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​Reseñas desde España

Las heridas que heredamos

7/15/2026

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Por Violant Muñoz i Genovés

Hay épocas que sienten una extraña fascinación por aquello que no pueden explicar racionalmente y que, sin embargo, intuyen que forma parte esencial de la experiencia humana. La nuestra es una de ellas. Después de haber confiado durante décadas en que la ciencia, la psicología o la tecnología serían capaces de ofrecer respuestas a casi todas las preguntas, asistimos a una especie de retorno de lo invisible, una necesidad de explorar aquellos territorios donde la razón parece insuficiente y donde conceptos como la energía, la memoria emocional o los traumas heredados vuelven a formar parte de la conversación pública. No se trata necesariamente de un renacimiento espiritual, aunque algo de ello haya, sino de una constatación incómoda: el ser humano sigue necesitando relatos capaces de explicar aquello que siente cuando las explicaciones objetivas no bastan.

La consteladora, de Sònia Guillén, nace precisamente en esa frontera difusa donde conviven la racionalidad y el misterio, la evidencia y la intuición, el dolor que puede nombrarse y aquel otro que parece transmitirse silenciosamente de generación en generación. Pero sería un error pensar que la novela pretende ofrecer respuestas definitivas acerca de las constelaciones familiares o sobre la existencia de vínculos invisibles entre las personas. Lo que verdaderamente le interesa a Guillén no es demostrar nada, sino explorar una pregunta mucho más perturbadora: hasta qué punto somos realmente dueños de nuestra vida y cuánto de aquello que creemos haber elegido nos viene impuesto por heridas antiguas, por ausencias que no conocimos o por secretos familiares que continúan actuando desde la sombra.

La literatura siempre ha estado obsesionada con esta cuestión. Desde las tragedias griegas hasta las sagas familiares del siglo XIX, pasando por las novelas de Faulkner o las historias latinoamericanas atravesadas por maldiciones y fantasmas, el ser humano ha sospechado que el pasado posee una capacidad extraordinaria para infiltrarse en el presente. Cambian las épocas y cambian las explicaciones, pero permanece intacta la intuición de que nadie nace completamente libre, de que todos heredamos algo más que rasgos físicos o patrimonio material y de que ciertas heridas parecen transmitirse con la misma facilidad que el color de los ojos.

Sònia Guillén recoge esa vieja obsesión y la traslada a un terreno contemporáneo, construyendo una novela que utiliza las constelaciones familiares no como una doctrina ni como una verdad revelada, sino como una poderosa metáfora narrativa sobre la culpa, el duelo y la necesidad humana de encontrar sentido al sufrimiento. Porque, en el fondo, las constelaciones familiares funcionan aquí del mismo modo que funcionaron antaño los sueños proféticos, las cartas del tarot o las apariciones fantasmales: como un lenguaje simbólico que permite hablar de aquello que resulta demasiado doloroso o demasiado complejo para ser expresado de otra manera.

La protagonista, Candela, llega a la novela marcada por una pérdida que ha fracturado su existencia. La desaparición de su hija Alba no es únicamente un acontecimiento traumático, sino el centro gravitatorio alrededor del cual gira toda su vida. Guillén evita conscientemente el melodrama y prefiere explorar las consecuencias silenciosas del dolor, esas pequeñas alteraciones que transforman la cotidianidad hasta volverla irreconocible y que convierten la ausencia en una presencia constante, una compañía involuntaria que se instala en cada gesto, en cada recuerdo y en cada decisión.

Hay una extraordinaria honestidad en la manera en que la autora describe ese proceso. Candela no atraviesa etapas perfectamente definidas del duelo ni experimenta revelaciones que le permitan superar su sufrimiento de manera ejemplar. Muy al contrario, avanza a trompicones, atrapada entre la esperanza y la resignación, entre el deseo de seguir adelante y la incapacidad para imaginar una vida que no esté determinada por la pérdida. Esa contradicción, lejos de debilitar al personaje, le otorga una humanidad conmovedora, porque Guillén entiende algo esencial: el dolor raramente sigue una lógica narrativa y casi nunca conduce a una transformación luminosa.

La aparición de la consteladora introduce en la historia un elemento de incertidumbre que la autora maneja con notable inteligencia. Habría sido sencillo convertir a este personaje en una gurú iluminada o, por el contrario, en una impostora destinada a ser desenmascarada. Guillén elige un camino mucho más interesante y, también, mucho más literario. Nunca termina de revelar quién es realmente esa mujer ni qué grado de verdad contienen sus métodos. Prefiere dejar que el lector habite la duda y que se pregunte, junto a Candela, si existen conexiones invisibles capaces de atravesar el tiempo o si todo responde a una necesidad desesperada de encontrar explicaciones.

