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Por Violant Muñoz i Genovés
Evelio Rosero convierte una misión religiosa en el corazón de la selva en una fábula feroz sobre la conquista interminable de América Latina. Frailes, monjas, militares, indígenas, petróleo, misticismo, deseo y codicia confluyen en una novela deliberadamente excesiva en la que la comicidad grotesca termina desembocando en la barbarie, mientras la naturaleza contempla cómo los hombres vuelven a representar, cinco siglos después, una historia que nunca parece haber terminado. La conquista de América terminó hace siglos, salvo por el pequeño inconveniente de que nunca ha terminado del todo. Cambiaron los barcos por helicópteros, las armaduras por uniformes militares, las encomiendas por concesiones empresariales y la obsesión por el oro adquirió nombres más contemporáneos, desde el petróleo hasta los minerales estratégicos, pero la convicción de que un territorio puede ser declarado disponible porque quienes lo habitan no responden a la idea de progreso de quienes llegan desde fuera ha demostrado una resistencia histórica extraordinaria. Sobre esa continuidad, mucho más incómoda que cualquier conmemoración del pasado, construye Evelio Rosero Lluvia de frailes en la selva, una novela que se interna en la tradición literaria de la selva latinoamericana para deformarla mediante el humor negro, la sátira política, el misticismo y una imaginación desbordada que convierte una misión evangelizadora en representación grotesca de cinco siglos de violencia. La premisa posee ya la suficiente extravagancia como para anunciar el tono de la novela. Mardoqueo Vanín y otros doce frailes reciben la misión de internarse en el territorio de los indios Uao con el propósito de convertirlos en Hijos de Dios y evitar así que sean exterminados por las fuerzas militares. Los acompañan cuatro guías y cuatro monjas novatas en esta clase de expediciones, componiendo una comitiva cuya fragilidad resulta casi cómica frente a una selva que Rosero presenta como una presencia inmensa, palpitante e indiferente a las pretensiones de quienes llegan dispuestos a organizarla. Sobre la expedición gravitan, además, los planes del general Máximo Agrícola, personaje cuyo nombre contiene ya algo de la grandilocuencia esperpéntica que recorre el libro y alrededor del cual la misión espiritual comienza a mostrar las verdaderas dimensiones políticas y económicas del proyecto que amenaza a los Uao. El planteamiento inicial contiene una contradicción moral de una eficacia formidable, porque los religiosos han acudido a salvar a una comunidad indígena, pero esa salvación exige previamente que quienes deben ser salvados acepten dejar de ser exactamente quienes son. No basta con impedir que los maten: deberán convertirse en Hijos de Dios para adquirir el derecho a permanecer vivos. La violencia, por tanto, comienza mucho antes de que aparezcan los fusiles, instalada en la propia gramática de una misión que considera legítimo transformar cultural y espiritualmente al otro para protegerlo de una amenaza todavía mayor. Rosero encuentra en esta paradoja uno de los motores de la novela y evita que la evangelización funcione únicamente como decorado histórico, porque la convierte en una pregunta acerca de los mecanismos mediante los cuales el poder transforma una imposición en un supuesto acto de generosidad. El procedimiento conecta Lluvia de frailes en la selva con una de las obsesiones fundamentales de la obra de Rosero, que ha encontrado en la distancia entre los discursos oficiales y la experiencia concreta de los individuos uno de sus territorios literarios más fértiles. En Los ejércitos, la guerra colombiana perdía cualquier retórica heroica cuando era contemplada desde quienes tenían que padecerla sin comprender siquiera qué bando controlaba momentáneamente su pueblo; en La carroza de Bolívar, la solemnidad de la Historia nacional quedaba sometida a una operación de desmontaje mediante la sátira y la irreverencia. En esta nueva novela confluyen ambos impulsos, porque Rosero vuelve a interesarse por la violencia ejercida sobre quienes quedan atrapados entre poderes superiores y, simultáneamente, por los relatos que esos poderes fabrican para legitimar sus acciones. No es casual que sobre esta expedición contemporánea planee la memoria de 1492, porque la novela trabaja la conquista como una especie de palimpsesto donde debajo de cada gesto moderno