquello que transcribe. Los papeles que pasan por sus manos contienen confesiones obtenidas mediante tortura, procesos inquisitoriales y testimonios de una violencia ejercida en nombre del orden y de la fe. La escritura, que hasta entonces había sido para él una herramienta de aprendizaje y ascenso social, se convierte en un instrumento al servicio del horror.

Rodríguez narra esa transformación con una sensibilidad especial, evitando el dramatismo excesivo y apostando por un proceso lento, casi doloroso, en el que Miguel toma conciencia de que la neutralidad es imposible y de que copiar una mentira también implica participar de ella. El descubrimiento de esa responsabilidad moral constituye uno de los momentos más interesantes de la novela, porque obliga al personaje a elegir entre la obediencia y la verdad, entre la seguridad y la necesidad de denunciar aquello que presencia.

De esa tensión nace el manuscrito secreto que da origen a toda la trama, una obra escrita clandestinamente para revelar los abusos de la Inquisición y para mostrar aquello que las instituciones desean mantener oculto. Jaime Rodríguez imagina así la existencia de un libro anterior a ciertos hitos de nuestra literatura, un texto incómodo y revolucionario cuya aparición habría alterado el relato oficial sobre el Siglo de Oro y sobre algunos de los episodios más oscuros de la historia española.

La hipótesis posee una enorme fuerza literaria porque no pretende competir con la historia real ni corregirla, sino explorar una pregunta mucho más sugestiva: qué ocurre cuando una obra amenaza con decir aquello que nadie quiere escuchar. La respuesta atraviesa toda la novela y adopta múltiples formas, desde la persecución abierta hasta el silencio impuesto, desde la destrucción física de los textos hasta la manipulación de la memoria colectiva.

Es aquí donde aparece la Custodia, organización heredera de la Inquisición cuya misión consiste en impedir que el manuscrito salga a la luz y que representa una idea tan antigua como vigente: la de que el poder necesita controlar los relatos para perpetuarse. Frente a ella se alza la familia Folguera, impresores encargados de custodiar el libro durante generaciones y convertidos, casi sin proponérselo, en símbolos de la resistencia cultural.

La oposición entre ambos mundos podría haber derivado hacia el maniqueísmo, pero Jaime Rodríguez consigue sostenerla gracias a una convicción sincera en el valor de la literatura y en la importancia de quienes la preservan. Hay en estas páginas una fe absoluta en los libros, una confianza casi romántica en su capacidad para atravesar los siglos y para sobrevivir a las persecuciones, a las guerras y a los fanatismos.

Esa confianza impregna toda la novela y le otorga una dimensión emocional que va mucho más allá de la intriga. Porque El libro de Miguel no habla únicamente de un manuscrito desaparecido ni de una conspiración centenaria, sino del acto de escribir como forma de resistencia, de la lectura como ejercicio de libertad y de la memoria como territorio en disputa.

En tiempos dominados por la velocidad y por la fugacidad, Jaime Rodríguez reivindica la lentitud del libro, la paciencia de quienes conservan historias y la necesidad de volver la vista hacia aquello que otros intentaron borrar. Lo hace además sin solemnidad excesiva y sin renunciar al placer del entretenimiento, construyendo una novela ágil y absorbente que encuentra en el amor por la literatura su principal motor.

Al terminar sus páginas permanece una sensación extraña y profundamente agradable, la sospecha de que quizá las bibliotecas no sean lugares tranquilos sino espacios donde duermen secretos esperando a despertar, de que las ciudades esconden historias que todavía no han sido contadas y de que los libros, incluso aquellos que nunca existieron, poseen una capacidad infinita para modificar nuestra mirada sobre el mundo, porque las palabras, cuando nacen de la necesidad de decir la verdad y encuentran a alguien dispuesto a escucharlas, terminan siempre encontrando el camino de regreso.




