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Por Violant Muñoz i Genovés
Hay libros cuya vigencia se mide por su capacidad para resistir el paso del tiempo y otros cuya reaparición resulta inquietante precisamente porque obliga a preguntarse por qué aquello que denunciaron continúa necesitando ser explicado. Casi una década después de su publicación original, El proxeneta, de Mabel Lozano, vuelve a las librerías en una edición especial de Alrevés Editorial coincidiendo con la inminente llegada a Movistar Plus+ de El castillo, la serie inspirada en aquella investigación, y lo hace conservando una cualidad que ya resultaba perturbadora cuando apareció: la capacidad de demostrar que detrás de determinadas palabras —prostitución, trata, explotación sexual— existe una maquinaria económica perfectamente organizada cuyo funcionamiento durante años pudo desarrollarse no en territorios clandestinos e inaccesibles, sino junto a carreteras por las que circulábamos todos. Lozano tomó una decisión narrativa incómoda desde el principio, porque para explicar aquella maquinaria eligió la voz de quien había formado parte de ella. Miguel, conocido como «El Músico», comenzó trabajando como portero de un club cuando apenas tenía diecisiete años y acabó convertido en uno de los grandes empresarios del sexo de pago en España, propietario junto a sus socios de una red de macroburdeles y participante en un sistema que captó y explotó a más de 1.700 mujeres. Su testimonio constituye la columna vertebral de un libro que obtuvo en 2018 el Premio Rodolfo Walsh de la Semana Negra de Gijón y cuya verdadera potencia no reside únicamente en lo que cuenta, sino en el lugar desde el que decide contarlo. Hasta entonces, buena parte del trabajo audiovisual de Lozano había situado la mirada sobre las víctimas de trata. El proxeneta cambia deliberadamente el objetivo y pregunta por el verdugo, por su mentalidad y, sobre todo, por la estructura que permite convertir la explotación humana en negocio. El desplazamiento entrañaba un riesgo evidente: conceder al criminal una centralidad narrativa puede acabar produciendo exactamente aquello que se pretendía denunciar, especialmente en una cultura audiovisual fascinada por narcotraficantes, mafiosos y asesinos transformados en protagonistas carismáticos. Lozano evita en buena medida esa trampa porque no está interesada en construir la leyenda de Miguel, sino en utilizar su confesión como una llave capaz de abrir las puertas de una industria. Y lo que aparece detrás de esas puertas resulta más inquietante que cualquier retrato individual del mal. El proxeneta explica cómo la prostitución española experimentó una transformación decisiva durante los años noventa, cuando determinados clubes dejaron de limitarse a recibir mujeres proporcionadas por terceros y comenzaron a participar en estructuras internacionales de captación. Colombia, Brasil, Venezuela, Paraguay o Rumanía aparecen entonces integradas en una geografía comercial en la que seres humanos podían ser reclutados mediante engaños, desplazados de un país a otro y sometidos posteriormente a deudas que convertían la posibilidad de escapar en una ficción. El vocabulario empresarial resulta particularmente escalofriante porque permite comprender una de las ideas fundamentales del libro: para que la explotación alcance determinadas dimensiones necesita dejar de parecer excepcional y adquirir procedimientos de empresa. Hay captación, transporte, financiación, alojamiento, rotación, intermediarios, testaferros, blanqueo y clientes; existen costes, beneficios y mecanismos destinados a mantener disponible una mercancía que, en este caso, tiene cuerpo, miedo, familia y nombre. Miguel y sus socios llegaron a controlar doce macroburdeles y por sus redes pasaron más de 1.700 mujeres, una cifra cuya enormidad corre el riesgo de anestesiar hasta que comprendemos que detrás de cada unidad estadística existió una biografía individual atrapada dentro del sistema. La gran virtud del trabajo de Lozano consiste en no necesitar adornar esa realidad. Su escritura es directa y posee algo de declaración prolongada, de conversación reconstruida y de expediente criminal convertido en relato. La autora sabe que el material que maneja es suficientemente brutal como para no requerir exhibicionismo, y esa contención evita en buena medida lo que ella misma ha denominado la «pornografía del sufrimiento». No hace falta describir minuciosamente una agresión para comprender la violencia de un mecanismo que captura a una mujer, la traslada miles de kilómetros, le comunica que ha contraído una deuda y convierte después su cuerpo en instrumento para amortizarla. Hay además algo especialmente incómodo en la naturalidad con la que Miguel reconstruye determinados episodios. El monstruo tranquiliza cuando podemos imaginarlo como una anomalía absoluta, alguien situado fuera de nuestras categorías morales y sociales, porque semejante distancia permite pensar que nada nos une a él. El proxeneta elimina ese consuelo. Lo verdaderamente perturbador no es encontrarse con un villano cinematográfico, sino con un hombre capaz de entender la explotación mediante categorías ordinarias de negocio y de reconocerse durante años como un empresario de éxito. La frase que sintetiza la lógica del libro —«Nadie decide un día ser puta; simplemente te dan caza personas como yo»— contiene precisamente esa inversión: obliga a dejar de preguntar exclusivamente por qué una mujer terminó prostituyéndose para empezar a preguntar quién obtuvo beneficios construyendo las circunstancias que la llevaron hasta allí. Ese cambio de interrogante afecta también al cliente, una presencia que con frecuencia permanece extrañamente fuera de campo cuando se habla de prostitución. Ninguna industria puede comprenderse atendiendo únicamente a la oferta, y ningún negocio multimillonario existiría sin demanda. Lozano obliga así a ampliar el círculo de responsabilidad y a observar no solamente al proxeneta que