puede adivinarse otro mucho más antiguo. La Historia no se repite exactamente, pero posee una inquietante capacidad para conservar sus estructuras mientras modifica sus apariencias, y Rosero aprovecha esa persistencia para construir una sátira en la que el conquistador no necesita ya declararse conquistador. Puede presentarse como evangelizador, militar, empresario o agente del progreso, siempre que conserve la prerrogativa fundamental que define cualquier empresa colonial: decidir qué debe hacerse con una tierra y con las personas que la habitan sin considerar que esas personas posean el mismo derecho a decidir. La selva constituye el espacio ideal para desarrollar esa tensión porque Rosero se incorpora conscientemente a una de las tradiciones más poderosas de la literatura latinoamericana, aunque evita limitarse a reproducir sus convenciones. Desde La vorágine, de José Eustasio Rivera, la selva ha funcionado como escenario donde la presunta superioridad de la civilización empieza a descomponerse y donde el individuo procedente del mundo urbano descubre la precariedad de las categorías con las que pretendía ordenar la realidad. Rosero recoge parte de esa herencia, pero introduce una inversión particularmente significativa: aquí la selva no representa la barbarie que amenaza al hombre civilizado, sino el territorio sobre el que la civilización proyecta su propia barbarie. Esa inversión constituye una de las ideas más fecundas de Lluvia de frailes en la selva. Los religiosos llegan convencidos de que poseen un conocimiento esencial que deben transmitir, pero apenas saben desenvolverse en el territorio donde pretenden ejercer su autoridad espiritual; los militares representan el orden y terminan asociados a una violencia que convierte ese orden en amenaza; los intereses económicos hablan implícitamente el idioma del desarrollo mientras su avance supone la destrucción de aquello que encuentran. Rosero consigue así que conceptos tradicionalmente presentados como opuestos —civilización y barbarie, salvación y condena, progreso y destrucción— empiecen a intercambiar posiciones hasta que el lector termina desconfiando de cualquiera que pretenda definirlos desde una situación de poder. La naturaleza participa activamente en ese desplazamiento. No estamos ante una selva utilizada como decorado exótico para proporcionar aventura a unos personajes occidentales, sino ante una presencia narrativa cuya escala reduce a los expedicionarios a la insignificancia. El calor, la humedad, los animales, la espesura, el agua y la vegetación componen un mundo que existía mucho antes de la llegada de los frailes y que no necesita de ellos para adquirir significado. Frente a esa exuberancia, las pretensiones humanas resultan simultáneamente ridículas y peligrosas, porque precisamente quienes menos comprenden el territorio son quienes llegan convencidos de poseer el derecho a administrarlo. Rosero construye además una selva literaria antes que cartográfica, alimentada por una memoria personal del Amazonas y del Putumayo, pero transformada mediante la ficción hasta adquirir una autonomía que le permite representar muchos territorios a la vez. Esta libertad resulta decisiva para el funcionamiento alegórico del libro, porque evita que los Uao y su espacio queden reducidos a una reconstrucción antropológica concreta y permite que la selva adquiera una dimensión casi mítica. Puede ser un lugar de América y, simultáneamente, la representación de una América sobre la que diferentes poderes han proyectado durante siglos sus fantasías de riqueza, salvación y dominio. La exuberancia del paisaje encuentra su correspondencia en una prosa que parece negarse a aceptar la contención como virtud absoluta. Rosero escribe desde la acumulación, la deformación, la sensualidad y una potencia visual que convierte determinados episodios en escenas próximas al delirio, como si el lenguaje tuviera que contaminarse de la misma proliferación que gobierna la naturaleza. El resultado se aleja de la sobriedad de otras zonas de su narrativa y abraza una forma de barroquismo que encaja con el carácter excesivo del universo representado. Hay algo carnavalesco en esta expedición de religiosos enfrentados a sus cuerpos, a sus miedos, a sus deseos y a la incapacidad de conservar intacta la dignidad institucional cuando la selva comienza a imponer sus propias reglas. El humor negro desempeña en ese mecanismo una función mucho más importante