De la novela
La Revolución en Samarkanda Capítulo XLIII Una pequeña Santa Adelaida Caminamos al sur, no sólo horas. Días y semanas enteras como devotos peregrinos caminamos, con los pies ardientes, al sur. Él con la mirada de su único ojo fija en algún destino que no comprendía. El otro, el de palo, lo había guardado en el bolsillo del pecho de su chaqueta de almirante marino, ahora sin charreteras ni condecoraciones. Sólo, sobre el ojo de palo escondido al fondo, sobresalía, en reemplazo de las condecoraciones que antes llevara su pecho, el pañuelo de color azul mar, que ya parecía blanco sucio, ya sea por la espuma marina, o por la rendición. Al centro de éste, la mancha del cardamomo con saliva. Sobre la cuenca vacía se había puesto un parche negro que le daba un aspecto malévolo, por lo que la gente en todos los lugares nos evitaba, salvo a veces cuando nos deteníamos a descansar en algún portal, entonces, alguna mano bondadosa nos lanzaba centavos a los pies, con los que luego comprábamos una sopa en cualquier hospedería, donde pasábamos la noche. El motín y la brutal reacción de Dumango, así como su expulsión de la Santa Adelaida, se transformó en titulares, que yo iba leyendo para suplir el silencio de mon amiral, que caminaba taciturno. "La revolución de Samarkanda dividida" decía un titular. "Frank O'Whistle declaró: Ya se están matando entre ellos. Esa barbarie es la que llaman su cultura", aparecía en una bajada de título, y así. Cada comentario parecía alegrarse de lo sucedido en letras de distintos colores. "Se teme que la carabela pirata esté en territorio americano" decía un vespertino. "Si así fuera, no dudaremos en hundirla" habría dicho Frank O'Whistle. Dumango no leía los titulares, ni quería interesarse, pero al ver este, distraídamente, sonrió por primera vez en varios cientos de kilómetros. - Al menos nosotros sabemos que América es mucho más grande - me dijo -, ¡y de tierra!. ¿Pensará hundirnos en el mar de las Montañas Rocallosas, nuestro amable Frank O'?. Tal vez en unos millares de años más alguien confunda a la Santa Adelaida con el arca de Noe. - ¿Por qué dices nuestra?. Tú ya no estás ahí. - Mientras no renuncie a la revolución, la Santa Adelaida es mi embarcación carraca, y carabela. Junto con decir ésto, dio unos golpecitos sobre las nalgas del mascarón de palo que llevaba bajo el brazo. Después de eternos kilómetros, de atravesar tierras y bosques, arboledas y sembrados, caminos, senderos y calles, ríos y arroyos, chacras, plantaciones, granjas y montes, con el sol al este o alto sobre la cabeza, con el ocaso a nuestra derecha, y algún incierto destino al frente, con el pasado al norte, cargando nuestras espaldas curvadas de cansancio y peregrinaje; por fin encontramos en Wyoming la ruta veintiséis, que nos fue llevando por su senda iluminada, entre la llovizna, y las luces metálicas y halógenas, a la North Cache Doctor, avenida que parte en dos a Jackson. Este lugar extraño y ordenado, al que arribamos después de pasar por pueblitos, villas, caseríos, y asentamientos de diversos tipos, parecía haber sido montado sobre una perfecta planificación a partir de dos avenidas principales. Ésta, por la que entramos al pueblo, era el camino natural derivado de la ruta veintiséis, que se hacía calle y pasaba a llamarse Doctor Cache, y la otra, la pretenciosa Avenida Broadway. La primera corre de norte a sur y la última de oriente a poniente. Una y otra se dividen respectivamente en Norte y Sur y la otra en Este y Oeste. De esta manera todas las demás calles según corren en uno y otro sentido, se llaman West Pearl Avenue y East Pearl Avenue, según si está al este u oeste de Cache Doctor, que también a su vez es North Cache Doctor o South Cache Doctor, según si estamos al norte o sur de la Avenida Broadway. En este trazado perfecto y planificado, tal vez Dumango siguiendo la inspiración, o su destino ineludible, sólo dijo: - Odio el orden, que se opone en su esencia a cualquier revolución. Los conservadores son una peste - y dobló por la Avenida West Broadway al poniente. - ¿Hasta donde