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​Escriviviendo

Un rápido y solitario gol en San Francisco

7/22/2026

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Ambiente durante el juego en el estadio Levi’s de la Bahía de San Francisco, California (fotos de la colección personal del autor).
Por Manuel Murrieta Saldívar

LOS ABRAZOS MÁS PRESUROSOS DEL MUNDIAL
Me vino cierta lucidez entre el griterío y los tumultos, una efímera pero necesaria reflexión, como para tomar conciencia: quizá esta sería la última vez que gastaríamos en la compra de boletos. Gastar por última vez; víctimas ya no más, tan solo para disfrutar, con ojos privilegiados, el cruce de un balón mundialista bajo la portería y lanzar a todo pulmón, hermanados con media humanidad, el canto de un solo ¡goooool!
I
 SAN FRANCISCO, CALIFORNIA.-- El único gol de Paraguay contra Turquía cayó en menos de un minuto y medio de juego, y los ojos de mi hija y mi hijo se abrieron asombrados entre el sordo griterío de las gradas del Levi’s Stadium desde donde lo presenciamos sorprendidos… Miré a ellos también anonadado, no solo por la rapidez de la anotación —la más rápida del Mundial—, sino por la realidad que nos envolvía: recibíamos y buscábamos abrazos celebratorios un tanto esperados, no desde la llegada a este coloso de la bahía de San Francisco, sino desde que, años atrás, vi a ambos jugar con sus piernitas en las tumultuosas ligas infantiles del Valle de San Joaquín, California. Creo que se los dije y les prometí en alguna de sus crecientes edades: “Algún día iremos juntos a un Mundial”; se los decía así, como de paso, pero ahora éramos históricos testigos y, sí, gritábamos: “¡Gol, goooool!”. Era real, nítido; lo vimos azorados esa tarde-noche del 19 de junio, recibiendo palmadas y escuchando aplausos y vivas de paraguayos que nos rodeaban entre los cerca de 69 mil aficionados que atascamos el estadio…

Pero al minuto 3 ó 4 llegó cierta calma y, ya reacomodados, presentimos que vendrían más goles y reacciones similares. No fue así, lo que supimos decepcionados al concluir los cerca de 96 minutos del encuentro. Y era una lástima, porque nosotros íbamos por los goles, pero además por el ambiente, el intercambio cultural, por ver los rostros y reacciones de otros seres humanos venidos de otras latitudes. Íbamos por el juego y sus secuelas, sin tener necesariamente un equipo favorito entre estas dos naciones, aunque, como les sugerí a mi familia —mi esposa también nos acompañaba—, debíamos reforzar la unión latinoamericana apoyando a Paraguay. El torneo, el ambiente social estadounidense e incluso la historia así lo indicaban, pues el equipo guaraní había sido dolorosamente goleado por Estados Unidos 4-1 en su partido inaugural. Ya sabes: uno siempre apoyando a los más débiles, como marca la tradición. Irle a los nuestros, claro, dada la vapuleada que nos estaba dando el “trumpismo” a todo lo que fuera latino, sobre todo a los morenos, dentro y fuera de los United States. En este contexto, entonces, una victoria paraguaya, por mínima que fuera, merecía celebrarse por encima de los grandes intereses de la Copa Mundial, en un afán de promover hermandad, paz y esos nobles sentimientos humanistas que todavía nos quedan... Una victoria nuestra, aunque fuese tan efímera como el festejo de un gol, pensé iluso, pues afuera los intimidantes guardias y fuerzas del orden resguardaban el estadio con poderosas metralletas high tech, gatillo en mano, con una mirada telescópica que daba susto. Además, para remachar, vestían uniformes verde olivo. ¡Qué cosa tan extraña!, muy parecidos a los del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, el tan temido ICE, que yo los veía hasta más rubios y fortachones.

No obstante, al observar hacia abajo —estábamos apretados en las graderías más altas, en asientos diminutos, donde nos alcanzó el presupuesto— a esos impresionantes jugadores turcos que hacían esfuerzos sobrehumanos por anotar, cuerpos ágiles, torneados, atléticos, modernos gladiadores, sentimos cierto respaldo: todo lo que hacían por anotar quedaba en la nada frente a la poderosa defensa paraguaya y su magistral portero de la suerte. Sí, confraternidad, compadecimiento hacia los aficionados otomanos, pues los vimos ilusionados y entusiasmados desde nuestra llegada en el tren ligero que tomamos en el Transit Center de la ciudad de Milpitas, enorme estación de trenes públicos que da servicio a la bahía. Ya en ruta, y desde las primeras estaciones, aparecían turcos solitarios, en parejas, en pequeños grupos, con sus camisetas rojas y blancas estampadas con la media luna y la estrella de su bandera nacional. El impacto se incrementó cuando, desde las ventanillas, llegando a la estación Great America, contigua al estadio, apreciamos a miles gritando a voz en cuello y en su propio idioma loas a su país: “¡Türkiye, Türkiye!”. Rodeaban restaurantes, autobuses y árboles; inundaban banquetas y explanadas; ondeaban banderitas, en grandes grupos o en manadas, luciendo rostros verdaderamente esperanzados. Mostraban hambre de un urgente y necesitado triunfo, y ahí es donde nuestro apoyo titubeó, oscilando hacia la solidaridad, mezclada con una fina tristeza si acaso los alcanzara de nuevo la derrota que los eliminaría del torneo para siempre. Al bajar del trenecito, tomé a mi hijo de la mano con una pronta decisión de experto y dirigí mis pasos hacia el tumulto:

—¡Para allá no es, papá; la entrada al estadio es por acá! —gritó, seguro de mi equivocación.
—Lo sé… Vengan por aquí, síganme —ordené a la familia entera—; vamos a mezclarnos con ellos… Para que experimenten la pasión que produce un Mundial en las calles y entre los aficionados de verdad —no supe si les dije.

Avanzamos unos metros hacia el corazón de la masa roja y blanca cuando escuché unos gritos:
—Mexican, a Mexican there! —me esperaban, como si nos llamaran e invitaran a unirnos, al detectar mi camiseta verde estampada con el calendario azteca de nuestra selección, que, por algún instinto identitario, me puse como un ritual en el estacionamiento de la estación Milpitas antes de subirnos al tren. Y fue un acierto que provocó el intercambio entre pueblos tan distantes:
—My friends are Mexicans; you know how to celebrate! —me informó de sopetón un joven turco, resaltando su sorpresa con sus ojos verdes saltones—. Are you supporting us? —me preguntó, poniéndome en aprietos.

Viéndole el rostro expectante, me compadecí y le mentí a la descarada:

—Yes, of course! ¡Türkiye, Türkiye! —le respondimos, para luego, de la nada, proponerme:
—Can I take a picture with you?
¡Claro, nos la tomamos! Y luego, entre todos, saltamos con un grito combinado:
—¡México, Türkiye! ¡México, Türkiye!

                                                                                    II

Al separarnos no nos dirigimos, como debía ser, hacia los laberínticos senderos que llevan a las entradas, sino que nos pusimos a merodear por las postrimerías de la mole del estadio y, quizá para equilibrar las cosas, a buscar a los simpatizantes paraguayos, que debían aglutinarse en algún lado. “Han de ser pocos —comenté—, viniendo desde Sudamérica; además, no se conoce mucha migración paraguaya a California o a Estados Unidos”, a diferencia de los turcos, que parecen haber tomado el Silicon Valley quizá por su sapiencia matemática y tecnológica, similar a la de los de la India, que también abundan por aquí. Afortunadamente, ¡nos equivocamos!: una ola humana de rostros mestizos como el mío, otros más emblanquecidos y escasos afrodescendientes, se nos empalmó como un río que desembocaba en la entrada 1 del Levi’s. “¡Sí, ahí están!”, pronunció mi hijo, como confirmando: “Ya estamos completos; eso es lo que faltaba”. Habíamos visto a unos tres o cuatro paraguayos más temprano, en nuestro recorrido previo por los alrededores. Entre los solitarios edificios, bloques y cubos llenos de frialdad de las corporaciones tecnológicas y de negocios que dominan el planeta desde aquí, descubrimos pequeños restaurantes asiáticos y mexicanos donde nos topamos con escasos guaraníes, quienes nos miraban como apenados por la contundente derrota sufrida ante USA. Un clímax fue en un complejo hotelero adonde llegaban limusinas, vans y autobuses relucientes; merodeaban periodistas, fotógrafos y camarógrafos internacionales junto con aficionados venidos desde Paraguay, apiñándose en un patio al aire libre donde se instaló una especie de FIFA Fan Fest. Aquí fue el cruce de identidades, los saludos, las nuevas porras de apoyo: a mi hija la tomaron por peruana; a mi esposa, por argentina, quizá por los colores y motivos que casualmente portaban en sus ropas, aunque conmigo y con mi hijo no hubo problemas por portar las camisetas aztecas. Aclaradas las cosas en diálogos rápidos, vinieron las fotos y los vivas hacia su país, pero el gentío no igualó hasta ese momento el tumulto turco.