que la de proporcionar alivio cómico. Rosero conoce bien la capacidad de la risa para desactivar la solemnidad del poder y utiliza lo grotesco para reducir momentáneamente las instituciones a la escala de los individuos que las representan. Un fraile puede proclamar verdades eternas y, al mismo tiempo, sufrir las necesidades más elementales de cualquier cuerpo; un militar puede envolverse en una retórica grandiosa y seguir siendo un hombre gobernado por la ambición; una misión supuestamente trascendente puede adquirir la apariencia de una comitiva absurda cuando se enfrenta con la realidad física de la selva. El problema, y ahí comienza a oscurecerse progresivamente la novela, es que el ridículo no vuelve inofensivo al poder. Un hombre grotesco puede seguir dando órdenes y un fanático risible puede continuar legitimando la muerte. De esta convivencia entre comicidad y amenaza surge buena parte de la singularidad tonal del libro. Rosero no permite que el lector se instale cómodamente en la tragedia ni tampoco en la sátira, porque desplaza continuamente la frontera entre ambas. La expedición puede provocar risa mientras todavía parece una aventura protagonizada por religiosos minúsculos ante una naturaleza desmesurada, pero el avance de los planes de Máximo Agrícola modifica progresivamente el significado de esa comicidad. Lo que parecía disparate empieza a revelar una estructura perfectamente racional de intereses económicos y militares, y la risa adquiere entonces una incomodidad retrospectiva, como si hubiéramos descubierto demasiado tarde que detrás de la farsa se preparaba una ejecución. La presencia del petróleo resulta fundamental para que la alegoría histórica abandone cualquier tentación arqueológica. Rosero no está interesado únicamente en denunciar una conquista sucedida hace quinientos años, porque eso permitiría al lector contemporáneo contemplar la violencia desde una tranquilizadora superioridad moral. La novela señala que el oro ha cambiado de forma, pero no necesariamente la lógica que organiza su búsqueda. Allí donde el subsuelo contiene algo susceptible de convertirse en riqueza, quienes viven sobre él pueden transformarse de repente en un inconveniente administrativo, un obstáculo para el desarrollo o una población cuya presencia debe ser negociada, desplazada o eliminada. La pregunta que atraviesa el libro resulta entonces tan sencilla como brutal: ¿qué ocurre cuando aquello que existe debajo de una tierra vale más, para quienes poseen el poder, que las personas que viven encima de ella? La respuesta conecta la antigua conquista con las economías extractivas contemporáneas y permite que Lluvia de frailes en la selva establezca una continuidad histórica sin necesidad de afirmar que todas las formas de dominación sean idénticas. Lo que permanece es una determinada relación con el territorio, entendido no como lugar habitado y dotado de significado, sino como depósito de recursos pendientes de apropiación. La selva representa justamente aquello que esa mentalidad no sabe comprender, porque posee un valor que no depende de su conversión en mercancía. Desde la lógica extractiva, un bosque intacto puede interpretarse como riqueza todavía no utilizada; desde la perspectiva que atraviesa la novela, su existencia constituye precisamente aquello que está siendo destruido. Rosero vincula de este modo la violencia ejercida contra los Uao con la devastación del territorio sin convertir la narración en un manifiesto ecologista, mostrando que ambas proceden de una misma concepción instrumental del mundo, aquella según la cual las vidas, las culturas y los ecosistemas adquieren valor únicamente cuando pueden ser integrados en el proyecto de quienes poseen la fuerza suficiente para imponerlo. También la religión queda sometida a esa mirada corrosiva, aunque sería simplificador reducir el libro a una sátira anticlerical. Los frailes son personajes atravesados por contradicciones y la novela permite que algunos de ellos crean sinceramente en la necesidad de la misión, circunstancia que vuelve el conflicto moral mucho más interesante. La Historia no necesita estar poblada exclusivamente por individuos perversos para producir atrocidades; con frecuencia le basta con personas convencidas de estar haciendo el bien dentro de estructuras cuyas consecuencias no desean o no saben contemplar. La buena intención puede convivir con el paternalismo, la compasión con la imposición y el