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Los monstruos ya no piden permiso

7/22/2026

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Por Violant Muñoz i Genovés

Hubo un tiempo en que los vampiros pedían permiso para entrar en las casas y en las vidas de los hombres. Eran criaturas de la noche condenadas a esconderse, símbolos del deseo reprimido y del miedo a la muerte, aristócratas decadentes cuya mera presencia bastaba para alterar el orden moral de una sociedad convencida de distinguir con claridad entre el bien y el mal. Luego llegaron Anne Rice, la cultura gótica, la televisión, las sagas juveniles y el mercado editorial, y aquellos monstruos ancestrales fueron transformándose poco a poco hasta convertirse en seres atormentados, incomprendidos o incluso románticos, criaturas cuya tragedia consistía en amar demasiado o en sufrir las consecuencias de una inmortalidad indeseada. El vampiro dejó de ser una amenaza para convertirse en un objeto de deseo y, quizá precisamente por eso, la literatura fantástica contemporánea parece empeñada en devolverle una parte de la oscuridad que había perdido.

Pedimos sangre, no perdón, de Beatrice Greenwood, participa de ese movimiento de recuperación, aunque lo hace desde una sensibilidad profundamente contemporánea, consciente de que los monstruos del siglo XXI ya no necesitan esconder sus colmillos ni justificar sus actos porque viven en un mundo donde la violencia ha dejado de ser una excepción para convertirse en una forma cotidiana de relación. Lo que la novela propone no es un regreso nostálgico al vampiro clásico ni una revisión sentimental del mito, sino una inmersión en un universo moralmente ambiguo donde el amor y la destrucción, la pasión y la crueldad, la supervivencia y la culpa aparecen tan estrechamente ligados que resulta imposible separar unos elementos de otros sin desnaturalizar la historia.

La literatura fantástica siempre ha funcionado como un espejo deformante de las preocupaciones de cada época y quizá por eso el auge actual del dark romance dice mucho más sobre nuestra sociedad de lo que a menudo estamos dispuestos a reconocer. Durante décadas, las historias románticas aspiraron a la conciliación y a la promesa de una felicidad alcanzable; hoy, sin embargo, proliferan relatos donde el amor nace en medio de la violencia, donde los protagonistas arrastran heridas imposibles de cerrar y donde el deseo aparece inevitablemente asociado al peligro. Podría parecer una simple moda editorial alimentada por las redes sociales y por el éxito de determinadas sagas, pero sería un error interpretarlo únicamente en esos términos, porque toda tendencia literaria masiva acaba revelando, tarde o temprano, las obsesiones y contradicciones de la sociedad que la consume.

En ese sentido, la novela de Beatrice Greenwood resulta particularmente interesante porque comprende que el atractivo de sus personajes no reside en su ejemplaridad, sino precisamente en sus grietas. Theodore, el protagonista, pertenece a esa larga tradición de héroes heridos que la literatura contemporánea ha aprendido a mirar con una mezcla de fascinación y desconfianza. La guerra le enseñó que la supervivencia tiene un precio y que, a veces, la diferencia entre víctima y verdugo depende únicamente del punto de vista desde el que se observe una historia. Desde entonces, ha convertido el crimen en su única forma de vida, no porque disfrute ejerciendo la violencia, sino porque ha perdido la capacidad de imaginar una existencia distinta.

Hay algo profundamente trágico en ese personaje y, al mismo tiempo, extraordinariamente actual. Theodore pertenece a esa generación de protagonistas masculinos que han dejado atrás la seguridad arrogante del héroe clásico para convertirse en seres emocionalmente devastados, hombres que no buscan salvar el mundo porque apenas consiguen sostener el suyo propio. Greenwood entiende perfectamente esa transformación y construye un personaje cuya oscuridad no nace del capricho ni de la pose estética, sino de una experiencia traumática que ha modificado radicalmente su forma de relacionarse con los demás.