organiza la explotación, sino el ecosistema social que la hace económicamente posible, la normalización del consumo sexual y esa cómoda ficción según la cual todo lo que sucede dentro de un club pertenece exclusivamente a la esfera privada de dos adultos. Pero El proxeneta va todavía más lejos porque su radiografía introduce alrededor del negocio una constelación de profesionales, intermediarios e instituciones. Aparecen mecanismos financieros utilizados para lavar dinero, asesoramientos, sociedades, testaferros y diferentes grados de tolerancia o complicidad que permiten comprender por qué determinadas organizaciones pudieron prosperar durante tanto tiempo. El crimen organizado raramente sobrevive gracias al delincuente aislado; necesita zonas grises, personas dispuestas a mirar hacia otro lado y estructuras legales que puedan utilizarse para proporcionar apariencia de normalidad al dinero procedente de actividades criminales. Esa dimensión convierte el libro en algo más interesante que unas memorias criminales. El verdadero personaje de El proxeneta no es Miguel, sino el sistema que Miguel describe. Su biografía proporciona el hilo conductor, pero aquello que permanece después de la lectura es el mapa de un negocio que evoluciona, se internacionaliza y aprende a utilizar las herramientas de la economía legal. Por eso el libro conserva su capacidad de incomodar tantos años después de su aparición y por eso tiene sentido recuperarlo ahora, cuando una adaptación televisiva amenaza inevitablemente con desplazar la atención desde la investigación original hacia sus personajes de ficción. La nueva vida de la obra resulta, en este sentido, particularmente significativa. Desde el 1 de septiembre, Audible ofrece una versión íntegra de doce horas y treinta y cuatro minutos narrada por José Coronado y por la propia Mabel Lozano, una combinación especialmente adecuada para un texto cuya fuerza siempre estuvo vinculada a la oralidad del testimonio. La voz grave de Coronado puede proporcionar al relato una dimensión dramática poderosa, mientras la presencia de Lozano recuerda que detrás de cuanto escuchamos existe una investigación y una autora que lleva más de dos décadas utilizando el audiovisual y la escritura para denunciar la trata y la explotación sexual. El siguiente movimiento llegará el 8 de octubre con El castillo, producción original de Movistar Plus+ realizada junto a Caballo Films y Mafalda Entertainment, que antes habrá pasado por la Sección Oficial del Festival de San Sebastián. Isabel Peña y Eduardo Villanueva han construido a partir del libro un policiaco de seis episodios dirigido por Elena Martín Gimeno y Sandra Romero, con Raúl Arévalo, Valentina Vidal, Omar Ayuso y Laia Marull encabezando un reparto que abordará el fenómeno desde tres espacios diferentes: los empresarios de los clubes, las mujeres captadas y los policías que comienzan a comprender la transformación que está experimentando el negocio. La estructura resulta prometedora precisamente porque puede corregir el principal peligro inherente a cualquier adaptación de El proxeneta: que la fascinación dramática por los delincuentes termine devorando a sus víctimas. La televisión reciente conoce demasiado bien ese fenómeno; basta un actor carismático, una buena fotografía y cierta épica criminal para que el victimario termine convertido en icono. Lozano, vinculada al desarrollo del proyecto, ha insistido en que no quería que los proxenetas se transformaran en ídolos, una advertencia que resume perfectamente la responsabilidad de trasladar este material a la ficción. Que El proxeneta vuelva ahora a las librerías permite precisamente regresar al punto anterior a esa transformación. Antes de Suizo y Claudia, antes de los actores, los decorados y la dramaturgia televisiva, estuvieron Miguel y aquellas más de 1.700 mujeres convertidas en mercancía por una organización que entendió que el cuerpo femenino podía administrarse como cualquier otro activo comercial. Y estuvieron también las sentencias, las investigaciones policiales y las pruebas que proporcionaron a Lozano una base documental con la que evitar que el relato dependiera exclusivamente de la memoria interesada de un criminal. Mabel Lozano ha construido buena parte de su trayectoria posterior alrededor de esa decisión de mirar allí donde resulta más fácil apartar los ojos. Su cine sobre la trata, la explotación sexual y la violencia contra las mujeres alcanzó uno de sus mayores reconocimientos con el Goya por Biografía del cadáver de una mujer, pero El proxeneta ocupa un lugar particular dentro de esa trayectoria porque se atrevió a entrar en la lógica económica y mental del victimario para desmontarla desde dentro. Quizá por eso esta reedición no transmite la sensación de estar recuperando simplemente un éxito del pasado aprovechando una adaptación televisiva. La llegada simultánea del libro, el audiolibro y El castillo configura tres maneras distintas de aproximarse a la misma realidad, pero es el texto original el que conserva la posición más incómoda porque no dispone de la distancia protectora de la ficción. Podemos cerrar una novela policiaca recordándonos que sus muertos nunca existieron; podemos terminar una serie y admirar la interpretación de quien encarnó al villano. El proxeneta niega esas salidas. Las mujeres existieron, el negocio existió y las sentencias existieron. Casi una década después, ésa continúa siendo su mayor fuerza. No pretende permitirnos observar tranquilamente un mundo criminal situado en los márgenes, sino recordarnos que aquel mundo funcionaba bajo luces de neón junto a nuestras carreteras, anunciado en vallas publicitarias, integrado en una economía cotidiana y sostenido por clientes que regresaban después a sus casas. El horror que revela Mabel Lozano nunca estuvo escondido del todo. Lo verdaderamente perturbador es comprender que, durante demasiado tiempo, aprendimos a pasar por delante sin verlo.
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