"Las chicas de ayer": volver a los ochenta para descubrir todo lo que dejamos por el camino8/19/2026 Por Violant Muñoz i Genovés
Las chicas de ayer: volver a los ochenta para descubrir todo lo que dejamos por el camino Hay viajes en el tiempo que sirven para cambiar la Historia y otros, probablemente más difíciles, que obligan a enfrentarse con la persona que uno fue antes de saber en qué acabaría convirtiéndose. Inés Galiano parte en Las chicas de ayer de una premisa inequívocamente fantástica —cuatro amigas de setenta y siete años regresan desde 2045 hasta 1985— para construir una historia que mira menos hacia las paradojas temporales que hacia esa otra clase de paradoja que acompaña a cualquier vida: la distancia entre aquello que imaginábamos ser y aquello que finalmente hemos sido. Con la movida madrileña como paisaje sentimental, la música de los ochenta resonando al fondo y una amistad femenina que ha sobrevivido durante seis décadas, la novela utiliza la ciencia ficción para preguntarse qué haríamos si pudiéramos regresar al pasado sabiendo exactamente cuánto hemos ganado y cuánto hemos perdido desde entonces. Marie, Cati, Isa y Patri son amigas desde la adolescencia, aunque en 2045 aquella intimidad construida durante toda una vida empieza a enfrentarse con los inconvenientes de la edad, las rutinas, las obligaciones y un mundo progresivamente tecnológico en el que incluso las relaciones personales parecen haber delegado una parte de su humanidad en las pantallas. Las cuatro tienen setenta y siete años, llevan vidas muy distintas y no encuentran demasiado tiempo para verse, hasta que Marie las convoca en un laboratorio secreto situado en la huerta murciana y les presenta el proyecto al que ha dedicado buena parte de su existencia: una máquina del tiempo. Lo que podría convertirse en una demostración científica termina enviándolas a 1985, precisamente al territorio de su juventud, cuando Madrid vivía la explosión cultural y contracultural de una década que acabaría transformándose en uno de los grandes espacios míticos de la memoria reciente española. Regresar allí significa reencontrarse con músicas, lugares y formas de relacionarse desaparecidas, pero también con decisiones que parecían definitivamente enterradas, con antiguos amores y, sobre todo, con las versiones jóvenes de unas mujeres que todavía ignoraban prácticamente todo acerca de sus propias vidas. Galiano convierte así el viaje temporal en una confrontación con la memoria y evita presentar los años ochenta simplemente como un paraíso perdido. Sus protagonistas saben que el pasado tampoco era perfecto y que en muchos aspectos el mundo ha avanzado, pero eso no impide que aquel regreso accidental les permita recuperar temporalmente una forma de relacionarse y de estar juntas que el futuro parece haber erosionado. Entre humor, melancolía, amistad y ciencia ficción, Las chicas de ayer termina formulando una pregunta tan sencilla como perturbadora: si pudiéramos conocer nuestro futuro, ¿seguiríamos tomando las mismas decisiones? Entrevista a Inés Galiano --Las chicas de ayer mezcla ciencia ficción, nostalgia y relato generacional a través de una premisa muy potente: un grupo de amigas de 77 años que viaja de nuevo a 1985. ¿Cómo nació la idea de unir viaje en el tiempo y memoria emocional? —La historia surge de dos conceptos que me gustan mucho: el primero es el de las amigas de toda la vida que te conocen, que saben todas tus aventuras y desventuras, y que siempre están ahí para apoyarte, incluso cuando lleguemos a ancianas; y el segundo es el de la movida madrileña, una época nostálgica con estética retro y una música divertida, hecha para bailar hasta descoyuntarse, que me parecía el escenario perfecto para llevar en ese último viaje juntas a mi grupo de ancianas amigas. Ellas viven en un futuro próximo, en el 2045, y por una serie de circunstancias, se encuentran de golpe en el 