La aparición de Leah altera ese equilibrio precario y pone en marcha el verdadero conflicto de la novela. Leah no es la vampira atormentada que busca integrarse entre los humanos ni la criatura sensual destinada a redimir al protagonista mediante el amor. Es una enviada de los melhanäis, una raza poderosa y temida, cuyo objetivo consiste precisamente en romper la paz existente entre ambos mundos. En otras palabras, Leah llega para destruir y, sin embargo, Greenwood tiene la inteligencia suficiente para no convertirla en una villana unidimensional ni en una heroína maldita.
Existe una tendencia bastante extendida dentro de cierta fantasía romántica contemporánea a presentar personajes femeninos aparentemente fuertes que terminan subordinados emocionalmente al héroe masculino o definidos exclusivamente por la intensidad de sus sentimientos. Leah escapa a esa simplificación porque conserva hasta el final una autonomía moral incómoda, una voluntad propia que obliga constantemente al lector a preguntarse cuáles son sus verdaderas motivaciones y hasta dónde está dispuesta a llegar para cumplir con su misión.

La relación entre ambos personajes constituye, sin duda, el eje emocional del libro, aunque reducirla a una historia de amor sería enormemente injusto. Lo que Greenwood explora es algo bastante más complejo: la posibilidad de establecer un vínculo auténtico entre dos personas que han aprendido a desconfiar del mundo y de sí mismas, dos seres moldeados por la violencia que intentan encontrar un espacio de humanidad sin renunciar a aquello que los convierte en monstruos.

Y la palabra monstruo no aparece aquí de manera casual.

Porque una de las preguntas más interesantes que plantea la novela tiene que ver precisamente con la naturaleza del mal y con nuestra tendencia a clasificar a las personas según categorías morales demasiado rígidas. La fantasía contemporánea lleva años cuestionando la separación tajante entre héroes y villanos, pero Greenwood va un paso más allá al sugerir que, en determinadas circunstancias, la violencia puede convertirse en una forma de supervivencia y que incluso las decisiones más crueles pueden contener una lógica emocional comprensible.

Eso no significa justificar los actos de los personajes ni convertir la novela en una apología del sufrimiento romántico, un riesgo que acecha a buena parte del dark romance. Significa, más bien, aceptar que los seres humanos rara vez actuamos movidos por una sola emoción y que el amor, por sí mismo, no posee ninguna capacidad mágica para borrar el daño acumulado durante años.
La autora demuestra una notable habilidad para construir esa tensión moral y para mantener al lector en un estado de incertidumbre permanente. Nunca sabemos con exactitud quién tiene razón ni cuál es el desenlace deseable, porque todos los personajes arrastran contradicciones y todos poseen motivos legítimos para actuar como lo hacen. Esa complejidad, lejos de dificultar la lectura, la enriquece y la aleja de ciertas simplificaciones habituales en el género.

El mundo de los melhanäis merece también una mención especial. Greenwood construye una mitología propia sin caer en la tentación de saturar al lector con interminables explicaciones ni con sistemas de reglas excesivamente rígidos. La fantasía actual ha heredado de Tolkien y de Martin una cierta obsesión por la exhaustividad, como si la calidad de un universo dependiera del número de mapas, genealogías o datos históricos que el autor sea capaz de proporcionar. Greenwood opta por otro camino, más sugerente y más literario, donde el misterio conserva un papel esencial y donde la información aparece dosificada con inteligencia, permitiendo que la imaginación complete aquello que permanece en las sombras.

Esa elección resulta especialmente acertada porque la novela se interesa mucho más por las emociones que por la ingeniería del mundo fantástico. El conflicto político entre humanos y melhanäis importa, desde luego, pero importa sobre todo por las consecuencias que tiene sobre quienes se ven atrapados en él. La guerra, la traición, las alianzas y las luchas de poder no constituyen un simple telón de fondo, sino el escenario donde los personajes se enfrentan a sus propios límites y descubren hasta qué punto están dispuestos a sacrificar aquello que aman.
Hay una energía narrativa evidente en la escritura de Greenwood, una capacidad para alternar escenas de gran intensidad emocional con momentos de acción y tensión sin que la historia pierda nunca su cohesión interna. Pero quizá su mayor virtud consista en comprender que la fantasía, como cualquier otro género literario, funciona mejor cuando habla del presente aunque sitúe su acción en mundos imaginarios.

Porque Pedimos sangre, no perdón habla, en realidad, de la dificultad de amar después del trauma, de la imposibilidad de separar completamente la violencia del deseo y de esa necesidad tan humana de encontrar un lugar al que pertenecer incluso cuando uno sospecha que ya no merece ser salvado.

