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Por Violant Muñoz i Genovés
Hubo un tiempo en que la ciencia ficción imaginaba el futuro como una promesa. Después llegó otro en que empezó a contemplarlo como una amenaza. Gabriela Damián Miravete parece escribir desde un lugar distinto y mucho más incómodo, porque en Soñarán en el jardín el porvenir no es ninguna de esas dos cosas sino un territorio en disputa, un espacio todavía abierto donde la imaginación se convierte en la última herramienta política y donde recordar puede resultar más revolucionario que inventar una máquina imposible. No es casualidad que estos doce relatos estén atravesados por la violencia y, al mismo tiempo, por una extraña esperanza. La autora conoce demasiado bien el país del que escribe para permitirse ingenuidades. México aparece aquí no como una geografía concreta sino como una herida abierta, un lugar donde las mujeres desaparecen, donde la injusticia se transmite como una enfermedad hereditaria y donde las estructuras de poder han aprendido a convivir con el horror sin experimentar la menor incomodidad moral. Sin embargo, Gabriela Damián Miravete se niega a concederle la última palabra a la desesperación y convierte cada uno de sus cuentos en una pequeña insurrección contra la idea de que el futuro está condenado a parecerse al presente. Hay escritores que utilizan lo fantástico para escapar del mundo y otros que lo emplean para entenderlo mejor. Gabriela Damián Miravete pertenece a esta segunda tradición y quizá por ello sus relatos producen una sensación tan extraña: mientras leemos sobre tecnologías improbables, conjuros, animales que parecen custodiar secretos ancestrales o sociedades apenas esbozadas, tenemos la impresión de estar leyendo sobre nosotros mismos y sobre nuestros miedos más inmediatos. Esa es, probablemente, la mayor virtud de Soñarán en el jardín: su capacidad para hacernos sentir que el mañana ya está aquí, que los monstruos no habitan otros planetas y que las utopías, si existen, deberán construirse con los materiales imperfectos del presente. Durante años, la ciencia ficción latinoamericana fue tratada como una rareza, como un apéndice exótico de una tradición dominada por nombres anglosajones y preocupaciones ajenas. Mientras Europa imaginaba futuros tecnológicos y Estados Unidos soñaba con colonizar galaxias lejanas, América Latina parecía condenada a escribir sobre su pasado, sobre sus revoluciones fracasadas o sobre las cicatrices del colonialismo. Pero bastó que una generación de escritoras decidiera apropiarse del género para demostrar hasta qué punto aquella división era absurda. Gabriela Damián Miravete forma parte de esa corriente que ha entendido que la especulación es también una forma de memoria y que imaginar otros mundos implica necesariamente cuestionar el que habitamos. Lo extraordinario es que lo hace sin grandilocuencia y sin necesidad de levantar la voz. Sus cuentos poseen una delicadeza engañosa. Bajo la aparente sencillez de la prosa late una maquinaria narrativa extraordinariamente precisa, capaz de deslizarse del realismo al horror, de la ciencia ficción al relato histórico o de la distopía al cuento de hadas sin que el lector perciba el momento exacto en el que ha abandonado un territorio para entrar en otro. Esa fluidez no es fruto del azar sino de una comprensión profunda de los géneros, a los que la autora se acerca sin reverencia y sin complejos, como quien utiliza distintas herramientas para desmontar una misma estructura de poder. Porque todos los relatos, de una manera u otra, hablan de eso: del poder y de quienes quedan fuera de él. Hablan de mujeres que se organizan para sobrevivir en un mundo hostil, de cuerpos convertidos en territorio político, de comunidades que intentan reconstruirse después de la catástrofe y de seres que se niegan a aceptar el papel secundario que la historia les ha reservado. Pero sería injusto reducir el libro a una lectura militante, porque la autora nunca convierte a sus personajes en portavoces de una tesis ni a sus historias en meros artefactos ideológicos. Hay ideas, muchas y poderosas, pero antes que eso hay literatura, hay personajes vivos y hay una imaginación capaz de encontrar belleza incluso en medio del desastre. Resulta fascinante observar cómo Gabriela Damián Miravete subvierte algunas de las convenciones más arraigadas del género fantástico. Allí donde otros escritores describen paisajes arrasados, ella planta jardines. Donde otros levantan imperios tecnológicos, ella imagina redes de cuidados. Donde otros sitúan al ser humano en el centro del universo, ella desplaza la mirada hacia los animales, las plantas o los ecosistemas enteros, como si quisiera recordarnos que nuestra especie no es la culminación de nada y que quizá haya llegado el momento de abandonar esa arrogancia que nos ha acompañado durante siglos. Las flores aparecen una y otra vez en estos cuentos, pero no como adornos