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Presencia

Vicio

8/15/2018

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Vicio
Un cuento
David Alberto Muñoz
 
Desde que amanecía, Armando se la pasaba en su computadora viendo pornografía de todas clases. Empezaba buscando la palabra “manoseando”, y pronto, encontraría videos de mujeres que eran manoseadas en los cines, en el trasporte público, en las esquinas de famosas avenidas, así como en las cocinas de sus casas. Estaba literalmente enviciado. Se masturbaba cuatro o cinco veces al día, aun sin tener erección. Su vida se había reducido a estar frente a la pantalla de su laptop buscando cosas de sexo. Ya lo habían corrido del trabajo porque descubrieron que en la misma empresa dónde trabajaba, pasaba tiempo en las páginas dónde se explota el sexo, de una infinidad de formas.
 
Armando, ya corría peligro.
 
Su familia, lo había prácticamente abandonado. Su esposa, una buena mujer le había aguantado muchas cosas, pero la gran adicción que tenía, lo llevaba a olvidarse de todo, y a querer estar simplemente frente a la pantalla del mentado ordenador. Ya ni siquiera le importaba tener sexo de verdad, todo lo quería ver en videos, en páginas XXX, en situaciones que de alguna extraña manera, lo excitaban a él sexualmente.
 
—Armando, estás enfermo. Necesitas ayuda médica—le llegó a decir su mujer, Carolina.
 
—Tú no entiendes nada Carolina. Yo sé muy bien lo que estoy haciendo. Es una investigación personal… digamos… académica, sobre las tendencias sexuales. Es todo…es un proyecto de trabajo.
 
—Armando, ya llevas casi un año así, y vas de mal en peor.  Ya ni tus hijos te importan.
 
—No me vengas con eso. Yo quiero mucho a mis hijos. Mi familia es lo más importante para mí, tú también lo eres, pero esto es de amor propio, de quererse a uno mismo. ¿Entiendes?
 
—¿Cuándo fue la última vez que platicaste con tus hijos?
 
El rostro de Armando mostró preocupación, cierta duda que él mismo intentó borrar con una conjeturada seguridad.
 
—Hace apenas unas semanas—expresó haciendo a un lado la pregunta—¡Yo qué sé mujer, hace poco!
 
Carolina lanzaba un gesto de desilusión. Armando ni siquiera sabía dónde estaban sus hijos. Tenía meses de no verlos.
 
—Mírate bien, tienes semanas sin bañarte, sin rasurar, casi no comes, vives en medio de un asco, y todo por estar viendo esos mugrosos videos. Esto no es normal, velo.
 
—¡Déjame en paz! Yo sé lo que hago.
 
—Hasta te propuse que si tú querías, yo podría hacer todas esas cosas que tanto te atraen, soy tu mujer, ¿o no? Por qué ni siquiera me dejaste complacerte. ¿Qué te pasó? Enloqueciste de la noche a la mañana.
 
Armando de pronto se detuvo. Volteó a su alrededor como buscando algo. Se aclaró la garganta, vio a su esposa de frente, y dejó salir simplemente una lágrima de sus ojos rojos por tanto tenerlos abiertos y estar frente a una pantalla.
 
—No sé Carolina. Toda la vida me había sentido atrapado, prisionero.
 
—¿De qué?
 
—De todo, del trabajo, de mis padres, de mi propia familia. Siempre haciendo lo que se supone es correcto. Nunca quise contradecir a nadie. Toda la vida me habían enseñado qué debo de hacer, qué es bueno y qué es malo, la iglesia, el estado, las instituciones de nuestra sociedad. No sé si sepas, pero la pinche sociedad es una sociedad hipócrita, que solamente sabe criticarnos, que es muy pronta a juzgarnos, pero nunca sabe olvidar nuestros errores. Me cansé, sí, tal vez me cansé de vivir así. Y cuando descubrí este mundo, me sentí libre, me sentí volar, nada ni nadie me limitó. Al contrario, por una vez en mi vida hice lo que me dio la gana, y ¿sabes qué? No quiero parar, no quiero detenerme. Así soy feliz. Me estoy queriendo a mí mismo. ¿Qué tiene eso de malo?
 
La mujer lo observó no tanto con lastima, sino más bien con un extraño sentimiento de falta de comprensión.
 
—Pues al hacer lo que te dio la gana, destruiste tu familia, y no te importó. ¿Cuántas veces intenté complacerte? Hasta hice cada locura solamente para satisfacer tu mente enferma de sexo y ¿de qué sirvió? De nada…
 
Armando miró el rostro de tristeza de su mujer, y sintió un breve momento de congoja.
 
—Yo te quise Carolina, y te quiero, pero esto es algo que tú no puedes entender.
 
—En eso tienes toda la razón. No te entiendo.
 
—Me estoy amando a mí mismo, dándome lo que deseo… es todo… ¿Es malo el amor propio?
 
—Pues entonces tenemos una clase de amor muy distinto. El tuyo es más egoísta, más egocéntrico. El mío lo da todo, te dio todo, y no supiste cultivarlo.
 
Carolina acarició levemente la barbilla de Armando para voltearse y despedirse sin decir una palabra más.
 
Y entonces, Armando regresó a su vicio.
 
El amor… dicen por ahí, también puede ser un vicio.
 
© David Alberto Muñoz

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    David Alberto Muñoz

    Se autodefine como un cuentero, a quién le gusta reflejar "la compleja experiencia humana".  Viaja entre 3 culturas, la mexicana, la chicana y la gringa. Es profesor de filosofía y estudios religiosos en Chandler-Gilbert-Community College, institución de estudios superiores.

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