La novela se inscribe en una corriente literaria que ha hecho del amor oscuro una de las grandes obsesiones de nuestro tiempo, pero consigue distinguirse gracias a unos personajes complejos y a una mirada menos complaciente de lo habitual sobre las relaciones afectivas. Greenwood no promete redenciones fáciles ni finales perfectamente felices; prefiere explorar las contradicciones de unos personajes que luchan contra enemigos exteriores mientras intentan sobrevivir a sus propias heridas.

Quizá por eso la frase que da título a la novela posee una fuerza tan particular. Pedir sangre y no perdón implica renunciar a la absolución, aceptar la propia oscuridad y asumir que ciertas decisiones tienen consecuencias irreversibles. También significa rechazar la idea de que los monstruos necesiten justificarse para existir.

Y esa, probablemente, sea la verdadera revolución que propone Beatrice Greenwood: recordarnos que los monstruos ya no llaman a la puerta porque hace mucho tiempo que aprendieron a vivir entre nosotros, a parecerse a nosotros y, lo que resulta todavía más inquietante, a despertar nuestra compasión mientras muestran los colmillos.
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Las heridas que heredamos

7/15/2026

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Por Violant Muñoz i Genovés

Hay épocas que sienten una extraña fascinación por aquello que no pueden explicar racionalmente y que, sin embargo, intuyen que forma parte esencial de la experiencia humana. La nuestra es una de ellas. Después de haber confiado durante décadas en que la ciencia, la psicología o la tecnología serían capaces de ofrecer respuestas a casi todas las preguntas, asistimos a una especie de retorno de lo invisible, una necesidad de explorar aquellos territorios donde la razón parece insuficiente y donde conceptos como la energía, la memoria emocional o los traumas heredados vuelven a formar parte de la conversación pública. No se trata necesariamente de un renacimiento espiritual, aunque algo de ello haya, sino de una constatación incómoda: el ser humano sigue necesitando relatos capaces de explicar aquello que siente cuando las explicaciones objetivas no bastan.

La consteladora, de Sònia Guillén, nace precisamente en esa frontera difusa donde conviven la racionalidad y el misterio, la evidencia y la intuición, el dolor que puede nombrarse y aquel otro que parece transmitirse silenciosamente de generación en generación. Pero sería un error pensar que la novela pretende ofrecer respuestas definitivas acerca de las constelaciones familiares o sobre la existencia de vínculos invisibles entre las personas. Lo que verdaderamente le interesa a Guillén no es demostrar nada, sino explorar una pregunta mucho más perturbadora: hasta qué punto somos realmente dueños de nuestra vida y cuánto de aquello que creemos haber elegido nos viene impuesto por heridas antiguas, por ausencias que no conocimos o por secretos familiares que continúan actuando desde la sombra.

La literatura siempre ha estado obsesionada con esta cuestión. Desde las tragedias griegas hasta las sagas familiares del siglo XIX, pasando por las novelas de Faulkner o las historias latinoamericanas atravesadas por maldiciones y fantasmas, el ser humano ha sospechado que el pasado posee una capacidad extraordinaria para infiltrarse en el presente. Cambian las épocas y cambian las explicaciones, pero permanece intacta la intuición de que nadie nace completamente libre, de que todos heredamos algo más que rasgos físicos o patrimonio material y de que ciertas heridas parecen transmitirse con la misma facilidad que el color de los ojos.

Sònia Guillén recoge esa vieja obsesión y la traslada a un terreno contemporáneo, construyendo una novela que utiliza las constelaciones familiares no como una doctrina ni como una verdad revelada, sino como una poderosa metáfora narrativa sobre la culpa, el duelo y la necesidad humana de encontrar sentido al sufrimiento. Porque, en el fondo, las constelaciones familiares funcionan aquí del mismo modo que funcionaron antaño los sueños proféticos, las cartas del tarot o las apariciones fantasmales: como un lenguaje simbólico que permite hablar de aquello que resulta demasiado doloroso o demasiado complejo para ser expresado de otra manera.

