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Por Violant Muñoz i Genovés
Hay libros que comienzan cuando abrimos la primera página y otros que, de una manera bastante más inquietante, parecen estar esperándonos desde antes, como si nuestra llegada formara parte del mecanismo que los mantiene en funcionamiento. El asesino no es Alice, publicado en España por Temas de Hoy, pertenece decididamente a esta segunda categoría, porque no pretende que contemplemos un crimen desde la confortable distancia del lector de novela policiaca, sino que nos coloca delante de una montaña de nombres, nos entrega dieciocho pistas, nos informa de que entre 46.600 posibles sospechosos se encuentra un asesino y, acto seguido, nos abandona ante el problema con una mezcla de crueldad y confianza que resulta difícil de resistir. No hay un Poirot dispuesto a ordenar las evidencias en el salón, ni un Holmes que haya observado aquello que nosotros no supimos ver, ni siquiera un narrador que nos conduzca discretamente hacia la solución; aquí la inteligencia que debe funcionar es la nuestra y el fracaso, si llega, tampoco puede atribuirse a nadie más. La premisa creada por Iris Starling parece engañosamente sencilla. Alice ha desaparecido y en su apartamento la policía ha encontrado un cadáver, una nota enigmática y una carpeta llena de nombres. Las circunstancias la convierten en sospechosa, pero ella sostiene que no ha cometido el crimen y deja en manos del lector dieciocho pistas capaces, al menos en teoría, de demostrarlo. A partir de ese momento comienza una investigación que consiste en descartar, relacionar, comprobar, regresar sobre nuestros pasos y reducir progresivamente una multitud casi absurda de 46.600 sospechosos hasta encontrar el único nombre que satisface todas las condiciones. La historia, por tanto, no avanza porque alguien nos la cuente, sino porque nosotros conseguimos desmontarla. Esta inversión aparentemente sencilla contiene buena parte del atractivo de un libro que se sitúa en la frontera entre la literatura de misterio, el pasatiempo lógico, la escape room doméstica y el juego de investigación. El asesino no es Alice no es exactamente una novela, aunque utiliza la ficción criminal como combustible; tampoco es una colección convencional de acertijos, porque todos ellos están subordinados a una única investigación; ni puede reducirse a un juego de mesa trasladado al papel, puesto que aprovecha precisamente la materialidad del libro, la posibilidad de avanzar, retroceder, consultar, comparar y convertir las páginas en territorio de pesquisa. Su aparición se produce, además, en un momento especialmente favorable para esta clase de experimentos. El extraordinario éxito de fenómenos como Murdle y Murdoku ha demostrado que existe un público dispuesto a recuperar el lápiz, el papel y la lógica como formas de entretenimiento capaces de competir con la pantalla. Después de años escuchando que nuestra capacidad de atención se encontraba condenada por el desplazamiento infinito del teléfono móvil, resulta significativo que una parte de la industria editorial haya descubierto un mercado precisamente en la operación contraria: libros que exigen concentración, paciencia, memoria y una participación que no puede resolverse deslizando un dedo durante unos segundos. Iris Starling, seudónimo tras el que se encuentra el matrimonio británico formado por Liz Blackwell y Kevin Fray, parece comprender especialmente bien esta transformación. Ella, antigua profesora convertida posteriormente en psicóloga y especialista en marketing; él, diseñador y desarrollador web, compartían la afición por los rompecabezas, las escape rooms y los juegos de mesa cuando concibieron un artefacto que acabaría convirtiéndose en un inesperado fenómeno editorial. Antes de incorporarse al circuito tradicional, The Killer Isn’t Alice conoció una vida autopublicada y llegó a situarse entre los títulos más vendidos de Amazon, mientras los derechos de traducción comenzaban a venderse internacionalmente. Lo interesante del recorrido no es únicamente su éxito comercial, sino lo que revela sobre una nueva relación entre libro y juego: el lector ya no busca necesariamente una