Sin embargo, rápidamente me olvidé de ambos bandos al captar en mi celular una notificación esperada desde hacía meses, enviada por la omnisciente FIFA: nuestros boletos digitales al fin se activaron, a unas dos horas de abrirse las puertas y a cuatro del inicio del juego. Pude observar en la pantalla del iPhone cómo, de repente, aparecieron sendos códigos QR listos para ser escaneados, cuando antes eran solo imágenes borrosas. La activación fue una preocupación que me atosigaba desde que adquirí los boletos, meses atrás, en el sitio web de una empresa revendedora asociada —eso decían— con la FIFA. Cuando nos enteramos, aquel entonces, de que habría juegos mundialistas en la bahía de San Francisco, también territorio de los hackers más hábiles del universo digital, que embaucan sin piedad a inocentes como podría ser yo, gritamos: “¡El Mundial a nuestro alcance!”. Convencido, me dispuse a adquirir sin chistar los cuatro boletos más económicos, sin saber exactamente qué selecciones nacionales jugarían, antes de que aumentaran de precio y los adquirieran solamente esos fifís transnacionales que acaparan el boletaje.

Al paso de las semanas, supimos que Paraguay jugaría su segundo partido y, posteriormente, confirmando a cada instante que la compra no era fraudulenta, nos enteramos de que enfrentaría a Turquía, última clasificada entre las más de 40 naciones participantes. Noté que nuestros boletos variaban de precio: desde los 250 dólares originales hasta casi mil un día antes del partido. ¡Hasta pensé en revender los nuestros como experto revendedor!... Pero nos ganó la cordura y la idea original: ser testigos directos de un acontecimiento deportivo de relevancia global sin importar quién jugara. Porque lo teníamos bien claro: nos importaba más el juego, jugara quien jugara, sin exaltar ciegamente las nacionalidades, sabedores de que son constructos sociales que nos imponen. Sí, atestiguar lo que todavía concebíamos, a la brasileña, ese “juego bonito” que nos emocionó, cautivó y nos hizo patear balones callejeros con los amigos del barrio de mi niñez en Hermosillo, México. ¿Cómo no asistir si teníamos un precio relativamente accesible y un majestuoso y moderno coliseo que nos queda a solo una hora y media de casa? ¡Sería una verdadera estupidez no hacerlo! La notificación confirmó, además, que nuestros boletos no eran fraudulentos, pues estaban registrados en el portal de la FIFA; que no había nada impreso, todo digital, protegido incluso contra capturas de pantalla, para decepción de los hackers. Así que, luego de unirnos al torrente paraguayo, pasar laberintos y revisiones de seguridad, observé una larga hilera de pequeños aparatos de alta tecnología, sofisticados escáneres, en los que los boleteros nos indicaron colocar la pantalla del celular con nuestros QR. Al instante se encendieron unas lucecitas verdes y sonó un bip, confirmando que nuestros boletos funcionaron a la perfección, como si fueran leídos por la inteligencia más artificial que existiera, controlada por la FIFA desde quién sabe dónde, para sentir nosotros la impresionante realidad de que ¡estábamos ya dentro del Levi’s Stadium!...

                                                                                 III

No fue sino hasta las más altas graderías, con numeración 400, que captamos el maremágnum paraguayo en su esplendor, ese que se erizó al caer el único gol. Desde ahí bajaba la algarabía hasta las gradas detrás de alguna de las porterías, retumbando tambores, porras, enormes mantas, banderas y el temblor humano, cimbrando al resto del público con la pasión sudamericana por el fútbol. El esfuerzo y la insistencia turca por anotar, y la poderosa defensa paraguaya resistiendo incansable, fueron, digamos, la tónica del partido, con sus altas y bajas de emociones por ambos bandos, lo que, junto con la pausa del primer tiempo, nos hizo descubrir otro negociazo de la FIFA. Basta anotar que un vaso de cerveza ¡costó 26 dólares! Aguas, refrescos, botanas antidietéticas y prodiabéticas, destacando tacos, burritos, hamburguesas y pizzas, anunciados con llamativos letreros, se expendían a precios similares, es decir, estratosféricos, en los pasillos y puestos, jamás con vendedores entre las gradas, quizá para no trastocar el apretado orden de los asientos. Recordé que un sitio web nos advirtió sobre las precauciones a tomar: “Lleve su propia agua y botanas; adentro le cuestan un brazo y una pierna, cost an arm and a leg, y ponga todo en bolsas de plástico transparentes”. Así lo hicimos en su momento, pero los inhumanos empleados de la entrada nos hicieron vaciar aguas, fried rolls y spring rolls vietnamitas adquiridos afuera, que iban a servir para ahorrar y para soportar la jornada que duraría unas cinco horas, hasta la medianoche. Fueron impecables: debíamos adquirir únicamente lo de adentro, como parte de una inmensa y bien planeada estrategia extractora de billetes en lo que convirtieron el fútbol... y nosotros éramos las víctimas. Sobre todo durante el medio tiempo, cuando, a pesar de las enormes colas, no pudimos controlarnos y quisimos disfrutar el resto del partido con algún placer gastronómico: una cerveza, un refresco en lata y una botellita de agua costaron la friolera de 46 dólares, y casi el doble las papas fritas, los chicken nuggets y las quesadillas. Ante los altos precios, expliqué como consuelo que el verdadero negocio son las concesiones de transmisión de la televisión al mundo entero; ahí no son millones, sino billones. A eso también contribuíamos nosotros, pues contratamos el servicio de streaming de Telemundo solamente por el Mundial. No obstante, creo que supimos contenernos, porque no adquirimos nada de la infinita parafernalia oficial ni otros productos futboleros que seducían al máximo. Y eso que no existieron puestos de pantalones vaqueros, camisas y chaquetas Levi’s porque no se llegó a un acuerdo con la FIFA. Para nuestro asombro, habían sido cubiertos los grandes logos de esta empresa con sede en San Francisco en todas las marquesinas del estadio. Claro, pensé que había sido una decisión muy pendeja, pues todos supimos que detrás de las lonas y plásticos protectores decía Levi’s y que quizá, por eso, la marca se volvió aún más popular. Sin embargo, la taquilla, la venta interna y las transmisiones globales, al parecer, fueron un éxito, y la prueba más contundente éramos nosotros, los miles y miles que estábamos ahí, disfrutando de un gol, uno solo, veloz y repentino. De inmediato enviamos selfies a familiares y contactos en redes, junto con las jugadas claves y el insistir de la pelota empujada tercamente por los turcos, pero sin anotación alguna, formando también parte del entretenimiento. No obstante, me vino cierta lucidez entre el griterío y los tumultos, una efímera pero necesaria reflexión, como para tomar conciencia: quizá esta sería la última vez, la última en gastar en boletos, bebidas, botanas, trenes y estacionamientos, a pesar de nuestro anticonsumismo y nuestra frugalidad económica. Gastar por última vez; víctimas ya no más, tan solo para regocijarse, con ojos privilegiados, el cruce de un balón mundialista bajo la portería y lanzar a todo pulmón, hermanados con media humanidad, el canto de un gol, uno solo,  ¡goooool!, un gol raudo, veloz y solitario, anotado de manera inolvidable por los paraguayos en menos de dos minutos del inicio de todo…
​

                                                                                            San Francisco, California, junio-julio de 2026

Contacte al autor: [email protected]
Web: https://manuelmurrietasaldivar.com/index.php
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CARACAS, CRÓNICA DEL RECIÉN LLEGADO

1/14/2026

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Imagen: Panorámica de la ciudad (junio de 2013). (De la colección personal del autor).
Poecrónicas

CARACAS, ANTES DEL BOMBARDEO...
En 2013 visitamos Caracas para atestiguar las transformaciones del chavismo evitando los filtros de los "mass media" de USA y México. No hay como ser testigo directo de los hechos. La crónica que escribimos en ese entonces y las fotos cobran de nuevo vigencia ante la captura del presidente Nicolás Maduro y su esposa por parte de fuerzas estadounidenses el pasado 3 de enero de 2026. Incluso pronosticamos en aquel entonces la necesidad de observar los cambios que se daban en Venezuela, antes, precisamente, de que sucediera una posible invasión norteamericana. A continuación reproducimos la crónica, larga por el impacto de la emoción y las fotos de aquel memorable viaje…
Por Manuel Murrieta Saldívar