piensas llegar, almirante? - le pregunté. - Hasta que los nombres sean un desorden real. Ahí habrá un trabajo para mi - respondió, con su mirada serena clavada en el poniente. - Aquí - dijo, cuando la Broadway giró de nuevo al sur y tomó su personalidad caminera. Torció a la izquierda, por el callejón Meadow Lark, lo que no era en absoluto extraño en él, que siempre que su conversación era íntima se llenaba de pajaritos y prados. Tal vez era el destino el que lo había traído aquí. No lo sabré nunca. A la mitad del callejón me dijo: - Espérame aquí, voy a conseguir trabajo -. Sacó su pañuelo color mar del bolsillo del pecho, que ahora había tomado color de madera noble, tal vez por la saliva y el cardamomo de las semillas masticadas, y se limpió la cara y las manos con él. Luego, con el mismo pañuelo abrillantó su ojo de caoba labrado, y se lo puso. Entró con la Santa Adelaida bajo el brazo, aun cuando le insistí en guardársela, a Builders Lumber & Supply Co. - No - dijo -. Ella me ayudará. La santa me protege -, y entró con el mascarón de la mujer de pelo verde y pezones negros, con sus caderas amplias como de mujer de Holanda, o latina de muy al sur. El negocio, una barraca de maderas y suministros para la construcción, consideró que Reff era casi parte esencial de la madera, pues estaba lleno de ella, y con arte extremo, de modo que le dieron trabajo de inmediato como despachador. El capitán Arraztegui tomo el mando de la nave con autoridad plena, y severa. Estacionó en Wild Horse, junto a la frontera de Montana, mientras una delegación iba a Winnipeg, Regina y Edmonton, con encargo de adquirir tres potentes motores para instalar a la carraca. Dijo: "Esta, señores, es una nave de combate, para la guerra, de manera que mientras estamos aquí estacionados, a la espera de los motores que potencien nuestra embarcación, la despojaremos de todo aquello que la ha ido transformando en una mariconería de fiestas y bailes indisciplinados". Hizo sacar los geranios, ya secos y marchitos, de las troneras, cerró la mampara que recordaba la herida de guerra del combate de Nueva Escocia, y todas las instalaciones de cubierta que recordaran a la carabela disco, o "a la farándula de Dumango", según dijo. Si bien nuestro nuevo capitán no era un déspota, la disciplina se endureció, aun cuando los castigos se hicieron más militares. "Aquí se acabó aquello de la cofradía, que más parece club de mar, y estableceremos cargos y dignidades militares. Aquellos que están aprendiendo, y no han ganado su honor militar, serán ahora, grumetes. Los que conocen el oficio se llamarán marinos, y quienes tienen ganado un rango, podrán usarlo. ¡No somos una hermandad de la costa, sino la marina de la revolución!". Insistió en el orgullo del oficio, en el servicio a la nación y a la revolución sincera y especialmente en la disciplina. Rápidamente nos convertimos en una eficiente máquina militar, a la vez que la ciento dos punto tres se iba silenciando, y mantenía sus parlantes en funcionamiento sólo para la nave, con bandas militares e himnos de mar. Por esas cosas extrañas que tiene la gente, sólo se salvó de la reforma (revisionismo decían algunos no demasiado contentos) el museo de pinturas Rawlins. Nave insignia, en misión del norte. Informe del capitán: Según fue necesario todo se ha reformado de modo de volver a la necesaria disciplina del marino. La misión ha fracasado y el almirante que descuidó gravemente su deber fue remplazado por este nuevo mando. La nave, según estimaciones y planes de guerra, llegará a la mar océana para la primavera. Entonces renacerá en su medio natural del que nunca debió salir. En el intertanto se ha planeado, según se informa, incursiones de guerra a los siguientes objetivos a saber: Great Falls, Conrad y Shelby. Luego Whitefish y Kalispell y no se librará Libby en Montana. En Idaho serán nuestros objetivos de guerra Sandpoint y todas las localidades del imperio en la noventa y cinco hasta llegar ahí, mientras en el estado de Washington partiremos arrasando Spookane, luego Colville, y otros. Así construiremos nuestra