historia que consumir, sino una estructura dentro de la cual actuar. La edición internacional revisada y ampliada ha reforzado precisamente esa condición de objeto lúdico, incorporando cambios gráficos, un nuevo culpable y material adicional, lo que confirma algo esencial para comprender la propuesta: estamos ante una experiencia reproducible como concepto, pero cuya satisfacción depende del desconocimiento de la solución. En este sentido, El asesino no es Alice comparte con las escape rooms una paradoja comercial interesante, porque su mayor virtud consiste en proporcionar una experiencia intensa cuya primera resolución nunca podrá repetirse exactamente. La pregunta inevitable es si todo esto puede considerarse literatura. Probablemente sea una pregunta menos importante de lo que parece. Durante décadas hemos aceptado sin demasiados problemas novelas construidas mediante documentos ficticios, expedientes policiales, cartas, fotografías, recortes periodísticos o narradores contradictorios, y la ficción contemporánea lleva mucho tiempo explorando los límites materiales del libro. Lo que hace Iris Starling es avanzar otro paso y desplazar parte de la responsabilidad narrativa hacia el lector. La historia existe, pero se encuentra descompuesta; el crimen existe, pero carecemos inicialmente de su arquitectura; el culpable está delante de nosotros, aunque escondido dentro de una multitud. Leer equivale entonces a reconstruir. Ese procedimiento conecta curiosamente con la esencia más antigua del relato detectivesco. Edgar Allan Poe comprendió muy pronto que el placer del género no dependía únicamente del crimen, sino de la competición intelectual entre autor y lector. Conan Doyle perfeccionó después el mecanismo mediante Sherlock Holmes, mientras Agatha Christie convirtió la administración de información en un arte casi matemático. El lector de misterio siempre ha querido adelantarse al detective, descubrir al asesino unas páginas antes, detectar la contradicción que los personajes todavía ignoran. El asesino no es Alice elimina al intermediario. Ya no existe un detective profesional con quien competir porque hemos ocupado su lugar. De ahí procede también una de las virtudes más curiosas del libro: transforma la sospecha en una operación física. Los nombres dejan de ser personajes en sentido convencional para convertirse en posibilidades que deben ser examinadas y eliminadas. El bolígrafo adquiere entonces una importancia que rara vez posee en la lectura recreativa contemporánea. Hay que marcar, tachar, revisar, regresar y mantener una cierta disciplina, porque un error aparentemente insignificante puede conservar a quien debería haber sido eliminado o, mucho peor, hacer desaparecer al auténtico culpable. Esta fragilidad introduce una tensión peculiar. En una novela policiaca podemos distraernos durante algunas páginas y recuperar posteriormente el hilo argumental; aquí la distracción tiene consecuencias. Las primeras opiniones de lectores coinciden precisamente en esa capacidad para absorber la atención y en la sensación de que el juego obliga a aislarse momentáneamente de cuanto sucede alrededor. No es una observación menor, porque quizá ahí resida una de las claves de su éxito: El asesino no es Alice, ofrece concentración en una época que ha convertido la concentración en un lujo. Las 216 páginas de la edición española funcionan así como un espacio de trabajo antes que como una secuencia narrativa tradicional. El lector aprende progresivamente a mirar de otra manera, a desconfiar de las coincidencias, a entender que cada dato posee una función potencial y a resistir la tentación de buscar soluciones intuitivas. La intuición, que tantos detectives literarios utilizan como forma elegante de ocultar la maquinaria del razonamiento, sirve aquí de poco si no puede sostenerse mediante el proceso de eliminación. Y precisamente porque el mecanismo es tan importante, el libro corre también un riesgo evidente. Quien espere una novela negra convencional, personajes psicológicamente complejos, atmósferas elaboradas o una investigación desarrollada mediante diálogos y escenas puede sentirse desconcertado. Alice funciona fundamentalmente como