     CARACAS, Venezuela. Las despampanantes misses rubias, frescas, ojiazules que engalanan la Primera Feria Internacional del Chocolate de Venezuela, conviven ahora con sus similares mulatas, mestizas o nativas, como lo es la mayoría de la  audiencia.  Resignadas, se adaptan al arcoíris racial como supongo no lo era tanto en épocas pre-chavistas  ni lo proyectaba al mundo su antigua televisión. Si antes estas bellezas de origen europeo, impuestas como modelo universal--y que sigue dando triunfos a los venezolanos—invisibilizaba a todo lo demás, ahora se mueven en igualdad entre los otros tipos de la estética femenina que siempre han existido en esta sociedad mayoritariamente afrodescendiente y mestiza.  Precisamente, una señora mulata me lo confirma al ir charlando entre las salas de exhibición del teatro Teresa Carreño: “nunca se habían organizado ferias de este tipo, enormes, para todo el pueblo, gratuitas y rescatando nuestras raíces nativas y variedad de grupos y costumbres. Se lo debemos a Chávez”, confiesa orgullosa y  sin tapujos, sin nadie preguntarle ni rebatirle.  En tanto, las chicas rubias se muestran dispuestas, accesibles, sonrientes a cualquiera que se acerque quizá sin conocer, por ser casi adolescentes,  el pasado de racismo, discriminación  y ocultamiento contra toda esa masa multicolor que nos rodea.  Han comprendido al fin, espero, que lo suyo no es lo único que existe  ni lo que debe imponerse a los demás como modelo.  Parecen reconocer, como siempre lo había sido, que son minoría y que antes solo acaparaban  los reflectores en favor de una estética, una visión del mundo, dominante.  Yo sigo mi recorrido entre los distintos locales que exhiben la variedad de productos derivados del cacao venezolano, el mejor del mundo, proclaman, debido a las óptimas condiciones para producirlo aquí.  Una de las misiones es rescatarlo para llevar a Venezuela como productor mundial, me informan, mientras encuentro otro espacio para la reflexión. Pero antes una edecán morena me acerca una muestra del ron nacional, en su puesto repleto, orgullosa de presentarlo también como uno de los mejores; algo tendrá de verdad, porque me lo tomo de un sorbo, me resulta sabrosón y además le solicito otro para llevar.   
Sí, decía que voy reflexionando que apenas llevo menos de 24 horas en Caracas y ya confirmo, pasmado,  que no han brotado intensos, grandilocuentes, apasionados debates políticos  de un país dividido, como me lo habían advertido con temor antes de mi salida…tener cuidado con tus palabras y tus símbolos,  no expresar abiertamente tu inclinación, saber con quién o cómo hacerlo.  Pero al contrario, lo que he encontrado es una ciudad en febril movimiento, masas activas,  ocupadísimas estaciones de metro, vagones atestados, personas energéticas, ingeniosas, que también invaden, más que en la ciudad de México,  banquetas, aceras, esquinas ofertando informalmente productos y servicios, sin mencionar ni un ápice el debate ideológico.  Es una  intensa actividad cotidiana de un pueblo al que no observo triste, sino contento, aunque cansado por el trajín normal de la vida urbana, como en cualquier metrópoli. Incluso, se ven felices, sí, están felices, hasta cuando algunos discuten, a veces con seriedad, de la política reconociendo con humor chabacano al pensamiento del contrario. 
II
     Vaya, las discusiones ideológicas que dividen al país, ni siquiera brotaron cuando las condiciones estaban dadas y podría haber ocurrido, ya por exagerar, hasta una especie de guerra civil, quizá iniciada por mí.  La noche anterior, al ingresar al casco urbano proveniente del aeropuerto, sufrí el embotellamiento de tráfico más horroroso, a la altura de la Plaza Venezuela rumbo a la avenida Casanova.  Para mi gusto, era para desquiciar a cualquiera y buscar culpables inmediatos, de cómo y por qué un gobierno lleva a su población a experimentar todos los días, esos apretujones y retrasos que producen psicópatas, vida de ratones atrapados por el smog y el ruidajo de las máquinas rodantes de todo tipo. Era tal el tapón, “la cola”, el embotellamiento, que en varias ocasiones observé con miedo cómo se nos venían, con separación de milímetros, las ágiles y enloquecidas motos, en grupos de tres, en parejas y solitarias.  No solo eso, observaba, con cierto pánico, las placas, los radiadores,  las defensas delanteras de autos y camiones cómo  lentamente se pegaban a las ventanillas de mi taxi con la descarada intención de desplazarlo para abrirse camino.  Pero no había histeria, enojo, rabietas, sino más bien, un dejo de costumbre, de resignación, de que esto es así, el precio de vivir en la gran capital.  “Es el tráfico de las 5 a las 8, así es a diario, pero ahora un poco más porque es viernes y además es día de pago”, confesó  tranquilo, con paciencia de faquir, el taxista sin culpar ni acusar a nadie.  Fue admirable su autocontrol y capacidad de adaptación--sobrevive la especie aquella que mejor se adapte, no la más fuerte o superior, recordé a Darwin—mientras, rodeados de acero, de humo y neumáticos lentos, avanzábamos quizá a razón de  un kilómetro por hora!  Ni de él ni de nadie, sino de mí, fue que surgió la idea de una discusión política de por qué ninguna autoridad, del bando que fuese, ha puesto solución al problema que parece ya crónico. “Bueno, se ha hablado de proyectos, pero no pasa de ahí”, alcanzó a balbucear, pero luego se concentró al volante y siguió esquivando preocupado más en llegar a nuestro destino que inmiscuirse en una discusión improductiva.
Existe, pues, una vida cotidiana, un tren rutinario, una entereza por vivir con todos los placeres, incomodidades, ventajas y desventajas que ofrece esta sociedad cuya mitad y un poquito más, según las elecciones, se ha propuesto hacer cambios radicales como no había sucedido en su historia. Y en esta cotidianidad, aparece esporádicamente, pero no como centro, las discusiones políticas, son simplemente parte del panorama social de todos los días.  Por eso el taxista, sin nunca debatir, me ayuda con paciencia a cargar equipaje desde su taxi al hotel,  sensiblemente preocupado más por la seguridad de la clientela, ni me abandona rápido ni histérico a pesar de las dos o tres horas de más que representó nuestro trayecto.  Lo mismo sucede en el hotelito: sin mediar el tema político, el recepcionista solo alcanza a comentarme, una vez enterado de mi origen mexicano fronterizo, que la reforma migratoria avanza en USA para luego confesarme que no hay internet en las habitaciones.  Luego ofrece opciones, como usar el cable del lobby directo a la lap top…aprendida la lección, yo también evito preguntar los por qués y aprendemos a adaptarnos para continuar con nuestra vida y labor, todo, de nuevo, tan tranquilo, sin surgir ningún debate ni culpar a nadie.
Ya instalado sobre la avenida Casanova, continúa el embotellamiento pasadas las ocho de la noche. Siguen los cláxones a todo lo que dan, el rugido de motores, los buses públicos atestados,  los escapes de las motocicletas, pero ahora más fluido, seña de que pronto acabará.  La diferencia es que ahora observo el grandioso tráfico desde el puesto de arepas abierto las 24 horas hacia donde llegan, al igual que yo, cuerpos exhaustos que han sobrevivido a la jornada. Ahí matan el tiempo haciendo llamadas, tomando una malta o jugo de guanábana, o simplemente sentados viendo el panorama y, claro, devorando arepas felices de encontrar ahí un oasis para consumir el platillo nacional.  Es aquí que escucho las primeras risas de peatones, las pláticas familiares, los pasos sobre banquetas y observo sus facciones cansadas pero todos gustosos por estar llegando ya a su destino.  Desde esta esquina, consumida  mi primera arepa—gigante, de carne deshebrada-- intento ya sin prisas pero con ansiedad darle cara al tráfico, no para llegar a otra parte, sino para superar el miedo de enfrentar a los venezolanos, chavistas y no chavistas.  Pienso en aventarme de una vez, sin esperar más, recorrerlos, meterme en sus mundos, eliminar el temor hacia esta sociedad aparentemente dividida por las dos ideologías que vienen moviendo al mundo.  La oscuridad de la avenida, la actividad del negocio informal, los vendedores de chicles y cigarrillos, los puestecitos de todo, los alcohólicos bajo umbrales de edificios, parecen ya no ser obstáculo para mí.  Y, sin dudarlo más, me lanzo hacia ellos haciendo la inmersión total perdiendo el temor de la primera vez.  Así, dejo que la noche me lleve, voy detrás y entre la multitud, doy vuelta en otra esquina, ahora muchos son devorados por la estación de un metro, ingreso a una plaza y se me viene la luz.  Se abre un largo corredor en cuyos lados proliferan, estilo zona rosa del DF,  restaurantitos, abarrotes, tiendillas, aunque no hay boutiques de objetos sexuales; también surgen los hombres estatuas, los dibujantes de aerosol con su séquito de  curiosos que no consumen,  monumentos a trabajadores petroleros y juegos infantiles.  Muchos llegan hacia un concierto de rock en vivo con música melosa que despierta el corazón de las fans, sus gritos y hace, a su vez, mover mis piernas como indicando: estás en zona segura, no hay  ladrones ni pugnas políticas que temer, nadie te puede victimizar, así que intégrate al ambiente.  Ya con seguridad, concluyo el recorrido, localizo incluso los atajos, sin importarme los trayectos oscuros, los amontonamientos de basura y me dirijo al hotelillo rodeado de una tranquila soledad, quizá la de la satisfacción, por haber dominado el terror de lo nuevo,  listo para un amanecer caraqueño que ya no será de angustia sino de felicidad...
III
     Definitivamente, la mañana es de felicidad.  Es entender que el caos aparente del tumultuoso metro es fácil de dominar,  revela de inmediato su misterio, como ya lo han hecho antes los metros parisinos o madrileños. Este es de rieles, de vagones anchos, robustos, diríamos toscos, pero muy resistentes y de gran capacidad.   Y ahora, pues, ya aprendo cómo dirigirme desde la terminal Plaza Venezuela a la del Capitolio, sé que saldré en estampida para comprobar que, en efecto, es inevitable, la política está presente con sus dos visiones encontradas.  Al salir del metro, me entero que dos sendas marchas estudiantiles se sucedederán simultáneamente en dos áreas distintas de Caracas: la chavista celebrando el incremento de la matrícula y la apertura de más centros de educación superior populares, y más allá la de las llamadas universidades   autónomas que exigen mejoras salariales y la no intervención estatal.  Pero lo que también me hace feliz es haber confirmado que, en efecto, he sido acreditado por el gobierno bolivariano de Venezuela como enviado especial y que mi credencial está lista. Tenerla implica recibir  información privilegiada, acceso a actos oficiales, lugares de recreo y de turismo y un sin número de beneficios que solamente sabe el que labora en el llamado cuarto poder.
Es verdad,  las puertas se abren, literalmente, cuando me dirijo al departamento correspondiente, el de Comunicación y la Información, ubicado en un enorme edificio tipo rascacielos al centro de Caracas. Sin importar que fuese sábado, se labora ahí, en el piso 9, con toda intensidad: el guardia recepcionista que me recibe no esconde su chavismo al portar la  chillante chamarra de la bandera venezolana que pusiera de moda el comandante. Luego de consultar la computadora, algo localiza de mí, hace unas llamadas hasta que en cuestión de  minutos otro eficiente empleado aparece sin tanto rodeo: ¡ya trae mi gafete!... con todo y foto y broche, listo para prenderlo en mi camisa.  Satisfecho, abandono el edificio con la credencial   sobre el pecho, con la sensación de estar protegido por todo el aparato estatal, por esos guardias armados que comienzo a ver en las calles, que se muestran amables, pero están ahí para resguardar la marcha y evitar  enfrentamientos.
Sin embargo, asombrosamente, como si uno se transportara a otro sector de la ciudad, la vida fluye normal a los alrededores aunque con la sensación de las marchas en la cabeza. Y ahí  están de nuevo, sin desconcentrarse ni disviarse, luchando por sus goces y superando frustraciones, en torno a la estación Capitolio, el desfile de hombres y mujeres con su trajinar, su trabajar… los puestos de pizzas gigantes, los negociantes de oro, los carritos de jugos naturales, los puestos de periódicos, familias enteras cargando compras, los cibercafés, los mercaditos vendiendo toda la parafernalia chavista, las heladerías, los centros de telefonía celular mientras la sensación de las marchas impregna el aire del centro caraqueño. 
En la espera, aprovecho para adaptarme un poco más, intentar activar mis celulares con chips locales, para mayor comunicación de todo tipo. La dependienta de un negocio atestado los revisa, me indica que es imposible, que hay que desbloquearlos y rápidamente, como en asociación, me instruye acudir a un puesto especializado ubicado ahí cerca.  Estoy ingresando, de nuevo, a otro submundo venido a mí sin buscarlo pero con los beneficios que implica para mi pobre economía dolarizada. Ayer fue en el aeropuerto, cuando, como turista ingenuo y decente, acudí a la casa de cambio y, tras un largo trámite que requirió pasaporte, reconteo de los billetes verdes, recibí los bolívares a 6.30 por dólar, porque “no se aceptan dólares, solo bolívares” en todas partes.  Satisfecho de mi primer logro, ante de salir al torrente caraquense, ahí mismo acudí al restaurante para un buen almuerzo, pero durante el consumo, gracias a la simpatía de Juan, el mesero regordete, me reveló lo inconcebile: el mercado negro, “con mi primo, si quieres le llamo, cuánto quieres, te los da a 24 bolívares por dólar, y aquí mismo lo hacemos”…¡cuatro veces mejor que la casa de cambio!... Era para tentar a cualquiera, como la chica de la mesa de enseguida, tan formal y seguidora de reglas, que también quiso entrarle luego de que brotara la confianza.
Pero ahora estoy aquí, con el hacker mejor recomendado del centro de Caracas, penetro en su bunker, aseguran la puerta, me atienden dos asistentes sin él dar la cara y, tras los acuerdos, me reportan que es cosa fácil.  El deseo de cargar mi teléfono móvil por toda esta región para llamadas, navegar en internet, actualizar status en redes sociales y lo que se presente, me hace tener una paciencia de dos horas mientras escucho, no sin cierta tristeza, cómo los ritmos, gritos y tambores de las marchas estudiantiles retumban sobre las paredes de edificios.  En efecto, me las estoy perdiendo, pero todos aquí, en el pequeño pero vibrante centro comercial, seguimos con nuestra porción de vida, luchando por satisfacer nuestras necesidades e intereses.  Hasta que el hacker, desesperado y decepcionado de sí mismo, por fin da la cara pero solo para revelar que algo va mal, que ayer desbloqueó rápido otros dos de mi mismo modelo, pero que el mío es difícil, se resiste, tiene muchos candados y no registra la banda y sabe qué cosas más.  “Haré un último intento”, dice sin yo creerle un ápice y que no va a poder, porque en ese momento, a la altura de las 3 de la tarde de ese sábado, aparece la esposa con sus hijos, la pizza tamaño familiar, el refresco gigante para luego escuchar lo sospechado: “No puedo desbloquearlo, intentaremos el lunes”, sin nadie mencionar que las marchas de estudiantes chavistas y antichavistas suceden allá afuera. 
IV
Y sin embargo suceden…los restos de una gran movilización, de miles, yacen en la explanada de la gran plaza Caracas y otras aledañas, de que hubo vítores, consignas solidarias, movimiento de banderas rojas y tricolores.  Aún me toca ver grupos de estudiantes de las nuevas universidades, alrededor de 60, creadas desde el chavismo expresando con orgullo que se les ha enseñado el origen de su piel morena, el esclavismo colonial, las independencias bolivarianas, la identidad profunda y “el amor a la patria que nos inculcó Chávez y que nunca nadie lo había hecho”.   Ante mi obvia simpatía, hasta me ofrecen, como si fuera uno más de ellos, sándwiches bien surtidos que por centenas se repartieron entre los estudiantes. Y luego ocurre la última dispersión, es decir, la rápida reintegración a la actividad rutinaria cumplida ya la misión marchista.  Vuelve el juego de dominó en las banquetas con un trago de ron; el concierto en la Plaza Bolívar de la Banda Marcial Caracas, con dos piezas de estreno de tinte nacionalista, “porque estamos en revolución”;  continúa la celebración de un aniversario más de la marina venezolana con sus jóvenes de estricto uniforme de gala; el recorrido del embajador de Surinam por los puestos de chocolate.  Todo siempre, rodeado de un público diverso al aire libre, sin tanta etiqueta, en eventos gratuitos, donde las bellezas de varias razas, no solo la de corte eurocéntrico, acaban por confirmarme que, a pesar de las divisiones ideológicas, los caraqueños han sabido sobrellevar su vida diaria.  La división flota en el aire, sí, pero la saben sostener luchando primero por la existencia, por el trabajo, sin enfrentarse a cada instante o a la menor provocación, no existe siempre ese impulso por demostrar cuál visión del mundo es la mejor. 
Si la consigna es “Chávez vive, la lucha sigue”, diríamos entonces que la división vive, pero la vida sigue, sigue como prioridad, independientemente de la forma de pensar.  En el trajín diario, pues, no todo es chavismo vs. caprilismo, “socialismo del siglo XXI” vs. “capitalismo piti-yanqui”.  Y, por si faltara, los caraqueños hasta se la gozan, lo saben hacer muy bien, entre los placeres que da la arepa, los enormes menús restauranteros, sus “shopping centers” estilo USA  como el de Sabana Grande o El Cachao; disfrutan al máximo y de seguido espectáculos en plazas, parques urbanos, el mejor café y cacao y sus cervezas, cónchale!, como la de marca Zulia, la de botellita verde, la mejor, mientras me alisto para subir al teleférico, el segundo más seguro del mundo, ese de 8 kilómetros de largo que te lleva al cielo pero sin abandonar Caracas que la tienes entera bajo tus pies, rodeada de selva y picos de montañas, ahí está, entera y completa, preciosa, a lo lejos, sin divisiones ideológicas…
                                                                                    ***