1985, rememorando su juventud. —Aunque la novela juega con elementos fantásticos, en el fondo habla de cuestiones muy humanas: el paso del tiempo, las decisiones tomadas y las vidas que imaginamos. ¿Qué querías explorar realmente a través de este viaje al pasado? —Las decisiones vitales de las personas son muy parecidas en todas las épocas, y a veces es necesario reencontrarte con tu yo del pasado o del futuro, para recordar qué era aquello que deseabas. En la novela, la mayoría de los personajes tiene que enfrentarse a lo que fue, mientras que uno de ellos vivirá con la presión constante de lo que será. El desarrollo de personajes se guía por una pregunta en apariencia sencilla: ¿Cambiarían tus decisiones si pudieras saber lo que va a ocurrir en el futuro pero no en los próximos cinco minutos? —La historia coloca frente a frente dos momentos que parecen hablar idiomas distintos: el 2045 de los avatares y las relaciones a distancia y el 1985 analógico, físico y desordenado de la movida madrileña. ¿Qué buscabas al enfrentar esos dos mundos? —El punto de partida es un futuro cercano en el que las personas ya no se reúnen en persona, sino que lo hacen por videollamada y avatares digitales. En 2045 se ha perdido el toque humano. Por eso, cuando se ven obligadas a enfrentarse al mundo analógico y rebelde de 1985, las protagonistas vuelven a una época más sencilla en la que se priorizaban más otras cosas para poder recordar lo más importante: su amistad. —La ficción, y especialmente la ciencia ficción, ha condenado durante mucho tiempo a las mujeres mayores a ocupar los márgenes del relato. Aquí son ellas quienes protagonizan la aventura, toman decisiones y todavía tienen cosas que descubrir sobre sí mismas. ¿Había también una voluntad de discutir esa invisibilidad? —Creo que es importante reivindicar el papel de las mujeres mayores en nuestra sociedad a través de la ficción. Parece que cuando superas los cuarenta, ya no eres relevante, y que solo pueden vivir aventuras y descubrir cosas sobre sí mismas las jóvenes o incluso adolescentes. Representar un grupo de amigas de otra edad puede mostrarnos que las personas pueden seguir viviendo vidas interesantes en cualquier época vital; y que, además, podemos aprender mucho de ellas. —La nostalgia atraviesa la novela, pero regresar a 1985 significa también comprobar que la memoria suele seleccionar aquello que quiere conservar y dejar fuera lo que resulta menos amable. ¿Hasta qué punto la nostalgia puede convertirse en refugio y hasta qué punto corre el riesgo de convertirse en una trampa? —Creo que la nostalgia puede tomarse de forma amarga a través de la añoranza, pero también puede ser dulce a través del recuerdo. Los personajes de mi novela no extrañan ni idealizan los ochenta, porque son conscientes de que se ha avanzado en muchos aspectos, pero eso no les impide ser capaces de disfrutar durante un rato un breve viaje al pasado. Siempre y cuando entendamos que la nostalgia debe ser un sentimiento pasajero, podemos convivir con el pasado y el futuro. —En Las chicas de ayer, la ciencia ficción parece funcionar menos como una escapatoria de la realidad que como una manera de observarla desde una distancia distinta. ¿Qué encuentras en la ficción especulativa que te permite hablar del presente de una manera que quizá otros géneros no permiten? —La ficción especulativa sobre épocas futuras o pasadas nos permite reflexionar sobre el presente desde otro punto de vista. Podemos asomarnos a los ochenta durante unos días o podemos imaginarnos un futuro distópico y darnos cuenta de lo afortunados que somos hoy. De la misma forma, también podemos imaginar utopías futuras que nos den ideas para el cambio. La ciencia ficción me permite pensar sobre los cambios sociales y enfrentar a mis personajes con ellos. Muchas gracias por tu atención, y enhorabuena por esta idea tan rompedora.
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