gloria. Así lo haremos. Seguirá luego la conquista de Omak, Maple Falls, y así y también otros muchos pequeños. Sí. Muchos otros hasta Lynden y Birch Bay, por supuesto Bellinham, Anacortes, Port Angeles y Neah Bay en el mismísimo océano Pacífico y sereno, donde será llegada nuestra meta. Será llegada lo digo, y podremos navegar al sur orgullosos y satisfechos guerreros. Arraztegui capitán de navío Lo vi entrar con su aspecto diferente, con esa mirada serena que le daba un aire de estar aquí, pero que vivía siempre diez minutos adelante de todos los demás. Su pierna de madera fina iba marcando un ritmo muy propio con su toc, toc, toc, persistente, al chocar con el suelo de eucaliptos. De inmediato, y sin que hubiera dicho nada, sabía que sería nuestro mejor despachador de maderas. Era como si al fin todo calzara. Como si desde siempre, desde que mi bisabuelo puso su primera barraca en este lugar, como si toda la persistencia y esfuerzo de mi abuelo sordo, y mi padre calvo y sonriente hubieran sido planeados para permitir este momento en que, al fin, veía entrar al hombre que traspasaba la puerta de Builders Lumber & Supply, con un mascarón de proa de Santa Adelaida bajo el brazo, y un ojo y una pierna de palo. - En qué podemos atenderle - le salió al encuentro Chip Poplard, cerrándole el paso. "Su aspecto sucio y sus extrañas prótesis me dieron la impresión de un bandido" me confidenció más tarde. Me interpuse y le dije a Chip que yo mismo atendería al personaje. Era cierto que su aspecto no era aseado, pero se veía que la nobleza lo acompañaba bajo el polvo de un largo peregrinaje. Un bandido no usaría jamás una pierna tan finamente labrada en caoba, ni tendría esa mirada limpia y serena, que se adivinaba siempre adelantada al tiempo. - Busco trabajo - dijo en castellano, pero su tono vibrante era tan claro y preciso que se le podía entender en cualquier idioma. - ¿Qué sabe hacer usted? - le interrogué en inglés, sabiendo que no era importante si lo hablaba o no. Ese hombre me entendería de todos modos. Me explicó que lo que él sabía hacer jamás lo haría aquí. "Soy un revolucionario ¿Sabe?" me explicó, pero aseguró que aquí en Builders Lumber & Supply pretendía ser el mejor despachador de maderas, por un sueldo moderadamente bueno, y los despuntes de madera que se dejaban para leña. No porque le creyera, sino porque me intrigaba su mirada adelantada en el tiempo, y el pañuelo color palo seco, con un nudo al centro, fue que le di el trabajo que se ofrecía a desempeñar. Respecto al mascarón de madera que llevaba bajo el brazo, lo comprendí del todo y de inmediato, debido a que soy un viejo maderero. A pesar de su disgusto por el orden de las calles, nos instalamos en el reticulado de puntos cardinales, en South Glenwood entre West Karns Avenue y West Snow King Avenue. Ahí, en el garaje de autos que no teníamos, mon amiral instaló su pequeño taller de maderas. Cada día llegaba con en trozo de tabla que trabajaba con esmero, en silencio, en encierro, en construir su secreto mejor guardado. "Qu'est-ce que c'est ça que vous faites?" le preguntaba cada vez que salía del taller y lo cerraba cuidadosamente. "Cosas mías... cosas mías" respondía, empujando con el gesto de la mano las ideas hacia algún lugar en el pasado, y entonces hablaba de mar y hacía recuerdos de la revolución y de Samarkanda. Así estuvo durante semanas. Primero con aspecto preocupado, después misterioso, más adelante alegre. Un día cualquiera no trajo más maderas ni palos, sino trapos de crea y lona, hilos gruesos, cera y grasa, y otros enseres extraños. "Mais dit moi... ¿Qué tienes ahí dentro?" insistía yo. Él ahora sonreía tranquilo. Un día llegó con cuatro ruedas de goma, al siguiente venía con un saco de maní, otro de carbón vegetal, parrillas de fierro, y otras cosas extrañas. "Est que tu est fou?" le pregunté preocupada. Realmente me parecía de loco las cosas que traía y hacía. El colmo fue cuando llegó con un enorme tarro de miel, y la mirada más serena y lejana que nunca. Entonces le dije: - O confiesas ahora o te hago encerrar por