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Imagen: Metro de Caracas (junio de 2013). (De la colección personal del autor).
Galería de fotos tomadas por el autor en este enlace, Caracas junio 2013:
Texto en Poecrónicas:
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Bombardero de Serie Mundial

11/6/2024

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Entrada al estadio del equipo de béisbol Diamondbacks, Phoenix, Arizona. (Crédito de fotografía: Douglas - stock.adobe.com).
Por Manuel Murrieta Saldívar

Por cortesía de: 
https://manuelmurrietasaldivar.com/poecronicas/bombardero-serie-mundial.html

La oportunidad llegó a mi casa al centro de Phoenix, muy cercana al estadio y aledaña a la historia, así, como si me llamaran:

--¡Ven, acércate, acá te espera la posteridad!
Porque se trataba del juego, no de un juego, al que había que asistir aunque fuese por obligación. No era tanto presenciar el movimiento de bates y pelotas en el séptimo partido de esa “serie mundial”, no. Era más bien rodear el escenario del estadio de los Diamonds Back, listo para ser techado en automático, y de esta manera evitar que se paralizara la locura en caso de una lluvia de monzón.

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Llegar me fue fácil, bastó tomar la decisión y enfundarme unos shorts, tenis y nada de sillas portables, cachuchas o vasos contenedores. Al caminar sobre la Central Ave rumbo al sur, iba reflexionando lo que zumbaba en el ambiente: Phoenix era el centro del universo norteamericano y beisbolero todo…entonces temí en un posible atentado relacionado con aquel fatídico September 11, pensamiento nada gratuito: los talibanes sabían que los yanquis de Nueva York estarían aquí, y no sólo los beisbolistas, sino también aficionados provenientes de Manhattan con todo y alcalde Rudy Giuliani experto ya en resolver tragedias urbanas inesperadas. ….