deseo de salvar una vida con la incapacidad de aceptar que esa vida posea una concepción del mundo diferente. Ahí aparece uno de los asuntos más delicados del libro: la mirada sobre el otro. Toda narración acerca de comunidades indígenas escrita desde fuera corre el riesgo de reproducir aquello que pretende cuestionar, convirtiendo al indígena en figura exótica, símbolo de pureza o simple instrumento de una alegoría occidental. Rosero intenta desplazar esa mirada haciendo que buena parte de la extrañeza recaiga sobre los invasores. Los seres desubicados son los frailes, las monjas, los militares y los representantes de un mundo que entra en la selva cargado de certezas cuya lógica empieza a resultar absurda cuando se contempla desde un territorio que no las comparte. Este desplazamiento posee una importancia mayor de la que podría parecer, porque cuestiona la propia idea del descubrimiento sobre la que se edificó durante siglos buena parte del relato colonial. La selva no empieza a existir cuando alguien procedente de la civilización entra en ella, del mismo modo que los Uao no necesitaban ser encontrados para poseer una historia. El explorador descubre únicamente aquello que ignoraba, aunque después la retórica de la conquista transforme su desconocimiento personal en inexistencia previa del territorio descubierto. Rosero juega con esa arrogancia y la proyecta sobre una expedición cuyos integrantes van descubriendo, a medida que avanzan, la dimensión de todo cuanto desconocen. La dimensión corporal de los religiosos contribuye igualmente a desmontar las jerarquías. En Lluvia de frailes en la selva la espiritualidad convive constantemente con el deseo, el miedo, el hambre y la lujuria, de manera que los representantes de lo trascendente nunca consiguen desprenderse completamente de la carne. La estrategia enlaza con una larga tradición carnavalesca que rebaja aquello que se presenta como sublime hasta devolverlo al cuerpo, aunque Rosero no parece interesado en negar por ello toda posibilidad de misticismo. Lo que cuestiona es la pretensión de determinadas instituciones de poseer el monopolio sobre lo sagrado y, especialmente, de considerar que ese monopolio concede autoridad para intervenir sobre las creencias de otros pueblos. La pregunta acerca de quién puede nombrar a Dios se confunde entonces con la pregunta acerca de quién puede nombrar la realidad. El colonizador posee poder no solamente porque dispone de armas, sino porque consigue imponer las palabras mediante las cuales será descrito aquello que encuentra. Una religión diferente puede convertirse en superstición, una organización social ajena puede llamarse atraso, una relación no extractiva con el territorio puede interpretarse como improductividad y una resistencia frente a la invasión puede definirse como salvajismo. Antes de transformar materialmente el mundo resulta necesario imponerle un vocabulario, y Rosero entiende que una parte decisiva de la conquista se produce precisamente en ese terreno. Por eso el general Máximo Agrícola funciona menos como retrato psicológico minucioso que como condensación de una determinada lógica del poder. Su grandilocuencia, su ambición y los planes que gravitan alrededor de la expedición introducen una dimensión casi esperpéntica que permite a Rosero exagerar sin abandonar completamente la realidad. América Latina posee una historia suficientemente abundante en dictadores extravagantes, militares mesiánicos, empresarios visionarios y caudillos convencidos de encarnar el destino nacional como para que la caricatura encuentre siempre algún parentesco inquietante con los hechos. La exageración literaria no necesita inventar demasiado cuando la propia Historia ha competido durante décadas con la imaginación de los novelistas. En este sentido, Lluvia de frailes en la selva pertenece a una tradición latinoamericana que ha comprendido que determinados excesos del poder se representan mejor mediante la deformación que mediante un realismo estrictamente mimético. Rosero no reproduce el lenguaje del realismo mágico ni parece interesado en regresar nostálgicamente a sus procedimientos, pero comparte con algunas de sus grandes obras la intuición de que la frontera entre lo increíble y lo histórico resulta especialmente frágil en un continente donde lo absurdo ha formado parte habitual de la vida política. Su estrategia consiste en llevar la realidad hasta el límite de la fábula para descubrir