detonante del dispositivo y el crimen como marco emocional que convierte un problema lógico en una urgencia narrativa. No estamos ante una novela que haya incorporado acertijos, sino ante un gran acertijo que utiliza la gramática del thriller para proporcionar sentido a nuestras operaciones. La distinción resulta fundamental. El asesinato podría haber sido sustituido por la búsqueda de un tesoro, un espionaje industrial o una desaparición sin cadáver, pero probablemente el resultado habría perdido intensidad. El crimen posee una eficacia cultural inmediata porque activa siglos de convenciones narrativas que todos reconocemos: hay una víctima, una acusada, un culpable oculto y una verdad que debe ser descubierta. Iris Starling utiliza esa estructura como una especie de interfaz emocional. No necesitamos cincuenta páginas para comprender qué está en juego porque conocemos las reglas del asesinato literario antes incluso de empezar. El título participa inteligentemente de esa economía narrativa. El asesino no es Alice contiene ya una afirmación que debemos aceptar provisionalmente y una duda que tendremos que resolver. Alice no es simplemente un personaje ausente; se convierte en nuestra cliente, aunque nunca hayamos abierto un despacho de detectives. Su inocencia depende de nuestra competencia, de manera que el lector recibe una responsabilidad ficticia suficientemente poderosa para justificar horas de búsqueda entre miles de nombres. Hay algo deliberadamente desmesurado en esos 46.600 sospechosos, una cifra que funciona tanto como reclamo editorial cuanto como declaración estética. El misterio clásico suele reducir el universo de sospechosos: una mansión, una familia, los pasajeros de un tren, los habitantes de una isla. Iris Starling realiza exactamente el movimiento contrario y nos arroja inicialmente contra una multitud imposible. La satisfacción procede de domesticar ese caos, de comprobar cómo una masa intimidatoria comienza a reducirse conforme las pistas introducen orden. En ese sentido, el libro posee una dimensión casi matemática que explica su capacidad adictiva. Cada eliminación proporciona una pequeña recompensa y cada pista resuelta reduce la incertidumbre. El progreso puede medirse visualmente, algo que la novela tradicional raramente permite, y esa percepción convierte el avance en estímulo. Un día pueden desaparecer decenas de posibilidades y otro apenas unas pocas, pero la investigación conserva la sensación de estar acercándonos inexorablemente a un punto final. Resulta tentador relacionar esta mecánica con el lenguaje de los videojuegos, donde la progresión necesita hacerse visible para mantener al jugador comprometido, aunque el mérito de El asesino no es Alice consiste precisamente en conseguirlo sin dispositivo electrónico alguno. Todo ocurre dentro del libro y sobre el libro. La tecnología necesaria es un bolígrafo. En plena cultura de aplicaciones, suscripciones y actualizaciones permanentes, semejante austeridad termina resultando sorprendentemente moderna. También explica que el fenómeno haya encontrado un público transversal. Los aficionados al true crime reconocen el placer de examinar evidencias; los jugadores de mesa encuentran una lógica familiar; quienes frecuentan escape rooms reconocen la satisfacción de descifrar reglas ocultas; los lectores de novela policiaca reciben la oportunidad de abandonar el papel de espectadores, mientras quienes disfrutan de sudokus y problemas deductivos encuentran una estructura narrativa que proporciona algo más de emoción que una cuadrícula abstracta. La obra participa así de una tendencia editorial más amplia que está borrando las fronteras entre lectura y juego. No significa que la novela tradicional esté perdiendo terreno, sino que el objeto libro está recordando posibilidades que parecían olvidadas. Durante mucho tiempo la innovación editorial se identificó casi exclusivamente con la digitalización, como si el futuro de la lectura consistiera necesariamente en abandonar el papel. Productos como este sugieren justamente lo contrario: una de las formas más interesantes de innovación puede consistir en explotar aquello que el papel hace mejor que una pantalla. Existe