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Otros pensarían y temieron lo mismo porque, al instante de iniciar la ceremonia de inauguración del trascendental partido beisbolero, sobre nuestras cabezas sentimos un enorme monstruo alado: era el bombardero B-2, negra manta raya de los cielos, acabando de llegar del Medio Oriente donde había desovado sus huevos hechos bomba, como se supo después, es decir, sus descargas “destalibanizadoras”. Y ahora estaba ahí, en el cielo sonrosado del desierto, erizando los pensamientos más límpidos mientras surcaba la metrópoli de moda: la nave se asomó por el hueco del estadio con sus repletas graderías y desapareció como Ovni viejo hacia el oeste buscando quizá otra recarga mortífera.

El susto se me fue diluyendo cuando sentí unirme al gentío, ya iba por la calle Van Buren y la Seven Street, empujado hacia el centro de la acción. Pero volví a aterrarme al descubrir dentro de los gigantescos garajes públicos un completo y eficiente arsenal bélico: minitanques antimotines, caballerizas como de conquistadores romanos o españoles y paramédicos en súper ambulancias. ¡Ah!, y un ejército armado para erradicar a cualquier “bin Laden” que osara romper el orden del último juego definidor del campeonato... Sin embargo, noté que ese cuerpo de seguridad se miraba cortés y hasta simpático, como si estuviera de adorno y no fuese capaz de aniquilar hasta diez veces a cualquier enemigo, estuviese donde estuviese en cualquier rincón del mundo. La seguridad se justificaba también—reflexioné—porque no se sabe cómo van a reaccionar los arizonenses al ser esta su primera final de la “World Series”—¿por qué se empeñan en llamarle así si sólo juegan entre ellos?... Bien podría haber derrumbamiento de postes e incendios de autos, destrozos de vidrieras producto de la alegría de salir campeones, o rompimiento de mesas, sillas de los bares, quebradero de semáforos, asaltos a negocios a causa de la ira si acaso sucedía la derrota. ¿Cómo iban a responder?...nadie de cierto lo sabíamos, nunca habían llegado los Diamondbacks hasta esta instancia de una final…

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Lo primero que busqué para captar lo verdaderamente histórico fue el epicentro: el pasto diamantino de donde emana el juego. Observé desde afuera del estadio ese césped fresquecito, alumbrado por las enormes torres de iluminación y las luces coloridas de las pizarras, todo pareciendo surgir desde una gran alberca, novedad que apenas entendí: ¿una piscina adentro de un estadio? Me impacté al ver ondeando con magnificencia la bandera de las barras y estrellas, violada el 11 de septiembre, moviéndose al unísono con los ritmos humanos de las gradas. Porque al interior ya estarían los personajes de importancia, esos privilegiados sentados detrás del cátcher con boletos cotizados hasta en diez mil dólares y también, por supuesto, los demás, todos los miles de butacas sobrantes. Pero lo único que pude apreciar a través de los ventanales e intersticios, entre fuerzas policiales y gruesas barreras de concreto, fueron las altas estructuras que arman el estadio Ball Park. Y allá, con cierta nobleza, un vaivén chillante de pañuelos blancos movidos por caras amorfas, igualadas en colores, como si los diversos colores de la piel no existiesen y todo se uniformara por efecto de la distancia...

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La otra opción fue mirar afuera lo mismo que sucedía allá adentro: todo en unas gigantescas pantallas de TV gratuitas, unas cuatro colocadas estratégicamente en el exterior. Una maravilla puesto que además me di un intenso baño de pueblo anglosajón, rociado con gotas de gente hispana, un rocío afro, nativo americano y asiático. Porque todos ya estaban pegados como insectos a esas pantallas, y así lo empezaría a hacer yo, chupando luz, hipnotizado por esas imágenes del rey de los deportes que recorrían el mundo después de los gritos humanos provenientes del interior. En efecto, la única ventaja y seña que me convertía en un ser especial (después de los aficionados con boleto pagado), era escuchar simultáneamente, en vivo y en directo, los rugidos de las gargantas que se escapaban estrambóticos por el techo, ¡aaahhh, eeeh, wooow!, a cada ponche ha logrado por un tal Curt Schilling o un esporádico hit del dominicano Danny Bautista. Porque eran aullidos calientitos, sin filtros de ningún tipo, vibrantes como víboras de cascabel. Luego observaba en esos enormes monitores de TV, como privilegiado de segunda clase, la misma jugada que había provocado aquellos alaridos venidos desde adentro, mezclándose con el griterío de afuera rodeándome sin remedio. Y eso era todo. Estar pues en las explanadas del Ballpark era similar a lo que sucedía en cualquier sportbar, restaurante, patio o sala casera, con y sin cerveza; la diferencia era sentir estar como en una gran cantina pública, cheves budlight infinitas, o en un cine al aire libre como los de antes. Otro plato fuerte era tener siempre la sensación de poder atrapar una pelota bateada por cualquier jugador ligamayorista de verdad y desde adentro, de jonrón o de faul!.

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¿Qué hacer entonces para llegar hasta el noveno inning de la historia? Hubiese sido estúpido no asistir, viviendo tan cerca, me autoconvencí, para después seguir recorriendo los grupos y localizar las mejores vistas. Así, pude descubrir lo indescifrable: fanáticos yanquis que no alcanzaron boleto y que en silencio festejaban, marginados, las jugadas neoyorkinas con leves chillidos de ratón rodeados por sus contrarios, verdaderas culebras del desierto. Vi bares atestados con inmensas colas de parroquianos queriendo ingresar sostenidos en pie con la remota esperanza de que alguien desocupara una mesa, ¡en pleno juego! Me pregunté quiénes financiaban esas enormes pantallas que entre inning e inning fomentaban el consumo, un consumo que se saciaba de inmediato en los puestos de todo—hot dogs, souvenirs, bebidas—y que me tenían bien rodeado. Pensé en por qué no me topaba con algún conocido habiendo tanta gente, sobre todo gente extraña, esos ancianos vestidos de cowboys, rubios tipo marlboro, machotes con pantalones resaltando sus curvas. Y, por supuesto, mujeres con prendas formales de iglesias protestantes, otras en blusas cortamente sugestivas que resaltaban espaldas, pechos, muslos y caderas como una pasarela de la primera base al home plate. También capté a uno que otro indígena que ya no recordaba sus juegos prehispánicos o afroamericanos que no llamaban la atención de nadie a pesar de su hip hop. Participé en el levantamiento de brazos y de cuerpos cuando pasaba en un zoom la cámara de TV, sí, una de las razones de muchos para estar ahí, saberse en la tele, se cometiera o no otro hit. Me impresioné con la cantidad de fans vestidos con gorras y camisetas del equipo local, incluyendo las de “Durazo”, pelotero mexicano que se quejaba de discriminación, muy bueno para los hits y que tenía muchos seguidores a pesar de no jugar tanto, o no le daban chanza. Me quedó energía para maldecir la poca lluvia que trajo una tolvanera de otoño y por eso pensé: al cielo se le ocurre llover en el único día de la historia de Arizona en que no debió de hacerlo. Pero luego me retracté porque las abultadas nubes nunca soltaron toda su descarga lo que hubiera afectado únicamente a los de afuera porque a los de adentro, ¡ah los gringos!, un techo movible los protegería, sin interrupción del juego ni de las transmisiones que para eso era un estadio de mâs 400 millones de dólares…

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De esta manera, supe de varios hits, de batazos improductivos, bolas y straikes, ponche tras ponche por ambos bandos pero pocas, muy pocas carreras, a dos por bando y ya en la última entrada. Hasta que me posesioné en mi pantalla y espacio favorito, me quedé quieto para aguardar el desenlace. No deseaba perderme lo que ya imaginaba: el tronido del gentío al alzarse el triunfo…o el silencio sepulcral de la derrota, descubriéndome, of course, estar a favor de los locales, nuestros Diamondbacks de la “Finiquera”, tan sólo para ver contentos a quienes me rodeaban con esa intensidad que sucede solamente una vez. Y, tal y como si estuviese planeado, ¿lo estaría?, el noveno inning fue el de la magia: sufrí, pues, el contagio de los fans, testigos todos de la conjunción de circunstancias, de los azares del juego que se fueron acumulando en las dimensiones de la suerte. En un partido a duras penas empatado, un hombre llegó a segunda base por un mal tiro del lanzador yanqui y con apenas un out; el mismo pitcher golpeó a otro bateador y se registraron las bases llenas. Fue en ese momento que escuché los suspiros de “my god!”, o my god, santo y seña de que la victoria era posible para los Diamondbacks. En instantes, la audiencia se descompuso, soltó sillas y cervezas, se paralizaron las caras y las manos, latieron acelerados corazones y esperanzas poniéndose de pie en el graderío como si fuesen agujas imantadas. Se escuchaba el grito de mujeres entronas, de chavos rabiosos, de hombres aspirantes al orgullo mundial, vedado en Arizona para cualquier equipo profesional incluyendo los Cardenales en el fútbol americano:
—¡Gonzo, Gonzo!—le vociferaban al bateador de la responsabilidad, la de la tragedia o la del heroísmo.
—¡Dbacks, dbacks!—escuché el aullido de madres y maridos alborotando a los niños.
—¡Come on, stand up, stand up!—fue la orden de quienes lidereaban las tribunas
Sí, exigían, ¡de pie, de pie!, implorando sin haber tanta necesidad porque de todos modos me levanté junto con los más de 60 mil que lo hacían con regocijo, tanto dentro como afuera. Vaya, hasta pude observar a los de look businessman, los de camisetas y bermudas que se habían puesto histéricos de tanta esperanza ni tan esperada. Había llegado la hora de la verdad: Arizona sería conocida no solamente por su desierto, su Grand Canyon, sus leyes antiinmigrantes y su sheriff anti latino, el tal Joe Arpaio. Me sentí, pues, atrapado por esa sensación de éxtasis y yo aceptaba y toleraba cualquier reacción de anhelo y de festejo, viendo un bat que podía golpear una simple pelota para hacer todo realidad...