La protagonista, Candela, llega a la novela marcada por una pérdida que ha fracturado su existencia. La desaparición de su hija Alba no es únicamente un acontecimiento traumático, sino el centro gravitatorio alrededor del cual gira toda su vida. Guillén evita conscientemente el melodrama y prefiere explorar las consecuencias silenciosas del dolor, esas pequeñas alteraciones que transforman la cotidianidad hasta volverla irreconocible y que convierten la ausencia en una presencia constante, una compañía involuntaria que se instala en cada gesto, en cada recuerdo y en cada decisión.

Hay una extraordinaria honestidad en la manera en que la autora describe ese proceso. Candela no atraviesa etapas perfectamente definidas del duelo ni experimenta revelaciones que le permitan superar su sufrimiento de manera ejemplar. Muy al contrario, avanza a trompicones, atrapada entre la esperanza y la resignación, entre el deseo de seguir adelante y la incapacidad para imaginar una vida que no esté determinada por la pérdida. Esa contradicción, lejos de debilitar al personaje, le otorga una humanidad conmovedora, porque Guillén entiende algo esencial: el dolor raramente sigue una lógica narrativa y casi nunca conduce a una transformación luminosa.

La aparición de la consteladora introduce en la historia un elemento de incertidumbre que la autora maneja con notable inteligencia. Habría sido sencillo convertir a este personaje en una gurú iluminada o, por el contrario, en una impostora destinada a ser desenmascarada. Guillén elige un camino mucho más interesante y, también, mucho más literario. Nunca termina de revelar quién es realmente esa mujer ni qué grado de verdad contienen sus métodos. Prefiere dejar que el lector habite la duda y que se pregunte, junto a Candela, si existen conexiones invisibles capaces de atravesar el tiempo o si todo responde a una necesidad desesperada de encontrar explicaciones.

Esa ambigüedad constituye uno de los mayores aciertos de la novela. Vivimos en una época extraordinariamente polarizada, donde parece obligatorio tomar partido y donde cualquier fenómeno debe clasificarse inmediatamente como verdadero o falso, científico o supersticioso, racional o absurdo. La consteladora se rebela contra esa necesidad de certezas y reivindica el derecho a la incertidumbre, a esa zona gris donde las personas intentan comprenderse a sí mismas utilizando todas las herramientas a su alcance, incluso aquellas cuya eficacia no puede demostrarse.

Hay algo profundamente contemporáneo en esa actitud. Quizá porque el siglo XXI, pese a todos sus avances, continúa siendo una época marcada por la fragilidad emocional y por la sensación de que las respuestas tradicionales ya no resultan suficientes. La ansiedad, la depresión, los conflictos familiares y la búsqueda de sentido forman parte de la experiencia cotidiana de millones de personas, y no resulta extraño que muchas de ellas busquen nuevas narrativas capaces de explicar aquello que sienten.

Guillén observa ese fenómeno sin ironía y sin condescendencia. No juzga a sus personajes por creer o por dudar. Se limita a acompañarlos en su búsqueda, consciente de que las preguntas importantes rara vez admiten una única respuesta.

A medida que la novela avanza, el lector comprende que la verdadera investigación no consiste en descubrir qué ocurrió con Alba ni en desentrañar el funcionamiento de las constelaciones familiares. La auténtica búsqueda tiene que ver con la identidad, con la manera en que construimos el relato de nuestra propia vida y con la posibilidad de reconciliarnos con aquello que no podemos cambiar.

Esta dimensión existencial acerca la novela a una tradición literaria mucho más amplia de lo que podría sugerir su argumento. Porque La consteladora no habla únicamente de maternidad ni de terapias alternativas; habla, sobre todo, de la dificultad de aceptar que existen preguntas sin respuesta y de la tendencia humana a seguir buscándolas aun sabiendo que quizá nunca lleguemos a resolverlas.