loco. - ¡Bien! - contestó -. Ya está concluido. Ven a verla. En el garaje airosa, orgullosa, liviana y miniaturizada estaba la Santa Adelaida, con sus velas desplegadas, montada sobre sus patines con ruedas, tal como la dejáramos en la frontera, con su mascarón de proa sonriente de verde pelo y brazos extendidos, pero de sólo dos metros de eslora y algo menos de un metro de envergadura. Las velas alcanzaban en todo lo alto del trinquete, la estatura del almirante. De las ruedas a popa salía un mango para empujar el carrito a escala. - ¡Es verdad! - dije -: Estás loco de nostalgia. - ¡Ah no!. No es eso. Aquí navega la nueva revolución. - Sí que estás loco - afirmé -. ¿Como vas a hacer una revolución con este velerito de juguete, si ya con la gran carabela era difícil?. - Observa - dijo, y abrió el costado de babor del casco. Dentro había una cocinilla a carbón, ya encendida. Sobre la parrilla se tostaba maní que echaba aromas atrayentes, en otra palangana estaba confitando maní pelado -. Hoy es nuestro viaje inaugural - cerró la tapa del vientre de la nave, y empujó a la Santa Adelaida a la calle. Enfiló calle abajo por West Snow King Avenue hacia el oeste, y no bien hubo caminado unos cincuenta metros, vestido de gala como almirante, con todas sus charreteras y condecoraciones, con la mirada más serena y alegre que jamás le vi, comenzó a vocear: "¡Hay maní tostado, confitado caliiiiiiente!". "¡Al rrrriiiiiicccco maní maní!". Reconozco que no fui suficientemente valiente como para acompañarlo. Mucho antes que desembarcara junto al portón, oí su pregón: "¡Al rrrriiiiiiiico maní maní! ¡Tostadito, salado y confitado el rrriiiicooooo maní maní!". Finalmente recaló ahí, y se puso al pairo de la caseta de control de despacho. El almirante Dumango, con su uniforme de gala de la revolución sincera de Samarkanda desembarcó de la carabela, fuerte como un lobo de mar Atlántico, hermoso como un felino cazador, con la mirada serena y el porte elegante; se dirigió a mi oficina y se cuadró ante mi. - Vengo a presentar mi renuncia y a agradecer la oportunidad de trabajar la madera - dijo. Traté durante mucho rato de disuadirlo, pero cuando finalmente me clavó su mirada serena que parecía ver siempre diez minutos más adelante en el tiempo, supe que no sería posible. Ya había tomado la decisión hace diez minutos y jamás alcanzaría yo esa distancia. Entonces me despedí de él con afecto, y lo acompañé hasta su carabela manicera y revolucionaria. Al llegar a la salida del callejón de Meadow Lark, una alondra se posó sobre su cabeza y cantó tres veces, entonces supe que era un elegido. - ¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Aleluya! - dije y lo abracé. Él tomó la alondra y la acunó junto a su pecho; entonces volvió a cantar tres veces. Luego la alzó y la dejó volar. También él levó anclas, y se fue por la avenida West Broadway rumbo a Miller Park pregonando: "¡Hay maní maní. Tostadito pelado confitado el maní!". Por las mañanas mon amiral anclaba la Santa Adelaida en Miller Park, a la sombra de los castaños, con los parlantes de la carabela reproduciendo música o poesías. La gente y los pajaritos se acercaban, éstos a trinar y comer lo que de la carabela caía, y aquellos a comprar maní confitado o tostado y bebidas, y se sentaban a conversar sobre literatura y arte, o pintura y música, y consultaban a Dumango sobre el origen de aquella música, o el autor de tal poema, y opinaban de ellos y otros, comparando la musicalidad de Óscar Castro con la de Thomas S. Eliot, o la fuerza de Whitman y la estética de Neruda, y más, hasta que llegaron a saber casi tanto de cultura de América española como de la suya propia. Con el tiempo, las tertulias culturales del almirante llegaron a ser una obligación para la gente culta de Jackson y los alrededores, y el maní salado con uvas pasas un vicio. Hacia las cuatro de la tarde la Santa Adelaida levaba anclas y se iba navegando por la avenida West Delon hacia el este hasta North Jean street, donde anclaba al pairo del Jackson Elementary School, donde los niños aprendieron de él tanto que jamás