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Lo primero que escuché fue una catarata de ruido apocalíptico, pero esta vez de alegría, que demolió al estadio. Al unísono, la pantalla me lo confirmó: el cubanoamericano Luis González, Gonzo!, Gonzo!, había cumplido con un jit por el jardín central que inició las locuras: se movió el de tercera base hacia el “home” para que todo acabara. ¡3-2 contra los yanquis!...la unión de los de boleto pagado con los de la calle sin boleto, espontánea, hermanable, me arropó sin remedio. Pero antes de recibir mi cuota de confraternidad, sin merecerla tanto, mi cuello fue jalado por tronidos multicolores que atravesaron el cielo: estaban pariendo ya el triunfo hacia todo el universo.
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Lo demás me llegó por contagio, como ese instante de reflexión, esa de que los psicólogos sabrán explicar por qué un individuo, sin ser aficionado y sin estar ahí adentro, se siente contento con el simple hecho de observar la felicidad de una multitud. ¿Se deberá en parte—pensé—a que nunca en la historia no habían celebrado nada que los pusiera en el mapa de campeones mundiales de algo? ¿Se deberá también—continué—a la creencia férrea de que todo el planeta nos observa? Porque así lo confirmaron los gritos y las escenas del triunfo repetidas sin cansancio en las pantallas, incluyendo uno que otro de mí mismo, cualquier ruido gutural, aunque fuese ininteligible, aullaba sabe qué expresión en un torbellino de éxtasis en el que yo recibía un toque de manos, palmadas, chócalas, “give me five!, o yeah yeah!, vaya, hasta un abrazo casi casi sin discriminación acepté como si murieran de repente choques culturales ancestrales...

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Pero sin embargo, y era muy obvio, noté que los únicos serios, circunspectos, cargando aún el orgullo herido por la caída de las torres gemelas, eran los fans neoyorquinos. Los pude identificar por las siglas “NY” o “FDNY”, estampadas en gorras o camisetas, además iban en silencio, aguantando los ataques e insultos del “¡yanqui go home!” Nunca jamás tan bien utilizado como hoy. Lo más hiriente fue cuando rápido les espetaban: “go to NY”! No obstante, observé que los neoyorkinos portaban una educación urbana, una diplomacia de metrópoli, una cortesía acumulada quizá por experimentar tantos triunfos beisboleros. Por eso responden con mudez, con silencios, concluyí, por eso son respetuosos y evitan caer en provocaciones, como concediendo un rato de felicidad a esos arizonenses de cultura cowboyesca, de nueva urbanidad que prueba una primera victoria trascendente. Mientras tanto, yo continuaba recibiendo raciones de fraternidad, en tumultos intermitentes, un festejo sincero como un hechizo que existía mientras la masa estaba unida en la explanada, en las calles aledañas. Sí, un hechizo…porque la armonía de esta especie humana iría poco a poco desapareciendo, esparciéndose, como lo capté a medida que me alejaba y me arropaba la noche resguardando los residuos de esta felicidad colectiva La “normalidad” de nuevo me atrapó, esos gritos y cláxones cada vez más esporádicos así me lo indicaron. Pero las fantasías y los sueños son posibles, medité, sí, son posibles, aunque fuese por minutos antes de que regrese la inoportuna realidad: el bombardero B-2, ahora sin ser captado por nadie, luego de haber inaugurado el primer festejo mundialista de una Arizona sedienta de glorias, se dirigía otra vez hacia el Medio Oriente porque la guerra aún no terminaba, aún existían muchos talibanes. Ante ello, no lloré de tristeza, como no lo hice de felicidad por el triunfo recién obtenido, y pude muy bien haberlo hecho…sí, definitivamente, la normalidad había regresado…

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(*) Del libro: La gravedad de la distancia. Historias de otra Norteamérica.Crónicas y relatos. Primera Edición 2009.Editorial Garabatos. Hermosillo, Sonora, México. Más información y para adquirirlo en:
https://www.manuelmurrietasaldivar.com/libros/la_gravedad_de_la_distancia.html

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"Poecrónicas": De España a Aztlán o el gachupín achicanado(*)

9/18/2024

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Imagen: el académico y autor Dr. Justo Alarcón ofreciendo una charla en Arizona State University-Tempe. Del archivo personal del autor.
Por Manuel Murrieta Saldívar:

Por cortesía: https://manuelmurrietasaldivar.com/poecronicas/de-espana-a-aztlan-o-el-gachupin-achicanado.html

Entre el tráfico académico del verano, el profesor Justo Alarcón surge del elevador del cuarto piso del edificio de lenguas en la universidad estatal de Arizona en Tempe. Así como aparece y se introduce en su oficina, brota en nosotros el genio del cronista: es un perfecto viajero entrevistable.

Cuando aún sus canas eran escasas, había cruzado el océano Atlántico desde España, muy tarde ya para hacerlo en carabelas, pero de cualquier manera arribó a América vía maestría en Canadá y luego se doctoró en letras en la universidad arizonense de Tucsón. La protestante algarabía de los años de 1960’s lo transformó en un “gachupín achicanado”, como él mismo lo confiesa, tratando de rescatar a este “Aztlán” abandonado a veces por los dioses aztecas. Y no fue “activista” solo de palabra, también de acción: al típico modo estudiantil de aquellas épocas neo-románticas—pinta de bardas en pleno imperio, mítines relámpagos y marchas de protesta— participó en conseguir la introducción de cursos de literatura y cultura chicanas en la academia estadunidense.

También ha logrado publicar por lo menos tres novelas que defienden la dignidad de la “raza”—Los siete hijos de la llorona, Chulifeas fronteras y Crisol. Al rebote del tiempo, sus esfuerzos provocaron que el español se oficializara como la lengua extranjera más popular entre los anglosajones, tanto, que ahora los propios hispanos de tercera generación sufren una especie de pena por no hablar fluidamente la lengua de sus abuelas. Y ahora, Alarcón vanguardista, acaba de plantearnos el nuevo retroceso del peligro: ante tanta popularidad, el español se escucha demasiado en las ondas electrónicas pero declina la producción escrita y el interés por la lectura—fenómeno universal debido quizá a la escasez de tiempo que produce el acelere de la sobrevivencia postmodernista. Textual: “Casi nadie lee”, dice y escucho pasmado, “peligra la cultura”.

El tema de una conversación que quiere ser crónica viajera ha brotado, me preparo entonces para recibir esta revelación inesperada que me ubica en el laberinto confuso de la historia entre dos mundos. Estamos en la exclusividad de su oficina donde es posible romper los férreos códigos anticontaminantes porque, a pesar de las estrictas prohibiciones—usted no podrá comprar cigarros en el campus pero sí preservativos en cualquier dormitorio estudiantil—fuma, fuma tan a gusto y sin ningún remordimiento higiénico o social que el humo ya me seduce. Su grave voz altisonante empieza a explicar que el escritor chicano que antes fomentaba y preservaba la lengua cervantina, ahora se tiende a redactar en la de Shakespeare. Y aquí hay contradicciones porque en menos de veinte años el hispano se convertirá en la minoría mayor y su lengua aún vendrá a ser más popular. La nueva preferencia lingüística tiene explicaciones muy prácticas: quieren vender literatura de tema chicano al lector anglosajón—deduzca usted las consecuencias económicas.
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Así, Alarcón ejemplifica: Rolando Hinojosa, premio “Casa de las Américas” por sus historias chicanas escritas en Spanish, ahora narra en inglés; además, obras escritas hace cinco o diez años atrás se están reeditando exclusivamente en el idioma de los güeros. Ambos soltamos unas poéticas bocanadas, escuchamos el rin-rineo del teléfono, mi ego se eleva cuando Justo elimina toda posibilidad de interferencia porque cuelga, “estoy ocupado”, contesta en el auricular, y entonces libera su alma quijotesca: “el problema es que no pasa lo contrario—continúa—esto es, no traducen las obras del inglés al español y ¡ni siquiera para consumo mexicano”! No obstante, reconoce que el fenómeno supone ciertos beneficios de presencia porque, aunque por ahora son casi puros desplantes mercantiles, al mismo tiempo la gran mayoría anglosajona es posible se dé cuenta de que existimos.

Es entonces que concluimos que la “inglesación” de las letras chicanas resulta en ese sentido constructiva pero la tendencia es en esencia contradictoria. “Por supuesto que lo es—parece que aún lo escucho—y lo es todavía más si se observa el impulso que la radio y la televisión hispanas le dan al español”. Especifica: solamente en el Valle de Phoenix operan cinco estaciones radiofónicas y dos de TV que transmiten en nuestro idioma, esto da una muestra del “tremendo auge”. Por su parte, los medios escritos—una revista quincenal bilingüe, un periódico y un tabloide de calidad en ascenso—son escasos y sufren permanentes crisis económicas además de tener un alcance limitado en comparación con las grandes audiencias de sus competidores electrónicos.