Hay autores que utilizan el misterio como una promesa de revelación final y otros que lo entienden como una condición inevitable de la existencia. Guillén pertenece claramente a este segundo grupo. Su novela no pretende disipar todas las sombras. Al contrario, parece sugerir que cierta dosis de incertidumbre resulta imprescindible para seguir viviendo y que las personas necesitamos creer en algo, aunque ese algo no pueda demostrarse.

La escritura acompaña perfectamente esta intención. Guillén posee una prosa elegante, fluida y profundamente emocional, capaz de alternar momentos de gran intensidad íntima con otros en los que el misterio y la tensión narrativa adquieren protagonismo sin que la novela pierda nunca su equilibrio. Hay una sensibilidad especial en su manera de describir las emociones, una voluntad constante de comprender a los personajes antes que de juzgarlos, y eso confiere al relato una calidez poco frecuente en las novelas que abordan temas tan delicados.

Resulta especialmente interesante la manera en que la autora evita cualquier tentación dogmática. No escribe para convencer al lector de las bondades de las constelaciones familiares ni para desacreditarlas. Escribe para hablar del dolor y de las estrategias, a veces racionales y a veces no tanto, que los seres humanos desarrollamos para convivir con él. Y esa decisión convierte la novela en algo mucho más universal.

Porque todos, en algún momento de nuestra vida, hemos sospechado que arrastramos cargas que no nos pertenecen del todo, que ciertos miedos proceden de lugares desconocidos y que las heridas familiares poseen una capacidad extraordinaria para prolongarse en el tiempo. Todos hemos intentado, también, encontrar un relato que explique esas sensaciones y nos permita seguir adelante.

La consteladora habla precisamente de esa necesidad de sentido. De esa obstinación humana por buscar conexiones incluso allí donde quizá no existan. Y lo hace sin burlarse de quienes creen ni despreciar a quienes dudan, consciente de que ambas posiciones nacen de la misma fragilidad y del mismo deseo de comprender.
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Al cerrar la novela, permanece una sensación extraña y hermosa, la impresión de haber acompañado a unos personajes que no buscan alcanzar la felicidad ni descubrir una verdad absoluta, sino aprender a convivir con sus pérdidas y con sus incertidumbres. Quizá esa sea la mayor virtud del libro: recordarnos que la vida rara vez ofrece respuestas definitivas y que, en ocasiones, la única forma posible de seguir adelante consiste en aceptar que algunas heridas nunca terminan de cerrarse, aunque aprendamos a mirarlas desde un lugar menos doloroso.

Sònia Guillén ha escrito una novela sobre los vínculos invisibles que unen a las personas, pero también sobre el valor de las preguntas y sobre esa necesidad profundamente humana de encontrar significado allí donde la razón se detiene. Y en tiempos tan obsesionados con las certezas como los nuestros, no deja de ser una forma muy hermosa de rebeldía.

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Reseña: "Soñarán en el jardín" de Gabriela Damián Miravete

7/8/2026

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Por Violant Muñoz i Genovés

Hubo un tiempo en que la ciencia ficción imaginaba el futuro como una promesa. Después llegó otro en que empezó a contemplarlo como una amenaza. Gabriela Damián Miravete parece escribir desde un lugar distinto y mucho más incómodo, porque en Soñarán en el jardín el porvenir no es ninguna de esas dos cosas sino un territorio en disputa, un espacio todavía abierto donde la imaginación se convierte en la última herramienta política y donde recordar puede resultar más revolucionario que inventar una máquina imposible.

No es casualidad que estos doce relatos estén atravesados por la violencia y, al mismo tiempo, por una extraña esperanza. La autora conoce demasiado bien el país del que escribe para permitirse ingenuidades. México aparece aquí no como una geografía concreta sino como una herida abierta, un lugar donde las mujeres desaparecen, donde la injusticia se transmite como una enfermedad hereditaria y donde las estructuras de poder han aprendido a convivir con el horror sin experimentar la menor incomodidad moral. Sin embargo, Gabriela Damián Miravete se niega a concederle la última palabra a la desesperación y convierte cada uno de sus cuentos en una pequeña insurrección contra la idea de que el futuro está condenado a parecerse al presente.

