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Por Violant Muñoz i Genovés
Las ciudades envejecen de maneras muy distintas. Algunas derriban sus cicatrices, otras las exhiben con orgullo y unas pocas, quizá las más fascinantes, aprenden a esconderlas bajo una apariencia de normalidad, como si el paso del tiempo hubiera sellado para siempre aquello que ocurrió entre sus calles. Madrid pertenece a esta última categoría. Uno puede atravesar la Plaza Mayor sin sospechar que allí convivieron verdugos y mercaderes, puede pasear por la calle Mayor ignorando las historias que se imprimieron entre sus muros o entrar en la Biblioteca Nacional creyendo que los libros son únicamente objetos ordenados sobre estanterías, cuando en realidad algunos de ellos parecen conservar todavía el eco de quienes los escribieron y de quienes intentaron hacerlos desaparecer. Jaime Rodríguez parte de esa intuición, la de una ciudad cuya memoria permanece incompleta y cuyos secretos continúan esperando a alguien dispuesto a descifrarlos, para construir en El libro de Miguel una novela que combina la intriga histórica con la pasión por la literatura y que convierte la búsqueda de un manuscrito perdido en una reflexión sobre el miedo que siempre han inspirado las palabras. La historia comienza con una escena que posee la contundencia de las grandes aperturas narrativas y la capacidad de instalar una pregunta en la mente del lector desde la primera página. En la azotea de la Torre de Madrid, un hombre herido y presa de una extraña agitación se acerca a Jota, un escritor madrileño atrapado en una crisis creativa y emocional, y pronuncia una frase cuyo sentido parece imposible de descifrar: «Hay un libro antes del libro». Instantes después se arroja al vacío y convierte esa declaración en el punto de partida de una investigación que pronto desbordará cualquier explicación razonable. Jota no es un héroe al uso. No posee habilidades extraordinarias ni un talento especial para resolver enigmas. Es un hombre cansado, ligeramente irónico, con más dudas que certezas y con una relación ambigua tanto con la escritura como con la ciudad en la que vive. Quizá por eso resulta tan convincente como protagonista, porque el lector reconoce en él a alguien que se enfrenta a un misterio sin disponer de las herramientas necesarias para comprenderlo y que, sin embargo, decide seguir adelante movido por una mezcla de curiosidad, miedo y obstinación. Esa búsqueda adquiere una nueva dimensión con la aparición de Clara, bibliotecaria de la Biblioteca Nacional y auténtica brújula intelectual de la novela. Jaime Rodríguez tiene la inteligencia de no convertirla en un simple interés amoroso ni en una secundaria brillante destinada a complementar al protagonista, sino en una figura decisiva cuya pasión por los libros y cuya capacidad para interpretar símbolos y rastrear conexiones impulsan buena parte de la investigación. Entre ambos se establece una relación basada en la admiración mutua y en la complicidad, una relación que crece al mismo ritmo que el peligro y que evita los lugares comunes del thriller contemporáneo. Sin embargo, aunque Jota y Clara conduzcan la acción, el verdadero protagonista de la novela es Madrid, una ciudad que Jaime Rodríguez retrata con un afecto evidente y con un conocimiento que va mucho más allá de la documentación. El suyo no es el Madrid monumental de las postales ni el Madrid apresurado de las oficinas, sino un espacio lleno de resonancias históricas, de rincones olvidados y de edificios que parecen esconder secretos bajo cada piedra. Hay algo profundamente seductor en la manera en que el autor convierte la ciudad en un tablero de juego. La Plaza Mayor deja de ser un lugar turístico para recuperar ecos de su pasado más oscuro; la calle Mayor aparece como una arteria por la que ha circulado la historia de España; San Antonio de los Alemanes y la Casa de los Portugueses se transforman en escenarios casi fantasmales; y la Biblioteca Nacional adquiere una dimensión legendaria, como si cada uno de sus pasillos pudiera conducir a un descubrimiento capaz de alterar nuestra comprensión del pasado. Ese amor por Madrid constituye una de las grandes virtudes del libro porque no responde a una voluntad exhibicionista ni a un deseo de impresionar al lector con datos históricos, sino a una convicción mucho más íntima: la de que las ciudades son organismos vivos que conservan en silencio las historias de quienes las habitaron y que, en ocasiones, permiten que esas historias regresen. La investigación emprendida por Jota y Clara conduce