les enseñarían en las aulas. Un día volvió con el rostro iluminado, como si hubiera vencido en la batalla final. - Qu'est-ce que tu as? - le pregunté. - Hoy, los niños me han llamado "El Capulín". ¿Comprendes?. Lo he logrado. - ¿Y qué con éso?. - Cuando yo era niño - dijo, dejando caer la vista en sus recuerdos -, a la salida del colegio instalaba su kiosco ambulante, montado sobre un triciclo, un hombre de infinitos años, según yo lo veía. Él nunca hablaba. Sólo sonreía con su boca fina y sus ojos buenos. Durante todo el año vendía maní tostado y confitado, y también cocadas y gomitas de eucaliptos. Hacia semana santa traía sus yoyós de palo y enseñaba, siempre sin decir palabra, a hacer maravillosos trucos. Para julio traía trompos de todos tamaños y colores y lienzas para hacerlos bailar. En septiembre, cuando empezaban los vientos de primavera, el maní y las cocadas se vendían junto a los volantines de colores de las banderas del mundo y cuando ya terminaba la temporada, cuando venían las vacaciones y la navidad, su carrito se llenaba de rompecabezas de alambre, que él armaba y desarmaba frente a nuestros ojos sonriendo, y nos entregaba con la misión de descubrir el truco. Si alguien lo lograba en ese instante del barullo de la salida de clases, se llevaba el rompecabezas gratis, en caso contrario debía pagar su valor. Ese hombre entrañable y mágico era el verdadero "Capulín", y hoy los niños me han nombrado a mi su "Capulín". ¿Entiendes?. Sus ojos volvieron desde sus recuerdos, brillantes de emoción. Ronald Cardigan corresponsal, desde Shelby, día ocho. Otra vez golpea la carabela pirata. Esta madrugada los habitantes de Shelby se vieron sorprendidos cuando desde el sureste, empujada por potentes motores entró, por la ruta dos, una enorme carabela, como si el mismo Colón estuviera descubriendo otra vez América. Testigos dijeron que tendría más de cuarenta metros de eslora y veinticinco de manga. La nave pirata ancló en la esquina de la Cuarta, donde una pandilla de piratas saltó al abordaje y ejecutó un asalto relámpago al Heritage Bank. Con la misma velocidad que había llegado, la embarcación desapareció, haciendo rugir sus motores mientras las bocinas transmitían a gran volumen una canción hispana que el sheriff Robert Miranda reconoció como "El Galeón Español". Testigos aseguraron que los piratas habrían raptado a Mrs. Crownhead, que en ese momento paseaba a su pequeña terrier para que hiciera su primer pipí de la mañana. La perrita tampoco ha sido encontrada. Todos los caminos y vías fluviales del condado han sido bloqueados, sin embargo se cree que los piratas han evadido de un modo u otro el cerco policial. Seiscientos dos, oficina ya pequeña y oscura, desde aquí mismo digo y declaro que jamás marinos sobre una nave carabela de nuestra armada raptarían o forzarían voluntad ninguna. A ti Arraztegui te digo que pagaste tu precio y obtuviste tu premio. No dirijas mi revolución hacia la prosa y el pillaje, que no es Shelby ni Hampton, quince o madrugada fría con sidra y más, considéralo bien. Tal vez busques castigo y la revolución es sólo para los elegidos que tienen leyenda. ¿Buscas la tuya muy rápido?. La dama de los pechos duros y de pelo verde no va contigo sino con carabela manicera y tertulias literarias. ¿Cuál es la revolución sincera?. Donde están pepinillos y aceitunas, cornichones y mentas, donde la gente cree, ahí está la revolución. No es revolución el fuego y asalto, ni tampoco es sincera o serena. ¿Aún no llegas al mar?. Sólo amas el botín y corrompes el ideal sincero, Arraztegui. ¿Es el poder, lo tuyo?. - Mon amiral, ¿Por qué traes más madera?. Estás gastando nuestro presupuesto en palos. ¿Qué más construyes?. - La segunda Santa Adelaida. - ¿Y para qué otra? - La primera navega conmigo. La nueva navegará con un secuaz. - ¿Es que no tienes bastante con una?. - La revolución necesita una flota de Santa Adelaidas. Con una sola Santa Adelaida era suficiente para que yo estuviera como esposa abandonada en la casa, y ni siquiera lo era. Con dos estaría perdida. Quería decirle si al menos teníamos