Esa ambigüedad constituye uno de los mayores aciertos de la novela. Vivimos en una época extraordinariamente polarizada, donde parece obligatorio tomar partido y donde cualquier fenómeno debe clasificarse inmediatamente como verdadero o falso, científico o supersticioso, racional o absurdo. La consteladora se rebela contra esa necesidad de certezas y reivindica el derecho a la incertidumbre, a esa zona gris donde las personas intentan comprenderse a sí mismas utilizando todas las herramientas a su alcance, incluso aquellas cuya eficacia no puede demostrarse.

Hay algo profundamente contemporáneo en esa actitud. Quizá porque el siglo XXI, pese a todos sus avances, continúa siendo una época marcada por la fragilidad emocional y por la sensación de que las respuestas tradicionales ya no resultan suficientes. La ansiedad, la depresión, los conflictos familiares y la búsqueda de sentido forman parte de la experiencia cotidiana de millones de personas, y no resulta extraño que muchas de ellas busquen nuevas narrativas capaces de explicar aquello que sienten.

Guillén observa ese fenómeno sin ironía y sin condescendencia. No juzga a sus personajes por creer o por dudar. Se limita a acompañarlos en su búsqueda, consciente de que las preguntas importantes rara vez admiten una única respuesta.

A medida que la novela avanza, el lector comprende que la verdadera investigación no consiste en descubrir qué ocurrió con Alba ni en desentrañar el funcionamiento de las constelaciones familiares. La auténtica búsqueda tiene que ver con la identidad, con la manera en que construimos el relato de nuestra propia vida y con la posibilidad de reconciliarnos con aquello que no podemos cambiar.

Esta dimensión existencial acerca la novela a una tradición literaria mucho más amplia de lo que podría sugerir su argumento. Porque La consteladora no habla únicamente de maternidad ni de terapias alternativas; habla, sobre todo, de la dificultad de aceptar que existen preguntas sin respuesta y de la tendencia humana a seguir buscándolas aun sabiendo que quizá nunca lleguemos a resolverlas.

Hay autores que utilizan el misterio como una promesa de revelación final y otros que lo entienden como una condición inevitable de la existencia. Guillén pertenece claramente a este segundo grupo. Su novela no pretende disipar todas las sombras. Al contrario, parece sugerir que cierta dosis de incertidumbre resulta imprescindible para seguir viviendo y que las personas necesitamos creer en algo, aunque ese algo no pueda demostrarse.

La escritura acompaña perfectamente esta intención. Guillén posee una prosa elegante, fluida y profundamente emocional, capaz de alternar momentos de gran intensidad íntima con otros en los que el misterio y la tensión narrativa adquieren protagonismo sin que la novela pierda nunca su equilibrio. Hay una sensibilidad especial en su manera de describir las emociones, una voluntad constante de comprender a los personajes antes que de juzgarlos, y eso confiere al relato una calidez poco frecuente en las novelas que abordan temas tan delicados.

Resulta especialmente interesante la manera en que la autora evita cualquier tentación dogmática. No escribe para convencer al lector de las bondades de las constelaciones familiares ni para desacreditarlas. Escribe para hablar del dolor y de las estrategias, a veces racionales y a veces no tanto, que los seres humanos desarrollamos para convivir con él. Y esa decisión convierte la novela en algo mucho más universal.

Porque todos, en algún momento de nuestra vida, hemos sospechado que arrastramos cargas que no nos pertenecen del todo, que ciertos miedos proceden de lugares desconocidos y que las heridas familiares poseen una capacidad extraordinaria para prolongarse en el tiempo. Todos hemos intentado, también, encontrar un relato que explique esas sensaciones y nos permita seguir adelante.

La consteladora habla precisamente de esa necesidad de sentido. De esa obstinación humana por buscar conexiones incluso allí donde quizá no existan. Y lo hace sin burlarse de quienes creen ni despreciar a quienes dudan, consciente de que ambas posiciones nacen de la misma fragilidad y del mismo deseo de comprender.
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Al cerrar la novela, permanece una sensación extraña y hermosa, la impresión de haber acompañado a unos personajes que no buscan alcanzar la felicidad ni descubrir una verdad absoluta, sino aprender a convivir con sus pérdidas y con sus incertidumbres. Quizá esa sea la mayor virtud del libro: recordarnos que la vida rara vez ofrece respuestas definitivas y que, en ocasiones, la única forma posible de seguir adelante consiste en aceptar que algunas heridas nunca terminan de cerrarse, aunque aprendamos a mirarlas desde un lugar menos doloroso.

Sònia Guillén ha escrito una novela sobre los vínculos invisibles que unen a las personas, pero también sobre el valor de las preguntas y sobre esa necesidad profundamente humana de encontrar significado allí donde la razón se detiene. Y en tiempos tan obsesionados con las certezas como los nuestros, no deja de ser una forma muy hermosa de rebeldía.

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