incluso cierto placer clandestino en escribir sobre el ejemplar. Durante años hemos aprendido a conservar los libros como objetos casi intocables, pero El asesino no es Alice invita a intervenirlo, convertirlo en documento policial y dejar constancia material de nuestra investigación. Cuando termina, el volumen ya no es exactamente el mismo que compramos: contiene nuestros errores, decisiones, tachaduras y avances. Se ha transformado en registro de una experiencia. Quizá esa sea también la razón por la que resulta difícil juzgarlo mediante los criterios habituales de la crítica literaria. Preguntarse por la belleza de la prosa o la profundidad psicológica de sus personajes sería tan insuficiente como valorar un crucigrama atendiendo únicamente a la elegancia de sus definiciones. Aquí importa la arquitectura, la limpieza de las reglas, la capacidad del dispositivo para generar incertidumbre y la satisfacción derivada de resolverla. Eso no significa que el componente narrativo carezca de importancia. Sin Alice, sin cadáver y sin acusación, estaríamos simplemente ante un ejercicio lógico gigantesco. La ficción proporciona temperatura humana al sistema, convierte los datos en indicios y transforma una operación combinatoria en investigación criminal. La narración es deliberadamente funcional porque necesita dejar espacio al jugador, pero esa funcionalidad constituye precisamente parte de su inteligencia. También conviene reconocer que no será un libro para todo el mundo. El lector que necesite personajes con los que convivir durante semanas o una prosa capaz de sostenerse independientemente de la intriga encontrará propuestas mucho más satisfactorias en cualquier buena novela criminal. Tampoco funcionará del mismo modo para quien considere los acertijos una obligación escolar disfrazada de entretenimiento. La experiencia exige aceptar el pacto lúdico y comprender que aquí leer significa trabajar. Para quienes acepten ese pacto, sin embargo, el resultado puede convertirse en una forma extraordinariamente absorbente de ocio. Hay algo profundamente satisfactorio en enfrentarse a una multitud de posibilidades y comprobar que la razón consigue reducirlas. El crimen proporciona suspense, pero el verdadero protagonista termina siendo nuestro propio pensamiento. El asesino no es Alice llega así a la temporada editorial 2026-2027 como una rareza perfectamente sincronizada con su época, un libro que responde al cansancio digital sin adoptar ningún discurso nostálgico contra la tecnología y que recupera el placer de concentrarse mediante un dispositivo sorprendentemente elemental. Su éxito internacional previo y la expansión del concepto sugieren que no estamos solamente ante una ocurrencia aislada, sino ante una modalidad de entretenimiento editorial con posibilidades de crecimiento. Tal vez dentro de algunos años recordemos estos títulos como una moda vinculada a la fiebre de los juegos de lógica, del mismo modo que otras temporadas editoriales quedaron marcadas por determinadas tendencias. O quizá estemos contemplando la consolidación de una nueva familia de libros situada entre la novela, el rompecabezas y el juego de investigación. En cualquiera de los dos casos, Iris Starling ha comprendido algo que muchos relatos policiacos olvidan: descubrir al asesino siempre ha sido únicamente la mitad del placer; la otra mitad consiste en poder decir que llegamos hasta él sin ayuda. Cuando finalmente la multitud de 46.600 nombres comienza a desvanecerse y queda frente a nosotros la posibilidad de un único culpable, comprendemos que Alice nunca fue el verdadero centro de la historia. Tampoco lo era el cadáver. Ni siquiera el asesino. El centro estaba al otro lado de la página, sosteniendo un bolígrafo, cometiendo errores, regresando a una pista anterior y aprendiendo poco a poco a desconfiar de cada nombre. Durante unas horas hemos dejado de leer una investigación para habitarla, y en una industria que publica cada año innumerables crímenes destinados a ser contemplados desde el sofá, conseguir que el lector vuelva a sentirse responsable de resolver uno no es precisamente un delito menor.
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