precisamente hacia uno de esos regresos, el de Miguel, joven escribiente del siglo XVI cuya vida ocupa la segunda gran línea argumental de la novela y cuya existencia dota al relato de una profundidad inesperada. Miguel trabaja en la corte de Felipe II copiando y embelleciendo documentos oficiales, una labor que al principio contempla como una oportunidad y que poco a poco se transforma en una experiencia insoportable cuando descubre la naturaleza de aquello que transcribe. Los papeles que pasan por sus manos contienen confesiones obtenidas mediante tortura, procesos inquisitoriales y testimonios de una violencia ejercida en nombre del orden y de la fe. La escritura, que hasta entonces había sido para él una herramienta de aprendizaje y ascenso social, se convierte en un instrumento al servicio del horror. Rodríguez narra esa transformación con una sensibilidad especial, evitando el dramatismo excesivo y apostando por un proceso lento, casi doloroso, en el que Miguel toma conciencia de que la neutralidad es imposible y de que copiar una mentira también implica participar de ella. El descubrimiento de esa responsabilidad moral constituye uno de los momentos más interesantes de la novela, porque obliga al personaje a elegir entre la obediencia y la verdad, entre la seguridad y la necesidad de denunciar aquello que presencia. De esa tensión nace el manuscrito secreto que da origen a toda la trama, una obra escrita clandestinamente para revelar los abusos de la Inquisición y para mostrar aquello que las instituciones desean mantener oculto. Jaime Rodríguez imagina así la existencia de un libro anterior a ciertos hitos de nuestra literatura, un texto incómodo y revolucionario cuya aparición habría alterado el relato oficial sobre el Siglo de Oro y sobre algunos de los episodios más oscuros de la historia española. La hipótesis posee una enorme fuerza literaria porque no pretende competir con la historia real ni corregirla, sino explorar una pregunta mucho más sugestiva: qué ocurre cuando una obra amenaza con decir aquello que nadie quiere escuchar. La respuesta atraviesa toda la novela y adopta múltiples formas, desde la persecución abierta hasta el silencio impuesto, desde la destrucción física de los textos hasta la manipulación de la memoria colectiva. Es aquí donde aparece la Custodia, organización heredera de la Inquisición cuya misión consiste en impedir que el manuscrito salga a la luz y que representa una idea tan antigua como vigente: la de que el poder necesita controlar los relatos para perpetuarse. Frente a ella se alza la familia Folguera, impresores encargados de custodiar el libro durante generaciones y convertidos, casi sin proponérselo, en símbolos de la resistencia cultural. La oposición entre ambos mundos podría haber derivado hacia el maniqueísmo, pero Jaime Rodríguez consigue sostenerla gracias a una convicción sincera en el valor de la literatura y en la importancia de quienes la preservan. Hay en estas páginas una fe absoluta en los libros, una confianza casi romántica en su capacidad para atravesar los siglos y para sobrevivir a las persecuciones, a las guerras y a los fanatismos. Esa confianza impregna toda la novela y le otorga una dimensión emocional que va mucho más allá de la intriga. Porque El libro de Miguel no habla únicamente de un manuscrito desaparecido ni de una conspiración centenaria, sino del acto de escribir como forma de resistencia, de la lectura como ejercicio de libertad y de la memoria como territorio en disputa. En tiempos dominados por la velocidad y por la fugacidad, Jaime Rodríguez reivindica la lentitud del libro, la paciencia de quienes conservan historias y la necesidad de volver la vista hacia aquello que otros intentaron borrar. Lo hace además sin solemnidad excesiva y sin renunciar al placer del entretenimiento, construyendo una novela ágil y absorbente que encuentra en el amor por la literatura su principal motor. Al terminar sus páginas permanece una sensación extraña y profundamente agradable, la sospecha de que quizá las bibliotecas no sean lugares tranquilos sino espacios donde duermen secretos esperando a despertar, de que las ciudades esconden historias que todavía no han sido contadas y de que los libros, incluso aquellos que nunca existieron, poseen una capacidad infinita para modificar nuestra mirada sobre el mundo, porque las palabras, cuando nacen de la necesidad de decir la verdad y encuentran a alguien dispuesto a escucharlas, terminan siempre encontrando el camino de regreso.
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