Y en cuanto a editoriales, existe una “bilingual press” que difunde mayormente obras de corte académico para consumo intelectual de altura. Alarcón redondea: mientras los medios electrónicos se abren para el desarrollo y penetración del español, la escritura parece que se cierra. Y luego lanza la advertencia de que si el dominio de la palabra oral sigue en aumento, es peligroso en términos sociales porque cuando la lectura ya no es prioridad, se atenta la misma base de la cultura. El decaimiento o desinterés se origina básicamente porque no existe aquí el fomento por leer, explica Alarcón, ni siquiera se promueve dentro del propio sistema educativo norteamericano en su conjunto sin importar grupos étnicos. Tan no se impulsa la lectura que una compañía cervecera—mire usted el cablevisión y sabrá la marca— anuncia programas de alfabetización porque el pronóstico señala que entrado el siglo XXI dos de cada cinco norteamericanos serán analfabetas ¡en el país más rico del mundo!

“La juventud se dedica a ver, a oír pero no a leer”, escucho el eco realista de Alarcón. Sin embargo, su mente quijotesca es ya un avispero: ha concebido soluciones. Dado el elitismo de las clases universitarias—pagos, pagos y más pagos—propone cátedras a través, precisamente, de los medios que producen el desinterés por leer. Así se podrá incitar a la lectura y al conocimiento de la herencia hispana. Y lo propone porque ya ha hecho intentos. En 1990, desde la cabina de KVVA “Radio Viva”, unos cien mil alumnos, perdón, radioescuchas, recibieron lecciones sobre la cultura del suroeste de Estados Unidos—el territorio conocido como Aztlán por los chicanos—directamente de la provocativa voz del “profe” Alarcón, como se le conoce por estos rumbos. Triunfante en su ejemplo, confiesa humilde y orgulloso que por lo menos ha de haber tenido desde la radio unos “cincuenta mil estudiantes mientras en mi clase apenas logran inscribirse ¡diez”!

Recordamos luego que en México la difusión de la cultura es una actividad institucionalizada y que incluso artistas e intelectuales ven como una especie de compromiso ponerse en contacto directo con el gran público—el pueblo, pues. Alarcón confiesa su simpatía y satisfacción por esta práctica como reconociendo tímidamente que es una lástima que aquí, por lo menos en Phoenix, no sea reproducida ni por hispanos o anglos. Y no es posible—sigue revelando—porque las concepciones sobre los métodos de enseñanza y difusión del conocimiento son diametralmente distintos. El “nuestro”— destaca—es deductivo, mientras el anglo es inductivo. Es decir, en la práctica las sociedades hispanas, por ejemplo, tratan de llevar la cultura de la universidad a las calles, mientras que en angloamérica si no cubres la matrícula está prohibido entrar a clases aunque pagues los impuestos. “Es un divorcio perfecto entre las masas y la universidad”, sintetiza.

Luego, sufro yo otro impacto, otro golpe de realidad de lo que antes era tenue sospecha porque “el profe” me dice que en Estados Unidos el intelectual, al menos el académico, no solamente no desarrolla el compromiso de ponerse en contacto con la gente, “sino que lo evita; no existen puentes con la comunidad”. La separación se manifiesta incluso dentro de los recintos en donde los mismos profesores de lenguas extranjeras rara vez discuten entre ellos sobre temas globales fuera de las discusiones por escrito o los coloquios literarios. En cambio—surge de nuevo la comparación inevitable y es entonces que Hermosillo, donde él ha estado como ponente, va a flotar en las alturas—en esa “hermosa” ciudad de donde vienes, y perdóname que te hable de ella, es maravilloso observar tanta gente joven involucrada, bien leída, que discuten en distintos lugares con entusiasmo. Aquí no, está muerto, remata.

Para ser aún más contundente, da ejemplos de cómo la cultura no es tomada en serio. En Phoenix, ciudad centenaria de unos dos millones de habitantes, son escasos, casi nulos, los edificios antiguos “lo que ya dice mucho”. Y es que si existe una construcción de más de cincuenta años, estorba al desarrollo funcional de la ciudad y entonces la echan para abajo, no se necesita. Así, destruyen la memoria histórica en aras de la comodidad lo que para Alarcón no es necesariamente cultura porque ésta se basa en la historia y la tradición. Y lo otro sería civilización ya que ésta propugna a toda costa el progreso y la tecnología. Entonces, si el edificio antiguo no se puede reacondicionar para instalarle aire acondicionado, ventilación, equipo contra incendios o ventanales ahumados, “simplemente lo derrumban”. Se pierde así la memoria en un afán de más confort, volvemos a coincidir, y él agrega que esta nación es escasa entonces en cultura porque no existe una memoria histórica concreta lo que es importante “para la identidad, la autoestima, el orgullo o aprecio de uno mismo” sobre todo para el sector latino de por aquí.

E insiste, quiere agregar que inclusive los cursos generales de historia son tan breves que se limitan a unos cuantos hechos: la llegada de los peregrinos, George Washington, la independencia y la guerra civil. Cualquier preparatoriano aquí apenas sabe eso y es difícil que tenga noción del curso del tiempo en esta zona... ¿y sobre México qué se dice? ¿No hay nada de lo nuestro?, “¡por supuesto que no!, la parte de México ni les interesa... ustedes casi no existen, mas que en la guerra que ellos ganaron con su destino manifiesto”, confiesa y entonces se echa a reír como burlándose y yo me voy conmovido ante tanta sapiencia e ignorancia anglosajona, hispana, chicana y mexicana que me rodea en este viaje feliz por los pasillos de la academia...

(*) Del libro De viaje en Mexamérica. Crónicas y relatos de la frontera. Student Edition // Edición Escolar. Lecturas y ejercicios en español para hispanohablantes en Estados Unidos. 159 páginas. Monterrey Park, California, USA. Izote Press, 2014. Más información en: 
 http://manuelmurrietasaldivar.com/libros/De_Viaje_en_Mexamerica.html  
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Mi muro de Berlín

8/17/2023

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Imagen: frente a los restos del muro de Berlín, julio de 2014. Fotografía de la colección personal del autor.
Por Manuel Murrieta Saldívar

Con permiso del autor: 
http://www.manuelmurrietasaldivar.com/poecronicas/mi-muro-de-berlin.html​

                                                                                                                     A Daniel Ceceña

I

El desconocido gravita en su cerveza…
con leves titubeos proyecta su mirada
entre las mesas callejeras de un pub desolado.

El ruido de TV no logra distraernos,
los espacios vacíos permiten nuestro encuentro
y, alarmado, me pregunto la razón de su vista sobre mí.

¿Verá los arduos siglos que nos han separado,
los mares imposibles, lenguajes sin sentido
y hecatombes sobre mi piel morena?

¿Mirará en mí a un migrante turco, al Otro que lo invade
entre camisas de futbol, puestos de «kebabs»,
puentes cansados y trenes que escucho espantado en esta lejanía?

II

Sus ojos delinean esa pequeña rasgadura
que filtra un dejo de tristeza y felicidad remota,
un brillo que resalta entre el fondo oscuro,
largo, penetrante, de la esquina donde vine a caer.

Pero ahora es mi turno: la mesera me arropa
con su menú ambarino, prepara los cubiertos
mientras el berlinés
no deja de clavarme el rostro
ahora satisfecho al levantar su tarro…

¿Ha descubierto que estoy aquí sin compañía?
¿Qué pretende rodeado yo por su comunidad
valiente, adolorida, de ideologías distantes
y añejas para mí?

III

Ahora sonríe con una fraternidad que atraviesa las sillas,
cae en mi humanidad con algo de sospecha
mientras pruebo el piernil de puerco con «sauerkraut».

¿Cuántas guerras mundiales recorrieron su cuerpo?
¿El sinfín de cicatrices llegará hasta sus pies,
hasta esta banqueta marcada por varios genocidios?
¿Qué página de su libro de vida habrá quedado trunca
y qué fue de su futuro, el ideal del pasado?

El tipo no se irrita —está feliz— cuando descubre
mi ignorancia absoluta del hablar alemán
y me escucha preguntar al amparo del inglés
las instrucciones precisas
para transbordar al centro de Berlín —puerta de Brandeburgo,
museo de holocausto, laberintos del metro…

Se levanta, desaparece, me ignora con la espalda
y surge el relax cuando supero el shock de la primera vez…
es evidente, ya va a su destino
dejando la sensación de dudas que es esta ciudad…

IV

¡Pero no!…regresa de pagar la cuenta
y con sonrisa de niño incandescente,
de un arrepentido que sabe lo que hizo pero no lo confiesa,
me rastrea profundo
mientras alguien explica cómo he de llegar al centro del turismo…

¿Pensará hacer conmigo su mejor obra del día?
¿Va a cometer el crimen largamente planeado?
—precisamente a mí, el más necesitado, solitario
y olvidado de los hombres que llegó en la mañana
a esta urbe violada varias veces
nunca antes recorrida en mi eternidad tan breve…

Entonces, pasmado, el germano se aproxima:
(detrás la historia tiembla, se levantan y caen paredes de terror,
se escuchan las matanzas de un campo judío

la Gestapo interroga en ese calabozo

y el ejército rojo ha tomado su hogar)

ojo sobre el mío, me extiende al fin la mano
y el muro se derrumba al escuchar su voz:
«Welcome to Berlin, enjoy your beer…!»