que, una vez allí, continúa siendo reconocible. La novela paga ocasionalmente el precio de esa apuesta por la exuberancia. La acumulación de personajes, episodios y situaciones puede producir una cierta saturación, mientras la vocación alegórica amenaza en determinados momentos con imponerse sobre la complejidad individual de algunas figuras. No estamos ante una narración que busque la precisión minimalista ni la construcción psicológica minuciosa de todos sus integrantes, sino ante una obra que necesita el movimiento de conjunto, el ruido de la comitiva y la proliferación de voces para levantar su carnaval selvático. Esa desmesura podrá resultar fascinante o agotadora según la disposición del lector, pero difícilmente puede considerarse accidental, porque forma parte de una poética que pretende reproducir mediante el lenguaje el mismo exceso que gobierna el espacio narrado. Cuando la novela alcanza sus mejores momentos, esa exuberancia deja de ser únicamente una característica estilística y adquiere una función moral. La selva rebosa vida mientras los hombres llegan para administrarla; el lenguaje prolifera mientras el poder intenta reducir la realidad a categorías manejables; los cuerpos desean, enferman y temen mientras las instituciones pretenden convertirlos en piezas de proyectos políticos, religiosos o económicos. Frente a las abstracciones de la conquista, Rosero opone una materialidad casi obscena que recuerda constantemente que detrás de palabras como evangelización, desarrollo, seguridad o progreso existen personas concretas sobre las que recaen sus consecuencias. A medida que la expedición avanza y se hacen visibles los planes ocultos que rodean a los Uao, la selva adquiere además la condición de víctima. La violencia deja de dirigirse exclusivamente contra quienes la habitan y alcanza al propio territorio, mostrando que la destrucción de una comunidad y la destrucción de su ecosistema pueden ser procesos inseparables. Una cultura vinculada durante generaciones a un espacio determinado no sobrevive intacta si ese espacio desaparece, y la explotación económica puede conseguir mediante la transformación ambiental aquello que antes buscaba directamente la violencia militar: volver imposible una forma de vida. La contemporaneidad de esta cuestión proporciona al libro una resonancia que va mucho más allá de la peripecia. Rosero escribe sobre una América donde las disputas por la tierra, los recursos naturales y los territorios indígenas siguen formando parte del presente, pero evita convertir la novela en una trasposición directa de un conflicto político concreto. Su selva inventada le permite ampliar el foco hasta convertir la historia de los Uao en una interrogación sobre una lógica que atraviesa diferentes países y períodos históricos, aquella que considera determinadas zonas periféricas como espacios disponibles para proyectos concebidos desde centros de poder muy alejados de quienes sufrirán sus consecuencias. Es aquí donde la aparente extravagancia del título adquiere toda su pertinencia. Esa lluvia de frailes posee algo de invasión absurda, como si el cielo hubiera dejado caer sobre la selva unos cuerpos que no pertenecen a ella y que, sin embargo, llegan investidos de autoridad para transformarla. La imagen resume el carácter tragicómico de una novela donde quienes vienen a salvar pueden convertirse en parte del peligro y donde la salvación misma debe ser sometida a sospecha cada vez que alguien la ofrece sin haber preguntado previamente al supuesto beneficiario si desea recibirla. Rosero no proporciona una lectura confortable de esa contradicción porque sabe que la literatura pierde buena parte de su fuerza cuando se limita a confirmar aquello que el lector ya estaba dispuesto a pensar. La institución religiosa puede ser objeto de una sátira feroz sin que todos los religiosos sean idénticos; la civilización occidental puede aparecer asociada a la devastación sin que la comunidad indígena tenga que ser convertida por ello en representación idealizada de una inocencia primordial; la naturaleza puede adquirir una dimensión casi sagrada sin transformarse en un paraíso amable. La selva continúa siendo peligrosa, inhóspita y capaz de matar, pero su violencia pertenece a un orden distinto de aquella que los hombres ejercen después de elaborar discursos destinados a justificarla. Esa diferencia termina siendo fundamental. La naturaleza no necesita explicar moralmente