Hay escritores que utilizan lo fantástico para escapar del mundo y otros que lo emplean para entenderlo mejor. Gabriela Damián Miravete pertenece a esta segunda tradición y quizá por ello sus relatos producen una sensación tan extraña: mientras leemos sobre tecnologías improbables, conjuros, animales que parecen custodiar secretos ancestrales o sociedades apenas esbozadas, tenemos la impresión de estar leyendo sobre nosotros mismos y sobre nuestros miedos más inmediatos. Esa es, probablemente, la mayor virtud de Soñarán en el jardín: su capacidad para hacernos sentir que el mañana ya está aquí, que los monstruos no habitan otros planetas y que las utopías, si existen, deberán construirse con los materiales imperfectos del presente.

Durante años, la ciencia ficción latinoamericana fue tratada como una rareza, como un apéndice exótico de una tradición dominada por nombres anglosajones y preocupaciones ajenas. Mientras Europa imaginaba futuros tecnológicos y Estados Unidos soñaba con colonizar galaxias lejanas, América Latina parecía condenada a escribir sobre su pasado, sobre sus revoluciones fracasadas o sobre las cicatrices del colonialismo. Pero bastó que una generación de escritoras decidiera apropiarse del género para demostrar hasta qué punto aquella división era absurda. Gabriela Damián Miravete forma parte de esa corriente que ha entendido que la especulación es también una forma de memoria y que imaginar otros mundos implica necesariamente cuestionar el que habitamos.

Lo extraordinario es que lo hace sin grandilocuencia y sin necesidad de levantar la voz. Sus cuentos poseen una delicadeza engañosa. Bajo la aparente sencillez de la prosa late una maquinaria narrativa extraordinariamente precisa, capaz de deslizarse del realismo al horror, de la ciencia ficción al relato histórico o de la distopía al cuento de hadas sin que el lector perciba el momento exacto en el que ha abandonado un territorio para entrar en otro. Esa fluidez no es fruto del azar sino de una comprensión profunda de los géneros, a los que la autora se acerca sin reverencia y sin complejos, como quien utiliza distintas herramientas para desmontar una misma estructura de poder.

Porque todos los relatos, de una manera u otra, hablan de eso: del poder y de quienes quedan fuera de él. Hablan de mujeres que se organizan para sobrevivir en un mundo hostil, de cuerpos convertidos en territorio político, de comunidades que intentan reconstruirse después de la catástrofe y de seres que se niegan a aceptar el papel secundario que la historia les ha reservado. Pero sería injusto reducir el libro a una lectura militante, porque la autora nunca convierte a sus personajes en portavoces de una tesis ni a sus historias en meros artefactos ideológicos. Hay ideas, muchas y poderosas, pero antes que eso hay literatura, hay personajes vivos y hay una imaginación capaz de encontrar belleza incluso en medio del desastre.

Resulta fascinante observar cómo Gabriela Damián Miravete subvierte algunas de las convenciones más arraigadas del género fantástico. Allí donde otros escritores describen paisajes arrasados, ella planta jardines. Donde otros levantan imperios tecnológicos, ella imagina redes de cuidados. Donde otros sitúan al ser humano en el centro del universo, ella desplaza la mirada hacia los animales, las plantas o los ecosistemas enteros, como si quisiera recordarnos que nuestra especie no es la culminación de nada y que quizá haya llegado el momento de abandonar esa arrogancia que nos ha acompañado durante siglos.

Las flores aparecen una y otra vez en estos cuentos, pero no como adornos ni como símbolos de fragilidad. Son organismos resistentes, formas de vida capaces de abrirse paso entre las ruinas y de reclamar su espacio allí donde parecía imposible que sobreviviera algo. Los gatos, el agua, las montañas o los árboles desempeñan una función semejante. No son elementos decorativos del paisaje sino presencias activas, personajes silenciosos que participan de la trama y cuestionan la antigua jerarquía que situaba al hombre por encima de todo cuanto le rodeaba.