aún el compromiso de lujuria, pero preferí no hacerlo, ya que sabía que todavía guardaba la carta cerrada de la odalisca junto a la estufa del maní tostado, en la cala de la Santa Adelaida. Siempre que me levantaba, ahogada de hastío por las noches, mientras el roncaba satisfecho, como gran Capulín, yo iba y vigilaba el vientre de la carabela: Ahí estaba aún cerrada y con su ramito de violetas al lado, la carta de la odalisca, y el pañuelo color mar que la gitanita le atara con su destino. Señores Oficina Seiscientos dos A ustedes o usted señor jefe de aquella oficina, Arraztegui que suscribe y dice, declara como sigue: Este capitán de navío carabela es un guerrero y tal hace. El plan general y sus objetivos son tales que consideran según ya declarado asaltos y despojo al imperio. Ese es el plan y fue declarado y se suscribe. Este capitán no cejará en su empeño de quitar al rico para abastecer a la revolución, hasta que aquel agobiado e impotente, ceda y sea el triunfo que se busca. Este imperativo que se declara no se transa. ¡Abajo los románticos!. No se obedecerá a revisionistas si no es necesario. Y no lo es. Si hemos raptado o redestinado personal imperial a necesidades de esta revolución, fue necesario. Lo fue. No teníamos bibliotecaria. Nuestra Medallita de Lourdes está destinada a las troneras de estribor en asaltos, y a la cocina en tiempo de merienda. Era necesario una nueva bibliotecaria. Sin duda lo era. No desea este capitán revolucionario de navío reformado, según requisitos de la nueva revolución dar más explicación y nada más sólo decir: No hay más cofradía. Esta es una nave de guerra y en guerra con el gran imperio se declara, hasta despojarlo como se precisa. La señorita Crownhead y su pequeña Doggy vinieron por voluntad propia y ella ama ya a nuestro marino guardián de banda Kirkegar Zerreitug llamado El Caremorsa. Doggy está bien. Si hubiere reparos, desde ya sépase: Me declaro en rebeldía y queda abolida aquella seiscientos dos y nunca más existe. Tampoco existió nunca, y este brazo de hombre manco fue un exceso. Firmo y sello: Revolucionario Arraztegui ¡Viva la nueva revolución! ¡Vencer o vencer y vencer! Cuando la flota finalmente llegó a siete Santa Adelaidas, todas ellas con su mascarón de proa verdadero, cada una a cargo de un Capulín bien entrenado, creí que era el momento de partir, y así se lo dije a Dumango. La lujuria ya había terminado, y yo aún era una joven periodista de manera que le devolví su cadenita de oro labrado y le dije, no sin cierto rencor doloroso, que ya podía ponerla junto a sus otros trofeos en el vientre de la Santa Adelaida. Estaba dispuesta a partir. Dumango sólo se rió suavemente, y me estrechó contra su pecho: "No sabes cuanto te admiro, y casi te amo" dijo, besándome los lóbulos de las orejas. Casi pensé en quedarme, pero quería ser fuerte, no quería ser engañada ni consolada. - Nada de éso - dijo -. El que se va soy yo. Tú quedas a cargo de la flota aquí en Jackson, mientras yo desarrollo la invasión de Pocatello en Idaho. Cuando partió con su pequeña Santa Adelaida, me dejó caer su serena mirada y me devolvió la cadenita de oro labrado con que nos atábamos del cuello en aquellos tiempos de lujuria y me dijo: - Volveremos a atarnos. Sólo éso te prometo. Nadie había mordido antes mi destino, nadie lo había teñido tanto -. Y secó mis lágrimas, que aún no caían, con el pañuelo color del mar y manchado de saliva y cardamomo. después partió pregonando -: ¡Al rico maní maní maní!. © Kepa Uriberri
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Kepa UriberriA mediados del siglo pasado, justo al centro de algún año, más frío que de costumbre, en medio de una nevazón inmisericorde, se dice que nació con un nombre cualquiera. Nunca fue nadie, ni ganó nada. Quizás sólo fue un soñador hasta comienzos de este siglo. Fue entonces cuando decidió llamarse Kepa Uriberri y escribir, también, para los demás. Hoy en día, sigue siendo un soñador y aún no ganó nada. Sólo siembra letras en el aire. Archives
August 2021
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