ni como símbolos de fragilidad. Son organismos resistentes, formas de vida capaces de abrirse paso entre las ruinas y de reclamar su espacio allí donde parecía imposible que sobreviviera algo. Los gatos, el agua, las montañas o los árboles desempeñan una función semejante. No son elementos decorativos del paisaje sino presencias activas, personajes silenciosos que participan de la trama y cuestionan la antigua jerarquía que situaba al hombre por encima de todo cuanto le rodeaba. Hay una profunda conciencia ecológica en el libro, aunque sería un error entenderla como una simple preocupación medioambiental. La autora no escribe sobre la naturaleza desde la nostalgia de un paraíso perdido ni desde el miedo al colapso, sino desde la convicción de que necesitamos imaginar una forma distinta de relacionarnos con el mundo. En ese sentido, Soñarán en el jardín no es un libro pesimista. Todo lo contrario. Es un libro que se rebela contra la desesperanza y que se atreve a formular una pregunta que la literatura contemporánea parece haber olvidado: ¿y si todavía fuera posible construir un futuro mejor? La cuestión puede parecer ingenua, pero quizá lo verdaderamente ingenuo sea pensar que la imaginación no tiene consecuencias políticas. Gabriela Damián Miravete lo sabe y por eso escribe como escribe. Sus cuentos no pretenden predecir el porvenir sino ampliarlo, abrir grietas en la realidad y permitir que por ellas se cuele la posibilidad de otra vida. Frente a la distopía convertida en moda y frente a la fascinación contemporánea por los finales apocalípticos, la autora reivindica el derecho a la esperanza sin caer nunca en la complacencia. Esa esperanza, sin embargo, no es luminosa ni sencilla. Está hecha de pérdidas, de ausencias y de cicatrices. México atraviesa el libro entero como una sombra persistente. No aparece únicamente en las referencias culturales o en los escenarios, sino en la textura misma de las historias, en la sensación de vulnerabilidad que acompaña a muchos personajes y en esa conciencia permanente de que la violencia puede irrumpir en cualquier momento. Pero incluso ahí, en ese territorio donde tantas veces parece imposible imaginar algo distinto, la autora encuentra espacios para la ternura, para la solidaridad y para la resistencia. Quizá por eso sus personajes femeninos resultan tan memorables. No son heroínas invulnerables ni mártires ejemplares. Son mujeres cansadas, inteligentes, obstinadas y profundamente humanas, capaces de equivocarse y de volver a empezar, de sentir miedo y de actuar a pesar de él. Algunas inventan máquinas imposibles. Otras crean comunidades secretas. Otras simplemente cuidan de quienes tienen cerca. Pero todas comparten la certeza de que la supervivencia nunca es un acto individual y de que el futuro, si llega, será necesariamente colectivo. Hay en esta forma de entender la literatura una dimensión ética que resulta particularmente estimulante. Gabriela Damián Miravete no escribe para tranquilizar al lector ni para ofrecer respuestas fáciles. Escribe para incomodar ciertas certezas y para recordarnos que toda visión del futuro implica una toma de posición sobre el presente. Cada cuento se convierte así en un laboratorio de posibilidades, en una pequeña máquina narrativa destinada a explorar aquello que podría suceder si nos atreviéramos a vivir de otra manera. La prosa acompaña admirablemente esta ambición. Es precisa, elegante y extraordinariamente evocadora, capaz de sugerir mundos enteros con apenas unas líneas y de construir atmósferas densas sin caer en el exceso descriptivo. La autora posee además una rara habilidad para encontrar la imagen exacta, aquella que permanece en la memoria mucho después de haber cerrado el libro y que continúa creciendo en la imaginación del lector. No es extraño que Soñarán en el jardín haya sido recibido como una de las obras más significativas de la nueva literatura fantástica latinoamericana, porque en sus páginas confluyen algunas de las preocupaciones más urgentes de nuestro tiempo: la violencia estructural, la desigualdad, la crisis ecológica, la memoria y la necesidad de imaginar formas de convivencia más justas. Pero lo verdaderamente admirable es que todas esas cuestiones aparezcan integradas en relatos llenos de vida, de emoción y de una belleza extraña que nunca se impone al lector, sino que lo acompaña silenciosamente hasta la última página. Al terminar el libro queda una sensación difícil de explicar, algo parecido a la esperanza, aunque una esperanza más compleja y menos ingenua que la habitual. La sensación de que incluso en los tiempos más oscuros todavía existen jardines capaces de florecer, de que la imaginación sigue siendo una forma de resistencia y de que quizá el futuro no pertenezca a quienes poseen más poder, sino a quienes conservan intacta la capacidad de soñar. Y pocas cosas resultan hoy más revolucionarias que eso.
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