Hay una profunda conciencia ecológica en el libro, aunque sería un error entenderla como una simple preocupación medioambiental. La autora no escribe sobre la naturaleza desde la nostalgia de un paraíso perdido ni desde el miedo al colapso, sino desde la convicción de que necesitamos imaginar una forma distinta de relacionarnos con el mundo. En ese sentido, Soñarán en el jardín no es un libro pesimista. Todo lo contrario. Es un libro que se rebela contra la desesperanza y que se atreve a formular una pregunta que la literatura contemporánea parece haber olvidado: ¿y si todavía fuera posible construir un futuro mejor?

La cuestión puede parecer ingenua, pero quizá lo verdaderamente ingenuo sea pensar que la imaginación no tiene consecuencias políticas. Gabriela Damián Miravete lo sabe y por eso escribe como escribe. Sus cuentos no pretenden predecir el porvenir sino ampliarlo, abrir grietas en la realidad y permitir que por ellas se cuele la posibilidad de otra vida. Frente a la distopía convertida en moda y frente a la fascinación contemporánea por los finales apocalípticos, la autora reivindica el derecho a la esperanza sin caer nunca en la complacencia.

Esa esperanza, sin embargo, no es luminosa ni sencilla. Está hecha de pérdidas, de ausencias y de cicatrices. México atraviesa el libro entero como una sombra persistente. No aparece únicamente en las referencias culturales o en los escenarios, sino en la textura misma de las historias, en la sensación de vulnerabilidad que acompaña a muchos personajes y en esa conciencia permanente de que la violencia puede irrumpir en cualquier momento. Pero incluso ahí, en ese territorio donde tantas veces parece imposible imaginar algo distinto, la autora encuentra espacios para la ternura, para la solidaridad y para la resistencia.

Quizá por eso sus personajes femeninos resultan tan memorables. No son heroínas invulnerables ni mártires ejemplares. Son mujeres cansadas, inteligentes, obstinadas y profundamente humanas, capaces de equivocarse y de volver a empezar, de sentir miedo y de actuar a pesar de él. Algunas inventan máquinas imposibles. Otras crean comunidades secretas. Otras simplemente cuidan de quienes tienen cerca. Pero todas comparten la certeza de que la supervivencia nunca es un acto individual y de que el futuro, si llega, será necesariamente colectivo.

Hay en esta forma de entender la literatura una dimensión ética que resulta particularmente estimulante. Gabriela Damián Miravete no escribe para tranquilizar al lector ni para ofrecer respuestas fáciles. Escribe para incomodar ciertas certezas y para recordarnos que toda visión del futuro implica una toma de posición sobre el presente. Cada cuento se convierte así en un laboratorio de posibilidades, en una pequeña máquina narrativa destinada a explorar aquello que podría suceder si nos atreviéramos a vivir de otra manera.

La prosa acompaña admirablemente esta ambición. Es precisa, elegante y extraordinariamente evocadora, capaz de sugerir mundos enteros con apenas unas líneas y de construir atmósferas densas sin caer en el exceso descriptivo. La autora posee además una rara habilidad para encontrar la imagen exacta, aquella que permanece en la memoria mucho después de haber cerrado el libro y que continúa creciendo en la imaginación del lector.

No es extraño que Soñarán en el jardín haya sido recibido como una de las obras más significativas de la nueva literatura fantástica latinoamericana, porque en sus páginas confluyen algunas de las preocupaciones más urgentes de nuestro tiempo: la violencia estructural, la desigualdad, la crisis ecológica, la memoria y la necesidad de imaginar formas de convivencia más justas. Pero lo verdaderamente admirable es que todas esas cuestiones aparezcan integradas en relatos llenos de vida, de emoción y de una belleza extraña que nunca se impone al lector, sino que lo acompaña silenciosamente hasta la última página.

Al terminar el libro queda una sensación difícil de explicar, algo parecido a la esperanza, aunque una esperanza más compleja y menos ingenua que la habitual. La sensación de que incluso en los tiempos más oscuros todavía existen jardines capaces de florecer, de que la imaginación sigue siendo una forma de resistencia y de que quizá el futuro no pertenezca a quienes poseen más poder, sino a quienes conservan intacta la capacidad de soñar.

Y pocas cosas resultan hoy más revolucionarias que eso.
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