por qué existe, mientras el poder humano produce incesantemente relatos que presentan sus intereses particulares como necesidades universales. Los conquistadores llevaban la verdadera fe, los imperios extendían la civilización, los Estados garantizan el orden y las empresas generan progreso; detrás de esas afirmaciones puede haber convicciones sinceras, pero también existe siempre la posibilidad de que funcionen como una cortina verbal destinada a ocultar quién obtiene finalmente el beneficio y quién paga su precio. Lluvia de frailes en la selva encuentra su mayor fuerza precisamente cuando consigue que esas preguntas emerjan de la propia ficción sin convertir a los personajes en simples portavoces de una tesis. La aventura, el humor negro, la sensualidad y el delirio sostienen una narración cuya dimensión política se vuelve progresivamente más visible, hasta que aquello que comenzó como una expedición casi carnavalesca revela la maquinaria de violencia que estaba funcionando detrás del escenario. El tránsito desde la risa hacia el espanto está cuidadosamente inscrito en la estructura moral de la novela, porque obliga a reconocer que el absurdo no constituye necesariamente lo contrario de la barbarie y que, en determinadas circunstancias, puede ser una de sus formas más eficaces. A sus casi siete décadas de vida, Evelio Rosero escribe desde una libertad narrativa que parece poco interesada en obedecer expectativas de género o contención estilística. Hay algo deliberadamente indócil en este libro, una voluntad de mezclar registros, permitir que la imaginación desborde la verosimilitud convencional y aceptar que la sátira pueda convivir con el horror sin que ninguna de las dos dimensiones anule a la otra. Esa libertad produce una novela desigual en el sentido más fértil del término, porque no todas sus páginas buscan exactamente lo mismo ni avanzan con idéntica intensidad, pero también una obra difícil de domesticar dentro de una fórmula reconocible. Quizá por eso su imagen más persistente no sea la de los religiosos ni la de los militares, sino la de la propia selva observando la llegada de otra expedición convencida de que esta vez sí sabe qué hacer con ella. Durante cinco siglos han desembarcado en América hombres seguros de poseer una explicación definitiva para el territorio y sus habitantes, y cada generación ha encontrado un nuevo vocabulario para presentar como inevitable aquello que respondía a intereses perfectamente concretos. Rosero contempla esa repetición con la mezcla de indignación y humor que caracteriza sus mejores páginas, consciente de que la solemnidad puede convertirse en aliada del poder y de que, en ocasiones, la única manera de mostrar la monstruosidad de una idea consiste en llevar su lógica hasta el ridículo. De ahí que Lluvia de frailes en la selva termine siendo mucho más que una novela sobre una misión evangelizadora o una nueva incursión literaria en el imaginario amazónico. Es una fábula sobre la arrogancia de quienes confunden poder con razón, sobre la facilidad con que la violencia aprende a presentarse como protección y sobre una concepción del progreso que continúa midiendo el valor de los territorios por aquello que puede extraerse de ellos. También es una novela acerca de la capacidad de la Historia para disfrazarse de novedad mientras reproduce antiguas jerarquías y de la dificultad de distinguir entre salvación y conquista cuando ambas llegan acompañadas por quienes ya han decidido cuál debe ser el futuro de los demás. Al cerrar el libro queda la impresión de que Rosero no ha escrito tanto sobre una selva amenazada como sobre nuestra incapacidad para contemplar un lugar sin preguntarnos inmediatamente para qué puede servirnos. Los Uao, los frailes, las monjas y los hombres de Máximo Agrícola quedan atrapados en una maquinaria cuyo origen se remonta mucho más atrás que cualquiera de ellos, mientras el bosque permanece como testigo de las sucesivas formas que adopta la codicia. La ironía final es tan amarga como coherente con toda la novela: después de siglos enviando conquistadores, evangelizadores, militares y empresarios para salvar, civilizar o desarrollar aquello que supuestamente no sabía hacerlo por sí mismo, quizá la gran lección que la selva podría ofrecer a quienes llegan hasta ella consista precisamente en demostrarles que nunca fue ella la que necesitaba ser civilizada.
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