-----
(*) Del poemario Poecrónicas en las urbes. Colección Sur Editores. La Habana, Cuba. 2019. Colección Sur # 339. 106 páginas. Más información en:  
http://manuelmurrietasaldivar.com/libros/poecronicas_en_las_urbes.html

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Siempre que llego...

8/3/2023

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Imagen: Durante algún concierto en el zócalo de Ciudad de México. Foto de la colección personal del autor.
Por Manuel Murrieta Saldívar

Con permiso del autor:  
http://www.manuelmurrietasaldivar.com/poecronicas/siempre-que-llego.html

I
Siempre que llego aquí
reinicio el desgaste acelerado
de mis pies
debido a las largas caminatas
que me esperan por rutas vírgenes o resucitadas
que no me dan descanso…

A veces es la seducción
de un museo nuevo o repetible,
en otras es el descubrimiento
de un hogar amistoso o familiar
y mercados públicos
plagados de colores y mundos de artesanos.

II
Siempre que estoy aquí
mis ojos se renuevan,
saltan curiosos
debido a la inundación de novedades
o porque alguna tragedia humana o natural
los provocó de súbito.

Ayer mismo fui testigo
de los milagros insistentes de la fe
pero a la vez, ahí enfrente,
pude ser embaucado por tres ladrones
escapándome a tiempo
debido a la intuición que ahora desarrollo.

III
Siempre que permanezco aquí
por días enteros, largos o cortos,
sucede lo inconcebible
como, supongo,
escribir al menos un poema
o este mismo texto
que me atraviesa emocionado,
escapa de mi cabeza,
mueve mis dedos
para sacar siquiera
la punta de legiones de vivencias
acumuladas en 24 horas o en algunos centenarios.

IV
Siempre que regreso desde aquí
percibo unas partículas de mi cuerpo,
de mis otros yos,
separándose de mí
queriendo permanecer aquí,
me atan
me jalan
deciden quedarse
aunque sea en fragmentos
mientras otros seres abstractos,
o lo que queda de mí y mi conciencia,
parte de nuevo
hacia otras latitudes que aún me acechan
y piden que las visite sin dudas y sin pausas…


                                                                                                     Ciudad de México, julio de 2023
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Artesana de misterios (*)

7/27/2023

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Imagen: Lago de Atitlán, desde el poblado de Panajachel, Guatemala. Fotografía de la colección personal del autor.
Por Manuel Murrieta Saldívar

Con permiso del autor:
http://manuelmurrietasaldivar.com/poecronicas/artesana-de-misterios.html

                                                                                        Para Erivan, siempre una incógnita....

Renuévame el camino del misterio
para recuperar habitaciones
vírgenes y acequias…

Proponme una avenida
escritores en fuga
              cuerpos de aguas
                          esa curva barroca
                                       o un volcán difunto…

¿Qué tal nuevas cervecerías
             iglesias sin cielo
                           y poemas urgentes que te arropen?

Proponme
Dime

sé mi guía
¿no ves que aún puedo dejar mi residencia,
los perros que me crían
y la calle por donde va mi infancia?

¿No ves que todavía me atrevo
a desalojar terruños,
desentrañar raíces
y los libros sagrados que esclavizan?

Aviéntame, pues,
lo desconocido en la pupila,
una pisca de vida
la carne que sorprenda a mi esqueleto.

Hazlo…y me tendrás temprano
enfrente de tu boca y de tus pies
para estar los dos en rotación
como lunas gemelas espiando a los cometas…

                                                                               II
​

Cuéntame del candor de tu ciudad,
de cómo los mapas nos enredan
y nos hacen tutear al destino
y a los puentes
para sondear esos depósitos
que aman los arqueólogos,
refrescar las atmósferas sin humos
en nuestra búsqueda sin fin
de sueños y planetas.

Avísame por favor a dónde ir,
cuál es el punto donde ocurre
el milagro,
el encuentro a veces tan oculto
tan temido…

¡Revélame el lugar!...
Ya sabes que no importa a dónde ir,
sino el camino
que yo estaré ahí tan pronto

como el guiñar de un ojo…
tú,
desconocida

artesana de misterios

el ser que encontraré
en esta ruta virgen
en la que ya despierto…

                                                             [Antigua Guatemala, Guatemala], diciembre de 2016

(*) Del poemario Los días primigenios.1ra. Edición en Estados Unidos.
115 páginas. Serie Sentimiento # 14. Coedición: Editorial Orbis Press. Turlock, California, USA. Editorial Giraluna. Caracas, Venezuela. Más información y para adquirirlo:
http://www.orbispress.com/imagenes/sentimiento/los-dias-primigenios.htm



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No duermas

7/19/2023

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Imagen: Madrugada a los alrededores de la Plaza Mayor, Madrid, España. Fotografía de la colección personal del autor.
Por Manuel Murrieta Saldívar

Con permiso del autor:  
http://www.manuelmurrietasaldivar.com/poecronicas/no-duermas.html

Quizá porque la noche es muy confusa,
se me viene el insomnio tratando de explicarla...

Paso largas horas con ojos de asombro
bajo mi techo casero o los que visito,
ladeándome de un extremo al otro de la cama
sin recibir una dosis moderada de sueño
a pesar del salto de miles de ovejas blancas,
negras, de todos los colores...

No tengo entonces más remedio que atrapar a la noche,
medir sus ángulos obtusos y convexos
tratando de entenderla, comprenderla,
por qué nunca se apiada de mí...

Pero ella insiste en distraerme:

Aparecen planes que nunca hice
otros que jamás realizaré
vienen obligaciones con fechas límites de un siglo
otras que acabaron ayer o que logré a medias
—ahora me recuesto boca abajo--

La gente me aconseja que salte de mi lecho
a continuar el proyecto pospuesto o atrasado,
que beba una o dos tazas de té,
hacer una rápida meditación
o una plegaria por la paz del mundo
pero nunca encuentro voluntad para tales sugerencias
o para otras que yo me invento...

La noche me atrapa siempre con sus garras
abriéndome los párpados
para que siga mirando oscuridades
que se mueven hacia todas direcciones
teñidas de puntos blancos, amarillos y violetas...

Nunca he podido dormir con la serenidad del bebé
o la del borracho cansado de una fiesta
como lo he atestiguado que caen fulminados
a mi lado con su sueño profundo que me produce envidia.

Me pongo de nuevo boca arriba,
ya son las tres o dos de la mañana
y de nuevo tampoco ahora volveré a dormir
mis cinco o cuatro horas que me tocan
—debieran ser ocho, lo sé--

Pasivamente me dejo dominar
por otra noche inquieta
que encaja sus cuchillos de planes y de ideas
sobre mis pupilas abiertas,
saltonas,
sorprendidas,
como escuchando a la noche:
–¡No duermas...no hay tiempo que perder!...

                                                                                        Keyes, California, julio de 2023

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Universo

7/12/2023

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Imagen: El Caracol, observatorio astronómico maya, en Chichén Itzá, Yucatán. Foto de la colección personal del autor.
Por Manuel Murrieta Saldívar

Con permiso del autor:
http://www.manuelmurrietasaldivar.com/poecronicas/universo.html


El universo
es una oscura
geología
que protege
a la nada
y a las cosas
desde
el rumor del polvo
hasta la vida última…

Y entonces
el silencio
recobra su conducto,
atraviesa
los huecos de la noche

hileras siderales
para gemir de nuevo
aquí
y allá
en una
gota
de
amor...

(*) Del poemario Alejados del instinto. 3ra. Edición. 117 páginas. Serie Sentimiento # 12 Editorial Orbis Press. Turlock, California, USA. 2019. Más información y para adquirirlo en este enlace:
http://www.manuelmurrietasaldivar.com/libros/alejados_del_instinto2.html 




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He llegado hasta aquí

7/6/2023

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Imagen: Playa en Bodega Bay, California. Foto de la colección personal del autor
Por Manuel Murrieta Saldívar

Con permiso del autor: http://www.manuelmurrietasaldivar.com/poecronicas/he-llegado-hasta-aqui.html

Desde los infinitos de la tarde
he llegado hasta aquí
atravesando un desfiladero de estrellas
y de seres que no me visualizan
o lo hacen con escasa nitidez…

Sólo unas cuantas partículas,
muy claves y sinceras,
pueblan mi pensamiento
y con ellas sobrevivo en esta travesía sideral
guiado en mucho por la suerte y lo que se presente…

Porto algunos callos y muchas cicatrices
como las ballenas que surcan el océano frío
para retozar en el mar caliente de los golfos

o como un meteorito que acaba jadeando
sobre la superficie con su carga de diamantes
y de burbujas de titanio,
metales extraños que producen sorpresas y temor…

He llegado, pues, hasta aquí
y a veces no me reconozco,
más bien,
no me reconocen
quizá porque mi estancia ha sido tan fugaz
o porque sigo transformándome,
mutando a cada instante,
a pesar de las constantes resistencias
y de las paralizaciones de los otros
de ciertos planetas
y alguna otra galaxia…

                                                                               Keyes, California, junio de 2023
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